Cumtemporary Art
"En la desnudez, todo lo que no es bello es obsceno"
Robert Bresson
Ando leyendo Putas asesinas, de Roberto Bolaño, un libro que cuando tenía alrededor de quince siempre ojeaba, interesándome por el osado título y las piernas envueltas en látex de una posible prostituta, cuyo rostro quedaba sin revelar. La reciente fiebre por Bolaño –al menos así lo consideran algunos libreros de Montevideo-, yo la interpreto por tres lados:
1) En un país tan necrófago como el nuestro, la lectura de un muerto reciente suele resultar más atractiva que la de insulsos cuerpos vivos
2) Más allá de los elementos de la vagamente llamada “alta cultura” que abundan en sus cuentos, hay cierta autorreferencialidad pop que se acopla bien al relativamente nuevo perfil pop de Montevideo, ese divagante espejismo que nos han intentado hacer creer algunos un par de publicistas hoy en día
3) El tipo escribe bien.
Pero en realidad no es Bolaño de lo que me interesa hablar, sino más bien del Pajarito Gómez, un personaje abrumadoramente interesante que aparece en el cuento Prefiguraciones de Lalo Cura. El cuento relatado en primera persona por un posible narco –matón o capo, no se sabe a ciencia cierta- trata puntualmente sobre el mundo de la pornografía, pero más allá de ello, de los lazos sociales más espesos que la sangre, la mística más allá de la suma de las partes en ciertas personas, la posibilidad de encontrar lo sublime hasta en los medios más impensables. El narrador es el producto de la unión entre un predicador tan loco como combativo y una mesera que labura ocasionalmente como prostituta. Ni bien nace, el predicador desaparece –el apellido Cura proviene precisamente de la forma en que llamaban al misterioso tipo- y la madre de la criatura incursiona en el mundo porno –presentado con pinceladas casi surrealistas, trascendiendo la prefigurada idea de aquello como el último anillo del infierno. Es interesante cómo se presenta todo el proceso de filmación, conformándose una especie de familia, en la que se incluyen el productor, los actores, las actrices y el mismo Lalo, que suele jugar con unos ganzos y perros que cría el director en el fondo de su casa. Pasan los años y Lalo termina accediendo a las películas estelarizadas por la madre, pero más allá de presentarse la situación como un espectáculo tórrido y traumatizante, el narrador describe con pasión ciertas películas, incluso las más jodidas, entre ellas una llamada Pregnant fantasies, que no creo necesario precisar de por dónde viene la mano. La cuestión es que terminé uniéndome a la fascinación del narrador por la trama de algunas películas que va mencionando a lo largo del cuento. Cito el resumen que hace de la película Barquero:
“(…) Las chicas recorren basureros y caminos despoblados. Luego se ve un río de cauce ancho y aguas tranquilas. El Pajarito Gómez y otros dos tipos juegan a las cartas iluminados por una vela. Las chicas llegan a una fonda en donde los hombres van armados. Sucesivamente hacen el amor con todos (…) El pajarito Gómez es el barquero, al menos todos lo llaman de esa manera, pero no se mueve de la mesa. Sus cartas son las mejores. Los maleantes comentan acerca de lo bien que juega. Qué bien que juega al barquero, qué suerte tiene el barquero. Poco a poco comienzan a escasear los víveres. El cocinero y el pinche de la cocina martirizan a Doris, la penetran con los mangos de enormes cuchillos de carnicero. El hambre se enseñorea de la fonda (…) Mientras los hombres van cayendo enfermos las chicas escriben como posesas en sus diarios pictogramas desesperados. Se superponen las imágenes de un río y las imágenes de una orgía que nunca termina. El final es previsible. Los hombres disfrazan a las mujeres de gallinas y después de pasarlas por el aro se las comen en medio de un banquete nimblado de plumas. Se ven los huesos de Connie, Mónica y Doris en el patio de la finda. El Pajarito Gómez juega otra mano de póquer. Tiene la suerte apretada como un guante. La cámara se coloca detrás de él y el espectador puede ver qué cartas lleva. Los naipes están en blanco. Sobre los cadáveres de todos ellos apareen los títulos de crédito. Tres segundos antes del final el río cambia de color, se tiñe de negro azabache.”
Discúlpenme, pero si existiera esa película la vería ya. Uno intenta proyectarla mentalmente y aquello es un jodido guiso de Richard Kern, David Lynch, Armando Bó, Kenneth Anger y Cannibal Holocaust. Son de esas películas que ni bien son vistas se quedan en el espectador, pudiendo ser amadas, odiadas o temidas para la eternidad, pero nunca olvidadas. Es como una cicatriz importante, uno no puede emitir juicio sobre ella, simplemente sabe que está ahí y que ya es parte suya más allá de lo que piense o desee (escribo esto mientras veo un ilustre tajo que siempre me gustó como queda en mi antebrazo izquierdo). Más allá del sexo explícito –es decir, unas tipas penetradas por mangos de cuchillos de carnicero no entran precisamente en la categoría PG-, para la comúnmente compartida noción que se tiene de la pornografía, aquello dista mucho de lo que se suele esperar de una película porno, género que generalmente se resume a escenas inconexas con prólogos de no más de cinco minutos en los que una colegiala (generalmente interpretada por alguna veterana con pigtails) seduce a su profesor en un período de detention, o algo por el estilo. Lo peor es que posiblemente tengan razón, por más placeres fugaces y cuotas de porn culture nos ofrezcan muchas de las películas de the black side of the valley, ya no se estila crear cierta trama o clima siquiera, y ciertamente se perdió bastante del mismo erotismo de las escenas, pareciendo las performances, más que sexuales, gimnásticas. Sin embargo, no siempre fue así y ciertamente, en el pasado el cine underground, el gore, las películas clase b y la pornografía se entremezclaban, siendo varios nudillos del puño contracultural que daba en la nariz –o si quieren, las bolas- del establishment norteamericano. Como ejemplo tardío de esto está el cinema of transgression, con las películas de Richard Kern o Thessa Huges, que si bien presentaban sexo explícito, no tenían el mero fin de que algún espectador anónimo se bajara una mano viéndola en su casa o un cine desierto (aunque algún que otro enfermito ya lo debe haber hecho), sino generar un impacto tal en que el eros y el thanatos se convirtieran en una misma pasta oscura y tan oleosa como el cine del primero.
En el cuento de Bolaño, más allá de la inclusión enigmática de esa escena de las cartas, se refiere a Pajarito Gómez como un hombre que más allá de sus dieciocho centímetros –una medida tan desestimable como un metro setenta en la NBA- tenía una mística propia que hechizaba, generando una mezcla de fascinación y miedo. La forma en que Bolaño describe las escenas, así como la personalidad y el físico de Gómez, me impulsó a escribir este post, por el hecho de rescatar cierta belleza, o cuando menos, cierta magia que tiene el cine porno, defensa a tal arte frente a la cual la mayoría de la gente simplemente reaccionaría calificando aquello como un mero snobismo, o la onanista fascinación de un porno geek terminal.
A fin de cuentas, a uno no le extraña que aquellas películas no sean consideradas buenas -que muy difícilmente llegarían a serlo-, sino que sean automáticamente descartadas y no tengan un lugar en los corazones de ciertas personas -al menos en Uruguay- como así lo tienen películas también malísimas como Plan 9 del Espacio Sideral (B movie elevada a film de culto), o Showgirls.
Pero para hablar sobre el porno, olvidémonos de Jenna Jameson, de Raven Riley, de Jayden James o de Tera Patrick, y volvamos al principio, o mejor, volvamos a mi principio.
No me sorprende decir que la cartografía libidinosa de mi existencia comienza, no por la vida cotidiana, sino por las películas (salvando el detalle de las pulsiones orales infantiles y todo el rollo psicoanalítico). Hasta cuarto año de escuela difícilmente me interesaban las mujeres, y ciertamente me gustaba más dibujarlas que hablar con ellas. Por supuesto, había alguna que otra chica que me gustaba, pero entre mi mala suerte, falta de tacto y cierta puerilidad, aquello era no man’s land. Sin embargo (y sabiendo lo caprichosos que suelen ser los archivos de mis recuerdos), gran parte de eso cambió en uno de mis veranos en Atlántida, donde escuché hablar por primera vez de Ultimo tango en París.
Era la sobremesa de un asado y mi primo Lucas y yo andábamos recolectando tomatitos de un gratebus mientras mis padres, tíos y abuelos se sumían a una de esas extensas charlas de sobremesa. Los mayores se habían dispuesto a conversar sobre las escenas más fuertes (el eufemismo común que utilizaban mis padres para referirse a escenas de sexo) del cine. En aquel momento no había pasado mucho del furor de Bajos instintos (estamos probablemente en 1994, siendo la película estrenada para salas en 1992), y la famosa escena de la apertura de gambas de Sharon Stone circulaba y era moneda común para todos los allí presentes. Sin embargo, mi abuelo comenzó a exponer ciertas escenas que habían causado furor en su momento, llevando a mención una escena de las piernas de una mujer en un arrozal (que recién a mis diecisiete reconocí en la Silvana Mangano de “Arroz amargo” –de por cierto, fascinantemente sexual) y Ultimo tango en París. Que pronunciara aquel enigmático nombre fue suficiente para que todos los mayores asintieran y mi padre me descubriera en la hamaca, diciéndome que me fuera a acostar. Yo era un pibe bastante obediente, y me fui con Lucas a las cuchetas, preguntándome qué habría detrás de ese film. Unos días después, en una jornada de pesca le pregunté a mi abuelo qué era Ultimo tango en París y me respondió, de manera igualmente hermética, que era una película muy fuerte. Ciertamente pasó mucho tiempo desde aquella conversación hasta alquilar efectivamente la película (y conocer los varios usos y propiedades de la manteca), habiendo pasado entre medio muchos films que me quemaron el bocho, como Sliver y algunas de la Coca Sarli o de Shannon Tweed, pero sin duda la película de Bertolucci fue el puntapié inicial, como un mito que empezó a hacer funcionar engranajes que nunca antes habían sido puestos en funcionamiento.
La primer película porno que vi –sin saberlo, es más, sin siquiera saber qué era realmente pornografía- fue Garganta Profunda. Tenía doce años y yo creía que por haber visto las Emanuelle de Laura Gemser ya sabía todo lo que había que saber de sexo en cámara. Algunos compañeros míos me habían dicho que en la casa de Renato, un compañero brasilero, había un canal llamado Bandeirantes, en donde todos los sábados se pasaban películas mucho más zafadas que las que se acostumbraban dar en Space. Yo no les creía mucho, y ciertamente las pocas veces que fui a lo de Renato, la familia tenía hábitos demarcadamente noctámbulos que nos impedían despacharnos de ese supuesto festín de la carne que solo se podía ver en la tele del living.
Una tarde con mi casa vacía fui a buscar unas medias en el cajón de mi padre. Entre la ropa del cajón había dos videocasetes, muy pesados, de esos que en ciertas velocidades pueden albergar hasta ocho horas de películas. Los inspeccioné, intenté encontrar alguna señal que delatara su contenido, pero no, eran dos casetes desnudamente negros, sin ninguna inscripción de cualquier tipo. Esperé unas cuantas tardes para poder ver el material. El primer video, más ligero de peso, era una película erótica en la que dos parejas se intercambiaban en una serie de juegos y malentendidos entremezclados con mucha –demasiada- masturbación femenina. Estaba bastante bien, pero no era nada que no hubiera visto antes. Sin embargo, el otro video se resistió a mostrar su contenido. En el video de mis padres no funcionaba, y en el mío apenas podían vislumbrarse ciertas imágenes que no arrojaban mucha información de nada. Devolví los videos al cajón, intenté mantener la escena del crimen intacta, pensando que mi padre me podría descubrir por veinte centímetros de desplazamiento de un par de medias o calzoncillos. Pasaron varios días y cuando quedó nuevamente la casa libre me dispuse a ver ese video. Traté de todo, pero ninguna de las videocaseteras funcionaba, y pensando que debía ser un problema de norma, decidí por sacar del fondo del ropero un apolillado aparato que nos servía en México, pero acá no. Intenté conectarlo como pude y metí el video. Funcionaba. Aparecía un bigotudo en escena, un tipo que en los subtítulos se hacía llamar como Dr. Young. No entendía mucho la trama –ahora creo que sencillamente estaba nervioso, o excitado, o ambos- y puse stop y ffw para ver que pasaba a unos cuantos minutos de distancia. Fue ahí que al presionar el el verde botón del Play apareció de lleno, casi osando atravesar la pantalla, un pene gigantesco, que al principio pensé que sólo podía ser una prótesis, o algo por el estilo. El hecho era que una pecosa que parecía salida del reparto de Breakfast club, de golpe y porrazo se tragaba un gigantesco miembro que a simple distancia de la cama al televisor parecía que iba a sacarle un ojo a uno. Seguí haciendo ffw y descubrí que no era sólo el pene del bigotudo –Harry Reems-, sino que todos eran una especie de superhombres con paquidérmicos miembros que largaban esperma como una planta de extracción de petróleo. Aquellas imágenes eran impactantes, y realmente eran tan asombrosas que dejaban poco espacio al placer. Estaba todo el tiempo urdiendo en posibles efectos especiales, entre ellos, las posibilidades de que los penes fueran cilindros huecos con un sistema de bomba que pudiera controlar al parecer de los directores los famosos chorros que caían sobre el rostro de la actriz. Hasta donde yo creía, el semen era algo cuasi tóxico, y la posibilidad de que una mujer se tragase aquello era tan improbable como perturbadora.
Como prometía el peso del casete, este contenía algunas cuantas películas, entre ellas uno sobre un spa de iniciación sexual, otro de voyeurismo y ala delta (¿!) y algunos videos de la Doctora Ruth, capilarmente más ochentosos que los anteriores. Había otro de Harry Reems que era bastante oscuro, uno en que nuevamente era un doctor – este caso un psiquiatra, vayan a saber qué lo mantenía tan enquistado en ese papel-, que atendía a una psicótica con un pasado plagado de violaciones, filmadas por una cámara fascinada por la oscuridad y texturas jodidas. Incluso la pobre internada era sodomizada -aunque no le jodía mucho-por una de las enfermeras, una veterana evidentemente lesbiana, y el final del film era tan abierto como oscuro, dejando la escena final de una violación en que la protagonista muere como una escenificación de su propia desestructuración psíquica, o un macabro hecho que realmente sucede.
Cuando presentía que iba a llegar alguien a casa, corría al cuarto de mi padre y disponía todo tal cual estaba. Aquellas sesiones no eran algo precisamente erótico, enfocándome a aquellas películas más como si fuesen algunas de las de Jason o Didavisión, que un propio jerking material. Una o dos veces a la semana, miraba aquellas películas, y trataba de entender de qué se trataban, estando la mayoría de ellas sin subtítulos. Viéndolo desde cierta perspectiva, aquel videocasete era una verdadera piedra Rosetta del lenguaje pornográfico, siendo un popurrí de thrillers, comedias, sexo de todas las posiciones, y una filmografía que incluía a fichas como Rocco Siffredi, Gina Lynn, Annette Heaven, el titánico John Holmes y Reems y Loveleace, de los que ya venía hablando.
Extrañamente, mi cinefilia pornográfica tiene cierta sincronía con el propio curso de la industria azul. Garganta profunda, film arquetípico que resultó ser la película seminal -en todos los sentidos de la palabra- de la industria del porno, posiblemente no sea el mejor film del género, pero sí la más importante. Para entender lo que significó la película recomiendo tremendamente mirar Inside deep throat, documental que refiriéndose a un film pornográfico, termina hablando de los caminos del arte y la historia de una nación en uno de sus períodos más voluptuosos, es decir, los setentas. En el film se entrevista a Damiano –director de la película-, Harry Reems –con canas y sin su característico bigote-, junto a abogados, distribuidores y personajes que formaron parte o que fueron testigos de tal gigantesco acontecimiento. Lo que queda claro es que la película terminó siendo lo que es, más que por sus propios méritos artísticos, por la caza de brujas que se inició a partir de su estreno, con Nixon y todos sus caballeros intentando censurar a toda costa la reproducción del film –incluso se llegó a enjuiciar a Harry Reems, siendo la primera vez que se condenaba a un actor por interpretar un papel. Lo que no mata fortalece, y tal como los Sex Pistols encabezando el puesto número uno de Gran Bretaña con un disco que la Billboard intentaba ocultar de su listado –ese 1) con un espacio en blanco que aparece en el documental de Julien Temple-, la película llegó a boca –y mano- de todos, comprobándose ese dicho de Oscar Wilde, de que es mejor la mala fama que no ser conocido.
Como decía, hay películas mejores que Deep throat, como la super arty Behind the green door –película de los hermanos Mitchell en donde se funde coreaografía, orgías y psicodelia, con la belleza particular de Marilyn Chambers-, la fáustica The Devil in Miss. Jones –otra de Damiano-, o The opening of misty beethoven –mi favorita entre todas ellas, una especie de My Fair Lady pornográfica de alto presupuesto, y con algunas escenas verdaderamente cómicas. Incluso, se está equivocado creer que la primer película porno es efectivamente Deep Throat, siendo Mona un precedente exhibido en San Francisco. John Waters, tipo ídolo si los hay, afirma que el cine pornográfico comenzó propiamente en el documental Pornography in Denmark, película que mostraba penetraciones, pero que por estar amparada en un cierto velo de artisticidad, había escapado la neurótica censura de la land of the free. Incluso volviendo más atrás, varios autores consideran que los verdaderos puntales sobre los que se basó la industria pornográfica son las películas de Russ Meyer (un viejo entrañable, que tenía un plantel entero de Cocas Sarlis dispuestas a bañarse y saltar y saltar y saltar hasta que el lo dispusiera) y las clandestinas stag movies, películas de más o menos diez minutos que consistían simplemente en una persona siendo filmada mientras tenía sexo con otra –de hecho, hace poco salió a la luz uno de estos videos interpretado nada más y nada menos que por Marilyn Monroe, pero al parecer un überonani desembolsó unos cuantos billetes para hacerse del material y no compartirlo con nadie. De las stag movies se tomó propiamente gráfico, y de las de Meyer, su ritmo y su predisposición al humor –es gracioso ver una película de este señor que siempre me recordó a Hitchcock, por el hecho de parecer en sus diálogos y comportamientos a los propios de una peli porno, por más que a penas se muestre alguna teta. La búsqueda genealógica realmente puede alargarse hasta donde uno quiera, pudiendo pasar por el orgasmo femenino de Extasis de Machaty, los pies de la estatua besados por aquella chica en La Edad de Oro (película de Buñuel que despertó un quilombo parecido al de Garganta Profunda), o propiamente El beso, de 1896, que a más de uno le pareció un acto tan indecente como filmar a dos niñas siendo violadas por cerdos mientras que pasan de fondo se pasa You're ths sunshine of my life, de Steavie Wonder. En realidad la cosa se puede extender hasta donde uno quiera, y puede llegar hasta Sade, Safo, la Venus de Milo, y pará de contar...
La cuestión es que desde que el hombre es hombre sus actividades masturbatorias o fantasiosas han buscado ficciones sobre las cuales apuntalarse, y el arte siempre estuvo a mano como vehículo de tales anhelos. Sin embargo, en ese camino que parece más una meta para un fin, el mero acto masturbatorio ha sido elevado a la dignidad de cosa, y ciertamente el tiempo cinematográfico entre garche y garche ha sido reducido, hasta convertirse aquello en una mera recopilación de escenas. Precisamente, hoy pareciera que en realidad, más que una degeneración, es un back to the roots, con una fascinación con las filmaciones tremendamente low budget, o sencillamente amateurs, que no difieren en absoluto de las stag movies del pasado. Tanto Inside Deep Throat, como The Other Hollywood: the uncensored oral story of the porn film industry (libro de Legs McNeil, que es como una especie de Please kill me del porno que me interesaría comprarme un día de estos) recalcan el hecho de que fueron los ochenta, y específicamente la tecnología del videocasete lo que mataron al porno como arte. Antes las películas pornográficas se estrenaban con ceremonias similares al teatro chino de Hollywood, los directores eran personas que querían ser famosas por lo que hacían, más que ganar unos pesos, y ciertamente hacer una película era algo que requería más que viagras, fluffers y una steady cam. Con el videocasete, la gente ya no tenía que meterse en el poco privado mundo de los cines, y podía ver hasta empacharse las películas en su casa. Esto llevó a que las exigencias de rodaje fueran menores, volviéndose cada vez más barato el budget, ampliándose el espectro a directores que más que directores eran tipos con poca imaginación que fueron recortando todo tipo de trama, hasta dejar la historia pelada, tan pelada como las vulvas de las pornstars que desfilan por los lentes de las películas de hoy en día. Si el vhs fue un acierto para la mayor privacidad, la internet fue el paraíso descubierto a un machetazo en la jungla, con películas que al poder ser descargadas, podían ahorrarle al comprador el vergonzoso acto de acceder a un sex shop, o tener que encontrar un secreto alojamiento físico para dichos films. El mundo virtual suplió ambas necesidades, y ante la vorágine del vértigo, los kbps y la banda ancha, muy poca gente disponía del tiempo –y disco duro- para bajarse películas enteras, por lo que sencillamente se optó por filmar escenas. A no engañarnos, empresas como Vivid siguen haciendo ficciones, pero al parecer firmas como BangBros y Reality Kings (estos últimos más caracterizados por falsos realities y audiciones que juegan con el morbo del espectador) se han vuelto los casos paradigmáticos de hoy en día. Las películas duran veinte o treinta minutos, el tiempo necesario para que el agitado hombre del presente pueda bajarse la bragueta, fantasear un cacho y quitarse un peso de encima –sí, la masturbación ha adquirido dimensiones más propiamente escatológicas.
Si uno lo piensa bien, la pornografía es una mini historia del arte, condensada en apenas dos décadas, en que se muestra cómo se va olvidando el camino para primar la meta o el resultado, principalmente bajo el imperativo del dinero.
No es difícil conseguir una erección en un hombre, a la mayoría de nosotros nos sucede en el omnibus sin tener mucha idea de por qué. La idea de la pornografía era trascender eso, hacer que uno se sentara en su pene, aguantándose para ver qué sucedía después. Personalmente, mi estilo siempre congenió más con la dinámica del erotismo, no porque no me guste lo gráfico –que sí, muchas veces me gusta- sino por su mayor conciencia de la sexualidad y lo que realmente calienta, al menos para seres complicados como yo. Ya había hablado sobre la disección del guante de Rita Hayworth, esa desnudez de un brazo que calienta más que todas las vulvas microscópicamente inspeccionadas por cámaras que pueda haber, y ciertamente mucho más que films no pornográficos, pero sí explícitos, como puede ser la anémica 9 songs, que también encontré espacio para despacharme en puteadas hace un tiempo. En el cine, desde los stándares de arte, cuando se abre la senda de lo gráfico, sus resultados suelen ser bastante lejanos al erotismo, con resultados como el blow job de Sevigny a Gallo en Brown Bunny, la sádica y desapasionada Saló, o la desconcertante orgía de Los Idiotas, flmada con el nervioso pulso del dogma danés. En todos estos casos, y me atrevería a meter en la misma bolsa al Imperio de los sentidos, el fin es, si no deserotizar la escena por su excesiva cercanía, sí mantenerla lejos de cualquier complacencia masturbatoria.
A mucha gente le extraña, pero la película más insoportablemente erótica a la que me vi enfrentado es El silencio, de Bergman. En dicha película, la sensualidad se mantiene tensa, tan tensa que parece una cuarta cuerda de bajo, tirante a punto de reventarnos sobre el rostro. Recuerdo haber visto esa película en el marco de una jodida abstinencia sexual, por lo que desestimé el verdadero alcance del erotismo del film. Sin embargo, la vi nuevamente este año, y realmente, por razones que no son tan fáciles de precisar, la película te da vuelta como una media, y Gunnel Lindblom es una bomba, una tipa que desde el principio te lleva de la correa y te pasa el hocico por tus propios percances. (Ahora que lo pienso, lejos del viejo obsesionado con la muerte y la culpa, el Bergman –haciéndole honor a su apellido- realmente desborda en sexualidad, con películas como Un verano con Mónica, Juventud, divino tesoro, o Persona –con esa narración del encuentro sexual que por no estar amparada en imágenes logra un efecto completamente impensado; de yapa, el ralato de la primera vez del sueco, via elbailemoderno, que figura en el libro La linterna mágica).
Pero volviendo al porno, creo que más allá de los cambios acarreados por el cambio de formato, hay algo propio del pasaje de décadas y el sentir de la sexualidad que habla sobre la misma transformación de los recursos y objetivos. En cualquier porno de los setentas –especialmente las de San Francisco, que se diferenciaban de las de las neoyorkinas por ser más sueltas, menos técnicas y más alegres-, resultaba visible el desenfadado hedonismo de aquella época, los restos del hippismo que todavía circulaba renovado en la música disco, el estudio 54 y la merca, que todavía parecía una droga recreativa. Con los ochenta apareció Reagan, el neoliberalismo y el paraíso yuppie, sepultándose toda aquella ingenuidad en una resaca de rimel corrido y cabellos oxigenados y frondosos. Para aquella época siguen habiendo alguna que otra película perdurable, y algunas figuras siguen actuando –como Holmes, raquítico y con Sida, pero con esos treinta y cinco centímetros de carne que hacían pensar en la necesaria implementación del formato widescreen-, y otras despegan –como por ejemplo, Ron Jeremy- pero la cosa ya no es la misma. Ciertamente, como muy bien captó la película Boggie Nights, la fiesta había terminado y gran parte de la familia estaba desintegrada.
Ya para los noventa, y el 2000, la cosa se llena de glitter, los AVN se convierten en una institución y las pornstars lanzan best sellers, pero gran parte de la mística se ha perdido. Llama la atención cómo mientras en los ochenta y setenta las pornos condensaban todo el estilo y desfachatez de la época –no hay pelos más batidos que los de las modelos de los ochenta, y a uno le basta con ver la ropa de John Holmes en su personaje de Johnny Wadd para saber que está en los setenta- en las de los noventa y dos mil hay pocos elementos típicos de la década, al igual que la ropa, que –cuando la hay- más que ropa parece material de utilería. Incluso la música se ha perdido, y mientras que en los setenta habían canciones folk o disco realmente bellas –no estoy jodiendo, péguenle una escuchada a ciertas escenas de algunas pelis pornos de esa época y después me dicen-, en estos tiempos no suele haber música, y cuando la hay, es prácticamente una radio encendida con alguna canción de hip hop, que obviamente no forma parte del original score, y frente a la que la mayoría de las veces ni siquiera fueron pagados los derechos para su utilización.
El porno ha tomado el camino que pavimentó el mercado: la especialización. Hoy en día, ya sea por tube8, pornkolt, porntube, poringa, o xvideos, uno especifica el campo que quiere abarcar y se sorprende de cuán específicas pueden ser las búsquedas. A unos pocos clics de distancia, aparecen para el exigente paladar, amateur, anals, facials, blowjobs, titjobs, tugjobs, footjobs, bukkakes, creampies, ass to mouth, D.P., POV’s, deepthroat, face-fucking, fist-fucking, cum gaggers, cum-on-eye, dildo action, fingerin’, swallowers, squirters, sybian, solo, pussy drillers, glory holes, monster cock, bondage, voyeur, bestiality, midget sex, busty, naturals, hairy, teen, coed, lolita, asian, asian nurses, latino girls, ebony, czechs, brazillians, 2 girls one cup. A tanta especialización, según este artículo que me afané via Le Petite Claudine, la sobreoferta marea a la gente, y ciertamente el verdadero gusto del fetiche, algo que sólo jugaba dentro de nuestra fantasía como innombrable, prohibido, o ciertamente inconcretable, se termina perdiendo ante las ofertas que cosquillean nuestras narices.
Las actrices ya sólo aspiran a una rama en la cual creen que pueden explotar su potencial. Por ejemplo, Naomi Russell difícilmente haga un film en donde no haga uso de esa cola suya que hace ver a Agustina Keyra como Twiggy; la rumana Sandra Romain ha logrado la milagrosa hazaña del triple anal –algo que apenas se insinuaba como posible en la película Orgasmo-, y Belladona… bueno, Belladona hace todo, y mucho más jodido que cualquiera.
Uno de los determinantes más claros de la decadencia estilística –no económica- del porno es la misma ausencia de actores masculinos relevantes. Prácticamente no hay ningún actor que sobresalga, y los hombres suelen ser reducidos a sudorosas máquinas de jadeos, muchas veces meros penes parlantes, objetos parciales que entran y salen de cámara.
Más allá del paupérrimo nivel general, hay algunas cosas por las que alegrarse. En un terreno donde los recursos técnicos y estilísticos están tan pasados por el barro, hay veces que a tantas infracciones de las normas del arte se logran verdaderos productos de vanguardia, como si fueran ejemplos de cinéma discrépant.
Un ejemplo demasiado genial sobre esto figura en un post de benito en fuckyoutiger, en referencia a la película John Wayne Bobbit uncut. En esta película, en el medio de una escena, de la nada sale Ron Jeremy y se bombea a la actriz principal, con la que uno de los actores estaba tenienendo sexo. Lo gracioso es que Jeremy era el mismo director, por lo que habría que pensar si aquello fue algo pensado como parte del guión, o si fue una lección de una buena cogida ante un actor que venía frustrándolo por su incompetencia. De una u otro forma, aquello, por el barrado de la implicación director-obra, se vuelve algo vanguardístico y meta cinematográfico, que en la cámara de otro director podría ser considerado como un tremendo tour de force. Personalmente, no vi la escena –me encantaría poder verla, ya me estoy riendo mientras escribo esto-, pero me trae a memoria una que sí vi, y no hace mucho. Era una historia prototipo, un tipo va a consultar a su compañero de buffet, y lo atiende la esposa del mismo, invitándolo a tomar algo, no durando más de tres minutos en quedar completamente en pelotas -como era previsible. Pasa todo lo que tiene que pasar, y tras quince minutos de puro traqueteo, el tipo termina sobre la cara de la mujer –creo que era Shyla Stylez, pero puede ser que me equivoque. La escena sería completamente desechable, si no fuese que de la nada, la cámara se acerca a la modelo, y se desenfunda un pene que en cuestión de unas pocas sacudidas vierte su blacuzco líquido en la bronceada espalda de la esposa del abogado. En ningún momento se había hecho hincapié en la existencia del camarógrafo, es decir, la cámara estaba por fuera del universo diegético del film, y sin embargo, de la nada la misma cámara tiene pene y como si fuera objeto parcial se desagota, rompiendo aún más edgier la estructura narrativa del film.
Hay otras cosas buenísimas del cine porno, entre ellas los complicadísimos y creativos seudónimos –ej: el director Dick Cocks- o nombres de películas –Shaving private Ryan es uno de mis favoritos-, pero más allá de estos elementos que son más bien folclóricos y, en algunos casos, no pensados, o accidentales, hay una nueva producción que considero una idea esperanzadora entre tanta chatura.
Beautiful Agony está subtitulado como facettes de la petit mort, y tal como lo indica, sólo son primeros planos de personas alcanzando el orgasmo. La mayoría de los videos son enviados de forma amateur, y en ellos no se ve más que el rostro de las personas. No sabemos en qué circunstancia están, cómo se están masturbando, o que les pasa por su cabeza, sólo se ve el rostro, de una forma que a veces impacta por lo fiel y auténtico de los mismos. Dejo como ejemplo este video. Hay un momento preciso en que la morocha después de acabar, mira a un costado y sonríe con cierta vergüenza, una vergüenza genuina que lo termina comprando a uno. En mi caso, me parece que ese cambio de mirada es de las cosas más fascinantes y eróticas que he visto en films y pornografía. Ciertamente, el órgano de la sensualidad, por mal que le pese a los cirujanos, son los ojos. La mirada es la erección del ojo, dicen, y si hay algo que es irreproducible e intraducible en la mirada de una persona. Los cuerpos se pueden tunear, con los milagros de la cirugía plástica una mujer se puede agregar gomas, afilar pómulos y vencer momentáneamente la ley de la gravedad. Sin embargo, la mirada no, y es algo que se salva de cualquier maltrato, abaratamiento o sobreexplotación. La mirada es intuneable. La gente detrás de Beautiful Agony entendió eso, y tiene en su haber una de las pocos faroles más allá del tunel.
Epílogo:
Un amigo me dijo que si escribo sobre pornografía, mejor que lo haga con los pantalones bajos, porque si no, no es divertido. Pienso en ello, pero no puedo posicionarme ante esta idea. Personalmente creo que gran parte de mi ideología se basa en bajarme los pantalones en circunstancias donde ameritan tenerlos puestos y subirmelos en donde se espera que los tenga bajos, por lo que estoy lejos de poder llegar a tomar partido en el asunto. Una vez me dijo mi psicólogo que mi forma de proceder ante todo es como la de un coleccionista. Posiblemente, de las mayores verdades que he extraído de la terapia. He acumulado todas estas actrices, todas han pasado por mi televisión, mi vhs, mi computadora y mi retina pero por alguna razón no las desecho, me gusta acordarme de sus nombres, analizar su forma de actuación, insertarlas en una especie de estantería imaginaria. Casi la mayoría de las eternamente perdurables son figuras de los setenta, con algunas excepciones como Belladona (a la que mucha gente le pide que le firme bates de baseball, y no precisamente por su cantidad de home runs) y Dani Woodward (una de las pocas, que cuando menos, sabe actuar mal). Pienso una vez más sobre ello, y es una tarde larga y fría. Luego de escribir este post voy a buscar medias al cuarto de mi padre, y ahí, tal como lo dejé años atrás, está el video. Me quedo observando el video, y luego de decidirme por unas Reebok abrigadas, pienso para adentro
Here's to Lovelace
And Chambers
And Holmes
And Metzger, and Damiano
And Spelvin
And all the strange porn heros
You know you're doing all right
So hold on to each other
You gotta hold on tonight