Monday, August 31, 2009

This blog isn’t dead (it just smells funny)
Este post se demoró más de la cuenta. Es, más que nada, una recopilación, una miríada de conclusiones, delirios y lugares emocionales que he visitado en los últimos meses, por lo que no esperen una temática determinada, veracidad fáctica o un orden cronológico riguroso.

Sr. Lanari
Hace unas semanas, hablando con Polly en la cocina de mi casa tuve la necesidad de contarle sobre el señor Lanari. Por alguna razón había estado pensando en él todos aquellos días. Su imagen era un recuerdo que se me aparecía mientras reacomodaba apuntes de materias de las que probablemente olvidaría todo en un año o dos; mientras me subía el cuello de la campera, sabiendo que de ahora en más éramos yo, mi ropa y el invierno; o cuando me encontraba hincado en Tristán Narvaja, atándome los inmundos cordones que se habían arrastrado por el baño de La tortuguita. Aquella noche con Polly teníamos que hablar de un montón de cosas, pero ahí, nervioso en la cocina, sólo me salió aquel recuerdo, la historia del señor Lanari, o mejor dicho, el recuerdo que había construido del señor Lanari, aquel señor que conocí cuando tenía siete años. Cursaba segundo año de escuela y por el San Juan circulaba un material obligatorio de lectura y ejercicios titulado “Las cuatro estaciones”. Naturalmente, en la tapa había un cuadro de cuatro casilleros, con un sol radiante en la esquina superior izquierda, unas hojas tristes sosteniéndose de un árbol a la derecha, seguida por un paisaje crepuscular, invadido por la lluvia en la parte inferior, continuado por un prado repleto de flores. El señor Lanari era uno de los muchos cuentos que figuraban en el libro, y de aquel material lectivo, salvo la mencionada portada, es lo único que retengo en mi memoria. Mientras le relataba el cuento a Polly, comencé a darme cuenta de que había muchas, demasiadas razones para que aquello permaneciera en mi cabeza. Comencé a contarle aquella historia, la historia de un hombre hecho de lana, que un día tras enganchársele un hilo en los dientes de su perro, comienza a realizar sus actividades deshilachándose sin saberlo, a medida que va dando vueltas por la ciudad, con el carrete de lana tironeando y las piernas que comienzan a desaparecer, luego la cintura, después el cuello y los brazos. En la sala de proyecciones de mis recuerdos, el hombre llegaba a la casa de su abuela y ni bien toca la puerta, al pasar por el umbral, el hombre desaparece por completo. Para siempre. Si bien no recuerdo nada particularmente traumático al momento de leerla, ahora la historia me parece demoledoramente triste, sobre todo por aquella aparente inconsciencia del señor Lanari. Pero había algo más oscuro en el asunto. En mi recuerdo el señor Lanari iba a trabajar, compraba merengues, iba a buscar plata al banco, se tomaba un ómnibus. En aquellos trayectos me lo imaginaba hablando con personas, con amigos o empleados de turno, y ninguno de ellos se percataba de que hablaban con un tipo con la mitad de su torso desaparecido. Entonces, ahora que lo pensaba, ¿no había una cierta complicidad entre la ciudad y todos sus habitantes, para que el señor Lanari se desintegrara sin siquiera darse cuenta? ¿O era que el señor Lanari siempre lo supo, y simplemente cumplía con su destino final como un noble ciudadano, un lento y metódico kamikaze realizando el último mandato de un orden más elevado que su voluntad? ¿O, más que un último engranaje de un megasistema, no estaba diciendo en cierto punto “hey abuela, acá me tenés, entro a tu puerta, hice todo lo que se esperaba de mi, trabajé, te compré estos merengues, ahora mirá en lo que me he, me han convertido”? Las posibilidades eran infinitas y no tardé mucho en pensar aquel cuento infantil aparentemente inocente como una historia sobre la descorazonadora fagocitación de la subjetividad del hombre de clase media en las grandes urbes, una alegoría sobre el borramiento de la identidad individual en la cultura de masas del peronismo, o un tratado sobre la lenta desintegración psíquica en una sociedad de fracturadas redes vinculares. Incluso había pensado en aquellos casos de lentos suicidios en donde todos, incluso el mismo padeciente contemplan su lenta desintegración, sin nada que poder hacer al respecto. Pensé en anoréxicas sintiendo cómo su corazón se vuelve una fruta seca pegada y latiendo justo debajo la piel. Pensé en drogadictos, esperando aquel traspié que nunca llega, ese gramo de más que termina desgarrando la barrera, como la piel del señor Lanari. Incluso pensé en personas como cualquiera, matándose de a poco en trabajos que no les gustan, en mujeres que no aman, en casas que nunca llegarán a pagar. Pensé en todo esto y se lo conté a Polly. Le dije que si llegaba a ser psicólogo, inventaría un cuadro clínico llamado “síndrome Lanari”.
Como dije, de aquella charla pasaron unas cuantas semanas (ahora que reedito esto para el blog, unos cuantos meses). A Polly le había prometido alcanzarle aquel cuento alguna vez. Internet es un fiel servidor y comprendo que no hay que hacer ninguna excavación en apolillados libros del pasado para dar con el material. Ahora, justo antes de mandarle el link, leo el cuento de Ema Wolf y me doy cuenta de algo: el señor Lanari nunca llega a desaparecer por completo. Sí, estaba aquel perro, la hilacha enredándose en sus dientes, la panadería y la abuela, pero cuando Lanari llega a la casa, ella termina cosiéndolo de nuevo. No sé si sentirme contento por el pobre señor, o defraudado ante una historia mucho más amable, pero menos contundente. Pero ahora pienso en la necesidad de haber hecho desaparecer al señor Lanari, aquella oscura cofradía que mis caprichos hicieron con el recuerdo. Y pienso que esa necesidad de haberlo matado y levantar sobre su muerte un panteón de teorías, metáforas y engaños, como un cadáver al azar convertido en prócer, como ese cuerpo posiblemente paraguayo que acaban de decidir mudarlo de Plaza Independencia, hablan, más que del señor Lanari, o del capitalismo tardío, o del peronismo, del estado mental que he estado atravesando todos estos años.

Los bigotes de Dios
Estaba sentado con uno de mis pacientes, descubriendo quién era Sulma Lobato. Mientras miro el programa intentando contener mis ganas de destrozar el televisor a patadas o irme al Buquebús para poner una bomba en el canal América, dejo mi vista perderse por algunos rincones de aquel hogar de ancianos de la Costa de Oro. Cuando uno entra a un hogar de ancianos parece que se pusiera el traje de buzo y se sumergiera en el mar mar. Todo se mueve a otro ritmo y cuando uno menos lo espera, se encuentra a sí mismo hablando pausado, sentándose con extremadas precauciones de algo que nunca le va a pasar. Varias de las viejas (que es prácticamente lo único que hay) han resultado ser personajes muy interesantes o tragicómicos, pero me detengo en una señora en particular. Estoy sentado con mi paciente en un cuartito de TV improvisado entre las camas de unas de las viejas. Desde acá se puede ver parte del living comedor y una de las cocinas. Es al fondo que veo a una señora cuyo nombre desconozco. Desde que he ido ahí, la señora ha mantenido un mutismo férreo que adquiere otra dimensión con una apariencia bastante cuidada, incluso, bella para la edad. Pienso que en su juventud debió ser una mujer muy linda. Me doy cuenta de que me recuerda a Idea Vilariño. Estoy pensando en todo esto, con un ojo en ella, acostada con rostro duro y desafiante en la cama y el otro en ese travesti viejo que se pone a cantar un tema que aparentemente él mismo compuso. Llegan los avisos y me viene algo colindante con la alegría, aprovechando comentarle a mi paciente algunos aspectos sociales que se dan a entender en los mismos (siempre nos gusta bardear el aviso de fonopréstamos FUCAC). A todo esto, cuando termina la tanda y vuelve el martirio porteño escucho una voz desde la cama de la señora. Es ahí que me la encuentro recostada, con una sonrisa que nunca le había visto dibujada en el rostro. Hay un extraño movimiento que no logro descifrar en ella. Luego de unos cuantos minutos observándola, me doy cuenta de que está acariciando el aire. Es un gato imaginario, que está pegado a su cintura, al cual ella parece estar hablando con particular cariño. Pienso que en días fríos como estos, tener a un gato calentando la cama siempre es muy útil, aún así sea imaginario. Pero es ahí que afino el oído y escucho lo que dice la vieja. Le está hablando a Dios. Me cuesta un poco, pero termino comprendiendo que Dios es ese gato. La imagen me parece hermosamente desconcertante. No cabe dudas que la alucinación de la señora es sumamente megalómana. Llama la atención que los delirios místicos de caracteres megalómanos suelen pivotear entre sentir estar a completa merced de Dios, un mero pedazo de carne atravesado por sus rayos (como un elegido por él o como un condenado al cual intenta destruir) y ser Dios. Sin embargo, la señora le da una vuelta de tuerca a esta megalomanía que me parece fascinante: no necesita negar la existencia de Dios, sufrir sus designios u ocupar su trono: lo convierte en un gatito. Eso es lo que yo llamo tener control. A eso de las ocho tengo que ir a tomarme el COPSA. La imagen de estar esperando un interdepartamental en un camino de tierra, a las ocho de la noche en una silenciosa ciudad de la costa, con el cuello de la campera levantado, observando el vapor que emana de mi boca, mientras trato de aferrarme a algún tema suelto que tengo grabado en el celular, dan otra consistencia a todos mis pensamientos, que parecen ser los últimos o los primeros de otra cosa.
Pienso en la posible demencia de la señora, o en un mismo proceso psicótico recrudecido por los años, pero entonces me pongo a pensar de si no será verdad, si Dios no existirá realmente, siendo no otra cosa más que el gato imaginario de una vieja residente de un hogar de ancianos de la Costa de Oro.

Tres canciones: Heroes/I’ve got so much to give/Dancing with myself
1) Heroes, sólo por un día


Como gran parte de los hijos de MTV (más allá de que muchos de nosotros cumplimos el destino de Edipo a tiempo y forma), conocí Heroes por medio de la banda sonora de Godzilla, aquel tema curiosamente incompatible con la trama de la película realizado por los Wallflowers. Sabía que era un cover de David Bowie, pero por aquel entonces entre que toda mi melomanía era un embudo que desembocaba en la damajuana Radiohead y una homofobia latente típica de la edad, el camaleónico sir era un asunto bastante foráneo, del que poco me interesaba indagar, incluso teniendo conocimiento de aquel otro cover, The man who sold the World –interpretado por Cobain y cia- que en los círculos que me manejaba era prácticamente una institución. De hecho, Godzilla había desenterrado otro hitazo, Kashmir, de Led Zeppelin, pero Puff Daddy se encargó de hacer una restauración de aquel tema de una forma tal que equivaldría, dentro de una lógica de arquitectura y diseño, a tunear con luces de neón la Catedral de Chartres.
Más allá de la melodía que se te pegaba de una, el tema no me había llamado demasiado la atención. Las razones pueden verse a simple vista, un chico muy lindo (porque vamos a aceptarlo, debe ser de los tipos más lindos del rock que recuerde) haciendo promesas a su amada sobre un mundo creado a la medida de los dos, su own private world en el que puedan vivir como reyes, mientras que el verdadero mundo se va cayendo a pedazos (en el videoclip, Jacob Dylan canta sus quiméricas promesas mientras Nueva York es arrasada por Godzilla). El mito del amor como un lugar, un mundo cerrado en el que por un momento el entorno se difumina es un leit motif repetido desde tiempos inmemoriales, desde los griegos (con los dioses secuestrándose a las mortales llevándoselas al Olimpo –o al Hades) a los románticos (la promesa de la muerte como el otro lado del puente en donde los amores se reencuentras bajo otras reglas). Y si es un cable de cobre que circula subcutáneamente por toda la obra artística de los últimos veinte siglos, es posiblemente porque en el amor se reproduce casi invariablemente esa sensación. Ese momento de invulnerabilidad, el desfondamiento de la identidad para formar un constructo unitario con el otro, esos pequeños momentos de locura panteísta en que la idea de que todo mal del mundo puede resolverse en la medida de cuánto uno quiera a ese alguien, es casi un cristianismo en miniatura (después de todo, fé es amor, o eso dicen). Es así que cuando Jacob Dylan promete que él y ella serán héroes, sólo por un día, no está diciendo nada que no se haya dicho antes.
En los últimos dos años me he dedicado intermitentemente a desenterrar pequeñas perlas regadas por el genio de David Bowie. David Bowie es de esos ejemplares en donde el contenido llega a ser un momento de la forma. Y viceversa. No hay nada que haga Bowie que no remita a sí mismo, a ese mundo de ciencia ficción, lleno de glitter, sensualidad ambigua. Es, por así decirlo, un metamúsico. Pero Max Capote y Dani Umpi también lo son, entonces la cuestión de calidad no radica en ese mero hecho. Bowie, es antes que nada, un gran performer. Tiene una cualidad de saltar de un registro desafectivizado, alienígena, casi robótico, a momentos de intensidad histriónica, drag, humana, demasiado humana.
Y entonces sí, es extraño que recién ahora me tope con una canción del tamaño de Heroes.
La canción figura en el disco homónimo, el cual, junto a Low y Lodger forma parte de la llamada “trilogía de Berlín”, realizada por Bowie y Eno, en un estudio emplazado a solo unas pocas cuadras del famoso muro. Colocado frente al complejo e intrincado producto de laboratorio que es Low, Heroes es una fiesta, pero una fiesta con Bowie como anfitrión, que, como todos sabemos, tiene las credenciales de ser un evento muy diferente a todo lo que podríamos esperar.
Cuenta la historia de la realización del tema, que el mismo fue pensado como una pieza instrumental, un claro homenaje a los pibes de NEU! (en cuya discografía figura el tema “Hero”), frente a los cuales Bowie y Eno se babeaban hasta los tobillos –como cualquiera que supiera qué estaba ocurriendo en la música europea. De hecho, más allá del kraft aparentemente clásico (con ese estribillo bien marcado como médula osea de la canción), llama precisamente la atención el wall of sound, la serialidad del tema, en el mejor estilo motorik que habían acuñado los flacos de Dusseldorf. Pero volviendo a Eno, cuenta que al realizar el tema, por más que la letra fue insertada tiempo después, la palabra que daba nombre a la canción era precisamente algo que le resonaba cada vez que lo escuchaba. Y no puede estar más en lo cierto, más allá de una letra completamente romanticista, hay una sensación triunfalista a lo largo de la canción, en las guitarras de Fripp que son como rayos que atraviesan el tema, en esa línea de bajo repetitiva que es como el carretel que mantiene a la cometa a distancia prudente de la tierra. Y entonces pienso qué es lo que tiene Heroes de Bowie, que cuando la escucho me siento en una bisagra, a punto de hacer estallar todo lo que fui, soy y quise ser, mientras que la versión de los Wallflowers no me había generado nada en particular, más allá de ser dos temas más o menos isomorfos. Y las escucho a los dos, veo los dos videos de youtube, con las dos ventanas abiertas en paralelo y ahí me doy cuenta de que, precisamente, el punto central, el centro gravitatorio de la cuestión es Bowie, siempre fue Bowie. La versión de Dylan jr. es heroica, pero todo el sentimiento e imaginería son figurativos. Cuando dice and I, I will be king, and you, you will be queen, le está prometiendo algo en forma cifrada, tal como un enamorado que le escribe a su amada una cursi “te regalo la luna” sabiendo que realmente no podrá caer con tal regalo a la puerta de la casa. Y, sin embargo, cuando uno ve aquel otro video, con Bowie enfundado en una malla plateada, puede percibir que el inglés realmente cree que será rey, y tal es su convencimiento, tal es la emoción con que canta aquello, que le termina creyendo. Ese sentimiento, el de un lenguaje no metafórico, el de creerse la historia, es algo que se perdió y que difícilmente vuelva a encontrarse en el pop. Es esa noción, la forma en que grita casi histéricamente We Could be heroes, con puro sentimiento, pero a la vez con el cuerpo completamente rígido, como dispuesto a recibir el impacto de una ola sin atisbar a moverse, lo que radicaliza esa sensación romántica. Jacob es un lindo chico que sabe decir las palabras adecuadas, en el momento adecuado, por más que el mundo esté desmoronándose a su alrededor. Bowie está loco, parece estar gritándole desde el pórtico de la casa, prometiéndole todo esto a su amada, con la nave espacial estacionada en la esquina.

2) I’ve got so much to give, Barry White for president

“Es fantástico estar con ustedes, esta noche en Santiago de Chile. En America hemos escuchado mucho de Chile. Muchos periodistas me preguntaron si había oído de Chile antes. Déjenme decirles, cada uno en America ha escuchado hablar de Chile. Mientras mas trabajen como equipo, como una unidad, más será lo que el mundo escuchará sobre ustedes. No hay nada que la gente de Chile no pueda superar con unión, fuerza y amor”.
Con ustedes, Barry White.
Hoy en día, más allá de aparecer en un capítulo de Ally McBeal encajado en algún baldío de la programación de FOX, o servir de cortina musical para Intrusos (razón suficiente para que mi mente terminara desgraciadamente suturando You’re the first, the last, my everything con la imagen de Jorge Rial), la música del Barry no suena mucho por estos lados. Cuando aparece, suele hacerlo enmarcada en escenas de pelícla en donde el romanticismo es autoconsciente, al borde de la ironía. Algo así como “vamos a hacer como que estamos enamorados”. Así como con Let’s stay together, de Al Greene, o Let’s get it on, de Marvin Gaye (exceptuando el honesto uso que se le da en Alta Fidelidad), las canciones de White suelen aparecer en el cine como sobreevidencia de cierto aspecto cheesy de una aproximación romántica, una perspicacia retro de la película, algo para señalar cierto elemento ligeramente ridículo, pero aún así dentro de cierta empatía amorosa. Sin embargo, aquello no fue siempre así. En Estados Unidos ha circulado la idea de que el león negro de pañuelo omnipresente y peinados limítrofes entre lo funk y lo medieval (si no, fíjense en el video) fue, de cierto modo, una de las variables que tuvo repercusión en una explosión demográfica a fines de los años setenta. Algo así como el padre platónico de una generación entera. Por supuesto, aquello es una construcción mítica, pero todos los mitos tienen raíces que se entrecruzan con la realidad. En todo caso, lo que hay que preguntarse en la actualidad no es por qué no se escucha más a Barry White, sino por qué se lo ha dejado de escuchar como se lo escuchaba en los setenta.
Si uno ve videos como esta temprana presentación de Loves Theme, en donde vemos a Barry dirigiendo una sinfónica, revoleando la batuta con una alegría inmensa, mientras el conjunto de violines, las guitarras y los vientos tocan su partitura de una manera realmente suelta, pero a la vez disciplinada, uno puede percibir una forma diferente de producir y sentir el pop, algo impensable, intraducible en tiempos de las mash ups y protools, restos arqueológicos de un imperio perdido o enterrado. Siendo un movimiento que tiene muchos más genes en común con el punk de lo que la gente se imagina (el alegato a la fiesta, la sensualidad y cierto hedonismo –obviando la existencia de bandas como Parliament que eran ya definitivamente políticas- es un conjunto de valores también presentes en el otro género, solo que pintados sobre el lienzo en tonos menos luminosos) el disco suele ser un estilo, un mundo que sólo es livianamente apreciado en nuestra actualidad, limitándose a las loas borrachas que se le echan los 24 de agosto (noche de la nostalgia, no uruguayos favor de visitar el último post de Benito), o algunas radios de oldies oficinescas, que convierten aquellos temas en nada más que eso: meros interruptores de cierta sensibilidad secuestrada y vendida como cigarrillos al escucha. Sin embargo, cuando uno escucha discos enteros de Barry White (no un Greatest Hits, sino el disco como obra conceptual y plenamente significativa), se da cuenta de que ahí, en esa orfebrería emocional de cuarenta minutos, hay algo más que una mera prótesis erótica. Por trivial que suene un mero artífice de canciones románticas frente a Aristóteles o San Agustín, puede decirse que Barry encontró algo que siempre se había escapado como majuga entre las manos de filósofos, religiosos, escritores y científicos: en su música se halla una divina proporción alquímica, capaz de unificar los placeres de la carne y lo amoroso, sublimado en pura espiritualidad. El homo sentimentalis, fascinado con su imagen especular, sabe interpretar uno u otro rol, pero no los dos a la vez, y con el tiempo esta alienación mutua, esta brecha, se fue ensanchando, como si se fueran dinamitando las dos orillas de un cañón. Como prueba de esto, basta ver qué poco espirituales suele ser la representación de sexo intenso en el cine, y cuán aburridas y poco calentonas suelen resultar las representaciones de gente “haciendo el amor” (como imagen paradigmática, podría citarse la desfloración enamoradiza de Tara Reed en American Pie, posiblemente una de las escenas de sexo más sosas de la historia). Pero con Barry White -quizás sólo exceptuando Serge Gainsbourg-, es distinto, y a uno se le enciende una cierta llama en donde el mundo se convierte en una máquina que bombea sangre a lo loco al corazón, al cerebro y también más al sur.
Pero todo esto venía al video que adjunté arriba. Es 1979 y Barry White es invitado a un show de televisión chilena. No me parece necesario indicar los momentos que vivía chile, sumido a una de las más sangrientas dictaduras latinoamericanas, con el DINA funcionando como una máquina jodidamente aceitada y con Pinochet con sus plenas potestades como Presidente de la Junta Militar de Gobierno. Es decir, Barry White cae a un programa chileno, en medio de plena violación a los derechos civiles, pero él es un entertainer, y está hecho precisamente para esto: entretener. El mensaje adjuntado arriba es de lo más vago, casi inentendible ¿Qué significa eso de trabajar juntos? ¿Trabajar como una unidad con quién? ¿A quién le está hablando? ¿Al pueblo? ¿A los militares? Son de esos discursos tan políticamente vagos que sus coordenadas resultan completamente invisibles. Es ahí que lo primero que uno piensa es que:
a) Barry White no tiene puta idea de dónde está, por qué está y qué está pasando en Chile (por más que todos en América saben lo de Chile)
b) Barry White quiere solidarizarse con el pueblo chileno, pero tiene tanto miedo de lo que le espera detrás del coortinado del evento, que opta por comunicarse por un sistema de símbolos no compartido por nadie de los allí presentes
c) Barry White está de vivo, y todo el discurso es una joda bastante cínica.
Veo nuevamente el videoclip y acto seguido me pongo a escuchar I’ve got so much to give. El disco debut de Barry es glorioso. Luego de ser compositor y director de la descomunal orquesta Love Unlimited, Barry (que todavía no la había pegado con las bombas Never, never gonna give you up o Can’t get enough of your love –ahora que lo pienso, qué títulos largos suele elegir el negro), elabora un disco perfecto, tan perfecto que podría ser considerado conceptual. Es en esa escucha que me doy cuenta de cuán perjudicados somos los que accedemos a ciertos músicos por medio de sus Greatest Hits. En el compilado que me había comprado a mis quince años (que me pasaba horas escuchándolo con mi madre, en esas hermosas fraternidades espontáneas que muy de vez en cuando se logran con los padres cuando uno es adolescente) aparecían algunos temas que están regados en toda la discografía, pero están cortados, simplificados. Es decir, quitan introducciones, acortan puentes, borran algunas pistas de la voz de Barry para que el tema quede más redondo. Comparando las dos versiones a uno le viene la misma indignación que sienten los cocineros italianos cuando alguien les corta sus spaghettis (assessino, assesino!!!), se da cuenta de cuánto se pierde en ese ajuste a ultranza para el formato radial. La música hipersexualizada de Barry White es como el foreplay de todo buen sexo: tiene que estar. Los recitados sobre todo, tienen un valor que se resignifica a mitad y final de la canción. En lenguaje pornográfico, es como una escena sin cumshot, en el tango arrabalero, es ese chan chan que ordena y da la puntada final, el punto de una oración que da sentido a una sentencia. Y es entonces que cuando escucho a Barry llorando “Oh Darling, can’t you see that I/ I got so much to give tou you my dear/ It’s gonna take a Lifetime/ It’s gonna take years”, y me doy cuenta: todo lo que dice en el show chileno tiene sentido. En Barry White, tal como en las promesas de Bowie, el amor no es algo figurativo. Es una sustancia, algo tan palpable y real que podría ser descubierto en materia física, tal como la libido en forma líquida que buscaba Wilhelm Reich en sus pacientes. Es completamente absurdo comenzar a plantear disquisiciones acerca de cuál es la postura política de White, porque precisamente, él no es más que un militante del amor, el amor a secas, entre los seres humanos, de cualquier forma posible. Uno puede reprochárselo, pero como bien se sabe, uno no cree en lo que ve, sino que ve lo que cree, y en el lóbulo occipital del negro, el cromatismo y la espacialidad no se dividen en blancos y negros, izquierda o derecha, sino en más o menos amor. Puede parecer iluso, incluso peligrosamente infantil, pero lo que dice White no es una vaguedad, es la un determinado mundo presentado como una posibilidad.
Un mundo que por momentos seres neuróticos como yo logran ver por detrás de una banderola, pero parado sobre dos sillas colocada una sobre la otra, a punto de desnucarme contra el bidet.

3) Dancing with myself, epílogo escrito una noche de mayo


por

Son las cuatro de la mañana y Bluzz está que arde. Es precisamente el momento más gay del disc jokey, que casi como por decreto suelen ser los momentos más divertidos de cualquier fiesta. Minutos atrás sonaba Boys don’t cry, y por un momento, al sentir el título coreado por toda la gente, muy por encima de la angustiante voz de Robert Smith, sentí ese momento, esa corta tribulación, ese distanciamiento momentáneo en que uno cree estar en el lugar indicado, en el momento indicado. No mucho después la gente bailaba con Hand in glove (de los Smiths) y yo me preguntaba si no era así, o muy parecido el boliche que quiméricamente planeaba y rediseñaba con amigos de liceo. Y ahora suena un tema de Erasure que nunca me gustó, pero que lo coreo como si fuera una loca pasada de anfetas en Ibiza.
Esto es nuevo, che.
Para un chico tan poco comprometido con todo lo que vincule a lo motriz (jugar al fútbol nunca lo hice desde una posición demasiado exquisita y tampoco fui buen guitarrista, ni un gran dibujante –y ahora me veo y mientras escribo esto me doy cuenta de que lo único que se ha ejercitado en dos semanas son los cuatro dedos que utilizo para escribir esto que escribo-), bailar siempre fue un medio a algo, nunca un fin en sí mismo. Durante una larga campaña bolichera de mi adolescencia por un momento llegué a bailar cumbia de una manera relativamente aceptable. Luego vino mi noviazgo de cuatro años, y con el fin consumado en sí mismo, no había medios sobre los que me detuviera.
A una semana de haber roto con María, fui a una fiesta de unas amigas con las que suelo encontrarme de una manera más intermitente de lo que los tres deseamos. Todavía estaba hecho un saco de nervios y me había propuesto limitarme a permanecer ahí, tomar algo bastante tranquilo, evitando cualquier salto de tapón que me dejara llorando como un condenado. Pero las mellizas son una luz y me hacen sentir tremendamente cómodo desde el mismo momento en que piso el faro (el boliche en cuestión donde se estaba celebrando su cumpleaños). Ahí veo a la gente bailar, veo cómo las cosas cambiaron. Como un soldado que vuelve de la guerra sorprendiéndose e indignándose acerca de todas las cosas que cambiaron en el país del que tuvo que partir, me quedo completamente anonadado con la relevancia que ha adquirido el reggaeton. La cuestión es que en materia de medios y fines, el reggaeton es una herramienta áurea para quien sepa y esté dispuesto a bailarlo como se debe, pero una cagada para quien no esté dispuesto a asumir el riesgo de su franeleo y ciertos movimientos espasmódicos que no suelen caracterizarse por la cadencia de la cumbia. Es decir, si el reggaeton se llevara hasta sus últimas consecuencias, sería el paraíso jamás soñado para alguien que considera el baile en función de la posibilidad de franeleo que puede tener con una mujer. Pero en Uruguay hay un problema de logística y aplicabilidad. Casi nadie está dispuesto a asumir el riesgo y lo que terminás obteniendo es un baile mucho más distante que el que te permitía la vieja y querida cumbia (sobre todo en su versión del norte del Río Negro, haciendo el 2-1 con tu pierna entre las gambas de la mina). Es así que era un entorno bastante difícil para alguien como quien escribe.
Pero fue casi inesperadamente, de una manera que me tomó por el cuello, que un día me vi reflejado en la ventana de Bluzz, bailando justamente solo Dancing with myself. Estuve bailando con los ojos entrecerrados, cada tanto espiándome a mi mismo, pegando saltitos, cantando a grito pelado Oh-oh-oh-oh!, con las manos en alto. Era posiblemente la primera vez que el bailar era un hecho que valía por sí mismo, como el querer en Barry White, como el soñar en David Bowie, como hacerse una paja en Billy Idol.
Dancing with myself es la dimensión más cercana que tengo de lo festivo. Es un tema perfecto, es una canción que, así como ciertos temas de Leonard Cohen sólo pueden haber sido escritos por un veterano, sólo pudo haberlo compuesto alguien cercano a los dieciocho. Hoy en día todo lo de Billy Idol suele parecer retro, pero sin embargo, ese tema no.
Todavía en Bluzz, me hago paso y con un vaso de Jameson en la mano a pedirle al Tuco que ponga Rebel Yell, otro de los famosos temas de Billy Idol. El Tuco, con esos lentes delante de la peluca mod (o como pueda llamársele a eso) asiente con la cabeza y me dice que con mucho gusto, que en unos minutos lo pone. No sé si estoy feliz, si quiero como un hermano a este tipo con el que nunca hablé en mi vida o si sencillamente estoy en pedo. O todas a la vez. Ni bien vuelvo a la zona de baile pienso en que una vez hablé mal de ese tipo, con esa mala característica de juzgar a los músicos por su música (ahora que recuerdo, ya en este blog di unos cuantos palos a Astroboy). Pero capaz que este reproche es también por el pedo. O ambos. Y ahora suena. Por más que sé que lo puso el Tuco, y que lo hizo porque yo se lo pedí, cuando escucho la intro de órgano de Rebel Yell, lo siento como una señal, algo que viene de un más allá o de un más acá, tan acá que no lo puedo ver (como Goethe a la muerte, tal como dice Kundera en La inmortalidad). Y me pongo a bailar. Salto, muevo los pies, siento que bailo bien, sobre todo porque bailo tan mal como el resto de la gente que me rodea. Y los veo bailar con los ojos cerrados, coreando el “more more more!” levantando el puño al cielo. Y mientras todo esto sucede, pienso si lo están haciendo por verdadero placer, el placer en sí mismo que representa para mí estar bailando esto, o esa ligera distancia, esa leve ironía de enmascararse dentro de la sensibilidad que no es la de uno, como cuando temas atrás, cuando estaba bailando A little respect. Zizek en un artículo sobre Hitchcock dice:
“Consideremos el que es probablemente hoy en día el caso más notorio de fascinación nostálgica en el cine: el cine negro norteamericano de la década de 1940 ¿Qué es exactamente lo que tiene de fascinante? Está claro que ya no podemos identificarnos con él; las escenas más dramáticas de Casablanca, Asesinato, My Sweet, Traidora y mortal, hoy provocan risa entre los espectadores. Pero, sin embargo, lejos de representar una amenaza para su poder de fascinación, este tipo de distancia es la condición misma de ese efecto. Es decir que lo que nos fascina es precisamente una cierta mirada, la mirada del “otro”, del espectador hipotético, mítico, de la década de 1940, que se supone era todavía capaz de identificarse inmediatamente con el universo del cine negro (…) nos fascina la mirada del espectador “ingenuo” mítico, el que era “todavía capaz de tomarlo en serio”. En otras palabras, el espectador que “cree en eso” por nosotros, en lugar de nosotros. Por esa razoón, nuestra relación con el cine negro está siempre dividida, escindida entre la fascinación y la distancia irónica: distancia irónica respecto de su realidad diegética, fascinación con la mirada”.
Me pongo a pensar que la mayoría de la gente que está bailando, está bailando precisamente frente al escucha hipotético de esos temas, es decir, el escucha que era capaz de tomarse el show de Billy Idol en serio. Uno ve el videoclip, ve los peinados, la muñequera de tachas, el maquillaje en llamas de la tecladista, el guitarrista particularmente hiperactivo y no puede dejar de pensar que para alguien, un fan, un adolescente que tapaba el sol de la ventana con un poster de aquel platinado enfundado en cuero, un niño que ensayaba aquella mueca labial a lo Presley, alguien que como yo, ahora, sintiendo estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado, en algún momento de su vida eso fue algo pleno de significado. Y el descubrimiento jodido de la noche es que, justamente, Rebel Yell es algo pleno de significado para mí. En la forma en que canta Idol, en la forma de agitar su puño al cielo, en la forma en que abre las piernas el guitarrista en pleno salto, hay una verdad que vale por sí misma. Y yo me pregunto si soy solo yo, o si soy sencillamente un borracho perdido en la caverna platónica, creyendo que es verdad, verdadera verdad y no juegos de luces y sombras, lo que veo y escucho. Y pienso esto y me pido otro Jameson, y la gente baila y suda, y yo pensando sobre Zizek mientras dos minas se ponen a apretar al lado mío, pensando en Zizek mientras la gente entra a los baños de a seis, pensando en Zizek y dándome cuenta de que voy a postear sobre todo esto desvelándome una vez más, sorprendiéndome ante el dolor del brazo torcido de reconocer que me gusta la Ronda, que me gusta Bluzz, de que ya me es casi absolutamente necesario terminar en estos sitios, cuando meses atrás, en este mismo blog los andaba puteando, y entonces me doy cuenta de que está bien no resistir un archivo, y que todo lo que haga, todo lo que hagamos los que estamos bailando acá es correcto, que tenemos razón por el simple hecho de ser jóvenes, de que vamos a ganar, ganar algo que no sé si es una guerra, un partido o un perdón, y ahora se acerca una mina y antes de que me presente ella dice que sabe quien soy, y dice Kanopa sin la esdrújula falsa que le encaja todo el mundo, y la tipa de la nada se me pone a recitar de memoria las primeras tres carillas de El pozo y lejos de fascinarme aquello, me viene una súbita sensación de miedo que me hace salir de ahí, buscando a Ezequiel para contarle algo que probablemente ambos trataremos de recordar en el Messenger al día siguiente sin dar en el clavo, sabiendo que en Canelones y Ciudadela los animalitos se comen todas las miguitas con las que uno marca su camino de regreso, y pienso en un cuento y un final precioso que probablemente también me olvide ni bien llegue a mi casa, y pienso que todo esto tengo que anotarlo, que este fanatismo por recopilar todo quiere hacer de mi una puta caja negra y no una persona, pero entonces ya estoy haciendo un scandisk mental y me pongo a recordar gente de la vuelta, una especie de álbum fotográfico babilónico, mejor, un álbum de figuritas Panini con el Tüssi, Jelen, Eze, Marques, Víctor, Felipe Reyes, Chichi, tengui, tengui, falti, y mi cromo perdido por ahí, como una figurita agregada, con cascola en vez de autoadesivo, me imagino abriéndolo en diez años, y me doy cuenta de estar sintiendo una nostalgia por un presente que ni siquiera se acabó, reprochándome por aquello en silencio, rogando por no convertirme en una de esas personas que encuentran cualquier excusa para hablar sobre qué geniales eran cuando iban a Juntacadáveres y todavía eran jóvenes, como si fueran Onettis perdidos intentando hacer caminar a sus respectivas Cecilias por Eduardo Acevedo y la Rambla, y trato de ordenar todo eso y recuerdo a Martín Batallés encontrando a unas cuadras de La ronda la cabeza cerceanada de una tortuga de tierra, y recuerdo a un Frankenstein-raver-esquizo-gay-kitsch-lumpen-colorinche diciéndome a las seis de la mañana, en una casa desconocida, que su diosa favorita es Cali, y recuerdo una noche con Darío, en plenas vacaciones de carnaval, presenciando la casi inexistencia de gente y la penumbra en que había quedado Ciudadela tras el robo de unos cables de luz, y esa sensación de estar festejando un cumpleaños sobre las ruinas de un apocalipsis del cual quedaron no más cincuenta personas, y recuerdo una noche calurosa interrumpida por un súbito vendaval, con todo el mundo de los tablones metiéndose para adentro, todos agolpados en la Ronda como refugiados senegaleses en el cuarto de máquinas de un buque serbio, mirando mojados, molestos, borrachos y/o contentos cómo caía la lluvia, observando afuera la torpeza de la gente escapando de algo de lo que su cuerpo está conformado en un 90 por ciento, de las botellas de cerveza vacías llenándose de agua destilada, mientras adentro suena un tema de Bonnie Prince Billy cuyo nombre siempre me olvido, y entonces sé que la noche terminó y que debo irme a mi casa, despedirme de Ezequiel y de Mariana, a quienes no encuentro porque estoy borracho, o a quienes no encuentro porque estan borrachos, o que no nos encontramos porque estamos borrachos, y entonces desisto y emprendo camino, haciendo eses por Canelones, recordando que el caminante por silbar en la oscuridad no deja de estar solo, y ahora sintiendo Brilliant Disguise de Bruce Springsteen retumbando en mi cabeza y en el plexo, como si esa canción me la estuviese cantando a mí, como si The Boss, con su guitarra en mano, materializara en su misma persona, en su "Tell me what I see/ when I look in your eyes/ is that you baby/ or just a brilliant disguise" un coro griego que estuviese resumiendo parte de mi vida o dándome ánimos desde un más allá, en el mismo drama que me fui constuyendo, en el darme cuenta de que acabo de pasar por la puerta de su edificio, pensando en normas, fases, autoexigencias, en el terror de encontrar demasiado pronto algo que uno no buscaba, en que voy a dejar de escribir este post para llamarla por teléfono.

Tuesday, March 31, 2009

There were business as usual, with the same old fears and frustrations
Pasé de la cocina al living y vi a mi perro con la lengua para afuera, como si fuera el perro de Dyer en este cuadro de Bacon. Lo había divisado con el rabillo del ojo, di unos tres pasos. Cada uno de ellos era una posible explicación de lo que acababa de ver. Al cuarto paso me detuve. Iba a ver de vuelta Tropic Thunder en el DVD, pero giré lentamente sobre mis talones y lo vi. Estaba hecho un ovillo, la lengua para afuera, pero no la misma lengua que había visto durante los últimos trece años. Era una lengua pesada, como esas que me impresionaban tanto cuando era niño al ir a las carnicerías con mi madre. Siempre me dije que podría comer cualquier cosa, sesos, tripas, ojos, pero nunca esas lenguas entumecidas que me observaban como GeoDucks esperando comunicarme una sola palabra amputada. Pero mi perro estaba ahí y me puse a intentar divisar algún signo vital. No parecía moverse, chequeé visualmente las costillas y no se inflaban y desinflaban como uno puede se puede esperar. Pasaron diez segundos y ahí me invadió el pánico. Crucé el living, caminé a paso rápido por el corredor (pensé en trotar, pero preferí caminar para no generar sospechas, ¿pero sospechas a quién?) y me encerré en el cuarto. Me quedé ahí en silencio. El libro de Carver ya lo había terminado. Iba a releer unas cosas de Felipe Polleri, pero tras pasar una carilla la imagen de la boca abierta de mi perro, esa lengua independiente como un cangrejo saliendo de su caparazón, revoloteaba sobre mi cabeza, como una polilla desquiciada regando como un avión a chorro todo su polvo ceniciento. Puse His ‘n’ hers de Pulp y lo saqué en seguida, pensando que si se moría mi perro, esa canción iba a estar condenada a estar por siempre asociada con aquella muerte. Sin más que hacer, me quedé sentado en mi cama. Esperando. Me di cuenta de que lo que realmente me aterrorizaba no era la muerte de mi perro (aceptémoslo, tiene trece años y un tumor cerebral que le genera cada tantos unos ataques dignos de Ian Curtis), sino el hecho de ser yo quien encontrara su cuerpo. Entonces estaba ahí, esperando lo inevitable. Estaba con la vista en mi estantería y con la puerta trancada. Pensaba “ahora mi madre va a gritar y va a ser oficial”. Pasaron doce, veinte minutos. No hubo ningún grito. Mi madre preparaba la comida, por lo que capaz que todavía no había llegado a ver el cuerpo en el living. “Tengo que decirlo”, y pensaba que dos años atrás me tocó enterrar el boxer de María. Estábamos viendo un E-true Hollywood Story sobre la vida de alguien que no le importaba a nadie y entra la madre, se queda mirando el suelo y dice “Max?...”. Con solo la pregunta, sin la respuesta o la no respuesta de Max, María y yo supimos que ya estaba muerto, que había muerto entre nosotros sin ningún dramatismo, tan natural como la tos de alguien durmiendo. Ni bien me di cuenta del asunto realicé todo con la frialdad de un obrero cárnico. Tomé la pala, hice un pozo en el jardín, tomé el cuerpo de las dos patas, lo arrojé y lo tapé. Apisoné la tierra con los pies. La alisé con la pala. Fueron minutos después cuando todos los perros de la manzana comenzaron a aullar. Yo soy un hombre de ciencia, y no quise expresar aquel escalofrío a María, que miraba hacia el sol tapado por las nubes sabiendo lo que yo pensaba, y sabiendo que yo sabía que ella sabía. Se quedó en silencio y dijo “me dijeron que hay un truco para hacer que se callen todos los perros”. Yo le pregunté cuál y ella me pidió que me sacara los zapatos. Me los saqué sin preguntar nada y puso el derecho arriba del izquierdo. En el mismo momento que los puso, los perros dejaron de aullar. No dijimos nada, pero nunca presencié nada igual a aquello.
Fue recién cinco horas después que me di cuenta de todo lo que había ocurrido. Vi la tierra entre mis uñas y de repente todo se había vuelto completamente absurdo, mis apuntes, las listas de discos que me quería comprar diagramados en mi cabeza, alguna mina que me estaba mirando –o no- en la clase, la vuelta en el 121 a mi casa.
Ahora estaba en una situación similar, solo que en vez de tomar la pala, no podía hacer otra cosa que estar encerrado en el cuarto, sólo esperando que lo terrible se presentara, como un entomólogo esperando a que una mariposa salga del capullo. La asociación no es gratuita, ahora que lo pienso. Había leído por ahí que Aristóteles –que entre las quinientas mil cosas que hacía, era un entomólogo envidiable- nunca quiso tratar mucho el tema de las mariposas, o más bien, el tema de las metamorfosis de la cristálida en mariposa. La conclusión que sacaba un historiador sobre el respestuoso silencio de Aristóteles, era que la mariposa -uno de los animales más asociados con lo vital, la plenitud- no era un nuevo ser regenerado, sino el espíritu desprendiéndose del cadáver. También pensaba en esa teoría cuántica de que si uno echa ácido sulfúrico en una caja cerrada con un gato adentro, antes de abrir la caja para ver cuales son los resultados, el gato está vivo y muerto al mismo tiempo. Entonces me daba cuenta de que estaba pensando en mariposas, cajas y gatos para olvidarme por un segundo de que no muy lejos habia un jodido perro muerto en el living. Sí, todos esos rodeos teóricos se extinguían ante la posibilidad del grito de mi madre diciendo “Agustín, por favor, vení”.
Y lo esperé.
Y se hicieron una hora y media.
Fue entonces que escuché el grito de mi madre, pero como nunca lo habría imaginado, completamente calmo, diciéndome que estaba lista la comida. Caminé por el corredor con cada paso pensado como si fuese el último. Ibamos a comer en el living. Ibamos a comer en el living con un perro muerto. Por un momento se me ocurrió la loca de que íbamos a comernos a nuestro propio perro. Pero entonces llego y está Blas parado en sus cuatro patas, esperando poder garronear algo del nuevo novio de mi hermana.
Verlo es casi como ver a un fantasma. Mi pecho se llena de nuevo aire.
Mi madre: ¿le ponés huevo duro a la ensalada?
Yo: “no, así esta bien”.

Este es un post que una gran cantidad de gente odiaría leer –y que posiblemente ni se atreverá a hacerlo- ya que se basa en esa cuestión tan terrible que es la de la revelación de finales de películas. Fue a partir de una conversación que tuve con Guzmán, en la que hablábamos de los finales de películas con explosiones incluidas. Para Guzmán era una mera excusa para hablar de Dr. Strangelove, con esa escena del Cowboy cabalgando una B-2, mientras que yo me puse a recordar aquella divagante vuelta de tuerca de Zabriske Point y el final de Fight Club. Pero después la conversación comenzó a reprocesarse en mi cabeza y terminó con la lista de mis once finales favoritos del cine, que, como es de costumbre, hicieron sinapsis con esa región de mi cortex cerebral cuyo nombre científico es “Esto puede servir para un post”.
Sin más que decir, acá la lista:


11-Sleepaway camp (Robert Hiltzik, 1983)
Sleepaway camp es de esas películas que podrían aparecer en una desidiosa grilla televisiva de viernes trece, una imagen de fondo agitándose en el televisor de un pijama party en donde toda los púberes están más interesados en jugar al juego de la botella que en sentir auténtico terror. La película está fulera en varios sentidos, y en sus 5/6 de film no se separa mucho de las exigencias del género slasher, sólo que en vez de adolescentes al borde de la adultez –como se suele optar en la mayoría de las películas, generalmente para poder mostrar más tetas sin reparos de conciencia- acá son púberes, preadolescentes, que más allá de su edad –o me gustaría dejar de ser un viejo y decir por su edad- son bastante cachondos y putean como marineros. Naturalmente, comienzan a sucederse asesinatos, casi todos efectuados en un marco que se garantizan el beneficio de la duda: nada de machetazos de lleno en el cráneo, acá hay ahogamientos, gente calcinándose con hoyas de agua hirviendo, bullies comidos por las abejas, o sea, pretty ambiguous stuff. Recién en la recta final la cosa se pone más jodida, y casi como en un killer rampage digno del amok malasio, se mata a una considerable cantidad de niños y animadores. Bueno, hasta acá nada fuera de lo común, pero todo se va a la mierda, a la recontra mierda en el final. La película estaba centrada sobre un chico y su prima, una niña cohibida menos sensual que Joey Ramone en tanga que intenta esquivar todas las bravuconerías del resto de los niños en esos Summer Camps tan obsesivamente citados en las películas yanquis. Más allá de la apariencia inentrable de la niña y su personalidad acorde, las situaciones se dan para que un chico sensible y gentil comience a cortejarla. Cuando comienza a enamorarse, todo se va downhill porque el pibe bueno termina cayendo presa del cachondeo de una pendeja que parece que sufriera de fiebre uterina. Es ahí que, al mejor estilo homérico, cae el puño de los dioses sobre el campamento, produciéndose el festín sangriento que había mencionado unos renglones más arriba. A pocos minutos de este terrible encadenamiento, vemos que, más allá del rencor, la niña invita al chico que la cortejaba a nadar en el lago. Es ahí donde viene el momento completamente wtf del film –posiblemente uno de los más bizarros que haya presenciado. Uno de los animadores sobrevivientes se acerca a la niña y ve que está acariciando la cabeza de su enamorado. Cuando se acercan un poco más, se dan cuenta de que es exactamente eso: sólo la cabeza. El tipo le dice algo a la niña y ella se levanta. Un zoom out va pasando de la cara –un gesto terrorífico, casi inhumano se talla en su rostro- al resto del cuerpo. Está desnuda. Cuando la cámara llega a enmarcarla más allá de la cintura la vemos. La vemos.
Un pene.
La niña era un niño.
Eso no explica nada, no sirve para justificar nada de la película –los asesinatos no necesitaban ninguna fuerza particularmente masculina ya que eran más astutos que fieros-, pero funciona de una manera perturbadoramente efectiva. Toda la gente que conozco flipó con aquel final, y la conclusión que se puede sacar no es que su constructo simbólico se descalabra sobre la revelación de que la asesina es quien menos esperaban –más o menos, la estructura nitrogenada de cualquier film del tipo whodunnit-, ni tampoco en el hecho de descubrir que la niña no era tal cosa. No, lo que resulta terrorífico no es nada de aquello, no es nada metafórico ni metonímico, es sencillamente eso: el pene. Ese pene suelto, perdido en un lugar donde no debería estar. Una parte que se morfa al todo, un agujero negro que destruye las gestalts. El impacto es casi omnipresentemente efectivo porque toca la fibra misma del núcleo duro de cualquier situación traumática. Una súbita invasión de lo real, con un sistema simbólico que no puede encorsetarlo dentro de su red. Todos en Sleepaway Camp se quedan paralizados, no por lo que debería ser narrativamente impactante –digo, a mi por lo menos me impactaría descubrir un@ asesin@ con la cabeza decapitada de un niño en su regazo-, sino por un objeto sencillo, perdido en un lugar donde no tendría que estar.

10-Usual suspects (Bryan Singer, 1995)
La historia de las vueltas de tuerca vienen de mucho tiempo atrás y posiblemente se remitan aún más allá de El gabinete del doctor Caligary (cuando se plantea que toda la historia había sido producto del delirio de un internado en un psiquiátrico). Sin embargo, desde mediados de los noventa hasta nuestros tiempos recientes el recurso se fue banalizado, vilipendiando, usándoselo de manera indiscriminada y muchas veces errónea. Uno ya llega a ver las películas sabiendo que a cierto minuto del film, generalmente al 4/5 del film, la historia pegará un vuelco que nos dejará a todos contentos. El final inesperado, el mago saca otro aburrido conejo de la galera. Y todos contentos. Me acuerdo el final de Sexto sentido. El desarrollo de la película era casi como una mera excusa para el final. Era la primera vez que el final estaba más publicitado que el film en sí –con todos los riesgos que ello acarrea-. Posiblemente el hecho de que todos me dijeran lo increíble que era aquella vuelta de tuerca, terminó por decepcionarme, o anticiparme a lo que iba a ocurrir. Por aquella época no sabía mucho de cine, y más allá de que me pareció el final ciertamente inflado, no fue algo que me molestó de sobremanera. Sin embargo, viendo el resto de la filmografía de Shyalaman me di cuenta de que no tardó en convertirse en un one-trick-director. Sus filmes eran teleológicos, pero en el mal sentido de la palabra. Estaban articulados en base a eso, en el momento de deslumbramiento en donde nos damos cuenta de que el protagonista es un fantasma, o en donde nos damos cuenta de que una pueblo rural del siglo XIX es en realidad una especie de comunidad Amish hipertrofiada, existente en la actualidad. Lo malo de este tipo de finales es que lisa y llanamente nos están forreando. El director sabe algo que nosotros no sabemos y nos lo muestra al final. Está jugando con nosotros. Se dedica a patear la pelota al banderín del corner para encajarnos un contragolpe al final. Diría más, tiene comprado al juez. El es el juez. Las vueltas de tuerca –tal como me lo dijo Darío en una ocasión- tienen sentido en tanto se presenten y tengan coherencia con material ofrecido al espectador. Se puede concebir la omnisciencia del narrador, pero en el caso de este tipo de finales, aquello termina resultando una asimetría molesta, hipócrita, altanera. En cierto modo no sé hasta qué punto Usual Suspects se somete o no a tales imperativos. Hacía tiempo tenía ganas de verla, pero temía aquella triste sensación presenciar el mal envejecimiento del film, o que no está a la altura de su recuerdo. Sin embargo, el final funciona, y sigue impactando cómo se va enderezando la pierna de Kevin Spacey mientras se va de la sala de interrogatorio y al detective se le cae en raelenti su taza de café.
09-Mi mejor amigo (Werner Herzog)
El binomio Herzog-Kinski era un compuesto que en sus uniones y separaciones generaban mayor energía que la de dos núcleos de uranio. Uno ha leído, estudiado, e incluso conocido relaciones enmarcadas en una dinámica amor y odio, pero en la bina H/K el lenguaje se queda corto, o al menos hay que repensar la idea de odio y amor desde sus bases. Porque vamos a ser claros, estamos hablando de dos personas que llegaron a planear la muerte del otro, donde incluso, ante la amenaza que Kinski abandonase el rodaje de Fitzcarraldo, Herzog lo obligó a terminar con una escopeta del otro lado de la cámara. Ante tales situaciones, uno pensaría, "bueno, acá se acabó", pero luego se dieron nuevos encuentros, nuevas cofradías, nuevas películas en donde los conflictos de siempre aparecían, al borde de lo físico, como si fuesen dos polillas drogadas revoloteando alrededor de una lámpara, sabiendo que bastan dos centímetros más, dos centímetros menos, para morir de un golpe de corriente. Y posiblemente los dos eran bombillas y lámparas entre ellos. Dos dopplegängers, todo lo que uno no era lo era el otro, y en su separación nunca iban a ser los mismos –no es sorpresa que aún hoy los films más inolvidables de Kinski y de Herzog son los que estuvieron en colaboración.
Mi mejor amigo siempre pivotea entre el inmenso afecto, el odio y el terror que le generaba Klaus Kinski a Herzog. En el mismo documental, casi se lo presenta, más que como una persona, como una fuerza en bruto indomable, un toro que uno puede utilizar para arado pero que en cualquier momento puede enterrarte una cornada, algo que se ve en la misma comunión con la naturaleza casi romántica que caracteriza la obra y el pensamiento de Herzog.
El día que murió Kinski, Herzog dijo que, en cierto modo, sintió un extraño e innombrable alivio. El destino estaba marcado, nadie puede actuar, vivir como Kinski lo hizo y esperar que su mente, su cuerpo, su piel, sus células, sus mitocondrias sigan sintetizando encimas por energía pasando los sesenta años. Una vez me contó un ex torero que los banderilleros pican a los toros no por el mismo espectáculo –cruento, de acuerdo-, sino por ser la única manera para evitar que se le explote el corazón en la plena corrida. De la misma forma, puede ser que Herzog haya sido ese banderillero que permitió que por lo menos en un tiempo, Kinski no fuera sólo un candidato más para una operación de lobotomía, o un terrorista, o un asesino a sueldo, o un suicida hermoso. Y sin embargo, en la última escena del film, el alemán muestra ese momento íntimo de Kinski con una mariposa subiéndosele a diferentes partes del cuerpo. Kinski juega con ella, sonríe y mira a la cámara, y aquel claroscuro de una bestia sosteniendo algo tan frágil, como una pinza mecánica tomando una bombita de luz, lo hace casi un apax en toda la filmografía de los dos.
Tal final es una de las mayores muestras del cine como un acto de amor.

08-The night of the living dead (George Romero, 1968)
Posiblemente mi favorita de la trilogía de George Romero, The night of the living dead es un dedo en el culo a todas las convenciones narrativas y cinematográficas de Estados Unidos. La historia, en bases generales sigue el manual de instrucciones: muertos vivos tan lentos como persistentes por doquier, mujer aterrorizada huye a casa abandonada, se encuentra con otros sobrevivientes y film que se desarrolla, huis clos, durante el sitio del improvisado refugio. Más allá de que hablamos de George Romero, The night of the living dead sería una película más de género, si no fuese por el final. La joven y esperanzada pareja muere, la chica del comienzo muere, la madre es asesinada por su hija zombi a la que cuidó desde el comienzo del film y el negro que se puso el equipo al hombro desde el principio, luego de lograr sobrevivir a la embestida zombi, muere del disparo de una guardia urbana improvisada para aniquilar la invasión. No sólo contento con eso, el final de la película presenta imágenes de diario mostrando cómo los tipos se llevan al indiscutido héroe del film con ganchos de carnicero, como si fuese un despistado venado muerto en la carretera. Su misma muerte es tan momentánea, tan carente de pathos, que acentúa esa sensación de amargura que sólo tienen las victorias pírricas, esas victorias que duelen más que cualquier derrota devastadora o contundente. Porque a diferencia de Dawn of the dead, donde se da una pequeña reafirmación de la vida en un marco donde todo está perdido (los dos protagonistas escapándose del centro comercial, más allá de que uno se da cuenta que el mundo perdió, y eventualmente ellos sufrirán la misma suerte), The night of the living dead funciona exactamente al revés: la humanidad ganó –al menos momentáneamente-, pero eso no importa, no nos importa, en tanto se mató al único héroe moral del film, aquello a través de lo cual podíamos sentirnos parte de esa humanidad.
Podría decirse que la película de Romero es una de las grandes joyas de la misantropía humana (esas perlas negras y brillantes, aguardando en conchas bituminosas e infectas). Haciendo oídos sordos al componente racista que más de uno podría alegar –en algunas circunstancias más de uno mencionó la similitud de ciertas escenas del sitio con la filmación de las huestes del Ku Klux Klan en El nacimiento de una nación, además del hecho de situarse el film en Pennsylvania, un estado cuyos habitantes no son precisamente los Jefferson-, la película funciona de una manera completamente misántropa, no por la invasión en sí, sino por la forma en que el sitio va desnudando las diferentes formas de intercambio humano en esas circunstancias en donde el instinto de vida llega a resultar lo más mortífero de todo. La mayoría de las películas de grandes catástrofes, en general siempre funcionan como arcos dramáticos para demostrar el eventual ethos de la humanidad en su forma de formar lazos de fraternidad y reorganizarse en situaciones en donde se ve uno a uno completamente desnudo frente al borde de su existencia. En esta película no sucede eso, siendo el padre de familia quien traiciona sistemáticamente a los planes de salvación del negro. El átomo familiar –la base de la sociedad en que vivimos, tal como dicen todos los defensores de la american way of life, y algunos nacionalistas vetustos del estilo-, se muestra como un archipiélago antártico, una organización a lo every men by himself, donde lo que sucede más allá de sus bordes poco importa. El padre de familia insiste constantemente en encerrarse en el sótano y dejar al negro afuera, y es en esa misma técnica de avestruz que se tiende a sí mismo una trampa –y no hay peor trampa que la que uno se tiende a sí mismo-. La familia como concepto en sí implota. La niña despierta de su muerte y asesina a la madre, quien prácticamente se entrega a su fin. El padre, en un último acceso de sabotaje es disparado por el negro –como tenía que ser- y baja hasta el sótano, para morirse en el lecho de su hija. Eventualmente toda la familia resucita y el negro no le tiembla el índice a la hora de aplicar rifle sanitario a cada uno de ellos. En una sinfonía de cuatro movimientos, se pasa aplanadora sobre el mito de la fraternidad, el estado y la familia.
¿Quien necesita poner en un ring a Rousseau y a Pangloss cuando se tiene zombis?

07-Él (Luis Buñuel, 1953)
En materia de cantidad, posiblemente Luis Buñuel sea el director con mejores finales de la historia del cine. Cada uno de sus remates es un mensaje encriptado, el enigma de la esfinge reclamando los ojos de quien intenta resolverlo. La técnica de Buñuel es variada, a veces recurriendo al simbolismo (las ovejas entrando a la capilla en El ángel exterminador), a veces con súbitos estallidos de violencia que se escapan de todo lenguaje (la explosión en Ese oscuro objeto del deseo, o la repentina revuelta y represión policíaca en El fantasma de la libertad, en que no se ve nada más que la mirada de los impávidos animales de un zoológico presenciando aquello), o, y este es mi recurso preferido, introducir un elemento flotante, casi invisible que es como un errante neutrón libre transformando toda la composición nuclear del film. La última escena de Belle de jour no puede ser más ambigua. El esposo que parecía completamente paralizado se levanta, sin la sorpresa que podríamos prever en Catherine Deneuve, y se escuchan, provenientes de ninguna parte, casi como si fuese una alucinación colectiva, las campanillas de la carroza con que comienza el film –la escena del lanzamiento de barro y excrementos a la belleza frígida de la protagonista al comienzo de la película. Esas campanillas apenas audibles son ese neutrón libre dirigiéndose a una fisión inminente, como un barquito de papel remontando una corriente hacia una boca de tormenta.
De toda la filmografía de Buñuel, todo el mundo cita un gran espectro de películas –es uno de esos directores sobre los cuales es casi imposible definir la obra esencial de su carrera- pero casi nadie habla de El (1953). Posiblemente la razón sea que no es una película suficientemente extraña para la gente que busca en Buñuel el perfecto pack de fetichismos y referencias surrealistas, generalmente considerándosela una obra menor, un melodrama folletinesco con el que el aragonés intentaba meterse algunos billetes en el bolsillo. Sin embargo, es en su aparente normalidad que El es un film extrañísimo, yo diría uno de los más enigmáticos de Buñuel. La historia trata sobre eso personales tan buñuelescos, Francisco Galván, un devoto hombre de iglesia que se enamora de Gloria Milalta en un rito religioso curiosamente erotizado. Ella está en pareja pero termina por lograr seducirla, haciéndola eventualmente su esposa. A partir de ahí, se desarrolla el conocido amour fou de la filmografía de Buñuel, progresivamente convirtiéndose en un paranoico celotípico, cada vez más cerca del borde de la desintegración psíquica. Más allá de las reconocibles referencias y la obsesión por la religión y el sexo, la película sería un melodrama más, de esos que abundan en librerías y cine si no fuese por el final. En el momento álgido de sus celos, el protagonista pierde control de sí y comienza a destrozar cual Orson Welles en Citizen Kane todo lo que encuentra a su paso. Es ahí que se aferra a un acto absurdo, como esos ritos que incurren las personas en los pródromos a una agudización de la psicosis para evitar el derrumbe eventual de todo su mundo. El tipo arranca una baranda de la escalera y comienza a golpear, escuchándose constantemente el sonido metálico del choque. Es ahí donde lo apresan y lo internan en un monasterio. Una elipsis temporal muestra que su mujer tiene una nueva pareja y va a obtener noticias de su salud al monasterio. El párroco le dice que está mucho mejor, que encontró nueva tranquilidad bajo el ala del señor. En la última escena vemos al párroco hablando con un Fernando mucho más tranquilo, viendo cómo la pareja se pierde en el horizonte. Cuando podíamos pensar que aquello es un final feliz, redondo, escuchamos perdido en el aire, el sonido metálico de aquel último acto absurdo del protagonista. Tal sonido es una rajadura imperceptible en todo consuelo final que podíamos hacernos del desenlace. No sólo desde su ambigüedad nos hace pensar sobre qué es lo que aquel sonido que expresa, sino que es, en cierto punto, una constatación de las sospechas del protagonista –la nueva pareja de Gloria, es, en efecto, la primer persona en quien depositó sus incontrolables celos. Es verdad que una paranoia como entidad noseológica no puede ser revocada por medio de la verdadera constatación de sus sospechas, siendo más bien determinada por el sistema cerrado y autoafirmativo con el que la persona interpreta el mundo –por más cercano que esté a la realidad, a decir verdad, la paranoia es una locura razonante. Sin embargo, ese último sonido, discreto y perdido en la inmensidad, nos deja la pelota en nuestra cancha, y nos genera un pequeño escalofrío el interpelarnos sobre quién en definitiva creer.

06-Dogville (Lars von Trier, 2003)
Lars von Trier es un perverso hijo de puta. Eso ya todos lo sabemos. Sus películas tienen algo tóxico, una ósmosis misántropa jodidamente coherente que se va metiendo por los poros. Se podría decir que cada vez que veo una película de Trier, me siento un poco peor persona, y eso es algo interesante, algo que muy pocos directores han logrado hacer –Harmony Corine, por cortos momentos; Soddondz, de una manera un poco más obvia, pero igualmente intensa; Herzog, pero de una forma más poética y tamizada; quizás Buñuel, siempre igual adscribiéndose a los terrenos de la religión y la moral.
Trier no sólo es conocido por ser sádico con sus personajes, sino también con sus actores. Björk decidió retirarse definitivamente de la actuación después de su traumática participación en la igualmente traumática Dancing in the dark, y lo mismo pasó con Nicole Kidman, de la que tuvo que prescindir a la hora de hacer Manderlay –extrañamente dando en el clavo, ya que la personificación por diferentes actores de un mismo personaje le da otra profundidad a la noción de parábola cristiana de lo que vá a ser el tríptico de Estados Unidos, tierra de oportunidades-. Según se cuenta, el danés encerró durante un mes a sus actores en un gigantesco hangar donde rodó sus películas, experimentando con ellos como si fueran sus ratas blancas en su propio laberinto de Skinner.
El ideal perverso de poner en escena el terreno en donde se juega el deseo y la culpa no sólo va en el trato del mismo con sus actores, sino con el mismo espectador. Es un Pepito Grillo sifilítico, hablándote al oído con un labio leporino, comido por pústulas, diciéndote cómo las cosas podrían ser de otra manera. En este sentido, el efecto más logrado de todos se ve en Dogville. Nicole Kidman es una mujer misteriosa, intentándose refugiar en un pequeño pueblo del asecho de una organización mafiosa. Al principio, con algo de resistencia, el pueblo la acepta, pero poco a poco la posición de tenerla como una mosca en la palma, a punto de cerrarse el puño, termina llevándolos por otro camino. Porque una caricia se puede convertir en una estrangulación con un solo abrir y cerrar de manos, cuestiones de medidas, más o menos newton de fuerza frente a un objeto blando. Al final la pobre Kidman va siendo objeto de tanta violencia, abusos y violaciones que haría sentir intimidada a la mismísima Coca Sarli. Las mujeres la humillan, los niños le tiran cosas. Se ha convertido en una paria, algo peor que una paria, como esas mujeres colaboracionistas nazis que en la restauración de la libertad en Francia las obligaban a pasear con sus cráneos afeitados, siendo puteadas y escupidas por todo el pueblo. Y lo particular de Kidman es que no está expiando un pecado –como podría decirse de estas mujeres francesas-, es tratada como tal por la mera posibilidad que se le ofrece al pueblo. Te mutilo, no porque quiero, sino porque puedo. Y es ahí que en la explosión de su mismo goce perverso, el pueblo se pisa el palito. Le entregan a Kidman a la mafia, sólo para enterarse de que es la hija del capo principal. La situación cambia por completo y Kidman tiene la posibilidad de vengarse en tiempo y forma. Y es ahí donde se encuentra la maestría de Lars von Trier. Nosotros deseamos que se vengue, queremos que se trague a ese pueblo de mierda como un verdadero monstruo de Leviatán. La venganza es un plato que se come crudo y a nadie le interesa realmente ofrecer su propia mejilla, cuando puede agarrar la cara del otro y pelarle su propia mejilla con una navaja como si se estuviera haciéndolo con la piel de una manzana. Debo admitir que festejé cada disparo, cada casa incendiada, cada niño metódicamente asesinado –la escena de que Kidman le dice a una señora que matará a cada uno de sus hijos por cada vez que llore- y recién después de todo lo sucedido, como quien se despierta en el sótano de automotora 18 luego de una fiesta con un dos putas birmanas y con unas extraña sensación pegajosa en el culo, uno se da cuenta de la resaca culposa de sus propios excesos. Y uno sabe que, más allá de la pantalla, tal como en el final de Manderlay –donde el personaje principal es descubierto convirtiéndose en aquello que nunca quiso ser, aquello frente a lo que luchó-, mientras que estamos viendo el cuarto de hotel destruido en que nos despertamos, sentado en su sillón de cuero está, Lars von Trier, tomándose un whisky, riéndose bajito.

05-Mulholland Drive (David Lynch, 2001)
La otra vez Benito me contaba sobre la primera vez que Bukowski vio Eraserhead. Como todos sabemos, Bukowski nunca fue un gran fan del cine, pero cuenta que en una de esas cotidianas jornadas alcohólicas, sintonizó en la televisión el primer largometraje de David Lynch. Bukowski dice que vio aquella película de principio a fin, sin saber nunca para dónde iba realmente, pero que fue de esos pocos casos en donde todo encajaba. Todo tenía sentido, más allá de que no sabía cuál era. A diferencia de Eraserhead -que sí, es genial, posiblemente más que la película de la que estoy hablando-, esa sensación me sucedió con el final de Mulholland Drive. La película tiene, a la vez que uno de los mejores comienzos que recuerde (no tanto la escena del choque de autos, sino la que viene después, la del tipo hablando con su psicólogo en un diner sobre un sueño que tuvo), un final que cierra todo perfecto, aunque no sabemos qué cierra, porque posiblemente sea un cierre construido como un Ouroboros. Luego de la mujer de pelo azul susurrando “silencio”, la pantalla se funde en negro, y ahí siempre termino mirándome con la persona que estoy viendo la película. El terror de la escena de los viejos, en contraposición de ese final lánguido, humeante y misterioso es una misma prueba de fuego que me ha permitido probar a ciertas personas. Casi en el momento mismo de verlo con alguien, si la persona se queda colgada con el final, se forma una especie de cofradía, uno termina haciéndose más amigo de la persona, por más que lo conozca desde mucho antes (como el caso de el fino, a quien introduje al mundo lynch, a su beneficio o a su pesar, quién sabrá), al mismo tiempo de que si a la persona en cuestión no le cuelga, se quema un puente, se termina rompiendo algo que difícilmente pueda a volver a unirse de la misma forma que antes.

04-Cero de conducta (Jean Vigo, 1933)
La primera vez que vi una película de Jean Vigo fue dos años atrás, en la disquería-librería Virus. Por supuesto, en ese momento no sabía que era de Jean Vigo –ni, a decir verdad, quién era Jean Vigo-, y ciertamente no lo supe hasta unos meses atrás. Nunca llegué a conocer a fondo al dueño de Virus, pero siempre creí (o quise creer) que era un ex punk intentando despojarse, no tanto por dinero, sino por algo más hondo y difícil de cartografiar, de muchas de sus pertenencias provenientes de una vida que quería dejar atrás. Ni bien descubrí aquel oasis perdido en un recoveco oscuro de la calle Mercedes, me convertí en cliente habitual del lugar. Intentaba hablar con el tipo, arrancarle algo de ese pasado que me gustaba llenar con imbricadas escenas inventadas por mí, pero nunca llegué a conocerlo a fondo. No supe cómo se llamaba –nunca se dio la ocasión de preguntárselo-, y le terminé bautizando con el nombre de su local, porque, a fin de cuentas, él y su local eran para mí una entidad indivisible. Es así que cada cosa que compraba me generaba una extraña culpa, como si le estuviera extirpando un órgano, o alguna hueso de su cuerpo. Más que nada, me resultaba extraño cómo te vendía un disco de Jesus Lizard, o una edición inconseguible de Zap Comics como si fuesen 200 gramos de lionesa primavera. Un par de veces –esto es verdad, no es un mero lirismo mío para embellecer el post- le llegué a pagar más de lo que me pedía por la lástima que me daba la forma en que se iba despojando de todo lo que alguna vez llegó a estar en una mochila de cuero llena de batallas perdidas, en un cuarto sucio que supo ser suyo, o en la casa de una novia olvidada, reposando en esas cajas de cartón llenas de discos, libros y preguntas que todos conocemos. Pero aún así, un día, luego de pasar vacaciones en un balneario de la costa de oro, pasé por Virus y aquello se había convertido en un inmundo kiosko azul regenteado por una mujer fea, con posters de Nevada, el Quini y Yerba Canarias cegando a vidrieras en que unos meses atrás supieron tener al Please Kill me y una biografía de Siouxie and the Banshees. Ahora intento reordenar aquellas imágenes y se me borran. Lo que sí recuerdo fue el último día que vi a Virus. Me había dado cuenta de que estaba llegando demasiado tarde a una clase y decidí visitar el lugar para pedirle que me reservara unos números de Molecular (un fanzine con más empeño que estilo impreso en Solymar el año 1992). Cuando entré, el bigotudo estaba viendo un film en su computadora junto a otro veterano. Estaban bastante concentrados en una película en blanco y negro, con unos aristócratas tomando sol en una playa similar a aquellas imágenes de la playa Pocitos de principio de siglo. Me quedé viendo un poco y los tipos me dijeron que era un documental sobre Niza, y que era muy mala leche. Miraban los malecones, las mujeres de alta clase subiéndose las polleras para saltar un charco y cada tanto replicaban riendo “qué hijo de puta, que mala onda che”. Me resultaba completamente extraño, yo lo único que veía con el rabillo del ojo eran imágenes de la alta sociedad, palmeras silenciosas, monóculos, perros pitucos levantando la pata. Ya empezaba otra clase y me despedí de ellos. Cuando cerré la puerta escuché nuevamente “qué hijo de puta”. Luego vino el verano y cuando volví me encontré con aquel kiosko que no me daba el valor de apedrear.
Durante dos años anduve buscando aquella película de Niza. A medida que la buscaba, me daba cuenta de que no buscaba a la película, sino a Virus, el local y la persona, que existia por medio de ella. Como casi todo en la vida, encontré mi ruta a Niza en el momento en que dejé de buscarla. En Videoimagen hay un DVD con toda la filmografía de Jean Vigo (bah, “toda”, a recordar que la temprana tuberculosis que le dio muerte sólo le permitió grabar cuatro películas) y lo alquilé queriendo ver Cero de conducta. Venía con una película extra. Cuando la puse, fue de esos momentos mágicos, que eran como un breve guiño, como una carta de alguien importante encontrada olvidada dentro de un libro. Y fue ahí que pude darme cuenta de que sí, Virus y su amigo tenían razón, A propósito de Niza es una película muy mala onda. Luego de ver esta película y Cero de conducta, hay algo que queda claro: Vigo no es el más reconocido cineasta surrealista (no es surrealista in stricto sensu), pero técnicamente es el más brillante de todos. Los raelenti, las apariciones y desapariciones de objetos parciales, las filmaciones hacia atrás, el montaje psicológico y los fundidos, todo realizado como sólo quizás haya podido realizar Jean Cocteau, y de una manera mucho más sutil y orgánica. Cero de conducta en sí es un canto de cisne a la rebeldía juvenil, en la cual, tras su espíritu naive, se encuentra algo completamente revolucionario, una risa socarrona de dientes afilados, unos labios rojos que no se saben si son de sangre o carmín. La película tuvo un remake libre realizado por Lindsay Anderson, If…, que contaba con la actuación de Malcom McDowell, ya jodidamente anárquico previo a su encarnación en Alex de Large. El final de If... es de esos momentos particulares en los que uno no puede reparar en lo que está observando. En una institución de vieja raigambre aristocrática, se prepara la fiesta de fin de cursos. McDowell, su amigo y una mujer que uno nunca sabe si es verdadera o fantasma de su propio espíritu rebelde se suben al techo de la institución y comienzan a ametrallar y lanzar bombas a todos los padres, curas, profesores y exmilitares que salen de la escuela. Tal final es un No! gritado hasta dehilachar las cuerdas vocales, un acto de negación radical que no tiene ningún fin más que ese: el darse de lleno contra una pared para escuchar la armonía de los huesos quebrándose. McDowell y cia saben que no se van a salvar, pero igual no importa, seguirán disparando hasta que se le acaben las balas (¿no sería lo mismo que pensaban Eric y Dylan, justo antes de convertirse en pastelillo preferido de revistas matutinas que hablan de lo mal que está la juventud?). Sin embargo, lo más interesante sucede cuando se coteja las dos películas en cuestión. A diferencia del final sangriento de If…, Cero en conducta parece codificado desde un dialecto infantil, con la muerte a la autoridad reubicada como un acto simbólico –el izamiento de la bandera negra con la calavera y los huesos cruzados-, por así decirlo, con las versiones veladas de los cuentos para niños, y sin embargo, como sucede con toda fábula –que a fin de cuentas son envases alternativos para hablar de sexo y muerte-, el contenido y hasta la forma llega a doblar en violenta rebeldía su versión más contemporánea. Cero de conducta es una película completamente amoral, con una ironía incendiaria dignas de Mark E. Smith en donde las figuras de autoridad son reducidas a enanos barbudos, el cuerpo de maestros y padres convertidos en obscenos maniquíes, con auténticos actos sacrílegos, homoerotismo jugando al borde y desnudos integrales de niños. Es un caramelo envenenado, un parque de diversiones con hojas de afeitar en sus toboganes. En fin, una película que sólo podría filmar el hijo de un ilustre anarquista misteriosamente suicidado en prisión.
Cero de conducta con ese final tan lindo y a la vez tan jodido es, en definitiva, la película punk, desde lo más greilmarcusiano del término. Y todo esto se lo querría comentar a Virus, pero ya se debe haber encarnado en otra persona, en otro local, vendiendo discos que nadie sabrá qué son, en alguna otra Mercedes invisible del mundo.

03-Aguirre, la cólera de Dios (Werner Herzog, 1972)
Cuando lleguemos al mar, construiremos un gran barco. Iremos al norte y arrancaremos Trinidad a la colonia española. Desde allí seguiremos navegando… y le quitaremos México a Cortés. Qué traición más grande. Entonces toda Nueva España estará en nuestras manos y pondremos en escena la historia… como una obra de teatro… Yo, la cólera de Dios, me casaré con mi propia hija, y con ella fundaré la dinastía más pura. Juntos… reinaremos todo este continente. Resistiremos… Yo soy la cólera de Dios… ¿Quién está conmigo?
Solamente escrito ya es suficiente para helar la sangre. Pero al ver a Klaus Kinski –porque nadie, absolutamente nadie que no fuera Kinski podría haber protagonizado esa película- andar río abajo, completamente sumido a su último delirio megalomaníaco, mientras los monos invaden una barca en donde todos posiblemente están muertos, es el final más épico y trágico de la historia del cine.
Una vez me contaron de un internado particularmente violento que en la colonia Echepare andaba con un palo, golpeando todo lo que se le interpusiera en su camino, diciendo que era la pija de Dios. No sé si vio la película, pero es la viva imagen de lo que es Klaus Kinski en el film. La gente suele asociar la locura con cosas completamente extrañas a nosotros, pero generalmente hablan de nosotros mismos más que nuestra normalidad. En Aguirre... el final funciona, metonímicamente hace clic, porque toca esa pequeña fibra, aquel kraken dormido que llevamos dentro de nuestro corazón, y que sólo lo vemos en un arranque de ira, tras la supervivencia a un accidente de auto, o en medio de una caligulense jornada marquera. El poder como última droga, no una irrupción de la ley, sino un más-allá-de-la-ley, como el delirio último que nos enfrenta al mismo Dios, no es cosa nueva, y ya está en los mitos griegos, así como en el Coronel Kurtz de Apocalipsis Now, o el Tony Montana de la merquera y exagerada remake de Scarface, o el Frank-n-Furter de The Rocky Horror Picture show, pero también en John de Leyden, Gilles de Rais, Hitler, Ceacescu, Stalin, incluso en mí, cuando me agarrás en alguna de esas noches extrañas.

02-Blow up (Michelangelo Antonioni, 1966)
Swinging london, Cortázar, Las babas del diablo, Jane Birkin en tetas, Stroll on, Jimmy Page perdido por ahí y Jeff Beck destrozando una guitarra ante un publico que más que público es un fresco de naturaleza muerta, el fotógrafo revolcándose en el set con sus modelos, los negativos, el cuerpo perdido, esa pareja discutiendo al comienzo del film, el parque y el misterio irresoluble. Thomas se enfrenta a lo inenarrable del misterio (un misterio que es tanto sustantivo como verbo, un misterio que se va de lo puntual y se acerca a lo ontológico). El cuerpo estaba ahí, lo vio en la foto, pero cuando lo va a buscar, ya no está ahí. Camina cabizbajo y en una ruta sinuosa un grupo de mimos atravesando el campo a toda velocidad estacionan y se ponen a jugar un partido de tenis. Thomas, sin mucho más que hacer, se acerca al alambrado a presenciar el partido. No hay pelota, pero todos parecen verla, giran la cabeza en cada golpe de raqueta, yendo del campo de uno a otro de los contrincantes maquillados. Uno de los mimos le “pega” demasiado fuerte a la bola y sale disparada por encima de la cancha. La cámara –y esta es una imagen que vale por diez películas de Antonioni’s wannabes- sigue el trayecto de la bola, incluso reflejando un pequeño rebote cuando da contra el pasto. Los mimos se quedan viendo a Thomas y le piden con ademanes si le puede devolver la pelota. Thomas duda un segundo, los mira, mira hacia el suelo y piensa una vez más. Es entonces que se acerca y recoge la bola invisible y se la arroja a los mimos. A diferencia de aquellos que dicen que en las películas de Antonioni no pasa nada, en sus finales suele pasar mucho, por más que todo suceda a otra frecuencia, como esos indistinguibles sonidos que pueden hacerle sangrar el oído a un perro. Nadie sabe qué significa realmente la explosión repetida una y otra vez al final de Zabriske point, y nadie sabe realmente qué representa ese papel flotando en un tacho agujereado al fin de El eclipse. Pero funciona. El final de Blow Up es el único que podría existir para tal thriller epistemológico. Al fin de cuentas –y también incluyendo a Las babas del diablo, el cuento de Cortázar en el que se inspiró el tano- la obra es un drama platónico sobre el saber, la forma en que uno puede conocer algo, sabiendo que siempre todo se limita a ser observado desde su juego de sombras. El cine en cierto modo ha ordenado un montón de cosas que en un principio se encontraban en perfecta armonía con su fragmentarización. Si la materia prima base del cine es el tiempo (porque el cine sin tiempo, sin el tiempo que rige el encadenamiento de las imágenes, no es más que pura fotografía –aunque por ahí Chris Marker me caga esta teoría), el montaje no es otra cosa que el último y más eficaz intento por controlar y empaquetar aquello que siempre lo habíamos tomado como algo imposible de controlar del todo. Y la cámara (y la pantalla también) terminó resultando un vidrio polarizado tranquilizador que nos separa del mundo en su verdadera naturaleza.
El final de Blow Up no sólo funciona para Thomas, quien termina asumiendo el misterio irreductible de la vida, sino frente a nosotros mismos. Sin torcer las cosas mucho, Blow Up es un fin metacinematográfico sobre la linterna mágica que vemos como niños, confundiéndonos las proyecciones con la realidad. Así como Thomas, uno, al final de cada película, ya sea cuando se levanta de la butaca o cuando se incorpora de la cama en calzoncillos a hurgar en el último resto de comida que haga interesante la madrugada, por un momento también se agacha y devuelve esa bola mágica, dándose cuenta de ese hechizo momentáneo que nos hizo sentir miedo, calentarnos, ponernos contentos o moquear con meros fotogramas en movimiento estampados en una pared.

01-City Lights (Charles Chaplin, 1931)
Tal como lo dice Zizek en Goza a tu síntoma, en toda la historia del cine, Luces de la ciudad es tal vez el ejemplo más descarnado de un film que apuesta todo a su escena final, siendo la completa extensión del celuloide un mero puente extendido, una excursión necesaria para ese último coup de grace. Luces de la ciudad es la historia de un vagabundo y una muchacha ciega que lo confunde con un hombre rico. A partir de una serie de desencuentros, Chaplin no sólo es confundido por la ciega como un rico, sino también por un acaudalado mecenas, que cada vez que está en pedo lo trata como si fuera un invitado de honor (pero que cuando sale de su borrachera no tiene idea de quien es él). En este juego de sombras, Chaplin logra que el señor rico financie una operación ocular a la ciega, jugada que termina costándole la libertad, siendo acusado de robo y encarcelado. Pasa un tiempo y la operación ocular de la muchacha ha sido un éxito, no sólo recuperando la vista, sino también convirtiendo en un suceso la florería en donde trabajaba. Sin embargo, más allá del tiempo pasado, siempre espera aquel benefactor, anticipándose a su encuentro –y decepcionándose sistemáticamente- con cada hombre rico que aparece por la florería –no sabe cómo es su rostro, pero aspira a reconocerlo por la voz. Es ahí que viene la escena final. Chaplin acaba de salir de la cárcel, está caminando completamente desgarbado por la calle y al pasar por la vidriera de la florería, saluda a aquella mujer de la que estaba enamorado. Ella lo trata con cariño, pero con ese cariño mezquino, rayano con la lástima, esa desesperante cortesía que tienen las mujeres que se saben bellas con algunos de nosotros. Chaplin no va a decir nada, está dispuesto a ver todo detrás de la vidriera, seguir caminando, feliz por su pequeña victoria anónima. Pero ella se le acerca y le va a regalar una flor, y es entonces al agradecerle donde al tomarle las manos la chica dice “¿Tu?”, Chaplin asiente con la cabeza y le pregunta “¿Puedes ver ahora?” y la mujer le contesta “Sí, ahora puedo ver”. Vemos la cara de Chaplin, con esos ojos trepidantes que están tan cagados de miedo como emocionados, esos ojos que más de alguno de nosotros debe haber tenido en algún momento (con diferentes resultados), y entonces hay un fundido en negro y la película termina.
Hoy en día, con la neurosis costurera del cine, probablemente no se habría admitido un final así. Sin embargo, el final no puede funcionar de una manera más poética y poco importa lo que ocurra después, dentro o fuera de nuestro televisor, porque ese momento al menos es nuestro, y no hay sis ni nos que nos lo puedan arrebatar. Chaplin decidió cortar el film en ese momento de indecibilidad absoluta, recurriendo a una depuración completa de uno de los mejores y más sencillos diálogos que recuerde en los anales románticos de la historia del cine. La mujer puede ver, pero ve mucho más que lo que le permite una operación de glaucoma. Es ese momento ínfimo de las relaciones en que uno por primera vez ve a alguien, no por lo que representa, si no por la indecibilidad de lo que es, ese momento en donde dos personas se encuentran desnudas, con su onda, sus bandas o directores favoritos, su fama de malos o buenos amantes, sus posibilidades de caerle bien a sus respectivos suegros, sus amigos, sus guiñadas y sus ojeras, sus colchones y sus excursiones, sus barrios y su escuelas, sus apellido y sus apodos, como unos pantalones arrugados en el suelo.
No recuerdo ninguna escena del cine o de mi propia vida que capture con tal perfección tal momento. Ahora, viéndolo de vuelta, mi fanatismo por tal final comienza a adquirir un matiz distinto. Repito una y otra vez el rostro de Chaplin, y ahí me doy cuenta de que aquello me fascina tanto porque es mi propia noción privada de amor que me gusta tener alambrada, para observarla como un animalito pastando en una reserva para seres en peligro de extinción. Llega la certza: me quedo viendo esa escena por las mismas razones que hicieron decir a Lou Reed que a partir del primer beso, todo va cuesta abajo. Y me da miedo saber que nunca quiero saber lo que sucederá después, porque no hay nada que me interese más que esa historia, los rodeos a través de los cuales uno se funde con otro, las pequeños cuentos que se cuenta uno a sí mismo anticipándose o recordando algo que podría suceder o ya sucedió. Y me pongo a pensar si todo seguirá así así, si el resto de mis historias van a terminar como Luces de la ciudad, con esa última palabra y el fundido el negro, el fundido negro y el telón que se baja y se vuelve a abrir, para proyectar de nuevo Luces de la ciudad, en un teatro que tiene una sola butaca con mi nombre bordado en dorado sobre el terciopelo carmesí, como esos cines arteplex que pasan la misma película una y otra vez. Y lo más jodido es que mientras pienso todo esto, lo único que me preocupa es conseguir un poco de pop, porque empieza de nuevo la función.

Epílogo escrito un viernes, dos meses atrás
No quiso cerrar la puerta. Le digo, bueno, me tengo que ir y tomo el pestillo, casi sin reconocerlo, como un ciego buscando el bastón en su eterna oscuridad. Cerré la puerta. No pude hacerlo rápido, lo tuve que hacer lentamente, observando cada centímetro de ella que desaparecía, con sus piernas separadas, con su vista fija en el suelo. La puerta cerró, y ahí me di cuenta de que todo eso realmente estaba ocurriendo.
Camino por Lugano con un portarretratos en la mano. Era nuestro portarretratos. Era su portarretratos. Había veces que acostado en su cama me quedaba mirando el techo y de reojo la veía hacer ciertas actividades inocuas, barrer algunos pelos que quedaban en el suelo, reacomodar unos libros, verse reflejada mientras miraba una mancha en el espejo. Y siempre terminaba en el portarretratos. Yo hacía como que escuchaba música, o como si estuviera contando las manchas de humedad del techo, pero de reojo la miraba tomar el portarretratos, limpiar el vidrio y mirarnos a nosotros dos con una sonrisa, que temblaba como un botón de escote apretado, a punto de desabrocharse. No decía nada más, se quedaba viendo el portarretratos, yo con mi campra alemana, ella con un abrigo peludito, y le pasaba una franela, lo volvía a poner en su mesa y se dirigía a mí como si aquello, aquel pequeño gesto fuese una pequeña manía imperceptible, como un perro que esconde un hueso pensando que nadie lo percibió. Y por alguna razón yo me hacía el boludo y no le comentaba nada sobre aquello. Era nuestro portarretratos. Era su portarretratos. Y ahora estoy caminando por Lugano. Viernes, tres de la mañana. Soy un hijo de puta. Soy un asesino. Soy un asesino con una navaja oxidada, con la luna brillando sobre su filo. Soy un asesino con un portarretrato, con la luna brillando sobre su filo. Soy el amo de las palomas. Sé donde mueren por plombemia, en cementerios ocultos en casas y catedrales abandonadas. Soy un sepulturero de paredes grises. Camino por Lugano y sé que no voy a volver. Cuando vuelva, si es que vuelvo, la calle se habrá movido a un lugar donde el clima y los usos horarios son distinto. Camino por la calle adoquinada, giro sobre mis talones, no para encontrarla a ella, sino para despedirme de los jacarandás que se levantan contra 19 de abril. No llevo los lentes, se robaron otra vez el cobre de los cables, el violeta de los jacarandás no se deja ver en la oscuridad. Camino y a la altura de Aiguá se huelen los floripón y las dama de la noche. Por ahí siempre íbamos a comprar cervezas al Devoto. Y por ahí también paseábamos a Ramón. Y por ahí había un grafiti de una banda horrible que a ella le pareciá horrible y a mí también me parecía horrible, pero que no se lo admitía, sólo para molestarla un poco. Y después la otra calle, y los 185 que me doy cuenta de que más allá de todo seguirán pasando por ahí. Camino unas cuadras, pienso en qué bolas fueron entrechocándose para que terminara caminando por el prado, viernes a las tres de la mañana, con un portarretratos en la mano, como un loco que se fugó a través de una ventana mal cerrada. Llego a Suárez y llamo a Ezequiel. Está en una fiesta, me invita a ir y trato de decirle lo que sucedió. Mi voz se quiebra, entre la sorpresa, Ezequiel me dice de ir al bar donde está, pero yo no logro articular palabras. Las pienso, pero salen desordenadas, astilladas, o quebradas. Corto y pasa un taxi con su banderita roja guiñándome con un ojo inflamado. Subo al auto y la morsa con su pucho saliendo de sus dos enormes colmillos me dice “usted dirá, maestro”. Intento decir algo, pero no sale nada. Pasan veinte segundos, tomo un respiro y pasándome el antebrazo por los ojos logro decir algo. Lo pienso, como esas víctimas de accidentes automovilísticos que tienen que pensar cada costoso paso que dan agarrados de baranda en sesiones de fisioterapia, y le digo “Po-citos”. Intento mirar para afuera pero el Prado me enceguece. Pienso en todas las veces que pasé por ahí. Divago en cálculos: cuántos litros de cervezas tomamos juntos/cuantos pesos gastamos en el videoclub de Willy/cuántas veces pasé por el kiosko del canario a comprar condones. Pienso en esto y miro para abajo. En el cuero negro descansa bocabajo el portarretratos. ¿Los bebés debían dormir bocarriba o bocabajo? ¿Será sólo por la promesa del cielo que se entierran a los muertos bocarriba? ¿Por qué siempre dormía del lado de la derecha en su cama? Su-cama. Mantengo la frente apoyada contra la ventanilla. La morsa se ríe y mientras tira ceniza desde su ventana mira hacia atrás y me dice “che, decile algo a esa rubia que te está mirando”. Miro a mi derecha, y en un Peugeot una rubia muy linda me mira con cara de lenta sorpresa, como quien ve a una boa devorarse a un ratón. La miro un segundo. Es linda, es verdad. Bajo la mirada, me enjuago los ojos con mi antebrazo y le digo a la morsa “no tengo nada que decir”. El tipo entiende y dice, mirándome por el retrovisor “bueno, entonces le damos un par de bocinazos y resolvemos el asunto”. La aleta toca la bocina y el coche toma una curva pronunciada. El auto toma un camino oscuro. Posiblemente en cualquier momento saldremos a Garibaldi. Me saco los championes, pongo el derecho encima del izquierdo, pero los perros siguen ladrando.

Saturday, January 31, 2009

Mejores discos del 2008
Sí, el post llegó tarde, quizás demasiado tarde, pero esto se debe a un par de razones razonablemente razonables:
1) 2009 me viene resultando un año bastante activo, lleno de idas y venidas, proyectos, contraproyectos, indigestiones y redescubrimientos, que poco espacio me dejan para sentarme y escribir
2) La idea de los diez discos del año ya fue presentada en tantos espacios, que uno pierde la convicción de que está creando algo relativamente innovador o creativo.
3) Iba a mechar la lista con experiencias que me ocurrieron en las vacaciones, pero terminé haciendo usufructo exclusivo de ellas para un cuento que ando escribiendo
4) Saqué una cuponera de quince películas en videoimagen, las cuales han confiscado prácticamente el noventa por ciento del espacio físico y temporal que tengo para hacer otras actividades distintas de laburo/estudio
5) ¿Quién puede escribir con este calor?
Hay una larga tradición en definir cual es tu canción del verano. Con una redundancia casi vikinga, gran cantidad de mis posts se centran en los cambios subjetivos que acarrean los cambios de estaciones, estaciones que no están divididas por solsticios ni equinoccios, sino por las pequeñas historias y capítulos de la vida que uno se cuenta a sí mismo. Posiblemente de todas las estaciones, el verano es la que más se emperra en encontrar sus objetos metonímicos, aquellos tres o cuatro minutos que se estampan en el imaginario colectivo como una yerra, generalmente enfocados a cierta imaginería fiestera, hip, fresca o lo que sea. Básicamente, por el perfil tan oficialista puntaesteño del verano uruguayo –por más que Rocha se ha convertido en nuestro verano uruguayo (no el mío, mis veranos siempre van a mantener su corazón pegados a Atlántida)-, la estructura nitrogenada de los temas veraniegos marcan la exigencia básica de poder musicalizar una pasarela. Fíjense cada uno de los temas oficiales del verano, y siempre encontrarán una cualidad bastante atada a cierta noción de glamour, los beats en negras marcando cada pierna de garza (¿o el paso de ganzo?) de esas modelos que a tanta gente les hace el bocho. Tomen ejemplos, Get over you, o Take me home de Sophie Ellis Bextor (una mina que es a los temas de pasarella lo que fue el río Klondike a la fiebre del oro a fines del siglo XIX), Can't get you out of my head de Kylie Minogue, Velvet Morning de Primal Scream (con nada menos que Kate Moss detrás del micrófono), y la cosa da para rato.
El tres de enero me fui para Punta del Diablo, que en base a la cantidad de gente que lo había invadido, por momentos parecía significar su nombre literalmente. Llegué con María a las cinco de la mañana y no tardamos media hora para huir a Santa Teresa. Las razones eran múltiples, pero principalmente estribaban en que no había lugar en el camping, tanto que había automóviles con gente durmiendo adentro esperando para que se desocupara. Había una extraña desesperación de la gente (diferente al tono aletargado y más bien genchi que siempre caracterizó aquellos pueblos de la costa rochense), había una necesidad de ocupar un lugar, a como de lugar, sin importar las consecuencias. El verano del 2009 será para conocido como el verano en que Uruguay se prendió fuego, pero también el verano en que Rocha se llenó como un hematoma rechoncho de sangre, un departamento, como dicen las traducciones de Burroughs, "al rojo blanco". En general este es el momento donde extraigo alguna conclusión en que me separa del resto de la chusma, y por más que sé lo artificial de esta postura (después de todo, yo también estaba ahí), aquella desesperación por estar en Rocha me parecía una interrogante frente a la que a Guy Debord no le hubiera temblado el pulso al responder. Hay un aviso propio de ese nuevo linaje de comerciales que incorporan elementos absurdos tratando de vendértelos como si fuesen la última obra de un colectivo surrealista escondido en un silo antibombas checo, que más allá de sus lugares comunes, muestra una o dos verdades del fenómeno veraniego. En el aviso, la gente se manda mensajes de texto de dónde hay comida, dónde hay fiesta, dónde hay sol, etc. acarreando muchedumbres enardecidas que van nomadeando de un punto de atracción a otro. Aquello era realmente lo que se podía ver en la costa: la gente andaba corriendo como cumpliendo un schedule, tan cansados que no sabían si lo estaban disfrutando. Todo eso me hace acordar a las nociones de espectáculo que maneja Guy Debord en Rastros de Carmín sobre la fiebre jacskoniana (que no es un firmante de la declaratoria de la independencia, sino el moonwalker, the king of pop, o la reencarnación de Peter Pan, como él preferiría llamarse). En referencia al multimillonario disco Thriller: “El contenido ya no era el sonido de la música, ni la forma la manera e que la música se presentaba o funcionaba como género. El contenido era ahora la respuesta al acontecimiento social de Thriller, y la forma mecánica del acontecimiento. (…) El triunfo de Thriller imponía su propio principio de realidad, estaba allí como parte de cada viaje al trabajo, como una serenata a cada recado, como un referente a cada compra, como un hecho que formaba parte de la vida de todos. No tenía por qué gustarte. Sólo tenías que reconocer esa realidad, aunque en cierto modo, en el año de Michael Jackson, reconocerla implicase que el disco te gustaba”. Suplanten a Michael Jackson por Punta del Diablo, y ahí tienen exactamente lo que pienso. Como en Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj, de Julio Cortázar, Punta del Diablo no se regalabaa los visitantes, era más como los turistas entregándose a Punta del Diablo, en un honorable acto sacrificial.
Pero bajándome de las ramas de tal arborescencia, en los siete días que permanecí en Santa Teresa, no escuché una sola canción. El hecho fue fortuito, el I-Pod que conservaba todo mi arsenal musical me traicionó a último momento, agotándosele la batería por una desinteligencia mutua (mía y de la máquina) con el botón de HOLD. Esa semana sin música fue bastante interesante, incluyendo un encuentro cercano con un ñandú, el descubrimiento de las bondades de cagar en el bosque, un mal episodio (y un subepisodio aún peor) vinculado al consumo prolongado y excesivo de caipirinha, y un momento de extraño ensimismamiento que podría haberme costado la vida. Sacando cuentas, fueron unas mini vacaciones curiosas.
Ni bien llegué a Montevideo me fui para Atlántida, esta vez sí comenzándome a poner al día con la música. Fui a pescar un par de veces. La primera, con mi abuelo asesinamos a 34 pejerreyes y tres sardinas. Es interesante hacer una actividad musicalizada por algo diamentralmente opuesto. En ese sentido, era gracioso practicar el silencioso e instrospectivo arte de masacrar peces con los Fucked Up de fondo. Fue ahí que más o menos se comenzó a performar el que vendría a ser mi tema del verano:
Scott Walker, Next. Posiblemente no sea tan buena como Au Suivant de Jacques Brel (¿pero quién puede interpretar cualquier tema mejor que Jacques Brel?), pero conserva la desesperación, las inflexiones de voz de alguien completamente arrasado por la desesperación del militarismo, la gonorrea y el amor fácil de las prostitutas. El Next, you’re next de la putas, gambas abiertas esperando el próximo soldado para rociarla de esperma, se convierte como una palabra flotante, una palabra que taladra el cerebro de Walker, que lo acompaña en sus pesadillas, que aparece, casi como un elemento tan traumático que resulta imposible de simbolizar, una palabra que deja de ser una palabra y se convierte en una cosa. Si bien el Scott 4 es el disco definitivo de Walker (personalmente, lo considero entre los tres discos mejores producidos que se hayan hecho por y para humanos), el Scott 2 es el más variado en cuanto a los personajes que encarna, sin la unidad del cuatro o del tres, pero con, posiblemente los mejores temas sueltos de su carrera –Best of both worlds (cancion perfecta, si las hay), Jackie y Plastic Palace People, como ejemplos, sin contar a Next, del que ya venía hablando.
Fiel a mi estilo, mi tema del verano no tiene nada veraniego (el único verano que recuerdo ser musicalizado por un tema correspondiente, creo que fue hace cuatro años, en donde Mula Plateada fue el tema que atravesó diametralmente aquellos tres meses de pura playa y crisis personales), es un tema que pertenece más al frente de guerra en la campiña francesa, llena de nieve, barro y putas de sudor frío, completamente comidas por la sífilis.
En fin, todo esto no es más que para llenar el ojo ante una lista que ya viene demasiado atrasada.
Acá los mejores discos del 2008.


10) Xiu Xiu- Women as lovers
En mi computadora aparece una escena actuada por Nicole Kidman. Uno le ve la piel, y parece de porcelana. Hasta a uno le da miedo que de caerse se haga añicos. Pero el tema es que estoy seguro de que si la cámara se empieza a acercar lo suficiente, aquella mejilla blanca, ligeramente rosada va a comenzar a mostrar sus poros, sus ínfimos vellos enquistados, y si pudiera acercarse con un lente microscópico, en esa parcela de piel uno podría encontrar un violento continente, lleno de bacterias, mitocondrias y anticuerpos uniéndose a un sucio festín caníbal. Más o menos esto es lo que pasa con Xiu Xiu. La pareja llega a una introspección tal de su jodido mundo emocional que todo aquello que vemos es tan humano, tan violenta y suciamente humano, que nos termina incomodando, dando asco. No hay nada más horrorizante que la verdad, y, letrísticamente Jaime Stewart nada entre ella como experto pez de pantano. "Why would a mother say such things/ Why add tongue to a kiss goodnight?”, cuando uno escucha versos como estos, aquello resulta algo demasiado incómodo para asumir, incluso para escuchar. En un mundo donde parecen cada vez más lejanos los momentos de locura, los auténticos pasajes al acto que provocaban un Jerry Lee Lewis parado sobre el piano, un John Lydon gritando I am an anarchist!, o un Alan Vega cagando de miedo a un público de doscientas personas, mientras esquiva sillas y botellas voladoras, es bueno que sigan habiendo trabajos que sigan generando sensaciones tan extremas, aún así sea la de huir, huir sin mirar hacia atrás.

09) Glasvegas-Glasvegas
Hubo una época que decir que una banda creaba himnos juveniles, tanto disponibles a ser tarareados en una cotidiana excursión urbana como coreados en estadios, no era algo tan sacrílego y reprobable como hoy en día. Todo lo que detente un plus-de-emoción es calificado como rimbombante, ridículo y exagerado. Dentro del indie hay una desconfianza sistemática hacia lo visceral, o los grandes discursos, uno puede ser cute pero no llorar a moco suelto, uno puede ser soñador, en tanto sea pueril, uno puede mechar elementos heroicos, en tanto adopte una semi consciente autoparodia. El puritanismo indie ya no puede entender a los solos llenos de pathos de antaño, o las canciones de amores juveniles de Bruce Springsteen. Es así que llega este disco de Glasvegas, un disco completamente tan sensible y juvenil como perfecto. La voz del James Allen tiene un tono, o más bien una articulación extraña, como si fuera un jamaiquino, en vez de escocés. Un disco que tiene una unidad sonora que lo hace parecer conceptual sin serlo, con todos y cada uno de sus temas perfectamente recordables, tan perfectamente dependientes como independientes entre sí, listos para que te lo cantes a ti mismo en los peores momentos, para que practiques guitarra aérea en tu casa sin sentir vergüenza. Glasvegas es la banda que tendrían que escuchar todos los chicos de quince a dieciocho años, de pretenderse mejores generaciones futuras

08) Cadáver Exquisito- Cadáver Exquisito I
Cadáver Exquisito nunca va a tocar en un Pilsen Rock. Apenas pueden poblar la mitad de un BJ y posiblemente estén en su pico de popularidad (¿?). Las razones son múltiples, pero una de las principales es la de no poder amoldarse a ninguna escena. Demasiados entrópicos para el gran público, demasiados normales para la escena under/postpunk/free/psicodélica/comehongos uruguaya (entiéndase IMAO, Fiesta Animal, Trío Vilardebó, Psiconautas, Pacientes, que en realidad tampoco tienen mucho que ver entre sí), Cadáver Exquisito nunca estuvo apadrinado –a no ser que nadaran hacia el otro lado del charco y le pidiese su bendición a Ariel Minimal-, y aquello lo convertirá en una banda eternamente insular en la música uruguaya. Ya cuando uno ve la horrible tapa del disco, se da cuenta de que esta gente no quiere agradar a nadie. Cadáver Exquisito I es un culto a lo dionisíaco, con un baterista que parece aplicar técnicas de Guantánamo a su batería y un guitarrista que encontró el puente invisible que une a Gegg Ginn con Jimmy Page. Todo lo bueno y malo que se puede decir sobre el disco radica en su desmesura, con temas de diecisiete minutos que nunca llegan a dejar de ser interesantes, solos tan setentistas como violentos que se anclan en Color Humano, Pescado Rabioso y otras bandas de aquella época, y sí, algunos sacrificios, propios de tales trapecismos volantes sin red. El tema paradigmático es Plafond, un tema con esencia funk que tranquilamente podría pegarla en las radios, y en el que, súbitamente a la mitad del mismo, se le instala un medley y demás divagaciones que lo extienden a más de diez minutos de puro delirio. Uno puede pensar que es una lástima sacrificar un tema pop tan, en un principio, redondo, pero ese mismo autosabotaje termina resultando una declarción de principios.

07) Deerhunter- Microcastle/Weird era cont.
El Microcastillo de Deerhunter es uno lleno de laberintos, puertas falsas, fosos y mazmorras, sin nunca dejar de ser brillante, tan cristalino como de vidrios espejados. Pop, pop del bueno, es casi como una de las más perfectas síntesis de los mejores recursos del indie de los últimos quince años. Es un laburo de orfebrería, que nunca pierde el norte aún en su más intrincado y shoegazer ep Weird era cont, que posiblemente supere incluso al disco oficial. Disco hipnotizante si los hay (el tema Agoraphobia siempre me mete en un extraño estado de trance), frente al verano que despliega sus tentáculos furiosos sobre todos nosotros, uno se pierde en el castillo de Deerhunter, y por un momento aquello se siente como abrir el freezer y meter la cabeza unos minutos. Si bien Next, de Scott Walker es mi tema del verano, posiblemente el disco de mi verano sea el Weird Era Cont, un álbum que me ha acompañado en jornadas pesqueras, descalzas caminatas por baldosas calientes de Montevideo, angustiantes desvelos frente al teclado y trayectos interurbanos en saunas móviles. Si enero en la ciudad no termina resultando un infierno, mucho le debe a este disco.

06) Millones de casas con fantasmas- Apoteosis LP
Pau O’Bianchi es el multifacético integrante de Tres Pecados, auque divide su actividad en otras bandas como Relacionessexuales, Genuflexos, y andá a saber cuántas otras más. Apoteosis LP es un disco elaborado en el marco de proyecto solista llamado Millones de casas con fantasmas. Es un disco doloroso, en el que el mismo Pau dice haberlo hecho casi en un estado de sonambulismo, percatándose del resultado recién una vez terminado (el disco fue grabado en una licencia vacacional, tiempo en el que no hizo practimanete nada fuera de la producción del disco). Pau aparece desatado, ciclotímico, con picos y bajones que tienen anclaje en oscuros tiempos que marcaron la vida del músico en el último año. El cambio sufrido desde Pesadillas para niños y travestis dadaístas (su primer disco) es notable, con una forma de cantar y una poesía mucho más segura de sí misma, comenzando a dejar los gérmenes de cierta cosmogonía que va a ser uno de los aspectos más interesantes de la obra de O`Bianchi. Abre el tema Hoy con un dulce arpegio y la voz de Pau, lejos de los gritos primigenios, cantando con voz temblorosa “(…) la seguí como si estuviera imitando a un ciempiés, verde venenoso pero honesto/ un ventilador/no hace volar a las mariposa las descuartiza/ como si fueran nuevas cenizas”. La canción sigue con la guitarra y aparecen unas trompetas lejanas, como si se estuviesen levantando los puentes del reino de Pau, esa muralla que sólo se conocía por el aceite ardiente que caía de sus torres en Pesadillas. El disco posiblemente tenga los momentos más bellos e intensos en la discografía de O’Bianchi, con una dignísima versión de Mandolín (ese tema abrumadoramente bello de Gustavo Pena, “El príncipe”, uno de los músicos más injustamente olvidados de la música uruguaya), la oriental China conquistará al mundo y el abismo que abre el disco a la mitad, que es la trilogía Mariana mañana/Ella no se va/Cajones, de las cosas más ominosamente depresivas que se hayan registrado en la música uruguaya. Tras Ella no se va, una canción desesperada y tensa, con ciertos visos a The trickster, de Radiohead (b-side que aparece en el single My Iron lung), Cajones sería la culminación del viaje en espiral invertida, con una atmósfera opresiva y versos como “ya están los cajones/solo faltas vos”. Aquello es Pau O’Bianchi más sombrío que nunca. Y a todo este ambiente funerario lo sigue una canción hermosísima, casi festiva, una pequeña historia para niños llamada “Lourdes, la hija del flaco dragón”.
Es bueno saber que hay gente que no sabe hacer otra cosa que hacer música.


05) Nick Cave and the Black Seeds- Dig, Lazarus, Dig!
Es increíble cómo alguien puede reinventarse de una forma tan específica, tan precisa, que encarna a otro personaje sin dejar en ningún sentido de ser lo que siempre fue (a diferencia de bandas como Primal Scream, que cambian quizás demasiado, o la esencia camaleónica de Madonna, una tipa que sólo es un lobo cambiando de disfraces de cordero). No hay que tomar a la ligera el mostacho, con este –introducido en su rostro en el Grinderman.- Nick Cave se aleja del romanticismo (de romanticista, no romántico) gótico de sus primeros trabajos, o la franqueza introspectiva de lo más reciente, para ser un personaje salvaje, más cerca de un pimp con un halo metafísico que un personaje Baudelaireano, un granjero más que bruto, brutal, pero no por así menos genial. El último disco de Grinderman tenía grandes temas como No pussy blues, pero por algunos caprichos ya clásicos a la hora de realizar los arreglos y producción de Cave, algunos recursos –como las baterías, siempre tan bajas- se habían echado a perder. Dig Lazarus Dig debe ser uno de los discos que mejor suenan de Nico Cueva y sus malas semillas. Más allá de sus obsesiones europeas, Cave siempre estuvo obsesionado con el Estados Unidos subterráneo, el que queda más al sur (un sur metafísico, que va un poco más abajo que cualquier rosa de los vientos) y que representa más descarnadamente bandas como Jesus Lizard, o Butthole Surfers (un ejemplo de ello, es su versión de Tupelo, ese susurrante, mágico y austerísimo blues de John Lee Hooker). En ese cambio de geografía, Cave se maneja con total soltura, sabiendo ser pimp y predicador al mismo tiempo, mostrando que todavía le quedan muchísimos años para hacernos caer de culo.
Extra Ball: de los mejores títulos de álbums que haya visto

04) Tickley Feather- Tickley Feather
Tickley Feather es posiblemente mi mayor descubrimiento del año, un disco editado en invierno, y que en cierto modo es un continuador de las sendas abiertas por Ariel Pink, con ese deconstruccionismo low-fi que llega a momentos mágicamente envolventes. Si seguimos con la lupa sobre los blueprints de este disco, hay cosas del Person pitch de Panda Bear, algunos climas hondos e invernales que me recuerdan al dream pop de Cocteau Twins y una forma de cantar que recuerda a la francesita Le volume courbe –proyecto sobre el que había reseñado hace un tiempo-.
Pero bueno, todo esto es una boludez taxonómica que en apariencia no tiene otro fin que mostrar las bandas que he estado escuchando. Si nos ponemos diseccionar el disco, Tickley Feather se relaciona un poco con los discos de Daniel Johnston, por el hecho de la recurrencia a cierto arcaísmo infantil, con canciones pobladas de loops de canciones de cuna para niños que generan un extraño deja vu, como si uno hubiese escuchado alguno de esos temas en las tonadas musicales de un móvil que pendía sobre su cuna. La voz de Annie Sachs, flotando entre viejas máquinas de ritmo y sintes de juguete, se siente como un espectro escuchado del otro lado de una interferencia telefónica, una voz que aparece y desaparece como un murmullo de otro mundo. Un disco que tiene una fantasmagórica ternura, con temas como The Keyboard is drunk (¿será alguna referencia a aquel hermoso tema de Tom Waits?), que genera una melancolía algodonosa, un sentimiento oceánico en que nada, al menos por esos 03:10 minutos, puede salir mal.
03) Juana Molina- Un día
Decir que Juana Molina ha convertido a su voz en un instrumento resultaría, no sólo una redundancia, sino una perogrullada digna de Juan Ortelli (bueno, pensándolo bien, Juan Ortelli diría que Juana Molina en este disco es como The soft machine comiendo en Pumper Nick, o algo por el estilo). Sin embargo, no podría decirse otra cosa, es la voz tomada como material de luthier, desmontándosela y analizándose todas las posibilidades inherentes. En esta rosacruz búsqueda estética por supuesto ya han habido centenares de performers más vanguardistas, más laberínticos y más radicales como puede ser, póngasele Meredith Monk, o Diamanda Galás (dos nombres que a Phibrizoq posiblemente lo haga hacerse encima), pero la gran victoria de Molina es en realizar estos experimentos en un compuesto que nunca llega a resultar completamente foráneo, una investigación que mantiene la unidad emocional y formalística de todo buen pop, aún prescindiendo del formato canción, uno de los básicos santo y señas del género.
Por momentos se deja a la voz navegar subterráneamente por los temas, repitiéndola en un loop que actúa como un pulso irreconocible, convirtiéndola en un riff, en un solo, en un cuerpo de vientos, en una ola, en un axolote, en un colchón de plumas –con araña Quiroguiana incluida. Un día llega a la culminación de una búsqueda no sólo emprendida en otros títulos de Molina (Son tiene mucho de eso), sino de la música argentina, vocalísticamente hablando. Lo reescucho y pienso que este es el disco que siempre le hubiera gustado hacer a Tanguito, un tipo que ya en los sesenta exploraba con las onomatopeyas y cualidades diferentes que ofrecian las cuatro cuerdas vocales, aunque sin la destreza y medios de Molina. Poesía cotidiana y abstracta, sumado a la herencia de Eduardo Mateo, fundida en orquestaciones que recuerdan a Robert Wyatt. No mucho más que decir.

02) Destroyer- Trouble in dreams
El término virtuosismo generalmente se lo asocia con destreza, cierto enfoque dentro de lo instrumental que hace pensar al artista o el producto más cerca del cerebro que de las tripas o el corazón. Es en este punto que el último disco de Destroyer subvierte tal punto, porque es un disco tan sentido, tan emocional como perfecto en su ejecución y arquitectura. Bejar es de los músicos que han hecho, canción tras canción, de su personaje un verdadero golem de arcilla que trasciende a su obra (no es sorpresa encontrar ciertas cadenas de carbono entre el canadiense y el siempre autorreferencial David Bowie). De hecho, disco a disco, Bejar va cartografiando un mundo que está demarcado por continentes emocionales, y en donde cada país tiene elementos de otro. La correferencialidad en algunos músicos se vuelve apologética, pero en el mundo de Bejar lo convierte en algo nuevo, lo vuelve más rico, como nuevas puntadas en un tejido que se va regenerando. Así, no sorprende encontrar ciertos elementos de otros discos en este, así como cierta correferencialidad entre algunos elementos de las mismas canciones del álbum, generándose una madeja que se extiende desde los inicios de su carrera, sin ser de esos casos de autohomenaje tan penosos, que circulan en la música y cine. Trouble in dreams es una pieza maestra en la arquitectura emocional que despliega, estando todo tan equilibrado y perfectamente diseminado, cada cambio de tono, cada silbido, cada temblequeo de voz, cada entrada y salida de guitarra (qué punteo dolorosísimamente perfecto que es Shooting Rockets), que lo convierte en un cubo de Rubik perfectamente armado, montable y desmontable en cuantas variaciones sea posible. Es la divina proporción davinciana del disco de amor y desamor. Y de eso me doy cuenta cuando escucho a Bejar, queriendo sentir lo que él siente, vivir lo que él vive, sin importar cuan terribles de sus resultados
01) Tres Pecados- Liu y las dificultades graves de aprendizaje
Pau O’Bianchi fue el músico uruguayo del año. Con una disciplina –o hybris- digna de Robert Pollard, Pau en un año hizo cinco discos, cinco que de hecho podrían haber sido más, pero que se limitó a mantenerlos en el cajón por razones meramente ligadas a la difusión de los mismos. Los mejores temas posiblemente estén en Apoteosis, pero Liu y las dificultades graves de aprendizaje es sin duda el trabajo más redondo, algo sobre lo que se le deben repartir algunas fichas a Ezequiel Rivero (uno de los integrantes de Amelia), cuya formación más anclada en el pop le dio un equilibrio que nunca antes se había visto en los anteriores trabajos de Pau. Liu… es un disco intercomunicado por el amor, prácticamente podría decirse que es un disco conceptual sobre tal sentimiento. El tema dos (ninguno lleva nombre) por su extraña orquestación recuerda a Panda Bear, mientras que el cinco –un tema tan sencillo como único, que no me dudaría en ubicarlo como el tema uruguayo del año- tiene una autorreferencialidad pop (“conocí a una chica en el Roxx bar, en un toque de Guachass y Culpables”) que no queda en un mero namedropping, y aporta a una de las mejores letras de Pau hasta la fecha. Alucinaciones floridas, sentimentalismo sin ironía, perspicacia sin cinismo, oscuridad con moretones de luz, es gracioso pensarse a uno diciendo “este es su disco definitivo”, cuando la carrera de Pau ocurrió en un par de años –con muchísimo más por delante-, pero la cantidad y variedad de su obra me terminan llevando por tales derroteros.
Pero lo más deslumbrante de este repaso discográfico no radica en números y records, sino en el hecho de que, a diferencia de personajes como Max Capote o Dani Umpi, en los que la construcción de cierta imaginería adquiere una redundancia que reduce su obra a espectáculos de afirmación ideológica, Pau, y podría decirse que solamente también el dúo Carmen Sandiego (mundos distintos, pero los dos tan oscuros como cautivadores), lograron en unos pocos años, no crear una determinada estética, sino un mundo propio; en el caso de Pau, un mundo de crayola, poblado de sexo, ciempiés, cangrejos, niños, drogas y polillas. Hace un tiempo conversaba con un amigo y le comenté, como al pasar, “esto es una escena muy Pau O’Bianchi”. Llegar a decir aquello de una forma tan natural que uno casi ni logra percatarse de ello, es algo que ya les está reservando a estos músicos un lugar especial en la historia de la música uruguaya, una historia que, como espero que así continúe, no deje de escribirse.

Tuesday, December 16, 2008

Seis fotos
Hace unos meses me cambiaron el celular por un tema de contratos de Ancel y no sé qué otras cosas. Mi padre me anduvo hablando de mp3, blutuz, y cosas por el estilo, pero yo le mantuve que mientras siguiera marcando números y no causara inminente cáncer en los huevos nos íbamos a entender. El celular es un Nokia, y más allá de cierto comportamiento esquizofrénico (llama a la gente por sí solo, vaya uno a saber por qué), me quedé bastante conforme con la compra. Fue recién al mes de tenerlo que empecé a ampliar su espectro de usos, utilizándolo como cámara fotográfica. Por supuesto, las fotos que se pueden sacar con un celular (y con la mayoría de las cámaras digitales) son medias pedorras, pero de alguna forma me ha servido para capturar ciertos momentos, o ciertas imágenes que se suelen desmigajar en mis recuerdos. Tengo cámaras más caras (que igual tampoco son la gran cosa), pero cuando las cargo siempre tengo una sensación de peligro, que me hace perseguirme bastante de que me la roben. En cambio, con el celular, ni me preocupo. Lo interesante es que el celular siempre lo llevo conmigo, lo que me permite sacar fotos en situaciones completamente ligadas al azar. Cuando tengo una cámara posta en mis manos, nada interesante me suele suceder, como cuando uno era chico y se quedaba esperando sorprender a Papá Noel atrás del arbolito.

La siguientes son seis fotos que más que fotos, son disparadores a situaciones que me ocurrieron, y obsesiones sobre las que anduve rondando estos días.
Así que, antes que nada, la fotos no persiguen ningún fin artístico, són más frasquitos de formol que fotos en sí, así que no me vengan hablando de Mar Ray, Philippe Halsman, o Weegee.

Kamikaze
Un jueves, luego de enterarme que una paciente había reingresado al Vilardebó (por tercera vez en un mes y medio) me encontré en el centro sin otra cosa que hacer que volverme a mi casa. Estaba agarrando por Tristán Narvaja hacia 18, cuando extrañamente se me ocurrió pasar por facultad (extrañamente, porque no suelo caer en facultad sin una buena razón). Es período de exámenes y el patio de facultad está sumido a un razonable desierto. Miro sin mucho interés algunos posters de jornadas psicoanalíticas (un gesto que más que verdadero interés es una coartada, ya que son jornadas a las que posiblemente nunca iré) y cruzo el patio, no encontrando nadie excepto a Kamikaze. No sé mucho cuál es el diagnóstico, pero Kamikaze armó una suerte de circuito, alternando entre la facultad de psicología y el centro diurno del Vilardebó (para los no uruguayos, el principal hospital psiquiátrico de Uruguay). Es un tipo bastante particular, las primeras veces que lo vi usaba un sombrero de vaquero y cargaba su guitarra como si fuese una extensión de su cuerpo (y cuando uno habla de apéndices corporales en psicóticos, aquello no es metáfora). Nunca quise amigarme del Kamikaze, principalmente por ser un mangueador casi terminal. Siempre que lo ves necesita un peso, un peso para pagarse un ómnibus, un peso para comprarse una medialuna en la cantina de la facultad, un peso para llamar a una mina que conoció en la plaza de los bomberos, un peso para no tener nueve pesos y llegar a la decena. Mucha gente me ha comentado que los últimos días de Eduardo Mateo fueron medio así, todo el mundo le huía porque lo primero que hacía, casi indiscriminadamente era pedirte plata. A uno siempre le tienta colocar a todos los artistas locos dentro de una misma categoría (El Ars Brut, Outsider Art, o como corno quieran llamarle), sin percatarse que es una bolsa que está llena de agujeros, siempre a punto de desgarrarse. En general la gente piensa a la locura como un plus para llegar a ciertos estados de conciencia diferentes al resto de la gente, pero en realidad, tal como sucede con el uso de alucinógenos, si bien los multiplicadores de la realidad han servido de mucho en ciertas producciones, nunca se podría decir que la obra es producto exclusivo de aquello (sería sacar todas las pesas del recipiente del artista y ponerlas en el recipiente de la droga, cuando la cosa en realidad es mucho más compleja). De la misma manera que tomar ácido no te convierte en Jerry García, ser loco no te convierte automáticamente en Van Gogh. De hecho, una triste verdad personal que me ha tocado ver es que la mayoría de los locos suelen estar descendidos en muchos terrenos, y suelen estar apegados a aspectos ultraconvencionales en sus ramas artísticas –desde la puerilidad de pacientes que sólo dibujan casas con flores y solcitos, a tipos que toman prestado el discurso médico mesiánico y hacen canciones de cuando estaban mal, y cómo Dios o los médicos lo salvaron.
En muchos casos, lo más creativo que les he visto es su delirio mismo.
En el caso de Kamikaze, siempre lo vi haciendo covers de Sabina y cosas por el estilo, por lo que nunca lo tomé completamente en serio en cuanto a su creatividad.
Di una vuelta más y no encontré a nadie. Me estaba yendo cuando escuché una canción que estaba saliendo de la guitarra del Kamikaze. Era una canción extraña, que generaba un estado de ánimo particular a través de una curiosa combinación de acordes mayores y menores. Tenía una extraña cualidad de no permitirte saber si era una canción feliz o triste. Podía ser una celebración de la infelicidad o un duelo de la alegría. O algo así. La cosa es que me quedé junto a Kamikaze, mientras tocaba aquella canción y el tipo me percibió al lado suyo, pero como quien percibe a una paloma a unos metros de sus pies. Termina la canción y Kamikaze se me queda mirando y le digo “es un buen tema Kamikaze, de dónde lo sacaste". Se ríe y me contesta “ese tema es mío”. Yo digo “ah, mirá que bien, me gustó ese tema”. (La verdad es que me gustó realmente ese tema, lo que digo es sincero, por más que me reprocho al oir mi voz, que por momentos parece al de una maestra de escuela). “Tenés otro tema?”. “Sí, ¿tenés un peso?”. La contrapregunta era esperable y desenfundo dos pesos como quien le paga a un artista callejero. Me dice “Esta última todavía no está terminada, me tengo que fijar en la letra”. “No importa, tocala y vemos cómo sale”. Se ríe ensimismado y comienza a tocar. Toca con los ojos cerrados, vocaliza exageradamente, la guitarra no ayuda y los dedos no aprietan bien entre algunos trastes, los acordes son luminosos y a la vez suenan a podrido. Mientras la canta me quedo leyendo la letra escrita en un cuadernito, una caligrafía bastante ordenada, con las G, F, y G# como sombreros sobre cada versito. No me acuerdo mucho de la canción, pero en cierto momento dice algo como “y me sacaron a caminar/por las calles de la ciudad/y ella apareció/y orea”. Es un buen tema, y la última palabra me intriga. Le pregunto qué significa orea, y como si fuese un padre ante la pregunta de cómo nacen los bebés, sonríe cómplicemente y me dice “es un estado de ánimo”.
De la nada aparece el Barón de la Laguna y Seba y sorprendido por mi suerte de encontrarlos, nos quedamos hablando los cuatro. Al Kamikaze ya lo habían saludado y le piden que toque otro tema. Se pone a tocar uno, pero pronto nos damos cuenta de que nos está cagando y está tocando uno de Calamaro, con un acento extraño que lo hace parecerse más a Bunbury. Kamikaze tiene una venda que le cubre toda la frente. El barón de la laguna le pregunta a qué viene esa venda y Kamikaze responde que se golpeó el otro día, queriendo saltar un banco. Nos quedamos viendo la venda y concordamos en que mete mucha onda. “Ahora que la veo, es como la de Karate Kid”, comento, y El barón de la laguna y Seba se ríen, pero Kamikaze se ríe más, una risa de entusiasmo llena de tropezones. “Habría que hacerte unas letras chinas, ahí serías mismo Kamikaze sam”. El tipo se emociona y dice “Ahjajaja, sí, jaja, espérenme un cacho, ya vengo”. Entra a un cuarto que oficia de sede de gremio estudiantil y vuelve con un drypen azul en la mano. “Dibujame, dibujame”. “No me acuerdo mucho las letras chinas, estuve algo de tiempo en Japón, pero no me acuerdo mucho”. “No, dibujame...¿viste la estrella de David?”. “Sí, claro”. “Dale, eso, dibujame eso”. “¿Estás seguro?”. “Sí, sí, la estrella de David, la estrella de David haceme”. Como si fuera alguien hablando con su futuro tatuador, me exige que primero le muestre en un cuaderno a ver si sé hacerla. Rápidamente le hago los dos triangulitos superpuestos y el loco queda re emocionado. Me da el drypen con una extraña solemnidad y me acerca la cabeza. Lentamente, le hago los dos triángulos azules. Ni bien se lo terminamos de hacer, nos cagamos de la risa y el tipo se va a ver en el reflejo de los vidrios de facultad. Pasan unas minas del gremio y les pregunta qué les parece. Ellas, sin saber mucho qué decir, le responden que le parece original. Kamikaze sonríe y les pregunta si no tienen un peso.
Se acerca Seba y me dice:
-Qué ficha el Kamikaze…
-Mientras se mantenga lejos de Pocitos está a salvo.

Anal-retentivo
Yo siempre fui un neurótico, pero al menos un neurótico felizmente sucio. Nunca me habían molestado de sobremanera no lavarme las manos, y no andaba controlándome las veces que me bañaba (eso más o menos lo decidía la grasitud de mi pelo). Llegaba de los ómnibus y con total tranquilidad metía la mano en un envase de pepinillos y me comía dos o tres, chupándome el vinagre que me quedaba entre los dedos. Abría las puertas de los baños públicos, y solo a veces me lavaba las manos (más por la novelería del secador de manos, que por verdaderos impulsos higiénicos). Me sentaba en la calle, me iba a dormir con la ropa puesta, me despertaba y seguía mi vida al día siguiente, con la misma ropa del día anterior.
Hace unos meses mi padre introdujo el civilizador invento del alcohol en gel. Ya lo había visto en la casa de María (su madre es odontóloga y tiene un dispensador particularmente grande), pero la idea de tenerlo en casa me parecía demasiado lejana. No fue necesario comentárselo dos veces, y fiel a su espíritu impulsivo, mi padre no dudó en comprarlo. La cuestión es que desde que se introdujo dicho producto a mi casa –y sobre todo por lo práctico que es en eso de que se te seca a los pocos segundos- comencé hacer su uso coextensivo a todas las actividades que vinculaban a mis manos. Iba al baño y me pasaba el alcohol. Llegaba de facultad y también me untaba las manos. Todo iba más o menos bien -y limpísimo- hasta el otro día que fui a una panadería que queda al lado de mi facultad. Se me ocurrió comprar una milanesa al pan, y entonces me di cuenta que tenía serias reticencias de hacer la compra. No demoré mucho en darme cuenta de que no quería comer aquello sin lavarme las manos. Por supuesto, no había alcohol en gel, jabón, ni nada por el estilo en varias cuadras a la redonda. Terminé obligándome a comer la milanesa, sin poder evitar reconstrucciones de los acontecimientos del día, en que vinculaban mis manos en actividades como agarrarme del pasamanos, manejar billetes, señalar una vidriera, atarme unos cordones que se arrastraron por medio 18 de julio.
Antes era más fácil y nunca me había enfermado.
Como dice el gran Robyn Hitchcock, A happy bird is a filthy bird.

Musas anónimas
Nunca fui un tipo de modelos. Deben haber contadas excepciones, pero la casi totalidad de mis musas provienen del mundo cinematográfico, y ocasionalmente del musical. En Argentina, el modelaje parece, Tinelli mediante, cada vez más imbricado con el mundo de las vedettes -que resulta un handicap, la verdad. Por otro lado, las modelos europeas siempre me parecieron demasiado cadavéricas para mi gusto.
Más allá de esta cuestión personal, cada tanto encuentro a una modelo al azar que me termina por resultar particularmente atractiva, generalmente perdida en alguna revista vieja de peluquería, o en la publicidad de un ómnibus que va demasiado rápido como para sacarle una fotografía o retenerla en la memoria. Tal evanescencia me genera una particular obsesión, porque uno en general -salvo con las más famosas- se da de lleno con su anonimato, y no tiene a su disposición medios como la internet como para tener más material de dicha persona. Ya lo he dicho varias veces, tengo un extraño afán de coleccionista, y cuando hay una mujer bella de cuyo nombre no sé nada, me viene la angustia de alguien que escucha un hermoso tema en la radio, sin saber quién ni cuando lo hizo. Uno se acerca a un amigo y le dice “es uno que en una parte la guitarra hace un riff onda ta-ra-ta-ta-ta-ta-ta”, generalmente recibiendo el desconcertado rostro de la otra persona, con una mueca que colinda con lástima. Bueno, es lo mismo con esas musas anónimas. La lista es algo escueta, no suele ser algo que surja muy seguido, pero cada tanto aparece una. Había una modelo de Complot de hace unos años –me enteré que era brasilera- que aparecía mucho en el abusivo material de propaganda de la Rolling Stone. Ahora, en ciertos ómnibus hay una musa de Kosiuko –una marca que siempre se había caracterizado por teens escuálidas y sin gracia- que es indudablemente perfecta –de esas perfecciones no aburridas, que tienen un plus que uno vaya a saber cuál es- como si fuese una versión más angelical de Kate Moss y con una extraña expresión de cansancio, o espera, o algo entre los dos. Y también está la mina de los bronceadores L'Oreal, cuya imagen adjunté arriba. El laburo fotográfico no es de los mejores, incluso el rostro quedó captado de una forma imperfecta que lo hace ver notoriamente asimétrico, como si tuviera más hueso y carne de un lado de la cara que del otro. Sin embargo, hay una extraña esencia perversa detrás de un rostro originalmente virginal, que da en cierta tecla que me la hace sentir tremendamente atractiva. Por alguna extraña razón, las marcas de bronceadores, dentro de un subject tan sexualizado como el de untar el cuerpo semidesnudo de personas con lociones, nunca se vio tan contaminado de erotismo. Hay como un subcódigo que dice que ser sexy con aceites de motores está permitido, mientras que con bronceadores es tan explícito que es algo grasa. Vaya uno a saber por qué, pero es exactamente lo que me parece atractivo de la imagen. La foto resalta más el abdomen que las tetas. Incluso, la malla es particularmente pacata, blanca y pura, como cubriendo por las dudas toda la escena púbica, no sea cosa que se escape algo. La posición es bastante estática y no tiene mucha onda, pero hay aglo que sí funciona en el rostro, o más bien, los ojos, o quizás el subtexto entre los ojos y la boca. Parecería que en su origen hubiese sido una foto de prueba, de descarte, como esas que se toman de improviso segundos antes de que se pueda ensayar una pose. La magia de esa expresión radica en las mismas razones por las que considero la tapa del Adventure, de Televisión, como una de las mejores portadas de todos los tiempos. En esa foto todos andan mirando al suelo, rascándose el cuello, embarcados en cierta inseguridad radicalmente opuesta a lo que se espera dentro de los cánones del rock (el rocknnnen). La foto del bronceador funciona (o, por lo menos, me funciona), por la misma razón, sólo que a la inversa: detrás de una escena sin gracia y pacata, hay algo en la tipa que te invita a más.
Llego a la peluquería de María y me pongo a vichar algunas revistas. Hay una Rolling Stone que me la leí casi íntegra, y me fijo sin muchas ganas en algunas Paparazzis, y una Semanario. Pasa el tiempo pero el brushing de una rubia con el pelo esta la cintura se extiende más en tiempo más de lo que tenía pensado, y agarro una Bla. No hay nada muy interesante y paso las hojas sin ninguna particular deferencia. Ahí es que veo, en la última carilla, una foto en blanco y negro a Francisca Valenzuela y Fernando Cabrera (supongo que en los bastidores del Solís, en ese toque que dieron hace unos meses). Es extraño, pero la fisonomía de Valenzuela me parece atractiva por más que las larguiruchas nunca –ni por asomo- fueron de mi gusto. No sé qué será, pero viendo fotos como esta otra, pienso que a lo mejor me atrae cierta geometría que mantiene la cabeza de Valenzuela con respecto a su cuerpo. Dos brazos acá, dos hombros allá, la cabeza colocada como una estrella de arbolito de navidad, algunos colgantes, el pelo invariablemente alto, como el mastil de un barco. A en función de B, perfecta simetría, x queda despejada: Tautología. Me agrada la cara, la forma en que la cara está en función del cuerpo de Valenzuela por cierto formalismo, el mismo formalismo que me hace ver (salvando las distancias) el particular rostro de Monica Vitti como algo tremendamente atractivo.
Y extrañamente, siento a Francisca como una tipa que podría ser mi amiga, de esas amigas que te comienzan a generar problemas semiológicos.
Ahora revisando las revistas de la peluquería, recuerdo una revista bastante gorda que tenía fotografías de matrimonios de famosos en los setentas. Entre pantalones campana y camisas con hombreras, había pareja que me había llamado por completo la atención. Era una mujer con el pelo recogido, los cachetes bastante marcados, unos ojos tan dulces como tristes, como los de Bárbara Lombardo. La tipa usaba un sacón de paño, si no me equivoco, su esposo al lado de ella parecía un tarado, de esas personas de relleno que se encuentran a montones. Pensé que era una mujer para quedarse tomando un café, a esa que la admirás en ciertas actividades nimias, como el hombro saliéndose del buzo al agacharse para buscar algo, o su rostro concentrado al rascar algo que está manchando un vidrio. Por un momento pensé en arrancar la hoja para llevármela a mi casa (con una pasión entomóloga, como si fuese otra mariposa disecada para la colección), pero aquello me pareció un acto digno de un enajenado, por más que nadie se fuera a dar cuenta. Al final lo dejé a la suerte, y pensé volverla a mirar un día como estos. Ahora me doy cuenta que la revista ya no está más. Pienso en si la tipa habrá sido feliz con el douchebag de la foto, y ahora pienso que aquellos cachetes deben estar arrugados, y la tipa probablemente sea una veterana comiendo masitas con sus amigas en un cafetín de Callao, pensando irse con sus nietos a su casa de veraneo en Bahía Blanca.

Whoregasm
Uno tiene más o menos claro que los sets pornográficos no son precisamente el ambiente con mejor onda del mundo, pero uno –aún lejos del artificio exultante y pseudo glamoroso que nos hacen creer Ron Jeremy y los AVN Awards- siempre tiende a pensar que tampoco es el espectáculo dantesco que mantienen los más fervientes antagonistas a dicha institución. Luego de ver Porn’s most outrageous outtakes, mi posición se tambalea un poco. El documental –Darío, quien me lo recomendó, dice que es una poderosa muestra de Cinema Verité-, más que documental es un detrás de las cámaras sin mucho editar de sets pornográficos. Si bien se puede ver explícitamente lo que sucede, las cámaras por primera vez no están tan interesadas en captar penes y vulvas, sino que se quedan fijadas a los rostros de los protagonistas, alguna mueca de un iluminador, las instrucciones del director, los kleenex que limpian el cum entre escena y escena. Dependiendo del caso, uno por momentos piensa que es tan divertido como se imagina, y a la vez, tan horroroso y degradante como otros mantienen. En general son extractos de producciones mucho más caseras (nada que ver con los megaproyectos de Vivid), más artesanales y con actrices menos conocidas, por lo que los directores se permiten ciertas libertades que en otra circunstancias no se podrían tomar. Hay actrices que están tan drogadas que no pueden mantenerse en pie, hay una mina que al participar en un gangbang con cuatro morenos revive un sueño en el que era violada por un negro, entrando en un extraño estado de shock que mezcla a su maquillaje corrido con lágrimas -y otros fluidos corporales-, hay pendejas que buscan hacer unos pesos y las meten a hacer gagging order sin que supiesen que habían firmado para eso, y así una serie de galería de atrocidades que cada tanto se corta por momentos de delirante ridiculez, como una verdadera piñata en una escena de bukkakes, y momentos de extraña ternura de los directores hacia sus actrices.
En ese juego de claroscuros, hay un momento que me pareció completamente deslumbrante, una extraña sutileza que vale por todos los documentales y libros que se hayan filmado o escrito sobre la Blue Industry. Una actriz está en plena escena cowgirl con un tipo y llega a un orgasmo. La siguiente escena te muestra a la tipa detrás de las cámaras. Está llorando por algo que nadie entiende. Le empiezan a preguntar y la tipa explica que se siente culpable por haber terminado mientras lo hacía con el actor. De ahí se comienza a tejer la madeja y la tipa explica que siente aquello como haberle metido los cuernos a un novio, a quien ama profundamente. Los tipos la consuelan y los detrás de cámaras desembocan en otra cosa completamente diferente, como si hubiera sido una cosa de lo más insignificante. Para mí, es algo interesantísimo. Cómo es que funciona la culpa. Después de todo, el pene ya lo tenía adentro, pero el sexo tiene poco y nada que ver con penetraciones. No es la penetración, sino la ficción, esas pequeñas historias que se cuenta uno mismo durante lo real del acto lo que lo vuelve una relación sexual. En tanto ella era actriz y gemía y se contorneaba de acuerdo al plan de un director, aquello no podía considerarse en absoluto un engaño. Pero entonces algo se desató, como esquivando una mulita en el medio de la carretera, la rubia pegó un volantazo y se fue a la banquina. Se lo vino venir, mejor dicho, se vio venir y no pudo hacer nada. Miro de vuelta esa escena y concluyo que la culpa es exactamente eso, un país en guerra, cercado por mojones invisibles.

Tatuajes
Pez Rabioso se va a hacer las cuatro barras de Black Flag en el brazo izquierdo.
Le pregunto si lo puedo acompañar cuando se lo haga, ya que es algo que nunca hice –sí acomopañé a amig@s al psicólogo, al dentista, a resolver un problema con su pareja, a comprar un colchón, a depositar plata en un banco y a comprar sustancias psicoactivas, pero nunca a hacerse un tatuaje-, pero Pez Rabioso me dice que Callico (el famoso tatuador de 26 de marzo), por cuestiones de disposición del local, no permite mirar su laburo, por lo que la espera sería tremendo follón.
Llega un momento en la vida de todo chico –al menos, en los nacidos después de 1985- que somete a análisis seriamente la opción de tatuarse. Yo soy tan indeciso con esos temas, que probablemente nunca encontraría un elemento que desearía que me acompañara el resto de mi vida. Lo más cerca que estuve de marcarme con tinta fue cuando tenía dieciséis años y pensé hacerme la famosa insignia de Tolkien, procastinación a la que estoy muy agradecido, ya que habría elevado mi nerdez a niveles insostenibles. Nunca encontré nada frente a lo que me asociara tanto, ni algo que estuviese en tal sintonía estética como para tatuarme. Si tuviera que hacerme uno, posiblemente me haría la tapa del Amanecer búho en el brazo derecho, no sólo por el hecho de haber sido Buenos Muchachos una banda que me regaló momentos muy importantes en los últimos años, sino también porque los búhos fueron imágenes que me acompañaron desde chico –mi padre era jugador de fútbol de Tecos, y abundaban las figuras de tales seres alados en toda mi casa-, y porque, sencillamente, es un dibujo muy lindo (y si me pongo new age, las lechuzas representan la sabiduría y todas esas mierdas...). Pero igual, nunca me haría un tatuaje.
Y de esto estoy seguro a la hora de ver tatuajes como los que se pueden ver en la sección del basurero de la página oficial de Callico. Difícilmente me haya reído tanto en los últimos meses, hay monstruosidades que no se pueden entender cómo alguien se animó hacérselas, tatuajes que dejan parado a un recluso del INAU como Leonardo da Vinci, indudables productos de noches de borracheras y arrepentimientos matutinos. Hay una troja de fotos con los comentarios más graciosos que he leído en mucho tiempo, pero sin duda entre los mejores está el “retrato del che version manga con corte de pelo de cumbia (años 90) o mullet y patas de tarántula agarrándole el habano”, y “cabeza de jesus rasta con exagerada barba candado flota enojando mientras desarma su collar de perlas”. Péguense una vichada, es realmente de lo más gracioso que he leído, y lo hacen a uno sentirse algo contento de tener brazos y espalda ink-free.
La foto adjunta arriba es de los respectivos brazos de Hiram (líder de Psiconautas, Uoh y miembro de Relaciones Sexuales) y Pau O’Bianchi (cantante de 3 pecados, Millonesdecasasconfantasmas, RR.SS. y andá a saber qué más). Prestar particular atención al tatuaje carcelario de Pau, la consumida serpiente enroscada a la elefantítica espada de mango corto, con una expresión que no se distingue entre la risa y la inminente mordedura.

18 y Yaguarón
Tras una muestra más de la morbosidad de mi insomnio (habría que hacer un estudio de las horas de sueño desaprovechadas en función del apogeo del youtube), me desperté el martes a eso de las doce y cuarto del mediodía, apuradísimo por ir a terapia, que empezaba a la una. De cierto modo, los martes y viernes he construido una suerte de rutina que se basa en levantarme, agarrar La diaria –me llegan sólo los martes y viernes- y tomarme el 121 (casi siempre haciendo todo esto como una creación de George Romero).
Iba a ser un día como cualquier otro, hasta que me fijé en la sección cultura. Un artículo de JG Lagos hablaba de dos libros de Roberto Apprato, uno de ellos llamado 18 y Yaguarón, libro cuyo título capturó mi atención (y luego sabría por qué), por lo que seguí leyendo. Fue ahí que mientras lo leía, comencé a sentir algo entre enojo y asombro -más que enojo, frustración, más que asombro, miedo. JG Lagos estaba hablando de una novela que yo había estado escribiendo durante todo este año. (Explicar las coincidencias entre lo que he estado escribiendo y la reseña que leí significaría hablar de lo que yo espero escribir, o a lo que esperaría llegar en mi escritura, es decir, tendría que elaborarles una especie de manifiesto de cómo tendría que ser leída mi novela, cosa que me resulta algo ridículo y rimbombante, por lo que me voy a limitar a decir que compartía con Appratto cierto marco teórico, y el hecho de que la mayoría de mi historia se desarrollaba en, nada más y nada menos, 18 y Yaguarón). De algo estaba seguro, ni Apprato ni yo nos habíamos leído nuestros respectivos trabajos. Mi novela –o lo que hace unas semanas me ha empezado a gustar llamar novela- estaba celosamente guardada en un archivo word que nunca salió de la computadora. Appratto la debe haber guardado en un cajón, un montón de hojas de computadora escritas a mano, o vaya a saber uno qué. No había leído ningún material suyo, salvo una reseña que se le había hecho a otro de sus libros, Se hizo la noche. La idea de una posible telepatía comenzó a invadir a mis hipótesis, y por un momento comencé a temer la borgeana posibilidad de comprarme el libro, leerlo y descubrir que comienza exactamente igual al mío.
Al día siguiente a tal hallazgo, sin quedarme otra, decidí comprarme el libro.
Por suerte, fueron pasando algunas cuantas carillas y terminé tranquilizándome, al ver que el libro no era tan parecido como me lo imaginaba. Sí puedo encontrar ciertas cosas en común, pero no era la coincidencia anuladora que me aterrorizaba. Pero he aquí la curiosidad: el libro no era igual al que venía escribiendo, pero sí retomaba algo que me venía obsesionando en los últimos meses –sobre todo, desde que empezó la primavera. Básicamente podría decirse que todo el cuento se basa en la espera de un semáforo en rojo en la famosa esquina que corta al Centro de Cordón. El protagonista consigue un libro de Adrián Iaies y comienza a pensar sobre ciertas coincidencias y qué significa realmente ese disco y esas canciones, qué significa el hecho de haberlo buscado tanto tiempo y encontrarlo en ese preciso momento, cómo se puede encontrar el coagulante entre aquella noche que lo escuchó en un auto de Carmelo, y ahora que se lo acababa de comprar. Pero ese cuestionamiento no se queda exclusivamente en eso, y desemboca en una disección analítica de qué significa 18 y Yaguarón, qué significa la calle más allá de su condición de calle y su nombre –que a pesar de ser sólo un nombre cambia todas las cosas-. Appratto emprende esa empresa con tal convicción, con tal lucha a uñas y sudor con y contra el sentido que por momentos parecería que estaría por llegar a una verdad, una verdad a la que ningún filósofo había llegado: qué significa estar en determinado lugar, en un preciso momento. Es tal la introspección que por un momento pareciera que te hiciera un agujero en la dermis del mundo, para mostrarte, entre muchas sombras, vapores y chirriantes engranajes, el sistema de relojería suizo que está detrás de nuestros telones.
Unas semanas atrás me estaba yendo de la casa de María. Lugano es una calle empedrada y a la altura de 19 de abril se levantan unos cuantos jacarandás, que, justo antes de llegar el verano empiezan a largar furiosamente todas sus hojas, encharcando de lila las angostas veredas y parte de la calle. En esa esquina uno se enfrenta al Jardín Botánico, con una linda residencia de ancianos (si la conjuncion de ese adjetivo con tal sustantivo es posible) a su derecha, y una extraña casa de ladrillo a la izquierda. En esa casa había un viejo tomando un te, recostado con algo de dificultad en una hamaca. El día no estaba muy soleado, más bien se generaba una extraña sensación plástica en que el cielo nublado, curiosamente oscuro, volvía más fosforescente el lila de los jacarandás. Después también me percaté que en 19 de abril el follaje de los árboles era particularmente verdoso, y me llegué a preguntar si me pasaba algo en la vista. Fue en ese camino cuesta arriba hacia Suárez (con las garitas militares de la casa presidencial viendo cómo un tipo caminaba mirando hacia arriba), que me comenzaron a invadir una serie de extraños pensamientos de corte místicos o panteístas que nunca me habían venido. Nunca fui consumidor de hongos, ni nada por el estilo, pero aquello lo sentí como un extraño viaje. Caminaba con la cabeza apuntando al cielo y mientras miraba a los árboles mecerse por el viento sacaba conclusiones como “estos árboles están acá desde antes que yo naciera, hasta qué punto son meros espectadores y no actores de todo esto”. Convengamos que tales tipos de razonamientos no son tremendamente originales, y por momentos parecen medios hippie-pedorros, pero lo que me impactaba no era la naturaleza de las conclusiones, sino la forma que me aferraba a ellas, la idea de que realmente viendo aquellos árboles estaba entendiendo algo que nunca antes supe conocer. Y después vino un olor del aire que me hizo acordar a una casa de artesanía que iba cuando era chico. El recuerdo es sencillo, pero conservo una extraña cantidad de elementos satélites que son indisociables a tal construcción. Tendría cinco años, era un día feriado y yo estaba disfrutando del dibujito de Las cazafantasmas, un programa que no podía ver por mis horas preescolares. Recuerdo que mis padres me dijeron que tenía la clase de artesanía. Recuerdo una bufanda y un aire otoñal que es el principal salvoconducto que me lleva a tal cadena de imágnes. Y me acuerdo del lugar, una casa con un fondo tapizado de hojas, un altillo con luces amarillentas donde trabajábamos con arcilla y esas cosas. Recuerdo que se hizo de noche y que quise hacer en arcilla un salón de baile donde bailaba Icabot en el dibujito de El jinete sin cabeza, que tanto me gustaba y daba miedo de niño. Y también me acuerdo de mi abuelo yéndome a buscar, un golpe que se dio en la cabeza, mi impresión imaginándome el dolor del golpe con el techo de ladrillo en esa calva tersa, el pequeño pozo que le había quedado por un injerto de piel que se tuvo que agregar a la pierna, tras la extirpación de un tumor en su pierna. Todo esto me venía, más bien, siempre me viene cuando huelo aquel olor del aire. El olfato es el sentido más colindante con el inconsciente. El oído y la visión están sobrecodificados, y el tacto y el gusto comparte con ellos la capacidad de conseguir un objeto intermediario para recrear determinada sensación en el momento que se precise (uno siempre puede volver a probar antiguos manjares, uno puede –dentro de lo posible- volver a tocar la misma superficie). En cambio, el olfato es pura evanescencia. Prácticamente no hay forma de aprisionar los olores, tal como pretendía Jean Baptiste Grenouille en Perfume, esa película romanticista media exagerada pero algo interesante que salió hace poco en el cine. El olfato es algo caprichoso, y se aferra a olores muy diversos, que no suelen ser encerrados en fragancias. Por esa misma razón, ciertos olores están como en una periferia, sin poder ser recreados, sino que se presentan cuando ellos quieren, como ese olor fresco que sentí en ese trayecto de una cuadra por 19 de abril. Siguiendo con estos devaneos metafísicos, por un momento llegué a la conclusión que ese olor era suficiente para recrear un momento particular, y que en cierto punto podía demostrar que pasado y presente no están tan escindidos después del todo. Por un momento llegué a pensar que incluso si indagaba un poco más, podía descubrir una suerte de máquina del tiempo, pero este es un pensamiento que se daba de lleno contra una puerta cerrada, invisible.
Es en este sentido que vuelvo a Appratto. El tipo comienza a tejer una serie de razonamientos, una introspección exhaustiva que por momentos está a punto de revelar, abrir esa puerta que yo apenas llegaba a intuirla. En la página doce del libro dice: “Estar en el centro es como no estar en ninguna parte, es el comienzo de un relato que va hacia atrás, traza un dibujo en el que unos puntos se destacan, sólo por un segundo, ocupan un lugar y luego desaparecen para que aparezcan otros. Es el pasado que insiste en que lo miren de otra anera (…) el espacio de las veredas deja tiempo para pensar. ¿El pasado? Todo el centro está en pasado, todo es el pasado. Al pensarlo se abría otro espacio, una serie de escenas: me veía caminando a la vuelta del IPA para tomar cerveza en la esquina; con mi padre, en La Sibarita, comiendo un churrasco con huevo frito y papas fritas; en un bar de enfrente con tosa la clase del loce; entrando al cine Trocadero y pagando la entrada ahí; a la izquierda; esperando el ómnibus en la parada que está delante del otro cine; cruzando las carteleras de El Día; entrando en la falería Yaguarón para comprar un regalo; subiendo las escaleras de Jaque, arriba del palacio Díaz. Cada una de esas escenas es una lectura de 18 y Yaguarón, una lámina coloreada apenas, para que yo reconozca detalles de su presencia, pero no sólo de su presencia, sino de lo que eran para mí. Es como pasar de la indiferencia a la diferncia y concentrarse. En ese punto, como veo ahora, la luz disminuye”.
Todo aquello es como una búsqueda desesperado por trascender lo simbólico y llegar a agarrar lo real, pero en el fondo sabemos que aquello es como cazar majuga con las manos.
Ahora estoy esperando al 522, en la parada de 21 de setiembre en frente a Patio Biarritz. Huelo el mar, veo el cielo al borde de la noche y escucho Out of this world de The cure, y sé que está por venir una nueva cadena de asociaciones. Y verdad, no existen historias, en el fondo las historias es una forma de trabajar la materia prima desordenada que nos llega de un continente que ni siquiera conocemos. Hay gente que le llama azar, otros que le encuentran causas místicas, religiosas, económicas o psicológicas, yo sencillamente pienso que hay un espacio entre medio, un nudo, una equis perdida y bastarda que une a esta canción del Bloodflowers con esta tipa desconocida que está sentada al lado mío en la parada, su campera de nylon violeta y sus jeans oscuros, no la mina dentro, sólo la campera de nylon violeta y los jeans oscuros, un punto invisible que la une por sus prendas a la canción, a este olor a mar que viene de la rambla con See Jungle de Bow Wow Wow, y a la vez con esos afiches que había en el Dickens cuando todavía era un brillante alumno de inglés, con esos afiches: Candbridge, Oxford, tipos haciendo windsurf, Stonehage y ese jueves que no tuvimos clase porque no fue nadie, esa película que nos hicieron ver porque no fue nadie, Borrasca blanca, el puerto al que los jóvenes marineros de Borrasca Blanca van al inicio del film y un dibujo que había hecho antes de ir a clase, dos niños mayas cabalgando un rinoceronte, la historia de dos niños mayas que hacían travesuras en una Centroamérica llena de rinocerontes, jugos boom y una noche que le pregunte a mi abuelo qué significaba censura, pensando que era una palabra sexy, cuando la palabra censura no tenía que ver con ningún alemán, y mucho menos con gobiernos o medios de prensa, cuando la palabra censura no era nada más que eso, una palabra escrita en un afiche en el cual aparecía una calavera fosforescente agarrándole el cuello a una tipa.
Y cosas como eso.

Thursday, November 20, 2008

No tan Buenos Aires

The hungry and the hunted
Explode into rock'n'roll bands
That face off against each other out in the street
Down in Jungleland
Bruce Springsteen, Jungleland

Don’t try to be a hero, me repito ni bien pongo los pies en la terminal de Buquebús de Buenos Aires. Me sorprende haber entrado sin ningún chequeo. De hecho, ni siquiera pasé por migraciones, lo cual vuelve las cosas extrañamente excitantes. Pienso que tranquilamente podría salir a la calle Córdoba, disparar tres tiros a la espalda de un empresario y volver cruzar el charco de regreso. El vidrio del lugar se mantendría estoicamente resquebrajado por unos segundos, y luego se desplomaría, ahogando los gritos de yuppies y comensales de aquel lugar que salen del lugar en esas corridas gachas que siempre me resultaron tan graciosas. Yo me iría caminando, mezclándome entre la gente, arrojando el revólver con la tranquilidad de aquellos gangseteres de películas, que se vuelven y se meten en cachilas negras estacionados en segunda fila. Si la policía investigara, no habría nada que pudiera incriminarme, yo nunca estuve en Buenos Aires. Reviso por vigésimo cuarta vez la mochila, tres remeras, un calzoncillo, un pantalón, medias, el libro “Vírgenes Suicidas”. En un sobre de Rumbos efectivamente está mi pasaporte y los cien dólares para arreglarme en la jungla de neón.
A diferencia de las anteriores veces que viajo a Argentina, en esta subyace la idea de que aquello no va a ser precisamente una aventura. Es una visita puramente teleológica: ir al Personal Fest--> ver a Mars Volta--> de paso pispear algo de REM. Hace unos días el novio de una prima mía me había comentado lo bien que la pasó en el toque de Dave Matthews Band, realizado en esa misma orilla, no hace más de un mes. Había tenido noción de aquella presentación, pero por alguna razón no se me había movido un pelo. Ir a aquel toque nunca figuró en mis planes, aún contando el hecho de que por aquella fecha mi calendario estudiantil –y mi bolsillo- estaba bastante holgado. Pero no hice nada y prácticamente me había olvidado del asunto, hasta que en aquel cumpleaños me puse a conversar con el novio de mi prima. Me comentó sobre la lista de temas, el swing del baterista, lo avejentado que está Tim Reynolds, cómo se suplió la ausencia del saxofonista, muerto no hace mucho. Yo escuchaba todo aquello con una sensación de extrañeza, como si fuera un preso al que se le cuentan los asuntos cotidianos, sin poder evitar sentir aquellos cuentos de libertad como abstractos, demasiado lejanos. La tristeza que me invadió una vez de regreso a casa, mientras digería la industrial cantidad de sándwiches de Las gaviotas que me había comido, no era un reproche por habérseme pasado, ni siquiera por sencillamente habérmelo perdido. No, lo que más me jodía es que en realidad aquello no me importaba demasiado. Era la tristeza de aquel amigo al que se va dejando de llamar, de aquella canción que ya no logra erizarte la piel, de aquella mina que te gustaba que te la cruzás por la calle, quedándote hablando con ella y encontrandola mucho más fea de lo que recordabas. Todo aquello era un miedo similar al que comenzaba a sentir por The Mars Volta. Los últimos discos –si bien el último está bastante bien- están muy lejos de la altura de los primeros dos, dejándole las llaves de la casa a Omar Rodríguez López, un tipo que sin una persona manipulando el carretel, se le va demasiado la moto.
Compararlo con los primeros toques de los Sex Pistols en el Lesser Free Trade Hall de seguro es algo exagerado, pero, al menos para mi acotado grupo de amigos, en un marco en el que MTV era el único standard asimilable –al menos para nosotros, ignorantes chicos sin hermanos mayores de buen gusto-, la primera vez que vimos a Mars Volta tuvo un efecto bisagra similar. Eran las entregas de los MTV Latinos y posiblemente todos en nuestras casas esperábamos desganados otro premio inventado para que se lo ganara Shakira, Juanes, o bolsas de humo por el estilo, cuando Zack de la Rocha presentó a esa banda de apariencia setentosa (afros, camisas abiertas, jeans tan ceñidos que parecían tatuados en los muslos). Uno ve aquella presentación y no se le acerca a otras presentaciones netamente superiores de la banda de El Paso, pero aquella performance nos resultó tan intensa, tan diferente a todo lo que conocíamos, que no pudimos procesarlo, se instaló como un trauma, sin saber si aquello era bueno o malo. El día siguiente, a eso de las 7:30 de la mañana todos entramos a la misma clase, y sin decirnos siquiera hola, nos miramos nuestros ojos exaltados y dijimos “sí, yo también lo vi”. Desde ahí, la idea de verlos en vivo, incluso ser aquel moreno al que Cedric Bixler le quitaba los lentes, se había convertido entre nosotros un mito fundacional, algo frente a lo que considerábamos demasiado lejano, casi imposible. Ahora, luego de llamar a Jorge y coordinar un punto de encuentro (Librería Ateneo, Santa Fé y Callao), el miedo de un brazo con poros cerrados comenzaba a invadirme de nuevo.

Camino por la calle mirando para muchísimos lados porque tengo el I-Pod al mango y temo que no escuche un auto y me atropelle sin más, con esas cebras que a diferencia del respeto que se le tienen en Uruguay, los porteños se lanzan como leones hambrientos. Hay algo que está mal. Lo presiento, el corazón me late en la muñeca, el bruxismo y un tic a la altura de la mandíbula amenaza con dejarme completamente desdentado. La sensación de peligro se vuelve inminente, y pronto comprendo que se debe a cuatro cosas:

1) Haber dormido cinco horas de las últimas cuarenta y ocho. Durante el viaje estuve sobregirado, sin poder dormir, aprovechando esa última descarga del sistema simpático para leerme ochenta carillas de Las vírgenes suicidas. Recién me rendí a los últimos diez minutos, por lo que quedé entre un estado de sueño y vigilia que desorienta un poco. Las cosas parecen al borde de efectuarse, los pensamientos parecen explotarte en la cara, uno siempre está a escasos pasos de llorar, cagarse de la risa o encajarle un piñazo a alguien, sin tener mucha idea de por qué 2) Todo el viaje estuve escuchando música. This Heat, La Hermana Menor, Bruce Springsteen, Funkadelic, Sex Pistols. No he escuchado un solo ruido humano desde que llegué a la ciudad porteña, por lo que todo parece sumido a un extraño sentimiento de irrealidad, como si sólo cuatro de mis cinco sentidos se hubieran tomado el Buquebús. En una película muda, la falta de sonido parece aplanar la imagen. En el caso de llevar tu vida tapada por una banda sonora, el entorno, más que enmudecer, parece ser hablado por otro, generándose entre la ciudad y la cabeza de uno, esa otra extraña sensación que se da cinematográficamente al ver una película con problemas de lip-sync
3) Al punto anterior, agregarle que todo el camino por Córdoba esta musicalizado por Johnny Rotten y cía, y por primera vez –como pasa con una persona que tiende a entender las cosas demasiado tarde- me doy cuenta de la dimensión de lo que dice Greil Marcus en Rastros de carmín, sobre la primera vez que se escucharon temas como aquellos. Greil Marcus decía que aquello no era simple rebelión, era algo que desconcertaba y hasta daba miedo, algo frente a lo que la gente pensaba si aquello realmente estaba ocurriendo, como quien ve una explosión, o un catastrófico choque de autos, sin animarse a mover, sólo viendo cómo salen los cuerpos ensangrentados de los acordeones metálicos. Es difícil escuchar Bodies e imaginársela en 1977. Realmente es una canción jodida, tan jodida que aún hoy resultaría incómoda –sobre todo a Tabaré Vázquez-, más aún si uno la escucha de la perspectiva de su propio idioma (nunca nos va a impresionar tanto como a los ingleses en esa época, porque no es lo mismo escuchar She don't want a baby that looks like that/ I don't want a baby that looks like that/ Body, I'm not an animal/Body, an abortion, que en español). Después de los Pistols llegarían Jesus Lizard, y algunas cuantas bandas de metal noruego que hablan de garcharse a bebés por la tráquea, pero desde una perspectiva histórica, aquello es tan jodido que es difícil imaginarse qué pasaría si uno lo pusiera a volumen bien alto, en una casa de Parque Miramar.
4) Buenos Aires en sí, desde su misma histeria, para un diminuto y neurótico Montevideano, es una ciudad intimidante. Esa necesidad de buscar el deseo del otro, a diferencia de Montevideo, que parece más que nada gritar No! en cada esquina, puede trastornar bastante a uno. Me subo a un taxi y cruzamos la 9 de julio. La avenida es tan ancha que por un instante, uno siente que se le va a cerrar sobre sí mismo como un libro, aplastándolo como una desprevenida hormiga. A su vez, el automóvil avanza a unos sesenta kilómetros por hora que en la calle se sienten como ciento veinte, surcando tetas de tres metros de diámetro, coronadas en afiches de comedias de revista en numerosos edificios. Así, semi-dormido como estoy, por un momento tiemblo ante la idea de que un afiche gigante de Florencia de la V cobre vida, destruyendo la ciudad a su paso al mejor estilo Motra.

El conductor no tiene muy buena pinta. Me quedo con la vista clavada en una araña que tiene suspendida en el reverso de su mano. El otro día había visto Promesas del Este. Muy buena la película. Mortessen le funciona como un relojito a Cronemberg. Pienso en aquel material extra que venía con el DVD, un mini documental sobre tatuajes carcelarios, en los que hacían un corte semiológico, explicándote el significado de los más comunes. Justamente, en el inventario aparecía la araña, que en el caso de caminar para arriba significaba que el ladrón seguía cometiendo crímenes, y si caminaba para abajo, ya se había retirado. A ver, en este caso camina hacia abajo, me quedo tranquilo, el tipo no me va a hacer nada,
¿Dije eso?
El estado de semi vigilia me asalta la duda de si estaba pensando aquello en voz alta, pero el conductor ni se inmuta, lo cual significa que probablemente no haya dicho nada –o que el tipo se haga el boludo, para desquitarse después, quien sabe. En una calle aleatoria de Santa Fé le digo que me baje, y el tipo amistosamente me dice “Son * pesos, maestro” (*me olvidé cuanto era). Le doy la plata, y calculando mal la transformación de monedas, me doy cuenta que le dejé como veinte pesos –uruguayos- de propina.
Si fuera por mí, hubiera seguido escuchando música, pero el I-Pod se terminó dejándome solo, habiéndosele descargado toda la batería.
Buenos Aires ahora se convierte en una ciudad tridimensional.
Camino un poco y me voy metiendo en algunas galerías y librerías. Busco Historia de las drogas (los tres tomos gordos) de Escothado, pero nadie los tiene. Hay una camiseta de Nueva Chicago, pero me parece que es medio gastadero, para las otras cosas que tengo pensado comprarme. Entro en La quinta avenida y se me cae la baba con los discos que hay. NEU! 2, Thank you for mental illness, The Modern DanceI ofren dream of trains!!!. No puedo ocultar mi exaltación al borde del meo, pero los precios son violentos, y considerándolo bien, podría comprar aquello via internet y me saldría mucho más barato. Luego de hacerle veinte preguntas al tipo, le pido que me de el nombre de la tienda y me pregunta si soy de allá. Le digo que no, y resulta que el tipo también es uruguayo, pero extrañamente, no quiere conversar nada de aquel lugar. Abraxas, la tienda. Me voy caminando, viendo como la tapa del disco de Robyn Hitchcock se comienza a hacer cada vez más chica a medida que me alejo, como si fuera una novia a la que ve perderse en el tren desde mi andén.
Le pregunto a dos veteranos sobre la Bond Street y ninguno sabe dejarme instrucciones claras. Camino un poco más y veo a dos minas con pinta de ser fans de Miranda!, y demostrando que mi target sigue bastante ajustado, me lo dicen con la naturalidad de quien va para allá dos veces al día.
Es un jueves, pero yo recuerdo a la Bond Street más llena. La última vez que había ido, aquello era un hormiguero de emos, darks con borceguíes ortopédicos, minitas kitsch ansiosas por tatuarse una estrellita en la nuca. Ahora –por lo menos a las cinco y media de la tarde- no hay casi nadie, dos gordos peludos con camisetas de Iron Maiden y Megadeath, una veterana con cara de haberse matado a efedrina, tres chicas liceales con la corbata aún puesta ojeando unos piercings entre risas anticipatorias, y dos tipos comunes, sin nada con lo que calificarlos. Las tiendas siguen siendo más o menos las mismas. Busco alguna camiseta –en otros años, las compras de indumentaria casi exclusivamente las realizaba en aquella galería-, pero pronto el descubrimiento de que no hay nada que me interese ponerme de ahí se me revela como un mensaje que va mucho más allá de lo meramente indumentario: las camisetas son las mismas de siempre, aquellos mensajes graciosos, elocuentes, ingeniosos que siempre me había gustado llevar, pero ahora no me generan nada, es más, miro los diseños con cierta incomodidad, como quien se mira en fotos un peinado suyo demasiado atado a una época determinada. Paso por las galerías y sigo sintiendo una extraña sensación de decadencia, pero pronto comienzo a pensar que quizás no es la Bond Street, sino yo el que cambió. Estoy por comprar una camiseta del Goo para mi hermana, pero solo tienen large. En una tienda de discos me compro a buen precio el Funeral, de Arcade Fire. Estoy casi rindiéndome, cuando voy a una tienda de comics arty que siempre me había gustado. En la tienda una tipa de unos treinta y pico me pregunta si andaba buscando algo en especial, y le contesto sin mucha esperanza, “Algo de Julie Doucet”. La tipa me conduce a una esquina de la tienda y de ahí saca “Diario de Nueva York”, otro libro que no recuerdo y otro de los diarios, pero este organizado como una agenda, con trescientos sesenta y cinco días detallados con ese puntillismo casi barroco que caracteriza a la canadiense. Ya había comprado casi sin fijarme el precio una liadísima edición de “La sociedad del espectáculo”, y el precio de los libros de Doucet me descorazona un poco. Mientras le comento lo mucho que había buscado material de la canadiense, la mujer me pregunta “Vos no sos argentino, no?”. (Cuando tres personas en una hora te preguntan si sos extranjero, de seguro algo mal estás haciendo). Le revelo mi procedencia, y me dice que siempre había querido ir a Uruguay, que de hecho el dueño de la tienda es uruguayo, y siempre le dijo de ir con ella. Yo sigo medio cruzado, con una sensación de pródromo a un panick attack fulminante, y le digo algunas cosas medias erráticas sobre las diferencias entre Buenos Aires y Montevideo, y la necesidad de visitar a Uruguay bajo sus propias normas, teniendo que ir en plan de ciudadano, más que de turista, para apreciarlo plenamente (intentaba hacer un repaso mental de mi anterior post, pero largo frases inconexas muy poco claras). Salgo del local y vuelvo a entrar, para preguntarle si por casualidad tienen el “Please Kill me” –que no, no lo tienen, pero sí les queda uno llamado “Please eat me”, que es sobre hardcores veganos, o algo por el estilo-, y para ofrecerle colocar mi libro en alguna de sus bateas. La tipa accede sin ningún problema y me pregunta a cuánto quiero venderlo. Le respondo “al precio que a vos te parezca, no voy a volver a acá, no te voy a reclamar ninguna plata”. Ni bien lanzo mi respuesta, noto aquella frase como muy dramática, casi fatalista, y la tipa me dice “bueno, tampoco para tanto, che”. Le digo que lo ponga a un precio sumamente accesible, y decide marcarlo a quince pesos. Le digo que si le parece bien, a mi también me parece bien. Me despido y la tipa se me queda mirando como un bicho raro, mirando el libro y comparándome con el tipo de la solapa de Caja Negra, que sentado en un escalón y mirando para el costado parece un poco más seguro, esperanzado, o sereno.

Espero a Jorge en Librería Ateneo. Es mi tercera vez ahí y se termina confirmar mi suposición:
Librerías como Ateneo, son a la literatura lo que los Blockbusters son al cine:
Montañas y montañas de nada.
No sólo es incómoda como librería, sino que tienden a llenarte el ojo con una estantería con cincuenta ejemplares del mismo libro de Paul Auster, mientras que de Bukowsky –que tampoco estamos hablando del inconseguible Razones Locas, de Alencar Pintos- sólo tienen (a duras penas) Mujeres y La senda del perdedor. El resto, estanterías y estanterías de libros de autoayuda, ediciones paquetas de los mejores fotógrafos, Arte y Diseño, libros para turistas sin mucha imaginación, una sección de literatura argentina que tiene veinte mil libros de Sábato, y apenas dos de Lamborghini.
Enojado por aquello, me dispongo a esperar a Jorge en la puerta, cuando me lo encuentro, empilchado con ropa de oficinista.
Agarramos para abajo y nos tomamos unas cervezas en un bar bastante familiar. Traen una buena picada, cortesía de la casa, y a medida que tomo, siento que por primera vez en el día las cosas se van ordenando por sí solas, como quien deja asentarse una masa. Como si hubiesen sacado a Buenos Aires de una licuadora, para dejarlo reposar en la heladera.
Lo que queda del día pasa rápido: subte, ómnibus a Flores, casa de Jorge, familia de Jorge, delicioso sushi nunca antes comido en restaurante japonés escondida, jugar a contar judíos en Flores, corto descanso, noche en San Telmo.
Es temprano, pero le digo a Jorge que si no vamos a San Telmo a eso de las doce y media, probablemente me duerma o me desmaye en el cuarto. El auto de Jorge surca bastante veloz un Buenos Aires todavía medio dormido- medio despierto (tal como yo, confiado en el cinturón de seguridad). Jorge mantiene a rajatabla el fascismo beatlero, mi capacidad de elección sobre la música del auto se limita entre Macca, Lennon y Harrison. Fiel a mis gustos, elijo el All things must pass y le comento, sólo por hacer daño, que los Beatles sin George Martin no hubieran sido nadie.
San Telmo está tranquilo, todavía es temprano y sólo está relativamente exultante en la plaza principal. Vagamos por las callejuelas y terminamos en un bar llamado Libido, que de libido en realidad no tiene nada, perdido en una esquina, vacío, con un aire a los cuadros de Edward Hopper. El precio está muy bien, Jorge pide una Stella Artois y yo un Jameson. Los pure malt se me convirtieron en un fetiche en estos últimos meses. El mozo llega con un vaso ultra cargado, que por lejos supera todas las normas en cuanto a medidas, lo que es una muy buena noticia. A medida que tomo, el cuerpo se me afloja. Me he dado cuenta de que todas las cosas que hago se vuelven mejores si tengo dos whiskies arriba. Eso sonó a discurso de borracho, pero realmente, las cosas adquieren otro orden. La felicidad y la tristeza, la excitación y la desidia, la risa y la seriedad, lo lúdico y lo intelectual, todo es mejor, tiene otra dimensión con un poco de whisky arriba.
Día D. En el camino al Personal Fest, la muchedumbre bastante bien arreglada se entremezcla con huestes rollingas, indiferentemente vestidos de negro, lo que los hace ver como un híbrido entre fans de Viejas locas y My Chemical Romance. Resultan un cuerpo extraño, al menos para el perfil que uno espera en base a las bandas que van a tocar. Es ahí que en determinado punto nuestros caminos se bifurcan, y ahí me informan que, a escasas cuadras, hay un toque de Ratones Paranoicos. Habíamos quedado en encontrarnos con unos amigos de Montevideo en la puerta: Pez Rabioso, El barón de la laguna y El cápsula, que se estaban hospedando en el dudoso O Rei, hotel de treinta pesos la noche. Como es de esperar, los pibes no llegan a tiempo y nos tenemos que meter, por miedo a que los Volta empiecen sin nosotros. En el camino me encontraré por primera vez con Hiram, vocalista de la uruguaya Psiconautas, que, antes de decirme hola me pregunta si tengo porro, al servicio de un ademán reconocible formado por el arco entre el dedo índice y el pulgar.
En el cacheo de la entrada me preguntan si llevo drogas conmigo, y por un momento pienso decirle “tengo un par de supositorios de opio en el culo, si querés revisame”, pero prefiero hacerla fácil y digo “no”. "Mejor, entonces", me responde el security.
Me ofrecen la bincha corbata, pero no la acepto. Pronto los poco comunes fucsia y violeta se convierte en colores primarios.
Jorge y yo tratamos de hacernos un lugar como podemos en la muchedumbre que se agolpa esperando el show de Mars Volta. A nuestras espaldas, en el otro escenario, Emanuel Horvilleur canta que si no puede ser con ella, mejor querría hacer algo con su hermana. Me sorprende que con todo, ante semejante mariconeada, no hay reacciones particularmente violentsa de ninguno de los que están esperando a Bixler, Rodríguez y compañía.
Me encuentro por segunda vez a Hiram, quien está quemado porque la tripa no le está haciendo efecto del todo. Con Hiram, todas las historias comienzan y terminan con “estaba/mos re entripado/s”. Los Psiconautas, junto a IMAO, son esos tipos que hacen de su cuerpo una propia tabla de disecciones, que comen o se toman todo lo que crece del pasto, y que, tarde o temprano a este ritmo se convertirán en mártires de los estudios de la psicodelia sobre el cerebro humano. Hiram en especial, es como un niño, pero drogado. Mientras que mi experiencia con triperos no suele ser la mejor, con Hiram la cuestión sigue manteniendo un aspecto lúdico que nunca termina por enmarañarse con tratados místicos, resultando sus cuelgues historias muy entretenidas, dentro y fuera de su cabeza. Unas horas después, me encontraría con mis amigos de facultad, y me contarían el surrealista viaje en el Buquebus a las tres de la mañana, con Hiram jugando a un Tetris y gritando “Esto no es el Tetris, esta música y Bonus no estaban el original!!!”, y luego, completamente entripado, gastándose ciento cincuenta pesos en la maquinita del Metal Slug del Elaida Isabel.
Trompetas de duelo con acentos mariachis abren el show, aparece Omar Rodríguez López y Cedric, con unos rulos que pasaron el limite de lo perdonable, llegándole a la mitad de la espalda. La banda comienza con Drunkship of lanterns. En una serie de movimientos muy bien coordinados llego a la segunda fila. Durante todo el tema (más o menos media hora), las avalanchas de gente se convierten en una amenaza concreta, en donde la vida de uno parece realmente puesta en juego. Uno termina intelectualizando dichas oleadas, encajándolas dentro de cierta secuencia como Papillón en la Isla del Diablo. Por momentos creo aguantar, pero en ciertos puntos, la presión –tanto de atrás como por delante- amenaza con aplastar mi caja toráxica, vencer mis costillas y dejar todo lo que es recubierto por ellos como una torta aplastada dentro de su caja. El intenso sol no ayuda, y tengo que lograr ver como puedo, con unos lentes que se empañan con mi sudor y los de otros. Al terminar el tema y comenzar Viscera Eyes, siento necesario irme un poco para atrás. Mi rostro está completamente desencajado, y la gente se me aparta, por miedo a que los ataque o les vomite encima. A cierta distancia prudente puedo apreciar el toque. Es un concierto particular. Parezco procesar las cosas de otra manera, no las incorporo auditivamente, sino que todo permanece atado por lazos visuales, imágenes que se me quedan tatuadas en el cerebro, como la figura de Omar Rodríguez López reflejada en el bombo y trepidando ante cada golpe, Cedric parado en un amplificador mordiendo como un pitbull unos cobertores que colgaban de las luces. La gente se emociona, grita, se sabe las letras desquiciadas de los tipos. Viendo al público, los reconozco como una población bastante sincera, de esa gente que se cuelga con los solos, sin preocuparse cuál será la nueva película de Herzog, o qué dice o qué no dice la nueva nota de la pitchfork. En un mundo donde los hipsters crecen como una plaga, los solos de guitarra salvarán al mundo.
El toque termina y tan ensopado como satisfecho me vuelvo tambaleando a una zona de descanso donde vuelvo a encontrarme con Hiram, quien, completamente pasado por sudor como yo, me mira con los ojos a punto de salir de sus cuencas y me dice aguaa, no tenes aguaa, me estoy deshidratando!!!!.
Toca Bloc Party, pero estoy demasiado ocupado en restablecer mis funciones vitales. De pura casualidad, me encuentro con mis amigos. Saludo a Pez Rabioso y lo encuentro hablando con Ariel Minimal, a quien se le va extendiendo una simpática pelada franciscana. Pez Rabioso me cuenta que se tomaron el mismo subte, quedándose hablando con el Ariel de El Loco Abreu.
Luego de dar unas cuantas vueltas, esperamos a REM, teniendo que observar en las pantallas gigantes el triste espectáculo de Kaiser Chiefs, con un gordo que en sus intentos de arengamiento a la gente parece tan inefectivo como un líder de Bariloche entre una jauría de pendejos cachondos.
Del toque de REM saco en limpio un par de cosas. Anduve leyendo los resúmenes de aquella presentación en varios blogs. A diferencia de ellos, no me emocioné, y mucho menos me sentí al borde de las lágrimas, pero la presentación la admiré desde otro punto de vista, uno técnico, una envidia sobre el gigantesco frontman que es Michael Stipe. Nunca en mi vida vi alguien que cubriera de manera tan increíble el escenario, todos sus movimientos, hasta el mínimo arqueamiento de cejas era parte de una megacoreografía, que envolvía a todos los que estábamos viendo. Objetivamente, Stipe abrió el itinerario del perfecto demagogo y amplió los recursos hasta puntos nunca antes visto, pero por alguna razón, aquello no resultaba incómodo, hasta uno llegaba a compartir sus esperanzas, en esa promesa tan difusa –aunque al menos es un consuelo- de un mundo distinto sobre los hombros de Barack Obama (se llegó a poner una imagen del, en aquel momento, candidato, en la pantalla gigante). En ese manejo de los tiempos y el espacio estriba la diferencia entre la demagogia de Stipe, que si no es creíble, al menos es cautivante (como la de los buenos demagogos, sean héroes o dictadores), y la del gordo de los Kaiser Chiefs. Stipe esbozaba una sonrisa y se caía el estadio, por momentos me llegó a dar algo de miedo, pensando que estábamos todos a su merced, que si lo hubiera querido, perfectamente hubiera exigido algún sacrificio humano y alguno que otro se hubiera presentado con particular estoicismo.
Termina el toque y me voy caminando, cruzándome con un tipo que le podría haber hecho frente a Henry Rollins. El tipo me mira y emocionado me grita “Essssa, Suicide”. Al principio pienso que es parte de un grito intimidatorio, pero entonces me doy cuenta que se refiere a mi camiseta. Nos quedamos hablando de la primera vez que escuchamos Frankie Teardrop, y el tipo me cuenta de sus pasados hábitos darks, de su fanatismo de Einsturzende Neubauten mostrándome sus cicatrices de tinta con el simpático símbolo de la banda. Le comento aquella simpática situación que relaté en un post viejo, y se caga de la risa sonoramente. Ahora que me doy cuenta, tiene todos mis gustos, pero, al igual que en masa muscular, todo lo que hago o me gusta lo supera en entusiasmo, aullando emocionado cada vez que le menciono un disco de Einsturzende o de Nick Cave. Nos despedimos, y me doy cuenta de que por primera vez, alguien no me pregunta si soy de otro país. La música es un lugar, me repito para adentro, y ahí me encuentro al Cápsula, quejándose de los siete pesos que sale una botella de agua.

A la salida del toque nos cruzamos con otros integrantes de Cadáver Exquisito. Queremos morfar algo, pero extrañamente por avenida Libertador no hay ningun bar, pizzería o lo que fuese abierto. Al final terminamos yendo a un Mc Donalds. Entre la nueva gente que se nos agregó, hay un extraño hombrecito de lentes que habla en voz baja sin mostrar en ningun momento cualquier tipo de expresión. Me dice que puede conseguirme un importante descuento en Mc Donalds, y yo le sigo la corriente (sin muchas esperanzas). Habla con la cajera, y tras mostrarle una tarjeta ella le responde con esa frialdad que solo tienen las cajeras que esa expiró hace tiempo. El le explica que es uruguayo y que trabaja en Mc Donalds. Lo dice con total tranquilidad, no le mira los ojos a la tipa, sino a una parte indefinida de su visera. Sin levantar nunca la voz, ese hombrecito de lentes adquiere una extraña importancia, como si fuera esos senseis japoneses que pese a su tamaño, se los anticipa como mortalmente peligrosos. Efectivamente, la cajera le termina pidiendo perdón y el tipo nos alcanza las hamburguesas, con total serenidad. Luego de comentarle el suceso a un amigo, me cita una canción de Pez, con los que habían estado hacía menos de tres horas:
Y cuanto más grita, menos es escuchado.

El domingo a la mañana comí en lo de Jorge. Tenía que irme a eso de las tres y nos quedamos viendo en familia cómo un negro francés le daba una paliza a David Nalbadian.
Jorge me acompaña a la terminal de Buquebús, dejando abierta las puertas entre los dos ríos, para que pueda visitar quienquiera en el momento que quiera.
En el barco me enchufo el I-Pod recargado. Escucho el Born to run de Bruce Springsteen. Es un disco exagerado hasta el absurdo, pero tiene una cuota épica que me resulta inevitablemente cautivante. Jungleland posiblemente sea uno de los temas más estrambóticos que se hayan hecho. Todo es épico. Uno puede estar lavando un colchón y cuando lo escucha se siente un héroe. Sobre todo en esa forma que entran el saxofón y el piano, especialmente en esa parte que The Boss dice con voz temblorosa

Beneath the city two hearts beat
Soul engines running through a night so tender
In a bedroom locked
In whispers of soft refusal
And then surrender

Extrañado, miro cómo Montevideo se acerca lentamente por la ventanilla. Estoy terminando Vírgenes Suicidas, me quedan unas pocas carillas. Reviso una bolsa en la que llevo jabones deliciosamente perfumados para María. Un niño de dos años me agarra de la mano, y yo se la dejo, sin saber mucho que hacer, ya que la madre a mi lado está dormida.
Me quedo terminando esas últimas carillas, con la mano del niño apretando mi pulgar, escuchando al Bruce decir

A real death waltz
Between what's flesh and what's fantasy
And the poets down here
Don't write nothing at all
They just stand back and let it all be
And in the quick of the night
They reach for their moment
And try to make an honest stand
But they wind up wounded
Not even dead
Tonight in Jungleland

,viendo cómo el sol desciende y el mar se vuelve argento, o más bien, gris

Sunday, October 12, 2008

Dueños de la sensación

The only questions worth asking today are whether humans are going to have any emotions tomorrow, and what the quality of life will be if the answer is no.

Lester Bangs

Paso maravillado las páginas de El hombre ante la muerte, un laburo monumental realizado por Philippe Ariès, que intenta analizar y ser documento de todos las transformaciones que se han dado, desde el principio de los días, alrededor de los ritos mortuorios de los hombres. El trabajo no se queda en una mera cuestión taxonómica o fenomenológica, y el tipo a partir de sus análisis hace un interesante estudio, no sólo de cómo ha mutado la concepción de vida y muerte, sino también del pecado, la productividad, el romanticismo, el amor y la sensibilidad propia de una época. Hablar sobre el libro daría para rato, pero lo que particularmente llamó mi atención fueron algunas brillantes apreciaciones sobre la muerte de hoy en día, que levanta sus puentes hacia ciertos aspectos de una sensibilidad que impera en la vida cotidiana, así como en las artes. El período que nos abarca será llamado el de La muerte invertida.
Hasta la primera guerra mundial, al menos en el mundo occidental, la muerte de una persona modificaba el espacio y tiempo de un grupo social, instrumentándose ciertos ritos o hábitos, como podría ser cerrar los postigos, hacer sonar las campanas de la iglesia, o realizarse vistosos cortejos fúnebres. De cierto modo, el duelo no recaía tanto sobre el núcleo familiar, o los más íntimos del difunto, sino que se repartía entre todos los miembros de la comunidad. El tono afectado, casi bullicioso de aquellos funerales, coloridamente patético, y por momentos rozando en algunas aristas con el auténtico festejo, se realizaba para repudiar la muerte, o al menos ahuyentarla temporalmente, es decir, como si la reacción del pueblo fuese más una acción en constructo a la entidad abstracta de la muerte, más que el puro dolor descarnado y desanudado que recae sobre el duelista de nuestros tiempos actuales. Es recién a partir de la segunda guerra mundial –en un mundo que fue testigo del horroroso poder devastador del hombre, al mismo tiempo que iba transformándose conforme a las mutaciones antropófagas del capitalismo- que la inscripción entre individuo y sociedad pierde esa continuidad casi edénica que lo caracterizaba, erigiéndose lo privado, y aflojándose los lazos entre la sociedad (por lo menos en entornos urbanos, o propiamente industriales). En el estado actual de las cosas, la desaparición de un individuo ya no afecta a la continuidad de una colectividad, todo el acontecer transcurre en los días siguientes como si nadie hubiese muerto. Cualquier intento de mostrar dolor ante el resto del mundo es sintomática, o disimuladamente censurado, la muerte se vuelve pornográfica.

De esta manera, se produce un tipo de sufrimiento a huis clos, en donde la sociedad pierde el rol que tenía antes, a la vez que comienza una economización de recursos en lo que concierne a los aspectos ritualísticos y simbólicos (simplificación de los ataúdes, suplantación de los rural cemetery por jardines, etc.). A tal decadencia de ritos le corresponde la totemización de la ciencia como medida de todas las cosas, con la medicalización como principal medidador del hombre en torno a su finitud. A través de ciertos avances tecnológicos-científicos, el médico suplanta las antiguas recetas populares y comienza a poder extender la vida más allá de lo que tenía imaginado. En la medida en que la higiene –por los mismos controles de epidemias- se va convirtiendo en un fin fundamental, la muerte, lejos de ser aquel desenlace dignificador del pasado, se comienza a percibir como algo sucio y repugnante. Las aproximaciones hacia la muerte comienzan a teñirse de esa misma asepsia que caracterizaba a los hospitales, y el mantenimiento de la vida, lejos de ser un criterio más a tener en cuenta, pasa a convertirse en un fin en sí mismo. Tal fin justifica toda intervención, y el hospital va adquiriendo omnipresencia como principal marco en donde la mayoría de las personas dejan de existir. El falleciente deja de ser aquella persona orgullosa y conciente de su destino que impartía sus últimas voluntades desde su misma habitación al resto de sus allegados, y se suplanta por el sujeto débil, entubado, que se muere prácticamente sin saberlo, o lo que es peor, engañado. El mundo comienza a entrar en una etapa llena de Ivanes Illitch, terminales y ancianos a los que son mentidos y conducidos como si fuesen niños (una mentira por partida doble, que no sólo va del médico hacia el paciente, sino que del mismo paciente hacia el médico, haciéndole creer que está creyendo aquello que el otro le dice).
Ante todo, lo que primero impera es la necesidad de mantener a la muerte lo más alejada posible, algo que no sólo se nota en la práctica médica, sino también en los funeral homes norteamericanos. Cuando parecía que las exequias eran parte del pasado, los funeral homes (no solo los velatorios realizados en la casa, sino esos servicios privados que se podían ver en series como Six feet under) descentran de la iglesia los ritos de despedida, pero reconducen los mismos dentro de los imperativos capitalistas: la muerte se vuelve un negocio. Sin embargo, Ariès nos señala que en este negocio de la muerte, hay todo excepto muerte. Mientras que en los antiguos ritos quedaba bastante patente la noción de la muerte, tanto desde su imaginería religiosa, como desde la reacción social hacia ella (sin ir muy lejos, la opción de mostrar el cuerpo en el ataúd abierto), en los funeral homes se intenta mantener una ilusión de vida a toda costa, realizando los velatorios en la casa del muerto, embalsamándolo, maquillándolo, por así decirlo, tuneándolo con el fin de hacerlo parecer lo más vivo posible.
Ahora, ¿qué tiene que ver todo esto con las cosas que suelo escribir acá –dígase música, cine, o la majestuosidad de Claudia Cardinale?- Parecería que hoy en día hubiera una gran desconfianza hacia las emociones. Se generó un miedo neurótico de pasar al melodrama. La fecha no es precisa, pero en la última década, así como ya se intentaba púdicamente callar al muerto a la hora de dar sus últimas órdenes, las canciones –al menos en el ámbito en lo que por antonomasia se suele llamar rock, no tan así en el caso del pop- comenzaron a cortar, como quien corta vino con soda, el caudal emocional que podía prometer una canción (también está el otro lado de la balanza, que ante la utilización de la teenage angst se terminó banalizando la emoción). Las razones, más allá de la patada al hígado que quedó luego de una de las eras más larger than life que se hayan registrado(el heavy metal ochentoso, lleno de esas baladas tocadas en la lluvia y tipos-haciendo-sweetpicking-mientras-se-paraban-en-el-manubrio-de-motocicletas-con-forma-de-dragón-prendidas-fuego-dirigiéndose-al-fondo-de-un-volcán-en-erupción-custodiado-por-orcos-con-motosierras-llenas-de-dinamita), se puede rastrear en la misma estética y filosofía posmo que trata de subvertir todos los grandes discursos (y la muerte no es otra cosa que ese gran e inexpugnable discurso que oímos al final de los días). Cualquier sentimiento purpúreo es tratado con la misma asepsia que un doctor cura una infección, son mirados con una sospecha antigua, como si fuera un aumento drástico en el registro de los glóbulos blancos de un cuerpo, como si fuera un moho creciendo sobre el borde de un pan bimbo.
La vectorización de tal repudio da lugar a dos vías de solución:
a) O bien se elimina de lleno todo sentimentalismo o creencia; o bien se los toma, se abusa de ellos, hinchándolos como a un perro con anabólicos hasta convertirlo en algo completamente diferente.
b) Las dos soluciones toman forma o en recurrir al cinismo para exorcizar la casa del fantasma de la cursilería, o atrapar al mismo fantasma y llevarlo a una tienda ambulante, en donde la gente se ríe y le arroja maní a través de la jaula, pero seguro que detrás de esos barrotes no hay nada que aquel freak pueda hacer.
c) La primera solución se puede ver en el detachment cool de toda verdad o posicionamiento, en las fiestas Compass, en los escritores que malinterpretaron a Carver, en los cineastas que no entienden a Wes Anderson, o en el 90% de las películas indies, como puede ser Juno, con ese rechazo casi neurótico a todo tipo de pathos
La segunda solución se puede ver en Dani Umpi, Miranda!, Closet, el electroclash, Max Capote, Architecture in Helsinki, el pseudo kitsch del diseño de Galería del Virrey.

Interludio I, tiempo es oro
El fino tenía una hot date y me pidió que lo acompañase al shopping a comprarse una camisa. En mi caso, ponerme una camisa significa o que pasó algo muy importante o algo muy terrible (asistir al quincuagésimo aniversario de casados de mis abuelos, o a un funeral, respectivamente), por lo que no soy de las mejores compañías a la hora de asistir en la compra de tal prenda.
Soy alguien que firmemente cree en la posibilidad de elegir y tener preferencias con respecto a prácticamente cualquier tema, ya sea poder determinar si la Patricia es mejor a la Pilsen, si Ráfaga era mejor que Monterrojo, si es preferible la cera a la pinza de cejas, o cual de todas las ex de la Tota Santillán está más buena.
Soy un tipo que ama las decisiones (y que extrañamente votará anulado para las próximas elecciones, aunque eso también es elegir), pero por extraño que parezca, todas las camisas me parecen iguales. Básicamente puedo dividirlas en tres categorías:
a) Las normales
b) Las ridículas
c) Las demasiado gay
Como el fino sabe esto, suele decidir incluir un tercero a la búsqueda, en este caso Santiago, un hulk rosado reformado, que mediante un cese progresivo de los fierros logró volver su cuerpo adaptable a la ropa en general.
Vamos por diferentes tiendas y se suceden las mismas camisas una tras otras, el fino y Santiago hablan de texturas, tonalidades y cortes, pero yo sólo veo pedazos de tela a rayas o a cuadros. La cosa se me va volviendo media aburrida, pero entonces a el fino se le ocurre ir a Zara. Ya había hablado sobre dicha tienda en este post, pero debo volver a señalar que es la máxima expresión de la ropa (al menos la masculina) tan complicada como risible. En el diseño de Zara siempre subyace la filosofía de cuanto más, mejor. Parecería que los dueños tuvieran encadenado a un viejo que decide poner telas polares, parches y bolsillos de forma aleatoria a cualquier cosa que le cae por un tubo, en una celda en donde ni siquiera se llega a ver las manos.
La cosecha de primavera no resulta tan ridícula como la de otras veces, pero entonces me encuentro con este buzo. Es una prenda escote en v, y detrás del mismo sobresale el cuello de una camisa. Pensando que es un extraño descuido de uno de los hiper-masculinos vendedores de la tienda, tomo la percha, esperando separar la camisa del buzo y entonces me doy cuenta de que los dos forman parte de la misma prenda. Me quedo consternado. Cuando era chico había algunos cuantos fanáticos de Kurt Cobain que se ponían una camiseta de manga larga debajo de una de manga corta (algo que hice un par de veces, pero que me resultaba particularmente incómodo), pero al menos compartían las mismas texturas, y podían sacarse una de ellas cuando quisieran. Esto era distinto, y de sólo pensarlo me molestaba. ¿A qué se debe esto? ¿El vértigo de los tiempos modernos, a lo Paul Virilio ha llevado a intentar ahorrar el tiempo hasta el punto de solucionar el trámite de ponerse dos ropas en un mismo movimiento? ¿Una nueva revolución sexual ha llevado a que la gente a tal libertinaje que es necesario privarse de la ropa en meros instantes? ¿La crisis financiera estadounidense ha impactado el mundo de la indumentaria al punto de que hay que ahorrar en material, simplificando el diseño de dos costosas prendas en una sola?.
Cualquiera que fuesen las razones, se me ocurrió diseñar una nueva indumentaria que se acople a la simplificación y sincretismo características de las necesidades del hombre de hoy.

Hipsters
De todos estos cambios culturales que venía hablando, los hipsters son la última monstruosa creación.
El gran virus que se escapó de un tubo de ensayo estrellado contra el suelo.
Hace poco menos de dos meses, cuando alguien hablaba de hipsters para mí se refería a Neal Cassady, o esos tipos tan interesantes como marginales que aparecían en las novelas de Kerouac. Sin embargo, en cuestión de unas semanas, y posiblemente a causa de este artículo de Adbusters -que llegué via elbailemoderno- comencé a conocer la redefinición de esta palabra que en un inicio asociaba a personajes más bien simpáticos.
Luego de lo leído en muchos blogs, ya sea este, este, o este, saco la conclusión de que a determinada temperatura y expuestos a cierta luz del sol, los hipsters son un Chernobyl cultural, un inesperado error de fábrica, un sea monkey devenido en monstruo de Leviatán.
Una -en apariencia- insignificante burbuja de oxígeno dirigiéndose tranquilamente hasta el centro del corazón.
Es el Sida pronunciado en su lengua social, la idea de un virus autodeformante, tan poderoso en su completo apartamento de todo –incluso de sí mismo- que es imposible de ser tomado por alguno de sus partes. No es cuestión de esgrimir el mandato moral de que todo nuevo movimiento tiene la obligación de ser contracultural desde el vamos (siendo el hipster un individuo apático y más bien cómodo, e incluso podría decirse, adaptado a su medio social), sino que tiene efectos, más que políticos, humanos. Es una negación radical, pero no ese there’s no future for you! desgarrando la garganta de Johnny Rotten, sino un no, un nah, irónico, risible, pronunciado entre dientes, desvaneciéndose como el humo que sale de sus cigarrillos Parliament colgando de sus bocas.
Por ahí todo esto que digo parece demasiado apocalíptico, y resulta más digno de una veterana en una junta de padres, un psicobolche indignado en una reunión de la FEUU, o un pseudo brasilero predicando en una iglesia improvisada sobre un antiguo cine, pero la construcción de esa nueva identidad es más falsa, y a la vez más culturalmente nociva que cualquier plancha, dark, emo, punk, o hincha de Peñarol que pueda existir.
Incluso los hipsters fracasan en su hedonismo. En su caso, el hedonismo es un mero ensayo, una mala fotocopia de placer sin restricciones, ya que la búsqueda de placer se atiene a un código, una agenda que vuelve todo demasiado autoconsciente, más bien una radical vuelta de tuerca al ideal franciscano de llegar a la unidad por medio de la privación de todo (en este caso, no lo material, sino cualquier posicionamiento, cualquier contenido emocional).
El problema reside en su misma naturaleza escurridiza, que impide agarrarlos, o atacarlos por un mismo flanco, tal como lo dice Douglas Haddow:
“But it is rare, if not impossible, to find an individual who will proclaim themself a proud hipster. It’s an odd dance of self-identity – adamantly denying your existence while wearing clearly defined symbols that proclaims it”.
Un plancha –la persona que se define con orgullo como tal- se tiñe cada mechón de su pelo, mete sus pies en las naves Nike, se coloca su camiseta del Barcelona, su visera ligeramente inclinada para arriba, o la campera Alpha Polar, pero a diferencia de los lentes de armazón grueso sin aumento y las camisetas con mensajes irónicos de los hipsters, esa vestimenta es casi una preparación para el campo de batalla. Aunque la cotidianeidad convierta la ropa de uno algo tan, a la larga, intrascendente como cuando yo me pongo una remera de Suicide, aquello es un soy plancha y qué, una razón por la cual algunos bares o boliches no lo dejarían entrar a su establecimiento, una razón por la que un policía acariciaría su cachiporra.
Cuando iba a Keops, cuando se cortaba una canción de, supongan, los Buitres y comenzaba a retumbar en las paredes el último tema de Pibes Chorros, uno por un momento entendía la estructura nitrogenada de la cumbia villera, el tum-tu-tu-tum que era un marcapasos directamente conectado a la chota de uno, la pauta, el ritmo ofrecido al franeleo, la necesidad de sacar a una tipa y hacer un simulacro de cópula, al menos en los tres minutos que durase esa canción. Esas noches, si bien a la larga me terminaron cansando, me resultaron más reales, en cuanto a coincidencia entre medios y fines, que cualquier jornada bolichera pseudo cool que uno pudiera vivir en La ronda, o El living, incluso en verdaderos toques de bandas. En Keops la cosa quedaba clara, las mujeres y los hombres salían a la pista y sabían a qué se atenían, era la règle du jeu, y en el fondo –mas allá de que había gente que no iba en plan exclusivamente erotómano, a no engañarnos, que tampoco era una orgía romana-, sabían que todos estaban –en parte- para eso. En otros boliches de la esfera montevideana, lo que uno nota es que la gente no sabe realmente para qué está. Más bien parecería estar ocupando un lugar, un espacio que está reservado para ellos, y que si no lo ocupan, corren el riesgo de ser relevados por otros.

“The dance floor at a hipster party looks like it should be surrounded by quotation marks. While punk, disco and hip hop all had immersive, intimate and energetic dance styles that liberated the dancer from his/her mental states – be it the head-spinning b-boy or violent thrashings of a live punk show – the hipster has more of a joke dance. A faux shrug shuffle that mocks the very idea of dancing or, at its best, illustrates a non-committal fear of expression typified in a weird twitch/ironic twist. The dancers are too self-aware to let themselves feel any form of liberation; they shuffle along, shrugging themselves into oblivion”.

De todo el movimiento hipster no quedará una canción, un renglón de novela o cuento, un mililitro de pintura bien aprovechada. Cuando mucho quedará una broma, una broma que quedará en el aire, como polvo flotando en el terreno devastado tras un intensivo cultivo de soja transgénica.
Interludio II, Ortelli, dixit
Estoy seguro de que en alguna época llegué a apreciar la Rolling Stone.
Prácticamente compré todos los números desde mayo del 2005 hasta marzo del 2007, pero con el tiempo comencé a darme cuenta de sus errores, de la incomodidad que me daba al leerla, como quien descubre a la verdadera tipa que se estuvo apretando cuando las luces de la mañana atraviesan el boliche. Agregando a esto, la revista comenzó a mostrarse cada vez más ideológicamente funesta, tal como puede ser la mamadera que le hacen a las majors (oh, Agustín, me has abierto los ojos), la cola de paja tras Cromagnon, que los ha llevado a hacer un embolante artículo recordatorio en cada puto número desde diciembre del 2005 y esa nota odiosa y oscurantista sobre la persecución a quienes bajan música de internet).
Fue así que decidí saltar del barco.
Para mi sorpresa, ni bien dejé de comprar la revista, fui subrogado por mi hermana, quien comenzó a comprarla con la misma religiosidad que yo lo había hecho unos años atrás.
Ojo, la Rolling Stone ha tenido sus buenos momentos, como una entrevista con tonos de folletín melodramático realizada a Bárbara Lombardo (fue a partir de ahí que me comenzó a parecer atractiva la ex paquita), unos artículos geniales sobre fútbol las finales de Argentina en el 78 y el 86, algunas notas de Hunter Thompson extraídas de la versión yanqui, y la mayoría de las entrevistas a Calamaro, al que siempre consideré un excelente entrevistado.
Sin embargo, la revista –o mi entusiasmo- ha venido decayendo, y en los últimos días me he dedicado exclusivamente a buscar las cosas que escribe Juan Ortelli, posiblemente uno de los escritores más incomprensibles (no se confunda con incomprendido) y divagantes que han figurado por la revista.
La mención a Ortelli la había escuchado por voz de Darío, en donde básicamente el periodista argentino llegaba a la perlita de decir que Bicicletas son como Los gatos, pero con zapatillas Pony (lo que me hace pensar que Carmen San Diego es como The Jesus Lizard, pero con botitas de gamuza), y pensando que no iba a poder mantener tal ritmo de pelotudez, llega esta genialidad de un número posterior:
Sobre el último disco de MGMT:
“(…) lo que le da una atmósfera lisérgica a la obra. Ahí se respiran los tests del Harvard Psychedelic Project, el tufillo de la comunidad Black Bear, David Bowie, Wayne Coyne, por qué no los Small Faces y el Jagger salvaje de Sus Majestades satánicas. Todo en manos de dos pibes que pueden pasar (o no) por un par de extras de La playa”.
Esto último me llevó a pensar en algunos remates para la nota de algunos discos recientes:
*Sobre el Neon Bible, de Arcade Fire:
Todo esto en manos de un colectivo que puede pasar (o no) por un par de extras rechazados para una versión de Macbeth ambientada en el espacio.
*Sobre el Modern Guilt, de Beck:
Todo esto en manos de un tipo que perfectamente podría figurar (o no) en el cast de Gummo
*Sobre el último disco de Jorge Nasser:
Todo esto en manos de un tipo que podría ser tomado (o no) para interpretar el vaquero en una versión cinematográfica de los Halcones Galácticos.
Se aceptan propuestas, gracias Ortelli por darnos tanto que pensar.

Camp
Si uno intenta seguirle a los hipsters sus cadenas de carbono, posiblemente encuentre en el camp a uno de sus candidatos.
En Notes on Camp, Susan Sontag hace una excelente disección de dicha sensibilidad, no intentando encorsetarla en un constructo teórico, sino articulando precisiones de un modo flotante, como una serie de puntos que uno puede unir de la manera que le parezca (ya que ninguna sensiblilidad puede convertirse en un sistema: si puede ser reducida a sus blueprints, deja de ser tal, es algo en perpetua evanescencia).
El Camp es el culto al artificio, a la exageración, una sensibilidad despolitizada, una risa socarrona cuando un cuarto en donde todo se ha vuelto velatoriamente serio, una guiñada afectuosa en un ojo de vidrio, patear el tablero de ajedrez y ponerse a bailar con la parca.
El modus operandi básico del camp es volver lo serio en frívolo, y lo frívolo en serio.
Pero detrás de toda su estética ridícula, hay un verdadero convencimiento, una pasión subyacente que lo diferencia al pop art más warholiano, que más que referirse a las cosas con comillas (tal como lo dice Sontag), lo hace con asteriscos y notas al pie de página. Toda la inocencia que podría haber en el camp, en la cultura pop se vuelve mero cinismo. Andy Warhol tomó a todas estas personas, las convirtió en ratas y convirtió a su factory en su propio laberinto skinneriano. Detrás de la celebración igualatoria de “In the future everybody will be famous for fifteen minutes”, había subyacente, como una maldición tallada en una sala faraónica mortuoria “I create you and I can destroy you”. La gente se suele quedar con lo de la fama, pero se olvida el detalle de los quince minutos, algo que me preocupa en un país como Argentina, en donde un personaje con fecha de vencimiento como Wanda Nara, no sólo se pasa de los quince minutos, sino que regresa a su país disfrazada de princesa rusa. Incluso desde la cínica perspectiva de Warhol, como un solo de batería, si se pasa los quince minutos, deja de ser divertido.
Cuando la imitación del camp no se torna cínica, entonces se vuelve inocua, empaquetable. Es el caso de esta estética que ha tapizado Uruguay en estos últimos años.
En el camp había un intento de lograr algo monumental y hermoso. En el caso uruguayo, hay un intento de ser camp, nada más que ello.


La homosexualidad de Dani Umpi no tiene valor intrínseco, sólo se entienda por y al servicio de dicha estética. La comunidad gay, incluso en su desfiles, etc se parecen a ese genial sketch de Little Britain, en donde el gordo gay anda proclamando su homosexualidad, creyéndose el único hay del pueblo y defendiéndose a uñas y dientes de cualquier tipo de intolerancia, cuando a nadie le importa su orientación, y cuando de hecho sus padres intentan conseguirle una pareja. Como señalaba Benito en este post, “no hay una cultura amarga, opresiva y omnipresente contra la que rebelarse en nombre del glamour, apenas algunas estructuras y conceptos residuales, despreciados por cualquiera que haya seguido leyendo durante los últimos 20 años”.
El camp uruguayo es autoparodia, nada más que eso.
Más que autoparodia, son espectáculos de afirmación ideológica, in the naziest way.
Y la autoparodia no es más que esos otro, poner quotation marks sobre cada emoción o posicionamiento.
Pero cuando uno dice que el camp ha tapizado Montevideo, hasta dónde se puede decir esto.
Más que tapizarlo, se nos ha hecho creer que está tapizado.
Montevideo, a diferencia de Buenos Aires, es una ciudad fácil de tomarla.
Sólo necesitás veinte personas con medios y conexiones y ya tenés un movimiento.
Y el camp uruguayo no es más que eso, el chiste interno de dos bares, tres conductores radiales, quince publicistas y diez diseñadores gráficos.
Un país donde la nostalgia cada vez más le pisa los talones al presente (tanto por falta de ideas como por cierta mórbida pasión por el pasado –y la nostalgia no es más que la alterofilia del recuerdo) es un perfecto caldo de cultivo para la estética camp.

Interludio III, Hijos de los barcos
Sin contar los ya memorables avisos de grappamiel (después de los de médica uruguaya, lo peor que se ha producido en televisión nacional), difícilmente haya un comercial tan odioso como este.

El aviso en cuestión viene de una larga tradición de comerciales tan deplorables como nacionalistas, como Mi país, de Rada, o el nuevo spot de Pilsen con ese espantoso tema compuesto por el pelotudo vocalista de Snake. De hecho, el verso princeps de la canción, ese “nací celeste”, más que algo propiamente nacionalista, me trae la imagen de un niño que sale muerto del canal vaginal de la madre, celeste tras morir asfixiado por el cordón umbilical rodeando su cuello, pero posiblemente eso sea sólo idea mía.
Pero volviendo al aviso en cuestión, el tema trae a murguistas dando un largo inventario sobre todo lo que es uruguayo, lo cual no sería nada fuera de la norma, sino fuese por el final. Luego de una frase tan exagerada y casi utilitaria como “la identidad que sus hijos van sembrando hoy/ la grande historia que engrandece nuestro uruguay” –una frase que sin mucha dificultad se podría encontrar en algún discurso de Mussolini-, aparece el logo de la empresa: Schneck
Schneck, autoctonísimo, che.
Después de todo, somos hijos de los barcos.



Cazadores de sueños

Pero ahora que lo pienso, en referencia al aspecto autoimpuesto y emparchado que tiene dicha movida en Uruguay, prácticamente todo ha seguido el mismo carácter y horizonte ideológico.
En una larga caminata que hice con astllr, comentamos sobre el aspecto casi de espejismo, de todos los movimientos que han formado a la ciudad. Ante el aspecto cambiante y embalsamador de la cultura, yo intentaba preservar, por medio de lo que escribo, pequeñas imágenes de lo que era un Uruguay próximo a mutar y olvidarse por completo. La posición de astllr era más radical, queriendo extirpar de una vez por todas todos estos modelos, para crear algo nuevo y perdurable (quemar la tierra para sembrar, como lo hacían los mayas).
De una forma u otra, Uruguay no ha sido más que eso, una sucesión de movimientos que se solapan y se tapan unos a otros, sin pasarse postas, simplemente mutando. No hay un desarrollo, una maduración, sino simples mutaciones, sin efectos puntuales, sobre el organismo pluricelular de la ciudad. En los próximos años las revistas freeway, las NEO y las Bla se tirarán a la basura, y la epidermis camaleónica de Uruguay tomará otro cromatismo, buscando un nuevo chiche, una nueva broma privada que todos pretenderemos entender. Pero pensándolo de otro modo, remitiéndonos a las palabras de Sontag, quizás el camp siempre estuvo acá. Cito el punto 24:

“24. The pure examples of Camp are unintentional; they are dead serious. The Art Nouveau craftsman who makes a lamp with a snake coiled around it is not kidding, nor is he trying to be charming. He is saying, in all earnestness: Voilà! The Orient!”

Si uno va por el centro, no le cuesta más de dos cuadras encontrar estos detalles. El pastel de merengue neoclásico del Palacio Legislativo (frase sujeta al copyright del fallecido mentiraestelamento, el falo solitario de la Torre de las Telecomunicaciones, las casas quinta venidas a menos en Lezica, el postmodernismo del Palacio Díaz (con las luces de neón de un bowling instalado en su subsuelo), el Art Decó náutico de los primeros edificios de Pintos Risso... Este último ejemplo es bastante peculiar, ya que muestra cuan extrínsecas suelen ser las ideas que se nos meten por los poros: a uno le llama la atención de por qué Uruguay es una ciudad tan gris, y lo es por una razón tan fútil, como el hecho de las revistas europeas que le llegaban a los arquitectos uruguayos estaban en blanco y negro. Y por ahí a uno le parece algo típicamente de los comienzos de construcción de una nación, pero después aparece Natalie Kriz promocionando el Diamantis Plaza, ofreciéndole a la gente esos nichos de cristal, preguntándoles si alguna vez pensaron vivir en un hotel cinco estrellas. Uno ve aquello, y ya sabe que en el menor traspié económico, aquello quedará como un galpón lleno de piscinas enmohecidas, un gigante muerto, tan muerto como los comercios y galpones que quedaron tras el fracaso del plan Fénix.
Este aspecto de querer llegar a una seriedad, una seriedad que falla, es propiamente camp, aunque tampoco me pondría en plan de promocionar a la arquitectura uruguaya como exclusivamente eso.

En una de las cuantas puteadas que estaba haciendo sobre la malintepretación del camp, iba a citar que ella se puede entender de la misma forma en que L.A. Confidential es un film memorable, y La Dalia negra una película acartonada y ridícula. La versión de De Palma no es más que una parodia, un patchwork de toda la imaginería noir, mientras que en L.A. Confidential se permite una comunión de dicha estética con los imperativos de la trama. Pero el ejemplo viene doblemente a mano, porque sirve para citar un detalle de dicha película. En una parte, se revela que uno de los principales sospechosos, un magnate y productor de películas, amasó su fortuna creando Hollywoodland, un barrio barato a partir de la utilización de la madera de la cinematografía residual de las películas de la fábrica de sueños estadounidense, para crear un montón de casas y edificios altamente inflamables. Más o menos eso es lo que es Montevideo, una ciudad hecha de tablones y escenarios de antiguas películas, prestadas de las ideas de otras personas.
Vivimos y caminamos en los sueños de treinta personas que se han dedicado a soñar los sueños de otros.
A mí lo que me preocupa es qué pasará cuando nos despertemos.

Monday, September 01, 2008

No pussy blues/Love songs for patriots
Los dieciséis años apestaban. Lo peor era que había sido una edad anhelada, una cuenta regresiva esperando que ocurriera algo, pero no, todos pasamos nuestros primeros meses en esa clase como pequeños Aguirres esperando desquiciadamente el descubrimiento de El dorado. Pronto no sólo nos dimos cuenta de que no sólo eran mentira todas las expectativas que nos habíamos hecho, sino que era peor aún. El primer mito: los bailes plus quince. Cuando uno tenía catorce, la edad de los dieciséis circulaba en común acuerdo como una cifra divina, casi alquímica, en la que uno al asistir a esos bailes tendría a todas las pendejas –por lo menos las de quince, o catorce- a sus pies. Cuando llegamos a aquella edad, los bailes plus quince habían virtualmente desaparecido, y todas las mujeres comenzaron a asistir a discotecas para mayores de dieciocho, con cédulas de sus hermanas, cargándose a los patovicas, haciéndose las borrachas, o sencillamente pasando por una basurita en el ojo en el panóptico del sistema de seguridad de los boliches (un panóptico que parecía el ojo de Sauron en el caso de que fueses hombre). Pero lo peor no terminaba ahí, una vez que lograbas la hazaña de meterte, te dabas cuenta de que eras prácticamente un hijra de la India, casi como si fueses una de esas mujeres colaboracionistas del régimen nazi en Francia con un 16 tatuado en el cráneo afeitado. 16, 16, 16. Uno lo podía sentir, prácticamente tenía el suplemento hormonal de los de dieciocho, e incluso –al menos en mi caso- los solía superar en altura, pero había algo mal, algo que estaba dentro tuyo como una maldición que se te pegaba y era parte de vos, como esos números que tiene Hurley marcado a fuego en Lost. 16, 16, 16, un código de barra que te reconocía como producto defectuoso.
Si aquello era jodido en el mundo de la noche, en el día, donde uno acudía a clases se revelaba más terroríficamente, como la mañana que maquilla grotescamente a algunas de esas mujeres que creíamos lindas en el consuelo de las luces y el humo. Uno ve aquellas películas yanquis y se encuentra con aquellos capitanes de fútbol americano metiendole a nerds sus cabezas en waters. Bueno, nada de eso pasaba realmente. Aquello era algo exagerado, demasiado obvio, como el período anátomo-político de Foucalt. Lo que sucedía en el liceo era mucho más disfrazado, sintomático, biopolítico, y como tal, mucho más difícil para escaparse de él. No había nadie discriminándote abiertamente. Ni siquiera era una indiferencia activa. Sencillamente, a las mujeres no les interesabas. La analogía es casi aplicable a la música. En los setenta, Martin Rev tocaba con una mano y con la otra se defendía de las cosas que el público le arrojaba. Johnny Rotten y Sid Vicious en su gira por Estados Unidos vivían aquella experiencia como una batalla de Verdún constante, donde el escenario era una mera trinchera frente a los golpes y gargajos arrojados por la gente. En cambio, esto era un público diferente, casi como tocar en una cena show en la que la gente está demasiado ocupada en su comida como para oír tus gritos. Alan Vega podía sobrevivir bajo el influjo de otra fuerza antinómica, pero nunca podría haber existido en un mar templado y sin viento en los que nadie tuviera una opinión ni reacción suficientemente formada sobre uno.
A uno le acertaba la idea de que había algo mal consigo, pero se miraba en el espejo, y más allá de usar ropa un poco más monocromática que aquellas camisetas colorinche de Rugby, no había ningún detalle físico abominable que lo separase del resto. Es más, uno veía algunas personas que tenían relativo éxito con las mujeres y objetivamente eran tipos bastante feos. En esas circunstancias, uno lo piensa y es natural que haya actualmente un fenómeno emo. Es más, leo algunos pseudo poemas míos de aquella época y me doy cuenta de que perfectamente podrían entrar en alguna canción de My Chemical Romance. Por suerte, en aquella época ninguno sabíamos de tal término, y prácticamente nos desentendíamos de toda onda, tribu, o movida que existiese. Sabíamos que había punks, pero ni a mí ni a ninguno de mis amigos nos gustaba el punk. Lo más cercano al punk era Nirvana, pero ¿a quién no le gustaba Nirvana a sus dieciséis años? (bueno, ahora que lo pienso, a mi no me gustaba Nirvana). Había algunos goth, pero aquello ya era demasiado extraño para nosotros, y más que desear alguna darky que se solían ver caminando por 18 de julio, ninguno teníamos mayores intenciones de saber sobre aquella congregación –además, ¿si no creíamos en Dios, por qué íbamos a hacerlo en Satán?-. Skater, ni ahí. Por otra parte, una vez jugué un partido de rugby en Cabo Polonio, en una de esas salidas de integración del liceo. No tenía idea de cómo se jugaba, sólo sabía que era como el fútbol americano –que había aprendido a jugar en el Nintendo 64-, pero que no había pases para adelante. La cuestión es que tomé aquella pelota ovalada y durante todo el partido no me la pudieron sacar, dejando bastante en ridículo a algunos cuantos gordos que hacía unos años venían entrenando en el Pucarú (y que habían llevado la pelota a Cabo Polonio como una forma de mostrar su virilidad de macho alfa a las demás compañeras)... La cuestión es que unos días después, saliendo de la pista de atletismo, uno de los rugbiers más buena onda que había de ese grupo me ofreció entrar al equipo. Visto en retrospectiva, aquella escena se cargó de un extraño misticismo, como si aquel tipo fuera Al Pacino ofreciéndole a Keanu Reeves todo lo que un mortal quiere tener, a cambio de procrear con su buenísima hermana al Anticristo –saben a qué película me refiero-. Incluso, recuerdo que me dijo que si entraba podía conseguir muy buenas minas.
La respuesta fue no, y con el tiempo comencé a suplantar aquella actitud lastimera y autoflagelante con un no activo, un no que significaba mucho más que “no me importan si no dan pelota”. De hecho, a partir de los dieciséis años, más perfilándose para los diecisiete, dieciocho años, el resto de los compañeros de clase, aquellos que habían tenido cierto período de gloria, también terminaron cantando su No pussy blues, porque las mujeres, cada vez más ambiciosas, comenzaron a salir con tipos de veintitrés o veinticinco, tipos que las iban a buscar al colegio en auto y les rompían el corazón sistemáticamente. Hoy en día cada tanto me cruzo o escucho de alguna de aquellas mujeres, y me doy cuenta de que las cosas no cambiaron demasiado. Sus novios parecen choferes, uno los ve sólo cuando las llevan o van a buscar de fiestas en las que están mayoritariamente solas. Es triste ver cómo miles de mujeres (predominantemente de clase media, media-alta) se cagan un importante trozo juventud, entrando y saliendo de relaciones cuyo único fin es ese, estar de novias, mostrárselo a sus amigas, evitar el miedo de ser la única de su grupo que no tiene novio, evitar un fin de semana sin tener nadie quien la llame, invitar a su novio a asados en casas de balneario de sus padres, creer que están enamoradas, cuando no es más que un subterfugio hacia su soledad, o peor aún, no una soledad sentida, sino socialmente determinada.
Pero volviendo a nosotros, los hombres, o más específicamente El Oliver, Santiago y yo, nos fuimos –quizás inconscientemente- tomando en serio aquel no. En el extraño mundo del San Juan –bueno, no tan extraño- el ser estudioso era un hándicap, y cuanto uno más conocimiento mostrase sobre ciertos temas diferentes a “nuevos lugares en los que te entregan frees para tal boliche”, aquello se iba revelando como un lastre, una corona de espinas que uno tenía que llevar con disimulo. Uno veía algunas películas indies, y veía aquellos geeks ganadores y se preguntaba si aquello pasaba sólo en Estados Unidos, o era algo para lo que había que esperar en un par de años. Eventualmente, las películas estadounidenses tuvieron razón, y ni bien entré a facultad, la cultura se convirtió en mi caballito de batalla en eso de cargarse a minas, pero en el liceo el estudiar, el no tomar, el no fumar, el ser responsable, era algo cuasi punk. Era el mundo del revés en el que uno decía Fuck the system, i’m going to study. Aquello era negarse, una negación radical, patear el tablero para ni siquiera ser parte del juego. En el recreo uno le apostaba a un tipo un tanto extraño a que no podría cazar una paloma con la mano, y mientras asistíamos a un ridículo espectáculo de plumas y tropezones, las otras personas, fumando y hablando de alquilar casas para ir a veranear en La pedrera, nos veían sin saber qué comentario emitir. Aquellos fueron nuestro años con el negro Oliver y Santiago, y de a poco comenzamos a adquirir en nuestros rostros y manierismos algunos elementos de Ren y Stimpy. Rostros desencajados, ojos inyectados de venas, toda aquella imaginería grotesca comenzó a tatuarse en nuestros rostros y nuestros cuadernos.
Sí, nos estábamos volviendo feos, y carajo que lo estábamos disfrutando. Ir a un lugar sin perspectivas de cargarte a alguien se siente como algo completamente absurdo. El hombre construye un puente para decirle a la mina que le gusta “mirá, construí un puente”. Así, sin ese plus, esa promesa, todo se teñía de algo intraducible, una prisión, pero a la vez una libertad radical. No había nadie a quién impresionar. Todo estaba permitido. Santiago un día se levantó de su asiento en medio de una clase de inglés y, con unos estigmas dibujados en las palmas de sus manos gritó “soy Jesús”. Justo nos había tocado una profesora bastante religiosa y se sintió ofendida. Cada dos por tres nos levantábamos y señalábamos el piso gritando que había una ardilla corriendo por la clase. La mayoría de la gente se levantaba y se subía a los bancos, como si fuesen tan manipulables como esas histéricas de Charcot. Con el Oliver aprendimos a desmayarnos apretándonos una vena que iba al cerebro y una vez planeamos un desmayo en masa para evitar un parcial (idea a la que muy pocas personas se plegaron). Yo ya había dejado todo el tema de los OVNI’s, pero igual delante de esa gente explotaba las pocas células de Fox Mulder que vivían en mí. Incluso, los fines de semana consistían en Martín y Santiago viniendo a mi casa, y tras jugar algunos partidos de Internacional Superstar Soccer, íbamos a caminar por la calle, esperándonos encontrar con alguien de las proximidades de algunos boliches para que nos dieran algo de cerveza. Nos quedábamos haciendo puerta. Un día Martín apareció con estas minas bastante buenas, un año menor que nosotros, creo, y Santiago se quedó todo la charla insistiendo en el pedazo de sorete que acababa de pisar, mostrándoselo y observando la cara de asco de las tipas. And so on.
En todo aquel periplo negativista, el sexo era algo bastante lejano (a no ser que fuéramos al Casablanca, o alguno de esos prostíbulos que iba una cantidad de gente, pero que yo me negaba terminantemente a asistir), y más extraño aún era el amor. Yo me había enamorado un par de veces, pero salvo una monumental victoria que duró demasiado poco tiempo –y que me tomó un par de años reconocer que no tenía nada de monumental-, el amor era algo bastante asociado con frustraciones. La única forma de experimentar amor era escuchar canciones que hablaban sobre aquello, casi como si fuesen libros de ciencia. Ninguno sabíamos qué era el amor, pero suponíamos que tenía algo que ver con esas baladas hipertrofiadas de Guns ‘n Roses, con el amor sesentoso de Lenny Kravitz, con la sensualidad de Barry White, con alguna de esas baladas ochentosas que pasaban en las radios nocturnas, con los temas más bellos de Radiohead, ya fuera la proto emo Creep, la cinemática soundtrack for Romeo and Juliet, o Fake Plastic trees (que no, no era de amor, pero servía para martirizarse un poco). Mientras la mayoría de las personas tomaron sendas más o menos predeterminadas (Guns ‘n Roses por un lado, por una vía paralela, pero bastante combativa Nirvana, Peral Jam y todo el mismo heterogéneo mejunje grunge, y por el lado más metalero Metallica-ah, y también los fanáticos de RHCP), yo me mantenía aferrado a Radiohead y comenzaba a hurgar en discotecas viejas, buscando más y más cheesy love songs, que me pusieran en sintonía con lo que supuestamente era el amor. No es gran sorpresa volver sobre algunos compilados de aquella época y encontrar músicos como Al Green y Marvin Gaye, o Bruce Springsteen. Había una necesidad de sentir fuerte, hondo, y en un tiempo no mayor a cuatro minutos. Más o menos así me ocurre de encontrarme con un arriesgado descubrimiento.
AVISO, acá es cuando meto una teoría divagante que posiblemente tenga tan pocas bases epistemológicas como el título de erotóloga de Natacha Jaitt:
Los setenta, pero sobre todo los ochentas, se fueron plagando de power ballads –hipertrofiándolas como una naranja transgénica a cargo del Metal-, que fueron creciendo hasta derrumbarse como una torre de Babel hecha de naipes con el fenómeno indie-slacker-loser de los noventa, un fenómeno que irresponsablemente me gusta asociar con la tríada Pavement-Nirvana-Beck. Sobre todo Pavement, pero también Nirvana y Beck (con ese cuasi himno de I’m a perdedor, I’m a loser baby, so why don’t you kill me), trajeron la ironía a casa, y con ellas todo un conjunto de obras en los que los personajes ya no eran adolescentes apasionados de pequeños pueblos que se fugaban para casarse en Las Vegas, sino tipos agrios, incisivos, amargados, pero graciosos, como lo podría haber sido la heroína Daria (me preocupa lo mainstream y MTV-oficialista que se está volviendo este post, pero sigo), eso que la gente volátilmente le gustaba llamar Generación X. La cuestión es que si uno ve el terreno musical, puede percibir que sí, que seguían habiendo algunas de esas baladas pomposas (me refiero al rock estadounidense, por supuesto que sigue habiendo bandas pop y cantantes latinos que siguen cantando teamoporqueteamoyoteamo), pero se había generado un sentimiento de profunda desconfianza hacia cualquier emoción muy desnuda y sobreexpuesta. Posiblemente el punto crítico de la pomposidad amorosa había llegado con una de las canciones, pero sobre todo, videoclip más over the top de la historia: November Rain.

Durante mucho tiempo me había gustado aquel video, pero ahora lo veo y me tengo que mantener bien sentado, porque en cualquier movimiento descuidado me cago encima de la risa. Todo es completamente cursi, radical y hasta absurdo, quizás como una fiel muestra de la megalómana personalidad de Axl, que ya iba mostrando su hilacha psicótica. De hecho, la escena más ridículamente over the top no es cuando Axl está llorando a su esposa en la iglesia, ni cuando toda la gente se resguarda de la lluvia como si fuese una erupción del Etna, sino cuando Slash se va caminando del atrio y se pone a tocar aquel solo a las afueras de la iglesia, que extrañamente queda en el medio del desierto –alternándolo con escenas en vivo del tipo tocando parado arriba de aquel piano de cola en que Axl emula a Elton John. De hecho, en los siguientes videos siempre se le encontró una situación over the top para poner a tocar a Slash, como cuando sale del agua en Estranged. De cierto modo, el amor se fue inflando para explotar en aquel tema que se terminó por ir más al carajo que cualquier otro tema de la época. Con esta lectura un tanto parcial y posiblemente mítica, Nirvana –banda que siempre se asoció como antagonista a los Guns, y que de hecho resultó dar su golpe de gracia a la banda de Los Angeles, sobre todo en aquella genial presentación de los MTV music awards- es casi un anticuerpo que intenta volver a la homeostasis el cuerpo del rock, que había sido masivamente invadido por el sentimentalismo kitsch de la otra banda. De ahí en más, la desconfianza hacia las emociones se fue haciendo generalizada, y las letras roqueras, sobre todo las indies, se fueron poblando de cierta mordacidad, pero una mordacidad que nunca se anima a mostrar su hilacha sentimental. No es que reclame a una banda como Jesus Lizard que se pongan a hacer una balada –por Dios, no, aunque sería un experimento bastante divertido-, pero las canciones de amor fueron perdiendo aquella desnudez e inocencia que tanto me gustaba en temas de otra época. Soy un tipo que le gusta Bruce Springsteen, y no sólo el minimalismo de Nebraska, sino todas esas epopeyas de carretera de Born to run, las canciones de sentimentalismo hipertrofiado de Born in the U.S.A., incluso algunas de aquellas baladas ochentosas de Tunnel of love. En el Estados Unidos de Springsteen cada herida sangra el doble que las otras, y cada amor es un estado momificado de la eternidad, en el que se debate, en los kilómetros que se desvía una carretera de otra, el destino del universo. Incluso, cuesta creer cuan sentidos y sobreexpuestos pueden ser los sentimientos en una banda tan indie como los Replacements, que en los ochenta no se sonrojaban por hacer geniales covers de power ballads de Kiss.
De toda esa herencia romántica quedan algunos, pero no muchos, y el principal género que tomó esta posta es el Emo y el Nü Metal, entendiéndolo mal, seleccionando algunos aspectos y deshechando otros.
Con novia y todo, aquel Agustín de hace unos cuantos años no ha cambiado del todo, y necesita continuamente catalizar el amor por medio de películas y canciones. De este modo, preparé una lista de aquellas canciones que me parecen más interesantes, mas significativas, o que más me vienen pegando en cuanto a eso del amor. Por supuesto, esto es algo puramente subjetivo, no se trata de hacer una antología a lo Rolling Stone tipo “las mejores baladas del siglo, con entrevistas a Chris Cornell, Anthony Kiedis, Madonna y Britney Spears”. Y por supuesto, soy consciente de hermosas canciones que dejo en el camino, como Most of the time, Just like a woman, o cualquier tema del Blood on the tracks, de Bob Dylan, la hermosa colección de baladas que dejó Leonard Cohen, Stephanie, de Zitarrosa, a la que es difícil sobrevivir sin hacer papelones ante la primera escucha, muchas de la increíble colección de canciones de amor de Destroyer, el incómodo romanticismo al borde de la destrucción de algunos temas de Xiu Xiu, aquella monumental canción sobre la madurez que es Lover’s spit (Broken Social Scene), una cantidad inconmensurable de hermosísimas baladas de amor hechas por Morrisey y compañía, los desgarradores temas compuestos por Mark Eitzel, alguna de aquellas sesenta y nueve, y muchas más canciones de amor compuestas por Merrit y compañía, aquellas íntimas canciones que poseían durante tres minutos al cuerpo y voz de Tim Buckley, toda esas bossas que me faltan escuchar, y la genial Plea for tenderness, de Jonathan Richman, que hace poco tiempo me mandó Darío.
Acá va la lista. Ah, y hagámosla en 16 canciones, para mantener el espíritu. Si orden alguno:

Gato Barbieri- Last tango in Paris
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Mi banda sonora favorita de todos los tiempos. Ultimo tango en París funciona de una manera tan inextricable entre actuación-encuadre-música que posiblemente no deba ser reconocida como una obra de Bertolucci, sino una co-realizada por él, Marlon Brando y Gato Barbieri (B.B.B., una de las más brillantes cofradías en la historia del cine). Difícilmente se pueda encontrar un saxofonista más apasionado que Gato Barbieri, un tipo que va de la sensualidad al amor, del amor a la sensualidad, pasando por una estilización de música de cámara a un tango subterráneo y oscuro –como ese certamen al que acuden Brando y Schneider borrachos al final del film-, desde lo más europeo de los violines al primitivismo del mirimbao. Lo que atraviesa a Ultimo tango en París, tal como esos trenes en los que la cámara se detienen, sin revelarnos su destino –tal como el amor de esos dos desconocidos- no es el amor, sino la pasión, y posiblemente no hay otro ser en el mundo que haya podido materializar tal amoción de una manera tan pura y convulsiva como Gato Barbieri

Federico Deutsch y los maverick c/ Pedro Dalton- Cuando el amor ama. (link)

Si el amor existe, suena así.
Realmente, es un tema hermosísimo, y se vuelve aún más hermoso considerando la sorpresa que resultó en su momento oírlo de la voz de Pedro Dalton, cantante de una banda que, aún así siendo versátil, el amor siempre había circulado, pero de una manera subterránea, casi periférica entre tanta, tanta oscuridad. La voz arenosa/rasposa reinterpreta a la letra de la canción, y en esa contradicción entre contenido y forma se puede localizar uno de los aspectos más bellos de la canción. Es lindo escuchar al Pedro tan enamorado. A uno realmente le puede alegrar el día escuchar ese hermoso verso “amor, yo voy al bar sólo a verte”.

Jacques Brel- Ne me quitte pas

Posiblemente uno de los performers más gigantes que ha dado la música. La actuación del dientes de caballo en este video es monumental, y de cierto modo me resulta imposible separarla de la canción. Es más, debe ser de las actuaciones más increíbles que haya visto en mi vida, y eso contando a películas, teatro y afines. Ne me quitte pas es una canción desesperada, es ese reclamar hasta el último grano de arena en un territorio perdido, el pedirle a la amada al menos arrancar un roce de epidermis, cuando no una caricia, la sensación de perder todo y arrastrarse por un poco, un centímetro de nada, pero ese centímetro que una vez fue suyo. Dejame convertirme en la sombra de tu sombra, la sombra de tu mano, la sombra de tu perro, no me abandones, no me abandones”. Jacques Brel es una oda a los fluidos corporales, su cuerpo está empapado de lágrimas y sudor, prácticamente faltaría que se meara encima y estaría completo, y aún así está parado, de frente a su amada, casi negándose a aceptar la derrota en cada ne me quitte pas, todavía e pie prometiendo cosas que nunca podrá conseguirle, como si fuese aquella increíble escena de El pozo, de Onetti, donde el protagonista obliga a su pareja volver a recrear una caminata por la rambla, dándose cuenta de que el pasado ya es irreproducible.
Y aún así Jacques Brel sigue suplicando ne me quitte pas
Pero la batalla ya está perdida.

Barry White- Never, never, gonna give you up (link)
Cuando hay neuróticos como yo que siempre encuentran problemas al querer diferenciar el amor del sexo, aparece este tipo que rompe todas esas barreras históricamente construidas con la naturalidad de un niño jugando con los legos. Hace un tiempo, en referencia a un disco de T-Rex, Dagnasty decía que mientras los hippies vociferaban “Love, not war”, el lema que quedaba subrepticio en la obra de Bolan era “Fuck, not war”. De cierto modo, el gordo Barry (tipo ídolo, si los hay), le pasa el trapo a todas esas categorías. Coger, garchar, copular, todo en el se resume a hacer el amor, un acto divino que vuelve todo aquello una masa indiferenciable, una líbido flotante que contagia a todos por igual, que atraviesa el tiempo, razas y grupos sociales. Darío acierta en compararlo con Gainsbourg, porque de cierto modo el Barry es la versión morena y disco del francés. Barry White es el padre platónico de una cantidad inconmensurable de personas nacidas en los setenta, y eso le da credenciales suficientes para ponerlo en la lista con una de sus canciones más emblemáticas, y posiblemente más sensuales de su repertorio. L’amour physique, eso dicen.

Bruce Springsteen- Stolen Car

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Ya venía hablando de lo mucho que me gusta el Bruce como baladista, desde sus aspectos más minimalistas a sus obras más larger than life.
Este tema en cuestión no cae en el mismo vicio que la mayoría de otros temas no menos geniales como Point Blank, Valentine’s day, o la purpúrea Drive all night, pero los supera en profundidad (hay algunos cuantos temas que también entrarían en mi lista, como Secret Garden).
Podría extenderme sobre esta canción, pero creo que no puedo agregar mucho a lo que Benito dijo en este post de fuckyoutiger.

Guided by Voices- Over the Neptune Mesh Gear Fox

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Sí, no es una canción de amor, sino más bien un himno al rock and roll, dividido por un puente pseudo-espacial con una canción de amor revanchista. Sin embargo, cuando escucho “And oh, mesh gear fox/ Put out another bag of tricks from scientific box/ Time's wasting and you're not gonna live forever /And if you doI'll come back and marry you/ No use changin' now/ You couldn't anyhow and ever (forever?)/It's not the way that I fear that I feel/ It's the way you act /It's the way you look when you're near me/ It's not so hard to conceal to concede? (conceal?)/ It's the things you say/ It's the things you do go right through me”, mediumnizado a través de la voz de Pollard, adquiere una dimensión épica, resultando –por lo menos, para mí- en unos de los momentos más perfectos en la historia del rock. Son canciones que tarde o temprano le ocurren a uno, siendo una persona completamente diferente al pasar por ellas

Robyn Hitchcock- Linctus house (link)
El viejo Robyn, el tipo que más alto tengo en el mundo, es un tipo conocido por sus letras excéntricas, llena de pasión ontomóloga, minotauros, granjeros celestiales y hoteles de cristal, pero con una tradición de predicador que lo convierte como una especie de eslabón perdido entre Syd Barret y Bob Dylan. Igual, es mucho más que eso, y temas descomunales como este parece demostrarlo más que bien.
Posiblemente la historia de una pareja que se para en un momento y se da cuenta de que las cosas ya no son como antes, you know i used to call my baby up/ and we'd get real close/ just like the telephone was a sofa/ and our thoughts would mingle/ and we'd leave our minds wide open/(…)/ but these days, even saying,/'hello? how are you?'/'i'm fine, how are you?'/takes a lot of sweat/ain't that a shame/ain't that a shame. Perfectamente también podría hablar sobre la relación con su esposa muerta, la cual aparece fantasmalmente en muchas de sus canciones (un ejemplo de esto es la canción es My wife and my dead wife, en donde relata con toda naturalidad cómo vive con dos mujeres, su actual pareja, y su esposa muerta, que lo espera en el altillo, con ropas antiguas, o algo así). Pero la canción es muy Hitchcock, y tiene imágenes tremendas, como but even that, even/ talking is out of reach /should i say it with flowers or/ should i say it with nails?.
Una vuelta de tuerca dulce a Ne me quitte pas.

Luis Alberto Spinetta- Ella también (link)
Ya hablé sobre el tema en este post

Cat Power-Metal heart (link)
Metal Heart, es un tema de una belleza imprevisible y desconcertante como el ojo de un pato, un tema cuya aspereza en su letra contrasta impensablemente con lo aterciopelado de la suave y dulce voz de Chan Marshall. Cualquier femme rockstar habría convertido aquello en otra combativa canción de despecho (un mal muy extendido en las cantantes fanáticas de PJ Harvey), y sin embargo Chan lo hace desganada y al tiempo dulcemente, como un animalito que no le importa ser presa, que se ofrece sereno ante la mirilla del cazador. Es por esta misma razón que fracasa la reinterpretación que Chan hizo de este tema en su nuevo disco Jukebox: con una nueva expresividad vocal mucho más versátil, se pierde esa languidez que dota al tema de verdadero sentido y lo separa cualquier otro tema de amor no correspondido escrito por alguien. El sonido de alguien dejándose ir, de una desesperación encapsulada, pero demasiado bella para extinguirse del todo.
Dan ganas de sacarse los auriculares y darle un abrazo a la pobre Chan

Nick Cave and the Bad Seeds- Into my arms


El tema es conocido, y funciona genial con el videoclip realizado por Jonathan Glazer (mi director de videoclips favorito). Into my arms está enmarcado en esos discos jodidamente personales, que siguen la línea de If I could only remeber my name, en donde cada tema es prácticamente una radiografía del artista. En esta época, el pobre Nico Cueva había salido de su relación con PJ Harvey, y aparece con este disco completamente introspectivo, en donde el ángel de la muerte deja sus alas negras en el paragüero y se comienza a quitar el maquillaje, mostrándose tal y como es. El Nico ya había incurrido en las baladas, como la increíble Slowly goes the night, de Tender Prey, pero nunca se lo volvió a ver tan frágil como en este tema

Dave Matthews Band- #41

Por alguna razón, Dave Matthews band no es una banda blogger friendly por estos lares. Nadie me ha hablado en contra, pero de cierto modo tiene una difusión bastante silenciada en los circulos melómanos, quizás por cierto aspecto pro y virtuoso que a más de uno con pasado punky le puede rechinar, quizás por la voz de Dave Matthews, quizás por lo videoclips –frente a los que suelen optar por los temas graciosos y chotos, en general- o por una sensación de buena onda colectiva, a la que todo el mundo suele encontrar casi políticamente incorrecta. Nunca le di mucha bola a la letra, y de cierto modo sigo sin hacerlo, pero es una melodía en la que nada malo puede ocurrir, es como zabullirse en una piscina de algodón, y nadar entre cada nota sintiendo como re roza suavemente. A mis dieciséis años toda idea del amor definitivo y perfecto venía acompañada de esta canción.

Radiohead- True love waits (link)
En cualquier instancia de flaqueo emocional –en esas que uno no sabe si está o no colgado con alguien-, esta canción es la que termina de sellar y darle un nombre al sentimiento. Así que, beware...

Fernando Cabrera- El tiempo está después (link)
Ya hablé de la canción en este post

Sade- Is it a crime


No es que me guste tanto Sade, pero la vuelta de tuerca va por un extraño sincretismo que se emparenta con Barry White, de cierto modo. Venía viajando por un 148 atestado de gente a eso de las nueve de la mañana –uno de los ambientes menos sexies que pueden haber- y en la programación de una radio que estaba pasando oldies y música de los ochenta aparece este tema. El nivel de exotismo y la voz de Sade contrastaban de una manera casi graciosa con el resto del deprimente entorno del ómnibus. Escuchaba esa voz lánguida, pero a la vez profunda y miraba aleatorios rostros de viejos, vendedores ambulantes y porteros de edificios que se preparaban para otro día embolante. Afuera estaba lloviendo. Fue ahí que caí en una particular cuestión de Sade, y es la capacidad de fusionar melancolía –me atrevería a decir, tristeza- con sensualidad –me atrevería a decir, erotismo. Cuando en las mayoría de las situaciones, erotismo y tristeza resultarían en un cocktail molotov del que no se obtendría nada no más bueno que simplemente deprimente, en Sade funciona perfecto, y por esa sencilla razón está en mi conteo.

Tom Waits-Who are you

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El amor como un campo de batalla. Tom Waits es un gigante baladista, con canciones con imaginería bien estadounidense, de carreteras, diners y borracheras, desde su tragicómica The piano has been drinking (not me), hasta la melancólica Annie’s back in town, pasando por la perturbadoramente verdadera Time, hasta la fugaz, casi impresionista Johnsburg, Illinois.
La canción es un combate, en sus versiones más romanticismo modelo siglo XIX, de esos combates que una vez sin armaduras, llenos de magulladuras, y sin trincheras en las que esconderse los contendientes ya se pueden ver tal y como son. Esa rebeldía hacia un objeto amoroso la sentí más de una vez, es ese casi defender hasta en los últimos puñados de tierra la individualidad de uno, sabiendo que es una batalla inútil, ya que el otro eventualmente termina formando parte de uno mismo. Todo esto está resumido en una de mi serie de imágenes favoritas de todos los tiempos, Did you bury the carnaval/Lions and all/Excuse me while I sharpen my nails/ And just who are you this time? /(…)/How do your pistol and your Bible and your/Sleeping pills go? /Are you still jumping out of windows in expensive clothes? /Well I fell in love/ With your sailors mouth and your wounded eyes/ You better get down on the floor/ Dont you know this is war/ Tell me who are you this time? /Tell me who are you this time?
Qué hijo de puta.

Kings of convenience- Cayman Islands (link).
No es una canción desgarradora, no es una canción melancólica, ni siquiera solitaria. Los Kings of Convenience fueron capaces de hacer una honda canción de amor sin recurrir a despedidas, perdones, lágrimas ni corazones. Es una canción de amor perfecta, sencilla y completamente armónica, sin melodramas, como la felicidad súbitamente encontrada en el rostro de una persona a la que uno quiere, sin tener la necesidad de exigir garantías, sin miedo a perderlo todo, solamente contemplando y sintiéndose feliz de estar con la persona querida. El manejo de imágenes refuerza esta sensación de paz, el hombre barbudo navegando en su canoa desde las Islas Caimán, el viento sobre el cabello de la persona amada, la bicicleta alquilada hasta el día siguiente. La última estrofa es una síntesis perfecta y minimalista de lo que considero que debe ser el amor (si solo pudieran ver, si solo hubieran estado aquí/ ellos entenderían cómo alguien pudo elegir/ir lo lejos que fui, para pasar simplemente todo un día conduciendo/ agarrándome a ti, nunca pensé que sería así de claro). Quizás mi visión puede estar mediada por el hecho de haber convertido involuntariamente a esta canción en la banda sonora de la despedida con mi novia en aquel exilio de dos meses en México. Es posible que María no lo sepa, pero de cierto modo, a Cayman Islands siempre la vi como our song.

Epílogo:
Nunca me gustó la fiesta de la nostalgia. En alguna época creí que me gustaba, pero me costó algunas cuantas fiestas tan caras como horribles para darme cuenta de que no. Principalmente, el problema lo tengo en festejar una nostalgia que ni siquiera es mía, como si en mi adolescencia soliera bailar con minas al son de Last train to London. De la misma manera, hay tantas radios que se dedican a pasar oldies –sobre todo las que se sintonizan en oficinas y peluquerías no tan cool-, que escuchar aquellos temas que marcaron la vida de nuestros viejos no tiene nada de especial, ya que los venimos escuchando tanto como un ringtone de Miranda.
La cuestión es que María y yo íbamos a ir a una fiesta organizada por sus hermanos, en la que se iba a poner temas hip hop de la old school. Escuchar a Public Enemy y NWA era un buen consuelo, siempre me gustaron aquellos temas, ese beat denso, y ese espíritu combativo, anterior a la época en que los negros cambiaran sus calibres treinta y ocho por diamantes y automóviles saltarines (aunque ya había algo de eso en aquellos tiempos). María me dijo que me preparara bien, cosa que en mi caso consiste suplantar mis camisetas de bandas por una camisa. Incluso intenté ponerme mi sombrero de Tom Waits pero o mi cabeza creció, o mi sombrero se encogió, porque no me entraba. La cuestión es que María se había puesto ultra gata, con botas de cuero de taco alto, calzas y un chaleco de piel sintética. Ya le había advertido de que se ponía aquella ropa bajo su propio riesgo, pero considerando que era uno de esos días en donde se podía vestir como quería –sería muy gracioso verla vestida con aquella ropa en el mar de lana de mi facultad-, terminamos tomándonos el ómnibus sin cambiarse una sola prenda. Cuando entramos al local se generó una especie de silencio digno de películas estadounidenses. La mayoría estaba de camisetas y vaqueros, o envueltos en esos capullos en los que algunos raperos parecen aguardar para una futura metamorfosis. Las minas tampoco estaban muy vestidas. Fue así como en cierto momento de la noche, fijándome a mi alrededor –y sobre todo, fijándome en la cara de algunos tipos bastante hambrientos- me puse a pensar si el caso de María y yo no era uno de esos dignos de Hot chicks with douchebags. Por mucho tiempo había mirado aquellas parejas desde la vitrina, pensando, por qué es que la hot girls siempre terminan con pelotudos.
Voy al baño y tras dejar que unos merqueros se empolven la nariz, me miro al espejo y me saco una lagaña de la que no me había percatado en toda la noche.
Me subo la bragueta y me digo “hay veces que uno es tan perdedor, que ni siquiera se da cuenta de que ya ganó”.