Tuesday, March 31, 2009

There were business as usual, with the same old fears and frustrations
Pasé de la cocina al living y vi a mi perro con la lengua para afuera, como si fuera el perro de Dyer en este cuadro de Bacon. Lo había divisado con el rabillo del ojo, di unos tres pasos. Cada uno de ellos era una posible explicación de lo que acababa de ver. Al cuarto paso me detuve. Iba a ver de vuelta Tropic Thunder en el DVD, pero giré lentamente sobre mis talones y lo vi. Estaba hecho un ovillo, la lengua para afuera, pero no la misma lengua que había visto durante los últimos trece años. Era una lengua pesada, como esas que me impresionaban tanto cuando era niño al ir a las carnicerías con mi madre. Siempre me dije que podría comer cualquier cosa, sesos, tripas, ojos, pero nunca esas lenguas entumecidas que me observaban como GeoDucks esperando comunicarme una sola palabra amputada. Pero mi perro estaba ahí y me puse a intentar divisar algún signo vital. No parecía moverse, chequeé visualmente las costillas y no se inflaban y desinflaban como uno puede se puede esperar. Pasaron diez segundos y ahí me invadió el pánico. Crucé el living, caminé a paso rápido por el corredor (pensé en trotar, pero preferí caminar para no generar sospechas, ¿pero sospechas a quién?) y me encerré en el cuarto. Me quedé ahí en silencio. El libro de Carver ya lo había terminado. Iba a releer unas cosas de Felipe Polleri, pero tras pasar una carilla la imagen de la boca abierta de mi perro, esa lengua independiente como un cangrejo saliendo de su caparazón, revoloteaba sobre mi cabeza, como una polilla desquiciada regando como un avión a chorro todo su polvo ceniciento. Puse His ‘n’ hers de Pulp y lo saqué en seguida, pensando que si se moría mi perro, esa canción iba a estar condenada a estar por siempre asociada con aquella muerte. Sin más que hacer, me quedé sentado en mi cama. Esperando. Me di cuenta de que lo que realmente me aterrorizaba no era la muerte de mi perro (aceptémoslo, tiene trece años y un tumor cerebral que le genera cada tantos unos ataques dignos de Ian Curtis), sino el hecho de ser yo quien encontrara su cuerpo. Entonces estaba ahí, esperando lo inevitable. Estaba con la vista en mi estantería y con la puerta trancada. Pensaba “ahora mi madre va a gritar y va a ser oficial”. Pasaron doce, veinte minutos. No hubo ningún grito. Mi madre preparaba la comida, por lo que capaz que todavía no había llegado a ver el cuerpo en el living. “Tengo que decirlo”, y pensaba que dos años atrás me tocó enterrar el boxer de María. Estábamos viendo un E-true Hollywood Story sobre la vida de alguien que no le importaba a nadie y entra la madre, se queda mirando el suelo y dice “Max?...”. Con solo la pregunta, sin la respuesta o la no respuesta de Max, María y yo supimos que ya estaba muerto, que había muerto entre nosotros sin ningún dramatismo, tan natural como la tos de alguien durmiendo. Ni bien me di cuenta del asunto realicé todo con la frialdad de un obrero cárnico. Tomé la pala, hice un pozo en el jardín, tomé el cuerpo de las dos patas, lo arrojé y lo tapé. Apisoné la tierra con los pies. La alisé con la pala. Fueron minutos después cuando todos los perros de la manzana comenzaron a aullar. Yo soy un hombre de ciencia, y no quise expresar aquel escalofrío a María, que miraba hacia el sol tapado por las nubes sabiendo lo que yo pensaba, y sabiendo que yo sabía que ella sabía. Se quedó en silencio y dijo “me dijeron que hay un truco para hacer que se callen todos los perros”. Yo le pregunté cuál y ella me pidió que me sacara los zapatos. Me los saqué sin preguntar nada y puso el derecho arriba del izquierdo. En el mismo momento que los puso, los perros dejaron de aullar. No dijimos nada, pero nunca presencié nada igual a aquello.
Fue recién cinco horas después que me di cuenta de todo lo que había ocurrido. Vi la tierra entre mis uñas y de repente todo se había vuelto completamente absurdo, mis apuntes, las listas de discos que me quería comprar diagramados en mi cabeza, alguna mina que me estaba mirando –o no- en la clase, la vuelta en el 121 a mi casa.
Ahora estaba en una situación similar, solo que en vez de tomar la pala, no podía hacer otra cosa que estar encerrado en el cuarto, sólo esperando que lo terrible se presentara, como un entomólogo esperando a que una mariposa salga del capullo. La asociación no es gratuita, ahora que lo pienso. Había leído por ahí que Aristóteles –que entre las quinientas mil cosas que hacía, era un entomólogo envidiable- nunca quiso tratar mucho el tema de las mariposas, o más bien, el tema de las metamorfosis de la cristálida en mariposa. La conclusión que sacaba un historiador sobre el respestuoso silencio de Aristóteles, era que la mariposa -uno de los animales más asociados con lo vital, la plenitud- no era un nuevo ser regenerado, sino el espíritu desprendiéndose del cadáver. También pensaba en esa teoría cuántica de que si uno echa ácido sulfúrico en una caja cerrada con un gato adentro, antes de abrir la caja para ver cuales son los resultados, el gato está vivo y muerto al mismo tiempo. Entonces me daba cuenta de que estaba pensando en mariposas, cajas y gatos para olvidarme por un segundo de que no muy lejos habia un jodido perro muerto en el living. Sí, todos esos rodeos teóricos se extinguían ante la posibilidad del grito de mi madre diciendo “Agustín, por favor, vení”.
Y lo esperé.
Y se hicieron una hora y media.
Fue entonces que escuché el grito de mi madre, pero como nunca lo habría imaginado, completamente calmo, diciéndome que estaba lista la comida. Caminé por el corredor con cada paso pensado como si fuese el último. Ibamos a comer en el living. Ibamos a comer en el living con un perro muerto. Por un momento se me ocurrió la loca de que íbamos a comernos a nuestro propio perro. Pero entonces llego y está Blas parado en sus cuatro patas, esperando poder garronear algo del nuevo novio de mi hermana.
Verlo es casi como ver a un fantasma. Mi pecho se llena de nuevo aire.
Mi madre: ¿le ponés huevo duro a la ensalada?
Yo: “no, así esta bien”.

Este es un post que una gran cantidad de gente odiaría leer –y que posiblemente ni se atreverá a hacerlo- ya que se basa en esa cuestión tan terrible que es la de la revelación de finales de películas. Fue a partir de una conversación que tuve con Guzmán, en la que hablábamos de los finales de películas con explosiones incluidas. Para Guzmán era una mera excusa para hablar de Dr. Strangelove, con esa escena del Cowboy cabalgando una B-2, mientras que yo me puse a recordar aquella divagante vuelta de tuerca de Zabriske Point y el final de Fight Club. Pero después la conversación comenzó a reprocesarse en mi cabeza y terminó con la lista de mis once finales favoritos del cine, que, como es de costumbre, hicieron sinapsis con esa región de mi cortex cerebral cuyo nombre científico es “Esto puede servir para un post”.
Sin más que decir, acá la lista:


11-Sleepaway camp (Robert Hiltzik, 1983)
Sleepaway camp es de esas películas que podrían aparecer en una desidiosa grilla televisiva de viernes trece, una imagen de fondo agitándose en el televisor de un pijama party en donde toda los púberes están más interesados en jugar al juego de la botella que en sentir auténtico terror. La película está fulera en varios sentidos, y en sus 5/6 de film no se separa mucho de las exigencias del género slasher, sólo que en vez de adolescentes al borde de la adultez –como se suele optar en la mayoría de las películas, generalmente para poder mostrar más tetas sin reparos de conciencia- acá son púberes, preadolescentes, que más allá de su edad –o me gustaría dejar de ser un viejo y decir por su edad- son bastante cachondos y putean como marineros. Naturalmente, comienzan a sucederse asesinatos, casi todos efectuados en un marco que se garantizan el beneficio de la duda: nada de machetazos de lleno en el cráneo, acá hay ahogamientos, gente calcinándose con hoyas de agua hirviendo, bullies comidos por las abejas, o sea, pretty ambiguous stuff. Recién en la recta final la cosa se pone más jodida, y casi como en un killer rampage digno del amok malasio, se mata a una considerable cantidad de niños y animadores. Bueno, hasta acá nada fuera de lo común, pero todo se va a la mierda, a la recontra mierda en el final. La película estaba centrada sobre un chico y su prima, una niña cohibida menos sensual que Joey Ramone en tanga que intenta esquivar todas las bravuconerías del resto de los niños en esos Summer Camps tan obsesivamente citados en las películas yanquis. Más allá de la apariencia inentrable de la niña y su personalidad acorde, las situaciones se dan para que un chico sensible y gentil comience a cortejarla. Cuando comienza a enamorarse, todo se va downhill porque el pibe bueno termina cayendo presa del cachondeo de una pendeja que parece que sufriera de fiebre uterina. Es ahí que, al mejor estilo homérico, cae el puño de los dioses sobre el campamento, produciéndose el festín sangriento que había mencionado unos renglones más arriba. A pocos minutos de este terrible encadenamiento, vemos que, más allá del rencor, la niña invita al chico que la cortejaba a nadar en el lago. Es ahí donde viene el momento completamente wtf del film –posiblemente uno de los más bizarros que haya presenciado. Uno de los animadores sobrevivientes se acerca a la niña y ve que está acariciando la cabeza de su enamorado. Cuando se acercan un poco más, se dan cuenta de que es exactamente eso: sólo la cabeza. El tipo le dice algo a la niña y ella se levanta. Un zoom out va pasando de la cara –un gesto terrorífico, casi inhumano se talla en su rostro- al resto del cuerpo. Está desnuda. Cuando la cámara llega a enmarcarla más allá de la cintura la vemos. La vemos.
Un pene.
La niña era un niño.
Eso no explica nada, no sirve para justificar nada de la película –los asesinatos no necesitaban ninguna fuerza particularmente masculina ya que eran más astutos que fieros-, pero funciona de una manera perturbadoramente efectiva. Toda la gente que conozco flipó con aquel final, y la conclusión que se puede sacar no es que su constructo simbólico se descalabra sobre la revelación de que la asesina es quien menos esperaban –más o menos, la estructura nitrogenada de cualquier film del tipo whodunnit-, ni tampoco en el hecho de descubrir que la niña no era tal cosa. No, lo que resulta terrorífico no es nada de aquello, no es nada metafórico ni metonímico, es sencillamente eso: el pene. Ese pene suelto, perdido en un lugar donde no debería estar. Una parte que se morfa al todo, un agujero negro que destruye las gestalts. El impacto es casi omnipresentemente efectivo porque toca la fibra misma del núcleo duro de cualquier situación traumática. Una súbita invasión de lo real, con un sistema simbólico que no puede encorsetarlo dentro de su red. Todos en Sleepaway Camp se quedan paralizados, no por lo que debería ser narrativamente impactante –digo, a mi por lo menos me impactaría descubrir un@ asesin@ con la cabeza decapitada de un niño en su regazo-, sino por un objeto sencillo, perdido en un lugar donde no tendría que estar.

10-Usual suspects (Bryan Singer, 1995)
La historia de las vueltas de tuerca vienen de mucho tiempo atrás y posiblemente se remitan aún más allá de El gabinete del doctor Caligary (cuando se plantea que toda la historia había sido producto del delirio de un internado en un psiquiátrico). Sin embargo, desde mediados de los noventa hasta nuestros tiempos recientes el recurso se fue banalizado, vilipendiando, usándoselo de manera indiscriminada y muchas veces errónea. Uno ya llega a ver las películas sabiendo que a cierto minuto del film, generalmente al 4/5 del film, la historia pegará un vuelco que nos dejará a todos contentos. El final inesperado, el mago saca otro aburrido conejo de la galera. Y todos contentos. Me acuerdo el final de Sexto sentido. El desarrollo de la película era casi como una mera excusa para el final. Era la primera vez que el final estaba más publicitado que el film en sí –con todos los riesgos que ello acarrea-. Posiblemente el hecho de que todos me dijeran lo increíble que era aquella vuelta de tuerca, terminó por decepcionarme, o anticiparme a lo que iba a ocurrir. Por aquella época no sabía mucho de cine, y más allá de que me pareció el final ciertamente inflado, no fue algo que me molestó de sobremanera. Sin embargo, viendo el resto de la filmografía de Shyalaman me di cuenta de que no tardó en convertirse en un one-trick-director. Sus filmes eran teleológicos, pero en el mal sentido de la palabra. Estaban articulados en base a eso, en el momento de deslumbramiento en donde nos damos cuenta de que el protagonista es un fantasma, o en donde nos damos cuenta de que una pueblo rural del siglo XIX es en realidad una especie de comunidad Amish hipertrofiada, existente en la actualidad. Lo malo de este tipo de finales es que lisa y llanamente nos están forreando. El director sabe algo que nosotros no sabemos y nos lo muestra al final. Está jugando con nosotros. Se dedica a patear la pelota al banderín del corner para encajarnos un contragolpe al final. Diría más, tiene comprado al juez. El es el juez. Las vueltas de tuerca –tal como me lo dijo Darío en una ocasión- tienen sentido en tanto se presenten y tengan coherencia con material ofrecido al espectador. Se puede concebir la omnisciencia del narrador, pero en el caso de este tipo de finales, aquello termina resultando una asimetría molesta, hipócrita, altanera. En cierto modo no sé hasta qué punto Usual Suspects se somete o no a tales imperativos. Hacía tiempo tenía ganas de verla, pero temía aquella triste sensación presenciar el mal envejecimiento del film, o que no está a la altura de su recuerdo. Sin embargo, el final funciona, y sigue impactando cómo se va enderezando la pierna de Kevin Spacey mientras se va de la sala de interrogatorio y al detective se le cae en raelenti su taza de café.
09-Mi mejor amigo (Werner Herzog)
El binomio Herzog-Kinski era un compuesto que en sus uniones y separaciones generaban mayor energía que la de dos núcleos de uranio. Uno ha leído, estudiado, e incluso conocido relaciones enmarcadas en una dinámica amor y odio, pero en la bina H/K el lenguaje se queda corto, o al menos hay que repensar la idea de odio y amor desde sus bases. Porque vamos a ser claros, estamos hablando de dos personas que llegaron a planear la muerte del otro, donde incluso, ante la amenaza que Kinski abandonase el rodaje de Fitzcarraldo, Herzog lo obligó a terminar con una escopeta del otro lado de la cámara. Ante tales situaciones, uno pensaría, "bueno, acá se acabó", pero luego se dieron nuevos encuentros, nuevas cofradías, nuevas películas en donde los conflictos de siempre aparecían, al borde de lo físico, como si fuesen dos polillas drogadas revoloteando alrededor de una lámpara, sabiendo que bastan dos centímetros más, dos centímetros menos, para morir de un golpe de corriente. Y posiblemente los dos eran bombillas y lámparas entre ellos. Dos dopplegängers, todo lo que uno no era lo era el otro, y en su separación nunca iban a ser los mismos –no es sorpresa que aún hoy los films más inolvidables de Kinski y de Herzog son los que estuvieron en colaboración.
Mi mejor amigo siempre pivotea entre el inmenso afecto, el odio y el terror que le generaba Klaus Kinski a Herzog. En el mismo documental, casi se lo presenta, más que como una persona, como una fuerza en bruto indomable, un toro que uno puede utilizar para arado pero que en cualquier momento puede enterrarte una cornada, algo que se ve en la misma comunión con la naturaleza casi romántica que caracteriza la obra y el pensamiento de Herzog.
El día que murió Kinski, Herzog dijo que, en cierto modo, sintió un extraño e innombrable alivio. El destino estaba marcado, nadie puede actuar, vivir como Kinski lo hizo y esperar que su mente, su cuerpo, su piel, sus células, sus mitocondrias sigan sintetizando encimas por energía pasando los sesenta años. Una vez me contó un ex torero que los banderilleros pican a los toros no por el mismo espectáculo –cruento, de acuerdo-, sino por ser la única manera para evitar que se le explote el corazón en la plena corrida. De la misma forma, puede ser que Herzog haya sido ese banderillero que permitió que por lo menos en un tiempo, Kinski no fuera sólo un candidato más para una operación de lobotomía, o un terrorista, o un asesino a sueldo, o un suicida hermoso. Y sin embargo, en la última escena del film, el alemán muestra ese momento íntimo de Kinski con una mariposa subiéndosele a diferentes partes del cuerpo. Kinski juega con ella, sonríe y mira a la cámara, y aquel claroscuro de una bestia sosteniendo algo tan frágil, como una pinza mecánica tomando una bombita de luz, lo hace casi un apax en toda la filmografía de los dos.
Tal final es una de las mayores muestras del cine como un acto de amor.

08-The night of the living dead (George Romero, 1968)
Posiblemente mi favorita de la trilogía de George Romero, The night of the living dead es un dedo en el culo a todas las convenciones narrativas y cinematográficas de Estados Unidos. La historia, en bases generales sigue el manual de instrucciones: muertos vivos tan lentos como persistentes por doquier, mujer aterrorizada huye a casa abandonada, se encuentra con otros sobrevivientes y film que se desarrolla, huis clos, durante el sitio del improvisado refugio. Más allá de que hablamos de George Romero, The night of the living dead sería una película más de género, si no fuese por el final. La joven y esperanzada pareja muere, la chica del comienzo muere, la madre es asesinada por su hija zombi a la que cuidó desde el comienzo del film y el negro que se puso el equipo al hombro desde el principio, luego de lograr sobrevivir a la embestida zombi, muere del disparo de una guardia urbana improvisada para aniquilar la invasión. No sólo contento con eso, el final de la película presenta imágenes de diario mostrando cómo los tipos se llevan al indiscutido héroe del film con ganchos de carnicero, como si fuese un despistado venado muerto en la carretera. Su misma muerte es tan momentánea, tan carente de pathos, que acentúa esa sensación de amargura que sólo tienen las victorias pírricas, esas victorias que duelen más que cualquier derrota devastadora o contundente. Porque a diferencia de Dawn of the dead, donde se da una pequeña reafirmación de la vida en un marco donde todo está perdido (los dos protagonistas escapándose del centro comercial, más allá de que uno se da cuenta que el mundo perdió, y eventualmente ellos sufrirán la misma suerte), The night of the living dead funciona exactamente al revés: la humanidad ganó –al menos momentáneamente-, pero eso no importa, no nos importa, en tanto se mató al único héroe moral del film, aquello a través de lo cual podíamos sentirnos parte de esa humanidad.
Podría decirse que la película de Romero es una de las grandes joyas de la misantropía humana (esas perlas negras y brillantes, aguardando en conchas bituminosas e infectas). Haciendo oídos sordos al componente racista que más de uno podría alegar –en algunas circunstancias más de uno mencionó la similitud de ciertas escenas del sitio con la filmación de las huestes del Ku Klux Klan en El nacimiento de una nación, además del hecho de situarse el film en Pennsylvania, un estado cuyos habitantes no son precisamente los Jefferson-, la película funciona de una manera completamente misántropa, no por la invasión en sí, sino por la forma en que el sitio va desnudando las diferentes formas de intercambio humano en esas circunstancias en donde el instinto de vida llega a resultar lo más mortífero de todo. La mayoría de las películas de grandes catástrofes, en general siempre funcionan como arcos dramáticos para demostrar el eventual ethos de la humanidad en su forma de formar lazos de fraternidad y reorganizarse en situaciones en donde se ve uno a uno completamente desnudo frente al borde de su existencia. En esta película no sucede eso, siendo el padre de familia quien traiciona sistemáticamente a los planes de salvación del negro. El átomo familiar –la base de la sociedad en que vivimos, tal como dicen todos los defensores de la american way of life, y algunos nacionalistas vetustos del estilo-, se muestra como un archipiélago antártico, una organización a lo every men by himself, donde lo que sucede más allá de sus bordes poco importa. El padre de familia insiste constantemente en encerrarse en el sótano y dejar al negro afuera, y es en esa misma técnica de avestruz que se tiende a sí mismo una trampa –y no hay peor trampa que la que uno se tiende a sí mismo-. La familia como concepto en sí implota. La niña despierta de su muerte y asesina a la madre, quien prácticamente se entrega a su fin. El padre, en un último acceso de sabotaje es disparado por el negro –como tenía que ser- y baja hasta el sótano, para morirse en el lecho de su hija. Eventualmente toda la familia resucita y el negro no le tiembla el índice a la hora de aplicar rifle sanitario a cada uno de ellos. En una sinfonía de cuatro movimientos, se pasa aplanadora sobre el mito de la fraternidad, el estado y la familia.
¿Quien necesita poner en un ring a Rousseau y a Pangloss cuando se tiene zombis?

07-Él (Luis Buñuel, 1953)
En materia de cantidad, posiblemente Luis Buñuel sea el director con mejores finales de la historia del cine. Cada uno de sus remates es un mensaje encriptado, el enigma de la esfinge reclamando los ojos de quien intenta resolverlo. La técnica de Buñuel es variada, a veces recurriendo al simbolismo (las ovejas entrando a la capilla en El ángel exterminador), a veces con súbitos estallidos de violencia que se escapan de todo lenguaje (la explosión en Ese oscuro objeto del deseo, o la repentina revuelta y represión policíaca en El fantasma de la libertad, en que no se ve nada más que la mirada de los impávidos animales de un zoológico presenciando aquello), o, y este es mi recurso preferido, introducir un elemento flotante, casi invisible que es como un errante neutrón libre transformando toda la composición nuclear del film. La última escena de Belle de jour no puede ser más ambigua. El esposo que parecía completamente paralizado se levanta, sin la sorpresa que podríamos prever en Catherine Deneuve, y se escuchan, provenientes de ninguna parte, casi como si fuese una alucinación colectiva, las campanillas de la carroza con que comienza el film –la escena del lanzamiento de barro y excrementos a la belleza frígida de la protagonista al comienzo de la película. Esas campanillas apenas audibles son ese neutrón libre dirigiéndose a una fisión inminente, como un barquito de papel remontando una corriente hacia una boca de tormenta.
De toda la filmografía de Buñuel, todo el mundo cita un gran espectro de películas –es uno de esos directores sobre los cuales es casi imposible definir la obra esencial de su carrera- pero casi nadie habla de El (1953). Posiblemente la razón sea que no es una película suficientemente extraña para la gente que busca en Buñuel el perfecto pack de fetichismos y referencias surrealistas, generalmente considerándosela una obra menor, un melodrama folletinesco con el que el aragonés intentaba meterse algunos billetes en el bolsillo. Sin embargo, es en su aparente normalidad que El es un film extrañísimo, yo diría uno de los más enigmáticos de Buñuel. La historia trata sobre eso personales tan buñuelescos, Francisco Galván, un devoto hombre de iglesia que se enamora de Gloria Milalta en un rito religioso curiosamente erotizado. Ella está en pareja pero termina por lograr seducirla, haciéndola eventualmente su esposa. A partir de ahí, se desarrolla el conocido amour fou de la filmografía de Buñuel, progresivamente convirtiéndose en un paranoico celotípico, cada vez más cerca del borde de la desintegración psíquica. Más allá de las reconocibles referencias y la obsesión por la religión y el sexo, la película sería un melodrama más, de esos que abundan en librerías y cine si no fuese por el final. En el momento álgido de sus celos, el protagonista pierde control de sí y comienza a destrozar cual Orson Welles en Citizen Kane todo lo que encuentra a su paso. Es ahí que se aferra a un acto absurdo, como esos ritos que incurren las personas en los pródromos a una agudización de la psicosis para evitar el derrumbe eventual de todo su mundo. El tipo arranca una baranda de la escalera y comienza a golpear, escuchándose constantemente el sonido metálico del choque. Es ahí donde lo apresan y lo internan en un monasterio. Una elipsis temporal muestra que su mujer tiene una nueva pareja y va a obtener noticias de su salud al monasterio. El párroco le dice que está mucho mejor, que encontró nueva tranquilidad bajo el ala del señor. En la última escena vemos al párroco hablando con un Fernando mucho más tranquilo, viendo cómo la pareja se pierde en el horizonte. Cuando podíamos pensar que aquello es un final feliz, redondo, escuchamos perdido en el aire, el sonido metálico de aquel último acto absurdo del protagonista. Tal sonido es una rajadura imperceptible en todo consuelo final que podíamos hacernos del desenlace. No sólo desde su ambigüedad nos hace pensar sobre qué es lo que aquel sonido que expresa, sino que es, en cierto punto, una constatación de las sospechas del protagonista –la nueva pareja de Gloria, es, en efecto, la primer persona en quien depositó sus incontrolables celos. Es verdad que una paranoia como entidad noseológica no puede ser revocada por medio de la verdadera constatación de sus sospechas, siendo más bien determinada por el sistema cerrado y autoafirmativo con el que la persona interpreta el mundo –por más cercano que esté a la realidad, a decir verdad, la paranoia es una locura razonante. Sin embargo, ese último sonido, discreto y perdido en la inmensidad, nos deja la pelota en nuestra cancha, y nos genera un pequeño escalofrío el interpelarnos sobre quién en definitiva creer.

06-Dogville (Lars von Trier, 2003)
Lars von Trier es un perverso hijo de puta. Eso ya todos lo sabemos. Sus películas tienen algo tóxico, una ósmosis misántropa jodidamente coherente que se va metiendo por los poros. Se podría decir que cada vez que veo una película de Trier, me siento un poco peor persona, y eso es algo interesante, algo que muy pocos directores han logrado hacer –Harmony Corine, por cortos momentos; Soddondz, de una manera un poco más obvia, pero igualmente intensa; Herzog, pero de una forma más poética y tamizada; quizás Buñuel, siempre igual adscribiéndose a los terrenos de la religión y la moral.
Trier no sólo es conocido por ser sádico con sus personajes, sino también con sus actores. Björk decidió retirarse definitivamente de la actuación después de su traumática participación en la igualmente traumática Dancing in the dark, y lo mismo pasó con Nicole Kidman, de la que tuvo que prescindir a la hora de hacer Manderlay –extrañamente dando en el clavo, ya que la personificación por diferentes actores de un mismo personaje le da otra profundidad a la noción de parábola cristiana de lo que vá a ser el tríptico de Estados Unidos, tierra de oportunidades-. Según se cuenta, el danés encerró durante un mes a sus actores en un gigantesco hangar donde rodó sus películas, experimentando con ellos como si fueran sus ratas blancas en su propio laberinto de Skinner.
El ideal perverso de poner en escena el terreno en donde se juega el deseo y la culpa no sólo va en el trato del mismo con sus actores, sino con el mismo espectador. Es un Pepito Grillo sifilítico, hablándote al oído con un labio leporino, comido por pústulas, diciéndote cómo las cosas podrían ser de otra manera. En este sentido, el efecto más logrado de todos se ve en Dogville. Nicole Kidman es una mujer misteriosa, intentándose refugiar en un pequeño pueblo del asecho de una organización mafiosa. Al principio, con algo de resistencia, el pueblo la acepta, pero poco a poco la posición de tenerla como una mosca en la palma, a punto de cerrarse el puño, termina llevándolos por otro camino. Porque una caricia se puede convertir en una estrangulación con un solo abrir y cerrar de manos, cuestiones de medidas, más o menos newton de fuerza frente a un objeto blando. Al final la pobre Kidman va siendo objeto de tanta violencia, abusos y violaciones que haría sentir intimidada a la mismísima Coca Sarli. Las mujeres la humillan, los niños le tiran cosas. Se ha convertido en una paria, algo peor que una paria, como esas mujeres colaboracionistas nazis que en la restauración de la libertad en Francia las obligaban a pasear con sus cráneos afeitados, siendo puteadas y escupidas por todo el pueblo. Y lo particular de Kidman es que no está expiando un pecado –como podría decirse de estas mujeres francesas-, es tratada como tal por la mera posibilidad que se le ofrece al pueblo. Te mutilo, no porque quiero, sino porque puedo. Y es ahí que en la explosión de su mismo goce perverso, el pueblo se pisa el palito. Le entregan a Kidman a la mafia, sólo para enterarse de que es la hija del capo principal. La situación cambia por completo y Kidman tiene la posibilidad de vengarse en tiempo y forma. Y es ahí donde se encuentra la maestría de Lars von Trier. Nosotros deseamos que se vengue, queremos que se trague a ese pueblo de mierda como un verdadero monstruo de Leviatán. La venganza es un plato que se come crudo y a nadie le interesa realmente ofrecer su propia mejilla, cuando puede agarrar la cara del otro y pelarle su propia mejilla con una navaja como si se estuviera haciéndolo con la piel de una manzana. Debo admitir que festejé cada disparo, cada casa incendiada, cada niño metódicamente asesinado –la escena de que Kidman le dice a una señora que matará a cada uno de sus hijos por cada vez que llore- y recién después de todo lo sucedido, como quien se despierta en el sótano de automotora 18 luego de una fiesta con un dos putas birmanas y con unas extraña sensación pegajosa en el culo, uno se da cuenta de la resaca culposa de sus propios excesos. Y uno sabe que, más allá de la pantalla, tal como en el final de Manderlay –donde el personaje principal es descubierto convirtiéndose en aquello que nunca quiso ser, aquello frente a lo que luchó-, mientras que estamos viendo el cuarto de hotel destruido en que nos despertamos, sentado en su sillón de cuero está, Lars von Trier, tomándose un whisky, riéndose bajito.

05-Mulholland Drive (David Lynch, 2001)
La otra vez Benito me contaba sobre la primera vez que Bukowski vio Eraserhead. Como todos sabemos, Bukowski nunca fue un gran fan del cine, pero cuenta que en una de esas cotidianas jornadas alcohólicas, sintonizó en la televisión el primer largometraje de David Lynch. Bukowski dice que vio aquella película de principio a fin, sin saber nunca para dónde iba realmente, pero que fue de esos pocos casos en donde todo encajaba. Todo tenía sentido, más allá de que no sabía cuál era. A diferencia de Eraserhead -que sí, es genial, posiblemente más que la película de la que estoy hablando-, esa sensación me sucedió con el final de Mulholland Drive. La película tiene, a la vez que uno de los mejores comienzos que recuerde (no tanto la escena del choque de autos, sino la que viene después, la del tipo hablando con su psicólogo en un diner sobre un sueño que tuvo), un final que cierra todo perfecto, aunque no sabemos qué cierra, porque posiblemente sea un cierre construido como un Ouroboros. Luego de la mujer de pelo azul susurrando “silencio”, la pantalla se funde en negro, y ahí siempre termino mirándome con la persona que estoy viendo la película. El terror de la escena de los viejos, en contraposición de ese final lánguido, humeante y misterioso es una misma prueba de fuego que me ha permitido probar a ciertas personas. Casi en el momento mismo de verlo con alguien, si la persona se queda colgada con el final, se forma una especie de cofradía, uno termina haciéndose más amigo de la persona, por más que lo conozca desde mucho antes (como el caso de el fino, a quien introduje al mundo lynch, a su beneficio o a su pesar, quién sabrá), al mismo tiempo de que si a la persona en cuestión no le cuelga, se quema un puente, se termina rompiendo algo que difícilmente pueda a volver a unirse de la misma forma que antes.

04-Cero de conducta (Jean Vigo, 1933)
La primera vez que vi una película de Jean Vigo fue dos años atrás, en la disquería-librería Virus. Por supuesto, en ese momento no sabía que era de Jean Vigo –ni, a decir verdad, quién era Jean Vigo-, y ciertamente no lo supe hasta unos meses atrás. Nunca llegué a conocer a fondo al dueño de Virus, pero siempre creí (o quise creer) que era un ex punk intentando despojarse, no tanto por dinero, sino por algo más hondo y difícil de cartografiar, de muchas de sus pertenencias provenientes de una vida que quería dejar atrás. Ni bien descubrí aquel oasis perdido en un recoveco oscuro de la calle Mercedes, me convertí en cliente habitual del lugar. Intentaba hablar con el tipo, arrancarle algo de ese pasado que me gustaba llenar con imbricadas escenas inventadas por mí, pero nunca llegué a conocerlo a fondo. No supe cómo se llamaba –nunca se dio la ocasión de preguntárselo-, y le terminé bautizando con el nombre de su local, porque, a fin de cuentas, él y su local eran para mí una entidad indivisible. Es así que cada cosa que compraba me generaba una extraña culpa, como si le estuviera extirpando un órgano, o alguna hueso de su cuerpo. Más que nada, me resultaba extraño cómo te vendía un disco de Jesus Lizard, o una edición inconseguible de Zap Comics como si fuesen 200 gramos de lionesa primavera. Un par de veces –esto es verdad, no es un mero lirismo mío para embellecer el post- le llegué a pagar más de lo que me pedía por la lástima que me daba la forma en que se iba despojando de todo lo que alguna vez llegó a estar en una mochila de cuero llena de batallas perdidas, en un cuarto sucio que supo ser suyo, o en la casa de una novia olvidada, reposando en esas cajas de cartón llenas de discos, libros y preguntas que todos conocemos. Pero aún así, un día, luego de pasar vacaciones en un balneario de la costa de oro, pasé por Virus y aquello se había convertido en un inmundo kiosko azul regenteado por una mujer fea, con posters de Nevada, el Quini y Yerba Canarias cegando a vidrieras en que unos meses atrás supieron tener al Please Kill me y una biografía de Siouxie and the Banshees. Ahora intento reordenar aquellas imágenes y se me borran. Lo que sí recuerdo fue el último día que vi a Virus. Me había dado cuenta de que estaba llegando demasiado tarde a una clase y decidí visitar el lugar para pedirle que me reservara unos números de Molecular (un fanzine con más empeño que estilo impreso en Solymar el año 1992). Cuando entré, el bigotudo estaba viendo un film en su computadora junto a otro veterano. Estaban bastante concentrados en una película en blanco y negro, con unos aristócratas tomando sol en una playa similar a aquellas imágenes de la playa Pocitos de principio de siglo. Me quedé viendo un poco y los tipos me dijeron que era un documental sobre Niza, y que era muy mala leche. Miraban los malecones, las mujeres de alta clase subiéndose las polleras para saltar un charco y cada tanto replicaban riendo “qué hijo de puta, que mala onda che”. Me resultaba completamente extraño, yo lo único que veía con el rabillo del ojo eran imágenes de la alta sociedad, palmeras silenciosas, monóculos, perros pitucos levantando la pata. Ya empezaba otra clase y me despedí de ellos. Cuando cerré la puerta escuché nuevamente “qué hijo de puta”. Luego vino el verano y cuando volví me encontré con aquel kiosko que no me daba el valor de apedrear.
Durante dos años anduve buscando aquella película de Niza. A medida que la buscaba, me daba cuenta de que no buscaba a la película, sino a Virus, el local y la persona, que existia por medio de ella. Como casi todo en la vida, encontré mi ruta a Niza en el momento en que dejé de buscarla. En Videoimagen hay un DVD con toda la filmografía de Jean Vigo (bah, “toda”, a recordar que la temprana tuberculosis que le dio muerte sólo le permitió grabar cuatro películas) y lo alquilé queriendo ver Cero de conducta. Venía con una película extra. Cuando la puse, fue de esos momentos mágicos, que eran como un breve guiño, como una carta de alguien importante encontrada olvidada dentro de un libro. Y fue ahí que pude darme cuenta de que sí, Virus y su amigo tenían razón, A propósito de Niza es una película muy mala onda. Luego de ver esta película y Cero de conducta, hay algo que queda claro: Vigo no es el más reconocido cineasta surrealista (no es surrealista in stricto sensu), pero técnicamente es el más brillante de todos. Los raelenti, las apariciones y desapariciones de objetos parciales, las filmaciones hacia atrás, el montaje psicológico y los fundidos, todo realizado como sólo quizás haya podido realizar Jean Cocteau, y de una manera mucho más sutil y orgánica. Cero de conducta en sí es un canto de cisne a la rebeldía juvenil, en la cual, tras su espíritu naive, se encuentra algo completamente revolucionario, una risa socarrona de dientes afilados, unos labios rojos que no se saben si son de sangre o carmín. La película tuvo un remake libre realizado por Lindsay Anderson, If…, que contaba con la actuación de Malcom McDowell, ya jodidamente anárquico previo a su encarnación en Alex de Large. El final de If... es de esos momentos particulares en los que uno no puede reparar en lo que está observando. En una institución de vieja raigambre aristocrática, se prepara la fiesta de fin de cursos. McDowell, su amigo y una mujer que uno nunca sabe si es verdadera o fantasma de su propio espíritu rebelde se suben al techo de la institución y comienzan a ametrallar y lanzar bombas a todos los padres, curas, profesores y exmilitares que salen de la escuela. Tal final es un No! gritado hasta dehilachar las cuerdas vocales, un acto de negación radical que no tiene ningún fin más que ese: el darse de lleno contra una pared para escuchar la armonía de los huesos quebrándose. McDowell y cia saben que no se van a salvar, pero igual no importa, seguirán disparando hasta que se le acaben las balas (¿no sería lo mismo que pensaban Eric y Dylan, justo antes de convertirse en pastelillo preferido de revistas matutinas que hablan de lo mal que está la juventud?). Sin embargo, lo más interesante sucede cuando se coteja las dos películas en cuestión. A diferencia del final sangriento de If…, Cero en conducta parece codificado desde un dialecto infantil, con la muerte a la autoridad reubicada como un acto simbólico –el izamiento de la bandera negra con la calavera y los huesos cruzados-, por así decirlo, con las versiones veladas de los cuentos para niños, y sin embargo, como sucede con toda fábula –que a fin de cuentas son envases alternativos para hablar de sexo y muerte-, el contenido y hasta la forma llega a doblar en violenta rebeldía su versión más contemporánea. Cero de conducta es una película completamente amoral, con una ironía incendiaria dignas de Mark E. Smith en donde las figuras de autoridad son reducidas a enanos barbudos, el cuerpo de maestros y padres convertidos en obscenos maniquíes, con auténticos actos sacrílegos, homoerotismo jugando al borde y desnudos integrales de niños. Es un caramelo envenenado, un parque de diversiones con hojas de afeitar en sus toboganes. En fin, una película que sólo podría filmar el hijo de un ilustre anarquista misteriosamente suicidado en prisión.
Cero de conducta con ese final tan lindo y a la vez tan jodido es, en definitiva, la película punk, desde lo más greilmarcusiano del término. Y todo esto se lo querría comentar a Virus, pero ya se debe haber encarnado en otra persona, en otro local, vendiendo discos que nadie sabrá qué son, en alguna otra Mercedes invisible del mundo.

03-Aguirre, la cólera de Dios (Werner Herzog, 1972)
Cuando lleguemos al mar, construiremos un gran barco. Iremos al norte y arrancaremos Trinidad a la colonia española. Desde allí seguiremos navegando… y le quitaremos México a Cortés. Qué traición más grande. Entonces toda Nueva España estará en nuestras manos y pondremos en escena la historia… como una obra de teatro… Yo, la cólera de Dios, me casaré con mi propia hija, y con ella fundaré la dinastía más pura. Juntos… reinaremos todo este continente. Resistiremos… Yo soy la cólera de Dios… ¿Quién está conmigo?
Solamente escrito ya es suficiente para helar la sangre. Pero al ver a Klaus Kinski –porque nadie, absolutamente nadie que no fuera Kinski podría haber protagonizado esa película- andar río abajo, completamente sumido a su último delirio megalomaníaco, mientras los monos invaden una barca en donde todos posiblemente están muertos, es el final más épico y trágico de la historia del cine.
Una vez me contaron de un internado particularmente violento que en la colonia Echepare andaba con un palo, golpeando todo lo que se le interpusiera en su camino, diciendo que era la pija de Dios. No sé si vio la película, pero es la viva imagen de lo que es Klaus Kinski en el film. La gente suele asociar la locura con cosas completamente extrañas a nosotros, pero generalmente hablan de nosotros mismos más que nuestra normalidad. En Aguirre... el final funciona, metonímicamente hace clic, porque toca esa pequeña fibra, aquel kraken dormido que llevamos dentro de nuestro corazón, y que sólo lo vemos en un arranque de ira, tras la supervivencia a un accidente de auto, o en medio de una caligulense jornada marquera. El poder como última droga, no una irrupción de la ley, sino un más-allá-de-la-ley, como el delirio último que nos enfrenta al mismo Dios, no es cosa nueva, y ya está en los mitos griegos, así como en el Coronel Kurtz de Apocalipsis Now, o el Tony Montana de la merquera y exagerada remake de Scarface, o el Frank-n-Furter de The Rocky Horror Picture show, pero también en John de Leyden, Gilles de Rais, Hitler, Ceacescu, Stalin, incluso en mí, cuando me agarrás en alguna de esas noches extrañas.

02-Blow up (Michelangelo Antonioni, 1966)
Swinging london, Cortázar, Las babas del diablo, Jane Birkin en tetas, Stroll on, Jimmy Page perdido por ahí y Jeff Beck destrozando una guitarra ante un publico que más que público es un fresco de naturaleza muerta, el fotógrafo revolcándose en el set con sus modelos, los negativos, el cuerpo perdido, esa pareja discutiendo al comienzo del film, el parque y el misterio irresoluble. Thomas se enfrenta a lo inenarrable del misterio (un misterio que es tanto sustantivo como verbo, un misterio que se va de lo puntual y se acerca a lo ontológico). El cuerpo estaba ahí, lo vio en la foto, pero cuando lo va a buscar, ya no está ahí. Camina cabizbajo y en una ruta sinuosa un grupo de mimos atravesando el campo a toda velocidad estacionan y se ponen a jugar un partido de tenis. Thomas, sin mucho más que hacer, se acerca al alambrado a presenciar el partido. No hay pelota, pero todos parecen verla, giran la cabeza en cada golpe de raqueta, yendo del campo de uno a otro de los contrincantes maquillados. Uno de los mimos le “pega” demasiado fuerte a la bola y sale disparada por encima de la cancha. La cámara –y esta es una imagen que vale por diez películas de Antonioni’s wannabes- sigue el trayecto de la bola, incluso reflejando un pequeño rebote cuando da contra el pasto. Los mimos se quedan viendo a Thomas y le piden con ademanes si le puede devolver la pelota. Thomas duda un segundo, los mira, mira hacia el suelo y piensa una vez más. Es entonces que se acerca y recoge la bola invisible y se la arroja a los mimos. A diferencia de aquellos que dicen que en las películas de Antonioni no pasa nada, en sus finales suele pasar mucho, por más que todo suceda a otra frecuencia, como esos indistinguibles sonidos que pueden hacerle sangrar el oído a un perro. Nadie sabe qué significa realmente la explosión repetida una y otra vez al final de Zabriske point, y nadie sabe realmente qué representa ese papel flotando en un tacho agujereado al fin de El eclipse. Pero funciona. El final de Blow Up es el único que podría existir para tal thriller epistemológico. Al fin de cuentas –y también incluyendo a Las babas del diablo, el cuento de Cortázar en el que se inspiró el tano- la obra es un drama platónico sobre el saber, la forma en que uno puede conocer algo, sabiendo que siempre todo se limita a ser observado desde su juego de sombras. El cine en cierto modo ha ordenado un montón de cosas que en un principio se encontraban en perfecta armonía con su fragmentarización. Si la materia prima base del cine es el tiempo (porque el cine sin tiempo, sin el tiempo que rige el encadenamiento de las imágenes, no es más que pura fotografía –aunque por ahí Chris Marker me caga esta teoría), el montaje no es otra cosa que el último y más eficaz intento por controlar y empaquetar aquello que siempre lo habíamos tomado como algo imposible de controlar del todo. Y la cámara (y la pantalla también) terminó resultando un vidrio polarizado tranquilizador que nos separa del mundo en su verdadera naturaleza.
El final de Blow Up no sólo funciona para Thomas, quien termina asumiendo el misterio irreductible de la vida, sino frente a nosotros mismos. Sin torcer las cosas mucho, Blow Up es un fin metacinematográfico sobre la linterna mágica que vemos como niños, confundiéndonos las proyecciones con la realidad. Así como Thomas, uno, al final de cada película, ya sea cuando se levanta de la butaca o cuando se incorpora de la cama en calzoncillos a hurgar en el último resto de comida que haga interesante la madrugada, por un momento también se agacha y devuelve esa bola mágica, dándose cuenta de ese hechizo momentáneo que nos hizo sentir miedo, calentarnos, ponernos contentos o moquear con meros fotogramas en movimiento estampados en una pared.

01-City Lights (Charles Chaplin, 1931)
Tal como lo dice Zizek en Goza a tu síntoma, en toda la historia del cine, Luces de la ciudad es tal vez el ejemplo más descarnado de un film que apuesta todo a su escena final, siendo la completa extensión del celuloide un mero puente extendido, una excursión necesaria para ese último coup de grace. Luces de la ciudad es la historia de un vagabundo y una muchacha ciega que lo confunde con un hombre rico. A partir de una serie de desencuentros, Chaplin no sólo es confundido por la ciega como un rico, sino también por un acaudalado mecenas, que cada vez que está en pedo lo trata como si fuera un invitado de honor (pero que cuando sale de su borrachera no tiene idea de quien es él). En este juego de sombras, Chaplin logra que el señor rico financie una operación ocular a la ciega, jugada que termina costándole la libertad, siendo acusado de robo y encarcelado. Pasa un tiempo y la operación ocular de la muchacha ha sido un éxito, no sólo recuperando la vista, sino también convirtiendo en un suceso la florería en donde trabajaba. Sin embargo, más allá del tiempo pasado, siempre espera aquel benefactor, anticipándose a su encuentro –y decepcionándose sistemáticamente- con cada hombre rico que aparece por la florería –no sabe cómo es su rostro, pero aspira a reconocerlo por la voz. Es ahí que viene la escena final. Chaplin acaba de salir de la cárcel, está caminando completamente desgarbado por la calle y al pasar por la vidriera de la florería, saluda a aquella mujer de la que estaba enamorado. Ella lo trata con cariño, pero con ese cariño mezquino, rayano con la lástima, esa desesperante cortesía que tienen las mujeres que se saben bellas con algunos de nosotros. Chaplin no va a decir nada, está dispuesto a ver todo detrás de la vidriera, seguir caminando, feliz por su pequeña victoria anónima. Pero ella se le acerca y le va a regalar una flor, y es entonces al agradecerle donde al tomarle las manos la chica dice “¿Tu?”, Chaplin asiente con la cabeza y le pregunta “¿Puedes ver ahora?” y la mujer le contesta “Sí, ahora puedo ver”. Vemos la cara de Chaplin, con esos ojos trepidantes que están tan cagados de miedo como emocionados, esos ojos que más de alguno de nosotros debe haber tenido en algún momento (con diferentes resultados), y entonces hay un fundido en negro y la película termina.
Hoy en día, con la neurosis costurera del cine, probablemente no se habría admitido un final así. Sin embargo, el final no puede funcionar de una manera más poética y poco importa lo que ocurra después, dentro o fuera de nuestro televisor, porque ese momento al menos es nuestro, y no hay sis ni nos que nos lo puedan arrebatar. Chaplin decidió cortar el film en ese momento de indecibilidad absoluta, recurriendo a una depuración completa de uno de los mejores y más sencillos diálogos que recuerde en los anales románticos de la historia del cine. La mujer puede ver, pero ve mucho más que lo que le permite una operación de glaucoma. Es ese momento ínfimo de las relaciones en que uno por primera vez ve a alguien, no por lo que representa, si no por la indecibilidad de lo que es, ese momento en donde dos personas se encuentran desnudas, con su onda, sus bandas o directores favoritos, su fama de malos o buenos amantes, sus posibilidades de caerle bien a sus respectivos suegros, sus amigos, sus guiñadas y sus ojeras, sus colchones y sus excursiones, sus barrios y su escuelas, sus apellido y sus apodos, como unos pantalones arrugados en el suelo.
No recuerdo ninguna escena del cine o de mi propia vida que capture con tal perfección tal momento. Ahora, viéndolo de vuelta, mi fanatismo por tal final comienza a adquirir un matiz distinto. Repito una y otra vez el rostro de Chaplin, y ahí me doy cuenta de que aquello me fascina tanto porque es mi propia noción privada de amor que me gusta tener alambrada, para observarla como un animalito pastando en una reserva para seres en peligro de extinción. Llega la certza: me quedo viendo esa escena por las mismas razones que hicieron decir a Lou Reed que a partir del primer beso, todo va cuesta abajo. Y me da miedo saber que nunca quiero saber lo que sucederá después, porque no hay nada que me interese más que esa historia, los rodeos a través de los cuales uno se funde con otro, las pequeños cuentos que se cuenta uno a sí mismo anticipándose o recordando algo que podría suceder o ya sucedió. Y me pongo a pensar si todo seguirá así así, si el resto de mis historias van a terminar como Luces de la ciudad, con esa última palabra y el fundido el negro, el fundido negro y el telón que se baja y se vuelve a abrir, para proyectar de nuevo Luces de la ciudad, en un teatro que tiene una sola butaca con mi nombre bordado en dorado sobre el terciopelo carmesí, como esos cines arteplex que pasan la misma película una y otra vez. Y lo más jodido es que mientras pienso todo esto, lo único que me preocupa es conseguir un poco de pop, porque empieza de nuevo la función.

Epílogo escrito un viernes, dos meses atrás
No quiso cerrar la puerta. Le digo, bueno, me tengo que ir y tomo el pestillo, casi sin reconocerlo, como un ciego buscando el bastón en su eterna oscuridad. Cerré la puerta. No pude hacerlo rápido, lo tuve que hacer lentamente, observando cada centímetro de ella que desaparecía, con sus piernas separadas, con su vista fija en el suelo. La puerta cerró, y ahí me di cuenta de que todo eso realmente estaba ocurriendo.
Camino por Lugano con un portarretratos en la mano. Era nuestro portarretratos. Era su portarretratos. Había veces que acostado en su cama me quedaba mirando el techo y de reojo la veía hacer ciertas actividades inocuas, barrer algunos pelos que quedaban en el suelo, reacomodar unos libros, verse reflejada mientras miraba una mancha en el espejo. Y siempre terminaba en el portarretratos. Yo hacía como que escuchaba música, o como si estuviera contando las manchas de humedad del techo, pero de reojo la miraba tomar el portarretratos, limpiar el vidrio y mirarnos a nosotros dos con una sonrisa, que temblaba como un botón de escote apretado, a punto de desabrocharse. No decía nada más, se quedaba viendo el portarretratos, yo con mi campra alemana, ella con un abrigo peludito, y le pasaba una franela, lo volvía a poner en su mesa y se dirigía a mí como si aquello, aquel pequeño gesto fuese una pequeña manía imperceptible, como un perro que esconde un hueso pensando que nadie lo percibió. Y por alguna razón yo me hacía el boludo y no le comentaba nada sobre aquello. Era nuestro portarretratos. Era su portarretratos. Y ahora estoy caminando por Lugano. Viernes, tres de la mañana. Soy un hijo de puta. Soy un asesino. Soy un asesino con una navaja oxidada, con la luna brillando sobre su filo. Soy un asesino con un portarretrato, con la luna brillando sobre su filo. Soy el amo de las palomas. Sé donde mueren por plombemia, en cementerios ocultos en casas y catedrales abandonadas. Soy un sepulturero de paredes grises. Camino por Lugano y sé que no voy a volver. Cuando vuelva, si es que vuelvo, la calle se habrá movido a un lugar donde el clima y los usos horarios son distinto. Camino por la calle adoquinada, giro sobre mis talones, no para encontrarla a ella, sino para despedirme de los jacarandás que se levantan contra 19 de abril. No llevo los lentes, se robaron otra vez el cobre de los cables, el violeta de los jacarandás no se deja ver en la oscuridad. Camino y a la altura de Aiguá se huelen los floripón y las dama de la noche. Por ahí siempre íbamos a comprar cervezas al Devoto. Y por ahí también paseábamos a Ramón. Y por ahí había un grafiti de una banda horrible que a ella le pareciá horrible y a mí también me parecía horrible, pero que no se lo admitía, sólo para molestarla un poco. Y después la otra calle, y los 185 que me doy cuenta de que más allá de todo seguirán pasando por ahí. Camino unas cuadras, pienso en qué bolas fueron entrechocándose para que terminara caminando por el prado, viernes a las tres de la mañana, con un portarretratos en la mano, como un loco que se fugó a través de una ventana mal cerrada. Llego a Suárez y llamo a Ezequiel. Está en una fiesta, me invita a ir y trato de decirle lo que sucedió. Mi voz se quiebra, entre la sorpresa, Ezequiel me dice de ir al bar donde está, pero yo no logro articular palabras. Las pienso, pero salen desordenadas, astilladas, o quebradas. Corto y pasa un taxi con su banderita roja guiñándome con un ojo inflamado. Subo al auto y la morsa con su pucho saliendo de sus dos enormes colmillos me dice “usted dirá, maestro”. Intento decir algo, pero no sale nada. Pasan veinte segundos, tomo un respiro y pasándome el antebrazo por los ojos logro decir algo. Lo pienso, como esas víctimas de accidentes automovilísticos que tienen que pensar cada costoso paso que dan agarrados de baranda en sesiones de fisioterapia, y le digo “Po-citos”. Intento mirar para afuera pero el Prado me enceguece. Pienso en todas las veces que pasé por ahí. Divago en cálculos: cuántos litros de cervezas tomamos juntos/cuantos pesos gastamos en el videoclub de Willy/cuántas veces pasé por el kiosko del canario a comprar condones. Pienso en esto y miro para abajo. En el cuero negro descansa bocabajo el portarretratos. ¿Los bebés debían dormir bocarriba o bocabajo? ¿Será sólo por la promesa del cielo que se entierran a los muertos bocarriba? ¿Por qué siempre dormía del lado de la derecha en su cama? Su-cama. Mantengo la frente apoyada contra la ventanilla. La morsa se ríe y mientras tira ceniza desde su ventana mira hacia atrás y me dice “che, decile algo a esa rubia que te está mirando”. Miro a mi derecha, y en un Peugeot una rubia muy linda me mira con cara de lenta sorpresa, como quien ve a una boa devorarse a un ratón. La miro un segundo. Es linda, es verdad. Bajo la mirada, me enjuago los ojos con mi antebrazo y le digo a la morsa “no tengo nada que decir”. El tipo entiende y dice, mirándome por el retrovisor “bueno, entonces le damos un par de bocinazos y resolvemos el asunto”. La aleta toca la bocina y el coche toma una curva pronunciada. El auto toma un camino oscuro. Posiblemente en cualquier momento saldremos a Garibaldi. Me saco los championes, pongo el derecho encima del izquierdo, pero los perros siguen ladrando.

Saturday, January 31, 2009

Mejores discos del 2008
Sí, el post llegó tarde, quizás demasiado tarde, pero esto se debe a un par de razones razonablemente razonables:
1) 2009 me viene resultando un año bastante activo, lleno de idas y venidas, proyectos, contraproyectos, indigestiones y redescubrimientos, que poco espacio me dejan para sentarme y escribir
2) La idea de los diez discos del año ya fue presentada en tantos espacios, que uno pierde la convicción de que está creando algo relativamente innovador o creativo.
3) Iba a mechar la lista con experiencias que me ocurrieron en las vacaciones, pero terminé haciendo usufructo exclusivo de ellas para un cuento que ando escribiendo
4) Saqué una cuponera de quince películas en videoimagen, las cuales han confiscado prácticamente el noventa por ciento del espacio físico y temporal que tengo para hacer otras actividades distintas de laburo/estudio
5) ¿Quién puede escribir con este calor?
Hay una larga tradición en definir cual es tu canción del verano. Con una redundancia casi vikinga, gran cantidad de mis posts se centran en los cambios subjetivos que acarrean los cambios de estaciones, estaciones que no están divididas por solsticios ni equinoccios, sino por las pequeñas historias y capítulos de la vida que uno se cuenta a sí mismo. Posiblemente de todas las estaciones, el verano es la que más se emperra en encontrar sus objetos metonímicos, aquellos tres o cuatro minutos que se estampan en el imaginario colectivo como una yerra, generalmente enfocados a cierta imaginería fiestera, hip, fresca o lo que sea. Básicamente, por el perfil tan oficialista puntaesteño del verano uruguayo –por más que Rocha se ha convertido en nuestro verano uruguayo (no el mío, mis veranos siempre van a mantener su corazón pegados a Atlántida)-, la estructura nitrogenada de los temas veraniegos marcan la exigencia básica de poder musicalizar una pasarela. Fíjense cada uno de los temas oficiales del verano, y siempre encontrarán una cualidad bastante atada a cierta noción de glamour, los beats en negras marcando cada pierna de garza (¿o el paso de ganzo?) de esas modelos que a tanta gente les hace el bocho. Tomen ejemplos, Get over you, o Take me home de Sophie Ellis Bextor (una mina que es a los temas de pasarella lo que fue el río Klondike a la fiebre del oro a fines del siglo XIX), Can't get you out of my head de Kylie Minogue, Velvet Morning de Primal Scream (con nada menos que Kate Moss detrás del micrófono), y la cosa da para rato.
El tres de enero me fui para Punta del Diablo, que en base a la cantidad de gente que lo había invadido, por momentos parecía significar su nombre literalmente. Llegué con María a las cinco de la mañana y no tardamos media hora para huir a Santa Teresa. Las razones eran múltiples, pero principalmente estribaban en que no había lugar en el camping, tanto que había automóviles con gente durmiendo adentro esperando para que se desocupara. Había una extraña desesperación de la gente (diferente al tono aletargado y más bien genchi que siempre caracterizó aquellos pueblos de la costa rochense), había una necesidad de ocupar un lugar, a como de lugar, sin importar las consecuencias. El verano del 2009 será para conocido como el verano en que Uruguay se prendió fuego, pero también el verano en que Rocha se llenó como un hematoma rechoncho de sangre, un departamento, como dicen las traducciones de Burroughs, "al rojo blanco". En general este es el momento donde extraigo alguna conclusión en que me separa del resto de la chusma, y por más que sé lo artificial de esta postura (después de todo, yo también estaba ahí), aquella desesperación por estar en Rocha me parecía una interrogante frente a la que a Guy Debord no le hubiera temblado el pulso al responder. Hay un aviso propio de ese nuevo linaje de comerciales que incorporan elementos absurdos tratando de vendértelos como si fuesen la última obra de un colectivo surrealista escondido en un silo antibombas checo, que más allá de sus lugares comunes, muestra una o dos verdades del fenómeno veraniego. En el aviso, la gente se manda mensajes de texto de dónde hay comida, dónde hay fiesta, dónde hay sol, etc. acarreando muchedumbres enardecidas que van nomadeando de un punto de atracción a otro. Aquello era realmente lo que se podía ver en la costa: la gente andaba corriendo como cumpliendo un schedule, tan cansados que no sabían si lo estaban disfrutando. Todo eso me hace acordar a las nociones de espectáculo que maneja Guy Debord en Rastros de Carmín sobre la fiebre jacskoniana (que no es un firmante de la declaratoria de la independencia, sino el moonwalker, the king of pop, o la reencarnación de Peter Pan, como él preferiría llamarse). En referencia al multimillonario disco Thriller: “El contenido ya no era el sonido de la música, ni la forma la manera e que la música se presentaba o funcionaba como género. El contenido era ahora la respuesta al acontecimiento social de Thriller, y la forma mecánica del acontecimiento. (…) El triunfo de Thriller imponía su propio principio de realidad, estaba allí como parte de cada viaje al trabajo, como una serenata a cada recado, como un referente a cada compra, como un hecho que formaba parte de la vida de todos. No tenía por qué gustarte. Sólo tenías que reconocer esa realidad, aunque en cierto modo, en el año de Michael Jackson, reconocerla implicase que el disco te gustaba”. Suplanten a Michael Jackson por Punta del Diablo, y ahí tienen exactamente lo que pienso. Como en Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj, de Julio Cortázar, Punta del Diablo no se regalabaa los visitantes, era más como los turistas entregándose a Punta del Diablo, en un honorable acto sacrificial.
Pero bajándome de las ramas de tal arborescencia, en los siete días que permanecí en Santa Teresa, no escuché una sola canción. El hecho fue fortuito, el I-Pod que conservaba todo mi arsenal musical me traicionó a último momento, agotándosele la batería por una desinteligencia mutua (mía y de la máquina) con el botón de HOLD. Esa semana sin música fue bastante interesante, incluyendo un encuentro cercano con un ñandú, el descubrimiento de las bondades de cagar en el bosque, un mal episodio (y un subepisodio aún peor) vinculado al consumo prolongado y excesivo de caipirinha, y un momento de extraño ensimismamiento que podría haberme costado la vida. Sacando cuentas, fueron unas mini vacaciones curiosas.
Ni bien llegué a Montevideo me fui para Atlántida, esta vez sí comenzándome a poner al día con la música. Fui a pescar un par de veces. La primera, con mi abuelo asesinamos a 34 pejerreyes y tres sardinas. Es interesante hacer una actividad musicalizada por algo diamentralmente opuesto. En ese sentido, era gracioso practicar el silencioso e instrospectivo arte de masacrar peces con los Fucked Up de fondo. Fue ahí que más o menos se comenzó a performar el que vendría a ser mi tema del verano:
Scott Walker, Next. Posiblemente no sea tan buena como Au Suivant de Jacques Brel (¿pero quién puede interpretar cualquier tema mejor que Jacques Brel?), pero conserva la desesperación, las inflexiones de voz de alguien completamente arrasado por la desesperación del militarismo, la gonorrea y el amor fácil de las prostitutas. El Next, you’re next de la putas, gambas abiertas esperando el próximo soldado para rociarla de esperma, se convierte como una palabra flotante, una palabra que taladra el cerebro de Walker, que lo acompaña en sus pesadillas, que aparece, casi como un elemento tan traumático que resulta imposible de simbolizar, una palabra que deja de ser una palabra y se convierte en una cosa. Si bien el Scott 4 es el disco definitivo de Walker (personalmente, lo considero entre los tres discos mejores producidos que se hayan hecho por y para humanos), el Scott 2 es el más variado en cuanto a los personajes que encarna, sin la unidad del cuatro o del tres, pero con, posiblemente los mejores temas sueltos de su carrera –Best of both worlds (cancion perfecta, si las hay), Jackie y Plastic Palace People, como ejemplos, sin contar a Next, del que ya venía hablando.
Fiel a mi estilo, mi tema del verano no tiene nada veraniego (el único verano que recuerdo ser musicalizado por un tema correspondiente, creo que fue hace cuatro años, en donde Mula Plateada fue el tema que atravesó diametralmente aquellos tres meses de pura playa y crisis personales), es un tema que pertenece más al frente de guerra en la campiña francesa, llena de nieve, barro y putas de sudor frío, completamente comidas por la sífilis.
En fin, todo esto no es más que para llenar el ojo ante una lista que ya viene demasiado atrasada.
Acá los mejores discos del 2008.


10) Xiu Xiu- Women as lovers
En mi computadora aparece una escena actuada por Nicole Kidman. Uno le ve la piel, y parece de porcelana. Hasta a uno le da miedo que de caerse se haga añicos. Pero el tema es que estoy seguro de que si la cámara se empieza a acercar lo suficiente, aquella mejilla blanca, ligeramente rosada va a comenzar a mostrar sus poros, sus ínfimos vellos enquistados, y si pudiera acercarse con un lente microscópico, en esa parcela de piel uno podría encontrar un violento continente, lleno de bacterias, mitocondrias y anticuerpos uniéndose a un sucio festín caníbal. Más o menos esto es lo que pasa con Xiu Xiu. La pareja llega a una introspección tal de su jodido mundo emocional que todo aquello que vemos es tan humano, tan violenta y suciamente humano, que nos termina incomodando, dando asco. No hay nada más horrorizante que la verdad, y, letrísticamente Jaime Stewart nada entre ella como experto pez de pantano. "Why would a mother say such things/ Why add tongue to a kiss goodnight?”, cuando uno escucha versos como estos, aquello resulta algo demasiado incómodo para asumir, incluso para escuchar. En un mundo donde parecen cada vez más lejanos los momentos de locura, los auténticos pasajes al acto que provocaban un Jerry Lee Lewis parado sobre el piano, un John Lydon gritando I am an anarchist!, o un Alan Vega cagando de miedo a un público de doscientas personas, mientras esquiva sillas y botellas voladoras, es bueno que sigan habiendo trabajos que sigan generando sensaciones tan extremas, aún así sea la de huir, huir sin mirar hacia atrás.

09) Glasvegas-Glasvegas
Hubo una época que decir que una banda creaba himnos juveniles, tanto disponibles a ser tarareados en una cotidiana excursión urbana como coreados en estadios, no era algo tan sacrílego y reprobable como hoy en día. Todo lo que detente un plus-de-emoción es calificado como rimbombante, ridículo y exagerado. Dentro del indie hay una desconfianza sistemática hacia lo visceral, o los grandes discursos, uno puede ser cute pero no llorar a moco suelto, uno puede ser soñador, en tanto sea pueril, uno puede mechar elementos heroicos, en tanto adopte una semi consciente autoparodia. El puritanismo indie ya no puede entender a los solos llenos de pathos de antaño, o las canciones de amores juveniles de Bruce Springsteen. Es así que llega este disco de Glasvegas, un disco completamente tan sensible y juvenil como perfecto. La voz del James Allen tiene un tono, o más bien una articulación extraña, como si fuera un jamaiquino, en vez de escocés. Un disco que tiene una unidad sonora que lo hace parecer conceptual sin serlo, con todos y cada uno de sus temas perfectamente recordables, tan perfectamente dependientes como independientes entre sí, listos para que te lo cantes a ti mismo en los peores momentos, para que practiques guitarra aérea en tu casa sin sentir vergüenza. Glasvegas es la banda que tendrían que escuchar todos los chicos de quince a dieciocho años, de pretenderse mejores generaciones futuras

08) Cadáver Exquisito- Cadáver Exquisito I
Cadáver Exquisito nunca va a tocar en un Pilsen Rock. Apenas pueden poblar la mitad de un BJ y posiblemente estén en su pico de popularidad (¿?). Las razones son múltiples, pero una de las principales es la de no poder amoldarse a ninguna escena. Demasiados entrópicos para el gran público, demasiados normales para la escena under/postpunk/free/psicodélica/comehongos uruguaya (entiéndase IMAO, Fiesta Animal, Trío Vilardebó, Psiconautas, Pacientes, que en realidad tampoco tienen mucho que ver entre sí), Cadáver Exquisito nunca estuvo apadrinado –a no ser que nadaran hacia el otro lado del charco y le pidiese su bendición a Ariel Minimal-, y aquello lo convertirá en una banda eternamente insular en la música uruguaya. Ya cuando uno ve la horrible tapa del disco, se da cuenta de que esta gente no quiere agradar a nadie. Cadáver Exquisito I es un culto a lo dionisíaco, con un baterista que parece aplicar técnicas de Guantánamo a su batería y un guitarrista que encontró el puente invisible que une a Gegg Ginn con Jimmy Page. Todo lo bueno y malo que se puede decir sobre el disco radica en su desmesura, con temas de diecisiete minutos que nunca llegan a dejar de ser interesantes, solos tan setentistas como violentos que se anclan en Color Humano, Pescado Rabioso y otras bandas de aquella época, y sí, algunos sacrificios, propios de tales trapecismos volantes sin red. El tema paradigmático es Plafond, un tema con esencia funk que tranquilamente podría pegarla en las radios, y en el que, súbitamente a la mitad del mismo, se le instala un medley y demás divagaciones que lo extienden a más de diez minutos de puro delirio. Uno puede pensar que es una lástima sacrificar un tema pop tan, en un principio, redondo, pero ese mismo autosabotaje termina resultando una declarción de principios.

07) Deerhunter- Microcastle/Weird era cont.
El Microcastillo de Deerhunter es uno lleno de laberintos, puertas falsas, fosos y mazmorras, sin nunca dejar de ser brillante, tan cristalino como de vidrios espejados. Pop, pop del bueno, es casi como una de las más perfectas síntesis de los mejores recursos del indie de los últimos quince años. Es un laburo de orfebrería, que nunca pierde el norte aún en su más intrincado y shoegazer ep Weird era cont, que posiblemente supere incluso al disco oficial. Disco hipnotizante si los hay (el tema Agoraphobia siempre me mete en un extraño estado de trance), frente al verano que despliega sus tentáculos furiosos sobre todos nosotros, uno se pierde en el castillo de Deerhunter, y por un momento aquello se siente como abrir el freezer y meter la cabeza unos minutos. Si bien Next, de Scott Walker es mi tema del verano, posiblemente el disco de mi verano sea el Weird Era Cont, un álbum que me ha acompañado en jornadas pesqueras, descalzas caminatas por baldosas calientes de Montevideo, angustiantes desvelos frente al teclado y trayectos interurbanos en saunas móviles. Si enero en la ciudad no termina resultando un infierno, mucho le debe a este disco.

06) Millones de casas con fantasmas- Apoteosis LP
Pau O’Bianchi es el multifacético integrante de Tres Pecados, auque divide su actividad en otras bandas como Relacionessexuales, Genuflexos, y andá a saber cuántas otras más. Apoteosis LP es un disco elaborado en el marco de proyecto solista llamado Millones de casas con fantasmas. Es un disco doloroso, en el que el mismo Pau dice haberlo hecho casi en un estado de sonambulismo, percatándose del resultado recién una vez terminado (el disco fue grabado en una licencia vacacional, tiempo en el que no hizo practimanete nada fuera de la producción del disco). Pau aparece desatado, ciclotímico, con picos y bajones que tienen anclaje en oscuros tiempos que marcaron la vida del músico en el último año. El cambio sufrido desde Pesadillas para niños y travestis dadaístas (su primer disco) es notable, con una forma de cantar y una poesía mucho más segura de sí misma, comenzando a dejar los gérmenes de cierta cosmogonía que va a ser uno de los aspectos más interesantes de la obra de O`Bianchi. Abre el tema Hoy con un dulce arpegio y la voz de Pau, lejos de los gritos primigenios, cantando con voz temblorosa “(…) la seguí como si estuviera imitando a un ciempiés, verde venenoso pero honesto/ un ventilador/no hace volar a las mariposa las descuartiza/ como si fueran nuevas cenizas”. La canción sigue con la guitarra y aparecen unas trompetas lejanas, como si se estuviesen levantando los puentes del reino de Pau, esa muralla que sólo se conocía por el aceite ardiente que caía de sus torres en Pesadillas. El disco posiblemente tenga los momentos más bellos e intensos en la discografía de O’Bianchi, con una dignísima versión de Mandolín (ese tema abrumadoramente bello de Gustavo Pena, “El príncipe”, uno de los músicos más injustamente olvidados de la música uruguaya), la oriental China conquistará al mundo y el abismo que abre el disco a la mitad, que es la trilogía Mariana mañana/Ella no se va/Cajones, de las cosas más ominosamente depresivas que se hayan registrado en la música uruguaya. Tras Ella no se va, una canción desesperada y tensa, con ciertos visos a The trickster, de Radiohead (b-side que aparece en el single My Iron lung), Cajones sería la culminación del viaje en espiral invertida, con una atmósfera opresiva y versos como “ya están los cajones/solo faltas vos”. Aquello es Pau O’Bianchi más sombrío que nunca. Y a todo este ambiente funerario lo sigue una canción hermosísima, casi festiva, una pequeña historia para niños llamada “Lourdes, la hija del flaco dragón”.
Es bueno saber que hay gente que no sabe hacer otra cosa que hacer música.


05) Nick Cave and the Black Seeds- Dig, Lazarus, Dig!
Es increíble cómo alguien puede reinventarse de una forma tan específica, tan precisa, que encarna a otro personaje sin dejar en ningún sentido de ser lo que siempre fue (a diferencia de bandas como Primal Scream, que cambian quizás demasiado, o la esencia camaleónica de Madonna, una tipa que sólo es un lobo cambiando de disfraces de cordero). No hay que tomar a la ligera el mostacho, con este –introducido en su rostro en el Grinderman.- Nick Cave se aleja del romanticismo (de romanticista, no romántico) gótico de sus primeros trabajos, o la franqueza introspectiva de lo más reciente, para ser un personaje salvaje, más cerca de un pimp con un halo metafísico que un personaje Baudelaireano, un granjero más que bruto, brutal, pero no por así menos genial. El último disco de Grinderman tenía grandes temas como No pussy blues, pero por algunos caprichos ya clásicos a la hora de realizar los arreglos y producción de Cave, algunos recursos –como las baterías, siempre tan bajas- se habían echado a perder. Dig Lazarus Dig debe ser uno de los discos que mejor suenan de Nico Cueva y sus malas semillas. Más allá de sus obsesiones europeas, Cave siempre estuvo obsesionado con el Estados Unidos subterráneo, el que queda más al sur (un sur metafísico, que va un poco más abajo que cualquier rosa de los vientos) y que representa más descarnadamente bandas como Jesus Lizard, o Butthole Surfers (un ejemplo de ello, es su versión de Tupelo, ese susurrante, mágico y austerísimo blues de John Lee Hooker). En ese cambio de geografía, Cave se maneja con total soltura, sabiendo ser pimp y predicador al mismo tiempo, mostrando que todavía le quedan muchísimos años para hacernos caer de culo.
Extra Ball: de los mejores títulos de álbums que haya visto

04) Tickley Feather- Tickley Feather
Tickley Feather es posiblemente mi mayor descubrimiento del año, un disco editado en invierno, y que en cierto modo es un continuador de las sendas abiertas por Ariel Pink, con ese deconstruccionismo low-fi que llega a momentos mágicamente envolventes. Si seguimos con la lupa sobre los blueprints de este disco, hay cosas del Person pitch de Panda Bear, algunos climas hondos e invernales que me recuerdan al dream pop de Cocteau Twins y una forma de cantar que recuerda a la francesita Le volume courbe –proyecto sobre el que había reseñado hace un tiempo-.
Pero bueno, todo esto es una boludez taxonómica que en apariencia no tiene otro fin que mostrar las bandas que he estado escuchando. Si nos ponemos diseccionar el disco, Tickley Feather se relaciona un poco con los discos de Daniel Johnston, por el hecho de la recurrencia a cierto arcaísmo infantil, con canciones pobladas de loops de canciones de cuna para niños que generan un extraño deja vu, como si uno hubiese escuchado alguno de esos temas en las tonadas musicales de un móvil que pendía sobre su cuna. La voz de Annie Sachs, flotando entre viejas máquinas de ritmo y sintes de juguete, se siente como un espectro escuchado del otro lado de una interferencia telefónica, una voz que aparece y desaparece como un murmullo de otro mundo. Un disco que tiene una fantasmagórica ternura, con temas como The Keyboard is drunk (¿será alguna referencia a aquel hermoso tema de Tom Waits?), que genera una melancolía algodonosa, un sentimiento oceánico en que nada, al menos por esos 03:10 minutos, puede salir mal.
03) Juana Molina- Un día
Decir que Juana Molina ha convertido a su voz en un instrumento resultaría, no sólo una redundancia, sino una perogrullada digna de Juan Ortelli (bueno, pensándolo bien, Juan Ortelli diría que Juana Molina en este disco es como The soft machine comiendo en Pumper Nick, o algo por el estilo). Sin embargo, no podría decirse otra cosa, es la voz tomada como material de luthier, desmontándosela y analizándose todas las posibilidades inherentes. En esta rosacruz búsqueda estética por supuesto ya han habido centenares de performers más vanguardistas, más laberínticos y más radicales como puede ser, póngasele Meredith Monk, o Diamanda Galás (dos nombres que a Phibrizoq posiblemente lo haga hacerse encima), pero la gran victoria de Molina es en realizar estos experimentos en un compuesto que nunca llega a resultar completamente foráneo, una investigación que mantiene la unidad emocional y formalística de todo buen pop, aún prescindiendo del formato canción, uno de los básicos santo y señas del género.
Por momentos se deja a la voz navegar subterráneamente por los temas, repitiéndola en un loop que actúa como un pulso irreconocible, convirtiéndola en un riff, en un solo, en un cuerpo de vientos, en una ola, en un axolote, en un colchón de plumas –con araña Quiroguiana incluida. Un día llega a la culminación de una búsqueda no sólo emprendida en otros títulos de Molina (Son tiene mucho de eso), sino de la música argentina, vocalísticamente hablando. Lo reescucho y pienso que este es el disco que siempre le hubiera gustado hacer a Tanguito, un tipo que ya en los sesenta exploraba con las onomatopeyas y cualidades diferentes que ofrecian las cuatro cuerdas vocales, aunque sin la destreza y medios de Molina. Poesía cotidiana y abstracta, sumado a la herencia de Eduardo Mateo, fundida en orquestaciones que recuerdan a Robert Wyatt. No mucho más que decir.

02) Destroyer- Trouble in dreams
El término virtuosismo generalmente se lo asocia con destreza, cierto enfoque dentro de lo instrumental que hace pensar al artista o el producto más cerca del cerebro que de las tripas o el corazón. Es en este punto que el último disco de Destroyer subvierte tal punto, porque es un disco tan sentido, tan emocional como perfecto en su ejecución y arquitectura. Bejar es de los músicos que han hecho, canción tras canción, de su personaje un verdadero golem de arcilla que trasciende a su obra (no es sorpresa encontrar ciertas cadenas de carbono entre el canadiense y el siempre autorreferencial David Bowie). De hecho, disco a disco, Bejar va cartografiando un mundo que está demarcado por continentes emocionales, y en donde cada país tiene elementos de otro. La correferencialidad en algunos músicos se vuelve apologética, pero en el mundo de Bejar lo convierte en algo nuevo, lo vuelve más rico, como nuevas puntadas en un tejido que se va regenerando. Así, no sorprende encontrar ciertos elementos de otros discos en este, así como cierta correferencialidad entre algunos elementos de las mismas canciones del álbum, generándose una madeja que se extiende desde los inicios de su carrera, sin ser de esos casos de autohomenaje tan penosos, que circulan en la música y cine. Trouble in dreams es una pieza maestra en la arquitectura emocional que despliega, estando todo tan equilibrado y perfectamente diseminado, cada cambio de tono, cada silbido, cada temblequeo de voz, cada entrada y salida de guitarra (qué punteo dolorosísimamente perfecto que es Shooting Rockets), que lo convierte en un cubo de Rubik perfectamente armado, montable y desmontable en cuantas variaciones sea posible. Es la divina proporción davinciana del disco de amor y desamor. Y de eso me doy cuenta cuando escucho a Bejar, queriendo sentir lo que él siente, vivir lo que él vive, sin importar cuan terribles de sus resultados
01) Tres Pecados- Liu y las dificultades graves de aprendizaje
Pau O’Bianchi fue el músico uruguayo del año. Con una disciplina –o hybris- digna de Robert Pollard, Pau en un año hizo cinco discos, cinco que de hecho podrían haber sido más, pero que se limitó a mantenerlos en el cajón por razones meramente ligadas a la difusión de los mismos. Los mejores temas posiblemente estén en Apoteosis, pero Liu y las dificultades graves de aprendizaje es sin duda el trabajo más redondo, algo sobre lo que se le deben repartir algunas fichas a Ezequiel Rivero (uno de los integrantes de Amelia), cuya formación más anclada en el pop le dio un equilibrio que nunca antes se había visto en los anteriores trabajos de Pau. Liu… es un disco intercomunicado por el amor, prácticamente podría decirse que es un disco conceptual sobre tal sentimiento. El tema dos (ninguno lleva nombre) por su extraña orquestación recuerda a Panda Bear, mientras que el cinco –un tema tan sencillo como único, que no me dudaría en ubicarlo como el tema uruguayo del año- tiene una autorreferencialidad pop (“conocí a una chica en el Roxx bar, en un toque de Guachass y Culpables”) que no queda en un mero namedropping, y aporta a una de las mejores letras de Pau hasta la fecha. Alucinaciones floridas, sentimentalismo sin ironía, perspicacia sin cinismo, oscuridad con moretones de luz, es gracioso pensarse a uno diciendo “este es su disco definitivo”, cuando la carrera de Pau ocurrió en un par de años –con muchísimo más por delante-, pero la cantidad y variedad de su obra me terminan llevando por tales derroteros.
Pero lo más deslumbrante de este repaso discográfico no radica en números y records, sino en el hecho de que, a diferencia de personajes como Max Capote o Dani Umpi, en los que la construcción de cierta imaginería adquiere una redundancia que reduce su obra a espectáculos de afirmación ideológica, Pau, y podría decirse que solamente también el dúo Carmen Sandiego (mundos distintos, pero los dos tan oscuros como cautivadores), lograron en unos pocos años, no crear una determinada estética, sino un mundo propio; en el caso de Pau, un mundo de crayola, poblado de sexo, ciempiés, cangrejos, niños, drogas y polillas. Hace un tiempo conversaba con un amigo y le comenté, como al pasar, “esto es una escena muy Pau O’Bianchi”. Llegar a decir aquello de una forma tan natural que uno casi ni logra percatarse de ello, es algo que ya les está reservando a estos músicos un lugar especial en la historia de la música uruguaya, una historia que, como espero que así continúe, no deje de escribirse.

Tuesday, December 16, 2008

Seis fotos
Hace unos meses me cambiaron el celular por un tema de contratos de Ancel y no sé qué otras cosas. Mi padre me anduvo hablando de mp3, blutuz, y cosas por el estilo, pero yo le mantuve que mientras siguiera marcando números y no causara inminente cáncer en los huevos nos íbamos a entender. El celular es un Nokia, y más allá de cierto comportamiento esquizofrénico (llama a la gente por sí solo, vaya uno a saber por qué), me quedé bastante conforme con la compra. Fue recién al mes de tenerlo que empecé a ampliar su espectro de usos, utilizándolo como cámara fotográfica. Por supuesto, las fotos que se pueden sacar con un celular (y con la mayoría de las cámaras digitales) son medias pedorras, pero de alguna forma me ha servido para capturar ciertos momentos, o ciertas imágenes que se suelen desmigajar en mis recuerdos. Tengo cámaras más caras (que igual tampoco son la gran cosa), pero cuando las cargo siempre tengo una sensación de peligro, que me hace perseguirme bastante de que me la roben. En cambio, con el celular, ni me preocupo. Lo interesante es que el celular siempre lo llevo conmigo, lo que me permite sacar fotos en situaciones completamente ligadas al azar. Cuando tengo una cámara posta en mis manos, nada interesante me suele suceder, como cuando uno era chico y se quedaba esperando sorprender a Papá Noel atrás del arbolito.

La siguientes son seis fotos que más que fotos, son disparadores a situaciones que me ocurrieron, y obsesiones sobre las que anduve rondando estos días.
Así que, antes que nada, la fotos no persiguen ningún fin artístico, són más frasquitos de formol que fotos en sí, así que no me vengan hablando de Mar Ray, Philippe Halsman, o Weegee.

Kamikaze
Un jueves, luego de enterarme que una paciente había reingresado al Vilardebó (por tercera vez en un mes y medio) me encontré en el centro sin otra cosa que hacer que volverme a mi casa. Estaba agarrando por Tristán Narvaja hacia 18, cuando extrañamente se me ocurrió pasar por facultad (extrañamente, porque no suelo caer en facultad sin una buena razón). Es período de exámenes y el patio de facultad está sumido a un razonable desierto. Miro sin mucho interés algunos posters de jornadas psicoanalíticas (un gesto que más que verdadero interés es una coartada, ya que son jornadas a las que posiblemente nunca iré) y cruzo el patio, no encontrando nadie excepto a Kamikaze. No sé mucho cuál es el diagnóstico, pero Kamikaze armó una suerte de circuito, alternando entre la facultad de psicología y el centro diurno del Vilardebó (para los no uruguayos, el principal hospital psiquiátrico de Uruguay). Es un tipo bastante particular, las primeras veces que lo vi usaba un sombrero de vaquero y cargaba su guitarra como si fuese una extensión de su cuerpo (y cuando uno habla de apéndices corporales en psicóticos, aquello no es metáfora). Nunca quise amigarme del Kamikaze, principalmente por ser un mangueador casi terminal. Siempre que lo ves necesita un peso, un peso para pagarse un ómnibus, un peso para comprarse una medialuna en la cantina de la facultad, un peso para llamar a una mina que conoció en la plaza de los bomberos, un peso para no tener nueve pesos y llegar a la decena. Mucha gente me ha comentado que los últimos días de Eduardo Mateo fueron medio así, todo el mundo le huía porque lo primero que hacía, casi indiscriminadamente era pedirte plata. A uno siempre le tienta colocar a todos los artistas locos dentro de una misma categoría (El Ars Brut, Outsider Art, o como corno quieran llamarle), sin percatarse que es una bolsa que está llena de agujeros, siempre a punto de desgarrarse. En general la gente piensa a la locura como un plus para llegar a ciertos estados de conciencia diferentes al resto de la gente, pero en realidad, tal como sucede con el uso de alucinógenos, si bien los multiplicadores de la realidad han servido de mucho en ciertas producciones, nunca se podría decir que la obra es producto exclusivo de aquello (sería sacar todas las pesas del recipiente del artista y ponerlas en el recipiente de la droga, cuando la cosa en realidad es mucho más compleja). De la misma manera que tomar ácido no te convierte en Jerry García, ser loco no te convierte automáticamente en Van Gogh. De hecho, una triste verdad personal que me ha tocado ver es que la mayoría de los locos suelen estar descendidos en muchos terrenos, y suelen estar apegados a aspectos ultraconvencionales en sus ramas artísticas –desde la puerilidad de pacientes que sólo dibujan casas con flores y solcitos, a tipos que toman prestado el discurso médico mesiánico y hacen canciones de cuando estaban mal, y cómo Dios o los médicos lo salvaron.
En muchos casos, lo más creativo que les he visto es su delirio mismo.
En el caso de Kamikaze, siempre lo vi haciendo covers de Sabina y cosas por el estilo, por lo que nunca lo tomé completamente en serio en cuanto a su creatividad.
Di una vuelta más y no encontré a nadie. Me estaba yendo cuando escuché una canción que estaba saliendo de la guitarra del Kamikaze. Era una canción extraña, que generaba un estado de ánimo particular a través de una curiosa combinación de acordes mayores y menores. Tenía una extraña cualidad de no permitirte saber si era una canción feliz o triste. Podía ser una celebración de la infelicidad o un duelo de la alegría. O algo así. La cosa es que me quedé junto a Kamikaze, mientras tocaba aquella canción y el tipo me percibió al lado suyo, pero como quien percibe a una paloma a unos metros de sus pies. Termina la canción y Kamikaze se me queda mirando y le digo “es un buen tema Kamikaze, de dónde lo sacaste". Se ríe y me contesta “ese tema es mío”. Yo digo “ah, mirá que bien, me gustó ese tema”. (La verdad es que me gustó realmente ese tema, lo que digo es sincero, por más que me reprocho al oir mi voz, que por momentos parece al de una maestra de escuela). “Tenés otro tema?”. “Sí, ¿tenés un peso?”. La contrapregunta era esperable y desenfundo dos pesos como quien le paga a un artista callejero. Me dice “Esta última todavía no está terminada, me tengo que fijar en la letra”. “No importa, tocala y vemos cómo sale”. Se ríe ensimismado y comienza a tocar. Toca con los ojos cerrados, vocaliza exageradamente, la guitarra no ayuda y los dedos no aprietan bien entre algunos trastes, los acordes son luminosos y a la vez suenan a podrido. Mientras la canta me quedo leyendo la letra escrita en un cuadernito, una caligrafía bastante ordenada, con las G, F, y G# como sombreros sobre cada versito. No me acuerdo mucho de la canción, pero en cierto momento dice algo como “y me sacaron a caminar/por las calles de la ciudad/y ella apareció/y orea”. Es un buen tema, y la última palabra me intriga. Le pregunto qué significa orea, y como si fuese un padre ante la pregunta de cómo nacen los bebés, sonríe cómplicemente y me dice “es un estado de ánimo”.
De la nada aparece el Barón de la Laguna y Seba y sorprendido por mi suerte de encontrarlos, nos quedamos hablando los cuatro. Al Kamikaze ya lo habían saludado y le piden que toque otro tema. Se pone a tocar uno, pero pronto nos damos cuenta de que nos está cagando y está tocando uno de Calamaro, con un acento extraño que lo hace parecerse más a Bunbury. Kamikaze tiene una venda que le cubre toda la frente. El barón de la laguna le pregunta a qué viene esa venda y Kamikaze responde que se golpeó el otro día, queriendo saltar un banco. Nos quedamos viendo la venda y concordamos en que mete mucha onda. “Ahora que la veo, es como la de Karate Kid”, comento, y El barón de la laguna y Seba se ríen, pero Kamikaze se ríe más, una risa de entusiasmo llena de tropezones. “Habría que hacerte unas letras chinas, ahí serías mismo Kamikaze sam”. El tipo se emociona y dice “Ahjajaja, sí, jaja, espérenme un cacho, ya vengo”. Entra a un cuarto que oficia de sede de gremio estudiantil y vuelve con un drypen azul en la mano. “Dibujame, dibujame”. “No me acuerdo mucho las letras chinas, estuve algo de tiempo en Japón, pero no me acuerdo mucho”. “No, dibujame...¿viste la estrella de David?”. “Sí, claro”. “Dale, eso, dibujame eso”. “¿Estás seguro?”. “Sí, sí, la estrella de David, la estrella de David haceme”. Como si fuera alguien hablando con su futuro tatuador, me exige que primero le muestre en un cuaderno a ver si sé hacerla. Rápidamente le hago los dos triangulitos superpuestos y el loco queda re emocionado. Me da el drypen con una extraña solemnidad y me acerca la cabeza. Lentamente, le hago los dos triángulos azules. Ni bien se lo terminamos de hacer, nos cagamos de la risa y el tipo se va a ver en el reflejo de los vidrios de facultad. Pasan unas minas del gremio y les pregunta qué les parece. Ellas, sin saber mucho qué decir, le responden que le parece original. Kamikaze sonríe y les pregunta si no tienen un peso.
Se acerca Seba y me dice:
-Qué ficha el Kamikaze…
-Mientras se mantenga lejos de Pocitos está a salvo.

Anal-retentivo
Yo siempre fui un neurótico, pero al menos un neurótico felizmente sucio. Nunca me habían molestado de sobremanera no lavarme las manos, y no andaba controlándome las veces que me bañaba (eso más o menos lo decidía la grasitud de mi pelo). Llegaba de los ómnibus y con total tranquilidad metía la mano en un envase de pepinillos y me comía dos o tres, chupándome el vinagre que me quedaba entre los dedos. Abría las puertas de los baños públicos, y solo a veces me lavaba las manos (más por la novelería del secador de manos, que por verdaderos impulsos higiénicos). Me sentaba en la calle, me iba a dormir con la ropa puesta, me despertaba y seguía mi vida al día siguiente, con la misma ropa del día anterior.
Hace unos meses mi padre introdujo el civilizador invento del alcohol en gel. Ya lo había visto en la casa de María (su madre es odontóloga y tiene un dispensador particularmente grande), pero la idea de tenerlo en casa me parecía demasiado lejana. No fue necesario comentárselo dos veces, y fiel a su espíritu impulsivo, mi padre no dudó en comprarlo. La cuestión es que desde que se introdujo dicho producto a mi casa –y sobre todo por lo práctico que es en eso de que se te seca a los pocos segundos- comencé hacer su uso coextensivo a todas las actividades que vinculaban a mis manos. Iba al baño y me pasaba el alcohol. Llegaba de facultad y también me untaba las manos. Todo iba más o menos bien -y limpísimo- hasta el otro día que fui a una panadería que queda al lado de mi facultad. Se me ocurrió comprar una milanesa al pan, y entonces me di cuenta que tenía serias reticencias de hacer la compra. No demoré mucho en darme cuenta de que no quería comer aquello sin lavarme las manos. Por supuesto, no había alcohol en gel, jabón, ni nada por el estilo en varias cuadras a la redonda. Terminé obligándome a comer la milanesa, sin poder evitar reconstrucciones de los acontecimientos del día, en que vinculaban mis manos en actividades como agarrarme del pasamanos, manejar billetes, señalar una vidriera, atarme unos cordones que se arrastraron por medio 18 de julio.
Antes era más fácil y nunca me había enfermado.
Como dice el gran Robyn Hitchcock, A happy bird is a filthy bird.

Musas anónimas
Nunca fui un tipo de modelos. Deben haber contadas excepciones, pero la casi totalidad de mis musas provienen del mundo cinematográfico, y ocasionalmente del musical. En Argentina, el modelaje parece, Tinelli mediante, cada vez más imbricado con el mundo de las vedettes -que resulta un handicap, la verdad. Por otro lado, las modelos europeas siempre me parecieron demasiado cadavéricas para mi gusto.
Más allá de esta cuestión personal, cada tanto encuentro a una modelo al azar que me termina por resultar particularmente atractiva, generalmente perdida en alguna revista vieja de peluquería, o en la publicidad de un ómnibus que va demasiado rápido como para sacarle una fotografía o retenerla en la memoria. Tal evanescencia me genera una particular obsesión, porque uno en general -salvo con las más famosas- se da de lleno con su anonimato, y no tiene a su disposición medios como la internet como para tener más material de dicha persona. Ya lo he dicho varias veces, tengo un extraño afán de coleccionista, y cuando hay una mujer bella de cuyo nombre no sé nada, me viene la angustia de alguien que escucha un hermoso tema en la radio, sin saber quién ni cuando lo hizo. Uno se acerca a un amigo y le dice “es uno que en una parte la guitarra hace un riff onda ta-ra-ta-ta-ta-ta-ta”, generalmente recibiendo el desconcertado rostro de la otra persona, con una mueca que colinda con lástima. Bueno, es lo mismo con esas musas anónimas. La lista es algo escueta, no suele ser algo que surja muy seguido, pero cada tanto aparece una. Había una modelo de Complot de hace unos años –me enteré que era brasilera- que aparecía mucho en el abusivo material de propaganda de la Rolling Stone. Ahora, en ciertos ómnibus hay una musa de Kosiuko –una marca que siempre se había caracterizado por teens escuálidas y sin gracia- que es indudablemente perfecta –de esas perfecciones no aburridas, que tienen un plus que uno vaya a saber cuál es- como si fuese una versión más angelical de Kate Moss y con una extraña expresión de cansancio, o espera, o algo entre los dos. Y también está la mina de los bronceadores L'Oreal, cuya imagen adjunté arriba. El laburo fotográfico no es de los mejores, incluso el rostro quedó captado de una forma imperfecta que lo hace ver notoriamente asimétrico, como si tuviera más hueso y carne de un lado de la cara que del otro. Sin embargo, hay una extraña esencia perversa detrás de un rostro originalmente virginal, que da en cierta tecla que me la hace sentir tremendamente atractiva. Por alguna extraña razón, las marcas de bronceadores, dentro de un subject tan sexualizado como el de untar el cuerpo semidesnudo de personas con lociones, nunca se vio tan contaminado de erotismo. Hay como un subcódigo que dice que ser sexy con aceites de motores está permitido, mientras que con bronceadores es tan explícito que es algo grasa. Vaya uno a saber por qué, pero es exactamente lo que me parece atractivo de la imagen. La foto resalta más el abdomen que las tetas. Incluso, la malla es particularmente pacata, blanca y pura, como cubriendo por las dudas toda la escena púbica, no sea cosa que se escape algo. La posición es bastante estática y no tiene mucha onda, pero hay aglo que sí funciona en el rostro, o más bien, los ojos, o quizás el subtexto entre los ojos y la boca. Parecería que en su origen hubiese sido una foto de prueba, de descarte, como esas que se toman de improviso segundos antes de que se pueda ensayar una pose. La magia de esa expresión radica en las mismas razones por las que considero la tapa del Adventure, de Televisión, como una de las mejores portadas de todos los tiempos. En esa foto todos andan mirando al suelo, rascándose el cuello, embarcados en cierta inseguridad radicalmente opuesta a lo que se espera dentro de los cánones del rock (el rocknnnen). La foto del bronceador funciona (o, por lo menos, me funciona), por la misma razón, sólo que a la inversa: detrás de una escena sin gracia y pacata, hay algo en la tipa que te invita a más.
Llego a la peluquería de María y me pongo a vichar algunas revistas. Hay una Rolling Stone que me la leí casi íntegra, y me fijo sin muchas ganas en algunas Paparazzis, y una Semanario. Pasa el tiempo pero el brushing de una rubia con el pelo esta la cintura se extiende más en tiempo más de lo que tenía pensado, y agarro una Bla. No hay nada muy interesante y paso las hojas sin ninguna particular deferencia. Ahí es que veo, en la última carilla, una foto en blanco y negro a Francisca Valenzuela y Fernando Cabrera (supongo que en los bastidores del Solís, en ese toque que dieron hace unos meses). Es extraño, pero la fisonomía de Valenzuela me parece atractiva por más que las larguiruchas nunca –ni por asomo- fueron de mi gusto. No sé qué será, pero viendo fotos como esta otra, pienso que a lo mejor me atrae cierta geometría que mantiene la cabeza de Valenzuela con respecto a su cuerpo. Dos brazos acá, dos hombros allá, la cabeza colocada como una estrella de arbolito de navidad, algunos colgantes, el pelo invariablemente alto, como el mastil de un barco. A en función de B, perfecta simetría, x queda despejada: Tautología. Me agrada la cara, la forma en que la cara está en función del cuerpo de Valenzuela por cierto formalismo, el mismo formalismo que me hace ver (salvando las distancias) el particular rostro de Monica Vitti como algo tremendamente atractivo.
Y extrañamente, siento a Francisca como una tipa que podría ser mi amiga, de esas amigas que te comienzan a generar problemas semiológicos.
Ahora revisando las revistas de la peluquería, recuerdo una revista bastante gorda que tenía fotografías de matrimonios de famosos en los setentas. Entre pantalones campana y camisas con hombreras, había pareja que me había llamado por completo la atención. Era una mujer con el pelo recogido, los cachetes bastante marcados, unos ojos tan dulces como tristes, como los de Bárbara Lombardo. La tipa usaba un sacón de paño, si no me equivoco, su esposo al lado de ella parecía un tarado, de esas personas de relleno que se encuentran a montones. Pensé que era una mujer para quedarse tomando un café, a esa que la admirás en ciertas actividades nimias, como el hombro saliéndose del buzo al agacharse para buscar algo, o su rostro concentrado al rascar algo que está manchando un vidrio. Por un momento pensé en arrancar la hoja para llevármela a mi casa (con una pasión entomóloga, como si fuese otra mariposa disecada para la colección), pero aquello me pareció un acto digno de un enajenado, por más que nadie se fuera a dar cuenta. Al final lo dejé a la suerte, y pensé volverla a mirar un día como estos. Ahora me doy cuenta que la revista ya no está más. Pienso en si la tipa habrá sido feliz con el douchebag de la foto, y ahora pienso que aquellos cachetes deben estar arrugados, y la tipa probablemente sea una veterana comiendo masitas con sus amigas en un cafetín de Callao, pensando irse con sus nietos a su casa de veraneo en Bahía Blanca.

Whoregasm
Uno tiene más o menos claro que los sets pornográficos no son precisamente el ambiente con mejor onda del mundo, pero uno –aún lejos del artificio exultante y pseudo glamoroso que nos hacen creer Ron Jeremy y los AVN Awards- siempre tiende a pensar que tampoco es el espectáculo dantesco que mantienen los más fervientes antagonistas a dicha institución. Luego de ver Porn’s most outrageous outtakes, mi posición se tambalea un poco. El documental –Darío, quien me lo recomendó, dice que es una poderosa muestra de Cinema Verité-, más que documental es un detrás de las cámaras sin mucho editar de sets pornográficos. Si bien se puede ver explícitamente lo que sucede, las cámaras por primera vez no están tan interesadas en captar penes y vulvas, sino que se quedan fijadas a los rostros de los protagonistas, alguna mueca de un iluminador, las instrucciones del director, los kleenex que limpian el cum entre escena y escena. Dependiendo del caso, uno por momentos piensa que es tan divertido como se imagina, y a la vez, tan horroroso y degradante como otros mantienen. En general son extractos de producciones mucho más caseras (nada que ver con los megaproyectos de Vivid), más artesanales y con actrices menos conocidas, por lo que los directores se permiten ciertas libertades que en otra circunstancias no se podrían tomar. Hay actrices que están tan drogadas que no pueden mantenerse en pie, hay una mina que al participar en un gangbang con cuatro morenos revive un sueño en el que era violada por un negro, entrando en un extraño estado de shock que mezcla a su maquillaje corrido con lágrimas -y otros fluidos corporales-, hay pendejas que buscan hacer unos pesos y las meten a hacer gagging order sin que supiesen que habían firmado para eso, y así una serie de galería de atrocidades que cada tanto se corta por momentos de delirante ridiculez, como una verdadera piñata en una escena de bukkakes, y momentos de extraña ternura de los directores hacia sus actrices.
En ese juego de claroscuros, hay un momento que me pareció completamente deslumbrante, una extraña sutileza que vale por todos los documentales y libros que se hayan filmado o escrito sobre la Blue Industry. Una actriz está en plena escena cowgirl con un tipo y llega a un orgasmo. La siguiente escena te muestra a la tipa detrás de las cámaras. Está llorando por algo que nadie entiende. Le empiezan a preguntar y la tipa explica que se siente culpable por haber terminado mientras lo hacía con el actor. De ahí se comienza a tejer la madeja y la tipa explica que siente aquello como haberle metido los cuernos a un novio, a quien ama profundamente. Los tipos la consuelan y los detrás de cámaras desembocan en otra cosa completamente diferente, como si hubiera sido una cosa de lo más insignificante. Para mí, es algo interesantísimo. Cómo es que funciona la culpa. Después de todo, el pene ya lo tenía adentro, pero el sexo tiene poco y nada que ver con penetraciones. No es la penetración, sino la ficción, esas pequeñas historias que se cuenta uno mismo durante lo real del acto lo que lo vuelve una relación sexual. En tanto ella era actriz y gemía y se contorneaba de acuerdo al plan de un director, aquello no podía considerarse en absoluto un engaño. Pero entonces algo se desató, como esquivando una mulita en el medio de la carretera, la rubia pegó un volantazo y se fue a la banquina. Se lo vino venir, mejor dicho, se vio venir y no pudo hacer nada. Miro de vuelta esa escena y concluyo que la culpa es exactamente eso, un país en guerra, cercado por mojones invisibles.

Tatuajes
Pez Rabioso se va a hacer las cuatro barras de Black Flag en el brazo izquierdo.
Le pregunto si lo puedo acompañar cuando se lo haga, ya que es algo que nunca hice –sí acomopañé a amig@s al psicólogo, al dentista, a resolver un problema con su pareja, a comprar un colchón, a depositar plata en un banco y a comprar sustancias psicoactivas, pero nunca a hacerse un tatuaje-, pero Pez Rabioso me dice que Callico (el famoso tatuador de 26 de marzo), por cuestiones de disposición del local, no permite mirar su laburo, por lo que la espera sería tremendo follón.
Llega un momento en la vida de todo chico –al menos, en los nacidos después de 1985- que somete a análisis seriamente la opción de tatuarse. Yo soy tan indeciso con esos temas, que probablemente nunca encontraría un elemento que desearía que me acompañara el resto de mi vida. Lo más cerca que estuve de marcarme con tinta fue cuando tenía dieciséis años y pensé hacerme la famosa insignia de Tolkien, procastinación a la que estoy muy agradecido, ya que habría elevado mi nerdez a niveles insostenibles. Nunca encontré nada frente a lo que me asociara tanto, ni algo que estuviese en tal sintonía estética como para tatuarme. Si tuviera que hacerme uno, posiblemente me haría la tapa del Amanecer búho en el brazo derecho, no sólo por el hecho de haber sido Buenos Muchachos una banda que me regaló momentos muy importantes en los últimos años, sino también porque los búhos fueron imágenes que me acompañaron desde chico –mi padre era jugador de fútbol de Tecos, y abundaban las figuras de tales seres alados en toda mi casa-, y porque, sencillamente, es un dibujo muy lindo (y si me pongo new age, las lechuzas representan la sabiduría y todas esas mierdas...). Pero igual, nunca me haría un tatuaje.
Y de esto estoy seguro a la hora de ver tatuajes como los que se pueden ver en la sección del basurero de la página oficial de Callico. Difícilmente me haya reído tanto en los últimos meses, hay monstruosidades que no se pueden entender cómo alguien se animó hacérselas, tatuajes que dejan parado a un recluso del INAU como Leonardo da Vinci, indudables productos de noches de borracheras y arrepentimientos matutinos. Hay una troja de fotos con los comentarios más graciosos que he leído en mucho tiempo, pero sin duda entre los mejores está el “retrato del che version manga con corte de pelo de cumbia (años 90) o mullet y patas de tarántula agarrándole el habano”, y “cabeza de jesus rasta con exagerada barba candado flota enojando mientras desarma su collar de perlas”. Péguense una vichada, es realmente de lo más gracioso que he leído, y lo hacen a uno sentirse algo contento de tener brazos y espalda ink-free.
La foto adjunta arriba es de los respectivos brazos de Hiram (líder de Psiconautas, Uoh y miembro de Relaciones Sexuales) y Pau O’Bianchi (cantante de 3 pecados, Millonesdecasasconfantasmas, RR.SS. y andá a saber qué más). Prestar particular atención al tatuaje carcelario de Pau, la consumida serpiente enroscada a la elefantítica espada de mango corto, con una expresión que no se distingue entre la risa y la inminente mordedura.

18 y Yaguarón
Tras una muestra más de la morbosidad de mi insomnio (habría que hacer un estudio de las horas de sueño desaprovechadas en función del apogeo del youtube), me desperté el martes a eso de las doce y cuarto del mediodía, apuradísimo por ir a terapia, que empezaba a la una. De cierto modo, los martes y viernes he construido una suerte de rutina que se basa en levantarme, agarrar La diaria –me llegan sólo los martes y viernes- y tomarme el 121 (casi siempre haciendo todo esto como una creación de George Romero).
Iba a ser un día como cualquier otro, hasta que me fijé en la sección cultura. Un artículo de JG Lagos hablaba de dos libros de Roberto Apprato, uno de ellos llamado 18 y Yaguarón, libro cuyo título capturó mi atención (y luego sabría por qué), por lo que seguí leyendo. Fue ahí que mientras lo leía, comencé a sentir algo entre enojo y asombro -más que enojo, frustración, más que asombro, miedo. JG Lagos estaba hablando de una novela que yo había estado escribiendo durante todo este año. (Explicar las coincidencias entre lo que he estado escribiendo y la reseña que leí significaría hablar de lo que yo espero escribir, o a lo que esperaría llegar en mi escritura, es decir, tendría que elaborarles una especie de manifiesto de cómo tendría que ser leída mi novela, cosa que me resulta algo ridículo y rimbombante, por lo que me voy a limitar a decir que compartía con Appratto cierto marco teórico, y el hecho de que la mayoría de mi historia se desarrollaba en, nada más y nada menos, 18 y Yaguarón). De algo estaba seguro, ni Apprato ni yo nos habíamos leído nuestros respectivos trabajos. Mi novela –o lo que hace unas semanas me ha empezado a gustar llamar novela- estaba celosamente guardada en un archivo word que nunca salió de la computadora. Appratto la debe haber guardado en un cajón, un montón de hojas de computadora escritas a mano, o vaya a saber uno qué. No había leído ningún material suyo, salvo una reseña que se le había hecho a otro de sus libros, Se hizo la noche. La idea de una posible telepatía comenzó a invadir a mis hipótesis, y por un momento comencé a temer la borgeana posibilidad de comprarme el libro, leerlo y descubrir que comienza exactamente igual al mío.
Al día siguiente a tal hallazgo, sin quedarme otra, decidí comprarme el libro.
Por suerte, fueron pasando algunas cuantas carillas y terminé tranquilizándome, al ver que el libro no era tan parecido como me lo imaginaba. Sí puedo encontrar ciertas cosas en común, pero no era la coincidencia anuladora que me aterrorizaba. Pero he aquí la curiosidad: el libro no era igual al que venía escribiendo, pero sí retomaba algo que me venía obsesionando en los últimos meses –sobre todo, desde que empezó la primavera. Básicamente podría decirse que todo el cuento se basa en la espera de un semáforo en rojo en la famosa esquina que corta al Centro de Cordón. El protagonista consigue un libro de Adrián Iaies y comienza a pensar sobre ciertas coincidencias y qué significa realmente ese disco y esas canciones, qué significa el hecho de haberlo buscado tanto tiempo y encontrarlo en ese preciso momento, cómo se puede encontrar el coagulante entre aquella noche que lo escuchó en un auto de Carmelo, y ahora que se lo acababa de comprar. Pero ese cuestionamiento no se queda exclusivamente en eso, y desemboca en una disección analítica de qué significa 18 y Yaguarón, qué significa la calle más allá de su condición de calle y su nombre –que a pesar de ser sólo un nombre cambia todas las cosas-. Appratto emprende esa empresa con tal convicción, con tal lucha a uñas y sudor con y contra el sentido que por momentos parecería que estaría por llegar a una verdad, una verdad a la que ningún filósofo había llegado: qué significa estar en determinado lugar, en un preciso momento. Es tal la introspección que por un momento pareciera que te hiciera un agujero en la dermis del mundo, para mostrarte, entre muchas sombras, vapores y chirriantes engranajes, el sistema de relojería suizo que está detrás de nuestros telones.
Unas semanas atrás me estaba yendo de la casa de María. Lugano es una calle empedrada y a la altura de 19 de abril se levantan unos cuantos jacarandás, que, justo antes de llegar el verano empiezan a largar furiosamente todas sus hojas, encharcando de lila las angostas veredas y parte de la calle. En esa esquina uno se enfrenta al Jardín Botánico, con una linda residencia de ancianos (si la conjuncion de ese adjetivo con tal sustantivo es posible) a su derecha, y una extraña casa de ladrillo a la izquierda. En esa casa había un viejo tomando un te, recostado con algo de dificultad en una hamaca. El día no estaba muy soleado, más bien se generaba una extraña sensación plástica en que el cielo nublado, curiosamente oscuro, volvía más fosforescente el lila de los jacarandás. Después también me percaté que en 19 de abril el follaje de los árboles era particularmente verdoso, y me llegué a preguntar si me pasaba algo en la vista. Fue en ese camino cuesta arriba hacia Suárez (con las garitas militares de la casa presidencial viendo cómo un tipo caminaba mirando hacia arriba), que me comenzaron a invadir una serie de extraños pensamientos de corte místicos o panteístas que nunca me habían venido. Nunca fui consumidor de hongos, ni nada por el estilo, pero aquello lo sentí como un extraño viaje. Caminaba con la cabeza apuntando al cielo y mientras miraba a los árboles mecerse por el viento sacaba conclusiones como “estos árboles están acá desde antes que yo naciera, hasta qué punto son meros espectadores y no actores de todo esto”. Convengamos que tales tipos de razonamientos no son tremendamente originales, y por momentos parecen medios hippie-pedorros, pero lo que me impactaba no era la naturaleza de las conclusiones, sino la forma que me aferraba a ellas, la idea de que realmente viendo aquellos árboles estaba entendiendo algo que nunca antes supe conocer. Y después vino un olor del aire que me hizo acordar a una casa de artesanía que iba cuando era chico. El recuerdo es sencillo, pero conservo una extraña cantidad de elementos satélites que son indisociables a tal construcción. Tendría cinco años, era un día feriado y yo estaba disfrutando del dibujito de Las cazafantasmas, un programa que no podía ver por mis horas preescolares. Recuerdo que mis padres me dijeron que tenía la clase de artesanía. Recuerdo una bufanda y un aire otoñal que es el principal salvoconducto que me lleva a tal cadena de imágnes. Y me acuerdo del lugar, una casa con un fondo tapizado de hojas, un altillo con luces amarillentas donde trabajábamos con arcilla y esas cosas. Recuerdo que se hizo de noche y que quise hacer en arcilla un salón de baile donde bailaba Icabot en el dibujito de El jinete sin cabeza, que tanto me gustaba y daba miedo de niño. Y también me acuerdo de mi abuelo yéndome a buscar, un golpe que se dio en la cabeza, mi impresión imaginándome el dolor del golpe con el techo de ladrillo en esa calva tersa, el pequeño pozo que le había quedado por un injerto de piel que se tuvo que agregar a la pierna, tras la extirpación de un tumor en su pierna. Todo esto me venía, más bien, siempre me viene cuando huelo aquel olor del aire. El olfato es el sentido más colindante con el inconsciente. El oído y la visión están sobrecodificados, y el tacto y el gusto comparte con ellos la capacidad de conseguir un objeto intermediario para recrear determinada sensación en el momento que se precise (uno siempre puede volver a probar antiguos manjares, uno puede –dentro de lo posible- volver a tocar la misma superficie). En cambio, el olfato es pura evanescencia. Prácticamente no hay forma de aprisionar los olores, tal como pretendía Jean Baptiste Grenouille en Perfume, esa película romanticista media exagerada pero algo interesante que salió hace poco en el cine. El olfato es algo caprichoso, y se aferra a olores muy diversos, que no suelen ser encerrados en fragancias. Por esa misma razón, ciertos olores están como en una periferia, sin poder ser recreados, sino que se presentan cuando ellos quieren, como ese olor fresco que sentí en ese trayecto de una cuadra por 19 de abril. Siguiendo con estos devaneos metafísicos, por un momento llegué a la conclusión que ese olor era suficiente para recrear un momento particular, y que en cierto punto podía demostrar que pasado y presente no están tan escindidos después del todo. Por un momento llegué a pensar que incluso si indagaba un poco más, podía descubrir una suerte de máquina del tiempo, pero este es un pensamiento que se daba de lleno contra una puerta cerrada, invisible.
Es en este sentido que vuelvo a Appratto. El tipo comienza a tejer una serie de razonamientos, una introspección exhaustiva que por momentos está a punto de revelar, abrir esa puerta que yo apenas llegaba a intuirla. En la página doce del libro dice: “Estar en el centro es como no estar en ninguna parte, es el comienzo de un relato que va hacia atrás, traza un dibujo en el que unos puntos se destacan, sólo por un segundo, ocupan un lugar y luego desaparecen para que aparezcan otros. Es el pasado que insiste en que lo miren de otra anera (…) el espacio de las veredas deja tiempo para pensar. ¿El pasado? Todo el centro está en pasado, todo es el pasado. Al pensarlo se abría otro espacio, una serie de escenas: me veía caminando a la vuelta del IPA para tomar cerveza en la esquina; con mi padre, en La Sibarita, comiendo un churrasco con huevo frito y papas fritas; en un bar de enfrente con tosa la clase del loce; entrando al cine Trocadero y pagando la entrada ahí; a la izquierda; esperando el ómnibus en la parada que está delante del otro cine; cruzando las carteleras de El Día; entrando en la falería Yaguarón para comprar un regalo; subiendo las escaleras de Jaque, arriba del palacio Díaz. Cada una de esas escenas es una lectura de 18 y Yaguarón, una lámina coloreada apenas, para que yo reconozca detalles de su presencia, pero no sólo de su presencia, sino de lo que eran para mí. Es como pasar de la indiferencia a la diferncia y concentrarse. En ese punto, como veo ahora, la luz disminuye”.
Todo aquello es como una búsqueda desesperado por trascender lo simbólico y llegar a agarrar lo real, pero en el fondo sabemos que aquello es como cazar majuga con las manos.
Ahora estoy esperando al 522, en la parada de 21 de setiembre en frente a Patio Biarritz. Huelo el mar, veo el cielo al borde de la noche y escucho Out of this world de The cure, y sé que está por venir una nueva cadena de asociaciones. Y verdad, no existen historias, en el fondo las historias es una forma de trabajar la materia prima desordenada que nos llega de un continente que ni siquiera conocemos. Hay gente que le llama azar, otros que le encuentran causas místicas, religiosas, económicas o psicológicas, yo sencillamente pienso que hay un espacio entre medio, un nudo, una equis perdida y bastarda que une a esta canción del Bloodflowers con esta tipa desconocida que está sentada al lado mío en la parada, su campera de nylon violeta y sus jeans oscuros, no la mina dentro, sólo la campera de nylon violeta y los jeans oscuros, un punto invisible que la une por sus prendas a la canción, a este olor a mar que viene de la rambla con See Jungle de Bow Wow Wow, y a la vez con esos afiches que había en el Dickens cuando todavía era un brillante alumno de inglés, con esos afiches: Candbridge, Oxford, tipos haciendo windsurf, Stonehage y ese jueves que no tuvimos clase porque no fue nadie, esa película que nos hicieron ver porque no fue nadie, Borrasca blanca, el puerto al que los jóvenes marineros de Borrasca Blanca van al inicio del film y un dibujo que había hecho antes de ir a clase, dos niños mayas cabalgando un rinoceronte, la historia de dos niños mayas que hacían travesuras en una Centroamérica llena de rinocerontes, jugos boom y una noche que le pregunte a mi abuelo qué significaba censura, pensando que era una palabra sexy, cuando la palabra censura no tenía que ver con ningún alemán, y mucho menos con gobiernos o medios de prensa, cuando la palabra censura no era nada más que eso, una palabra escrita en un afiche en el cual aparecía una calavera fosforescente agarrándole el cuello a una tipa.
Y cosas como eso.

Thursday, November 20, 2008

No tan Buenos Aires

The hungry and the hunted
Explode into rock'n'roll bands
That face off against each other out in the street
Down in Jungleland
Bruce Springsteen, Jungleland

Don’t try to be a hero, me repito ni bien pongo los pies en la terminal de Buquebús de Buenos Aires. Me sorprende haber entrado sin ningún chequeo. De hecho, ni siquiera pasé por migraciones, lo cual vuelve las cosas extrañamente excitantes. Pienso que tranquilamente podría salir a la calle Córdoba, disparar tres tiros a la espalda de un empresario y volver cruzar el charco de regreso. El vidrio del lugar se mantendría estoicamente resquebrajado por unos segundos, y luego se desplomaría, ahogando los gritos de yuppies y comensales de aquel lugar que salen del lugar en esas corridas gachas que siempre me resultaron tan graciosas. Yo me iría caminando, mezclándome entre la gente, arrojando el revólver con la tranquilidad de aquellos gangseteres de películas, que se vuelven y se meten en cachilas negras estacionados en segunda fila. Si la policía investigara, no habría nada que pudiera incriminarme, yo nunca estuve en Buenos Aires. Reviso por vigésimo cuarta vez la mochila, tres remeras, un calzoncillo, un pantalón, medias, el libro “Vírgenes Suicidas”. En un sobre de Rumbos efectivamente está mi pasaporte y los cien dólares para arreglarme en la jungla de neón.
A diferencia de las anteriores veces que viajo a Argentina, en esta subyace la idea de que aquello no va a ser precisamente una aventura. Es una visita puramente teleológica: ir al Personal Fest--> ver a Mars Volta--> de paso pispear algo de REM. Hace unos días el novio de una prima mía me había comentado lo bien que la pasó en el toque de Dave Matthews Band, realizado en esa misma orilla, no hace más de un mes. Había tenido noción de aquella presentación, pero por alguna razón no se me había movido un pelo. Ir a aquel toque nunca figuró en mis planes, aún contando el hecho de que por aquella fecha mi calendario estudiantil –y mi bolsillo- estaba bastante holgado. Pero no hice nada y prácticamente me había olvidado del asunto, hasta que en aquel cumpleaños me puse a conversar con el novio de mi prima. Me comentó sobre la lista de temas, el swing del baterista, lo avejentado que está Tim Reynolds, cómo se suplió la ausencia del saxofonista, muerto no hace mucho. Yo escuchaba todo aquello con una sensación de extrañeza, como si fuera un preso al que se le cuentan los asuntos cotidianos, sin poder evitar sentir aquellos cuentos de libertad como abstractos, demasiado lejanos. La tristeza que me invadió una vez de regreso a casa, mientras digería la industrial cantidad de sándwiches de Las gaviotas que me había comido, no era un reproche por habérseme pasado, ni siquiera por sencillamente habérmelo perdido. No, lo que más me jodía es que en realidad aquello no me importaba demasiado. Era la tristeza de aquel amigo al que se va dejando de llamar, de aquella canción que ya no logra erizarte la piel, de aquella mina que te gustaba que te la cruzás por la calle, quedándote hablando con ella y encontrandola mucho más fea de lo que recordabas. Todo aquello era un miedo similar al que comenzaba a sentir por The Mars Volta. Los últimos discos –si bien el último está bastante bien- están muy lejos de la altura de los primeros dos, dejándole las llaves de la casa a Omar Rodríguez López, un tipo que sin una persona manipulando el carretel, se le va demasiado la moto.
Compararlo con los primeros toques de los Sex Pistols en el Lesser Free Trade Hall de seguro es algo exagerado, pero, al menos para mi acotado grupo de amigos, en un marco en el que MTV era el único standard asimilable –al menos para nosotros, ignorantes chicos sin hermanos mayores de buen gusto-, la primera vez que vimos a Mars Volta tuvo un efecto bisagra similar. Eran las entregas de los MTV Latinos y posiblemente todos en nuestras casas esperábamos desganados otro premio inventado para que se lo ganara Shakira, Juanes, o bolsas de humo por el estilo, cuando Zack de la Rocha presentó a esa banda de apariencia setentosa (afros, camisas abiertas, jeans tan ceñidos que parecían tatuados en los muslos). Uno ve aquella presentación y no se le acerca a otras presentaciones netamente superiores de la banda de El Paso, pero aquella performance nos resultó tan intensa, tan diferente a todo lo que conocíamos, que no pudimos procesarlo, se instaló como un trauma, sin saber si aquello era bueno o malo. El día siguiente, a eso de las 7:30 de la mañana todos entramos a la misma clase, y sin decirnos siquiera hola, nos miramos nuestros ojos exaltados y dijimos “sí, yo también lo vi”. Desde ahí, la idea de verlos en vivo, incluso ser aquel moreno al que Cedric Bixler le quitaba los lentes, se había convertido entre nosotros un mito fundacional, algo frente a lo que considerábamos demasiado lejano, casi imposible. Ahora, luego de llamar a Jorge y coordinar un punto de encuentro (Librería Ateneo, Santa Fé y Callao), el miedo de un brazo con poros cerrados comenzaba a invadirme de nuevo.

Camino por la calle mirando para muchísimos lados porque tengo el I-Pod al mango y temo que no escuche un auto y me atropelle sin más, con esas cebras que a diferencia del respeto que se le tienen en Uruguay, los porteños se lanzan como leones hambrientos. Hay algo que está mal. Lo presiento, el corazón me late en la muñeca, el bruxismo y un tic a la altura de la mandíbula amenaza con dejarme completamente desdentado. La sensación de peligro se vuelve inminente, y pronto comprendo que se debe a cuatro cosas:

1) Haber dormido cinco horas de las últimas cuarenta y ocho. Durante el viaje estuve sobregirado, sin poder dormir, aprovechando esa última descarga del sistema simpático para leerme ochenta carillas de Las vírgenes suicidas. Recién me rendí a los últimos diez minutos, por lo que quedé entre un estado de sueño y vigilia que desorienta un poco. Las cosas parecen al borde de efectuarse, los pensamientos parecen explotarte en la cara, uno siempre está a escasos pasos de llorar, cagarse de la risa o encajarle un piñazo a alguien, sin tener mucha idea de por qué 2) Todo el viaje estuve escuchando música. This Heat, La Hermana Menor, Bruce Springsteen, Funkadelic, Sex Pistols. No he escuchado un solo ruido humano desde que llegué a la ciudad porteña, por lo que todo parece sumido a un extraño sentimiento de irrealidad, como si sólo cuatro de mis cinco sentidos se hubieran tomado el Buquebús. En una película muda, la falta de sonido parece aplanar la imagen. En el caso de llevar tu vida tapada por una banda sonora, el entorno, más que enmudecer, parece ser hablado por otro, generándose entre la ciudad y la cabeza de uno, esa otra extraña sensación que se da cinematográficamente al ver una película con problemas de lip-sync
3) Al punto anterior, agregarle que todo el camino por Córdoba esta musicalizado por Johnny Rotten y cía, y por primera vez –como pasa con una persona que tiende a entender las cosas demasiado tarde- me doy cuenta de la dimensión de lo que dice Greil Marcus en Rastros de carmín, sobre la primera vez que se escucharon temas como aquellos. Greil Marcus decía que aquello no era simple rebelión, era algo que desconcertaba y hasta daba miedo, algo frente a lo que la gente pensaba si aquello realmente estaba ocurriendo, como quien ve una explosión, o un catastrófico choque de autos, sin animarse a mover, sólo viendo cómo salen los cuerpos ensangrentados de los acordeones metálicos. Es difícil escuchar Bodies e imaginársela en 1977. Realmente es una canción jodida, tan jodida que aún hoy resultaría incómoda –sobre todo a Tabaré Vázquez-, más aún si uno la escucha de la perspectiva de su propio idioma (nunca nos va a impresionar tanto como a los ingleses en esa época, porque no es lo mismo escuchar She don't want a baby that looks like that/ I don't want a baby that looks like that/ Body, I'm not an animal/Body, an abortion, que en español). Después de los Pistols llegarían Jesus Lizard, y algunas cuantas bandas de metal noruego que hablan de garcharse a bebés por la tráquea, pero desde una perspectiva histórica, aquello es tan jodido que es difícil imaginarse qué pasaría si uno lo pusiera a volumen bien alto, en una casa de Parque Miramar.
4) Buenos Aires en sí, desde su misma histeria, para un diminuto y neurótico Montevideano, es una ciudad intimidante. Esa necesidad de buscar el deseo del otro, a diferencia de Montevideo, que parece más que nada gritar No! en cada esquina, puede trastornar bastante a uno. Me subo a un taxi y cruzamos la 9 de julio. La avenida es tan ancha que por un instante, uno siente que se le va a cerrar sobre sí mismo como un libro, aplastándolo como una desprevenida hormiga. A su vez, el automóvil avanza a unos sesenta kilómetros por hora que en la calle se sienten como ciento veinte, surcando tetas de tres metros de diámetro, coronadas en afiches de comedias de revista en numerosos edificios. Así, semi-dormido como estoy, por un momento tiemblo ante la idea de que un afiche gigante de Florencia de la V cobre vida, destruyendo la ciudad a su paso al mejor estilo Motra.

El conductor no tiene muy buena pinta. Me quedo con la vista clavada en una araña que tiene suspendida en el reverso de su mano. El otro día había visto Promesas del Este. Muy buena la película. Mortessen le funciona como un relojito a Cronemberg. Pienso en aquel material extra que venía con el DVD, un mini documental sobre tatuajes carcelarios, en los que hacían un corte semiológico, explicándote el significado de los más comunes. Justamente, en el inventario aparecía la araña, que en el caso de caminar para arriba significaba que el ladrón seguía cometiendo crímenes, y si caminaba para abajo, ya se había retirado. A ver, en este caso camina hacia abajo, me quedo tranquilo, el tipo no me va a hacer nada,
¿Dije eso?
El estado de semi vigilia me asalta la duda de si estaba pensando aquello en voz alta, pero el conductor ni se inmuta, lo cual significa que probablemente no haya dicho nada –o que el tipo se haga el boludo, para desquitarse después, quien sabe. En una calle aleatoria de Santa Fé le digo que me baje, y el tipo amistosamente me dice “Son * pesos, maestro” (*me olvidé cuanto era). Le doy la plata, y calculando mal la transformación de monedas, me doy cuenta que le dejé como veinte pesos –uruguayos- de propina.
Si fuera por mí, hubiera seguido escuchando música, pero el I-Pod se terminó dejándome solo, habiéndosele descargado toda la batería.
Buenos Aires ahora se convierte en una ciudad tridimensional.
Camino un poco y me voy metiendo en algunas galerías y librerías. Busco Historia de las drogas (los tres tomos gordos) de Escothado, pero nadie los tiene. Hay una camiseta de Nueva Chicago, pero me parece que es medio gastadero, para las otras cosas que tengo pensado comprarme. Entro en La quinta avenida y se me cae la baba con los discos que hay. NEU! 2, Thank you for mental illness, The Modern DanceI ofren dream of trains!!!. No puedo ocultar mi exaltación al borde del meo, pero los precios son violentos, y considerándolo bien, podría comprar aquello via internet y me saldría mucho más barato. Luego de hacerle veinte preguntas al tipo, le pido que me de el nombre de la tienda y me pregunta si soy de allá. Le digo que no, y resulta que el tipo también es uruguayo, pero extrañamente, no quiere conversar nada de aquel lugar. Abraxas, la tienda. Me voy caminando, viendo como la tapa del disco de Robyn Hitchcock se comienza a hacer cada vez más chica a medida que me alejo, como si fuera una novia a la que ve perderse en el tren desde mi andén.
Le pregunto a dos veteranos sobre la Bond Street y ninguno sabe dejarme instrucciones claras. Camino un poco más y veo a dos minas con pinta de ser fans de Miranda!, y demostrando que mi target sigue bastante ajustado, me lo dicen con la naturalidad de quien va para allá dos veces al día.
Es un jueves, pero yo recuerdo a la Bond Street más llena. La última vez que había ido, aquello era un hormiguero de emos, darks con borceguíes ortopédicos, minitas kitsch ansiosas por tatuarse una estrellita en la nuca. Ahora –por lo menos a las cinco y media de la tarde- no hay casi nadie, dos gordos peludos con camisetas de Iron Maiden y Megadeath, una veterana con cara de haberse matado a efedrina, tres chicas liceales con la corbata aún puesta ojeando unos piercings entre risas anticipatorias, y dos tipos comunes, sin nada con lo que calificarlos. Las tiendas siguen siendo más o menos las mismas. Busco alguna camiseta –en otros años, las compras de indumentaria casi exclusivamente las realizaba en aquella galería-, pero pronto el descubrimiento de que no hay nada que me interese ponerme de ahí se me revela como un mensaje que va mucho más allá de lo meramente indumentario: las camisetas son las mismas de siempre, aquellos mensajes graciosos, elocuentes, ingeniosos que siempre me había gustado llevar, pero ahora no me generan nada, es más, miro los diseños con cierta incomodidad, como quien se mira en fotos un peinado suyo demasiado atado a una época determinada. Paso por las galerías y sigo sintiendo una extraña sensación de decadencia, pero pronto comienzo a pensar que quizás no es la Bond Street, sino yo el que cambió. Estoy por comprar una camiseta del Goo para mi hermana, pero solo tienen large. En una tienda de discos me compro a buen precio el Funeral, de Arcade Fire. Estoy casi rindiéndome, cuando voy a una tienda de comics arty que siempre me había gustado. En la tienda una tipa de unos treinta y pico me pregunta si andaba buscando algo en especial, y le contesto sin mucha esperanza, “Algo de Julie Doucet”. La tipa me conduce a una esquina de la tienda y de ahí saca “Diario de Nueva York”, otro libro que no recuerdo y otro de los diarios, pero este organizado como una agenda, con trescientos sesenta y cinco días detallados con ese puntillismo casi barroco que caracteriza a la canadiense. Ya había comprado casi sin fijarme el precio una liadísima edición de “La sociedad del espectáculo”, y el precio de los libros de Doucet me descorazona un poco. Mientras le comento lo mucho que había buscado material de la canadiense, la mujer me pregunta “Vos no sos argentino, no?”. (Cuando tres personas en una hora te preguntan si sos extranjero, de seguro algo mal estás haciendo). Le revelo mi procedencia, y me dice que siempre había querido ir a Uruguay, que de hecho el dueño de la tienda es uruguayo, y siempre le dijo de ir con ella. Yo sigo medio cruzado, con una sensación de pródromo a un panick attack fulminante, y le digo algunas cosas medias erráticas sobre las diferencias entre Buenos Aires y Montevideo, y la necesidad de visitar a Uruguay bajo sus propias normas, teniendo que ir en plan de ciudadano, más que de turista, para apreciarlo plenamente (intentaba hacer un repaso mental de mi anterior post, pero largo frases inconexas muy poco claras). Salgo del local y vuelvo a entrar, para preguntarle si por casualidad tienen el “Please Kill me” –que no, no lo tienen, pero sí les queda uno llamado “Please eat me”, que es sobre hardcores veganos, o algo por el estilo-, y para ofrecerle colocar mi libro en alguna de sus bateas. La tipa accede sin ningún problema y me pregunta a cuánto quiero venderlo. Le respondo “al precio que a vos te parezca, no voy a volver a acá, no te voy a reclamar ninguna plata”. Ni bien lanzo mi respuesta, noto aquella frase como muy dramática, casi fatalista, y la tipa me dice “bueno, tampoco para tanto, che”. Le digo que lo ponga a un precio sumamente accesible, y decide marcarlo a quince pesos. Le digo que si le parece bien, a mi también me parece bien. Me despido y la tipa se me queda mirando como un bicho raro, mirando el libro y comparándome con el tipo de la solapa de Caja Negra, que sentado en un escalón y mirando para el costado parece un poco más seguro, esperanzado, o sereno.

Espero a Jorge en Librería Ateneo. Es mi tercera vez ahí y se termina confirmar mi suposición:
Librerías como Ateneo, son a la literatura lo que los Blockbusters son al cine:
Montañas y montañas de nada.
No sólo es incómoda como librería, sino que tienden a llenarte el ojo con una estantería con cincuenta ejemplares del mismo libro de Paul Auster, mientras que de Bukowsky –que tampoco estamos hablando del inconseguible Razones Locas, de Alencar Pintos- sólo tienen (a duras penas) Mujeres y La senda del perdedor. El resto, estanterías y estanterías de libros de autoayuda, ediciones paquetas de los mejores fotógrafos, Arte y Diseño, libros para turistas sin mucha imaginación, una sección de literatura argentina que tiene veinte mil libros de Sábato, y apenas dos de Lamborghini.
Enojado por aquello, me dispongo a esperar a Jorge en la puerta, cuando me lo encuentro, empilchado con ropa de oficinista.
Agarramos para abajo y nos tomamos unas cervezas en un bar bastante familiar. Traen una buena picada, cortesía de la casa, y a medida que tomo, siento que por primera vez en el día las cosas se van ordenando por sí solas, como quien deja asentarse una masa. Como si hubiesen sacado a Buenos Aires de una licuadora, para dejarlo reposar en la heladera.
Lo que queda del día pasa rápido: subte, ómnibus a Flores, casa de Jorge, familia de Jorge, delicioso sushi nunca antes comido en restaurante japonés escondida, jugar a contar judíos en Flores, corto descanso, noche en San Telmo.
Es temprano, pero le digo a Jorge que si no vamos a San Telmo a eso de las doce y media, probablemente me duerma o me desmaye en el cuarto. El auto de Jorge surca bastante veloz un Buenos Aires todavía medio dormido- medio despierto (tal como yo, confiado en el cinturón de seguridad). Jorge mantiene a rajatabla el fascismo beatlero, mi capacidad de elección sobre la música del auto se limita entre Macca, Lennon y Harrison. Fiel a mis gustos, elijo el All things must pass y le comento, sólo por hacer daño, que los Beatles sin George Martin no hubieran sido nadie.
San Telmo está tranquilo, todavía es temprano y sólo está relativamente exultante en la plaza principal. Vagamos por las callejuelas y terminamos en un bar llamado Libido, que de libido en realidad no tiene nada, perdido en una esquina, vacío, con un aire a los cuadros de Edward Hopper. El precio está muy bien, Jorge pide una Stella Artois y yo un Jameson. Los pure malt se me convirtieron en un fetiche en estos últimos meses. El mozo llega con un vaso ultra cargado, que por lejos supera todas las normas en cuanto a medidas, lo que es una muy buena noticia. A medida que tomo, el cuerpo se me afloja. Me he dado cuenta de que todas las cosas que hago se vuelven mejores si tengo dos whiskies arriba. Eso sonó a discurso de borracho, pero realmente, las cosas adquieren otro orden. La felicidad y la tristeza, la excitación y la desidia, la risa y la seriedad, lo lúdico y lo intelectual, todo es mejor, tiene otra dimensión con un poco de whisky arriba.
Día D. En el camino al Personal Fest, la muchedumbre bastante bien arreglada se entremezcla con huestes rollingas, indiferentemente vestidos de negro, lo que los hace ver como un híbrido entre fans de Viejas locas y My Chemical Romance. Resultan un cuerpo extraño, al menos para el perfil que uno espera en base a las bandas que van a tocar. Es ahí que en determinado punto nuestros caminos se bifurcan, y ahí me informan que, a escasas cuadras, hay un toque de Ratones Paranoicos. Habíamos quedado en encontrarnos con unos amigos de Montevideo en la puerta: Pez Rabioso, El barón de la laguna y El cápsula, que se estaban hospedando en el dudoso O Rei, hotel de treinta pesos la noche. Como es de esperar, los pibes no llegan a tiempo y nos tenemos que meter, por miedo a que los Volta empiecen sin nosotros. En el camino me encontraré por primera vez con Hiram, vocalista de la uruguaya Psiconautas, que, antes de decirme hola me pregunta si tengo porro, al servicio de un ademán reconocible formado por el arco entre el dedo índice y el pulgar.
En el cacheo de la entrada me preguntan si llevo drogas conmigo, y por un momento pienso decirle “tengo un par de supositorios de opio en el culo, si querés revisame”, pero prefiero hacerla fácil y digo “no”. "Mejor, entonces", me responde el security.
Me ofrecen la bincha corbata, pero no la acepto. Pronto los poco comunes fucsia y violeta se convierte en colores primarios.
Jorge y yo tratamos de hacernos un lugar como podemos en la muchedumbre que se agolpa esperando el show de Mars Volta. A nuestras espaldas, en el otro escenario, Emanuel Horvilleur canta que si no puede ser con ella, mejor querría hacer algo con su hermana. Me sorprende que con todo, ante semejante mariconeada, no hay reacciones particularmente violentsa de ninguno de los que están esperando a Bixler, Rodríguez y compañía.
Me encuentro por segunda vez a Hiram, quien está quemado porque la tripa no le está haciendo efecto del todo. Con Hiram, todas las historias comienzan y terminan con “estaba/mos re entripado/s”. Los Psiconautas, junto a IMAO, son esos tipos que hacen de su cuerpo una propia tabla de disecciones, que comen o se toman todo lo que crece del pasto, y que, tarde o temprano a este ritmo se convertirán en mártires de los estudios de la psicodelia sobre el cerebro humano. Hiram en especial, es como un niño, pero drogado. Mientras que mi experiencia con triperos no suele ser la mejor, con Hiram la cuestión sigue manteniendo un aspecto lúdico que nunca termina por enmarañarse con tratados místicos, resultando sus cuelgues historias muy entretenidas, dentro y fuera de su cabeza. Unas horas después, me encontraría con mis amigos de facultad, y me contarían el surrealista viaje en el Buquebus a las tres de la mañana, con Hiram jugando a un Tetris y gritando “Esto no es el Tetris, esta música y Bonus no estaban el original!!!”, y luego, completamente entripado, gastándose ciento cincuenta pesos en la maquinita del Metal Slug del Elaida Isabel.
Trompetas de duelo con acentos mariachis abren el show, aparece Omar Rodríguez López y Cedric, con unos rulos que pasaron el limite de lo perdonable, llegándole a la mitad de la espalda. La banda comienza con Drunkship of lanterns. En una serie de movimientos muy bien coordinados llego a la segunda fila. Durante todo el tema (más o menos media hora), las avalanchas de gente se convierten en una amenaza concreta, en donde la vida de uno parece realmente puesta en juego. Uno termina intelectualizando dichas oleadas, encajándolas dentro de cierta secuencia como Papillón en la Isla del Diablo. Por momentos creo aguantar, pero en ciertos puntos, la presión –tanto de atrás como por delante- amenaza con aplastar mi caja toráxica, vencer mis costillas y dejar todo lo que es recubierto por ellos como una torta aplastada dentro de su caja. El intenso sol no ayuda, y tengo que lograr ver como puedo, con unos lentes que se empañan con mi sudor y los de otros. Al terminar el tema y comenzar Viscera Eyes, siento necesario irme un poco para atrás. Mi rostro está completamente desencajado, y la gente se me aparta, por miedo a que los ataque o les vomite encima. A cierta distancia prudente puedo apreciar el toque. Es un concierto particular. Parezco procesar las cosas de otra manera, no las incorporo auditivamente, sino que todo permanece atado por lazos visuales, imágenes que se me quedan tatuadas en el cerebro, como la figura de Omar Rodríguez López reflejada en el bombo y trepidando ante cada golpe, Cedric parado en un amplificador mordiendo como un pitbull unos cobertores que colgaban de las luces. La gente se emociona, grita, se sabe las letras desquiciadas de los tipos. Viendo al público, los reconozco como una población bastante sincera, de esa gente que se cuelga con los solos, sin preocuparse cuál será la nueva película de Herzog, o qué dice o qué no dice la nueva nota de la pitchfork. En un mundo donde los hipsters crecen como una plaga, los solos de guitarra salvarán al mundo.
El toque termina y tan ensopado como satisfecho me vuelvo tambaleando a una zona de descanso donde vuelvo a encontrarme con Hiram, quien, completamente pasado por sudor como yo, me mira con los ojos a punto de salir de sus cuencas y me dice aguaa, no tenes aguaa, me estoy deshidratando!!!!.
Toca Bloc Party, pero estoy demasiado ocupado en restablecer mis funciones vitales. De pura casualidad, me encuentro con mis amigos. Saludo a Pez Rabioso y lo encuentro hablando con Ariel Minimal, a quien se le va extendiendo una simpática pelada franciscana. Pez Rabioso me cuenta que se tomaron el mismo subte, quedándose hablando con el Ariel de El Loco Abreu.
Luego de dar unas cuantas vueltas, esperamos a REM, teniendo que observar en las pantallas gigantes el triste espectáculo de Kaiser Chiefs, con un gordo que en sus intentos de arengamiento a la gente parece tan inefectivo como un líder de Bariloche entre una jauría de pendejos cachondos.
Del toque de REM saco en limpio un par de cosas. Anduve leyendo los resúmenes de aquella presentación en varios blogs. A diferencia de ellos, no me emocioné, y mucho menos me sentí al borde de las lágrimas, pero la presentación la admiré desde otro punto de vista, uno técnico, una envidia sobre el gigantesco frontman que es Michael Stipe. Nunca en mi vida vi alguien que cubriera de manera tan increíble el escenario, todos sus movimientos, hasta el mínimo arqueamiento de cejas era parte de una megacoreografía, que envolvía a todos los que estábamos viendo. Objetivamente, Stipe abrió el itinerario del perfecto demagogo y amplió los recursos hasta puntos nunca antes visto, pero por alguna razón, aquello no resultaba incómodo, hasta uno llegaba a compartir sus esperanzas, en esa promesa tan difusa –aunque al menos es un consuelo- de un mundo distinto sobre los hombros de Barack Obama (se llegó a poner una imagen del, en aquel momento, candidato, en la pantalla gigante). En ese manejo de los tiempos y el espacio estriba la diferencia entre la demagogia de Stipe, que si no es creíble, al menos es cautivante (como la de los buenos demagogos, sean héroes o dictadores), y la del gordo de los Kaiser Chiefs. Stipe esbozaba una sonrisa y se caía el estadio, por momentos me llegó a dar algo de miedo, pensando que estábamos todos a su merced, que si lo hubiera querido, perfectamente hubiera exigido algún sacrificio humano y alguno que otro se hubiera presentado con particular estoicismo.
Termina el toque y me voy caminando, cruzándome con un tipo que le podría haber hecho frente a Henry Rollins. El tipo me mira y emocionado me grita “Essssa, Suicide”. Al principio pienso que es parte de un grito intimidatorio, pero entonces me doy cuenta que se refiere a mi camiseta. Nos quedamos hablando de la primera vez que escuchamos Frankie Teardrop, y el tipo me cuenta de sus pasados hábitos darks, de su fanatismo de Einsturzende Neubauten mostrándome sus cicatrices de tinta con el simpático símbolo de la banda. Le comento aquella simpática situación que relaté en un post viejo, y se caga de la risa sonoramente. Ahora que me doy cuenta, tiene todos mis gustos, pero, al igual que en masa muscular, todo lo que hago o me gusta lo supera en entusiasmo, aullando emocionado cada vez que le menciono un disco de Einsturzende o de Nick Cave. Nos despedimos, y me doy cuenta de que por primera vez, alguien no me pregunta si soy de otro país. La música es un lugar, me repito para adentro, y ahí me encuentro al Cápsula, quejándose de los siete pesos que sale una botella de agua.

A la salida del toque nos cruzamos con otros integrantes de Cadáver Exquisito. Queremos morfar algo, pero extrañamente por avenida Libertador no hay ningun bar, pizzería o lo que fuese abierto. Al final terminamos yendo a un Mc Donalds. Entre la nueva gente que se nos agregó, hay un extraño hombrecito de lentes que habla en voz baja sin mostrar en ningun momento cualquier tipo de expresión. Me dice que puede conseguirme un importante descuento en Mc Donalds, y yo le sigo la corriente (sin muchas esperanzas). Habla con la cajera, y tras mostrarle una tarjeta ella le responde con esa frialdad que solo tienen las cajeras que esa expiró hace tiempo. El le explica que es uruguayo y que trabaja en Mc Donalds. Lo dice con total tranquilidad, no le mira los ojos a la tipa, sino a una parte indefinida de su visera. Sin levantar nunca la voz, ese hombrecito de lentes adquiere una extraña importancia, como si fuera esos senseis japoneses que pese a su tamaño, se los anticipa como mortalmente peligrosos. Efectivamente, la cajera le termina pidiendo perdón y el tipo nos alcanza las hamburguesas, con total serenidad. Luego de comentarle el suceso a un amigo, me cita una canción de Pez, con los que habían estado hacía menos de tres horas:
Y cuanto más grita, menos es escuchado.

El domingo a la mañana comí en lo de Jorge. Tenía que irme a eso de las tres y nos quedamos viendo en familia cómo un negro francés le daba una paliza a David Nalbadian.
Jorge me acompaña a la terminal de Buquebús, dejando abierta las puertas entre los dos ríos, para que pueda visitar quienquiera en el momento que quiera.
En el barco me enchufo el I-Pod recargado. Escucho el Born to run de Bruce Springsteen. Es un disco exagerado hasta el absurdo, pero tiene una cuota épica que me resulta inevitablemente cautivante. Jungleland posiblemente sea uno de los temas más estrambóticos que se hayan hecho. Todo es épico. Uno puede estar lavando un colchón y cuando lo escucha se siente un héroe. Sobre todo en esa forma que entran el saxofón y el piano, especialmente en esa parte que The Boss dice con voz temblorosa

Beneath the city two hearts beat
Soul engines running through a night so tender
In a bedroom locked
In whispers of soft refusal
And then surrender

Extrañado, miro cómo Montevideo se acerca lentamente por la ventanilla. Estoy terminando Vírgenes Suicidas, me quedan unas pocas carillas. Reviso una bolsa en la que llevo jabones deliciosamente perfumados para María. Un niño de dos años me agarra de la mano, y yo se la dejo, sin saber mucho que hacer, ya que la madre a mi lado está dormida.
Me quedo terminando esas últimas carillas, con la mano del niño apretando mi pulgar, escuchando al Bruce decir

A real death waltz
Between what's flesh and what's fantasy
And the poets down here
Don't write nothing at all
They just stand back and let it all be
And in the quick of the night
They reach for their moment
And try to make an honest stand
But they wind up wounded
Not even dead
Tonight in Jungleland

,viendo cómo el sol desciende y el mar se vuelve argento, o más bien, gris

Sunday, October 12, 2008

Dueños de la sensación

The only questions worth asking today are whether humans are going to have any emotions tomorrow, and what the quality of life will be if the answer is no.

Lester Bangs

Paso maravillado las páginas de El hombre ante la muerte, un laburo monumental realizado por Philippe Ariès, que intenta analizar y ser documento de todos las transformaciones que se han dado, desde el principio de los días, alrededor de los ritos mortuorios de los hombres. El trabajo no se queda en una mera cuestión taxonómica o fenomenológica, y el tipo a partir de sus análisis hace un interesante estudio, no sólo de cómo ha mutado la concepción de vida y muerte, sino también del pecado, la productividad, el romanticismo, el amor y la sensibilidad propia de una época. Hablar sobre el libro daría para rato, pero lo que particularmente llamó mi atención fueron algunas brillantes apreciaciones sobre la muerte de hoy en día, que levanta sus puentes hacia ciertos aspectos de una sensibilidad que impera en la vida cotidiana, así como en las artes. El período que nos abarca será llamado el de La muerte invertida.
Hasta la primera guerra mundial, al menos en el mundo occidental, la muerte de una persona modificaba el espacio y tiempo de un grupo social, instrumentándose ciertos ritos o hábitos, como podría ser cerrar los postigos, hacer sonar las campanas de la iglesia, o realizarse vistosos cortejos fúnebres. De cierto modo, el duelo no recaía tanto sobre el núcleo familiar, o los más íntimos del difunto, sino que se repartía entre todos los miembros de la comunidad. El tono afectado, casi bullicioso de aquellos funerales, coloridamente patético, y por momentos rozando en algunas aristas con el auténtico festejo, se realizaba para repudiar la muerte, o al menos ahuyentarla temporalmente, es decir, como si la reacción del pueblo fuese más una acción en constructo a la entidad abstracta de la muerte, más que el puro dolor descarnado y desanudado que recae sobre el duelista de nuestros tiempos actuales. Es recién a partir de la segunda guerra mundial –en un mundo que fue testigo del horroroso poder devastador del hombre, al mismo tiempo que iba transformándose conforme a las mutaciones antropófagas del capitalismo- que la inscripción entre individuo y sociedad pierde esa continuidad casi edénica que lo caracterizaba, erigiéndose lo privado, y aflojándose los lazos entre la sociedad (por lo menos en entornos urbanos, o propiamente industriales). En el estado actual de las cosas, la desaparición de un individuo ya no afecta a la continuidad de una colectividad, todo el acontecer transcurre en los días siguientes como si nadie hubiese muerto. Cualquier intento de mostrar dolor ante el resto del mundo es sintomática, o disimuladamente censurado, la muerte se vuelve pornográfica.

De esta manera, se produce un tipo de sufrimiento a huis clos, en donde la sociedad pierde el rol que tenía antes, a la vez que comienza una economización de recursos en lo que concierne a los aspectos ritualísticos y simbólicos (simplificación de los ataúdes, suplantación de los rural cemetery por jardines, etc.). A tal decadencia de ritos le corresponde la totemización de la ciencia como medida de todas las cosas, con la medicalización como principal medidador del hombre en torno a su finitud. A través de ciertos avances tecnológicos-científicos, el médico suplanta las antiguas recetas populares y comienza a poder extender la vida más allá de lo que tenía imaginado. En la medida en que la higiene –por los mismos controles de epidemias- se va convirtiendo en un fin fundamental, la muerte, lejos de ser aquel desenlace dignificador del pasado, se comienza a percibir como algo sucio y repugnante. Las aproximaciones hacia la muerte comienzan a teñirse de esa misma asepsia que caracterizaba a los hospitales, y el mantenimiento de la vida, lejos de ser un criterio más a tener en cuenta, pasa a convertirse en un fin en sí mismo. Tal fin justifica toda intervención, y el hospital va adquiriendo omnipresencia como principal marco en donde la mayoría de las personas dejan de existir. El falleciente deja de ser aquella persona orgullosa y conciente de su destino que impartía sus últimas voluntades desde su misma habitación al resto de sus allegados, y se suplanta por el sujeto débil, entubado, que se muere prácticamente sin saberlo, o lo que es peor, engañado. El mundo comienza a entrar en una etapa llena de Ivanes Illitch, terminales y ancianos a los que son mentidos y conducidos como si fuesen niños (una mentira por partida doble, que no sólo va del médico hacia el paciente, sino que del mismo paciente hacia el médico, haciéndole creer que está creyendo aquello que el otro le dice).
Ante todo, lo que primero impera es la necesidad de mantener a la muerte lo más alejada posible, algo que no sólo se nota en la práctica médica, sino también en los funeral homes norteamericanos. Cuando parecía que las exequias eran parte del pasado, los funeral homes (no solo los velatorios realizados en la casa, sino esos servicios privados que se podían ver en series como Six feet under) descentran de la iglesia los ritos de despedida, pero reconducen los mismos dentro de los imperativos capitalistas: la muerte se vuelve un negocio. Sin embargo, Ariès nos señala que en este negocio de la muerte, hay todo excepto muerte. Mientras que en los antiguos ritos quedaba bastante patente la noción de la muerte, tanto desde su imaginería religiosa, como desde la reacción social hacia ella (sin ir muy lejos, la opción de mostrar el cuerpo en el ataúd abierto), en los funeral homes se intenta mantener una ilusión de vida a toda costa, realizando los velatorios en la casa del muerto, embalsamándolo, maquillándolo, por así decirlo, tuneándolo con el fin de hacerlo parecer lo más vivo posible.
Ahora, ¿qué tiene que ver todo esto con las cosas que suelo escribir acá –dígase música, cine, o la majestuosidad de Claudia Cardinale?- Parecería que hoy en día hubiera una gran desconfianza hacia las emociones. Se generó un miedo neurótico de pasar al melodrama. La fecha no es precisa, pero en la última década, así como ya se intentaba púdicamente callar al muerto a la hora de dar sus últimas órdenes, las canciones –al menos en el ámbito en lo que por antonomasia se suele llamar rock, no tan así en el caso del pop- comenzaron a cortar, como quien corta vino con soda, el caudal emocional que podía prometer una canción (también está el otro lado de la balanza, que ante la utilización de la teenage angst se terminó banalizando la emoción). Las razones, más allá de la patada al hígado que quedó luego de una de las eras más larger than life que se hayan registrado(el heavy metal ochentoso, lleno de esas baladas tocadas en la lluvia y tipos-haciendo-sweetpicking-mientras-se-paraban-en-el-manubrio-de-motocicletas-con-forma-de-dragón-prendidas-fuego-dirigiéndose-al-fondo-de-un-volcán-en-erupción-custodiado-por-orcos-con-motosierras-llenas-de-dinamita), se puede rastrear en la misma estética y filosofía posmo que trata de subvertir todos los grandes discursos (y la muerte no es otra cosa que ese gran e inexpugnable discurso que oímos al final de los días). Cualquier sentimiento purpúreo es tratado con la misma asepsia que un doctor cura una infección, son mirados con una sospecha antigua, como si fuera un aumento drástico en el registro de los glóbulos blancos de un cuerpo, como si fuera un moho creciendo sobre el borde de un pan bimbo.
La vectorización de tal repudio da lugar a dos vías de solución:
a) O bien se elimina de lleno todo sentimentalismo o creencia; o bien se los toma, se abusa de ellos, hinchándolos como a un perro con anabólicos hasta convertirlo en algo completamente diferente.
b) Las dos soluciones toman forma o en recurrir al cinismo para exorcizar la casa del fantasma de la cursilería, o atrapar al mismo fantasma y llevarlo a una tienda ambulante, en donde la gente se ríe y le arroja maní a través de la jaula, pero seguro que detrás de esos barrotes no hay nada que aquel freak pueda hacer.
c) La primera solución se puede ver en el detachment cool de toda verdad o posicionamiento, en las fiestas Compass, en los escritores que malinterpretaron a Carver, en los cineastas que no entienden a Wes Anderson, o en el 90% de las películas indies, como puede ser Juno, con ese rechazo casi neurótico a todo tipo de pathos
La segunda solución se puede ver en Dani Umpi, Miranda!, Closet, el electroclash, Max Capote, Architecture in Helsinki, el pseudo kitsch del diseño de Galería del Virrey.

Interludio I, tiempo es oro
El fino tenía una hot date y me pidió que lo acompañase al shopping a comprarse una camisa. En mi caso, ponerme una camisa significa o que pasó algo muy importante o algo muy terrible (asistir al quincuagésimo aniversario de casados de mis abuelos, o a un funeral, respectivamente), por lo que no soy de las mejores compañías a la hora de asistir en la compra de tal prenda.
Soy alguien que firmemente cree en la posibilidad de elegir y tener preferencias con respecto a prácticamente cualquier tema, ya sea poder determinar si la Patricia es mejor a la Pilsen, si Ráfaga era mejor que Monterrojo, si es preferible la cera a la pinza de cejas, o cual de todas las ex de la Tota Santillán está más buena.
Soy un tipo que ama las decisiones (y que extrañamente votará anulado para las próximas elecciones, aunque eso también es elegir), pero por extraño que parezca, todas las camisas me parecen iguales. Básicamente puedo dividirlas en tres categorías:
a) Las normales
b) Las ridículas
c) Las demasiado gay
Como el fino sabe esto, suele decidir incluir un tercero a la búsqueda, en este caso Santiago, un hulk rosado reformado, que mediante un cese progresivo de los fierros logró volver su cuerpo adaptable a la ropa en general.
Vamos por diferentes tiendas y se suceden las mismas camisas una tras otras, el fino y Santiago hablan de texturas, tonalidades y cortes, pero yo sólo veo pedazos de tela a rayas o a cuadros. La cosa se me va volviendo media aburrida, pero entonces a el fino se le ocurre ir a Zara. Ya había hablado sobre dicha tienda en este post, pero debo volver a señalar que es la máxima expresión de la ropa (al menos la masculina) tan complicada como risible. En el diseño de Zara siempre subyace la filosofía de cuanto más, mejor. Parecería que los dueños tuvieran encadenado a un viejo que decide poner telas polares, parches y bolsillos de forma aleatoria a cualquier cosa que le cae por un tubo, en una celda en donde ni siquiera se llega a ver las manos.
La cosecha de primavera no resulta tan ridícula como la de otras veces, pero entonces me encuentro con este buzo. Es una prenda escote en v, y detrás del mismo sobresale el cuello de una camisa. Pensando que es un extraño descuido de uno de los hiper-masculinos vendedores de la tienda, tomo la percha, esperando separar la camisa del buzo y entonces me doy cuenta de que los dos forman parte de la misma prenda. Me quedo consternado. Cuando era chico había algunos cuantos fanáticos de Kurt Cobain que se ponían una camiseta de manga larga debajo de una de manga corta (algo que hice un par de veces, pero que me resultaba particularmente incómodo), pero al menos compartían las mismas texturas, y podían sacarse una de ellas cuando quisieran. Esto era distinto, y de sólo pensarlo me molestaba. ¿A qué se debe esto? ¿El vértigo de los tiempos modernos, a lo Paul Virilio ha llevado a intentar ahorrar el tiempo hasta el punto de solucionar el trámite de ponerse dos ropas en un mismo movimiento? ¿Una nueva revolución sexual ha llevado a que la gente a tal libertinaje que es necesario privarse de la ropa en meros instantes? ¿La crisis financiera estadounidense ha impactado el mundo de la indumentaria al punto de que hay que ahorrar en material, simplificando el diseño de dos costosas prendas en una sola?.
Cualquiera que fuesen las razones, se me ocurrió diseñar una nueva indumentaria que se acople a la simplificación y sincretismo características de las necesidades del hombre de hoy.

Hipsters
De todos estos cambios culturales que venía hablando, los hipsters son la última monstruosa creación.
El gran virus que se escapó de un tubo de ensayo estrellado contra el suelo.
Hace poco menos de dos meses, cuando alguien hablaba de hipsters para mí se refería a Neal Cassady, o esos tipos tan interesantes como marginales que aparecían en las novelas de Kerouac. Sin embargo, en cuestión de unas semanas, y posiblemente a causa de este artículo de Adbusters -que llegué via elbailemoderno- comencé a conocer la redefinición de esta palabra que en un inicio asociaba a personajes más bien simpáticos.
Luego de lo leído en muchos blogs, ya sea este, este, o este, saco la conclusión de que a determinada temperatura y expuestos a cierta luz del sol, los hipsters son un Chernobyl cultural, un inesperado error de fábrica, un sea monkey devenido en monstruo de Leviatán.
Una -en apariencia- insignificante burbuja de oxígeno dirigiéndose tranquilamente hasta el centro del corazón.
Es el Sida pronunciado en su lengua social, la idea de un virus autodeformante, tan poderoso en su completo apartamento de todo –incluso de sí mismo- que es imposible de ser tomado por alguno de sus partes. No es cuestión de esgrimir el mandato moral de que todo nuevo movimiento tiene la obligación de ser contracultural desde el vamos (siendo el hipster un individuo apático y más bien cómodo, e incluso podría decirse, adaptado a su medio social), sino que tiene efectos, más que políticos, humanos. Es una negación radical, pero no ese there’s no future for you! desgarrando la garganta de Johnny Rotten, sino un no, un nah, irónico, risible, pronunciado entre dientes, desvaneciéndose como el humo que sale de sus cigarrillos Parliament colgando de sus bocas.
Por ahí todo esto que digo parece demasiado apocalíptico, y resulta más digno de una veterana en una junta de padres, un psicobolche indignado en una reunión de la FEUU, o un pseudo brasilero predicando en una iglesia improvisada sobre un antiguo cine, pero la construcción de esa nueva identidad es más falsa, y a la vez más culturalmente nociva que cualquier plancha, dark, emo, punk, o hincha de Peñarol que pueda existir.
Incluso los hipsters fracasan en su hedonismo. En su caso, el hedonismo es un mero ensayo, una mala fotocopia de placer sin restricciones, ya que la búsqueda de placer se atiene a un código, una agenda que vuelve todo demasiado autoconsciente, más bien una radical vuelta de tuerca al ideal franciscano de llegar a la unidad por medio de la privación de todo (en este caso, no lo material, sino cualquier posicionamiento, cualquier contenido emocional).
El problema reside en su misma naturaleza escurridiza, que impide agarrarlos, o atacarlos por un mismo flanco, tal como lo dice Douglas Haddow:
“But it is rare, if not impossible, to find an individual who will proclaim themself a proud hipster. It’s an odd dance of self-identity – adamantly denying your existence while wearing clearly defined symbols that proclaims it”.
Un plancha –la persona que se define con orgullo como tal- se tiñe cada mechón de su pelo, mete sus pies en las naves Nike, se coloca su camiseta del Barcelona, su visera ligeramente inclinada para arriba, o la campera Alpha Polar, pero a diferencia de los lentes de armazón grueso sin aumento y las camisetas con mensajes irónicos de los hipsters, esa vestimenta es casi una preparación para el campo de batalla. Aunque la cotidianeidad convierta la ropa de uno algo tan, a la larga, intrascendente como cuando yo me pongo una remera de Suicide, aquello es un soy plancha y qué, una razón por la cual algunos bares o boliches no lo dejarían entrar a su establecimiento, una razón por la que un policía acariciaría su cachiporra.
Cuando iba a Keops, cuando se cortaba una canción de, supongan, los Buitres y comenzaba a retumbar en las paredes el último tema de Pibes Chorros, uno por un momento entendía la estructura nitrogenada de la cumbia villera, el tum-tu-tu-tum que era un marcapasos directamente conectado a la chota de uno, la pauta, el ritmo ofrecido al franeleo, la necesidad de sacar a una tipa y hacer un simulacro de cópula, al menos en los tres minutos que durase esa canción. Esas noches, si bien a la larga me terminaron cansando, me resultaron más reales, en cuanto a coincidencia entre medios y fines, que cualquier jornada bolichera pseudo cool que uno pudiera vivir en La ronda, o El living, incluso en verdaderos toques de bandas. En Keops la cosa quedaba clara, las mujeres y los hombres salían a la pista y sabían a qué se atenían, era la règle du jeu, y en el fondo –mas allá de que había gente que no iba en plan exclusivamente erotómano, a no engañarnos, que tampoco era una orgía romana-, sabían que todos estaban –en parte- para eso. En otros boliches de la esfera montevideana, lo que uno nota es que la gente no sabe realmente para qué está. Más bien parecería estar ocupando un lugar, un espacio que está reservado para ellos, y que si no lo ocupan, corren el riesgo de ser relevados por otros.

“The dance floor at a hipster party looks like it should be surrounded by quotation marks. While punk, disco and hip hop all had immersive, intimate and energetic dance styles that liberated the dancer from his/her mental states – be it the head-spinning b-boy or violent thrashings of a live punk show – the hipster has more of a joke dance. A faux shrug shuffle that mocks the very idea of dancing or, at its best, illustrates a non-committal fear of expression typified in a weird twitch/ironic twist. The dancers are too self-aware to let themselves feel any form of liberation; they shuffle along, shrugging themselves into oblivion”.

De todo el movimiento hipster no quedará una canción, un renglón de novela o cuento, un mililitro de pintura bien aprovechada. Cuando mucho quedará una broma, una broma que quedará en el aire, como polvo flotando en el terreno devastado tras un intensivo cultivo de soja transgénica.
Interludio II, Ortelli, dixit
Estoy seguro de que en alguna época llegué a apreciar la Rolling Stone.
Prácticamente compré todos los números desde mayo del 2005 hasta marzo del 2007, pero con el tiempo comencé a darme cuenta de sus errores, de la incomodidad que me daba al leerla, como quien descubre a la verdadera tipa que se estuvo apretando cuando las luces de la mañana atraviesan el boliche. Agregando a esto, la revista comenzó a mostrarse cada vez más ideológicamente funesta, tal como puede ser la mamadera que le hacen a las majors (oh, Agustín, me has abierto los ojos), la cola de paja tras Cromagnon, que los ha llevado a hacer un embolante artículo recordatorio en cada puto número desde diciembre del 2005 y esa nota odiosa y oscurantista sobre la persecución a quienes bajan música de internet).
Fue así que decidí saltar del barco.
Para mi sorpresa, ni bien dejé de comprar la revista, fui subrogado por mi hermana, quien comenzó a comprarla con la misma religiosidad que yo lo había hecho unos años atrás.
Ojo, la Rolling Stone ha tenido sus buenos momentos, como una entrevista con tonos de folletín melodramático realizada a Bárbara Lombardo (fue a partir de ahí que me comenzó a parecer atractiva la ex paquita), unos artículos geniales sobre fútbol las finales de Argentina en el 78 y el 86, algunas notas de Hunter Thompson extraídas de la versión yanqui, y la mayoría de las entrevistas a Calamaro, al que siempre consideré un excelente entrevistado.
Sin embargo, la revista –o mi entusiasmo- ha venido decayendo, y en los últimos días me he dedicado exclusivamente a buscar las cosas que escribe Juan Ortelli, posiblemente uno de los escritores más incomprensibles (no se confunda con incomprendido) y divagantes que han figurado por la revista.
La mención a Ortelli la había escuchado por voz de Darío, en donde básicamente el periodista argentino llegaba a la perlita de decir que Bicicletas son como Los gatos, pero con zapatillas Pony (lo que me hace pensar que Carmen San Diego es como The Jesus Lizard, pero con botitas de gamuza), y pensando que no iba a poder mantener tal ritmo de pelotudez, llega esta genialidad de un número posterior:
Sobre el último disco de MGMT:
“(…) lo que le da una atmósfera lisérgica a la obra. Ahí se respiran los tests del Harvard Psychedelic Project, el tufillo de la comunidad Black Bear, David Bowie, Wayne Coyne, por qué no los Small Faces y el Jagger salvaje de Sus Majestades satánicas. Todo en manos de dos pibes que pueden pasar (o no) por un par de extras de La playa”.
Esto último me llevó a pensar en algunos remates para la nota de algunos discos recientes:
*Sobre el Neon Bible, de Arcade Fire:
Todo esto en manos de un colectivo que puede pasar (o no) por un par de extras rechazados para una versión de Macbeth ambientada en el espacio.
*Sobre el Modern Guilt, de Beck:
Todo esto en manos de un tipo que perfectamente podría figurar (o no) en el cast de Gummo
*Sobre el último disco de Jorge Nasser:
Todo esto en manos de un tipo que podría ser tomado (o no) para interpretar el vaquero en una versión cinematográfica de los Halcones Galácticos.
Se aceptan propuestas, gracias Ortelli por darnos tanto que pensar.

Camp
Si uno intenta seguirle a los hipsters sus cadenas de carbono, posiblemente encuentre en el camp a uno de sus candidatos.
En Notes on Camp, Susan Sontag hace una excelente disección de dicha sensibilidad, no intentando encorsetarla en un constructo teórico, sino articulando precisiones de un modo flotante, como una serie de puntos que uno puede unir de la manera que le parezca (ya que ninguna sensiblilidad puede convertirse en un sistema: si puede ser reducida a sus blueprints, deja de ser tal, es algo en perpetua evanescencia).
El Camp es el culto al artificio, a la exageración, una sensibilidad despolitizada, una risa socarrona cuando un cuarto en donde todo se ha vuelto velatoriamente serio, una guiñada afectuosa en un ojo de vidrio, patear el tablero de ajedrez y ponerse a bailar con la parca.
El modus operandi básico del camp es volver lo serio en frívolo, y lo frívolo en serio.
Pero detrás de toda su estética ridícula, hay un verdadero convencimiento, una pasión subyacente que lo diferencia al pop art más warholiano, que más que referirse a las cosas con comillas (tal como lo dice Sontag), lo hace con asteriscos y notas al pie de página. Toda la inocencia que podría haber en el camp, en la cultura pop se vuelve mero cinismo. Andy Warhol tomó a todas estas personas, las convirtió en ratas y convirtió a su factory en su propio laberinto skinneriano. Detrás de la celebración igualatoria de “In the future everybody will be famous for fifteen minutes”, había subyacente, como una maldición tallada en una sala faraónica mortuoria “I create you and I can destroy you”. La gente se suele quedar con lo de la fama, pero se olvida el detalle de los quince minutos, algo que me preocupa en un país como Argentina, en donde un personaje con fecha de vencimiento como Wanda Nara, no sólo se pasa de los quince minutos, sino que regresa a su país disfrazada de princesa rusa. Incluso desde la cínica perspectiva de Warhol, como un solo de batería, si se pasa los quince minutos, deja de ser divertido.
Cuando la imitación del camp no se torna cínica, entonces se vuelve inocua, empaquetable. Es el caso de esta estética que ha tapizado Uruguay en estos últimos años.
En el camp había un intento de lograr algo monumental y hermoso. En el caso uruguayo, hay un intento de ser camp, nada más que ello.


La homosexualidad de Dani Umpi no tiene valor intrínseco, sólo se entienda por y al servicio de dicha estética. La comunidad gay, incluso en su desfiles, etc se parecen a ese genial sketch de Little Britain, en donde el gordo gay anda proclamando su homosexualidad, creyéndose el único hay del pueblo y defendiéndose a uñas y dientes de cualquier tipo de intolerancia, cuando a nadie le importa su orientación, y cuando de hecho sus padres intentan conseguirle una pareja. Como señalaba Benito en este post, “no hay una cultura amarga, opresiva y omnipresente contra la que rebelarse en nombre del glamour, apenas algunas estructuras y conceptos residuales, despreciados por cualquiera que haya seguido leyendo durante los últimos 20 años”.
El camp uruguayo es autoparodia, nada más que eso.
Más que autoparodia, son espectáculos de afirmación ideológica, in the naziest way.
Y la autoparodia no es más que esos otro, poner quotation marks sobre cada emoción o posicionamiento.
Pero cuando uno dice que el camp ha tapizado Montevideo, hasta dónde se puede decir esto.
Más que tapizarlo, se nos ha hecho creer que está tapizado.
Montevideo, a diferencia de Buenos Aires, es una ciudad fácil de tomarla.
Sólo necesitás veinte personas con medios y conexiones y ya tenés un movimiento.
Y el camp uruguayo no es más que eso, el chiste interno de dos bares, tres conductores radiales, quince publicistas y diez diseñadores gráficos.
Un país donde la nostalgia cada vez más le pisa los talones al presente (tanto por falta de ideas como por cierta mórbida pasión por el pasado –y la nostalgia no es más que la alterofilia del recuerdo) es un perfecto caldo de cultivo para la estética camp.

Interludio III, Hijos de los barcos
Sin contar los ya memorables avisos de grappamiel (después de los de médica uruguaya, lo peor que se ha producido en televisión nacional), difícilmente haya un comercial tan odioso como este.

El aviso en cuestión viene de una larga tradición de comerciales tan deplorables como nacionalistas, como Mi país, de Rada, o el nuevo spot de Pilsen con ese espantoso tema compuesto por el pelotudo vocalista de Snake. De hecho, el verso princeps de la canción, ese “nací celeste”, más que algo propiamente nacionalista, me trae la imagen de un niño que sale muerto del canal vaginal de la madre, celeste tras morir asfixiado por el cordón umbilical rodeando su cuello, pero posiblemente eso sea sólo idea mía.
Pero volviendo al aviso en cuestión, el tema trae a murguistas dando un largo inventario sobre todo lo que es uruguayo, lo cual no sería nada fuera de la norma, sino fuese por el final. Luego de una frase tan exagerada y casi utilitaria como “la identidad que sus hijos van sembrando hoy/ la grande historia que engrandece nuestro uruguay” –una frase que sin mucha dificultad se podría encontrar en algún discurso de Mussolini-, aparece el logo de la empresa: Schneck
Schneck, autoctonísimo, che.
Después de todo, somos hijos de los barcos.



Cazadores de sueños

Pero ahora que lo pienso, en referencia al aspecto autoimpuesto y emparchado que tiene dicha movida en Uruguay, prácticamente todo ha seguido el mismo carácter y horizonte ideológico.
En una larga caminata que hice con astllr, comentamos sobre el aspecto casi de espejismo, de todos los movimientos que han formado a la ciudad. Ante el aspecto cambiante y embalsamador de la cultura, yo intentaba preservar, por medio de lo que escribo, pequeñas imágenes de lo que era un Uruguay próximo a mutar y olvidarse por completo. La posición de astllr era más radical, queriendo extirpar de una vez por todas todos estos modelos, para crear algo nuevo y perdurable (quemar la tierra para sembrar, como lo hacían los mayas).
De una forma u otra, Uruguay no ha sido más que eso, una sucesión de movimientos que se solapan y se tapan unos a otros, sin pasarse postas, simplemente mutando. No hay un desarrollo, una maduración, sino simples mutaciones, sin efectos puntuales, sobre el organismo pluricelular de la ciudad. En los próximos años las revistas freeway, las NEO y las Bla se tirarán a la basura, y la epidermis camaleónica de Uruguay tomará otro cromatismo, buscando un nuevo chiche, una nueva broma privada que todos pretenderemos entender. Pero pensándolo de otro modo, remitiéndonos a las palabras de Sontag, quizás el camp siempre estuvo acá. Cito el punto 24:

“24. The pure examples of Camp are unintentional; they are dead serious. The Art Nouveau craftsman who makes a lamp with a snake coiled around it is not kidding, nor is he trying to be charming. He is saying, in all earnestness: Voilà! The Orient!”

Si uno va por el centro, no le cuesta más de dos cuadras encontrar estos detalles. El pastel de merengue neoclásico del Palacio Legislativo (frase sujeta al copyright del fallecido mentiraestelamento, el falo solitario de la Torre de las Telecomunicaciones, las casas quinta venidas a menos en Lezica, el postmodernismo del Palacio Díaz (con las luces de neón de un bowling instalado en su subsuelo), el Art Decó náutico de los primeros edificios de Pintos Risso... Este último ejemplo es bastante peculiar, ya que muestra cuan extrínsecas suelen ser las ideas que se nos meten por los poros: a uno le llama la atención de por qué Uruguay es una ciudad tan gris, y lo es por una razón tan fútil, como el hecho de las revistas europeas que le llegaban a los arquitectos uruguayos estaban en blanco y negro. Y por ahí a uno le parece algo típicamente de los comienzos de construcción de una nación, pero después aparece Natalie Kriz promocionando el Diamantis Plaza, ofreciéndole a la gente esos nichos de cristal, preguntándoles si alguna vez pensaron vivir en un hotel cinco estrellas. Uno ve aquello, y ya sabe que en el menor traspié económico, aquello quedará como un galpón lleno de piscinas enmohecidas, un gigante muerto, tan muerto como los comercios y galpones que quedaron tras el fracaso del plan Fénix.
Este aspecto de querer llegar a una seriedad, una seriedad que falla, es propiamente camp, aunque tampoco me pondría en plan de promocionar a la arquitectura uruguaya como exclusivamente eso.

En una de las cuantas puteadas que estaba haciendo sobre la malintepretación del camp, iba a citar que ella se puede entender de la misma forma en que L.A. Confidential es un film memorable, y La Dalia negra una película acartonada y ridícula. La versión de De Palma no es más que una parodia, un patchwork de toda la imaginería noir, mientras que en L.A. Confidential se permite una comunión de dicha estética con los imperativos de la trama. Pero el ejemplo viene doblemente a mano, porque sirve para citar un detalle de dicha película. En una parte, se revela que uno de los principales sospechosos, un magnate y productor de películas, amasó su fortuna creando Hollywoodland, un barrio barato a partir de la utilización de la madera de la cinematografía residual de las películas de la fábrica de sueños estadounidense, para crear un montón de casas y edificios altamente inflamables. Más o menos eso es lo que es Montevideo, una ciudad hecha de tablones y escenarios de antiguas películas, prestadas de las ideas de otras personas.
Vivimos y caminamos en los sueños de treinta personas que se han dedicado a soñar los sueños de otros.
A mí lo que me preocupa es qué pasará cuando nos despertemos.

Monday, September 01, 2008

No pussy blues/Love songs for patriots
Los dieciséis años apestaban. Lo peor era que había sido una edad anhelada, una cuenta regresiva esperando que ocurriera algo, pero no, todos pasamos nuestros primeros meses en esa clase como pequeños Aguirres esperando desquiciadamente el descubrimiento de El dorado. Pronto no sólo nos dimos cuenta de que no sólo eran mentira todas las expectativas que nos habíamos hecho, sino que era peor aún. El primer mito: los bailes plus quince. Cuando uno tenía catorce, la edad de los dieciséis circulaba en común acuerdo como una cifra divina, casi alquímica, en la que uno al asistir a esos bailes tendría a todas las pendejas –por lo menos las de quince, o catorce- a sus pies. Cuando llegamos a aquella edad, los bailes plus quince habían virtualmente desaparecido, y todas las mujeres comenzaron a asistir a discotecas para mayores de dieciocho, con cédulas de sus hermanas, cargándose a los patovicas, haciéndose las borrachas, o sencillamente pasando por una basurita en el ojo en el panóptico del sistema de seguridad de los boliches (un panóptico que parecía el ojo de Sauron en el caso de que fueses hombre). Pero lo peor no terminaba ahí, una vez que lograbas la hazaña de meterte, te dabas cuenta de que eras prácticamente un hijra de la India, casi como si fueses una de esas mujeres colaboracionistas del régimen nazi en Francia con un 16 tatuado en el cráneo afeitado. 16, 16, 16. Uno lo podía sentir, prácticamente tenía el suplemento hormonal de los de dieciocho, e incluso –al menos en mi caso- los solía superar en altura, pero había algo mal, algo que estaba dentro tuyo como una maldición que se te pegaba y era parte de vos, como esos números que tiene Hurley marcado a fuego en Lost. 16, 16, 16, un código de barra que te reconocía como producto defectuoso.
Si aquello era jodido en el mundo de la noche, en el día, donde uno acudía a clases se revelaba más terroríficamente, como la mañana que maquilla grotescamente a algunas de esas mujeres que creíamos lindas en el consuelo de las luces y el humo. Uno ve aquellas películas yanquis y se encuentra con aquellos capitanes de fútbol americano metiendole a nerds sus cabezas en waters. Bueno, nada de eso pasaba realmente. Aquello era algo exagerado, demasiado obvio, como el período anátomo-político de Foucalt. Lo que sucedía en el liceo era mucho más disfrazado, sintomático, biopolítico, y como tal, mucho más difícil para escaparse de él. No había nadie discriminándote abiertamente. Ni siquiera era una indiferencia activa. Sencillamente, a las mujeres no les interesabas. La analogía es casi aplicable a la música. En los setenta, Martin Rev tocaba con una mano y con la otra se defendía de las cosas que el público le arrojaba. Johnny Rotten y Sid Vicious en su gira por Estados Unidos vivían aquella experiencia como una batalla de Verdún constante, donde el escenario era una mera trinchera frente a los golpes y gargajos arrojados por la gente. En cambio, esto era un público diferente, casi como tocar en una cena show en la que la gente está demasiado ocupada en su comida como para oír tus gritos. Alan Vega podía sobrevivir bajo el influjo de otra fuerza antinómica, pero nunca podría haber existido en un mar templado y sin viento en los que nadie tuviera una opinión ni reacción suficientemente formada sobre uno.
A uno le acertaba la idea de que había algo mal consigo, pero se miraba en el espejo, y más allá de usar ropa un poco más monocromática que aquellas camisetas colorinche de Rugby, no había ningún detalle físico abominable que lo separase del resto. Es más, uno veía algunas personas que tenían relativo éxito con las mujeres y objetivamente eran tipos bastante feos. En esas circunstancias, uno lo piensa y es natural que haya actualmente un fenómeno emo. Es más, leo algunos pseudo poemas míos de aquella época y me doy cuenta de que perfectamente podrían entrar en alguna canción de My Chemical Romance. Por suerte, en aquella época ninguno sabíamos de tal término, y prácticamente nos desentendíamos de toda onda, tribu, o movida que existiese. Sabíamos que había punks, pero ni a mí ni a ninguno de mis amigos nos gustaba el punk. Lo más cercano al punk era Nirvana, pero ¿a quién no le gustaba Nirvana a sus dieciséis años? (bueno, ahora que lo pienso, a mi no me gustaba Nirvana). Había algunos goth, pero aquello ya era demasiado extraño para nosotros, y más que desear alguna darky que se solían ver caminando por 18 de julio, ninguno teníamos mayores intenciones de saber sobre aquella congregación –además, ¿si no creíamos en Dios, por qué íbamos a hacerlo en Satán?-. Skater, ni ahí. Por otra parte, una vez jugué un partido de rugby en Cabo Polonio, en una de esas salidas de integración del liceo. No tenía idea de cómo se jugaba, sólo sabía que era como el fútbol americano –que había aprendido a jugar en el Nintendo 64-, pero que no había pases para adelante. La cuestión es que tomé aquella pelota ovalada y durante todo el partido no me la pudieron sacar, dejando bastante en ridículo a algunos cuantos gordos que hacía unos años venían entrenando en el Pucarú (y que habían llevado la pelota a Cabo Polonio como una forma de mostrar su virilidad de macho alfa a las demás compañeras)... La cuestión es que unos días después, saliendo de la pista de atletismo, uno de los rugbiers más buena onda que había de ese grupo me ofreció entrar al equipo. Visto en retrospectiva, aquella escena se cargó de un extraño misticismo, como si aquel tipo fuera Al Pacino ofreciéndole a Keanu Reeves todo lo que un mortal quiere tener, a cambio de procrear con su buenísima hermana al Anticristo –saben a qué película me refiero-. Incluso, recuerdo que me dijo que si entraba podía conseguir muy buenas minas.
La respuesta fue no, y con el tiempo comencé a suplantar aquella actitud lastimera y autoflagelante con un no activo, un no que significaba mucho más que “no me importan si no dan pelota”. De hecho, a partir de los dieciséis años, más perfilándose para los diecisiete, dieciocho años, el resto de los compañeros de clase, aquellos que habían tenido cierto período de gloria, también terminaron cantando su No pussy blues, porque las mujeres, cada vez más ambiciosas, comenzaron a salir con tipos de veintitrés o veinticinco, tipos que las iban a buscar al colegio en auto y les rompían el corazón sistemáticamente. Hoy en día cada tanto me cruzo o escucho de alguna de aquellas mujeres, y me doy cuenta de que las cosas no cambiaron demasiado. Sus novios parecen choferes, uno los ve sólo cuando las llevan o van a buscar de fiestas en las que están mayoritariamente solas. Es triste ver cómo miles de mujeres (predominantemente de clase media, media-alta) se cagan un importante trozo juventud, entrando y saliendo de relaciones cuyo único fin es ese, estar de novias, mostrárselo a sus amigas, evitar el miedo de ser la única de su grupo que no tiene novio, evitar un fin de semana sin tener nadie quien la llame, invitar a su novio a asados en casas de balneario de sus padres, creer que están enamoradas, cuando no es más que un subterfugio hacia su soledad, o peor aún, no una soledad sentida, sino socialmente determinada.
Pero volviendo a nosotros, los hombres, o más específicamente El Oliver, Santiago y yo, nos fuimos –quizás inconscientemente- tomando en serio aquel no. En el extraño mundo del San Juan –bueno, no tan extraño- el ser estudioso era un hándicap, y cuanto uno más conocimiento mostrase sobre ciertos temas diferentes a “nuevos lugares en los que te entregan frees para tal boliche”, aquello se iba revelando como un lastre, una corona de espinas que uno tenía que llevar con disimulo. Uno veía algunas películas indies, y veía aquellos geeks ganadores y se preguntaba si aquello pasaba sólo en Estados Unidos, o era algo para lo que había que esperar en un par de años. Eventualmente, las películas estadounidenses tuvieron razón, y ni bien entré a facultad, la cultura se convirtió en mi caballito de batalla en eso de cargarse a minas, pero en el liceo el estudiar, el no tomar, el no fumar, el ser responsable, era algo cuasi punk. Era el mundo del revés en el que uno decía Fuck the system, i’m going to study. Aquello era negarse, una negación radical, patear el tablero para ni siquiera ser parte del juego. En el recreo uno le apostaba a un tipo un tanto extraño a que no podría cazar una paloma con la mano, y mientras asistíamos a un ridículo espectáculo de plumas y tropezones, las otras personas, fumando y hablando de alquilar casas para ir a veranear en La pedrera, nos veían sin saber qué comentario emitir. Aquellos fueron nuestro años con el negro Oliver y Santiago, y de a poco comenzamos a adquirir en nuestros rostros y manierismos algunos elementos de Ren y Stimpy. Rostros desencajados, ojos inyectados de venas, toda aquella imaginería grotesca comenzó a tatuarse en nuestros rostros y nuestros cuadernos.
Sí, nos estábamos volviendo feos, y carajo que lo estábamos disfrutando. Ir a un lugar sin perspectivas de cargarte a alguien se siente como algo completamente absurdo. El hombre construye un puente para decirle a la mina que le gusta “mirá, construí un puente”. Así, sin ese plus, esa promesa, todo se teñía de algo intraducible, una prisión, pero a la vez una libertad radical. No había nadie a quién impresionar. Todo estaba permitido. Santiago un día se levantó de su asiento en medio de una clase de inglés y, con unos estigmas dibujados en las palmas de sus manos gritó “soy Jesús”. Justo nos había tocado una profesora bastante religiosa y se sintió ofendida. Cada dos por tres nos levantábamos y señalábamos el piso gritando que había una ardilla corriendo por la clase. La mayoría de la gente se levantaba y se subía a los bancos, como si fuesen tan manipulables como esas histéricas de Charcot. Con el Oliver aprendimos a desmayarnos apretándonos una vena que iba al cerebro y una vez planeamos un desmayo en masa para evitar un parcial (idea a la que muy pocas personas se plegaron). Yo ya había dejado todo el tema de los OVNI’s, pero igual delante de esa gente explotaba las pocas células de Fox Mulder que vivían en mí. Incluso, los fines de semana consistían en Martín y Santiago viniendo a mi casa, y tras jugar algunos partidos de Internacional Superstar Soccer, íbamos a caminar por la calle, esperándonos encontrar con alguien de las proximidades de algunos boliches para que nos dieran algo de cerveza. Nos quedábamos haciendo puerta. Un día Martín apareció con estas minas bastante buenas, un año menor que nosotros, creo, y Santiago se quedó todo la charla insistiendo en el pedazo de sorete que acababa de pisar, mostrándoselo y observando la cara de asco de las tipas. And so on.
En todo aquel periplo negativista, el sexo era algo bastante lejano (a no ser que fuéramos al Casablanca, o alguno de esos prostíbulos que iba una cantidad de gente, pero que yo me negaba terminantemente a asistir), y más extraño aún era el amor. Yo me había enamorado un par de veces, pero salvo una monumental victoria que duró demasiado poco tiempo –y que me tomó un par de años reconocer que no tenía nada de monumental-, el amor era algo bastante asociado con frustraciones. La única forma de experimentar amor era escuchar canciones que hablaban sobre aquello, casi como si fuesen libros de ciencia. Ninguno sabíamos qué era el amor, pero suponíamos que tenía algo que ver con esas baladas hipertrofiadas de Guns ‘n Roses, con el amor sesentoso de Lenny Kravitz, con la sensualidad de Barry White, con alguna de esas baladas ochentosas que pasaban en las radios nocturnas, con los temas más bellos de Radiohead, ya fuera la proto emo Creep, la cinemática soundtrack for Romeo and Juliet, o Fake Plastic trees (que no, no era de amor, pero servía para martirizarse un poco). Mientras la mayoría de las personas tomaron sendas más o menos predeterminadas (Guns ‘n Roses por un lado, por una vía paralela, pero bastante combativa Nirvana, Peral Jam y todo el mismo heterogéneo mejunje grunge, y por el lado más metalero Metallica-ah, y también los fanáticos de RHCP), yo me mantenía aferrado a Radiohead y comenzaba a hurgar en discotecas viejas, buscando más y más cheesy love songs, que me pusieran en sintonía con lo que supuestamente era el amor. No es gran sorpresa volver sobre algunos compilados de aquella época y encontrar músicos como Al Green y Marvin Gaye, o Bruce Springsteen. Había una necesidad de sentir fuerte, hondo, y en un tiempo no mayor a cuatro minutos. Más o menos así me ocurre de encontrarme con un arriesgado descubrimiento.
AVISO, acá es cuando meto una teoría divagante que posiblemente tenga tan pocas bases epistemológicas como el título de erotóloga de Natacha Jaitt:
Los setenta, pero sobre todo los ochentas, se fueron plagando de power ballads –hipertrofiándolas como una naranja transgénica a cargo del Metal-, que fueron creciendo hasta derrumbarse como una torre de Babel hecha de naipes con el fenómeno indie-slacker-loser de los noventa, un fenómeno que irresponsablemente me gusta asociar con la tríada Pavement-Nirvana-Beck. Sobre todo Pavement, pero también Nirvana y Beck (con ese cuasi himno de I’m a perdedor, I’m a loser baby, so why don’t you kill me), trajeron la ironía a casa, y con ellas todo un conjunto de obras en los que los personajes ya no eran adolescentes apasionados de pequeños pueblos que se fugaban para casarse en Las Vegas, sino tipos agrios, incisivos, amargados, pero graciosos, como lo podría haber sido la heroína Daria (me preocupa lo mainstream y MTV-oficialista que se está volviendo este post, pero sigo), eso que la gente volátilmente le gustaba llamar Generación X. La cuestión es que si uno ve el terreno musical, puede percibir que sí, que seguían habiendo algunas de esas baladas pomposas (me refiero al rock estadounidense, por supuesto que sigue habiendo bandas pop y cantantes latinos que siguen cantando teamoporqueteamoyoteamo), pero se había generado un sentimiento de profunda desconfianza hacia cualquier emoción muy desnuda y sobreexpuesta. Posiblemente el punto crítico de la pomposidad amorosa había llegado con una de las canciones, pero sobre todo, videoclip más over the top de la historia: November Rain.

Durante mucho tiempo me había gustado aquel video, pero ahora lo veo y me tengo que mantener bien sentado, porque en cualquier movimiento descuidado me cago encima de la risa. Todo es completamente cursi, radical y hasta absurdo, quizás como una fiel muestra de la megalómana personalidad de Axl, que ya iba mostrando su hilacha psicótica. De hecho, la escena más ridículamente over the top no es cuando Axl está llorando a su esposa en la iglesia, ni cuando toda la gente se resguarda de la lluvia como si fuese una erupción del Etna, sino cuando Slash se va caminando del atrio y se pone a tocar aquel solo a las afueras de la iglesia, que extrañamente queda en el medio del desierto –alternándolo con escenas en vivo del tipo tocando parado arriba de aquel piano de cola en que Axl emula a Elton John. De hecho, en los siguientes videos siempre se le encontró una situación over the top para poner a tocar a Slash, como cuando sale del agua en Estranged. De cierto modo, el amor se fue inflando para explotar en aquel tema que se terminó por ir más al carajo que cualquier otro tema de la época. Con esta lectura un tanto parcial y posiblemente mítica, Nirvana –banda que siempre se asoció como antagonista a los Guns, y que de hecho resultó dar su golpe de gracia a la banda de Los Angeles, sobre todo en aquella genial presentación de los MTV music awards- es casi un anticuerpo que intenta volver a la homeostasis el cuerpo del rock, que había sido masivamente invadido por el sentimentalismo kitsch de la otra banda. De ahí en más, la desconfianza hacia las emociones se fue haciendo generalizada, y las letras roqueras, sobre todo las indies, se fueron poblando de cierta mordacidad, pero una mordacidad que nunca se anima a mostrar su hilacha sentimental. No es que reclame a una banda como Jesus Lizard que se pongan a hacer una balada –por Dios, no, aunque sería un experimento bastante divertido-, pero las canciones de amor fueron perdiendo aquella desnudez e inocencia que tanto me gustaba en temas de otra época. Soy un tipo que le gusta Bruce Springsteen, y no sólo el minimalismo de Nebraska, sino todas esas epopeyas de carretera de Born to run, las canciones de sentimentalismo hipertrofiado de Born in the U.S.A., incluso algunas de aquellas baladas ochentosas de Tunnel of love. En el Estados Unidos de Springsteen cada herida sangra el doble que las otras, y cada amor es un estado momificado de la eternidad, en el que se debate, en los kilómetros que se desvía una carretera de otra, el destino del universo. Incluso, cuesta creer cuan sentidos y sobreexpuestos pueden ser los sentimientos en una banda tan indie como los Replacements, que en los ochenta no se sonrojaban por hacer geniales covers de power ballads de Kiss.
De toda esa herencia romántica quedan algunos, pero no muchos, y el principal género que tomó esta posta es el Emo y el Nü Metal, entendiéndolo mal, seleccionando algunos aspectos y deshechando otros.
Con novia y todo, aquel Agustín de hace unos cuantos años no ha cambiado del todo, y necesita continuamente catalizar el amor por medio de películas y canciones. De este modo, preparé una lista de aquellas canciones que me parecen más interesantes, mas significativas, o que más me vienen pegando en cuanto a eso del amor. Por supuesto, esto es algo puramente subjetivo, no se trata de hacer una antología a lo Rolling Stone tipo “las mejores baladas del siglo, con entrevistas a Chris Cornell, Anthony Kiedis, Madonna y Britney Spears”. Y por supuesto, soy consciente de hermosas canciones que dejo en el camino, como Most of the time, Just like a woman, o cualquier tema del Blood on the tracks, de Bob Dylan, la hermosa colección de baladas que dejó Leonard Cohen, Stephanie, de Zitarrosa, a la que es difícil sobrevivir sin hacer papelones ante la primera escucha, muchas de la increíble colección de canciones de amor de Destroyer, el incómodo romanticismo al borde de la destrucción de algunos temas de Xiu Xiu, aquella monumental canción sobre la madurez que es Lover’s spit (Broken Social Scene), una cantidad inconmensurable de hermosísimas baladas de amor hechas por Morrisey y compañía, los desgarradores temas compuestos por Mark Eitzel, alguna de aquellas sesenta y nueve, y muchas más canciones de amor compuestas por Merrit y compañía, aquellas íntimas canciones que poseían durante tres minutos al cuerpo y voz de Tim Buckley, toda esas bossas que me faltan escuchar, y la genial Plea for tenderness, de Jonathan Richman, que hace poco tiempo me mandó Darío.
Acá va la lista. Ah, y hagámosla en 16 canciones, para mantener el espíritu. Si orden alguno:

Gato Barbieri- Last tango in Paris
Boomp3.com
Mi banda sonora favorita de todos los tiempos. Ultimo tango en París funciona de una manera tan inextricable entre actuación-encuadre-música que posiblemente no deba ser reconocida como una obra de Bertolucci, sino una co-realizada por él, Marlon Brando y Gato Barbieri (B.B.B., una de las más brillantes cofradías en la historia del cine). Difícilmente se pueda encontrar un saxofonista más apasionado que Gato Barbieri, un tipo que va de la sensualidad al amor, del amor a la sensualidad, pasando por una estilización de música de cámara a un tango subterráneo y oscuro –como ese certamen al que acuden Brando y Schneider borrachos al final del film-, desde lo más europeo de los violines al primitivismo del mirimbao. Lo que atraviesa a Ultimo tango en París, tal como esos trenes en los que la cámara se detienen, sin revelarnos su destino –tal como el amor de esos dos desconocidos- no es el amor, sino la pasión, y posiblemente no hay otro ser en el mundo que haya podido materializar tal amoción de una manera tan pura y convulsiva como Gato Barbieri

Federico Deutsch y los maverick c/ Pedro Dalton- Cuando el amor ama. (link)

Si el amor existe, suena así.
Realmente, es un tema hermosísimo, y se vuelve aún más hermoso considerando la sorpresa que resultó en su momento oírlo de la voz de Pedro Dalton, cantante de una banda que, aún así siendo versátil, el amor siempre había circulado, pero de una manera subterránea, casi periférica entre tanta, tanta oscuridad. La voz arenosa/rasposa reinterpreta a la letra de la canción, y en esa contradicción entre contenido y forma se puede localizar uno de los aspectos más bellos de la canción. Es lindo escuchar al Pedro tan enamorado. A uno realmente le puede alegrar el día escuchar ese hermoso verso “amor, yo voy al bar sólo a verte”.

Jacques Brel- Ne me quitte pas

Posiblemente uno de los performers más gigantes que ha dado la música. La actuación del dientes de caballo en este video es monumental, y de cierto modo me resulta imposible separarla de la canción. Es más, debe ser de las actuaciones más increíbles que haya visto en mi vida, y eso contando a películas, teatro y afines. Ne me quitte pas es una canción desesperada, es ese reclamar hasta el último grano de arena en un territorio perdido, el pedirle a la amada al menos arrancar un roce de epidermis, cuando no una caricia, la sensación de perder todo y arrastrarse por un poco, un centímetro de nada, pero ese centímetro que una vez fue suyo. Dejame convertirme en la sombra de tu sombra, la sombra de tu mano, la sombra de tu perro, no me abandones, no me abandones”. Jacques Brel es una oda a los fluidos corporales, su cuerpo está empapado de lágrimas y sudor, prácticamente faltaría que se meara encima y estaría completo, y aún así está parado, de frente a su amada, casi negándose a aceptar la derrota en cada ne me quitte pas, todavía e pie prometiendo cosas que nunca podrá conseguirle, como si fuese aquella increíble escena de El pozo, de Onetti, donde el protagonista obliga a su pareja volver a recrear una caminata por la rambla, dándose cuenta de que el pasado ya es irreproducible.
Y aún así Jacques Brel sigue suplicando ne me quitte pas
Pero la batalla ya está perdida.

Barry White- Never, never, gonna give you up (link)
Cuando hay neuróticos como yo que siempre encuentran problemas al querer diferenciar el amor del sexo, aparece este tipo que rompe todas esas barreras históricamente construidas con la naturalidad de un niño jugando con los legos. Hace un tiempo, en referencia a un disco de T-Rex, Dagnasty decía que mientras los hippies vociferaban “Love, not war”, el lema que quedaba subrepticio en la obra de Bolan era “Fuck, not war”. De cierto modo, el gordo Barry (tipo ídolo, si los hay), le pasa el trapo a todas esas categorías. Coger, garchar, copular, todo en el se resume a hacer el amor, un acto divino que vuelve todo aquello una masa indiferenciable, una líbido flotante que contagia a todos por igual, que atraviesa el tiempo, razas y grupos sociales. Darío acierta en compararlo con Gainsbourg, porque de cierto modo el Barry es la versión morena y disco del francés. Barry White es el padre platónico de una cantidad inconmensurable de personas nacidas en los setenta, y eso le da credenciales suficientes para ponerlo en la lista con una de sus canciones más emblemáticas, y posiblemente más sensuales de su repertorio. L’amour physique, eso dicen.

Bruce Springsteen- Stolen Car

Boomp3.com
Ya venía hablando de lo mucho que me gusta el Bruce como baladista, desde sus aspectos más minimalistas a sus obras más larger than life.
Este tema en cuestión no cae en el mismo vicio que la mayoría de otros temas no menos geniales como Point Blank, Valentine’s day, o la purpúrea Drive all night, pero los supera en profundidad (hay algunos cuantos temas que también entrarían en mi lista, como Secret Garden).
Podría extenderme sobre esta canción, pero creo que no puedo agregar mucho a lo que Benito dijo en este post de fuckyoutiger.

Guided by Voices- Over the Neptune Mesh Gear Fox

Boomp3.com
Sí, no es una canción de amor, sino más bien un himno al rock and roll, dividido por un puente pseudo-espacial con una canción de amor revanchista. Sin embargo, cuando escucho “And oh, mesh gear fox/ Put out another bag of tricks from scientific box/ Time's wasting and you're not gonna live forever /And if you doI'll come back and marry you/ No use changin' now/ You couldn't anyhow and ever (forever?)/It's not the way that I fear that I feel/ It's the way you act /It's the way you look when you're near me/ It's not so hard to conceal to concede? (conceal?)/ It's the things you say/ It's the things you do go right through me”, mediumnizado a través de la voz de Pollard, adquiere una dimensión épica, resultando –por lo menos, para mí- en unos de los momentos más perfectos en la historia del rock. Son canciones que tarde o temprano le ocurren a uno, siendo una persona completamente diferente al pasar por ellas

Robyn Hitchcock- Linctus house (link)
El viejo Robyn, el tipo que más alto tengo en el mundo, es un tipo conocido por sus letras excéntricas, llena de pasión ontomóloga, minotauros, granjeros celestiales y hoteles de cristal, pero con una tradición de predicador que lo convierte como una especie de eslabón perdido entre Syd Barret y Bob Dylan. Igual, es mucho más que eso, y temas descomunales como este parece demostrarlo más que bien.
Posiblemente la historia de una pareja que se para en un momento y se da cuenta de que las cosas ya no son como antes, you know i used to call my baby up/ and we'd get real close/ just like the telephone was a sofa/ and our thoughts would mingle/ and we'd leave our minds wide open/(…)/ but these days, even saying,/'hello? how are you?'/'i'm fine, how are you?'/takes a lot of sweat/ain't that a shame/ain't that a shame. Perfectamente también podría hablar sobre la relación con su esposa muerta, la cual aparece fantasmalmente en muchas de sus canciones (un ejemplo de esto es la canción es My wife and my dead wife, en donde relata con toda naturalidad cómo vive con dos mujeres, su actual pareja, y su esposa muerta, que lo espera en el altillo, con ropas antiguas, o algo así). Pero la canción es muy Hitchcock, y tiene imágenes tremendas, como but even that, even/ talking is out of reach /should i say it with flowers or/ should i say it with nails?.
Una vuelta de tuerca dulce a Ne me quitte pas.

Luis Alberto Spinetta- Ella también (link)
Ya hablé sobre el tema en este post

Cat Power-Metal heart (link)
Metal Heart, es un tema de una belleza imprevisible y desconcertante como el ojo de un pato, un tema cuya aspereza en su letra contrasta impensablemente con lo aterciopelado de la suave y dulce voz de Chan Marshall. Cualquier femme rockstar habría convertido aquello en otra combativa canción de despecho (un mal muy extendido en las cantantes fanáticas de PJ Harvey), y sin embargo Chan lo hace desganada y al tiempo dulcemente, como un animalito que no le importa ser presa, que se ofrece sereno ante la mirilla del cazador. Es por esta misma razón que fracasa la reinterpretación que Chan hizo de este tema en su nuevo disco Jukebox: con una nueva expresividad vocal mucho más versátil, se pierde esa languidez que dota al tema de verdadero sentido y lo separa cualquier otro tema de amor no correspondido escrito por alguien. El sonido de alguien dejándose ir, de una desesperación encapsulada, pero demasiado bella para extinguirse del todo.
Dan ganas de sacarse los auriculares y darle un abrazo a la pobre Chan

Nick Cave and the Bad Seeds- Into my arms


El tema es conocido, y funciona genial con el videoclip realizado por Jonathan Glazer (mi director de videoclips favorito). Into my arms está enmarcado en esos discos jodidamente personales, que siguen la línea de If I could only remeber my name, en donde cada tema es prácticamente una radiografía del artista. En esta época, el pobre Nico Cueva había salido de su relación con PJ Harvey, y aparece con este disco completamente introspectivo, en donde el ángel de la muerte deja sus alas negras en el paragüero y se comienza a quitar el maquillaje, mostrándose tal y como es. El Nico ya había incurrido en las baladas, como la increíble Slowly goes the night, de Tender Prey, pero nunca se lo volvió a ver tan frágil como en este tema

Dave Matthews Band- #41

Por alguna razón, Dave Matthews band no es una banda blogger friendly por estos lares. Nadie me ha hablado en contra, pero de cierto modo tiene una difusión bastante silenciada en los circulos melómanos, quizás por cierto aspecto pro y virtuoso que a más de uno con pasado punky le puede rechinar, quizás por la voz de Dave Matthews, quizás por lo videoclips –frente a los que suelen optar por los temas graciosos y chotos, en general- o por una sensación de buena onda colectiva, a la que todo el mundo suele encontrar casi políticamente incorrecta. Nunca le di mucha bola a la letra, y de cierto modo sigo sin hacerlo, pero es una melodía en la que nada malo puede ocurrir, es como zabullirse en una piscina de algodón, y nadar entre cada nota sintiendo como re roza suavemente. A mis dieciséis años toda idea del amor definitivo y perfecto venía acompañada de esta canción.

Radiohead- True love waits (link)
En cualquier instancia de flaqueo emocional –en esas que uno no sabe si está o no colgado con alguien-, esta canción es la que termina de sellar y darle un nombre al sentimiento. Así que, beware...

Fernando Cabrera- El tiempo está después (link)
Ya hablé de la canción en este post

Sade- Is it a crime


No es que me guste tanto Sade, pero la vuelta de tuerca va por un extraño sincretismo que se emparenta con Barry White, de cierto modo. Venía viajando por un 148 atestado de gente a eso de las nueve de la mañana –uno de los ambientes menos sexies que pueden haber- y en la programación de una radio que estaba pasando oldies y música de los ochenta aparece este tema. El nivel de exotismo y la voz de Sade contrastaban de una manera casi graciosa con el resto del deprimente entorno del ómnibus. Escuchaba esa voz lánguida, pero a la vez profunda y miraba aleatorios rostros de viejos, vendedores ambulantes y porteros de edificios que se preparaban para otro día embolante. Afuera estaba lloviendo. Fue ahí que caí en una particular cuestión de Sade, y es la capacidad de fusionar melancolía –me atrevería a decir, tristeza- con sensualidad –me atrevería a decir, erotismo. Cuando en las mayoría de las situaciones, erotismo y tristeza resultarían en un cocktail molotov del que no se obtendría nada no más bueno que simplemente deprimente, en Sade funciona perfecto, y por esa sencilla razón está en mi conteo.

Tom Waits-Who are you

Boomp3.com
El amor como un campo de batalla. Tom Waits es un gigante baladista, con canciones con imaginería bien estadounidense, de carreteras, diners y borracheras, desde su tragicómica The piano has been drinking (not me), hasta la melancólica Annie’s back in town, pasando por la perturbadoramente verdadera Time, hasta la fugaz, casi impresionista Johnsburg, Illinois.
La canción es un combate, en sus versiones más romanticismo modelo siglo XIX, de esos combates que una vez sin armaduras, llenos de magulladuras, y sin trincheras en las que esconderse los contendientes ya se pueden ver tal y como son. Esa rebeldía hacia un objeto amoroso la sentí más de una vez, es ese casi defender hasta en los últimos puñados de tierra la individualidad de uno, sabiendo que es una batalla inútil, ya que el otro eventualmente termina formando parte de uno mismo. Todo esto está resumido en una de mi serie de imágenes favoritas de todos los tiempos, Did you bury the carnaval/Lions and all/Excuse me while I sharpen my nails/ And just who are you this time? /(…)/How do your pistol and your Bible and your/Sleeping pills go? /Are you still jumping out of windows in expensive clothes? /Well I fell in love/ With your sailors mouth and your wounded eyes/ You better get down on the floor/ Dont you know this is war/ Tell me who are you this time? /Tell me who are you this time?
Qué hijo de puta.

Kings of convenience- Cayman Islands (link).
No es una canción desgarradora, no es una canción melancólica, ni siquiera solitaria. Los Kings of Convenience fueron capaces de hacer una honda canción de amor sin recurrir a despedidas, perdones, lágrimas ni corazones. Es una canción de amor perfecta, sencilla y completamente armónica, sin melodramas, como la felicidad súbitamente encontrada en el rostro de una persona a la que uno quiere, sin tener la necesidad de exigir garantías, sin miedo a perderlo todo, solamente contemplando y sintiéndose feliz de estar con la persona querida. El manejo de imágenes refuerza esta sensación de paz, el hombre barbudo navegando en su canoa desde las Islas Caimán, el viento sobre el cabello de la persona amada, la bicicleta alquilada hasta el día siguiente. La última estrofa es una síntesis perfecta y minimalista de lo que considero que debe ser el amor (si solo pudieran ver, si solo hubieran estado aquí/ ellos entenderían cómo alguien pudo elegir/ir lo lejos que fui, para pasar simplemente todo un día conduciendo/ agarrándome a ti, nunca pensé que sería así de claro). Quizás mi visión puede estar mediada por el hecho de haber convertido involuntariamente a esta canción en la banda sonora de la despedida con mi novia en aquel exilio de dos meses en México. Es posible que María no lo sepa, pero de cierto modo, a Cayman Islands siempre la vi como our song.

Epílogo:
Nunca me gustó la fiesta de la nostalgia. En alguna época creí que me gustaba, pero me costó algunas cuantas fiestas tan caras como horribles para darme cuenta de que no. Principalmente, el problema lo tengo en festejar una nostalgia que ni siquiera es mía, como si en mi adolescencia soliera bailar con minas al son de Last train to London. De la misma manera, hay tantas radios que se dedican a pasar oldies –sobre todo las que se sintonizan en oficinas y peluquerías no tan cool-, que escuchar aquellos temas que marcaron la vida de nuestros viejos no tiene nada de especial, ya que los venimos escuchando tanto como un ringtone de Miranda.
La cuestión es que María y yo íbamos a ir a una fiesta organizada por sus hermanos, en la que se iba a poner temas hip hop de la old school. Escuchar a Public Enemy y NWA era un buen consuelo, siempre me gustaron aquellos temas, ese beat denso, y ese espíritu combativo, anterior a la época en que los negros cambiaran sus calibres treinta y ocho por diamantes y automóviles saltarines (aunque ya había algo de eso en aquellos tiempos). María me dijo que me preparara bien, cosa que en mi caso consiste suplantar mis camisetas de bandas por una camisa. Incluso intenté ponerme mi sombrero de Tom Waits pero o mi cabeza creció, o mi sombrero se encogió, porque no me entraba. La cuestión es que María se había puesto ultra gata, con botas de cuero de taco alto, calzas y un chaleco de piel sintética. Ya le había advertido de que se ponía aquella ropa bajo su propio riesgo, pero considerando que era uno de esos días en donde se podía vestir como quería –sería muy gracioso verla vestida con aquella ropa en el mar de lana de mi facultad-, terminamos tomándonos el ómnibus sin cambiarse una sola prenda. Cuando entramos al local se generó una especie de silencio digno de películas estadounidenses. La mayoría estaba de camisetas y vaqueros, o envueltos en esos capullos en los que algunos raperos parecen aguardar para una futura metamorfosis. Las minas tampoco estaban muy vestidas. Fue así como en cierto momento de la noche, fijándome a mi alrededor –y sobre todo, fijándome en la cara de algunos tipos bastante hambrientos- me puse a pensar si el caso de María y yo no era uno de esos dignos de Hot chicks with douchebags. Por mucho tiempo había mirado aquellas parejas desde la vitrina, pensando, por qué es que la hot girls siempre terminan con pelotudos.
Voy al baño y tras dejar que unos merqueros se empolven la nariz, me miro al espejo y me saco una lagaña de la que no me había percatado en toda la noche.
Me subo la bragueta y me digo “hay veces que uno es tan perdedor, que ni siquiera se da cuenta de que ya ganó”.

Monday, August 11, 2008

Los escritos técnicos. Love and stuff, vol.1
How can I explain I need you here and not here too

Me quedo sorprendido viendo el set fotográfico parisienese de Natalia Oreiro en la nueva Oh la la, y mis pensamientos se interrumpen ante la pregunta de si voy a llevar algo, por parte de una de las empleadas del lugar. Le digo que andaba buscando un cuaderno de 200 hojas, y me señala un estante con una torre de Babel hecha de Papiros, Artes y otras marcas. Winnie Pooh, windsurf, la banda Doberman (puaj), todas las tapas parecen demasiado gays, ochentosas o simplemente chotas, por lo que me quedo hojeando más del tiempo promedio. Siento la incómoda presencia de la empleada observando mi cuerpo agachado, como esperando a que haga algo y cedo ante la presión, eligiendo un cuaderno con un poco inspirado dibujo de Sid Vicious como portada. Mientras me pregunto cómo es que Sid se convirtió en semejante baluarte iconográfico, le pregunto a la empleada por unos grafos de lápiz mecánico. Mientras los busca, vuelvo a mirar de reojo la portada de la Oh La La, y me sigue sorprendiendo la opacidad de la piel de la Oreiro, que a base de maquillaje logra un rostro que podría haber aparecido en la corte de Versalles –o al menos en la versión pop que Sofía Coppola hizo de ella. De vuelta medio embobado, la empleada prácticamente me pone en las manos unos grafos Faber Castell, y me los quedo mirando como si fuese un niño a punto de probar su primera hostia. No me gustan los grafos Faber Castell. Especialmente los HB, que tienen un trazo ultra suave, y se suelen quebrar ante la menor presión. Soy un tipo de rituales, y no puedo usar otros grafos que los Pilot (2b, en lo posible). Incluso, la ceremonia de quitarle el grafito restante –ese centímetro incómodo que siempre queda en el compartimento- e insertarle uno nuevo tiene un efecto particular en mí, que si intento rastrearlo se remonta a mi fascinación por los brazos picados de Trainspotting y las subsiguientes drugmovies que marcaron mi adolescencia (y de las que ya hablé en este post). De hecho, ahora que lo pienso, suelo meter una puntita del grafo, y luego lo inserto todo haciendo presión sobre el brazo, de modo que parece como si de hecho me estuviera dando un chute sobre una vena.
Pero así que no, estos grafos que eligió la mina son una mierda, y si no tienen los Pilot que yo quiero, me voy a buscar en otro lado. Justo cuando estoy por preguntarle, aparece un tipo de sobretodo en escena. Se para firmemente en frente de ella, y con una voz monocorde, casi protocolar, le dice:
-Sólo pasaba para avisarles que ya no voy a comprar en esta tienda.
Intento ver hacia otro lado, pero mis ojos se posan en los del tipo, que se mantiene fijo mirándola, y luego en los de ella, que tiemblan, sin pestañear. No me gusta caer en lugares comunes, pero son cinco segundos en los que parece haberse detenido el mundo. El celeste de sus ojos se vuelve acuoso, y el espeso rimel es como el último dique que impide que la lágrima se lance a la mejilla como kamikaze. Es extraño pensar que afuera la gente sigue haciendo sus cosas, quejándose de taxis que no llegan, juntando la caca de sus perros con bolsitas de supermercado, cruzando la calle mientras intentan escribir un mensaje de texto. Acá, en esta papelería, nosotros tres no podemos hacer otra cosa que temblar. Es así que al sexto segundo el tipo del sobretodo se va, abriendo la puerta y perdiéndose en la calle. Pienso (bueno, pienso ahora, en aquel momento no puedo pensar en nada) que la escena se habría completado con un portazo, pero son de esas puertas de vidrio que tienen un sistema que evitan estos riesgosos –aunque pintorescos- accesos de furia. Cuando vuelvo a la cara de la empleada, tiene un poco de sombra corrida hasta la sien. Como una patinadora que se reincorpora tras una caída en el hielo, ensaya una sonrisa y me pregunta con voz quebrada:
-Vas a llevarte los grafos también?
-Eh, sí, sí, claro.

Butchering the Fictions
Hace varios años que no escribo un cuento de amor. Es algo que me tiene obsesionado, sintiéndolo como uno de mis mayores frustraciones de este último año. No es sólo que no sepa cómo generar ciertos climas, o delinear ciertos personajes, directamente no se me ocurre nada, ninguna trama o personas que puedan estar atravesados por tales sentimientos, casi como sentarse en el water, sin haber comido en días, esperando a que algo suceda. De manera casi directamente proporcional, los cuentos se están sobrecargando de sexo –un sexo a lo Antonioni y a lo Selby jr- sintiéndose de una manera tan extrínseca que parecen como si fueran fruto de una macumba que me hizo Ercole Lissardi. El único cuento que llega a acariciar ciertas aristas del amor es uno que me resulta tan personalmente triste, que generalmente me cuesta llegar a la última parte. Siempre me gusta pensar en una determinada producción artística –un libro de cuentos, un conjunto de novelas, un disco, una serie de películas coaguladas por cierto nexo- como una población o una geografía determinada, y pienso que el lugar que he ido construyendo en este último año, es un sitio difícil para vivir.
Es muy extraño hacer convivir cierta visión romántica del mundo con una neurosis que intenta enterrar todo deseo. Cuando tenía dieciocho –luego de unas cuantas masacres amorosas en donde yo fui el principal responsable- llegué a la conclusión de que estaba más enamorado de la sensación de estar enamorado, que de las personas mismas que catalizaban dichas sensaciones. Invirtiendo la famosa frase: “love the game, not the player”. Había llegado a un punto donde, citando a mi amigo Pedro, el dolor –el ajeno, pero sobre todo el propio- servía para hacerlo canción, como si de escarbar en busca de petróleo se tratase. Comparto con Lacan una visión particular del acto sexual que la mayoría de la gente me discute, pero que de cierto modo se extiende a una vastedad de otras sensaciones. El sexo, garchar, coger, follar, hacer-el-amor, es imposible de apreciarlo en su totalidad, en su real realidad, por así decirlo. Sí, una porción de mi cuerpo está de hecho intercambiando fluidos corporales con el de otra persona, pero no puedo apreciar aquella situación desde lo real, sin ficciones accesorias. No, aquello sería demasiado, enloquecedor, traumático, por lo que nos sentimos obligados a mediar aquello por medio de lo simbólico. Todo el sexo está mediado por ficciones, y por esto no me refiero a que mi novia se vista de policía, o que alguno de la pareja esté pensando en el verdulero de la esquina. No, el impulso ficcionalizante va más allá, toma lugares donde sólo creemos que está la simple percepción. Esta ficción se articula de una manera más sutil, está en el hecho de concentrarnos en una parte determinada del cuerpo de nuestra pareja, en una palabra que susurra entre jadeos, en la ficción de poder o sumisión que se representa en el escenario, o en apartarnos un segundo y hacernos una imagen de nosotros haciéndolo –voyeurismo y exhibicionismo en su original estado indisociable, sin necesidad de sextapes, ni nada por el estilo-.
El sexo como acto sexual en sí, no existe.
De todo esto sólo nos quedan las ficciones.
(Esto es un gran consuelo para los onanistas: ya pueden decir que no hay diferencia entre lo que llevan al acto ciertas personas en hoteles y lo que hacen ustedes en sus cuartos).
De hecho, entre los últimos descubrimientos de la neurología, se ha comprobado que ante la percepción y la representación mental de un mismo objeto, se activan las mismas neuronas. Percepción, memoria e imaginación en el plano fisiológico es materialmente lo mismo. Este pequeño descubrimiento científico pone en tapete todas las nociones comunes que entendemos sobre la realidad de lo real. Todo es tan real como ficticio.
El asunto es que ni bien uno entiende la premisa, va estirando el hilo y se da cuenta de que, así como el sexo, todo en el mundo está mediado por ficciones, y probablemente muy pocas cosas lo estén tanto como el amor. A este nivel, se podría decir que sí, nosotros no amamos a la persona, sino al personaje, o más bien, el papel, el fragmento de guión que nuestro actriz/actor interpreta en la obra dramática de nuestra vida.
Lo particularmente extraño es que en este último año, a pesar de mi estancamiento a la hora de escribir cuentos atravesados por el amor, gran parte de lo que me obsesionó en la música o en el cine estuvo mediado por este sentimiento.
Primero, Wong kar Wai.
Siempre que termino de ver una película de Wong kar Wai –a no ser la última, que es un film considerablemente menor-, salgo de aquel mundo con una sensación que en una disección fenomenológica no podría ser otra que de enamoramiento. En el compendio de sensaciones es exactamente eso, aquello se siente igual a esas noches en donde uno se da cuenta de que se está colgando con cierta persona, recordando miradas, o cosas que dijo.

Algunos lo acusan de formalista –no estoy de acuerdo- y que siempre hace la misma historia. En este último punto, la verdad es que sí, más allá de la conocida trilogía formada por Days of being wild, Con ánimo de amar y 2046, casi la completud de su filmografía se basa en el amor siempre buscado y perpetuamente perdido, un perro que intenta morderse la cola, mareándose y desfalleciendo tras varios intentos. La asintótica búsqueda por la reciprocidad, esa derrota firmada y confirmada una vez tras otra. Al parecer, desde la óptica de Wong kar Wai el único amor es el amor perdido, o el amor incapaz de concretarse, y aún así, sus films no son amargos. Al contrario, una y otra vez me termino enamorando de los personajes, ya desde el policía consumiendo ananás en almíbar expirados y la chica que pone una y otra vez California dreaming en Chungking Express, hasta la entrópica pareja homosexual de Happy together, pasando por las bellezas que desfilan por la vida de Cho-mo Wan, entregado a su más abyecta soledad en 2046, y los inquilinos despechados, pero incapaces de traicionar a sus parejas en ese film monumental que es Con ánimo de amar. Nacimos para perder, uno lo tiene bien claro cuando entra en el mundo de Wong kar Wai, pero quiere presenciar esa derrota, hacerla suya, vivirla y sufrirla dulcemente, tal como lo hacen los personajes de sus películas.
Y este síntoma me preocupa, porque voy viendo que tales personajes se van convirtiendo un patrón en mi vida.
Este post me cuesta escribirlo porque tengo que complementarlo con mis frenéticas bajadas de todos los capítulos de The office (Estados Unidos). Me es imposible señalar cuan genial me parece la serie. Me impresiona la forma en que los personajes se van enriqueciendo capítulo a capítulo. En este sentido, no me preocuparía al afirmar que algunos cuantos personajes son mucho más multidimensionales que los de Seinfeld. A no malinterpretarme, Seinfeld es probablemente la mejor serie cómica de todos los tiempos, y con ella llegaron a una perfección tal que me resulta imposible elegir a uno de los cuatro protagonistas (aunque internamente creo que la cosa está entre George y Kramer). Sin embargo, tal como indica el último capítulo de la serie, ninguno termina aprendiendo realmente nada, y en ese pequeño detalle se encuentra el gran bastión de The Office. Steve Carrel en el papel de Michael es políticamente incorrecto, choto, egomaníaco, chanta, en pocas palabras, un pelotudo. Sin embargo, es mucho más que eso, y lo que comienza siendo un personaje desagradable que a uno hasta le incomoda verlo en la pantalla, se muestra en su amplio espectro, con desconcertantes claroscuros para una comedia norteamericana. Y así con casi todo el resto de los personajes (hasta el bizarrísimo Dwight tiene su costado tierno, sobre todo en su relación con la frígida Angela).
Ahora, ¿a dónde va todo este rodeo? Diferente de lo que me imaginaba, el principal hilo conductor de la serie no son las cagadas que se manda Michael, sino la relación entre Jim y Pam, dos de los empleados de la empresa. Con el genial recurso de la cámara dentro del universo diegético de la serie, junto a algunos recursos que hacen recordar a lo mejor del Dogma 95’, el lente registra gestos, miradas y silencios que nunca –al menos que yo recuerde- los había visto en ninguna serie de televisión. El efecto que da es como si todos los actores actuaran en cada escena, ya que la cámara rápidamente enfoca a uno haciendo algo, y lo desenfoca en un segundo centrándose en el efecto que esa acción tuvo en otro empleado. Uno se siente casi como esa persona que sabe un secreto, y que intenta corroborarlo en silencio cada vez que se presenta una situación en particular.
A medida que transcurren los capítulos, uno se da cuenta de que Jim y Pam están enamorados entre sí, pero no se llega a presentárselo de forma verbalizada, situación frente a la cual una serie lobotomizada como Friends se encargaría de exponer en una divertida confesión llena de my gods!!! y risas de relleno. Uno sabe que la relación de ellos está marcada desde el principio, ya que Pam está comprometida con un no tan elocuente, pero aún así bueno, trabajador del depósito de la compañía (volviendo a los ejemplos, cualquier serie se habría encargado de pintarlo a este como un hombre de cromagnon o un ser completamente despreciable, a modo de que empatizáramos mejor con el amor de los protagonistas), al mismo tiempo que ella y Jim se encuentran en una insostenible condición de amistad. Es una relación en donde los pequeños gestos y miradas se van acumulando capítulo a capítulo, y uno termina enamorándose de aquella relación.
Parece medio repetitivo esto, pero quiero señalar un punto. Cuando digo “uno termina enamorándose”, no es un mero recurso expresivo para decir que la presentación de la pareja nos parece tierna, cautivante, o que está muy bien trabajada. Cuando digo “uno termina enamorándose”, me refiero concretamente a eso. Es una ficción que uno la va internalizando, y que comienza a tomar ciertos espacios de su vida. Y la sintomatología es la misma, de igual modo que uno se puede excitar con una pintura, o llorar con una canción. Un post atrás señalaba en mi pirámide de gustos cómo es que uno sin conocer a cierta persona –dígase músico, actor, futbolista, escritor, jugador profesional de mikado- puede desarrollar frente a la misma auténticos sentimientos de cariño o devoción, casi como si realmente conociese a esa persona. Cuando veo a Chan Marshall, me viene una sensación de abrazarla, ayudarla a mudarse, intercambiar bufandas y quedarme hablando con ella, como si fuese mi mejor amiga, así como Tom Waits me parece alguien a quien admiraría con ojos de niño, como ese tío al que uno lo termina tomando como ídolo o role model. Uno piensa que tales sentimientos son solamente propios de enfermizos fans que se suelen disfrazar de su ídolo y asistir a convenciones con otras personas que también se disfrazan de ellos y hacen festejos en cada uno de sus cumpleaños. Siempre se ha tendido a pensar que el fanático ocupa un rol periférico y pasivo, como si sólo se limitase a recoger las migajas de genialidad que arroja el ídolo. Sin embargo, Henry Jenkins en Textual Poachers, en su análisis de la cultura de fans señala que el rol de ellos es más activo de lo que parece, reescribiendo y adueñándose de sus películas o personajes favoritos tras una serie de técnicas, como la recontextualización, refocalización, cruces entre distintos textos, junto a otras. De este modo, la actividad del fan tiene un elemento de adquisición de poder: “Los fans efectúan sus incursiones y saquean lo que pueden; emplean los bienes saqueados como cimientos para construir una comunidad cultural alternativa”.
El enamoramiento en sí no es más que eso, una idealización de la persona y un saqueo de esa idealización, que puede hacer convivir a una persona con alguien que hasta puede resultar auténticamente peligroso para su vida –es un elemento que resulta omnipresente en los casos de las mujeres golpeadas.
Ahora que lo pienso, la parábola del amor cortés, en donde los personajes se acercan sin llegar a tocarse, es una particular obsesión mía, que se remonta a mi pubertad, o incluso antes. Posiblemente la relación inacabada e inacabable de la década de los noventa es el binomio Fox Mulder- Dana Scully. Es difícil hacerles entender el papel que los Expedientes X ocuparon en mi vida. Esto se los dice alguien que llegó a hacerse una placa del FBI poniendo una foto carné suya. Así de limado. Pero más allá de la serie, casos paranormales, intrigas gubernamentales, para mí, llegando al hueso mismo de la serie, todo aquello es un mero decorado para desarrollar la relación entre Mulder y Scully. En su esencia, The X-Files es una telenovela con elementos de ciencia ficción. Uno siempre esperaba que uno de los dos finalmente bajara sus puentes, pero al mismo tiempo iba deseando que se mantuviera esa eterna procastinación, como ver hasta cuando se puede inflar un globo, aún con el riesgo de que se explote en la cara. Eventualmente la serie se fue desvirtuando, y con la ida de Fox Mulder y la eventual concreción del amor, quedó un resabio amargo, pero volviendo a ver las primeras seis temporadas, especialmente la tercera, creo –la temporada del cáncer de Scully-, uno puede certificar que, mientras duró, fue una de las mayores historias de amor contadas en la televisión.
En estos últimos años me fui percatando de mi amargura, pero toda esta idea que se me hacía en la cabeza se hace añicos cuando me veo como una quinceañera, sufriendo y deseando que Jim y Pam puedan estar juntos.
Cet obscur objet du désir
“El amor hacia una mujer es sólo posible si no se consideran sus cualidades reales, y por lo tanto si se reemplaza su realidad psíquica por potra realidad diferente y en buena medida imaginaria. El intento de realizar el propio ideal en una mujer, en lugar de tomar a la mujer por sí misma, implica necesariamente la destrucción de la personalidad empírica de la mujer. Por ello el intento es cruel con la mujer; el egoísmo del amor pasa por encima de la mujer y no se preocupa en lo más mínimo por su auténtica vida interior […] El amor es un asesinato”
Es difícil tomar al pie de la letra esto, cuando sabemos que quien lo dijo fue Otto Weininger, un nazi-judío-homosexual (qué combinación, che), en cuyos textos su misoginia haría ver a Gerardo Sofovich como un continuador de Betty Friedan. También, el hecho de que se haya suicidado a los veintitrés años, no le da credenciales como ejemplo de una persona muy equilibrada. Sin embargo, como dice el viejo refrán, hasta un reloj roto da bien la hora dos veces al día (bueno, los analógicos, al menos), y efectivamente el tipo, quizás sin saberlo, dice una gran verdad. Si lo podamos de sus ataques a la mujer, y consideramos lo dicho en criterios más generales, señala algo que se repite en las relaciones amorosas, que es una cuasi mutilación del otro en pos de adaptarlo a la imagen que uno tiene de él (como si de un Bonsái estuviésemos hablando). En boca de Lacan, “te quiero, pero inexplicablemente quiero en ti algo más que a ti –el objeto a-, y por eso te mutilo”.
Este juego de idealizaciones por momentos resulta tremendamente perverso. Volviendo al tema de la mujer, y lejos de posicionarme desde la óptica de Weininger (por Dios, no), en la producción cultural predominantemente masculina, siempre la mujer resultó como algo escurridizo de entender, y de encerrar dentro de cierta intelección (de ahí la frase “la mujer no existe, hay mujeres”). Ante ese miedo epistemológico, se ha erigido el mito de la mujer como ese oscuro objeto del deseo, la Lillith de la Biblia, la femme fatale del cine noir, las sirenas de los mitos griegos, la Salomé que hace rodar cabezas por el encanto de sus caderas. En dichas producciones, la mujer suele aparecer en un principio como la parte débil del binomio, pero conforme transcurre la obra (película, novela, lo que sea), termina devorando al macho, y siendo testigos nosotros de cómo lo realiza.
Haciendo un repaso mental, me doy cuenta de cuántas veces se repite este modelo en el cine. Posiblemente, una de las películas que mejor ilustran esto es El ángel azul, viendo como el profesor Rath –Emil Jennings- va cayendo en picada bajo los encantos de Lola (la histórica interpretación de Marlene Dietrich). Al principio Lola parece una dulce bailarina de Burlesque, pero eventualmente va tomando pequeños territorios de la vida del profesor Rath, hasta convertirlo en un payaso más del show de variedades al que ella pertenece. Es difícil encontrar escenas más dolorosas que la de su decadencia presentada en esas sesiones de maquillaje delante de su espejo. Incluso, si uno rastrea ciertas escenas claves, vemos que Jennings muchas veces está a los pies de Dietrich, viéndola hacia arriba como si fuera un niño esperando la gratificación de un mayor.
Y conforme uno sigue viendo películas, se da cuenta de que la femme fatale se repite una y otra vez. Es casi un arquetipo jungiano. En La Viaccia, Belmondo cede ante los encantos de una prostituta, robando para seguir asistiendo al prostíbulo donde ella lo atiende (todo esto cobra más sentido por el hecho de quien lo atiende es Claudia Cardinale, lo que convierte el asunto en algo mucho más entendible, y hasta obvio). Le chienne, de Renoir es prácticamente lo mismo. Con el cine noir, ni me meto, el mismo término femme fatale fue acuñado en torno a sus distintivas protagonistas femeninas. Y, en películas más recientes eso se repite, desde Ran, de Kurosawa, hasta Bajos instintos, de Verhoeven, pasando por Lost Highway, de Lynch, Audition, de Takeshi Miike, –que en realidad es como un tremendo ensayo sobre la fantasía masoquista llevada hasta su últimos límites- y la no tan reciente Ese oscuro objeto del deseo, de Buñuel, en donde las dos versiones de una misma mujer –literalmente- van convirtiendo a su pretendiente en un pelele –qué palabra tan buena que no suelo usar-, hasta la escena en que una de las Conchitas -no me malinterpreten, ese es el nombre del personaje- pretende tener sexo con un español delante de él.
Sin embargo, una película en la que el rol activo de la mujer suele pasar desapercibido, pero que es fundamental, es Último tango en París. Casi como si fuese la versión europea de El imperio de los sentidos, es posible que la película de Bertolucci sea uno de los mejores ensayos del duelo y la perversión.
Nota: en este párrafo hablo sobre la trama en sí, así que quien no la vio, le recomiendo que se lo saltee y siga leyendo a partir del siguiente.
Ah, y si quieren mi ensayo completo sobre la película, lo pueden bajar acá (era para facultad, así que si les embola Lacan, no se los recomiendo)
No sé si lo he dicho, pero Último tango en París contiene mi interpretación masculina favorita de todos los tiempos. Lo que hace Marlon Brando va más allá de lo que puede hacer cualquier ser humano, cada escena en que aparece el mundo parece temblar, pero no sólo dentro del televisor, en la casa misma, en la cama donde uno está sentado viendo aquello. Marlon Brando es Paul, un reciente viudo que tras un ocasional encuentro sexual con Jeanne (Maria Schneider) comienza una extraña relación, en donde ninguno de los dos sabe el nombre del otro, y donde se establece un aparente sistema de dominación, que va in crescendo, hasta el final, en donde la balanza de dominación se termina desbarajustando, con Paul asesinado por Jeanne (fíjense que en su esencia es casi un calco de la película de Oshima). En esta relación, al comienzo Paul se muestra como el gran perverso. El esfuerzo de la perversión está dirigido a no extraer consecuencias significantes acerca de su saber de la falta, para lo que se va a prestar como objeto de las fantasías del otro, queriendo pervertirlo, convertirlo uno de los suyos. No se puede encontrar algo más parecido a este sentido didáctico perverso que en las frases en contra de la constitución de la familia, que obliga Paul a Jeanne a recitar mientras la viola analmente (the butter incident). A fin de cuentas, el ideal del perverso se apoya en el objeto inanimado, siendo el goce no otra cosa que presenciar la entrada en juego colocándose a sí mismo o al otro como mero objeto. En un principio uno pensaría que Paul es el dominador, siendo la pobre Jeanne una mera súbdita, sobre la que cae de la manera más violenta todo el aprendizaje. Sin embargo, en el sadomasoquismo no hay un polo pasivo, y el final mismo nos da para pensar si, al final de cuentas, no es Paul, sino Jeanne la verdadera titiritera detrás del biombo, ya que ni bien le cuenta su verdadero nombre, su ocupación, la verdad de su esposa y su pasado, una mueca de desdén se le llena en el rostro. En ese preciso momento, Paul deja de ser el objeto que colma su placer masoquista y se convierte en algo desechable: una persona. Es precisamente en el momento en que Paul se presenta como sujeto y no objeto que el deseo perverso de Jeanne se extingue. Es preciso abandonar el sujeto. De cualquier manera.

Lo que prima en el perverso es la incapacidad de amar, la capacidad de anudar goce con amor, establecer el único acto duradero con el objeto. En la perversión todos los objetos son substituibles. Más allá de los objetos en sí (tacones, latex, cuero), incluso, en el mismo sistema de libro negro que se aplica en ciertos hoteles refinados (una especie de carta especializada de prostitutas a domicilio), uno puede seleccionar exactamente cómo quiere a su acompañante, y posiblemente siempre ante la falta de una pelirroja de trenzas, una mera tinta capilar resuelve el escollo. En el amor, gracias a Dios no. Uno no puede enamorarse muchas veces, y mucho menos de varias personas al mismo tiempo. El Amor reclama exclusividad y es en esa exclusividad que se encuentra lo eterno –es una observación analítica, mis ánimos están más que lejos de promulgar el mito cristiano de “hasta que la muerte los separe”. (Pensándolo bien, esta es una conclusión bastante jodida para quienes creemos que la poligamia debería ser el estado natural del ser humano).
El amor es la gran carnicería de las idealizaciones.
Ahora, lo que –al menos teóricamente- me preocupa es:
¿Esta idea de el amor como mutilación de una persona a una imagen preformada e internalizada, no es en esencia, por sus caracteres de meros moldes intercambiables, no más que otra definición de la perversión?

Epílogo
María tiene examen el sábado. Es viernes de noche, y se tiene que quedar en su casa estudiando. En Azabache se está festejando el cumpleaños de alguien perteneciente a mi círculo de amigos. Sin embargo, decidí quedarme en mi casa, intentando terminar un cuento que he tenido en la cabeza los días anteriores.
Son las tres de la mañana. He estado viendo y reviendo estos capítulos de The Office. Recién me doy cuenta de que durante cuarenta minutos he estado salteando episodios que ya vi, buscando exclusivamente las escenas que muestran la relación de Jim y Pam.
Hay una en particular, que me fascina:
Hay una extraña costumbre en la oficina, que es que cuando dos personas repiten una misma frase al unísono, uno de ellos no puede hablar hasta que le compra a la otra persona una Coca. Al comienzo del capítulo, Jim repitió una frase de Pam, por lo es él quien tiene que comprársela. Cuando van a la máquina expendedora, resulta que no quedan más. Conclusión: Jim no puede decir nada el resto del día –al menos hasta que consiga una Coca para Pam en otro lado. El capítulo sigue y pasan otras cosas muy divertidas, que nada tienen que ver con este hecho en particular. Lo que sí importa es que Jim está enamorado de Pam, y en los últimos capítulos ella ha estado organizando su casamiento (y por supuesto, no sabe de lo de Jim –o los sabe a medias, aunque es muy probable que en el fondo los sepa, es decir, que su coworker está enamorado suyo /y, de paso, que ella también lo está). Casi al final del capítulo Jim está sentado con ella –todavía sin poder hablar, siendo fiel a las reglas del juego-, y ella le dice you look that you got something really important to say but you can't for some reason, sólo para joderlo y babosearlo por su mudez temporal. El se ríe y ella lo jode de distintas maneras, por momentos en tono serio, pero con una risa eventual que sella las cosas como un mero chiste. Es ahí que ante esa insistencia en joda, en el último “You can tell me anything”, Jim sigue sonriendo, pero se la queda mirando un poco más serio y tras unos segundos mira hacia abajo, como diciendo “me gustaría decirlo, pero vos sabés bien que no puedo”. La cámara muestra la cara de Pam, y su sonrisa se le descompone en un rostro invadido por una seriedad momentánea que resulta indistinguible del miedo. Pero ninguno de los dos dice nada. Son veinte segundos grandiosos. Y no puedo parar de verlos.
Es mi tercer whisky en la noche. Tomo uno, y cuando el liviano mareo se me va, me vuelvo a llenar el vaso. En otras noches pensaría que servírmelo resultaría una patética imitación a Bukowski, como un ridículo ejercicio de decadencia y bohemia. Pero me doy cuenta de que realmente necesito tomar este whisky.
Había pensado que podía aprovechar esta noche solo para hacer cosas que no puedo hacer cuando estoy con María.
Había pensado que podría terminar ese cuento, o comenzar uno que hable de una pareja como Jim y Pam. Sin embargo, me doy cuenta de que no puedo.
Estoy escribiendo esto, y pienso que estoy desperdiciando el tiempo, cuando en unas semanas extrañaré estas noches para mí mismo. Y sin embargo, me doy cuenta, pero no lo quiero reconocer, de que la estoy extrañando esta noche.
Me recuesto en la cama, manteniéndome ligeramente erguido sobre el codo. Pongo Bohren und der club of Gore. Ya había hablado de ellos acá, es un jazz lento, pastoso, con un saxofón que se arrastra por la habitación. Es casi un doom jazz, más propio de una película de Lynch que de un policial negro. Tomo un sorbo de Juanito el caminante. Por la posición de mi cuerpo y como si mi sistema digestivo se mimetizara con la música, adoptando su ritmo y su tempo, siento cómo el líquido desciende lentamente, casi como una serpiente, por las profundidades de mi organismo. Tras el ardor inicial a la altura de la garganta, el sorbo baja por el esófago. Lo siento abrirse paso lentamente, quemando al principio, dejando una estela de frescura después. Mi cuerpo parece insignificante, casi descartable. Es como si el mundo se fuera cerrando sobre mí, como un libro.
Y entonces lo siento, lento como la miel, el whisky llega al estómago.

Sunday, July 20, 2008

Inviernos-de-un-solo-buzo
Hacía casi un mes que no posteaba nada, principalmente por un examen de Antropología filosófica y una serie de actividades que me mantuvieron bastante ocupado. Un residuo extraño de esta abstinencia, es que al adquirir cierta distancia del vórtice de entradas, comments y counters, uno se da cuenta de que más allá de todas las posibilidades de potenciar de un modo civilizado su egomanía, se instala cierta lógica dentro de algunos de nosotros que nos llevan a recodificar algunas apostillas de nuestra vida cotidiana como posteables. Más de una vez, El fino o Santiago me han dicho “esta situación seguro que la vas a transformar en un post”, cuestión que hace que alguna gente ande absurdamente más cauta a mi alrededor.

This blog could be your life, podría ser un rentable sublema para este blog.
Pero volviendo al hecho en sí, serenamente saturado de actividades, hace unos días tenía la cabeza recostada contra la ventanilla del 121 y entonces al doblar por Bulevar veo extrañado un parque infantil atestado de niños. Nunca me había gustado el parque infantil, personalmente prefería el Parque Rodó, que tenía una esencia más desaforada y cadenciosa –los ecos del Rock and Samba se siguen escuchando hasta ahora, donde los chetos juegan a hacerse los planchas durante unos minutos antes de ajustarse el cuello de su polo rosada y entrar a W Lounge pasados de vino-, y montañas rusas que daban más miedo que las del Parque de la costa, pero más que por su velocidad y concentración de la fuerza G, por la idea de una verdadera posibilidad de descarrilamiento. Pero la cuestión es que me quedé mirando a esos niños y al ser un miércoles aquello resultaba tremendamente extraño. Tardé algunas cuantas paradas en recaer en el hecho de que estaba en plenas vacaciones de julio: de ahí aquel bebé con rostro de vómito inminente sentado adelante mío, de ahí aquella madre con tres niños y globos rosados a punto de estallar, de ahí aquella niña llorosa que me hace pensar que Herodes fue un incomprendido.
Mis vacaciones de julio escolares siempre fueron muy introspectivas, con escasísimos hábitos familiares de vacacionar en el exterior o la costa de oro, y con el karma de tener que cuidar a una hermana menor, por el hecho de que ninguno de mis padres hacía uso de su licencia en aquel período. Personalmente, mis inviernos se reducían a dedos amoratados –posta- de jugar al Super Nintendo, visitas de amigos y ocasionales gripes. Siempre estaba esa película animada de la que toda tu clase hablaba, y generalmente la iba a ver acompañado por mi abuela, a cines como el Trocadero, hoy en día convertido en lo que yo llamo un Centro de Macumbas Cristianas. Pero sin lugar a dudas lo que caracterizaba aquellas dos semanas eran las horas frente al televisor, la coordinación viso motora entrenándose con una disciplina shaolin, los Games Over y los Passwords anotados con crayones en el reverso de cajas de cassetes.
Más allá de que los julios -lejos de ser ese pequeño intersticio de joda antes de que las cosas se pongan serias- en la vida universitaria de la mayoría de nosotros se vuelven fatídicas semanas de estudios para exámenes, había algo más que no me permitía ubicarme dentro de esta estación. Salgo del ómnibus y me quedo viendo en la ventana de un cyber. Atrás mío pasa la gente, taxis y los conocidos vagabundos que convirtieron a Tristán Narvaja en su living. Me quedo fijado en mi reflejo, fundiéndose en computadoras y estudiantes estresados, y en un momento preciso reconozco lo que me llama la atención: un solo buzo. Ni guantes, ni bufanda, ni campera. Esto no es un invierno, che, o más bien, es aquello a lo que llamo invierno-de-un-solo-buzo. Es extraño verme caminando por las calles tan ligero de ropa, cuando no hace más de seis años me apodaban Capullo, no como una diatriba gallega, sino por mi cebollística forma de abrigarme. Incluso, no sólo es mi caso (que de hecho soy un tipo particularmente poco friolento), algunos manyas aprovechan la posibilidad de relucir su camiseta para reclamar paternidad a los de Nacional, y las mujeres quieren seguir sacando provecho de sus tetas hasta que aquellos adiposos seres tengan que invernar y volver a sus cuevas de lana. Los que leen seguido acá, sabrán que hay algo que me obsesiona, y esto es la construcción de una estación por medios más vivenciales y afectivos que cronológicos y sociales. En mi caso, este invierno-de-un-solo-buzo todavía está flotando en un grado de indiferenciación, un espacio transicional que genera una cierta angustia epistemológica. Porque sí, hay elementos de sobra que nos indican que estamos en plenas vacaciones. Caminar por el shopping y no mirar al suelo –con el riesgo de llevarte por delante a un niño- es una actividad tan desquiciada como ir corriendo descalzo en la noche por la Plaza Villa Biarritz, sin esperar encontrar alguno de tus pies untados con mierda, a la vez que, incluso superando a nuestro fastidio por los niños, los púberes se revelan como una de las mayores amenazas, acostumbrándose a salir a la calle cada vez más tarde, tan estúpidos como indomables, bebiendo (poco y mal), yendo en patota y gritándote cosas por inercia (pendejos y minitas a los que uno de golpearlos iría directo en cana), como si fueran versiones pocket de las postapocalípticas hordas de Mad Max, o las piradas pandillas neoyorkinas de The Warriors. Me gustaría poder decir “bueno, yo supe ser como ellos en su momento”, pero no, a aquellos años yo andaba jugando al Nintendo, e ideando planes de imposible concreción con amigos.
Como era de suponer, películas y discos –que casi ninguno tiene mucho de invierno tampoco- enmarcaron esta extraña semiestación, pequeñas obsesiones en los que tramité todos mis impulsos infanticidas. He aquí mis películas y discos de invierno
Películas:
Los amantes regulares (Philippe Garrel)
Los números redondos suelen propiciar el revisionismo de ciertos eventos, análisis de medios, fines, resultados, agentes y contraagentes. Con los cuarenta años del mayo francés no es la excepción, y todas las universidades, medios y políticos se han visto obligados a criticar, romantizar, elogiar, defenestrar, relativizar y todos los ar en disposición con respecto a este tema. Pienso esto mientras me voy de facultad, viendo una pancarta hecha por el CEUP con el famoso lema “La imaginación al poder”. Me contengo un poco la risa, por el hecho de que me es completamente difícil encontrar algo menos imaginativo que el gremio de facultad, con un accionar tiene más de Bréznhev que de Guy Debord. Por estas mismas razones, no fue sorpresa que el Festival de Invierno de Cinemateca incluyera una película que tratara este tema.
Domingo, 22:00. Duración del film: 179 minutos. En cuestión de números y fechas, la opción no parecía muy alentadora, pero recientemente había visto del mismo Garrel Inocencia Salvaje y me había parecido más que buena. Tras una serie de llamadas, con El fino firme al volante llegamos como una flecha atravesando el telón de la lluvia y la noche.
Ya desde el principio se plantean los grandes temas del mayo francés, un chico llamado François –y que eventualmente reconoceremos como el protagonista- plantea que le gustaría publicar un libro con sus poemas, pero teme contradecir a sus principios. Instantes después, le pregunta a un amigo qué le gustaría hacer en un futuro, y él le responde que le gustaría ser un pintor de brocha gorda (es decir, pintor de paredes). Cuando se le pregunta por qué no quiere ser un pintor de verdad, el responde que el pintor de brocha gorda es el único pintor de verdad. Autoría, situacionismo, Isou, Guy Debord: empezamos bien.
La película se centra en la vida de François y su eventual enamorada durante las postrimerías del mayo francés y los siguientes años de resaca revolucionaria. Por encima del mismo tema –ya tomado incontables veces en el cine-, lo que más llama la atención es el ritmo y estilo que Garrel le da a tales acontecimientos y el increíble blanco y negro del film (El fino tiene razón en señalar que cada uno de los planos de la película es una fotografía perfecta). Un ejemplo bien claro de esto es la escena de las revueltas estudiantiles. Estas son filmadas a un ritmo real, con planos fijos de varios minutos, recreando el auténtico ritmo de una defensa tras barricada, prescindiendo de un montaje que las dotara de mayor espectacularidad. Casi se podría decir que estas escenas no están tan actuadas como coreografiadas, un estilo que recuerda al flujo del campesinado anarquista registrado por Theo Angelopoulos en Megalexandro. Incluso, apenas por un back up historiográfico sabemos que la contienda se está llevando a cabo en el barrio latino o en el boulevard Saint Michelle, porque el escenario se mantiene prácticamente indistinguible, con personas, humo, escombros y autos dados vueltas que son como un limo blancuzco que apenas emerge de la homogénea negrura que se levanta detrás.
Tal como Mahoma sabe ser árabe sin camellos, Garrel sabe ser francés manteniéndose confinado a intramuros, y sobre todo, sin recurrir a ese sentimiento revolucionario –festivo o belicoso- que tanto ha prostituido el cine sobre eventos históricos. Los amantes regulares es todo lo que no es Los soñadores, esa visión romántica y autoindulgente del mayo francés visto por los ojos de Bertolucci. Mientras que en el film del italiano el incesto, la revolución y la fascinación por el cine es buscada e hipertrofiada en cada escena, en la película de Garrel las contiendas entre la policía y los manifestantes son oleadas frías y constantes, el consumo de droga dista de ser el bricolage festivo y psicodélico de otros autores, y el sexo libre está, pero lejos de un marco que lo vuelva sexy, intenso, o convulsivo. Incluso, en momentos en donde se podría mostrar otro registro de sentimientos, como el de una fiesta en la que se ve a todos bailando This time tomorrow de los Kinks, la escena se tiñe de una cierta irrealidad, casi como si se estuviesen parodiando a sí mismos, sin tomarse aquella momentánea felicidad demasiado en serio. En todo caso, la película es una de las visiones más amargas y lacónicas sobre uno de los sucesos más citados, estirados y reverenciados del pasado siglo.
La película terminó a eso de la una, y el fino y yo nos encontramos con un Montevideo pasado por agua, con ese tono tan irreal que adquiere 18 de julio los domingos. Conversando del film en el auto, concordamos en que la película nos fascinó en lo que respecta a los intereses e inclinaciones de cada uno: al fino –que está cursando el fotoclub- le resulta difícil encontrar una película con mejor fotografía; yo, por mi parte, creo que es una película fundamental, que tiene la virtud de mostrar un evento bajo sus luces y sombras, tal como lo hicieron películas como La batalla de Argel en su momento.
Sin embargo, algo me dice que probablemente el CEUP preferirá no ver una película tan larga, optando por seguir citando frases “El aburrimiento es contrarrevolucionario”, mientras se realizan sesiones extraordinarias de dos horas y media para decidir de qué color pintan una bandera.


Supercool (Gregg Mottola)
En los primeros minutos de Supercool a uno le vienen sospechas por partida doble: por la temática pansexualista que caracteriza a los diálogos uno huele cierto tufillo de American Pie, y esas chatísimas películas de secundaria. Al mismo tiempo, por su elenco y alguna que otra referencia cinematográfica, uno se ve tentado a hermanarla con esa nueva progenie de películas de autorreferencialidad indie como Juno (a la que Eze dio un buen palo en su blog).
Supercool aborda el conocido trauma de pasaje de etapas, que tan obsesivo se volvió en muchas películas estadounidenses del estilo. Sin embargo, lo hace desde otro registro, más fino donde otras sólo optan por lo directo y choto, más in your face donde otras películas tienen sus reparos. Después de todo, es el clásico tema de ponerla-antes-del-egreso, con dos amigos que tienen encomendada la responsabilidad de conseguir alcohol para una fiesta (una trama en apariencia sencilla, pero que va descarrilándose en episodios tan bizarros como graciosas). Evan, Seth y Fogell (o McLovin!) no son losers in strictu sensu, y las mujeres a las que le tienen ganas se apartan de ese paradigma de la clásica mina incogible que está con quarterbacks y descerebrados por el estilo. De hecho, la película se aparta de esa conmiseración sexual y señala que, más allá de las apariencias, las posibilidades siempre están ahí, sobre todo en esa escena tan poco usual entre Evan y la mina que le gusta, que lima todas las idealizaciones platónicas que se suelen tejer en tales situaciones. Todas las figuras amenazantes están prácticamente borroneadas, y no se trata con rigor epistemológico el clásico tema de lo popular o no popular.
La película es un festejo de la juventud, donde prácticamente los mayores, tales como padres y profesores, no aparecen, y donde de hecho, los que aparecen (como el caso de los policías) se comportan como púberes.
Momentos de la película desembocaron en la situación tan delirante como bizarra de encontrarme a mí, mi cuñado y mi suegra llorando de la risa por unos dibujos de penes venosos. Ya solo con esto, la película vale la pena.


Mi mejor amigo (Werner Herzog)
Ante ustedes: la bestia. Klaus Kinski actuaba tan intensamente que uno cuando lo ve se pregunta si su cuerpo puede aguantar tanta energía, tanto odio y violencia. En sus arranques de ira, como en Woyzek o Aguirre, la cólera de Dios, uno piensa que al final de los mismos se va a agotar y quedar como un juguete sin baterías, como aquella escena final de Cobra Verde, con el blondo que tras intentar mover un bote se deja desfallecer en la orilla. Lo que resulta más interesante al ver este documental hecho por Herzog, es que el verdadero Kinski era tan o peor que los personajes que interpretaba. Ya desde el comienzo del mismo se lo ve actuando en uno de sus famosos actos de Jesus tour, performance en donde se proclamaba mesías y enfrentaba abiertamente al público. En una un tipo del público intenta acaparar el micrófono y Kinski se lo arrebata tan violentamente que se parte a la mitad. Veo esa escena, y ya me da miedo desde la comodidad de mi cuarto con losa radiante; no me puedo imaginar lo que habría sido estar ahí.
Pero si hay algo más interesante que Kinski, es el binomio Herzog-Kinski, una dupla que en sus uniones y separaciones generaban mayor energía que la de dos núcleos de uranio. Uno ha leído, estudiado, e incluso conocido relaciones enmarcadas en una dinámica amor y odio, pero en la bina H/K el lenguaje se queda corto, o al menos hay que repensar la idea de odio y amor desde sus bases. Porque vamos a ser claros, estamos hablando de dos personas que llegaron a planear la muerte del otro, donde incluso, ante la amenaza que Kinski abandonase el rodaje de Fitzcarraldo, Herzog lo obligó a terminarlo con una escopeta del otro lado de la cámara. Ante tales situaciones, uno pensaría, "bueno, acá se acabó", pero luego se dieron nuevos encuentros, nuevas películas en donde los conflictos de siempre aparecían, al borde de lo físico, como si fuesen dos polillas revoloteando alrededor de una lámpara, sabiendo que bastan dos centímetros más, dos centímetros menos, para morir de un golpe de corriente. Y esto se explica por el hecho de que realmente los dos eran imprescindibles el uno para el otro, y esto se ve el mismo hecho de que las películas más recordables de Herzog como director y Kinski como actor, son las que trabajan juntos.
La película ya tenía su antecedente, o más bien, otra cara de la moneda, en la autobiografía de Kinski, un libro en el que se refiere a Herzog con la misma, o mayor vehemencia que en su vida cotidiana. Sólo como ejemplo, acá un pequeño extracto: “Enumerar y describir con detalles todas las vejaciones y malos tragos que nos hizo pasar en la selva -el cretinismo total de Herzog, su desvergüenza, su desfachatez, su brutalidad, su estupidez, su megalomanía y su falta de talento-, así como las consecuencias de todo ello, resultaría verdaderamente vomitivo, y sería una imperdonable pérdida de tiempo y energías. Es el mismo montón de basura podrida de diez años atrás, aunque aún más imbécil, descerebrado, paralítico y criminal”. Y esto es sólo una pequeña muestra”.
A lo largo del documental vemos cómo casi todas las personas que conocieron a Kinski se refieren a él como una porquería humana, como si fuera una enfermedad infecciosa traída por el viento. Sin embargo, lo que descoloca del film es cómo Herzog permite convivir todo aquello con el hondo amor cercan a la devoción que sentía hacia él. Tras una aproximación a Kinski en sus claroscuros a lo Caravaggio, el film termina con una de las escenas más hermosas que he visto, casi un apax dentro de lo que se tiene registrado de Kinski en cámara acá el video:


Dicho en palabras de Herzog: "A veces me parece que klaus mismo se convierte en mariposa. Y todo lo que había entre nosotros desaparece. Y todo está bien. Aunque mi mente se resista, algo me dice que dentro de mi que me gustaría recordarle asi".
Herzog, por su gran cantidad de películas rodadas en regiones tan bellas como salvajes como la selva de Perú, parece haber retomado esa pasión romántica por la búsqueda de aquel eslabón perdido para siempre entre el hombre y la naturaleza. En sus películas, las mismos riesgos que envolvían las quimeras de sus protagonistas se encarnan en el mismo rodaje desquiciado (como la demente tarea de realmente subir río arriba el barco de Fitzcarraldo). Pienso que Kinski fue para Herzog esa porción de naturaleza a dominar, una fuerza civilizadora de una fuerza salvaje, primigenia e informe, al igual que un toro salvaje utilizado para empujar un arado, pero que en una sóla cornada puede acabar con tu vida. Pero entonces veo esta escena, y me doy cuenta –como creo que también Herzog se da- de que detrás de la armonía colectiva de asesinato, también está esa mariposa, que de retenerla o domesticarla se muere.
Discos:
The Replacements- Let it be
Los Replacements siempre me habían resultado una banda simpática, tanto por aquella eterna desfachatez que les terminó traicionando (a diferencia de otras bandas indies más disciplinadas o más radicales en su autodestrucción que terminaron arañando los cielos), como por su fuente de eterna juventud y una afición a la bebida que haría quedar a Robert Pollard como Ian Mackeye.
Más allá de esto, nunca les había prestado demasiada atención, y si bien escuché el Tim (ese que tiene el fabuloso himno generacional de Bastards of young), este disco se venía apolillando en los estantes binarios de mi computadora. Le había pegado un par de escuchadas, principalmente cuando me iba a dormir, y realmente no me dejaba mucho. Fue un viernes que me encontraba estudiando a Habermas, cuando se me ocurrió escucharlo en un estado lúcido, sin esperar tampoco mucho. No resultó ser de esos discos epifánicos, que en el momento te patean todos los cimientos donde estabas parado, pero tras varias escuchas sucesivas empecé a comprender que era un disco fundamental, de esos que tendrían que aparecer no sólo en la pitchfork o medios indie-friendly por el estilo, sino en cualquier Rolling Stone, en entrevistas pedorras de la MTV, en la pecosa boca de Noelia Campo o cualquier programa que central o periféricamente hable de música. Encontré la razón de mi poca deferencia inicial por el hecho de que el disco pega un vuelco cualitativo recién a la mitad del mismo, con unas canciones iniciales que son medio para el olvido. Lo que comienza a partir del quinto tema (Androgynous) es una sucesión de canciones perfectas, por las que Westerberg tendría todo el derecho de escupirle en un ojo a Dios por no haberlas convertido en hits revolucionarios.
Antes que nada: Westerberg se ha convertido en uno de mis vocalistas favoritos de todos los tiempos, un tipo que en técnica y registro obviamente no se acerca a Jeff o Tim Buckley, pero que tiene un carraspeo no premeditado, junto a unas pequeñas inflexiones –incluso desafinaciones- que sirven a la misma canción como a la voz de un actor en una escena fundamental de cualquier película, volviéndolo uno de los cantantes más expresivos que haya escuchado. Incluso, una gran injusticia es que se prescinda de los Replacements y se opte por citar a Pixies o Beat Happening a la hora de hablar de Nirvana. Porque Nirvana tomó, y mucho, de esta banda, no sólo la teenage angst que desborda las canciones –a la que Nirvana amplifica y conduce a terrenos más ominosos-, sino también a la misma voz. Escuchen un poco, y van a ver que hay muchísimo de la voz de Westerberg en los berridos al borde del noise y el pop del Karco.
Pero volviendo al disco mismo, el Let it be –disco que ya se pone los tapones de aluminio desde la misma joda al disco de los fab tour- es muy adolescente, al borde del emo, algo que en cierto momento había mencionado acerca de los mismos Smiths. Sin embargo, mientras las letras de Morrisey tienen esa cuota de autoflagelación y teenage angst enmarcadas en una poesía excelsa y casi romántica, los Replacements hablan de estos mismos temas de una forma más directa, tal como si fuera un drama personal que te contara tu mejor amigo en una visita a tu casa. Toman a lajuventud lo toman en su amplio espectro, y no en un burdo derrotismo que caracteriza a las maquilladas porongas de la MTV de hoy en día. Podría decirse, que lo que hacen los Replacements que les queda tan bien, es tomar los dramas juveniles, pero enmarcarlos en un terreno en donde la reivindicación y la ocupación de nuevos terrenos es posible, es decir, donde no todas las batallas están perdidas.
Este carácter tiene mucho del metal de los setenta-ochenta, y no es sorpresa que en el mismo disco figure un cover de Kiss. La versión de Black Diamond es un temón, y resulta tan buena que no la pude reconocer en la autoría de los maquillados, más allá de que efectivamente la hubiese escuchado cuando era chico en un disco en vivo que tenía mi primo. Lo que hacen los Replacements con esta versión es tremendo: mientras que la versión de Kiss es una mezcla entre power ballad y canción llena de heroísmo, los Replacements la recodifican a su manera, quitándole el amaneramiento y teatralidad de la banda predecesora y conduciéndolas con sus propias bridas. Logran crear un tema completamente diferente, sin cambiar casi absolutamente nada –solo abriendo las ventanas y dejando que se vaya el aire enviciado de los solos de la guitarra humeante de Ace Freehley.
Todos los temas juveniles son tocados, desde la sexualidad hiper confusa e inestable –Androgynous-, hasta el amor incorrespondido –Answeing machine- pasando por el inconformismo –redundante decirlo- de Unsatysfied, el hedonismo festivo de Gary’s got a boner –enough said- y Sixteen Blue (por favor, esta letra: Brag about things you don't understand/A girl and a woman, a boy and a man/Everything is sexually vague [an awkward phase?]/Now you're wondering to yourself/If you might be gay/Your age is the hardest age/Everything drags and drags/One day, baby, maybe help you through/Sixteen blue/Sixteen blue).
Estas canciones me habrían salvado de muchas amarguras, de haberlas escuchado a mis quince.
Robyn Hitchcock-Jewels for Sophia
No debe ser la primera vez –ni será la última- que lo digo, pero hay algo extraño que me sucede con Robyn Hitchcock: no tengo ningún disco suyo, y ciertamente en mi historial afectivo tengo músicos a los que considero o musicalmente mejores, o que dejaron una marca más profunda, y aún así es la persona que más admiro del mundo, una admiración extrañamente profunda que va más allá de su producción artística. Ahora que lo pienso, la lista de personas que más admiro no tiene tanto que ver con mis gustos, o si los tiene, no son los más representativos de mi persona. Aquí un pequeño gráfico para explicar este punto:

Pero volviendo a Hitchcock, es, junto con Tom Waits uno de aquellos tíos que siempre soñé tener. Mientras que Waits entra más en el formato de tío putañero que te pasa whisky en una fiesta de quince, Robyn es de esos tíos pasados, lo suficientemente creativos para hacer de su locura algo pintoresco, y no una jodida carga. No me cuesta imaginarme yendo a su casa para que me de clases de guitarra, hablando sobre enanos, Nixon e insectos.
Mi admiración hacia él fue instantánea, y se remonta a mis diecinueve años, en uno de los veranos más calcinantes que recuerde. Mi primo Lucas y yo estábamos disfrutando del cable recién adquirido por mis abuelos –antes teníamos que conformarnos con aquellas películas ochentosas de trasnoche que pasaban en el canal siete, teniéndonos que bancar cada quince minutos austerísimas propagandas sobre despensas y minimercados de ruta-, posiblemente buscando alguna película soft porn que pensábamos que podía dar TV Globo de Brasil –esa frecuente costumbre de hipersexualizar a los brasileros-, cuando nos detuvimos en un extraño concierto realizado dentro de lo que parecía ser un negocio cerrado, con una vidriera que permitía ver a la gente caminar por las calles enclaustrados en sus pensamientos. Nadie, salvo algunos, se percataba de lo que sucedía adentro, un show con un extraño señorito ingés que entre tema y tema hablaba sobre carne irradiada para astronautas, megacadáveres, la fina línea que separa la tortura de los cosméticos, minotauros y cinta plástica. Como si supiera de antemano que aquel concierto marcaría nuestras vidas, decidí grabarlo en el mero instante que caímos en aquel canal. No parábamos de reírnos, pero no podíamos emitir comentario alguno. Las canciones no se quedaban atrás en su excentricidad, y cuando uno creía que la psicodelia llevaba las canciones al borde de la desintegración, ese tal Hitchcock te bajaba de un ondazo, con unas baladas tan hermosas que eran como un edredón espeso y perfumado del cual uno no podía –ni quería- salir.
Al otro día nos despertamos a las once, pero no fuimos a la playa.
Nuestro cuarto de cuchetas parecía un ómnibus repleto, surcando las calles de Guayaquil a las doce del mediodía, pero en ningún momento pensamos en arena, mar, o bikinis. Aquella tarde vimos tres veces de corrido el video, quedándonos como topos en nuestras madrigueras sabiendo, por el sonido de los venteveos, que el sol se estaba poniendo sobre la chimenea del vecino. Pero no importaba.

Eventualmente terminé por comprarme aquel concierto llamado Storefront Hitchcock, dirigido por Johnatan Demme, quien ya había estado detrás del tan genial como desquiciado Stop making sense. Durante mucho tiempo pensé que probablemente la magia de Hitchcock estaba dentro de sus monólogos y presentaciones en vivo, imaginándome que de escuchar un disco suyo perdería gran parte del misticismo que lo había rodeado. Fueron unos cuantos años los que me negué a escuchar al Hitchcock de estudio, pero un día terminé por bajarme I often dream of trains. Luego fueron Spooked, el reciente Ole! Tarántula y Eye. Me sorprendí al encontrar que ninguno de los discos bajaba de un nivel altísimo, no sólo desde el punto de vista letrístico, sino compositivo. Así también que, por más viejo que pareciera –bueno, no tanto- Robyn cambia de estilo con una habilidad tan camaleónica como la de sus excéntricas camisas.
Hace poco me bajé Jewels for Sophia y no lo pude dejar de escuchar. Creo que van tres días y es lo único que he escuchado en mi computadora. Hasta ahora es posiblemente el disco más parejo de todos los que vengo escuchando. En este álbum Hitchcock le da una vuelta de tuerca a sus influencias de Syd Barret, Robert Wyatt y Zimmerman –incluso, el tema que cierra y da nombre al disco tiene esa cuestión verborrágica a lo Subterranean Homesick Blues-, y es uno de los más electrificados y potentes de todos sus discos.
Uno de los grandes méritos de Robyn es el de poder incorporar elementos de la cultura pop, pero colocándolos con un encanto natural de forma que no parezca un choto namedropping que a más de un artista le queda tan artificial como el falso acento inglés de Madonna, algo que es moneda corriente en el Montevideo camp creado por diez o quince publicistas con ganas de divertirse un poco. Sólo por citar un ejemplo en una canción escondida al final: “i have a warm bath/i have a bottle of wine/i put myself to bed/ and i feel just fine/ but don't talk to me about gene hackman (…) he is in every film/ sometimes wearing a towel/ and if it’s not him/ you get andy mac dowell/ so don’t talk to me about gene hackman.
Gente, todos nos estamos acercando en perfecta paz y armonía a la hitchcockdad, pronto todo se volverá Hitchcock, y todo en cualquier lado será Hitchcock. Es verdad damas y caballeros, la hora ha llegado, es hora de hablar con ese pequeño Hitchcock que hay dentro de nosotros.
boomp3.com
boomp3.com

Pedro Restuccia- Capicúa
Escribir sobre un disco en el que uno formó parte –por lo menos en su inicio, oficiando de pseudo productor y escribiendo algunos temas- es una labor harto complicada, más que por la obvia falta de objetividad, por el hecho de que sólo se puede registrar el movimiento desde un punto estático (y yo me mantuve envagonado en una parte del proceso). La historia de este disco es un poco la historia de mi vida con la música, o al menos de mi condición de músico frustrado. No puedo dejar de pensar en el disco como una construcción que empezó nueve años atrás, cuando comencé a asistir a los ensayos de un trío que aún no llevaba nombre. Los lugares en donde aquello acontecía eran variadísimos, y prácticamente llegué a conocer a todos, desde el estudio de Luis Restuccia cuando aún quedaba en el Cordón, hasta la austera y microscópica sala de ensayo de Antoine, un garage enrejado que daba a la calle, regenteado por un vintenero que en cualquier descuido te cobraba demás. Epocas Nirvaneras (la línea de desarrollo standard de los quinceañeros de mi generación), con Pedro en la batería, Oliver cantando un inglés por fonética detrás del micrófono y Manteca recién aprendiendo a tocar el bajo. Luego fue el primer toque en una fiesta del London en Malvín, la sexta cuerda que siempre se le rompía al Oliver al tocar Rape Me, unos exagerados fuegos artificiales, una rubia que se había quedado mirando a un amigo, hamburguesas con queso, la vuelta triunfal en un auto lleno de instrumentos. Más tarde fueron otros toques, el nombre de la banda elegido espontáneamente en un recreo de quince minutos, una fiesta del Sagrada Familia pasada por agua por la que había faltado a una mega fiesta de quince, el fogón del San Juan como si de un Woodstock se tratase, un miércoles de noche en el boliche La comisaría con una banda difunta llamada Pol Pot, las entradas anticipadas vendidas con rigurosidad bizmarkiana, los primeros temas grabados en un casete que sigo teniendo, el inglés tan imperfecto como convencido del Oliver, la profesionalidad de Pedro, los miedos del Manteca, los eventuales toques en Plaza Mateo, y después el Living, Roxx, Apartado Bar, BJ, Pacha Mama, y yo siempre ahí, viendo aquello no tanto como un cuarto integrante, ni como un manager, sino como un documentalista que sentía que estaba formando parte de la historia.
Tiempo después, Crosstea se disolvió y luego Pedro emprendió otros proyectos a los que seguí con desigual entusiasmo. Pero en sí, este disco corona la historia de mi envidia hacia el dominio de Pedro sobre aquel terreno donde siempre me vi como un extranjero, aquel terreno del que me he limitado a teorizar y cartografiar, pero nunca explorarlo por mí mismo.
A más de dos años de empezado el proyecto, aquel cd-r con temas registrados en una toma por la grabadora multimedia de windows fueron tomando un curso propio, puliéndose, adornándose, o simplemente cambiando. Hay algunos temas que yo hubiera mantenido la belleza low fi del primer espécimen, hay temas descartados que creo que deberían haber sido incluidos, y algunos que me parecen que están demás en el disco.
Capicúa no es un disco romántico, pero está completamente atravesado por el amor. Canciones como Mejor para mí, En el aire y Sinapsis, son de aquellas que a cualquiera le dan ganas de enamorarse, una belleza tan sincera como simple que derriban hasta el más sólido y neurótico muro. Para un axolote que de tanta oscuridad se fue quedando medio ciego, por momentos la luminosidad de este disco puede ser demasiado enceguecedora, pero posiblemente en ello estriba la diferencia entre Pedro y yo, la diferencia entre una persona que se zambulle en el amor, y otro que sólo quiere hacerlo canción.
(Escuchar temas en el space de pedro)


Epílogo:
El examen es a las siete de la noche. Los ojos arden, debajo de mi remera el conocido sudor ácido del estudio –un sudor distinto del sudor deportivo, del sudor sexual, o el sudor febril-, el sueño aplacado, pero esperando trepar como un gato a la pesca de restos de comida en la mesada, y soliloquios centrífugos, las voces de Nietzsche, Gadamer, Habermas y Foucalt, rebotando en las paredes de mi cabeza como una mosca dándose contra un espejo.
Cuando llego me zambullo en la clásica histeria colectiva, abriéndome paso en la masa de gente, el vaho húmedo de respiraciones ajenas, las palabras de varias personas invadiéndome como una enredadera. Cuando llego, un tipo con un amplio canal entre sus dos paletas me dice que van llamando por nombre, y ya van por la B. Saco el machete y comienzo a cortar la maleza. En dos minutos estoy en la puerta. Le digo al profesor mi nombre. Se queda mirando la lista. Me mira. Vuelve a mirar la lista y me dice “Acevedo con s o con c?”. Le respondo sin escandalizarme ante tal obviedad. Me dice “mire, no está en el acta, si quiere vemos ahora después”. Tras unas sencillas preguntas me acabo de enterar de que inscribirme al curso no me daba metía automáticamente en el examen, habiendo tenido que registrarme por medio de internet. Le digo “ah, bueno, me equivoqué”, y el hombre me mira extrañado, como un boxeador con la guardia alta esperando un contraataque que nunca llegó. Dos semanas estudiando al pedo. Salgo de la facultad y camino por una 18 de julio que ya se empieza a poblar de la gente que saldrá en la noche. Hace calor, me quito el buzo y me lo ato a la cintura. Veo en mi sombra la imagen de un escocés caminando en 18 con su kilt, y me doy cuenta de que en el fondo lo sabía. Sin embargo, no me importa. Me toma unos segundos para darme cuenta de que no sólo no me importa, sino que estoy contento por no haberlo dado. Llamo a mis padres, a María y a unos amigos. Todos me tratan de boludo con mayor o menor severidad. Cuando corto y entro al 14, me pongo a pensar sobre lo feliz que estoy por una oportunidad mendigada a un sistema en el que estoy completamente metido, un animalito que se siente libre por cambiar de jaula, mi mala conciencia, ese instinto de libertad reprimido, encarcelado dentro mío y que sólo puede descargarse contra sí mismo.
Desde la ventanilla se ve a la gente caminar, haciendo de estos días de calor su verano privado. Se los ve contentos, o al menos divertidos.
Sobre todo a los pendejos.
Veo mi pequeño rostro en el convexo espejo del ómnibus y al doblar por Bulevar España me digo “sí, Nietzsche sentiría vergüenza de mí”.

Thursday, June 19, 2008

Snob

“El problema, my friend, es que nosotros evaluamos a las personas no por lo que son, sino por sus gustos”.
“El asunto, Agustín, es que usted viene cabalgando con una neurosis obsesiva desde su infancia”.
Con estas dos frases de comienzo similar culminó mi maratónica semana, en la que tuve un parcial de Psicolingüística –nota: Saussure no es lectura de verano-, un trabajo sobre Los Idiotas, de Lars von Trier, desde la perspectiva de Deleuze y Guattari, y las visitas a una paciente que vive en las afueras de Montevideo.
La primera charla fue fruto de una conversación telefónica con un amigo y la segunda ocurrió en mi sesión psicoanalítica del viernes. En apariencia diferentes, las dos terminan hablando de lo mismo.
No hay vuelta, desde mis tres años que vengo coleccionando cosas. En aquellos tempranos años chicanos, un amigo de mi padre me solía comprar un Thunder Cat o Cazafantasma cada vez que visitaba mi casa. En cuestión de unos años tuve casi todos los muñecos de estas series, confirmándolo a través de un catálogo que figuraba en el reverso de la caja de los mismos. La primera letra que aprendí posiblemente no haya sido la A de mi nombre, sino la X con que marcaba los juguetes que ya tenía. A esos se le fueron agregando los Superamigos, los GI Joe –que no me entusiasmaban mucho-, las Tortugas Ninja (siempre anhelé tener el Tecnódromo, pero en Uruguay no se vendían, y si así lo fuese, habría valido un riñón), el elegantísimo Subbuteo y los dementes Dragon Ball Z y Masked Raider -fruto del pasaje de mi padre por el fútbol japonés.
Los coleccionistas más pro suelen mantener a sus action figures dentro de sus respectivas cajas, perdiendo una gran cantidad de valor de ser extraídos de las mismas. Sin embargo, yo no llegaba a tales extremos, jugando bastante con ellos. Una característica particular de mi afición a los juguetes era que, a diferencia de mis compañeros, cuyos cuartos parecían un Hiroshima repleto de cabezas y miembros de muñecos articulados, más allá de haberle dado un tremendo uso, son muy pocos los que se han roto en todo este tiempo.
Hace un tiempo mi madre estaba conversando con mi novia y hablando sobre enfermedades, la muerte, la vejez, etc. terminó diciendo “a mí lo que me preocupa es el desorden que quedaría si yo me muriera”. Es un comentario que, más allá de lo trágico, es tremendamente gracioso, y ciertamente, una linda postal de la obsesión por el orden de mi madre. Como la usina del significante dando cause transformando en energía lo real, mi madre diseñó un cierto orden en mi cada vez más dilatada estantería, separando a los muñecos por categorías, tamaños y exigencias de postura –los más enclenques solían ser recostados contra la pared, por razones obvias-. Algunos años después vendrían los álbumes de figuritas, las Pepsi Cards, los dados de Rol, los discos y los libros, y eventualmente todos aquellos muñecos fueron a parar a un baúl, pero de cierto modo lo que permanece de aquello es el orden, como un espíritu que persiste reencarnándose en los diferentes objetos que desfilan en esos estantes.
Sin lugar a dudas, mi mayor obsesión son los discos, al extremo de querer comprar el Velvet Underground and Nico, cuando mi hermana ya lo tiene en su repisa del cuarto de al lado, a dos escasos metros de mi habitación. No es un mero impulso exhibicionista, cada disco contiene, detrás de su cajita de plástico o de cartón, un momento encapsulado, como esos mosquitos prehistóricos solidificados en ambar, portando en su ADN la huella de un tiempo y lugar pasado, inaccesible por otros medios. Tomo el Pablo Honey de Radiohead, y recuerdo el día nublado en que terminó en mi estantería, el trayecto de ómnibus desde el cementerio del Buceo (donde acababa de presenciar el entierro de mi abuelo) hasta el Punta Carretas donde lo compré con expectativas que se derrumbarían ante la segunda o tercera escucha. Tomo el Daydream Nation, recuerdo el gusto de las Lays con Salsa Valentina, la teenage angst tardía en un viaje que más que viaje era exilio. Tomo el Uno con uno y así sucesivamente, y recuerdo la encarnizada competencia entre Santiago y yo por ver quién era el que lo compraba antes, la retención en la aduana que retardó la llegada del disco, la cara de Santiago baboseándome mientras me lo mostraba en sus manos el retratos de Pedro Dalton comiendo cerebros, sin permitirme siquiera tocarlo. Tomo el vinilo de Love songs for patriots, recuerdo el sentimiento de saber que nunca lo iba a conseguir, y aquella mañana de sábado que lo encontré en las bateas de Ernesto, luego de un parcial fatídico. Y recuerdo incluso esos otros discos, de los que ni siquiera me gusta traer a mención, también comprados en las circunstancias más variables posibles. Ocho años atrás le mostraba los 3:47 minutos de un tema a un amigo, poniendo el tubo de teléfono contra uno de los parlantes, compartiendo aquel hallazgo como si hubiera encontrado petróleo tras un balazo en el suelo; hoy en día me encuentro con ese disco observándome desde el estante y le respondo su mirada con una cariñosa vergüenza.

Hace unos cuantos meses Brunomilan escribía sobre la historia de su primer compilado, derrotero por el que casi todos los nacidos en los ochenta pasamos alguna vez. El hecho de que el 90% de nuestros músicos favoritos de la adolescencia van a tener que pasar por sus juicios de Nuremberg a nuestros veinte-veinticinco años es un hecho casi científico, pero más allá de eso, tal como lo señalaba antes, uno no puede terminar odiando a aquellos discos, ya que los gustos de uno se sostienen por los sucios andamios de sus fanatismos pasados.
En aquel post, ya que todos andábamos sacando los trapitos al sol, se me ocurrió buscar entre los casetes algunos de mis compilados quinceañeros. En aquellos tiempos internet era visto como una cuestión exclusiva de pornocos, cazadores de ovnis y fanáticos del Command and Conquer, quedando la posibilidad de bajar material musical bastante fuera de cuestión. Más allá de que existiera el Napster, las descargas no solían pasar la velocidad de los 5k por segundo, y bajarse un tema de seis megas era una labor que exigía demasiada paciencia, por no decir ataraxia budista. Por esta misma razón, el método era las grabaciones hechas por amigos, generalmente disgregadas en ensaladas, con canciones que en algunos momentos se solapaban, entremezclándose con antiguas grabaciones, o simplemente desintegrándose. Me llama la atención la intensidad del miedo por el resurgimiento de la cultura del single, circunstancialmente impulsada por la internet y las frenéticas descargas en celular. Si hubo una época single-oriented, era aquellos años del casete, en que un amigo te grababa un tema amputado del resto del disco, a veces afanados directamente de la radio, sin siquiera saber el nombre del artista, o mucho menos el disco en cuestión. Recuerdo particularmente el caso de un compañero de inglés que para grabarse un tema unplugged de Kiss aproximó el micrófono de una grabadora al televisor, poniendo rec y capturando las tres cuartas partes de aquella canción que tanto le gustaba. Incluso, en una parte del solo de Ace Freeley se escuchaba el timbre y los ladridos de una perra Rottweiler que mi amigo solía pasear (o que lo paseaba a él, considerando las dimensiones de hobbit del flaco). A varios de mi grupo proto-melómano del instituto les gustaba ese tema, e hicieron algunas cuantas copias de aquella cinta. Calco sobre calco sobre calco. Me da risa imaginarme cuál debía ser el producto final de todo eso, posiblemente una granulosa pasta de ruido, con algunas versos y estribillos reconocibles emergiendo como apéndices dispersos. Pero sí, la verdadera cultura del single estaba inconscientemente en su apogeo en aquella época, donde todos consumíamos lo que podíamos, de la forma más irresponsable, inmediata y poco ortodoxa que estaba a nuestro alcance.
Ahora reviso y en ese rizoma de cintas y plástico encuentro algunos cuantos de estos compilados, uno con canciones predominantemente románticas para escuchar en la noche, otro con temas sueltos de Pearl Jam, otro titulado “Colección de canciones bizarras grabadas por el Oliver”, con algunos temas de Marilyn Manson y Chopper (sí, Chopperrr), entre muchos otros como el que les dejo abajo (y que incluye a ciertas bandas imperdonables, ya lo sé, but we we're young and innocent)
Entre muchas algunas que figuran en el reverso de aquel casete hay una en especial que me llama la atención: Live. Ahora que lo pienso, aquel era un gusto desconcertantemente original. Porque no era sencillamente que me gustara. No era que me hubiera colgado con Selling the drama, o algunos de esos escasos hits que mantuvieron en sus manos como majugas en calderín. No, era un verdadero fanático de la banda. Pongo el casete, escucho los temas y más allá de ciertos falsetes incómodos del pelado y una lírica con muchos lugares comunes onda Krishnamurti for dummies, reconozco que, quizás movido por cierta nostalgia, algunos cuantos temas suyos me siguen gustando. Sin embargo, lo verdaderamente extraño es que nunca conocí a nadie que le gustara la banda. En ocho años lo más cercano a un fan que conocí fue un compañero de facultad que sabía interpretar en la guitarra algunos temas de la Live, sin recordar dónde los aprendió.
El asunto intrigante de Live es que encontrar a alguien que se declare fanático de ellos es más extraño que ubicar a alguien cuya banda favorita sea Nurse with wound. Siendo la última perteneciente a un terreno sólo reservado para melómanos en terapia intensiva, Live juega a la gallinita ciega en ese terreno de transición entre lo maintream y lo indie, lo populachero y lo culto, sin ser lo suficientemente buenos para entrar en los anales indiscutibles del rock, ni lo suficientemente malos para generar alguna especie de culto bizarro. Incluso, no tiene un sonido particular que lo identifique con su época, pudiendo ser una banda de los noventa tanto como de los ochenta. No, Live queda en un Sarajevo, un lugar asintótico en el cual no hay ninguna arista que toque de lleno a ningún lado, siendo el resultado de esto quedar ninguneado por todos los subgéneros. Y eso, para el Agustín de quince años que le supo dedicar muchísimas noches de escucha, era algo muy bueno.
Uno de los mayores miedos para los melómanos incipientes era precisamente que aquella banda que tanto le gustaba se volviese popular. Ahora que lo pienso, no era tanto el hecho de que le gustara a mucha gente, sino a quién le gustaba. Que algo le gustara a una considerable cantidad de personas –salvo los axiomáticos Beatles, o los Rolling Stones- era algo sospechoso, y que aquel grueso de personas estuviese integrado por rugbiers o ex tarimeros, era la confirmación definitiva de que la banda había fracasado como candidata de formación identitaria. Pero mientras las cosas se mantuviesen controladas y nos sintiésemos especiales, no había nada de qué temer, y ciertamente encontrarte con alguien que fuera fanático de Radiohead, The Cure, o la banda que a uno le gustase formaba un lazo de hermandad automático.
Recuerdo la primer fan de Radiohead que conocí en mi vida. Dentro de mi generación eramos pocos los que conocíamos a Radiohead, y muchos menos los que lo seguían tan incondicionalmente como yo. A las mujeres, por su parte, no parecían gustarle nada específicamente, y de gustarle algo, solía ser una banda que le gustaban a sus novios, o alguna banda que tuviera en la radio una redundante y absurda incidencia comparable a la boda de Wanda Nara en los medios argentinos.
Me había tomado varios días dibujar una camiseta enteramente tapizada con letras, logos y e imaginería iconográfica de la banda. Incluso había logrado algunas caricaturas de Thom Yorke y Johnny Greenwod en cada una de las mangas que aún en el presente me siguen pareciendo convincentes. El lugar: La fiesta de la canción, un festival realizado anualmente en Los Maristas con bandas wannabes de los Guns’n Roses y La vela puerca. Era la tercer versión de Sweet Child o’ mine en la noche y algunos de mis amigos se fueron al fondo, mientras yo me quedaba escuchando al torpe imitador de Slash, movido por el ánimo morboso de ver cuántas veces la pifiaba. En aquella época era un cero redondo con las mujeres, y más allá de que había algunas cuantas tipas bastante lindas a mi alrededor, la tradición de fracasos parecía tan inexorable y naturalizada que me había desentendido del asunto del levante. Como dije, estaba sólo y viendo cómo la banda terminaba de tocar como pidiendo la hora, cuando sentí una uña tocar mi hombro. Giré hacia mi costado y entonces la vi. Era una tipa bastante pálida, con una bincha negra apartándole el pelo de la cara y lentes de armazón negro. Tenía un tapado acampanado, de esos sintéticos y acolchonados que solían verse en las indumentarias de los góticos, pero la chica no tenía el maquillaje distintivo, ni crucifijos, ni cualquier barroquismo del estilo. Me había quedado viendo cómo movía la boca, cayendo tarde a la noción de que me quería decir algo. Le pedí que hablara más fuerte. Se acercó a decirme algo en el oído. Me acuerdo de su cachete rozando el mío, y las palabras gritadas contra mi oreja. ¿Te gusta Radiohead? Le dije que sí, que si lo decía por mi camiseta, pero ella no me escuchó, por lo que esta vez yo tuve que acercarme a su oreja, cosa que me gustó aún más, porque mientras le hablaba podía olerle un casi imperceptible rastro de perfume. Le gustaba Radiohead, pero los discos de la línea más brit pop, como el The Bends. En aquellos tiempos yo andaba fascinado con el Kid A, pero hablé maravillas de los dos primeros discos, incluso del Pablo Honey, que en realidad no me convencía para nada. Además de Radiohead le gustaba Led Zeppelin, Los Beatles y algunos discos de música clásica que había en la casa de su viejo. Sus padres estaban separados, y aparentemente era una situación cargada de disputas y resentimiento. No tenía novio, o al menos nunca lo trajo a mención, y había cursado un solo año en el San Juan, liceo del que guardaba los peores de sus recuerdos. Yo trataba de seguirle la conversación, pero funcionaba con piloto automático, dándole la razón en cosas que ni siquiera llegaba a escuchar del todo, y tratando de retomar el tema de la banda. El hecho de que le gustara Radiohead y que hubiera reconocido algunos de los logos de mi camiseta eran un hecho sobrecogedoramente emocionante, y no tardé en darme cuenta de que me había colgado con aquella tipa. La conversación en sí duró el repertorio de una banda que naturalmente ni la noté en el escenario. Cuando terminó la última canción, ella se levantó diciéndome que se tenía que encontrar con sus amigas. Nos saludamos y vi cómo se iba con aquel tapado que le pasaba las rodillas, ideando formas para encontrármela algún día, en otro momento, en otro lugar. Fue ahí que me di cuenta que nunca nos pasamos los nombres. Me había quedado tan pendiente de sus gustos musicales que me había olvidado de su nombre. Pensé buscarla y preguntárselo, pero aquello iba a resultar pesado o incómodo. Recuerdo la vuelta a casa, un duelo de diez cuadras en el que ideábamos con mis amigos formas de volverla a encontrar. Me acosté sin poder dormir y escuchando el The Bends, imaginándomela a ella escuchando aquel disco en ese mismo momento. Fue en Fake Plastic Trees que se iluminó la habitación. Saqué los anuarios del liceo, revisando una por una las clases del 98’, 99’ y 2000’. Ante su anonimato, su búsqueda era complicada, y a primera vista no la había encontrado. Casi me estaba rindiendo cuanto la encontré como si fuera un Wally sin el buzo a rayas, perdido entre el torrente hormonal del 3ero C. Tenía el pelo largo y enmarañado, más castaño y diferente al corto, lacio y cubierto por una vincha que había visto en aquel concierto. Su ropa también era diferente, una gruesa polera verde, junto a unos jeans azules que contrastaban con el monocromo sintético de aquella noche. Fue ahí que supe su nombre y apellido. Incluso llegué a conseguir su teléfono, via una amigo de ella que me contó que andaba con problemas en la familia y dándole a la ketamina bastante seguido, pero entre mi inoperancia y las faltas de buenas coartadas para llamarla, terminé hasta olvidándome de su nombre.
Ahora escribo esto y trato de acordármelo, y ciertamente podría disiparme la duda con sólo consultar aquel anuario, pero entonces me doy cuenta de que la prefiero dejar así, como aquella chica Radiohead que conocí a mis dieciséis años.

Con el tiempo y ante la apertura de ciertos círculos uno va conociendo gente más afín a sus gustos. El grueso de mis amigos no liceales se caracteriza por una serie de intereses e inclinaciones afines, ya sea dentro de la música, el cine o la literatura. Al mismo tiempo, es prácticamente insoslayable el handicap que se le forma a alguna tipa que diga que tiene posters de Axel en su cuarto, o algún compañero de facultad que afirme que su escritor favorito es, pongámosle, Jorge Bucay...
Sin embargo, uno se va dando cuenta de que los gustos afines con las personas, y más que nada con las del sexo opuesto, si bien suelen ser algunas extra balls para la relación, es algo bastante engañoso en términos sexuales o amorosos.
En mi momento más enfermizamente cortazariano comencé a salir con una fanática de Rayuela. Era primero de facultad, ninguno conocíamos a nadie y nos hicimos automáticamente amigos (precisamente nos conocimos porque llevaba un ejemplar de la novela bajo el brazo a todo lado que fuese). El libro era verdaderamente un nexo, el tablón que cruzaba el vacío conectando los dos apartamentos, la piedrita que nos hacía avanzar de casillas. Después empezamos a salir. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que ella estaba colgada conmigo, pero yo estaba colgado con la imagen que ella tenía de mí. Fue recién después de cortar con ella que me di cuenta de que nos habíamos enfrascado tanto en el libro y sus personajes que en la relación hacíamos como una interpretación de Oliveira y La Maga con resultados poco auspiciosos. Tuve que darme unas cuantas veces la cabeza contra la pared para darme cuenta de que por más romántico que parezca andar sin buscarse pero sabiendo que se anda para encontrarse, Oliveira no es un tipo muy crá que digamos, y salvo alguna persona muy optimista, todos sabemos lo que pasa con él en el capítulo 56.
Unos efectos extraños que no estaban en las contraindicaciones de la cultura es toda esa movida indie o cool que se autosuntenta hoy en día, pero a base de limar sus aristas, ser simplificada a meras formas, gestos y poses. El concepto se diluye en el logo, la música en mito –o el chisme-, y la autorreferencialidad indie se convierte en un mero guiño-cuando no un tic- de un producto o subproducto que intenta rellenar cual grano incipiente un nuevo jueco en la epidermiz del mercado(y si no, vean la indie-über-cute Juno). En fin, la vieja historia de un impulso empaquetado y vendido en serie... nada de qué aterrarse.
Sin embargo, antes de que las bananas warholianas se vieran estiradas por la tetas de quinceañeras ignorantes de nombres como los de Lou Reed o John Cale, me sucedió un hecho que posiblemente podría haber sido el comienzo del fin.
Cuando estaba en primero de facultad fui a sacarme unas foto-carné exigida para comienzos de clases. Luego de batallar desganadamente con una fotógrafa que quería ser Mapplethorpe, metí dentro de un sobre las cinco copias que más me habían gustado y me aproximé hacia la caja. Había una cola de unas cuatro personas, y no tardé en reparar en una rubia muy veraniega que estaba delante de mí. Tenía una hawaianas, una musculosa y una pollera blanca hasta los tobillos, de esas con algunos cuantos volados que están en la fina línea que separa al hippismo de lo cool y lo sucio. Tenía el pelo lacio, cayendo recto hacia los hombros tatuados blancamente por un bikini intransigente. Es así que en una de esas se hace una colita de caballo y en aquel sector del cuello que tanto le obsesionaba a Onetti, esa pequeña parcela de nuca donde el pelo no es cabello, le veo el símbolo de
EINSTÜRZENDE NEUBAUTEN!!!
Aquello era desconcertante. Todas las ideas que me había hecho de aquella mujer se me hicieron añicos. Traté de contenerme durante unos minutos, pero inevitablemente terminé cediendo a mi éxtasis de emoción, hormonas y snobismo. Me acerqué, y desde atrás le dije
-Qué grande Blixa Bargeld…
La tipa me dijo “¿QUE?” como si le hubiera dicho un piropo onda con ese culo te invito a cagar a mi casa en alemán.
La charla posterior fue muy diferente de las emocionante fusión de almas que me había imaginado, teniéndole que explicar en varios minutos que aquello que tenía en el cuello no era un dibujo tribal, y que su tatuador de Floripa debió haber sido un tipo con mucha onda.


Epílogo:
Había alquilado La cáscara, dudando considerablemente de que fuera buena ante la cara de gil de ese tipo que aparece en la portada del DVD. En todo caso, la había alquilado un poco para ponerme al día de cómo es la actualidad cinematográfica uruguaya, y otro poco para encausar de una manera civilizada mis instintos más sádicos. Estrenábamos aparato de DVD y nos acercamos la estufa para resguardarnos del frío. María había trabajado diez horas, y la posibilidad de que resultara una baja en el transcurso del film era más que posible. Sin muchos preámbulos pusimos play.
La música se escucha bastante baja, y en unas oficinas en donde predominan los colores pálidos. Se ve a Pedro preparándose para una importante entrevista de trabajo. Luego aparecía Camarotta, que al parecer era el compañero de trabajo del protagonista. La historia hubiera seguido su transcurso normal, a no ser por un detalle: no se escuchaban los diálogos. No, ni una palabra. Cada tanto se escuchaba la música, algún automóvil que pasaba, la voz en off del protagonista, pero todo lo que sucedía entre los personajes era presenciado como ver a una pareja discutiendo en el apartamento del frente, sin tener idea de qué específicamente se está hablando. Fue más o menos a los cinco minutos que María llamó la atención sobre lo raro que era que por más que se vieran los labios moviéndose, no se registrara diálogo alguno. Sacando algo de academicismo del baúl, le contesté a María que en realidad era un interesante movimiento, el de proponer diálogos mudos y abiertos, en los que el espectador rellene las guestalts a su parecer, consolidándose así tantas versiones del film como espectadores. Cada uno podría crear mentalmente su historia de diálogos, y así aquello terminaría como un metaguión coescrito por los miles (¿?) de espectadores que verían el film en el cine o en la casa. María aguantó unos minutos más de charlas mudas, y al final terminó preguntándome si estaba seguro de si no había ningún problema con los cables, o el televisor. Con demarcada autosuficiencia le contesté que en todo caso, fueron las ideas del director, y que algo de interesante tenía todo aquello. Maria resopló y se terminó durmiendo a los pocos minutos. Yo estaba concentrado en ir esculpiendo las ficciones que se creaban entre aquellos espacios vacíos y mudos. Sin embargo, a eso de los veinte minutos comencé a percatarme de que me sentía incómodo. Entendía la intransigencia vanguardística del director, pero a partir de cierto momentos, la labor de relleno comenzó a resultar desgastante. Fue ahí que se me ocurrió salir de esa escena e ir a la sección de menú, donde se podía elegir el formato de audio. Ahí me di cuenta de que la película había estado todo el tiempo en formato 5.1, cuando el aparato nuevo de DVD sólo podía registrar los 2.0. Realicé este pequeño ajuste, y entonces escuché por primer vez en la película la voz de Gonzalo Cammarota. Literalmente sonrojado, reboviné y comencé a ver la película desde cero, descubriendo los verdaderos diálogos que mis guestalts y snobismo intentaron tapar.
La película resultó ser no muy buena, pero tampoco tan mala como me la prefiguraba. María se despertó justo cuando estaban los créditos. Me pregunta qué había sido de la película y decido no contarle sobre el pequeño gag tecnológico, diciéndole que a eso de los cuarenta minutos recién aparecen los diálogos. María dice “que embole”, y antes de que yo pueda inventar una defensa o divagante excusa cinematográdica, vuelve a cerrar los ojos, diciéndome entredormida algunas palabras pastosas que no puedo decodificar. Es ahí que viéndola dormida, hecha un ovillo sobre el sillón, me doy cuenta de que cosas como estas me recuerdan por qué estoy ennoviado con ella.

Monday, June 02, 2008

Cumtemporary Art
"En la desnudez, todo lo que no es bello es obsceno"
Robert Bresson

Ando leyendo Putas asesinas, de Roberto Bolaño, un libro que cuando tenía alrededor de quince siempre ojeaba, interesándome por el osado título y las piernas envueltas en látex de una posible prostituta, cuyo rostro quedaba sin revelar. La reciente fiebre por Bolaño –al menos así lo consideran algunos libreros de Montevideo-, yo la interpreto por tres lados:
1) En un país tan necrófago como el nuestro, la lectura de un muerto reciente suele resultar más atractiva que la de insulsos cuerpos vivos
2) Más allá de los elementos de la vagamente llamada “alta cultura” que abundan en sus cuentos, hay cierta autorreferencialidad pop que se acopla bien al relativamente nuevo perfil pop de Montevideo, ese divagante espejismo que nos han intentado hacer creer algunos un par de publicistas hoy en día
3) El tipo escribe bien.
Pero en realidad no es Bolaño de lo que me interesa hablar, sino más bien del Pajarito Gómez, un personaje abrumadoramente interesante que aparece en el cuento Prefiguraciones de Lalo Cura. El cuento relatado en primera persona por un posible narco –matón o capo, no se sabe a ciencia cierta- trata puntualmente sobre el mundo de la pornografía, pero más allá de ello, de los lazos sociales más espesos que la sangre, la mística más allá de la suma de las partes en ciertas personas, la posibilidad de encontrar lo sublime hasta en los medios más impensables. El narrador es el producto de la unión entre un predicador tan loco como combativo y una mesera que labura ocasionalmente como prostituta. Ni bien nace, el predicador desaparece –el apellido Cura proviene precisamente de la forma en que llamaban al misterioso tipo- y la madre de la criatura incursiona en el mundo porno –presentado con pinceladas casi surrealistas, trascendiendo la prefigurada idea de aquello como el último anillo del infierno. Es interesante cómo se presenta todo el proceso de filmación, conformándose una especie de familia, en la que se incluyen el productor, los actores, las actrices y el mismo Lalo, que suele jugar con unos ganzos y perros que cría el director en el fondo de su casa. Pasan los años y Lalo termina accediendo a las películas estelarizadas por la madre, pero más allá de presentarse la situación como un espectáculo tórrido y traumatizante, el narrador describe con pasión ciertas películas, incluso las más jodidas, entre ellas una llamada Pregnant fantasies, que no creo necesario precisar de por dónde viene la mano. La cuestión es que terminé uniéndome a la fascinación del narrador por la trama de algunas películas que va mencionando a lo largo del cuento. Cito el resumen que hace de la película Barquero:


“(…) Las chicas recorren basureros y caminos despoblados. Luego se ve un río de cauce ancho y aguas tranquilas. El Pajarito Gómez y otros dos tipos juegan a las cartas iluminados por una vela. Las chicas llegan a una fonda en donde los hombres van armados. Sucesivamente hacen el amor con todos (…) El pajarito Gómez es el barquero, al menos todos lo llaman de esa manera, pero no se mueve de la mesa. Sus cartas son las mejores. Los maleantes comentan acerca de lo bien que juega. Qué bien que juega al barquero, qué suerte tiene el barquero. Poco a poco comienzan a escasear los víveres. El cocinero y el pinche de la cocina martirizan a Doris, la penetran con los mangos de enormes cuchillos de carnicero. El hambre se enseñorea de la fonda (…) Mientras los hombres van cayendo enfermos las chicas escriben como posesas en sus diarios pictogramas desesperados. Se superponen las imágenes de un río y las imágenes de una orgía que nunca termina. El final es previsible. Los hombres disfrazan a las mujeres de gallinas y después de pasarlas por el aro se las comen en medio de un banquete nimblado de plumas. Se ven los huesos de Connie, Mónica y Doris en el patio de la finda. El Pajarito Gómez juega otra mano de póquer. Tiene la suerte apretada como un guante. La cámara se coloca detrás de él y el espectador puede ver qué cartas lleva. Los naipes están en blanco. Sobre los cadáveres de todos ellos apareen los títulos de crédito. Tres segundos antes del final el río cambia de color, se tiñe de negro azabache.”





Discúlpenme, pero si existiera esa película la vería ya. Uno intenta proyectarla mentalmente y aquello es un jodido guiso de Richard Kern, David Lynch, Armando Bó, Kenneth Anger y Cannibal Holocaust. Son de esas películas que ni bien son vistas se quedan en el espectador, pudiendo ser amadas, odiadas o temidas para la eternidad, pero nunca olvidadas. Es como una cicatriz importante, uno no puede emitir juicio sobre ella, simplemente sabe que está ahí y que ya es parte suya más allá de lo que piense o desee (escribo esto mientras veo un ilustre tajo que siempre me gustó como queda en mi antebrazo izquierdo). Más allá del sexo explícito –es decir, unas tipas penetradas por mangos de cuchillos de carnicero no entran precisamente en la categoría PG-, para la comúnmente compartida noción que se tiene de la pornografía, aquello dista mucho de lo que se suele esperar de una película porno, género que generalmente se resume a escenas inconexas con prólogos de no más de cinco minutos en los que una colegiala (generalmente interpretada por alguna veterana con pigtails) seduce a su profesor en un período de detention, o algo por el estilo. Lo peor es que posiblemente tengan razón, por más placeres fugaces y cuotas de porn culture nos ofrezcan muchas de las películas de the black side of the valley, ya no se estila crear cierta trama o clima siquiera, y ciertamente se perdió bastante del mismo erotismo de las escenas, pareciendo las performances, más que sexuales, gimnásticas. Sin embargo, no siempre fue así y ciertamente, en el pasado el cine underground, el gore, las películas clase b y la pornografía se entremezclaban, siendo varios nudillos del puño contracultural que daba en la nariz –o si quieren, las bolas- del establishment norteamericano. Como ejemplo tardío de esto está el cinema of transgression, con las películas de Richard Kern o Thessa Huges, que si bien presentaban sexo explícito, no tenían el mero fin de que algún espectador anónimo se bajara una mano viéndola en su casa o un cine desierto (aunque algún que otro enfermito ya lo debe haber hecho), sino generar un impacto tal en que el eros y el thanatos se convirtieran en una misma pasta oscura y tan oleosa como el cine del primero.
En el cuento de Bolaño, más allá de la inclusión enigmática de esa escena de las cartas, se refiere a Pajarito Gómez como un hombre que más allá de sus dieciocho centímetros –una medida tan desestimable como un metro setenta en la NBA- tenía una mística propia que hechizaba, generando una mezcla de fascinación y miedo. La forma en que Bolaño describe las escenas, así como la personalidad y el físico de Gómez, me impulsó a escribir este post, por el hecho de rescatar cierta belleza, o cuando menos, cierta magia que tiene el cine porno, defensa a tal arte frente a la cual la mayoría de la gente simplemente reaccionaría calificando aquello como un mero snobismo, o la onanista fascinación de un porno geek terminal.
A fin de cuentas, a uno no le extraña que aquellas películas no sean consideradas buenas -que muy difícilmente llegarían a serlo-, sino que sean automáticamente descartadas y no tengan un lugar en los corazones de ciertas personas -al menos en Uruguay- como así lo tienen películas también malísimas como Plan 9 del Espacio Sideral (B movie elevada a film de culto), o Showgirls.
Pero para hablar sobre el porno, olvidémonos de Jenna Jameson, de Raven Riley, de Jayden James o de Tera Patrick, y volvamos al principio, o mejor, volvamos a mi principio.
No me sorprende decir que la cartografía libidinosa de mi existencia comienza, no por la vida cotidiana, sino por las películas (salvando el detalle de las pulsiones orales infantiles y todo el rollo psicoanalítico). Hasta cuarto año de escuela difícilmente me interesaban las mujeres, y ciertamente me gustaba más dibujarlas que hablar con ellas. Por supuesto, había alguna que otra chica que me gustaba, pero entre mi mala suerte, falta de tacto y cierta puerilidad, aquello era no man’s land. Sin embargo (y sabiendo lo caprichosos que suelen ser los archivos de mis recuerdos), gran parte de eso cambió en uno de mis veranos en Atlántida, donde escuché hablar por primera vez de Ultimo tango en París.
Era la sobremesa de un asado y mi primo Lucas y yo andábamos recolectando tomatitos de un gratebus mientras mis padres, tíos y abuelos se sumían a una de esas extensas charlas de sobremesa. Los mayores se habían dispuesto a conversar sobre las escenas más fuertes (el eufemismo común que utilizaban mis padres para referirse a escenas de sexo) del cine. En aquel momento no había pasado mucho del furor de Bajos instintos (estamos probablemente en 1994, siendo la película estrenada para salas en 1992), y la famosa escena de la apertura de gambas de Sharon Stone circulaba y era moneda común para todos los allí presentes. Sin embargo, mi abuelo comenzó a exponer ciertas escenas que habían causado furor en su momento, llevando a mención una escena de las piernas de una mujer en un arrozal (que recién a mis diecisiete reconocí en la Silvana Mangano de “Arroz amargo” –de por cierto, fascinantemente sexual) y Ultimo tango en París. Que pronunciara aquel enigmático nombre fue suficiente para que todos los mayores asintieran y mi padre me descubriera en la hamaca, diciéndome que me fuera a acostar. Yo era un pibe bastante obediente, y me fui con Lucas a las cuchetas, preguntándome qué habría detrás de ese film. Unos días después, en una jornada de pesca le pregunté a mi abuelo qué era Ultimo tango en París y me respondió, de manera igualmente hermética, que era una película muy fuerte. Ciertamente pasó mucho tiempo desde aquella conversación hasta alquilar efectivamente la película (y conocer los varios usos y propiedades de la manteca), habiendo pasado entre medio muchos films que me quemaron el bocho, como Sliver y algunas de la Coca Sarli o de Shannon Tweed, pero sin duda la película de Bertolucci fue el puntapié inicial, como un mito que empezó a hacer funcionar engranajes que nunca antes habían sido puestos en funcionamiento.
La primer película porno que vi –sin saberlo, es más, sin siquiera saber qué era realmente pornografía- fue Garganta Profunda. Tenía doce años y yo creía que por haber visto las Emanuelle de Laura Gemser ya sabía todo lo que había que saber de sexo en cámara. Algunos compañeros míos me habían dicho que en la casa de Renato, un compañero brasilero, había un canal llamado Bandeirantes, en donde todos los sábados se pasaban películas mucho más zafadas que las que se acostumbraban dar en Space. Yo no les creía mucho, y ciertamente las pocas veces que fui a lo de Renato, la familia tenía hábitos demarcadamente noctámbulos que nos impedían despacharnos de ese supuesto festín de la carne que solo se podía ver en la tele del living.
Una tarde con mi casa vacía fui a buscar unas medias en el cajón de mi padre. Entre la ropa del cajón había dos videocasetes, muy pesados, de esos que en ciertas velocidades pueden albergar hasta ocho horas de películas. Los inspeccioné, intenté encontrar alguna señal que delatara su contenido, pero no, eran dos casetes desnudamente negros, sin ninguna inscripción de cualquier tipo. Esperé unas cuantas tardes para poder ver el material. El primer video, más ligero de peso, era una película erótica en la que dos parejas se intercambiaban en una serie de juegos y malentendidos entremezclados con mucha –demasiada- masturbación femenina. Estaba bastante bien, pero no era nada que no hubiera visto antes. Sin embargo, el otro video se resistió a mostrar su contenido. En el video de mis padres no funcionaba, y en el mío apenas podían vislumbrarse ciertas imágenes que no arrojaban mucha información de nada. Devolví los videos al cajón, intenté mantener la escena del crimen intacta, pensando que mi padre me podría descubrir por veinte centímetros de desplazamiento de un par de medias o calzoncillos. Pasaron varios días y cuando quedó nuevamente la casa libre me dispuse a ver ese video. Traté de todo, pero ninguna de las videocaseteras funcionaba, y pensando que debía ser un problema de norma, decidí por sacar del fondo del ropero un apolillado aparato que nos servía en México, pero acá no. Intenté conectarlo como pude y metí el video. Funcionaba. Aparecía un bigotudo en escena, un tipo que en los subtítulos se hacía llamar como Dr. Young. No entendía mucho la trama –ahora creo que sencillamente estaba nervioso, o excitado, o ambos- y puse stop y ffw para ver que pasaba a unos cuantos minutos de distancia. Fue ahí que al presionar el el verde botón del Play apareció de lleno, casi osando atravesar la pantalla, un pene gigantesco, que al principio pensé que sólo podía ser una prótesis, o algo por el estilo. El hecho era que una pecosa que parecía salida del reparto de Breakfast club, de golpe y porrazo se tragaba un gigantesco miembro que a simple distancia de la cama al televisor parecía que iba a sacarle un ojo a uno. Seguí haciendo ffw y descubrí que no era sólo el pene del bigotudo –Harry Reems-, sino que todos eran una especie de superhombres con paquidérmicos miembros que largaban esperma como una planta de extracción de petróleo. Aquellas imágenes eran impactantes, y realmente eran tan asombrosas que dejaban poco espacio al placer. Estaba todo el tiempo urdiendo en posibles efectos especiales, entre ellos, las posibilidades de que los penes fueran cilindros huecos con un sistema de bomba que pudiera controlar al parecer de los directores los famosos chorros que caían sobre el rostro de la actriz. Hasta donde yo creía, el semen era algo cuasi tóxico, y la posibilidad de que una mujer se tragase aquello era tan improbable como perturbadora.Como prometía el peso del casete, este contenía algunas cuantas películas, entre ellas uno sobre un spa de iniciación sexual, otro de voyeurismo y ala delta (¿!) y algunos videos de la Doctora Ruth, capilarmente más ochentosos que los anteriores. Había otro de Harry Reems que era bastante oscuro, uno en que nuevamente era un doctor – este caso un psiquiatra, vayan a saber qué lo mantenía tan enquistado en ese papel-, que atendía a una psicótica con un pasado plagado de violaciones, filmadas por una cámara fascinada por la oscuridad y texturas jodidas. Incluso la pobre internada era sodomizada -aunque no le jodía mucho-por una de las enfermeras, una veterana evidentemente lesbiana, y el final del film era tan abierto como oscuro, dejando la escena final de una violación en que la protagonista muere como una escenificación de su propia desestructuración psíquica, o un macabro hecho que realmente sucede.
Cuando presentía que iba a llegar alguien a casa, corría al cuarto de mi padre y disponía todo tal cual estaba. Aquellas sesiones no eran algo precisamente erótico, enfocándome a aquellas películas más como si fuesen algunas de las de Jason o Didavisión, que un propio jerking material. Una o dos veces a la semana, miraba aquellas películas, y trataba de entender de qué se trataban, estando la mayoría de ellas sin subtítulos. Viéndolo desde cierta perspectiva, aquel videocasete era una verdadera piedra Rosetta del lenguaje pornográfico, siendo un popurrí de thrillers, comedias, sexo de todas las posiciones, y una filmografía que incluía a fichas como Rocco Siffredi, Gina Lynn, Annette Heaven, el titánico John Holmes y Reems y Loveleace, de los que ya venía hablando.
Extrañamente, mi cinefilia pornográfica tiene cierta sincronía con el propio curso de la industria azul. Garganta profunda, film arquetípico que resultó ser la película seminal -en todos los sentidos de la palabra- de la industria del porno, posiblemente no sea el mejor film del género, pero sí la más importante. Para entender lo que significó la película recomiendo tremendamente mirar Inside deep throat, documental que refiriéndose a un film pornográfico, termina hablando de los caminos del arte y la historia de una nación en uno de sus períodos más voluptuosos, es decir, los setentas. En el film se entrevista a Damiano –director de la película-, Harry Reems –con canas y sin su característico bigote-, junto a abogados, distribuidores y personajes que formaron parte o que fueron testigos de tal gigantesco acontecimiento. Lo que queda claro es que la película terminó siendo lo que es, más que por sus propios méritos artísticos, por la caza de brujas que se inició a partir de su estreno, con Nixon y todos sus caballeros intentando censurar a toda costa la reproducción del film –incluso se llegó a enjuiciar a Harry Reems, siendo la primera vez que se condenaba a un actor por interpretar un papel. Lo que no mata fortalece, y tal como los Sex Pistols encabezando el puesto número uno de Gran Bretaña con un disco que la Billboard intentaba ocultar de su listado –ese 1) con un espacio en blanco que aparece en el documental de Julien Temple-, la película llegó a boca –y mano- de todos, comprobándose ese dicho de Oscar Wilde, de que es mejor la mala fama que no ser conocido.

Como decía, hay películas mejores que Deep throat, como la super arty Behind the green door –película de los hermanos Mitchell en donde se funde coreaografía, orgías y psicodelia, con la belleza particular de Marilyn Chambers-, la fáustica The Devil in Miss. Jones –otra de Damiano-, o The opening of misty beethoven –mi favorita entre todas ellas, una especie de My Fair Lady pornográfica de alto presupuesto, y con algunas escenas verdaderamente cómicas. Incluso, se está equivocado creer que la primer película porno es efectivamente Deep Throat, siendo Mona un precedente exhibido en San Francisco. John Waters, tipo ídolo si los hay, afirma que el cine pornográfico comenzó propiamente en el documental Pornography in Denmark, película que mostraba penetraciones, pero que por estar amparada en un cierto velo de artisticidad, había escapado la neurótica censura de la land of the free. Incluso volviendo más atrás, varios autores consideran que los verdaderos puntales sobre los que se basó la industria pornográfica son las películas de Russ Meyer (un viejo entrañable, que tenía un plantel entero de Cocas Sarlis dispuestas a bañarse y saltar y saltar y saltar hasta que el lo dispusiera) y las clandestinas stag movies, películas de más o menos diez minutos que consistían simplemente en una persona siendo filmada mientras tenía sexo con otra –de hecho, hace poco salió a la luz uno de estos videos interpretado nada más y nada menos que por Marilyn Monroe, pero al parecer un überonani desembolsó unos cuantos billetes para hacerse del material y no compartirlo con nadie. De las stag movies se tomó propiamente gráfico, y de las de Meyer, su ritmo y su predisposición al humor –es gracioso ver una película de este señor que siempre me recordó a Hitchcock, por el hecho de parecer en sus diálogos y comportamientos a los propios de una peli porno, por más que a penas se muestre alguna teta. La búsqueda genealógica realmente puede alargarse hasta donde uno quiera, pudiendo pasar por el orgasmo femenino de Extasis de Machaty, los pies de la estatua besados por aquella chica en La Edad de Oro (película de Buñuel que despertó un quilombo parecido al de Garganta Profunda), o propiamente El beso, de 1896, que a más de uno le pareció un acto tan indecente como filmar a dos niñas siendo violadas por cerdos mientras que pasan de fondo se pasa You're ths sunshine of my life, de Steavie Wonder. En realidad la cosa se puede extender hasta donde uno quiera, y puede llegar hasta Sade, Safo, la Venus de Milo, y pará de contar...
La cuestión es que desde que el hombre es hombre sus actividades masturbatorias o fantasiosas han buscado ficciones sobre las cuales apuntalarse, y el arte siempre estuvo a mano como vehículo de tales anhelos. Sin embargo, en ese camino que parece más una meta para un fin, el mero acto masturbatorio ha sido elevado a la dignidad de cosa, y ciertamente el tiempo cinematográfico entre garche y garche ha sido reducido, hasta convertirse aquello en una mera recopilación de escenas. Precisamente, hoy pareciera que en realidad, más que una degeneración, es un back to the roots, con una fascinación con las filmaciones tremendamente low budget, o sencillamente amateurs, que no difieren en absoluto de las stag movies del pasado. Tanto Inside Deep Throat, como The Other Hollywood: the uncensored oral story of the porn film industry (libro de Legs McNeil, que es como una especie de Please kill me del porno que me interesaría comprarme un día de estos) recalcan el hecho de que fueron los ochenta, y específicamente la tecnología del videocasete lo que mataron al porno como arte. Antes las películas pornográficas se estrenaban con ceremonias similares al teatro chino de Hollywood, los directores eran personas que querían ser famosas por lo que hacían, más que ganar unos pesos, y ciertamente hacer una película era algo que requería más que viagras, fluffers y una steady cam. Con el videocasete, la gente ya no tenía que meterse en el poco privado mundo de los cines, y podía ver hasta empacharse las películas en su casa. Esto llevó a que las exigencias de rodaje fueran menores, volviéndose cada vez más barato el budget, ampliándose el espectro a directores que más que directores eran tipos con poca imaginación que fueron recortando todo tipo de trama, hasta dejar la historia pelada, tan pelada como las vulvas de las pornstars que desfilan por los lentes de las películas de hoy en día. Si el vhs fue un acierto para la mayor privacidad, la internet fue el paraíso descubierto a un machetazo en la jungla, con películas que al poder ser descargadas, podían ahorrarle al comprador el vergonzoso acto de acceder a un sex shop, o tener que encontrar un secreto alojamiento físico para dichos films. El mundo virtual suplió ambas necesidades, y ante la vorágine del vértigo, los kbps y la banda ancha, muy poca gente disponía del tiempo –y disco duro- para bajarse películas enteras, por lo que sencillamente se optó por filmar escenas. A no engañarnos, empresas como Vivid siguen haciendo ficciones, pero al parecer firmas como BangBros y Reality Kings (estos últimos más caracterizados por falsos realities y audiciones que juegan con el morbo del espectador) se han vuelto los casos paradigmáticos de hoy en día. Las películas duran veinte o treinta minutos, el tiempo necesario para que el agitado hombre del presente pueda bajarse la bragueta, fantasear un cacho y quitarse un peso de encima –sí, la masturbación ha adquirido dimensiones más propiamente escatológicas.
Si uno lo piensa bien, la pornografía es una mini historia del arte, condensada en apenas dos décadas, en que se muestra cómo se va olvidando el camino para primar la meta o el resultado, principalmente bajo el imperativo del dinero.
No es difícil conseguir una erección en un hombre, a la mayoría de nosotros nos sucede en el omnibus sin tener mucha idea de por qué. La idea de la pornografía era trascender eso, hacer que uno se sentara en su pene, aguantándose para ver qué sucedía después. Personalmente, mi estilo siempre congenió más con la dinámica del erotismo, no porque no me guste lo gráfico –que sí, muchas veces me gusta- sino por su mayor conciencia de la sexualidad y lo que realmente calienta, al menos para seres complicados como yo. Ya había hablado sobre la disección del guante de Rita Hayworth, esa desnudez de un brazo que calienta más que todas las vulvas microscópicamente inspeccionadas por cámaras que pueda haber, y ciertamente mucho más que films no pornográficos, pero sí explícitos, como puede ser la anémica 9 songs, que también encontré espacio para despacharme en puteadas hace un tiempo. En el cine, desde los stándares de arte, cuando se abre la senda de lo gráfico, sus resultados suelen ser bastante lejanos al erotismo, con resultados como el blow job de Sevigny a Gallo en Brown Bunny, la sádica y desapasionada Saló, o la desconcertante orgía de Los Idiotas, flmada con el nervioso pulso del dogma danés. En todos estos casos, y me atrevería a meter en la misma bolsa al Imperio de los sentidos, el fin es, si no deserotizar la escena por su excesiva cercanía, sí mantenerla lejos de cualquier complacencia masturbatoria.


A mucha gente le extraña, pero la película más insoportablemente erótica a la que me vi enfrentado es El silencio, de Bergman. En dicha película, la sensualidad se mantiene tensa, tan tensa que parece una cuarta cuerda de bajo, tirante a punto de reventarnos sobre el rostro. Recuerdo haber visto esa película en el marco de una jodida abstinencia sexual, por lo que desestimé el verdadero alcance del erotismo del film. Sin embargo, la vi nuevamente este año, y realmente, por razones que no son tan fáciles de precisar, la película te da vuelta como una media, y Gunnel Lindblom es una bomba, una tipa que desde el principio te lleva de la correa y te pasa el hocico por tus propios percances. (Ahora que lo pienso, lejos del viejo obsesionado con la muerte y la culpa, el Bergman –haciéndole honor a su apellido- realmente desborda en sexualidad, con películas como Un verano con Mónica, Juventud, divino tesoro, o Persona –con esa narración del encuentro sexual que por no estar amparada en imágenes logra un efecto completamente impensado; de yapa, el ralato de la primera vez del sueco, via elbailemoderno, que figura en el libro La linterna mágica).
Pero volviendo al porno, creo que más allá de los cambios acarreados por el cambio de formato, hay algo propio del pasaje de décadas y el sentir de la sexualidad que habla sobre la misma transformación de los recursos y objetivos. En cualquier porno de los setentas –especialmente las de San Francisco, que se diferenciaban de las de las neoyorkinas por ser más sueltas, menos técnicas y más alegres-, resultaba visible el desenfadado hedonismo de aquella época, los restos del hippismo que todavía circulaba renovado en la música disco, el estudio 54 y la merca, que todavía parecía una droga recreativa. Con los ochenta apareció Reagan, el neoliberalismo y el paraíso yuppie, sepultándose toda aquella ingenuidad en una resaca de rimel corrido y cabellos oxigenados y frondosos. Para aquella época siguen habiendo alguna que otra película perdurable, y algunas figuras siguen actuando –como Holmes, raquítico y con Sida, pero con esos treinta y cinco centímetros de carne que hacían pensar en la necesaria implementación del formato widescreen-, y otras despegan –como por ejemplo, Ron Jeremy- pero la cosa ya no es la misma. Ciertamente, como muy bien captó la película Boggie Nights, la fiesta había terminado y gran parte de la familia estaba desintegrada.

Ya para los noventa, y el 2000, la cosa se llena de glitter, los AVN se convierten en una institución y las pornstars lanzan best sellers, pero gran parte de la mística se ha perdido. Llama la atención cómo mientras en los ochenta y setenta las pornos condensaban todo el estilo y desfachatez de la época –no hay pelos más batidos que los de las modelos de los ochenta, y a uno le basta con ver la ropa de John Holmes en su personaje de Johnny Wadd para saber que está en los setenta- en las de los noventa y dos mil hay pocos elementos típicos de la década, al igual que la ropa, que –cuando la hay- más que ropa parece material de utilería. Incluso la música se ha perdido, y mientras que en los setenta habían canciones folk o disco realmente bellas –no estoy jodiendo, péguenle una escuchada a ciertas escenas de algunas pelis pornos de esa época y después me dicen-, en estos tiempos no suele haber música, y cuando la hay, es prácticamente una radio encendida con alguna canción de hip hop, que obviamente no forma parte del original score, y frente a la que la mayoría de las veces ni siquiera fueron pagados los derechos para su utilización.
El porno ha tomado el camino que pavimentó el mercado: la especialización. Hoy en día, ya sea por tube8, pornkolt, porntube, poringa, o xvideos, uno especifica el campo que quiere abarcar y se sorprende de cuán específicas pueden ser las búsquedas. A unos pocos clics de distancia, aparecen para el exigente paladar, amateur, anals, facials, blowjobs, titjobs, tugjobs, footjobs, bukkakes, creampies, ass to mouth, D.P., POV’s, deepthroat, face-fucking, fist-fucking, cum gaggers, cum-on-eye, dildo action, fingerin’, swallowers, squirters, sybian, solo, pussy drillers, glory holes, monster cock, bondage, voyeur, bestiality, midget sex, busty, naturals, hairy, teen, coed, lolita, asian, asian nurses, latino girls, ebony, czechs, brazillians, 2 girls one cup. A tanta especialización, según este artículo que me afané via Le Petite Claudine, la sobreoferta marea a la gente, y ciertamente el verdadero gusto del fetiche, algo que sólo jugaba dentro de nuestra fantasía como innombrable, prohibido, o ciertamente inconcretable, se termina perdiendo ante las ofertas que cosquillean nuestras narices.
Las actrices ya sólo aspiran a una rama en la cual creen que pueden explotar su potencial. Por ejemplo, Naomi Russell difícilmente haga un film en donde no haga uso de esa cola suya que hace ver a Agustina Keyra como Twiggy; la rumana Sandra Romain ha logrado la milagrosa hazaña del triple anal –algo que apenas se insinuaba como posible en la película Orgasmo-, y Belladona… bueno, Belladona hace todo, y mucho más jodido que cualquiera.

Uno de los determinantes más claros de la decadencia estilística –no económica- del porno es la misma ausencia de actores masculinos relevantes. Prácticamente no hay ningún actor que sobresalga, y los hombres suelen ser reducidos a sudorosas máquinas de jadeos, muchas veces meros penes parlantes, objetos parciales que entran y salen de cámara.
Más allá del paupérrimo nivel general, hay algunas cosas por las que alegrarse. En un terreno donde los recursos técnicos y estilísticos están tan pasados por el barro, hay veces que a tantas infracciones de las normas del arte se logran verdaderos productos de vanguardia, como si fueran ejemplos de cinéma discrépant.
Un ejemplo demasiado genial sobre esto figura en un post de benito en fuckyoutiger, en referencia a la película John Wayne Bobbit uncut. En esta película, en el medio de una escena, de la nada sale Ron Jeremy y se bombea a la actriz principal, con la que uno de los actores estaba tenienendo sexo. Lo gracioso es que Jeremy era el mismo director, por lo que habría que pensar si aquello fue algo pensado como parte del guión, o si fue una lección de una buena cogida ante un actor que venía frustrándolo por su incompetencia. De una u otro forma, aquello, por el barrado de la implicación director-obra, se vuelve algo vanguardístico y meta cinematográfico, que en la cámara de otro director podría ser considerado como un tremendo tour de force. Personalmente, no vi la escena –me encantaría poder verla, ya me estoy riendo mientras escribo esto-, pero me trae a memoria una que sí vi, y no hace mucho. Era una historia prototipo, un tipo va a consultar a su compañero de buffet, y lo atiende la esposa del mismo, invitándolo a tomar algo, no durando más de tres minutos en quedar completamente en pelotas -como era previsible. Pasa todo lo que tiene que pasar, y tras quince minutos de puro traqueteo, el tipo termina sobre la cara de la mujer –creo que era Shyla Stylez, pero puede ser que me equivoque. La escena sería completamente desechable, si no fuese que de la nada, la cámara se acerca a la modelo, y se desenfunda un pene que en cuestión de unas pocas sacudidas vierte su blacuzco líquido en la bronceada espalda de la esposa del abogado. En ningún momento se había hecho hincapié en la existencia del camarógrafo, es decir, la cámara estaba por fuera del universo diegético del film, y sin embargo, de la nada la misma cámara tiene pene y como si fuera objeto parcial se desagota, rompiendo aún más edgier la estructura narrativa del film.
Hay otras cosas buenísimas del cine porno, entre ellas los complicadísimos y creativos seudónimos –ej: el director Dick Cocks- o nombres de películas –Shaving private Ryan es uno de mis favoritos-, pero más allá de estos elementos que son más bien folclóricos y, en algunos casos, no pensados, o accidentales, hay una nueva producción que considero una idea esperanzadora entre tanta chatura.
Beautiful Agony está subtitulado como facettes de la petit mort, y tal como lo indica, sólo son primeros planos de personas alcanzando el orgasmo. La mayoría de los videos son enviados de forma amateur, y en ellos no se ve más que el rostro de las personas. No sabemos en qué circunstancia están, cómo se están masturbando, o que les pasa por su cabeza, sólo se ve el rostro, de una forma que a veces impacta por lo fiel y auténtico de los mismos. Dejo como ejemplo este video. Hay un momento preciso en que la morocha después de acabar, mira a un costado y sonríe con cierta vergüenza, una vergüenza genuina que lo termina comprando a uno. En mi caso, me parece que ese cambio de mirada es de las cosas más fascinantes y eróticas que he visto en films y pornografía. Ciertamente, el órgano de la sensualidad, por mal que le pese a los cirujanos, son los ojos. La mirada es la erección del ojo, dicen, y si hay algo que es irreproducible e intraducible en la mirada de una persona. Los cuerpos se pueden tunear, con los milagros de la cirugía plástica una mujer se puede agregar gomas, afilar pómulos y vencer momentáneamente la ley de la gravedad. Sin embargo, la mirada no, y es algo que se salva de cualquier maltrato, abaratamiento o sobreexplotación. La mirada es intuneable. La gente detrás de Beautiful Agony entendió eso, y tiene en su haber una de las pocos faroles más allá del tunel.

Epílogo:
Un amigo me dijo que si escribo sobre pornografía, mejor que lo haga con los pantalones bajos, porque si no, no es divertido. Pienso en ello, pero no puedo posicionarme ante esta idea. Personalmente creo que gran parte de mi ideología se basa en bajarme los pantalones en circunstancias donde ameritan tenerlos puestos y subirmelos en donde se espera que los tenga bajos, por lo que estoy lejos de poder llegar a tomar partido en el asunto. Una vez me dijo mi psicólogo que mi forma de proceder ante todo es como la de un coleccionista. Posiblemente, de las mayores verdades que he extraído de la terapia. He acumulado todas estas actrices, todas han pasado por mi televisión, mi vhs, mi computadora y mi retina pero por alguna razón no las desecho, me gusta acordarme de sus nombres, analizar su forma de actuación, insertarlas en una especie de estantería imaginaria. Casi la mayoría de las eternamente perdurables son figuras de los setenta, con algunas excepciones como Belladona (a la que mucha gente le pide que le firme bates de baseball, y no precisamente por su cantidad de home runs) y Dani Woodward (una de las pocas, que cuando menos, sabe actuar mal). Pienso una vez más sobre ello, y es una tarde larga y fría. Luego de escribir este post voy a buscar medias al cuarto de mi padre, y ahí, tal como lo dejé años atrás, está el video. Me quedo observando el video, y luego de decidirme por unas Reebok abrigadas, pienso para adentro
Here's to Lovelace
And Chambers
And Holmes
And Metzger, and Damiano
And Spelvin
And all the strange porn heros
You know you're doing all right
So hold on to each other
You gotta hold on tonight

Monday, May 12, 2008

Murder Ballads
"El gran sucedáneo norteamericano de la revolución social es el asesinato"
Walter Dean Burnham

Cuando tenía nueve años pegué una foto de Chikatillo en una pared de mi cuarto. Era un recorte de una revista Muy Interesante, revista a la cual prácticamente estaba formalmente suscripto por aquellos tiempos. Aquel número tiene una historia en sí, habiéndose convertido objeto de veneración de tres niños que se disputaban por leerla en los recreos. El ejemplar lo encontramos en la biblioteca del San Juan, y había sido amor a primera vista. Por aquel entonces Juani y yo nos habíamos hecho amigos de un chico llamado Ignacio, pero que llamábamos Jacobo, por aquella extraña costumbre de llamar por el apellido que reinaba en el colegio (yo mismo era conocido como el Acevedo). De Jacobo ya hablé en este post, personaje que siempre parecía haber vivido el horror en carne propia, mientras que nosotros apenas atisbábamos a verlo desde banderolas entrabiertas. Con él apareció George Romero, el Necronomicón, los extraterrestres, el juego de la copa, y sí, eventualmente los asesinos. Prácticamente era como si hubiese traído los temas importados de otra escuela, en donde al parecer dicha fascinación era omnipresente entre sus compañeros. Juani siempre había sido medio veleta, y su entusiasmo por las ciencias forenses duró lo mismo que sus Rollers, su habilidad con el diábolo, sus pantalones carpintero o su titularidad en el Pucarú. Por mi parte, yo ya daba muestras de una cualidad o defecto que me sigue caracterizando hoy en día: mi capacidad de convertir sencillos gustos y manías en religión. En repetidos episodios de mi vida, me ha sucedido de ser introducido por alguien en determinado tema, gusto, o actividad y no demorar en vencer al maestro, convirtiendo aquella tímida o entusiasta recomendación en un modo de vida. Ya me había pasado con Pedro Lamas y Tolkien, mis amigos de facultad y Buenos Muchachos, y ciertamente con Jacobo y sus asesinos. Ciertamente, de haber probado ciertas drogas, sería el perfecto personaje que llena de remordimientos a la persona que lo introdujo al primer gramito, la primer pitada, o el primer pico.
Es así que en cuestión de meses me había convertido en alguien que juntaba información de asesinos como si fuera un pájaro queriéndose hacer un nido con semejante cantidad de recortes y fotocopias. Incluso había llegado a alquilar un libro de Psicología Jurídica -que desde mi perspectiva actual reconozco como horripilantemente conductista-, del que llegué a leer bastantes capítulos, más allá de no entender mucho lenguaje técnico ni fisiológico (podía comprender apenas esbozos de lo concerniente al lóbulo frontal, el cortisol y cosas por el estilo).
Pero por más de haber conseguido información mucho más detallada y profesional siempre terminaba cayendo en la misma revista, que a tantos cambios de página sus ganchitos no pudieron soportar más, como levantando sus brazos en gesto de hastío, convirtiendo aquello en un alboroto de hojas, apenas mantenido en orden por una cinta elástica. Al principio nos habíamos contentado con fotocopiar la considerable cantidad de páginas que llenaban la revista. Luego de un tiempo eso no bastó y terminé robándome el ejemplar. Fue un hecho gracioso, porque la misma tarde Jacobo o Juani, no recuerdo, se dispusieron a robarla, enterándose más tarde que les había ganado de mano. Ahora, repasando aquel artículo, uno se da cuenta de que no era gran cosa y difícilmente hablaba de algo que ya no se hubiera dicho sobre asesinos. Sin embargo, lo que más compraba a uno era la documentación fotográfica, llena de aquellas imágenes de hombres con ojos desorbitados, corpulentos norteamericanos vestidos de payaso, petisos orejudos, barbudos con svásticas tatuadas entre ceja y ceja. Más allá de Charles Manson, que ya gozaba de cierta iconografía pop, culminada por la ridícula camiseta que solía portar Axl Rose (y en una época donde el chillante hombre de falda era lo más cercano a Dios), a mi me fascinaba la foto de Chikatillo, especialmente por la imagen completamente enfermiza que irradiaba su rostro. Uno se daba cuenta de que debía haber algún tufillo detrás de su tardía encarcelación (como eventualmente se comprobó, por la tregua impuesta al integrar las filas comunistas), porque uno ve cualquiera de sus fotos, y ya desde su apariencia es imposible no despertar sospechas de un pasado o presente evidentemente sórdido.


No hacían falta las pitonisas de Minority Report, uno con ver aquel rostro podría haberlo encarcelado previo a que cualquier tragedia se hubiese efectuado.
La foto la tuve pegada lo que le duró a mis padres darse cuenta de quién era el simpático hombre sin cejas que me miraba desde la otra parte del cuarto (algo así como cinco días). Volviendo atrás, el pegarlo en la pared no se debía tanto por el oscuro –pero evidentemente púber- enamoramiento hacia tal sórdido personaje, sino más bien a un afán coleccionista, como un hombre que ama a las mariposas, pero sólo para mantenerlas disecadas y en vitrinas. En mi caso, soñaba con tener la pared tapizada de fotos de asesinos, recortes de diario, identikits y gigantes mapas de la ciudad con pins rojos, azules y verdes sobre los lugares en donde se registraron los sucesos. En fin, uno deseaba con ser, cuando no un detective, un experto en la materia.
Los años siguieron y mi fascinación por los asesinos se dilató con las nuevas armas que ofrecía la internet. Finalmente había accedido a truculentas imágenes de escenas del crimen, y en mi haber tenía fotos de Shannon Tate, los desmembramientos de Jeffrey Dahmer, o los cuerpos sin vida de las jovencitas de Ted Bundy, frente a las cuales uno incómodamente percibía que eran generalmente bellas.
Mi fascinación por The X-Files no ayudó a desligarme de esos temas, y ciertamente la obsesió se mantuvo durante mucho tiempo, incluso siendo uno de los principales motores para inscribirme en facultad de psicología.
Con el tiempo, Jacobo se entregó por completo a la liberación de Palestina y la causa anarkista y de Juani ya ni sabía qué cosas le gustaban. Yo, sin embargo, había decidido que iba a ser psicólogo forense.
Es extraño ver ahora a mi novia estudiar psicología jurídica, mientras que yo abandoné aquellas antiguas pasiones para abocarme a lo más clínico.
De cierto modo es un barómetro para medir cuánto ha cambiado uno en todos estos años.
Sin embargo, hay algo que parmenece ahí, debiendo ser uno de los únicos que al ver una foto de Onoprienko, u Otis Toole no siente fascinación, miedo o rechazo, sino dulce nostalgia.
En cuestión de años, la música, la literatura y el cine fueron ocupando un lugar cada vez más predominante en mi vida, dejando un poco por fuera a cuestiones de índole criminalístico, psicológico y afines. Sin embargo, y de cierta manera reconciliadora con mis antiguas obsesiones, los filmes sobre asesinos abundan en mi videoteca –no así las novelas policiales, a las que siempre me resultó difícil hincarle el ojo-.
Me gustaría salir con alguna película underground de Lituania, pero, a mi parecer, la película de asesinos fue, y será por mucho tiempo, El silencio de los corderos. Nótese que la menciono en su traducción literal, y no como “El silencio de los inocentes”, parte de ese compendio de castellanizaciones lastimosas que parecen tener a su disposición un diccionario de treinta palabras. Es una lástima que películas como esta caigan a la miopía selectiva de traductores, que se olvidan que, en este caso, el título en inglés adquiere una dimensión mucho más profunda y psicológica que la obviedad alambrada de la palabra “inocente”. Precisamente, a diferencia de la comúnmente alabada actuación de Hopkins –que sí, está genial- lo que diferencia a esta película del cualquiera del género serial killer movie, es que Hannibal Lecter patea la pelota en cancha de la protagonista, convirtiendo aquello en una búsqueda personal por un asesino interno que difiere de la estereotipada y noir imagen del detective atormentado por su pasado. Sin embargo, mucha sangre –ficticia y real- tuvo que correr debajo del puente para que el refinado señor Lecter se hiciera un lugar en el salón de la fama.
Más allá de que el concepto serial killer es considerablemente reciente, con otros nombres han abundado en la historia personajes que con toda justicia podrían ser catalogados como asesinos seriales. Incluso, posiblemente los grandes monstruos del pasado, como puede ser Drácula, los licántropos, etc. perfectamente podrían ser deformaciones narrativas y poéticas de aquellos grandes devoradores de vidas. No es mi intención hacer un extensivo repaso de estos asesinos –después de todo, es probable que puedan encontrar información más detallada en la página de algún fanático de una banda de Funeral Doom-, sino más que nada, vincularlos con sus diferentes reverberaciones en la cultura popular –siendo el cine y la música posiblemente la via eferente par excellence de la cultura pop del pasado siglo (si es que hay pop fuera del siglo XX)-. La introducción histórica encaja como anillo al dedo porque los primeros registros cinematográficos de asesinos en serie precisamente provienen del cine de terror de los 20’ y 30’, con Vlad Tepes y sus diferentes encarnaciones, ya sea el más primitivo Nosferatu de Murneau, o los subsiguientes, más acartonados, elegantes o románticos Dráculas, encabezando la lista de importancia y vigencia. Sin embargo, sacando fechas, a mi parecer la primer película sobre un asesino serial es la genial M, el vampiro de Dusseldorf. La película de Fritz Lang está adelantada, quizás demasiado adelantada a su época, y es un codazo al hollywoodcentrismo de muchos críticos que consideran The Shadow of a doubt (de Hitchcock) la primer película basada en un asesino serial. Más allá de esta cuestión de fechas y condecoraciones, Hitchcock más que su grano de arena, aportó algunas cuantas islas y montañas para la adaptación de asesinos a la pantalla. La ya mencionada Shadow of a doubt –que sirvió de inspiración a uno de los temas más fascinantes de Sonic Youth- enfrenta a la chica protagonista con la disyuntiva de su amor -bastante incestuoso, de paso- hacia su tío y la revelación de que él es un asesino viudas dispuesto a matarla, de ser necesario para mantener su secreto. Después de ésta, vino Psicosis, con el Norman Bates parcialmente inspirado en Ed Gein (asesino muy creativo que debe haber sido, sin tantas muertes en su haber, uno de los más inspiradores asesinos de la crónica roja estadounidense -Buffalo Bill, Leatherface, entre otros) y Frenzy, con claras resonancias a Albert de Salvo, el estrangulador de Boston, con la sutileza de matar con una corbata en vez de las medias de nylon de sus víctimas.
Peeping Tom, o El fotógrafo del pánico, también dirigida por un inglés (Michael Powell), tiene el mérito de humanizar al asesino, haciendo un recorrido arqueológico de su vida, marcado por la frialdad de un padre que lo trataba como su más ambicioso experimento, investigando en él el miedo y sus relaciones psicofisiológicas (algo así como una versión más terrorífica e hipertrofiada de lo que pudo haber resultado Jean Piaget para sus pobres hijos). La cuestión genealógica se convirtió en una materia obligatoria, no sólo en muchas películas de terror, sino en los estudios criminalísticos, y eventualmente se terminó convirtiendo en un cliché tan burdo como un psicólogo hablando de los adolescentes en Buen día Uruguay. Una película que justamente le pasa el trapo a muchas de su época, profundizando en la humanidad del personaje, pero no cayendo en ese facilismo explicativo, es El carnicero, de Chabrol, que tiene el gigantesco mérito de manejar la idea de un asesino sensible, incluso querible, que se entremezcla en una relación amorosa con la protagonista. En ningún momento se plantea la pelotudez de personalidades múltiples, en ningún momento se planea una historia plagada de violaciones o demás justificativos, en ningún momento uno llega a pensar que el cortejo hacia Audran es un mero rodeo para un eventual asesinato. No, El carnicero es una historia de amor con un asesino múltiple.
Otra que maneja cierta economía de recursos y que mantiene una tensión ambigua que la convierte de las mejores del género es Henry, retrato de un asesino. La película está propiamente inspirada en Henry Lee Lucas, posiblemente uno de los asesinos más volubles y cirqueros que hayan existido en la historia, pero no por ello menos brutal. Cuando fue capturado por la policía apenas se le imputaba una decena de asesinatos, pero luego, con la inclusión al ruedo de Otis Toole, su menos brillante –pero no por ello menos jodido- camarada y fluctuante amante, el tipo comenzó a hablar y aquello fue como la escena del water destapado en La conversación, de Francis Ford Coppola. Los números empezaron a ascender y fueron pasando las decenas y centenas hasta llegar a la ridícula cifra de quinientas personas. Además de esto, Henry Lee empezó a confesar proveer niños para sectas satánicas internacionales y los oficiales empezaron a pensar que al tuerto medio como que se le había ido la moto. A la ya jodida naturaleza mediática de Lucas se le agregan las efemérides de su relación con Toole, con pequeñas delicias de la vida cotidiana como el hecho de decir que no compartía el caníbal gusto del petiso, diciendo sencillamente que no le gustaba la salsa barbacoa que le ponía a la carne de sus víctimas. En todo caso, con Henry Lee Lucas se termina de redondear un proceso de incorporación del asesino a la cultura pop, que desde el mismo Jack el destripador se venía gestando desde unos cuantos años, algo que han intentado mostrar películas como Asesinos por naturaleza –adaptación de la ruta sangrienta de Charlie Starkweather y la teen Caril Fugate, que resulta un tanto redundante en la sobreexposición de esta idea- y la más jodida, aunque menos conocida por acá Ocurrió cerca de su casa, película belga que se articula en torno al reality show de un asesino múltiple. Siendo una gallina de huevos de oro, Greil Marcus en Rastros de carmín habla en términos marxistas precisamente de esta escalada pop por el asesino en serie más exitoso: “Pero entonces Theodore Bundy llegó a los cuarenta; Henry Lee Lucas reclamaba ciento ochenta y ocho víctimas, luego seiscientas. La inflación superó cualquier posibilidad de significado; el único valor de uso de un asesinato era su valor de cambio”.
Incluso las cadenas de carbono se van conectando, y Starkweather estaba obsesionado con el cine, específicamente con el James Dean de Rebelde sin causa –basta ver fotos de cuando fue apresado para darse cuenta-.

De cierta forma, el corto y ruidoso periplo del asesino de Nebraska es el director’s cut que Nicholas Ray nunca podría haber filmado en el Estados Unidos de los cincuenta. Viendo cómo la muerte, y sobre todo la muerte no ficticia vende tanto, a uno le surge la idea de que la cantidad de películas inspiradas en asesinos seriales, el entusiasmo de cierta gente por saber todos los métodos de los torturadores, el interés de seguirle la pista a un asesino o a un caso no resuelto, no se debe a la tranquilizadora idea de informarse para que no ocurra de nuevo, sino la incómoda noción de colocarse, por lo menos inconscientemente, no del lado de la víctima, sino del perpetuador. Tal como la obsesión por las infidelidades, los asesinatos en pantalla, en hoja, o en música ocultan el deseo de sacar a pasear -con correa- al frío asesino que llevamos dentro, por más que seamos veganos de GreenPeace, y tengamos en nuestro haber la discografía completa de Jorge Drexler.
Faltarían muchísimas películas, pero el post, más que cinéfilo o sencillamente morboso, se plantea la siguiente cuestión: ¿Tienen los asesinos en serie una buena adaptación al lenguaje musical?
Más allá de que la génesis de las crónicas rojas se encuentran en el medio musical -llevadas a cabo por los bardos de otras épocas-, los asesinos en este lenguaje suelen ser utilizados como meros arquetipos de virilidad rockera y lobotomizada, metáforas de amores románticos llevados a las últimas dimensiones de la carne, tácticas de shock, o mero snobismo transgresor. El Metal es una máquina vomitadora de subgéneros que sólo exige en su formulario de inscripción un poco de oscuridad, y los asesinos ya tienen su pequeña parcela en este reino, con el término Murder Metal, que es una clasificación más temática que estilística, capitaneada por bandas como Macabre, o la japonesa Church of misery. La mayoría de los temas de estas bandas son una cagada, y tendrían que ser tomados con la misma seriedad que las canciones de Banio Químico (aunque los argentinos son mucho más graciosos y divertidos). De la misma forma, al escuchar temas como los de Cradle of Filth -inspirados muchos de ellos en Bathory-, o Guyana (the cult of the damned), de Manowar –basada en el ocurrente Jim Jones, tipo que bautizó parcialmente a Brian Jonestown Massacre-, uno piensa en tirar la toalla.
Sin embargo, hay algunos casos que habría que rescatar. Precisamente, realicé un compilado con canciones de asesinos, intentando principalmente abarcar unas cuantas fichas que marcaron la crónica roja de este siglo, y procurando mantener un nivel de canciones más o menos bueno. Además de esto, como fetichista que soy, me tomé la molestia de hacerle una tapa y contratapa, a modo que quien quiera tenerlo orgullosamente en la estantería, pueda tener algo mejor que un Benq escrito con liquid paper.
Acá la lista de temas, ordenada por asesino/banda/canción, respectivamente:
01-Charles Manson: Sonic Youth/Death Valley 69'
02-Jeffrey Dahmer: At the drive in/Arcarsenal
03-Charlie Starkweather: Bruce Springsteen/Nebraska
04-Lee Shelton: Nick Cave and the bad seeds/Stagger Lee
05-David Berkowitz: Elliott Smith/Son of Sam
06-Ian Brady & Myra Hindley: The Smiths/Suffer little children
07-Albert de Salvo: Rolling Stones/Midnigth Rambler
08-Brenda Ann Spencer: Boomtown rats/I don't like mondays
09-Gary Ridgway: Neko Case/Deep red bells
10-John Wayne Gacy: Sufjan Stevens/John Wayne Gacy jr.
11-Zodiac killer: Melvins/Zodiac
12-Edmund Kemper: Throbbing Gristle/Urge to kill
13-Bonus track: Suicide/Frankie teardrop


Bajar Acá

(si, faltaron nombres Albert Fish, Onoprienko, Jerry Brudos, Dennis Nielsen, Unabomber, Rifkin, Speck, Garavito, Willliam Suff, Pichushky, es porque no tienen canciones que realmente valgan la pena escuchar)
Morrissey está en la línea de los mejores letristas de los últimos tiempos, y ciertamente sabe tomar la posta en las canciones inspiradas en asesinos ilustres. Suffer little children se encuentra en el disco homónimo de la banda, y está inspirado en los famosos asesinatos de Moor –lugar donde se encontraron sepultadas la mayor parte de las víctimas-, perpetuados por Ian Brady y Myra Hindley en Inglaterra. La dinámica se centraba principalmente en la blonda Hindley llevando a niños por engaño a un páramo donde generalmente su novio Brady los violaba o estrangulaba. Los tipos siguieron con este infalible estilo por unos años, llegando a grabar en cinta los gritos de una niña de diez años que raptaron y asesinaron, también sacándole unas cuántas fotos de su cuerpo. Sin embargo, como la mayoría de los asesinos seriales, terminaron resultando demasiado entusiastas para su propio bien y en un asesinato medio caótico tuvieron que confiar en la confidencialidad David Smith, el cuñado de Hindley, que no dudó en contactar a la policía. Efectivamente, esa tapa que tantos de nosotros amamos y llevamos estampadas en remeras –me refiero a la portada del Goo- es una foto del tal Smith y su esposa –la hermana de Hindley- luego de testificar en el circense juicio de la sangrienta pareja. Morrissey, que por la época de los asesinatos debería tener cuatro o cinco años, debe haber incorporado el miedo de aquellos tiempos –por lo menos, de sus padres-, resurgiendo y adaptándolo en una de sus muchas hermosas letras. Lo más interesante de Suffer little children es la forma en que está organizada la letra, encarnando la voz de todos los implicados, desde Hindley hasta las pobres víctimas, pasando por el llanto de la madre de una de ellas. No escatima en mencionar nombres y no queda ningún cabo suelto. O quizás al contrario, se los presenta a todos, pero de una manera vaga, casi flotante, que es lo que genera una de las emociones más perturbadoras y a la vez hermosas de la canción. Quizás por estar hechas unas cuantas canciones a cuatro manos -con Morrissey escribiendo las letras y Marr llevándolas a música-, suele haber una ambigüedad desconcertante, aunque no shockeante entre las melodías de las guitarras y la naturaleza lírica. Precisamente, en Suffer little children uno nunca logra saber qué tipo de canción es aquella, saltando entre el llanto, la canción de juegos infantil y la mera perversión truculenta. En realidad es algo más bien distintivo de los Smiths, con canciones líricamente devastadores y melodías que no las acompañan precisamente en el sentimiento, pero que terminan produciendo algo cualitativamente nuvo y distinto. Los dos momentos más jodidos de la canción llegan cuando aparece en escena Myra Hindley (Hindley wakes and Hindley says/Hindley wakes, Hindley wakes, Hindley wakes, and says:/"Oh, wherever he has gone, I have gone"), teniendo su participación una cosa muy vaga, como si fuese la incorporación a escena de una actriz de cine mudo, como si fuese el terrorífico acontecimiento livianamente recordado por uno de los niños. El segundo momento que hiela la sangre, es el final coro de los muertos, con los llantos de los niños perdidos entre la música, generando un efecto sobrecogedor similar al tema The Kids, del tío Reed.
No menos sobrecogedora es la representación de John Wayne Gacy llevada a cabo por Sufjan Stevens. Ezequiel mantiene que el simpático Stevens es el germen de todo lo que está mal con el indie, y sin confirmarlo, reconozco que tiene sus razones, pero canciones como estas me impiden afiliarme a su sociedad S.S.S.F.D (Sufjan Stevens Should Fucking Die). Posiblemente esta es una canción que por su sentir, melodía y oscuridad no se la merece tanto un tipo tan jodido como Gacy y sí uno más trastornado y dramático Jeffrey Dahmer (que no tiene la frialdad sádica de Pogo el payaso, sino un drama homosexual de querer poder retener –aún muerta- a la persona que siempre nunca se queda a desayunar en su cama-. De Gacy ya se ha hablado bastante, siendo la principal inspiración para la esperadamente cagada It, de Stephen King –un tipo que, ya sin gustarme, tiene la horrible costumbre de crear los finales más absurdos y espectacularmente estúpidos del mundo-.



La canción maneja el tema con una sensibilidad desbordante, llegando a picos inimaginados para un tipo de guante blanco como Stevens, en versos como “Look underneath the house there/Find the few living things, rotting fast, in their sleep /Oh, the dead (…) He'd kill ten thousand people/With a sleight of his hand/Running far, running fast to the dead/He took off all their clothes for them/He put a cloth on their lips/Quiet hands, quiet kiss on the mouth”. Cuando menciona underneath the house there, hace referencia al infame sótano donde Gacy torturaba y violaba a la mayoría de sus víctimas, tal como dice Stevens, Twenty-seven people /Even more, they were boys/With their cars, summer jobs/Oh my God. El tour de force de la canción llega en la estrofa final, en la que, tras permanecer horrorizado con lo perpetrado por Gacy, reconoce que en el fondo no hay mucha diferencia con él.
And in my best behavior
I am really just like him
Look beneath the floor boards
For the secrets I have hid
En esa ligera referencia a Poe hay algo más allá de la letra que te eriza hasta el culo, y es la disonancia del piano final. Debe ser uno de los mayores usos del claroscuro que haya escuchado: a uno, quizás tal como con la canción de los Smiths, le resulta difícil hacer concordar el tono dulce con el contenido horrorizante que se encuentra detrás de la letra, y sin embargo, cuando termina el último verso y llega ese piano, cambia por completo la atmósfera, y deja abierto el misterio tal como podría haberlo hecho David Lynch en el capítulo final de Twin Peaks, o en tonos más dramáticos, en vez de misteriosos, Ettore Scola en la, hasta los últimos dos minutos cómica, Brutos, Feos y Sucios.
Siguiendo la línea de discordancia entre contenido y melodía, está el tema de los Boomtown Rats, una banda que en criterios generales me parece insoportable, y que es más conocida por haber sido liderada por Bob Geldof, quien ya todos lo conocemos de sobra. En este caso parecería que se van un poco al carajo, y con cierta desfachatez hacen una especie de Opera Rock inspirada en un tiroteo perpetrada por Brenda Ann Spencer a fines de los setenta. Como buenos norteamericanos, los padres de la Spencer, para su cumpleaños de dieciséis optaron por regalarle, en vez de una radio –como ella había pedido-, algo mucho más instructivo y estimulante como un rifle. La mina había aprendido rápido, y solía practicar con latas, botellas y patos. Sin embargo, no fue conocida como la nueva Guillermo Tell, sino por un famoso incidente –y principalmente por una frase vinculado al mismo, que precisamente inspiraría a la canción- que sacudió a San Diego no mucho tiempo después. Un día, Brenda sacó el rifle y como una buena sniper comenzó a disparar a la gente desde su casa a la puerta de su colegio (que al parecer quedaba en frente). Llegó a matar al director y a un conserje, también hiriendo a seis niños. La casa de la Spencer estuvo sitiada por más o menos seis horas, y cuando finalmente se la pudo capturar, en el interrogatorio ofreció pequeñas perlitas como “no tenía particular preferencia, me guiaba principalmente por las camperas rojas y azules”. Cuando se le preguntó por que lo hizo, respondión “I don’t like Mondays”. A mi tampoco me gustan, actuando mi disgusto en no darle mi asiento a mujeres en el ómnibus, pero bueno, cada cual tiene su manera particular de hacer catarsis.
La lista también incluye incuestionablemente a Nebraska, de Bruce Springsteen, canción que figura en el disco homónimo, el cual posiblemente sea de lo mejor que ha hecho The Boss hasta la fecha. Nadie puede discutir la capacidad de storyteller de Springsteen, pero me gustaría remarcar la influencia -que reconoce y se nota tremendamente en determinadas partes del disco- de Suicide. A uno le podría parecer extrañísimo, pero la herencia de una banda tan avant la lettre como Suicide, prefigura, no sólo en cualquier disco electrónico que se haya hecho a partir de los setenta, sino en tipos que hacen –en apariencia- cosas diametralmente opuestas. No tanto en este tema, sino en State trooper, uno puede reconocer algunos elementos de Frankie Teardrop, como ciertos inesperados gritos de Springsteen similares a los de Vega que por momentos llegan a saturar los parlantes, y una guitarra repetitiva que imita, de cierto modo, los hipnotizantes sintes y cajas de ritmo de Martin Rev. En todos los discos de Springsteen uno puede ver cierta repetición de temas como el anhelo de libertad, las situaciones familiar o económicamente jodidas, o un pasado que acompaña carverianamente en pequeños gestos y detalles a los estoicos personajes. Es parte de esa reconstrucción mítica de Estados Unidos, el Estados Unidos interior y pobre, en el que se encuentra las raíces del folk, el blues, quizás toda la música popular de dicho país. Y precisamente, este tema no sale de esa línea, siendo el frenético destino de dos jóvenes fanáticos de James Dean (Starkweather y Fugate, de los que ya venía hablando) una búsqueda de una libertad radical, tan radical que resulta mortífera para el resto de las vidas.
En estas reconstrucciones míticas, un frontman como Nick Cave no se queda atrás, un tipo más que obsesionado con el destino de una nación, con imágenes bíblicas y vocación oradora propiamente trasmitida por su padre, pastor en sus años de infancia en Australia. Nick Cave toma una posta de trovadores de larga tradición, cantando sobre las andanzas de Stagger Lee, inspiradas parcialmente en la vida de Lee Sheldon. Stagger Lee está inspirada en un fiolo que mató de un disparo a un compañero suyo en una riña de bar. Lo llamativo de Stagger Lee es precisamente su cuestión mítica, por el lado de que, por más de ser un asesino prácticamente nimio al lado de miles de asesinos mucho más crueles y prolíficos, es un tipo que ha inspirado a miles de versiones –entre las que incluyen a bandas como The Clash, The Grateful Death, Bob Dylan, Duke Ellington y propiamente Nico Cueva-, cada una agregándole nuevos atributos y mayor violencia. Precisamente, Cave en su versión se concentra en lo más violento de la historia, incluyendo blow jobs y todo. Como si fuera un teléfono descompuesto, un mediocre asesino pasional terminó convirtiéndose en arquetipo de la virilidad, llevada a sus máximas y violentas consecuencias.
Sonic Youth siguen esta senda, siendo una banda que siempre estuvo obsesionada en conjugar elementos de la alta cultura con la vida Pop estadounidense. Pruebas de sobra son el álbum Ciccone Youth, The crucifixion of Sean Penn y una interminable lista de referencias. El Bad moon Rising (precisamente, un título en referencia a una canción de Creedence, otra banda muy norteamericana) era una vuelta hacia los orígenes del rock, sólo que vista por otro lente, tal como lo habría hecho Nietzsche, que había desenterrao todo lo dionisíaco de los griegos, apecto que tantos antropólogos habían intentado tapar, por el anhelo de mantener una herencia fundacional del pensamieno racional de occidente. Bad Moon Rising, y sobre todo Death Valley 69’ es la exploración esa cara de la época no iluminada por el sol.


Los crímenes de clan Manson fueron un punto de quiebre de algo que ya se estaba gestando desde hace unos años, y que como matar dos pájaros de un tiro, hizo colisionar dos mitos de felicidad que habían permeado a la juventud de esa época: el fin de la utopía hippie y el mundo de los sueños de Hollywood. Precisamente en 1969 se comienza a barrer el papel picado del mayo francés, los Rolling Stones muestran la contracara de los festivales hippies en aquel fatídico concierto gratuito en San Francisco y se registran las famosas muertes en lo de Shannon Tate y LaBianca –en fin, creo que saben la historia-. Lo genial de Death Valley 69’ es que como letra es casi indescifrable, parece como retazos de vivencias y sueños escurriéndose por los dedos, con imágenes y frases que por sí solas son neutras, pero que juntas crean una mega pesadilla, como llevar un malestar a imágenes, más que a conceptos, como si mediúmnicamente hubieran traído al espíritu que pobló aquel fatídico año y lo pusiera en la mesa de disecciones.

And you wanted to get there
But I couldn’t go faster
It couldn’t go faster
So I started to hit it
So I started to hit it- hit it- hit it- hit it
Coming down- Sadie I love it
Now now now Death Valley 69’

Me gustó la idea de terminar con Throbbing Gristle, una banda que ha empujado los límites de lo permitido a lugares que sólo habían llegado los accionistas vieneses –y posiblemente con más idea que los segundos-. En sus toques de COUM transmission Cosey Fanni Tutti y Genesis P- Orridge se enterraban las uñas entre ellas, habían tipos con el rostro embalado en alambres de púa y se exhibían esculturas hechas de tampones usados. Todos los toques tenían el fin de impactar, y ciertamente cuando la gente empezó a esperar la violencia, Cosey y Genesis creaban atmósferas aterciopeladas en donde no había lugar para el dolor –incluso, había un lema que era “Decepción Garantizada"-. En la jodida banda de Manchester, siempre se utilizó imaginería militar y burocrática, y ciertamente nunca quedaron muy por fuera los asesinos. Urge to kill es un tema grabado en vivo e inspirado en Edmund Kemper, asesino de más de dos metros que como un sueño de Wes Craver, se dedicaba a matar casi íntegramente a colegialas. Tal como Ted Bundy-que también tenía afición por las colegialas-, no era un asesino que se lanzara a su presa como perro sobre comida, sometiéndolas a una concienzuda revisión, casi como si fuera un casting (Kemper más allá de su apariencia tosca, era un tipo bastante inteligente que supo burlar durante mucho tiempo los peritos psiquiátricos).


Genesis P-Orridge es un/a tip@ bastante inteligente, y en todas las entrevistas siempre uno puede extraer cosas mucho más interesantes que las ideas de Bono sobre la guerra en Irak. En esa compleja idea de evolución y autodiseño genético y corporal que tiene Genesis P-Orridge (alguien que no es un he, ni un she, sino un it), sostiene que las únicas especies que han sobrevivido son aquellas que hacían algo completamente impensable para el resto. Mantiene que esas excéntricas especies son los freaks de hoy en día, personas que experimentan con las posibilidades de alteraciones que ofrecen la cirugía plástica, que desafían los esteriotipos y que crean nuevos valores. Acá está lo interesante: nunca llegó a decirlo, y dudo que si lo piense lo diga –aún siendo alguien tan outspoken como Genesis P-Orridge-, pero habría que pensar, en esa fascinación por los asesinos que tienen COUM o TG, si no está la implícita la idea de que los mismo asesinos son los freaks de los que habla, los genes desviados que harán posible la supervivencia de la especie.

Epílogo:
El domingo me quedo a dormir en lo de María. Como muchas casas del Prado, su casa tiene una extraña acústica que hace sentir pasos y crujidos en lugares donde uno bien sabe que no hay nadie. Mis cuñados se fueron a casa de sus respectivas novias. Mis suegros duermen en un bloque apartado. Una sobredosis de ravioles me mantienen postrado en la cama, sin poder moverme mucho. María y yo no tardamos mucho tiempo en dormirnos, pero por una extraña razón me despierto a las cuatro de la mañana. Me doy cuenta al toque de que estoy completamente despabilado, casi sin lagañas. No quiero despertar a María, por lo que no me levanto a ver algo de televisión. Es entonces que escucho el teléfono sonar dos veces. Pienso que podrían ser mis padres, por no haberles avisado a dónde iba a quedarme a dormir. Aún así, es extraño, muy extraño y los unicos dos tonos marcados dan tanto la opción de alguien que desistió rápidamente su llamado, así como alguien que levantó el tubo tempranamente. Me quedo pensando esto cuando escucho el teléfono nuevamente, acompañado de una voz que lo atiende. No es la voz de mi suegro, más bien se parece a la de mi cuñado. Pero mi cuñado ya se fue, pienso con la frazada hasta el mentón. Tampoco es costumbre de mis suegros estar deambulando por la casa a tales horas de la noche, y todas las conjeturas posibles orbitan alrededor de mi cabeza, comenzándome a invadirme el miedo como si fuera un niño. Estoy sudando y la idea de que hay gente invadiendo la casa ya prácticamente es ciencia. En un mes se robaron del fondo dos garrafas. Pienso que son los mismos, esta vez se van a llevar todo, el televisor, el DVD que traje para ver El Proceso, la misma película, alquilada en Video Imagen, mi mochila con un libro apenas empezado de Bolaño, mi lapiz, mi buzo, mi bufanda. La idea de ellos robándose todo y yéndose parece tranquilizadora en comparación a las otras posibilidades que comienzo a poner sobre la mesa. Recuerdo el reciente caso de Colonia, pienso que quizás nos maten una vez robado todo. Podría levantarme y ver qué sucede, enfrentarlos de ser necesario, pero algo me dice que lo mejor es hacerme el dormido, e intentar que María permanezca igual mientras que se desvalijan toda la casa. Pienso que hasta podría dormirme efectivamente, pero mientras me esfuerzo en apretar los ojos, siento unos pasos en la cocina y lo único que puedo hacer es sudar y esperar. Caminan erráticamente por la casa, van al living, abren canillas, sacan papeles. Pienso en la historia que me contó una vez una compañera de liceo. Unos ladrones habían entrado a la casa de su padre y este se percató de ellos ni bien entraron. Con miedo a la reacción de los ladrones al enterarse que está despierto, el tipo se hace el dormido lo que dura el robo en su casa. Cuando se están yendo, uno de los ladrones se le acerca, y ante él, aun con los ojos cerrados, le dice: “Hiciste bien en hacerte el dormido, así me gusta”.
Pienso en la escena una y otra vez, y toda idea sartriana de libertad se esfuma, no pudiendo hacer otra cosa más que esperar. Llegan los pasos a la puerta cerrada del cuarto, pienso que podría pegar un salto y trancar, pero se darían cuenta. Es entonces que la puerta se abre y se escucha en “Tricolores, tricolores”, la voz burlona de mi suegro hacia un anónimo auto que se estacionó frente a la casa. Mi cuerpo se ablanda por fin, y pienso hasta qué punto podría haber llegado con tal miedo, habiendo pensado en la posibilidad de llamar al 911. Me intento imaginar la graciosa imagen del malentendido, con mi suegro siendo esposado por policías por hurgar en su propia casa, pero por alguna razón no logro cobrar la tranquilidad.
Intento dormirme y me doy muchas vueltas por la cama de una plaza. María no puede evitar despertarse, y me pregunta qué me pasa.
-Los ravioles-, le digo, dándome cuenta de que voy a presenciar el amanecer en las próximas horas.

Wednesday, April 23, 2008

Debajo de los tablones

Filosofar es un modo como cualquier otro de tener miedo y no conduce más que a cobardes simulacros
L.F. Céline, Viaje al fin de la noche
Viernes, 01:00 am
En mis años liceales los fines de semana tenían una carga simbólica difícil de comparar a cualquier cosa de hoy en día. A diferencia de la mayoría de mis coetáneos, el fin de semana tenía muy poco que ver con descontrol, alcohol, levante o algo semejante. Hasta quinto de liceo había ido sólo tres veces a bailar, cosa que cambiaría unos años después, en donde aquello más que bailar parecía ir a cazar en safari. Posiblemente el campo delimitado por mojones que llamo “adolescencia”, se extiende desde mis dieciocho a diecinueve años, ínterin en donde intenté vivir de manera más o menos torpe lo que no había hecho en los anteriores años de películas, lecturas, Nintendo 64 y partidos de bowling. Por aquellos nuevos tiempos, la cruz del sur que guiaba mis días, la respiración y latidos del corazón era el fin de semana, la urgencia de estar con una mujer, la necesidad de sacarles una fotografía y archivarlas en el cofre Fort de recuerdos. Sin embargo, todo aquello tenía sentido por el contrapunto con el tiempo de estudio.
Es por esta misma razón que me resultó tan extraño subirme a aquel 582 y toparme con todas aquellas personas que a mis veintidós años ya me atrevo a llamar pendejos. En lo que va del año, a no ser por un trabajo que tuve que entregar la primera semana de febrero, no he tocado un sólo libro de psicología. Incluso podría decirse que con el tiempo, gran parte de mi actividad se estuvo centrando en una facultad autodidáctica flotante que tiene a música, cine, escritura y Lost como principales materias. Pero de psicología... absolutamente nada. Es por este detalle que no me había percatado de que era la noche del jueves y oficialmente había comenzado un nuevo fin de semana (nota: para mi los fines de semana comienzan con el viernes mismo, a partir de las 00:00 hs.).
El ómnibus es una verde lata de sardinas avanzando como una trincheta que corta la noche. Pienso las palabras de coronel Kurtz, una babosa avanzando lenta y mortalmente sobre el filo de una navaja. Algo así. Sigue haciendo calor y todas las mujeres se aferran a este verano ficticio con lo último que le ofrecen sus diminutas prendas. Casi todos rondan los dieciséis, dieciocho años, todos se conocen, todos van a bajar en el mismo momento, como ratas escapando de un basural incendiado. Seguramente un boliche de cumbia del centro, pienso mientras una morena de voz punzante le grita al conductor que ponga una plena. Son tantos los pasajeros que me tengo que mantener parado, en el tercer escalón de la escalerilla, agarrado de la baranda, recostado contra el parabrisa del ómnibus, que es como el ojo de un calamar gigante inspeccionando al Montevideo semidormido de este jueves a la una de la mañana. Chicas free. Seguro. El ómnibus está tan lleno que pasa de largo muchas paradas en las que hay gente con los brazos extendidos. Extrañamente disfruto viendo cómo agitan sus puños, imaginándome qué puteadas salen de sus labios una vez que el 582 no les para. Adentro es un quilombo que sólo puede mantenerse dentro de órbita por el espíritu chabacán del conductor, un tipo de barba candado, con no más de treinta y cinco años. Se ríe por las cosas que le gritan los pibes, los trueques libidinosos que le ofrecen las pendejas por cambiar de estación, la situación insostenible de la densidad de los pasajeros, el alboroto reinante. El ómnibus va expreso a destino, prácticamente parece haber sido alquilado por los mismos pibes. Yo vengo leyendo Trópico de Cáncer, me faltan unas quince carillas y estoy tan ansioso por saber qué le va a pasar a Fillmore que me pongo a leer el libro parado, abstrayéndome de aquella anarquía atada por hilos de seda. Sorprendentemente puedo leer sin ninguna dificultad. Mientras avanzo de páginas, con el rabillo del ojo veo a una tipa de unos veintipico, mirándome con una mezcla de ternura y lástima, como quien ve a un cachorro que aún no encuentra la coordinación adecuada para caminar. Sí, la verdad que la imagen de un tipo leyendo a Henry Miller entre toda esa torba de hormonas supurantes resulta algo gracioso, cuando no snob o desubicado. No es la concentración, sino la luz lo que me termina disuadiendo de seguir leyendo. Es en ese preciso momento que levanto la vista y veo la calle avanzando debajo del ómnibus, debajo de mis pies. La sensación es extraña, se siente como un vigía intentando divisar tierra, parado sobre el mástil y con toda la inmensidad del mar debajo de sus pies. La constancia de estar en un ómnibus desaparece, y aquello parece a andar florando a dos metros del pavimento, recorriendo a toda velocidad las calles de Montevideo. El parabrisas gigante tiene mucho que ver en aquella sensación, parecería que yo fuese quien manejase el vehículo, como si fuese un animal alado controlado por poderes psíquicos. El ómnibus sigue y levito por la maloliente FRIPUR, el desolado mundo lleno de hangares y casas vacías del plan Fénix, el centro que se abre con todas sus luces, y que siempre las siento como un consuelo. En la plaza del Entrevero el ómnibus frena y comienza el esperado éxodo. Encuentro la forma de no tener que bajarme con ellos, aferrándome a la barandilla como a un hierro ardiente. Conforme la gente baja por la escalera, rozándome o sencillamente chocándome, huelo todo tipo de olores: el tetra omnipresente, saliva seca, perfumes ácidos, dulces y cítricos, gel, humo, maquillaje, cerveza, sudor. Cuando pasa el último quinceañero tambaleante y preguntándome si tengo hojilla, los puedo ver a todos desperdigados en la misma esquina de la plaza donde se encuentra La Pasiva, que sigue como un faro encendido entre tantos bares y boliches cerrados. De entre todos los que estaban acá, por lo menos dos parejas se van a formar, pienso, mientras escucho lejana, casi subterránea, la línea de bajo que anuncia la cumbia. Debo aceptar que más allá de todas las bandas alemanas de nombres impronunciables que hayan pasado por mis oídos, más allá de las horas de codas de distorsión supurante de Sonic Youth que he escuchado, más allá de la sensibilidad perdida y reencontrada en discos archivados en el fondo de mis cajones, siempre que escucho esa línea de bajo hay algo inasible, casi primigenio que se agita en el interior. Un retumbe, un corazón enterrado y aún latiendo debajo de los tablones al ritmo del tum-tutu-tum. Por supuesto, no es específicamente la cumbia lo que genera esta extraña sensación, así como tampoco es el timbre en sí lo que hace activar las glándulas salivales del perro de Pavlov. No, es todo lo demás, con sólo esos compases vienen a mi el recuerdo de las noches, las previas de vino mal compartido con amigos y garroneros, la cola y las colas en puertas, el ready, set go!, una carrera hacia ninguna parte, casi como el errático destino de los Dodges conducidos por Neal Cassady, las mujeres esperando, algunas borrachas y gritando cosas de las que se lamentarán al día siguiente, las piernas de minifalda inquietas por el frío, el brillito en los labios compartido entre amigas en los baños y justo antes de entrar a los boliches, el olor a perfume que todavía no se diluye en el sudor, aquella revisión del terreno, inspeccionándolas detenidamente y hasta el último detalle como un stalker arrojando poleas por los campos de la zona. Revivir toda aquella época me da cansancio, como una etapa que estuvo bien en su momento, pero que resultaría extenuante e insoportable a esta altura de las circunstancias, pero aquello reflota de manera automática, y dura lo que dura la línea de bajo, perdiéndose al doblar la esquina, al ponerme de vuelta los walkman o sencillamente resultar inaudible.
Cuando el ómnibus retoma la marcha, se escucha de la garganta de un chico: “Un aplauso para el conductor, che”, y el ómnibus recibe una ovación inusitadamente sincera, mientras el barbudo da algunos bocinazos de agradecimiento. Por un momento todo lo que se puede decir de lo perdida que está la juventud desaparece, y me percato de que sólo es cuestión de ser un poco más canchero, ser un poco más como el gordo del candado, que sigue conduciendo cagándose de la risa por algo que no logro descifrar.
En ese momento me percato de que sigo contra el parabrisas, cuando no queda más que una pareja sentada al fondo del ómnibus, estando todos los asientos libres a mi disposición. El conductor me mira, lo miro, vuelvo a mirar para atrás y le digo “No te molesta si me quedo acá parado el resto del viaje?” y el tipo confidentemente me hace una guiñada, siguiendo abriéndose paso por un Yaguarón que pasa debajo de mis pies, aún riéndose por algo que no me atrevo preguntarle.
Viernes, 13:00
Viernes, una de la tarde. Me alegro al darme cuenta de que por más que me haya levantado a la una menos cuarto, estoy llegando puntual al psicólogo. Llegar tarde a un psicoanalista es un follón (tenía ganas de decir esa palabra), no sólo porque estás perdiendo guita en esos minutos en los que estabas viendo en el youtube videos de niños golpeados por pelotas de fútbol, sino porque la sesión baja anclas en el análisis transferencial de por qué llegaste tarde y qué dice aquello de tu relación con el proceso terapéutico. Ni que hablar del caso de que te olvides la sesión. Aún así, afortunadamente mi psicoanalista es un tipo bastante relajado y más allá de que haga diván sigue siendo una persona y no una caja negra o robot que se desconecta ni bien salgo del consultorio (incluso varias veces nos quedamos hablando del dedo amputado de Iommi y las distintas formaciones de King Crimson, ya que conduce un programa de música progresiva en el Sodre). El caso es que en las últimas sesiones me ha costado bastante asociar, cayéndome en intelectualismos que se parecen más material para este blog que para la terapia misma. La sesión pasada habíamos avanzado bastante con un sueño sobre un oso de peluche que resulta ser un niño de dos años disfrazado. Estoy suscripto a La diaria sólo los martes y viernes (donde hay más espacio para la sección cultural), días que coinciden con la terapia, por lo que casi siempre llego con el diario bajo el brazo. Recién al ver el suplemento del martes sobre el diván me doy cuenta de que me lo había olvidado la última sesión. Ni bien llego me señala el diario y me pregunta por el titular. En la tapa dice “Amigos son los amigos”, y hay una foto de Sanguinetti y Lacalle. Me dice que a partir del acto fallido y el titular se pregunta si puede ser que yo prefiero considerarlo a él un amigo antes que un psicólogo (mi psicoanlalista es profesor de facultad y más de una vez ha salido a tomar con algunos amigos míos- dicho sea de paso, intentaron sacarle algún secreto mío, pero más allá de estar tomado mostró un impecable silencio profesional). No sé bien qué contestarle y termino escapándome por la tangente, hablando de paraguas, diciéndole que es el elemento que más se suelen olvidar las personas. En realidad, aquello no es más que abrir el paraguas ante una pregunta que me parece incómoda, y la sesión sigue entre algunos aspectos de mi relación con el tratamiento, la dificultad recobrar la memoria y hacer nexos con ciertas experiencias de mi infancia. Al parecer, el pensamiento y la sobreelaboración del mismo se ha convertido en un violento patovica que no deja pasar cualquier asociación que comprometa mi pasado. En pocas palabras, una neurosis galopante que en algunos años me va a dejar como Woody Allen.
La sesión parecía ir a ningún lado y posiblemente no habría sido digna de recordarse, de no ser por lo que pasó cuando me estaba yendo del consultorio. Le doy la mano a mi psicólogo, y entonces, cuando está abriéndome la puerta dice “Ah, de vuelta te olvidás del diario”. Efectivamente, había traído La diaria del viernes conmigo y entonces al juntarla, la leo y me río. Al despedirme se la muestro y se caga de la risa tanto que cuando bajo sigo escuchando su carcajada retumbando por las escaleras.
Acá el titular de La diaria del viernes:
Viernes, 14:25
Sé que esta risa es un subterfugio para una angustia que me viene siguiendo desde hace unos cuantos días. Sin embargo, el aferrarme al acto fallido de la sesión me permite sacar sonrisas intermitentes que llama la atención a bastantes personas que se cruzan conmigo. Estoy entrando al ascensor cuando el portero y yo escuchamos los gritos de unos púberes haciendo lío por una cuestión que no logro descifrar. Salgo del edificio y en la vereda de enfrente hay un niño gordo, de no más de catorce años, empujando a un chico un poco más alto, escuálido y con ese distintivo semblante onanista que solemos tener casi todos los hombres a esa edad. Aquella estampa me hace acordar de las peleas que se realizaban en la puerta de mi liceo, eventualmente derivadas al callejón de Lapido, donde la policía no solía frecuentar tanto –aunque por su proximidad con la paranoica embajada de España también convertía aquella pequeña porción de cemento en no precisamente un oasis de violencia. Para un liceo medianamente cheto como el San Juan (que no llegaba a la oligarquía del British, la descendencia teutona de la Deutsche Schule, las astronómicas cuotas de La Scuola Italiana, o el sistema de cantina accionado por huellas digitales de Lycée Français, pero que sí le sobraban jugadores de rugby y futuros portadores de camisas polo), cuando mencionaban que iban a venir estudiantes del Suárez (un liceo público) a meterle la pesada a algunos compañeros, surgía todo un revuelo comparable al de Troya sitiada por los aqueos. A diferencia de la mayoría de la gente, que consideraba a los del Suárez personas de armas tomar –algo ridículo y que estaba más bien basado en que aquellos estudiantes solían estar más grandes por ser repetidores- yo simpatizaba con ellos, no porque me cayeran particularmente bien, sino por amedrentar y golpear alguna que otra vez a gente que tenía ganas de hacérselo yo, pero que con mi política de no golpear hasta ser golpeado difícilmente podía llevar a cabo. La cuestión era que más allá de las amenazas, difícilmente la cosa se salía de control, quedando generalmente todo en algunos golpes y puteadas, seguido por la intervención de mayores o coetáneos. Por cuestiones muy excepcionales uno podía ver sangre, y nunca se tuvieron resultados realmente trágicos (a diferencia de Los Maristas, liceo demarcadamente más cheto y sobre el que pesa una especie de maldición de cementerio indio que ya ha cobrado la vida de muchos estudiantes, entre ellos un caso particularmente truculento vinculado a un ascensor del que no me extenderé por miedo a ser acusado de morboso).
Pero ahí estaban los dos chicos, el gordo puteando al flaco y poniéndose bordeaux a medida que lo empujaba e intentaba ensartarle una patada. Alrededor de aquello había una cheta de flequillo al borde de la histeria, gritándole al flaco y revoloteando alrededor del gordo como esas aves que se alimentan de los parásitos de la piel de los rinocerontes. Me siento con el portero, saca un cigarro y nos ponemos a ver aquello, esperando el momento en que surja el primer piñazo. Me ofrece una pitada, pero no, no fumo. Hay realmente miedo en el rostro del flaco, aspecto que extraña en comparación a la determinación del gordo, que en otros casos tendría las apuestas en su contra. Estoy medio emocionado por todo el asunto, o al menos aquello promete ser algo que convierta el viernes en otra cosa más que el día entre el jueves y el sábado. No hay mayores ni vecinos por la vuelta, si se pelean van a darse hasta cansarse. Pienso que no voy a intervenir a no ser que se sume un tercero a la pelea o alguno le esté pegando a otro en el suelo. En el último caso, sería sólo cuestión de levantarle el brazo y declararlo ganador. La idea de separarlos me parece también emocionante, aparecer y hacer uso de mi diferencia de tamaño, lanzarle alguna que otra frase amenazantemente aleccionadora y volverme por un segundo un representante implacable de la ley. Pienso todo eso, pero entonces veo que el portero me hecha una mirada y me doy cuenta de que hace cinco o diez minutos que se vienen empujando sin hacer nada. Espero un poco más, pero no hay caso, se empujan, van de un lado a otro como boxeadores estudiándose hasta el doceavo round. Es ahí que al momento de decirme el portero “estos no se van a dar más”, me levanto y me dirijo hacia ellos. Por un momento se separan y hasta la pendeja se calla al verme parado entre ellos. Les digo: “Che, hace diez minutos que estoy acá, a ver si pelean de una vez, que ya me tienen recontra podrido con esta boludez de los empujones”. Se quedan callados, el flaco se me queda mirando y el gordo se queda mirando para abajo, removiendo con el pie una baldosa. Se quedan un tiempo en silencio y unos segundos después el gordo se va acompañado por la mina, puteando al flaco y gritándole cosas sobre una campera que se pierden con los ruidos de la ciudad al doblar en una esquina. El flaco se va para el lado opuesto, cabizbajo y aún temblando. Vuelvo lentamente hacia el edificio y al abrirme el portero la puerta le hago un gesto de decepción que el corresponde con las manos en los bolsillos. En el ascensor antisocráticamente pienso cómo uno a veces hace el bien incluso sin quererlo.

Sábado, 17:30
Nota: los primeros tres párrafos pueden resultar pesadamente redundantes para los uruguayos, pero ante la posibilidad de lectores argentinos y demás, me sentí obligado a ampliar.
Le había pedido a mi padre que me llevara al partido Nacional-River. Hacía tiempo que no había un partido tan atípico en el fútbol uruguayo. Esto principalmente debido al hecho de haber un revuelo semejante al de un clásico por un partido que, palabras más, palabras menos, era entre un grande y un chico.
Por historia, es difícil encontrar un equipo tan irrelevante como River Plate, un equipo que se hace llamar darsenero, pero que al cambiar su sede de la aduana al prado poco tiene que ver con los puertos, un equipo que nunca estuvo en competición internacional que recuerde y que no tiene ningún título relevante whatsoever. Sí podría adjudicársele el hecho de haber sido la cuna de futbolistas eventualmente importantísimos como Morena (el goleador histórico de Peñarol y posiblemente del fútbol uruguayo), así también como Carlos “El pato” Aguilera y algunos otros jugadores que naturalmente llegaron a su cenit de fama y juego con otras camisetas. Incluso, en materia de hinchada, River Plate es un cuadro tremendamente intrascendente, obteniendo la pequeña porción de la torta que pudo en el barrio con más clubes de Uruguay (El Prado, con más de tres equipos), y cuyos simpatizantes no se caracterizan ni por la fiereza de los de Cerro, la garqués de los de Defensor Sporting, la religión predominante de los de El tanque Sisley, la afiliación política de los de Progreso, la ancianitud de los de Central Español, la fidelidad de los de Cerrito, o la evidente omnipresencia de Peñarol y Nacional.
Sin embargo, el partido era un auténtico fenómeno mediático, un poco porque River Plate venía jugando incontestablemente bien y otro poco muchísimo más grande por la dirección técnica de Juan Ramón Carrasco, un tipo que más allá de nunca haberme convencido como técnico (si como jugador, obviamente) , indudablemente sabe cómo venderse.
Si ganaba Nacional, le quitaba la punta a River; si River ganaba, se le abría el camino hacia el campeonato como nunca antes en su historia. Una vez en el estadio, lo pude confirmar: más de cuarenta mil personas, más público que en ciertos partidos de la copa del mundo. A pocos metros del palco donde estaba instalado, había un pequeño sector dedicado al público de River. Todos los que alguna vez se pusieron una camiseta roja y blanca estaban ahí. Se los veía realmente felices, con una esperanza que hacía mucho tiempo no veía en ninguna persona (y mucho menos en un uruguayo). Incluso cuando entró el equipo de Carrasco me pareció un tanto exagerado el recibimiento, con stock de bengalas y bombardas que parecían restos de armamento soviético defectuoso comprados a precio de saldo a un país de medio oriente.
La historia más o menos se sabe, en cuestión de media hora River, el cuadro chico pero hiper inflado de Carrasco iba ganando por tres goles a cero, y prácticamente el desempeño de Nacional daba lástima. La superioridad era violentamente evidente, y como hincha de Nacional estaba más aturdido que deprimido. Fue entre el segundo gol y el tercero que escuché a una persona puteaba cada decisión del árbitro con la persistencia y violencia de un tourette. Era un viejo de bigotes, con gorro de River y camiseta del Atlético Madrid (con el nombre de Forlan escrito atrás, y que comparte los mismos colores de los darseneros). El tipo se sentaba y paraba a cada rato, y el cuidado con que lo trataba el resto de la hinchada indicaba que era, cuando menos, un personaje ilustre del club. Ya para cuando River metió el tercer gol, lo primero que hice fue mirarlo a él. El señor saltaba, se abrazaba de un señor cuya gordura volvía sinuosas las verticales de su remera, se sentaba, gritaba de vuelta. En sus ojos celestes había una llama que parecía haber estado tapada por mucho tiempo, quizás por toda una vida. Uno podía pensar que aquella alegría posiblemente terminaría por matarlo.
Sin embargo, para el final del primer tiempo llegó un gol del Chengue, jugador rústico cuya anotación tuvo una mayor relevancia de lo que cualquiera de nosotros hubiéramos pensado. Aquel gol fue como si alguien del público se hubiera levantado y gritado: Carrasco está desnudo!. En aquel momento ninguno lo sabíamos, pero era el comienzo del fin. En el entretiempo incluso se acercó una cámara a entrevistar el viejo. No podía escuchar mucho de la entrevista, sólo veía el rostro imperturbablemente feliz del viejo, desenvainando sus dedos para indicar cifras y fechas que atestiguaban predicciones y un incondicional seguimiento al club.
El segundo tiempo todo cambió, como una pieza de yenga extraída por un borracho, el sistema, todo colapsó, los caños se cerraron, la ley de la gravedad se devoraba a los tiros, al golero se le amputaron las manos y los pases iban para cualquier lado como una veleta desquiciada. Nacional en cuestión de veinte minutos igualó el hasta por entonces hazañoso resultado de River.
Más allá de ser hincha de Nacional, al ver aquella gente tan feliz al principio del partido, por un momento pensé qué divertido sería ver cómo la supremacía del viejo equipo terminaba por destrozar todas sus esperanzas, como si fuera un dios primigenio desmantelando por completo un pueblo pagano. Y ciertamente lo venía disfrutando, hasta que en el tres a tres volví mi mirada hacia el viejo. Había dejado de gritar, uno desde mi distancia podía observar su garganta atragantada mientras miraba la cancha con los ojos más tristes que he visto. A diferencia del resto de los hinchas de River el tipo no estaba furioso, sino sencillamente triste. Se había quitado el gorro, lo tenía entre sus piernas, le doblaba y enderezaba la visera, quería arrojarlo al suelo, aplastarlo con su pie, pero había alguna parte suya que lo impedía. Luego llegó el gol de Romero, y volví a mirar al señor. No decía nada, miraba el suelo y algunos compañeros suyos le daban palmadas de aliento en la espalda. Fue entonces que aquello dejó de ser divertido. Una parte de mí quería festejar, pero no podía. Miraba al viejo cada tanto y una tristeza rayana en la culpa me invadía el pecho. Sentía su angustia demasiado presente, era incómodo. Incluso pensaba en aquello y me percataba de que en cuestiones bíblicas, no sería más que otra persona en el público enardecido aclamando la victoria de Goliat. Era prácticamente una historia sin final feliz, y yo estaba ahí, celebrándolo con papel picado.
Para el quinto gol miré al costado y en el lugar del señor había sólo un banco vacío. Imaginé su vuelta a casa, sacarse la camiseta, dejar el gorro colgado en un perchero y sentarse al borde de la cama, sin decir nada. Luego serían los días, la herida de esa derrota aún abierta, las jodas de sus vecinos, uno de los días más importantes de su vida arrastrado por el barro. Y después vino el tiro libre convertido en sexto, y para aquel entonces ya estábamos bajando por las escaleras del estadio, entre garcas, viejas figuras del fútbol y hombres de negocios que quieren tener algo de qué hablar en el lunes en la oficina.
Me subí al auto, aún pensando en el viejo mientras escuchaba en la radio la voz de Ríos repetir palabras como hazaña, milagro, fiesta y alegría.



Domingo, 12:22
Dos litros de cerveza, un 100 Pipers y algunos vasos de sangría me habían dejado como un muñeco de trapo la mañana del domingo. Había cumplido Martín y fuimos a la parrillada Mercado Modelo, donde el veteranazgo (en serio, todos mayores de cuarenta y pico) entraba en la misma dinámica de levante y borracheras que yo unos años atrás. Me vi en el espejo del botiquín en el baño de María y me encontré el rostro aceitunoso, el maquillaje violáceo de las ojeras y una rémora de vino aún tatuada en el labio. Estaba deshecho, pero decidí ir a la feria Tristán Narvaja, a la que no había visitado por dos semanas.
Más allá del cansancio, difícilmente haya un lugar en donde me siente con tal sentido de la ubicación que la feria Tristán Narvaja. Con tiempo y persistencia llegué a conocer a casi todos los vendedores de discos de la zona y tengo informantes que me tienen al tanto de todos los piques. Está El pulga, un tipo que a pesar de ser un viejo ricotero se puede hablar largo y tendido sin que se te ponga como un testigo de Jehová con las letras de Solari (y además me sirve de intermediario para traerme las cosas más variadas de Buenos Aires). Está Ernesto, un veterano obsesionado con los Beatles, Dylan y Calexico que supo tener vinilos como Modern Dance, pero que ahora está atravesando una mala racha. No muy lejos hay un bigotudo que suele usar una musculosa, sin importar de estar en el mes de Julio, sólo para exhibir oscuro e imponente un tatuaje de Black Sabath (con sólo una b, detalle que me tiene obsesionado pero que temo decírselo por miedo a su vikinga reacción). A escasos metros, un tipo nuevo te vende discos de Los Traidores por mil quinientos pesos (todavía no se dio cuenta de que está en Tristán Narvaja). Por Colonia un hippie-punk te hace parches y te ofrece pagarlos en veinte o treinta pesos -como vos prefieras-. En frente a facultad de Psicología un tipo te vende videos de Anime y si le hacés una seña te muestra su colección de Hentai. Por Paysandú casi todos suelen vender cualquier cosa, máquinas registradoras viejas, cabello desteñido y grisáceo de muñeca, cadenas de bicicletas, volantes de automóviles, videocasetes sin caja de Conozca Más, revistas GENTE del 96’ que estarán en peluquerías con cortes de cuarenta pesos. En librería Minerva está Erasmo, una persona de tal bondad que haría ver a Mahatma Gandhi como un melindroso pedófilo, y que me ha hablado de poesía lituana con la seguridad que puede tener un junkie hablando de medicamentos. En librería Rizoma se venden buenos libros de cine, y atiende una pareja obsesionada con Bauhaus y un proyecto posterior cuyo nombre siempre olvido. A esa librería suele caer semanalmente una señora tan siniestra que haría ver a Diamanda Galás como Noelia Campo, y que siempre pregunta con los ojos bien abiertos, al borde de salirse de sus cuencas, si tienen algún libro de portugués. A lo de Ernesto solemos caer las mismas personas, como junkies buscando información de nuevos dealers: un gallego con el peinado de David Lynch, un veterano con una camiseta hecha a mano de Velvet Underground, el guitarrista de una banda rockandrollera que considera a Brian Setzer el mejor guitarrista de todos los tiempos y suele comprarse compilados horribles de rockabilly. Y entre todo, y en todas partes, discos y discos de Yes y Emerson Lake and Palmer.
Me había topado con el vinilo From her to eternity de Nick Cave. Salía quinientos pesos (veinticinco dólares), por lo que lo pensé un rato. Le pregunté a Ricardo -otro buen vendedor de vinilos- si me lo podía reservar y me dijo que no, que ese disco se vendía hoy. Ante la presión recordé la presencia de un perverso dopplegänger que me ha arrebatado ya varios discos –todos me han dicho que ha sido la misma persona, y entre estos vinilos birlados se encuentra precisamente el genial Tender Prey- y terminé desembolsando los quinientos pesos (doscientos de ellos en monedas juntadas en una bolsa).
Me gusta verme caminar con el disco bajo el brazo, pienso que me gustaría alguna vez ser capturado en fotografía de esa manera. Un poco para autoconvencerme de no haber malgastado la plata, me dirijo a mostrarle a la pareja de Rizoma mi disco de Nico Cueva. Si les gusta tanto Bauhaus, es posible que me apoyen en la compra.
Es en el camino hacia la librería que escucho algo que me hiela la sangre. En un puesto de vinilos horribles, se escucha un disco que tiene relatos de momentos importantes del fútbol uruguayo. En el momento preciso que paso por ahí, escucho el nombre de mi padre y el gol de Uruguay en la final de la Copa América 83’. Creo que es el gol de cabeza del Pato Aguilera, ese tras el cual temporalmente perdió la conciencia. En el momento de grito de gol, todos los que rondamos por la misma vereda nos quedamos en silencio. De cierto modo la situación recuerda a esa genial escena de Alemania: año cero, en donde el niño protagonista le intenta vender un vinilo de los discursos de Hitler a unos soldados americanos. Con total indiferencia pone la púa sobre el disco y la voz de Hitler retumba por diferentes rincones de la ciudad, dejando inermes a ciertas personas que la escuchan, como si fuera una voz del más allá volviéndolos a traer a uno de los períodos más oscuros de la humanidad. En este caso sería precisamente lo contrario, nos saca de este domingo y nos arrastra a una época donde al menos en lo deportivo se podía sentir orgullo de algo. Todos nos quedamos congelados, especialmente yo, que al oír el nombre de mi padre aquello prácticamente resultaba ser un mensaje cifrado dirigido hacia mí. Es increíble cómo el relato de un gol puede remover tanto. En esos quince segundos, la gloria deportiva se hizo presente, y hablaba mucho más que de fútbol, en ese entorno apolillado, hollinado y lleno con pelusas de plátanos. Cuando termina el relato, se levanta la púa y aparece el bolero Quizás Quizás, catapultándonos de nuevo en la hermos y deprimente realidad de Tristán Narvaja. Vuelvo a mi casa caminando despacio, mirándome en las vitrinas de las tiendas con la cara de Cave bajo el brazo y preguntándome si de haber sido otro el resultado, aquellos tres goles de River hubiesen significado para el viejo lo mismo que para mí tuvo ese relato de gol.

Sunday, April 06, 2008

Otoño en canciones

Fruit tree, fruit tree
Open your eyes to another year
They’ll all know
That you were here when you’re gone

Nick Drake, Fruit tree

Por alguna extraña razón, el paso de estaciones en general se me materializa desde los ómnibus, como si el cristal de sus ventanillas tuviera una especie de aumento que me permitiese ver algo que en simple vista y a la altura de la vereda no pudiera advertir. Como escribí en un post del año pasado, las estaciones no se perciben desde los solsticios, equinoccios o el capricho rotatorio de la tierra alrededor del sol. En realidad las estaciones son un fenómeno tremendamente particular y subjetivo que tiene sólo un poco que ver con el tiempo, el follaje o los ciclos reproductores de ciertos seres vivos. En realidad lo que cambia en las estaciones es uno, y entonces ciertamente lo que se vuelve otoño o verano es la persona misma. Extrañamente este me pareció un verano tan largo como lánguido, primero, por haber secuestrado a la semana santa, que suele ser una servil vocera del otoño; segundo, por haber pasado la mayor parte de la temporada fuera de las playas. Sin embargo, estando en las postrimerías de marzo, temía que en aquel 522 al prado terminara percatándome de ese temido y depresivo pasaje de estaciones, con la única ventaja del tiempo caluroso y pesado y el aún poder usar chancletas y bermudas (definitivamente la ropa menos sexy que puede usar un hombre, acortándote las piernas y haciéndote ver como un turista).
Había desempolvado el I-Pod y me había limitado a escuchar temas que me atajaran del otoño, al menos desde mi intrincado sistema evaluativo (creo que escuchaba a Triángulo de Amor Bizarro, y al menos la energía e irreverencia de los gallegos me mantenía despabilado y joven). En el trayecto aparecieron vendedores de curitas y de barras de chocolate, controladores de boletos y viejas y mujeres cargando niños que amenazaban con quitarme el cómodo asiento que aprovechaba como si fuese un verdadero regalo de Dios (nota: a las portadoras de niños y embarazadas le cedo mi lugar sin dudar, pero al estar sentado en los últimos asientos, ya habían personas que se tomaban la molestia por mí). Cada tanto, entre el final e inicio de las canciones del grupo español, escuchaba al pelado Cordera bardeando desde la radio del conductor de ómnibus, un tipo canchero de no más de treinta que parecía disfrutar tanto de la Bersuit como mi suegro en una reunión ectoplasmática de los Beatles organizada al fondo de su casa. Veo su boca moviéndose como en una película muda y tras las guitarras de los gallegos reconozco en sus labios “Devolvé la bolsa”. Naturalmente, no me dan ganas de sacarme los audífonos. Sin embargo, entra una tipa de unos veinticinco años y el conductor parece bajar el volumen. Se pone a hablar a la gente del ómnibus, resultándome medio extraña por no tener el rostro sollozante de quienes suelen pedir alguna monedita, ni tampoco llevar consigo guitarra, ni productos, comida o cualquier cosa para vender. Sin escucharla, pienso que perfectamente podría ser una pasajera más que se le ocurrió compartir una opinión con el resto de los concomitantes, sin pedir nada a cambio. Sin embargo, luego de esa especie de introducción cierra los ojos y comienza a mover la boca de una manera que se asemeja al cantar. Me saco los audífonos y entonces la escucho. Está cantando a capella y en inglés una canción que me resuena tremendamente. Verla como canta y saber que conozco aquella canción, me genera una tremenda incomodidad que me inspira callarla un momento, cerrar los ojos y apretarme intersección de la nariz con la frente y pedirle unos minutos para acordarme de aquel tema. Pero ella sigue y canta

Oh, ask me why, and I'll spit in your eye
But we cannot cling to the old dreams anymore
No, we cannot cling to those dreams


Indudablemente, es bastante fea. Tiene un corte de pelo varonil, un cuerpo cúbico y ropa de pibe que contrasta bastante incómodamente con su voz más femenina, como la fea sensación de una parte que grita y amenaza acabar con el todo. Su voz es bastante peculiar, diferente al galvanizado masculino de ciertas artistas callejeras que suelen cantar temas de canto popular, casi como si fuera un híbrido entre la voz extrañamente mixta entre lo juvenil y a la vez anciano de Joanna Newsom y el tembloroso cantar entre hálitos de Björk, todo esto con mucho menor oficio que las dos. Incluso hay varios pifies bastante incómodos, su voz en ciertas notas altas parece tambalearse como un caballo caminando sobre hielo, sobre todo en Ask me why and I’ll spit in your eye. Cuando llega a la parte Does the body rule the mind/Or does the mind rule the body/I don’t know, llego a la conclusion, por cómo termina la estrofa, de que aquello no podría provenir de otra garganta más que la de Morrisey.

Es una canción de los Smiths, pero me encuentro en un punto muerto en el que no puedo recordar el nombre ni el disco en que se encuentra la canción. Mientras me devano los sesos haciendo un lento scandisk de archivos mentales, pienso sobre lo particular de la situación de encontrarme escuchando a alguien cantando un tema de los Smiths en un ómnibus. Sólo dos veces había escuchado alguien cantar en inglés, una a un par de peruanos tocando Sultans of Swing, otra a un veterano tocando The Wall, poblándola con unos extraños solos que intentaban imitar el sonido del vibrato usado por Gilmour (o Waters, no recuerdo). Tampoco pretendo que toquen algo de Faust, o Throbbing Gristle (aunque debo reconocer que encontrar a alguien que torture a los pasajeros acostumbrados de covers de Los Nocheros con una versión de Discipline por más de doce minutos de viaje sería una experiencia imborrable), pero me resulta extraño que a los efectos de ganar dinero, y sobre todo en los 121 del mediodía, que se llenan de liceales y gente relativamente joven, no se aparten de su repertorio folklórico y toquen temas más actuales y populares de errr, pongámosle La Vela Puerca.
Pero con o sin los fantasmas del cantopopu revoloteando sobre su cabeza, la chica seguía cantando aquel tema de los Smiths, incluso optando por cantarla tal cual lo hace Morrisey, dejando espacios de silencio luego de I don’t know, silencio que en la grabación original es llenado por la guitarra de Johnny Marr. En esos incómodos interines de silencio en donde más de uno se mira con el de al lado, ella permanece con los ojos entrecerrados, con una sonrisa casi autista y dandose golpecitos en su cadera, como si en sus dedos, en sus uñas comidas hubieran pequeños corazones invisibles manteniendo el tempo de la canción. En un momento desafina estrepitosamente, se tambalea en un efímero momento de vergüenza y continúa con la canción, como esas patinadoras que se caen en el quemante hielo, para levantarse y continuar su rutina con una sonrisa cincelada que intenta indicar que nada ocurrió. En realidad es una muy mala interpretación, pero la elección del tema y una cierta honestidad de la mina en aquellos baches que poblan su versión como pozos en una calle de tierra en algún balneario de la Costa de Oro, me dejan completamente intrigado. Ella incluso se da cuenta de que soy uno de los pocos que le estoy prestando atención y cada tanto me mira con el rabillo del ojo. Todos los demás están hablando sobre otros temas, mirando por la ventana, o mandando mensajes de texto, mientras que yo permanezco inerme, buscando a tientas en los apretados bolsillos de mi pantalón algo de dinero para darle a cambio. Termina el tema y algunas pocas personas tardan unos cuantos incómodos segundos en aplaudir. Dice que cualquier peso, crítica o sugerencia será agradecida. En el fondo apretado, pegajoso y molesto de mi ingle, hay una moneda de cinco pesos. Por poco que parezca, aquella suma parece ser relativamente alta para lo que se suele –o al menos suelo- darle a los artistas callejeros (sólo una vez le di veinte pesos a un tipo que en una interpretación de Estefanie (o Stephanie, no sé), de Zitarrosa, casi me hizo llorar, pero aquello es otra historia).
Le quiero mentir. Le quiero decir que me gustó lo que hizo, que siga así, que no desafinó, que aquello emocionó a todo el mundo, pero en ese momento lo único cercano a un cumplido que me sale es preguntarle por el nombre de aquel tema que lo tengo en la punta de mi corteza frontal. Me responde imperturbablemente contenta y agradecida “Still ill, de una banda llamada The Smiths”. Le quiero decir que claro, que conozco a los Smiths, que lo único era que me había olvidado del nombre del tema, que incluso estaba pensando comprarme el vinilo de aquel disco homónimo que están vendiendo a quinientos pesos en Tristan Narvaja, pero mientras pienso en esto, la tipa se baja en una parada, y con ella mi orgullo siguiéndola cabizbajo por las calles de Gonzalo Ramírez.

Scott Walker- Raining Today
Lo he pensado largo tiempo, y creo que no es casualidad que me haya metido de lleno en el oscuro mundo de Scott Walker la misma semana en que vi dos veces Inland Empire (una en Cinemateca, otra en el Alfa Beta). El fino y yo nos veníamos preparando para aquella película desde el 2007, incluso considerando la posibilidad de acampar en el shopping, 18 de Julio, Ejido o el lugar en donde la llegaran a estrenar de no poder conseguir entradas (por supuesto, la mayoría del público uruguayo no estaba tan emocionado como nosotros).
El universo lyncheano sigue allí, tempestuoso en esos ciento ochenta minutos de filmación, salvo que no hay puertas o huecos que nos conducen a mundos donde rigen otras reglas (como podía ser el conducto auditivo de aquella oreja cercenada en Terciopelo azul), ya que sin zaguanes ni corredores ya nos encontramos de lleno en la inmensidad del cuarto oscuro. No voy a convertir esto en un post sobre el film, ya que habiéndolo visto dos veces todavía siento que no dejé añejar las imágenes en mi cabeza lo suficiente . Sí puedo rescatar aquella sensación inmediata que me invadió una vez que se encendían las luces de Cinemateca. Algunos aplausos aparecieron, y mis palmas dubitativas quisieron hacerles compañía, sin estar realmente seguro de lo que acababa de presenciar. En cierto punto tienen razón quienes dicen que las películas de Lynch han dejado de ser películas en sí para convertirse en meras glándulas secretoras de sensaciones. Hitchcock planteaba que de poder construirlo, le interesaría crear un artefacto que pudiera generar determinadas sensaciones en sus espectadores, sin la necesidad de una trama que estuviese subordinada a estos planes (me imagino una conducto intravenoso enviando al torrente sanguíneo cortisol y otras sustancias que activan el sistema simpático, algo parecido al experimento que sometían a Alex en La naranja mecánica). Creo que en sus oscuros talleres, donde supo crear el baconiano bebé de Eraserhead, o los cuadros abundantes en texturas nauseabundas de sus últimas obras plásticas, Lynch logró construir dicha máquina, sólo que la mantiene en completo secreto. Sólo supe que el film me había gustado días después de haberlo visto. Como imágenes perdidas de un sueño tijereteado por la elaboración secundaria, sólo podía acordarme de imágenes, el vómito de sangre sobre las estrellas interminables de las baldosas de Hollywood y Vine, los pómulos fríos y tersos de una prostituta polaca en la nieve, los conejos haciendo sus quehaceres con aquellas discordantes risas enlatadas de fondo, la imagen del vinilo rajado por la violenta púa, avanzando en sus enloquecidas y constantes treinta y tres revoluciones por minuto, como el frenético automóvil conducido por Bill Pullman en Lost Highway, y así con un montón de otras imágenes que permanecen en mi mente como un enloquecido murciélago volando bajo, chocándose contra las paredes de mi habitación.
A su vez, escuchar The Drift es una experiencia intensa que apenas se queda detrás de la traumatizante escucha de Frankie Teardrop. Hay momentos en que los cellos son tan omnipresentemente invasivos que a uno le dan ganas de sacarse los audífonos y enterrarlos en un bosque como un homicida sepultando el cuerpo de una persona accidentalmente asesinada. Tal como pasa con Lynch, es difícil reducir el disco a una temática, y mucho más complicado anatomizarlo de acuerdo a canciones. En The Drift no hay canciones, sino actos. En este sentido, Melero no podría tener más razón: Scott Walker crea películas para ciegos. Uno se siente tremendamente desvalido, sin poder reconocer de dónde provienen los sonidos que se escuchan, como si fuera un niño tapándose la cara con la frazada, sabiendo que sus padres recién están pasando el corredor y su destino ahora está librado al ruido que escucha a pasos de su cuarto. ¿Quién entona esos cantos gregorianos? ¿De donde provienen esos golpes? ¿El gritar de una mula siendo sacrificada? ¿El pato Donald cantando desde los infiernos? –en referencia al tema The Escape. Nunca una guitarra sonó tan venenosa, nunca los violines sonaron tan parecidos a un enjambre de abejas africanas. Y todo esto detrás de una voz que no sabemos si es Virgilio o Minos de nuestro descenso a los infiernos.
Uno de los aspectos geniales del documental 30th Century Man, es que muestra los procesos de grabación que hasta la fecha Scott Walker había mantenido como dentro de una bóveda subterránea. Esa percusión húmeda y apagada de Cosacks are es el sonido de un hombre pegándole a un trozo de carne, Walker y su compañía diseñan sus propios instrumentos, como una gigantesca caja hueca que sirve para hacer aquellos efectos percusivos que tanto me intrigan.
Esto en referencia a The Drift, y en cierta medida al Tilt.
Cuando me decían que Walker había formado anteriormente una banda melódica, de esas frente a las cuales ciertas puberfans eran capaces de dar vuelta automóviles, siempre lo tomé como un pasado gracioso, que de seguro Scott intentaría mantenerlo en silencio. No pensaba bajarme ningún disco de esta época hasta que varias personas me lo recomendaron.
No, nunca me hubiera esperado el finísimo y genial trabajo del crooner con The Walker Brothers y en solitario. Nite Flights es un laburo que está demasiado adelantado a todo lo de la época, como si fuera, junto a ciertos trabajos de Can, una profecía cifrada del pop espacial que invadiría la música muchos años después (“i have to say it's humilliating to hear this. It is… it is incredible, I couldn't go any further. You know, I keep hearing this new bands that sounds like bloody Roxy Music and Talking Heads... they couldn't go any further than this”, esto no lo dice el guitarrista de los Arctic Monkeys, sino un pelado llamado Brian Eno).
Pero volviendo a Scott solista, sus discos Scott 1, 2, 3 y 4 son de las joyas más finas que ha dado el pop en la historia. El formato canción se aplica más que en sus últimos discos, pero hay algo que permanece reptando en las profundidades. Si uno trazara una línea bastante arbitraria para definir la oscuridad y recursos perturbadores en la discografía de Scott Walker, se podría ver que la relación entre este sonido y el paso de los años es casi una recta de cuarenta y cinco grados. Por su parte, la senda filmográfica de Lynch es distinta, como si fuese un camino sinuoso, que tiene un universo blando y palpitante, esperando debajo de los tablones como el corazón del asesinado en aquel clásico de Allan Poe. La combinación de películas de una bondad inconmensurable como The Straight Story con los descensos a los infiernos de Fire, walk with me (película que a pesar de estar subvalorada en su filmografía y tener algunos errores, considero una de las representaciones más increíbles y sobrecogedoras de la forclusión del nombre del padre), se espeja en las mismas escenas e imaginería, los conocidos momentos lynch, en donde todo se mantiene en un débil equilibrio, perpetuándose una insostenible tensión entre una tranquilidad aparente y ese mundo que crece, se mueve y cava túneles, como los escarabajos debajo del pasto en la escena introductoria de Terciopelo azul.
Con Scott Walker ocurre lo mismo, y en un momento de 30th century man se da un detalle que es paradigma de esta tensión entre los dos mundos. Un músico de estudio revela uno de los particularísimos recursos de Walker, mostrando cómo en un acorde se combina lo afinado y lo disonante, haciéndolo convivir como si fueran una misma cosa.

Scott 3 comienza con It’s raining today, una canción que se podría tomar como otra de esas baladas melódicas muy inspiradas por la chanson francesa, sólo que hay algo que no está bien en esa canción, algo que no nos permite creer del todo en lo que dice la voz de Scott. A la segunda escucha lo reconocemos, hay unos violines que al ambiente ligeramente plácido de la canción lo llena de humo, niebla y frío. Los violines se mantienen en una nota interminable, parecería como que fueran pequeños ojos que nos miran desde la profundidad de un bosque, aguardando a algo que no sabemos qué es. Esa contraposición entre la dulzura barítona de la voz de Walker y aquello que aletea dentro de los auriculares es la esencia de Lynch, una forma de hacer extraño lo cotidiano, tal como lo dice Michel Chion, “otorga su pleno valor a imágenes muy sencillas, pero montadas de una manera insólita”. La elección de un punto de corte basta para cambiar la imagen de trivial a aterradora. Incluso, es algo que percibí en la misma Inland Empire: en la escena de Laura Dern con las prostitutas en Hollywood and Vine, se intersecta una canción de Beck con una tormenta de violines y vientos que justamente nos incomodan, tal como en Raining Today.
Desde que era un pop idol Scott Walker tuvo durante años a sus seres en el fondo de su casa, ocultos tras pajareras meadas, tirandole pedazos de carne y tapando el alambrado con una lona gruesa incapaz de permitir pasar cualquier rayo de sol. Estuvieron ahí, haciendo ninguna otra cosa más que crecer, hasta que Scott los soltó para hacer nuestras noches un poco más oscuras.

Tom Waits-Hang on St.Cristopher
Generalmente discutir sobre términos como el swing, la cadencia y el flow nos deja en un terreno baldío que se termina convirtiendo en un concurso por quién la tiene más larga, eventualmente deviniendo en un abstraccionismo tal que parece una discusión entre un judío y un musulmán, discutiendo sobre quién gana, si Yaveh o Alá en una pelea de kickboxing.
Con respecto al swing, aquel es un pedazo de tierra que todos se disputan a uñas y dientes, especialmente en el rock, el jazz y sobre todo el blues. El swing es un plus flotante, un elemento visceral e incuantificable que sin embargo se utiliza como vara para medir talentos, calidad y hombría (?), tal como puede ser la libido con respecto al tema energético de la psiquis (aunque había locos como Jung que creían poder extraerla con aparatos más cercanos a la alquimia que a la ciencia). En fin, el swing es una entidad que sólo es trascendida por su propio misterio, y todos utilizan el término como si estuviera regido por un fino y complicado sistemas de pesos y medidas. Yo no te puedo explicar que es el swing, pero se cuándo alguien lo tiene o no lo tiene. Más allá de la genialidad de ciertos músicos, como Lester Young que prácticamente parecía haber creado una nueva glosolalia poblada de estos términos, lo peligroso del manejo de tales abstraccionismos es que siempre debajo de sus pieles ocultan su patente tendencia a convertirse en religión, y todo aquello conduce en una gran cantidad de casos a un uso de los mismos que termina siendo como un santo y seña de un club privado, lleno de códigos y normativas absurdamente rígidas.
Esto último es una de las murallas archiconocidas de los defensores del blues. El swing en el blues toma la forma de un anticuerpo que rechaza todo lo que no sea tocado en compás de 4/4. Todo lo que sea diferente es rechazado, desde un solo metalero más asentado en lo neoclásico, hasta cualquier guitarra que no esté conectada a un áspero sistema valvular. El término viene bien a los efectos de una lucha de géneros que termina siendo como un hincha de Nacional intentando convencer a uno de Peñarol para que se cambie de cuadro. Personalmente irritado por muchos de estos mares de sargazos que encallan cualquier intento de conversación decente, varias veces he tratado de identificar la raíz inherente del swing. Mi versión personal del término, posiblemente tome más elementos de la danza, o al menos del movimiento en sí, considerando al swing como una forma de tocar que permanece en continuo flujo, que parece formar una parte infraccionada de una cosa que la trasciende y que no presenta cisuras, dudas, ni demoras. La imagen más perfecta de mi versión del swing es la de una ola. Como esa tapa del disco de Ride, es imposible determinar cuándo comienza y cuándo termina una ola, unos sólo puede contentarse con sacar el metro y marcar con x el lugar donde una cosa empieza y otra termina. Es en ese flujo constante y eterno donde –personalmente- creo que se disputa el swing o no swing. Sin embargo, con esta noción creo que el swing es imposible, no sólo de ser reducido a un género, sino a la música en sí. Manteniéndome con esta definición, una de las personas con más swing que vi en mi vida es Maradona, y dudo seriamente de su plasticidad a la hora de agarrar una guitarra y hacer una escala pentatónica. Uno ve jugar a Maradona y por un momento no le parece tan desquiciado que haya iglesias que le rindan culto, especialmente si el observador comparte mi opinión de que cualquier religión es una especie de pornografía de la culpa y la confianza. A Maradona un polaco lo baja de una patada, pero en el mismo momento en que cae, todo el cuerpo se articula para rodar y volver a carrera, como si su cuerpo erguido hubiera transmutado en otro sin conocer el suelo. Maradona sacaba centros de un espacio anterior a sus piernas y lo he visto meter goles de tiro libre en donde logra que la pelota se amigue o enemiste con la gravedad según sus propios planes. Esa misma idea de un constante flujo, de la imposibilidad de caerse y del control de las cosas por fuera de su propio cuerpo convierten a Maradona –a mi parecer- en una de las más perfectas materializaciones del swing.
Mi lista seguiría con una cantidad llamativa de no músicos, entre ellos Muhammad Alí en sus mejores años, George Best y aquel gol descomunal metido en la MLS, Marlon Brando en Último tango en París, los planos secuencia de Tarkovski en Stalker, ciertos pasajes en la narrativa de Kerouac, la forma en que bailó una compañera de clase en una de mis primeras fiestas de quince, dejándonos a mis amigos y yo con la boca abierta, sintiendo una indescriptible angustia el resto de la noche.
Y adentrándome en el terreno de la música, también lo puede ser la enigmática forma de tocar de Jimmy Page (con un estilo que por su suciedad y pifies tiene un carácter medio fracturado, pero que increíblemente lo utiliza para lograr una nueva unidad con todo eso, especialmente en su solo de Since I been living you), la guitarra de Duane Allman, el motorik de NEU! (Klaus Dinger, tu corazón se detuvo, pero seguro que sigue latiendo remixado en el cielo), una de las interpretaciones más asombrosas de todos los tiempos de parte Jacques Brel en este video, la sensualidad trepidante e incómoda de Alan Vega en esta canción, la celestial voz de Jeff Buckley, el saxofón húmedo y sensual más cerca del erotismo hard que del porno soft de Coleman Hawkigs, y así un largo etcétera que dista en algunos nombres de los clásicos anales de los sultans of swing.
Sin embargo, nunca vi mayor expresión de aquello por antonomasia llamado swing que en esta presentación en vivo de Tom Waits.

Las imágenes de este concierto provienen de Big Time, un dvd que me compré hace más de un mes en Tristán Narvaja. El tema se llama Hold on St.Cristopher, e inconcebiblemente brilla por su ausencia en el disco oficial de aquella presentación. Todo en ese video es perfecto. La capacidad interpretativa de Waits llega a un punto en que cada parpadeo, el ángulo de de los haces de luz de la linterna colgada en el atril, el balance de su cuerpo paralelo a la hipnotizante línea de contrabajo y perpendicular a la intervención de los vientos, la forma en se agarra del atril, la cronometrización de la utilización del autoparlante, la voz ronca, el movimiento de sus manos y sus dedos, hasta el mismo horario que indican las manecillas de cada uno de los relojes que invaden su antebrazo, todo parece trabajar en una armonía que no vi en ninguna otra persona, logrando una forma de unidad que me hace sentir el hombre más insignificante de la tierra. Nunca expresé corporalmente mis sensaciones musicales (salvo esos patéticos interines de guitarreo aéreo que tanto nos avergüenzan cuando nos damos cuenta), pero al ver a Tom Waits llevar con tanto swing esa canción, uno no puede hacer algo diferente a bailar.
Creo que el sentimiento más cercano a la homosexualidad que puede sentir un heterosexual es admirar a alguien tanto que desearía poder, al menos un día, adoptar sus movimientos, sus rasgos corporales, su forma de hablar, de mirar, de fumar, de tomar, comer, vestirse y vivir, en pocas palabras, ser él, casi como si uno quisiera volverse un súcubo y morar en el cuerpo huésped de esa persona a quien tanto admira (y, después de todo, aquello no sería más que otra forma de penetración).
Caundo cumplí veinte, María se apareció con un sombrero. El tema de to wear or not to wear un sombrero había sido bastante recurrente, y cada vez que veía alguien cercano a mi edad usándolo se lo señalaba como si fuese un uruguayo encontrado en Estonia. Naturalmente, si dependía de mí, aquella procastinación se hubiera extendido por muchos meses más, pero la iniciativa de María me hizo enfrentarme con la realidad de mi deseo. El sombrero es gris, de paño, compacto, queda particularmente bien si se uno se lo pone ligeramente inclinado, tapando parcialmente los ojos. Lo había comprado en El hornero, de esas tiendas del centro que son como restos arqueológicos de un Uruguay que fue. Al principio me costaba llevarlo, un poco por tener miedo de que Uruguay no estuviese preparado para un joven usando sombrero, otro poco como en Instrucciones para dar cuerda a un reloj:María no sólo me había regalado un sombrero, sino el miedo a perderlo, a que alguien me lo chape y se de a la fuga con el, a que no sea aceptado por el resto, a que el viento me lo arranque de la cabeza, la necesidad de compararlo con otros sombreros, cuidarlo y medir los momentos en que me lo sacaba. Con el tiempo, el hecho de olvidarme algunas veces que lo llevaba puesto confirmaba que me estaba acostumbrando a su compañía, y muchas veces me miraba al espejo, como quien se mira un tatuaje recién cicat