Tuesday, October 09, 2007

Escopofilia
Todos los cinéfilos somos en cierto modo unos perversos. No es algo que lo haya dicho yo, lo dijo Bertolucci en boca de sus personajes “The Dreamers” y posiblemente lo haya dicho en algún momento Žižek, pero me parece una afirmación profundamente verdadera. Somos un voyeur, una persona con prismáticos viendo desde nuestra butaca lo que sucede en el edificio vecino, rindiéndonos a la escopofilia de ver los amores, las muertes y todas las bondades y bajezas humanas como una vieja que logró interceptar la conversación telefónica de un vecino, como un adolescente que revuelve los cajones de la ropa interior de una vecina suya. Lo increíble del cine es que la ilusión persiste, sabemos que las cosas no están ocurriendo, que son sólo imágenes proyectadas en una pared, pero por dos horas sufrimos, le deseamos la muerte o buenaventura a los personajes que observamos, como disfrutando esa mentira blanca que es la ilusión de estar dentro de una escena real. Estuve viendo la excelente película de Slavoj Žižek, “The Perverts guide to Cinema” y todo lo de lo que estoy hablando lo dice mejor el esloveno: “Cinema is the ultimate pervert art, it doesn’t give you what to desire, it tells you how to desire”/ “The art of cinema consists in arousing desire, to play with desire, but at the same time keeping it at a safe distance, domesticating it, rendering it palpable”. Es una película altamente recomendable, incluso para quienes no tienen muchos conocimientos de psicoanálisis o teoría lacaniana, ya que en conjunto con las escenas, el tipo baja bastante la pelota al piso.
El otro día venía hablando de la escalada patológica de mi insomnio, y hoy en terapia decubrí una particularidad de la que por alguna razón no me había percatado: en los últimos meses, el único momento en que he visto pélículas es entre las dos y las cinco de la mañana, lo que lleva a pensar (muy fenomenológicamente) que si me empezara a acostar muy temprano, iría eclipsando mi pasión por el séptimo arte. Muy probablemente sea una forma de autoconvencerme de que hay algo bueno en estos desvelos, pero al menos constato de que la mayoría de mi producción literaria, ensayística, cinéfila, en fin, todo lo referido al arte, cobra vida propia en esas horas donde todo el mundo duerme.
A continuación hay una serie de revisiones mías sobre cinco filmes con los que compartí mis desvelos en el último mes (Happiness, Stranger than fiction, Mefisto, Blue Velvet y Wild at Heart- bueno, estos últimos dos los vi en Dodecá), que en apariencia no tienen nada en común, pero que de cierto modo tienen una especie coherencia interna con el cambiante estado de ánimo de mis últimos días.
En fin, les invito a que compartan mi enfermedad.

Happiness (Todd Solondz, 1998)
La provocación, el odio hacia la moral oficial, la reacción ante la hipocresía de la sociedad dominante, más que algo posmoderno, se ha afincado como un continuum del ser humano. En esa lucha entre el clasicismo y la vanguardia, muchos artistas escapan a la revolución formal y abrazan a una revolución de contenido, intentando convertir sus obras en verdaderas balas contra el statu quo de su época. Creo que esta película está, en el sentido de su vehemencia contra la hipocresía de la moral burguesa, a la altura de “El discreto encanto de la burguesía”, cualquier libro de Hubert Selby jr, o el disco First Issue de Public Image Ltd. Es un puño americano contra todos los valores establecidos, todas las murallas de adquisiciones y poses que pueden atisbar a alguien a sentirse feliz o al menos seguro, es arte violenta, cruda y graciosa, como la fuerza del ello llevada a la acción sin zaguanes entre medio.
Happiness habla precisamente de lo contrario a lo que indica el título, precisamente trata de la incapacidad de ser feliz en el mundo actual (o de ser feliz, a secas). No le busca una vuelta económica, no le busca una vuelta religiosa, las cosas sencillamente están completely fucked up. Es la misantropía en carne viva, una misantropía mucho menos afinada que la de Lars Von Traer, más al punto, incendiaria, venenosa. Entre los varios personajes que están vagamente conectados entre sí, tenemos a Phillip Seymour Hoffman, un LOSER (con todas las letras en Bloq Mayús) onanista y retraído que anhela a Lara Flynn Boyle, una escritora aparentemente exitosa pero con un vacío creativo que la lleva a “desear que la hubiesen violado de chica, así al menos tendría algo verdadero para decir", una supuesta perfecta ama de casa, cuyo esposo es un aberrante pedófilo (un Dylan Baker en el mejor papel de su carrera), un tipo que a sus sesenta años ya no siente nada por nadie y así, una serie de postales oscurísimas sobre la mediocridad y ficticia bondad humana.
La historia concentra su mayor tensión narrativa en Bill Maplewood (Dylan Baker), un tipo que en una de sus caras es un buen padre (quizás demasiado up tight, pero en definitiva bueno) y en otra un pedófilo sin remedio que recurre a todo tipo de artimañas (entre ellas, sedar a toda su familia) para lograr con sus cometidos. Lo mejor de todo es que la presentación del personaje no es una onda Dr. Jekyll and Mr. Hyde, realmente su actuación puede hacer convivir en su formalismo dos caras de esa misma persona de manera muy creíble. La escena de la película, sin lugar a dudas, es cuando el niño le pregunta al padre si es verdad que violó a su compañero de clase y este responde con toda naturalidad, respondiéndole ante sus interrogantes que “le hizo el amor”. Y el momento negro, negrísimo de la película llega cuando el niño le pregunta si él le haría lo mismo a él en el caso de encontrarlo durmiendo (extrañamente se siente una cierta tensión homosexual en la voz del niño) y el padre responde “No, I Would jerk off instead”…negro, realmente negro…

That's really disturbing shit
Stranger than fiction (Marc Foster, 2006)
Will Ferrell es el mejor actor de la nueva ola de comediantes del reciente milenio. Punto. Ha encontrado un sello característico, una versión purpúrea de toda reacción y modo de expresarse que hace mucho tiempo no se veía, desde casos mucho menos disfrutables (Jim Carrey). Así como Brando es Brando tanto cuando es un obrero hosco y sudoroso como cuando es oficial de guerra nazi, lo Ferrelliano se traspone en todos los personajes que interpreta, resignificándolos y dándoles un nuevo vuelo. Es verdad que las películas en que ha aparecido son bastante irregulares, desde su corta, pero magnífica actuación en Wedding Crashers, hasta deplorable Kicking and screaming, (pasando por la mediocre Melinda y Melinda), pero sin dudas, entre todos los comediantes que integran esa especie de rat pack cómico(Owen Wilson, Ben Stiller, Vince Vaughn, etc.) sin duda es quien dejó más claramente una marca y un estilo de actuación.
En esta película específica, se intenta despojarlo de todo el histrionismo característico de los personajes que interpretaba en SNL, y aún así no deja de ser Ferrell. Ferrell interpreta a un tipo gris, una célula más de ese engranaje del tejido de cúbículos que inunda el Estados Unidos posmoderno. Lo que lo hace tan particular, es el hecho de que todo lo que ocurre en su vida está completamente cuantificado con rigurosidad cronométrica, desde cuantas veces debe masticar, hasta cuantas cepilladas le da a sus dientes. Todo eso cambia cuando comienza a percibir que escucha una voz que narra todo lo que hace (se produce un efecto interesante y por demás gracioso, en el que la voz en off que narra la vida del tipo –y a la que nos veníamos acostumbrando- es percibida súbitamente por Ferrell, haciéndonos dar cuenta de que esa voz también tiene un rol más que narrativo en la película), y que puede predecir perfectamente todo lo que va a suceder (lo que se llama la omnisciencia de la tercera persona). Es así que el tipo escucha de esa voz que morirá pronto, cosa que lo atormenta tremendamente, produciéndose muchísimos cambios en su vida para evitar tal desenlace (obviamente el amor también está presente, con una Gyllenhaal que es difícil no quererla película a película). La cosa es que en cierta parte del film, entendemos que la voz es la de la escritora de una novela que él mismo interpreta (no le estoy pinchando el globo a quien no la haya visto, es algo que se intuye fácilmente en la primera media hora), generándose un efecto matrioshka bastante entretenido. La historia, por novedosa que pueda parecer, cae en el deslumbramiento de los cuadros dentro de cuadros, que se ha vuelto quizás en cierto cliché desde la excelente Adaptation, pero al menos no trata el tema como una vuelta de tuercas trucha al mejor estilo Shyalaman.
El momento perfecto del film, diferente a un juego de intertextualidad que nos podría brindar la trama, es una escena de amor llana y sencilla, pero modestamente perfecta y muy bien musicalizada, de la que no puedo decir mucho más de lo que dijo Dario en este post. Lo interesante que logra la película es que logra generar una simpatía con los dos personajes que interpretan Gyllenhaal y Ferrell, que a la vez nos causa cierta anguestia por la certeza de que el último morirá al final de la película, tal como escribe la novelista. El otro punto que me impactó de la película es esa idea de cómo uno como escritor puede desdoblarse por un momento y pensar de que los personajes sobre los que uno escribe pueden ser realmente personas que sufren el destino trágico que teje su mano, como el inmisericorde puño de Dios. En ciertos cuentos que he escrito debatí duramente conmigo mismo si debía matar o hacer fracasar a mi protagonista, teniendo que elegir entre un final más dramático y efectivo y uno más piadoso, comprensivo para con el pobre actor que interpreta lo que escribo, pero definitivamente menos efectivo para la obra que llevo escribiendo. Muchas veces pienso de que mis personajes están cansados de ser derrotados al final, de morir aleccionadoramente, de tener noches fatídicas sin sexo ni emociones, de encontrar la desgracia esperando entre baldosas sueltas o de darse de cabeza contra el duro espejo de la fantasía… hay veces que pienso que algun día se van a rebelar de alguna manera, es por eso que guardo una goma de borrar como pistola en mi bolsillo. Escribiendo historias uno se da cuenta la verdadera contracara de ser Dios, la responsabilidad del destino de todos los hombres...



Mefisto (István Szabó, 1981)
Mefisto es una historia sobre el poder y toda su destructiva capacidad de seducción. Hendrik Hoefgen es un actor de provincia, es decir, un actor bastante poco mainstream en la Alemania de los años 30’, en ese período fatídico previo al ascenso del nazismo. El tipo es una persona sumamente ambiciosa, planteando crear un teatro que llegue al pueblo, augurando una nueva dramaturgia que pueda ser exhibida en fábricas, en molinos y todo lo que se refiera a la vida obrera y campesina. Eventualmente sucede todo lo que ya sabemos, el incendio del Reichstag, la toma del gobierno por parte del partido nacionalsocialista, etc. La cosa es que en tras una exitosa primera tentativa de exilio, Hendrik recibe una carta de una admiradora suya (que casualmente es la esposa de un hombre de alto cargo del partido) que eventualmente lo tomará como protegido. La cosa es que el tipo decide volver y se convierte en el actor más popular de la nueva dramaturgia alemana, comenzando un ascenso precipitado de la mano del ministro alemán que lo considera prácticamente un hijo, designándolo ministro de cultura, o algo por el estilo. Por supuesto, varios antiguos compañeros de teatro (los mismos socialistas que bregaban por un teatro popular) comienzan a suicidarse extrañamente cabeceando balas en pleno movimiento o tratando de hacer fallidas pruebas de dobles con automóviles lanzados desde barrancos, y el tipo empieza a enfrentarse a los problemas morales y éticos de seguir en tal puesto tan anhelado.
Hay varios elementos de la película que me parecen sencillamente geniales. Primero, la forma progresiva en la que el tipo va cediendo a las órdenes de sus superiores, hasta ser uno de los directores de la nueva cultura alemana (por una ósmosis tan lenta, que nos damos cuenta demasiado tarde, tal como le sucede a él). También es rescatable la relación paternalista que se da entre él y su superior, la forma en que el primero lo sigue llamando Mefisto (un personaje que Hendrik intepreta), mostrándonos hasta qué punto es una marioneta del tipo. Otro punto interesantísimo que salta a la vista, es el discurso que pronuncia el mismo Hendrik sobre el nuevo arte nacionalista en una especie de arian-vernisagge, que si uno lo compara con sus anteriores discursos izquierdistas, todo lo dicho es prácticamente los mismos, señalándonos quizás que tanto la izquierda como la derecha y cualquier movimiento que se dirija directamente al pueblo, son caminos que diferentemente pavimentados conducen al mismo destino de poder y destrucción. Finalmente, hay una escena particular en la que al tipo los nazis lo meten en un escenario y comienzan a apuntarlo por múltiples reflectores, entrando este en una especie de desesperante ceguera, diciéndose a sí mismo que es sólo un actor. La naturaleza de dicho castigo es algo muy dantesco, el tipo quería reflectores, bueno, los tendrá a cada giro que dé, ese será su karma. Es increíble ver su rostro contraído, corriendo en la inmensidad de la masa oscura, como atravesado por esas cuchillas de luz, atontado como una comadreja encandilada por las luces de un auto. Y la realidad no se encuentra muy lejos, aquello le pudo haber ocurrido a muchas personas de alta cultura, tan sólo para citar un ejemplo a uno de los más importantes filósofos del siglo XX.
Ahora que repaso un poco el filme, me doy cuenta que el tema es prácticamente el mismo al de El último rey de Escocia, película sobre la relación entre el dictador Amín Dada y un joven y soñador médico escocés, película enteramente recomendable por la actuación descomunal de Whitaker (de los pocos reales merecedores al Oscar que recuerde en estos últimos años). Y así también podríamos poner en la misma bolsa a El padrino y otras películas emblemáticas del cine. En fin, creo que lo que hace triunfar a tales films es el hecho de mostrarnos como seres corruptibles, como personas con un precio diferente al dinero, pudiendo ser tan manipulables como los sujetos del experimento Milgram, tan pasible de emerger de nosotros el facho hijo de puta que todos llevamos dentro

Blue Velvet (David Lynch, 1986)
Con el fino, tuvimos la oportunidad de asistir a un curso de lenguaje cinematográfico de David Lynch, curso que no sólo daba las ventajas de poder discutir de ciertos recursos, temáticas y demás que se nos escapa por la poca bibliografía que hay en Uruguay (de Lynch sólo tengo algunas entrevistas de Cahiers du Cinéma y un excelente libro de Michel Chion), sino también de poder ver las películas en una sala de cine (ver películas como Eraserhead y Lost Highway en un vhs apolillado de Cinemateca es algo realmente imperdonable). Para mi la película de Lynch en cuanto a calidad y utilización de recursos es Mulholland Drive, pero, luego de ver Blue Velvet en pantalla grande, la cosa da para discusión. Lo que sí es seguro, es que es la película más emblemática de Lynch, la más cargada de imaginería y momentos lyncheanos (la canción de Candy Colored Clown, la violación de Frank Booth a Dorothy Vallens y el baile azucarado entre Laura Dern y Dale Cooper -no importa que se llame Kyle MacLachlan, para mí siempre va a ser el agente Cooper), la que maneja más temas en común, la primera en que le que da una dimensión al color igualmente impactante que a los claroscuros de sus anteriores filmes. Es así también, la película más sutil sobre su propio universo (no cuento a Straight Story), siendo la primera vez que no aparecen seres tremendamente deformados ni universos paralelos, sino una nueva dimensión más oscura y viscosa de la vida cotidiana (en este caso, el pueblo madereroLumberton).
Pero sin lugar a dudas, la película se la come, se la traga y deglute Dennis Hopper, con una de las actuaciones más espectaculares, frenéticas y perturbadoras que se hayan rodado en la historia del cine. Sus estallidos (cada tanto, y sin ningún preámbulo grita “Let’s fuuuuck!”), sus tics, manerismos, cada uno de sus parlamentos (es un lenguaje críptico en el que realmente nunca podemos sacar nada claro de lo que dice), lo convierte un uno de los personajes más angustiantemente impredecibles de la historia. Ver su rostro en cada cuadro merece ser puesto en cámara lenta. En una escena amenaza a Jeffrey con un cuchillo, el tipo se pinta los labios, le da un beso, por un momento parece conmovido por el tema de Orbison que está sonando en la radio, le dice con la voz quebrada, como si fuera un mensaje a decodificar “In dreams I walk with you”, le limpia la boca con un trozo de terciopelo y luego lo golpea en el estómago (todo esto mientras una veterana gorda baila en el techo de un automóvil).
Ya venía hablando de la escena de la violación en el post anterior, en relación a una perturbadora experiencia en la calle, en la que una vieja con nula retención esfinteriana fue protagonista (de hecho, hoy la vi de nuevo, gritando “Ayúdenme, ayúdenme, estoy dura, ¿cómo hago?!”, presencia frente a la cual huí despavorido tomandome un 62 que me hizo caminar ocho cuadras bajo lluvia, en fin, me estoy yendo de tema), pero debo remarcar una vez más lo impresionante de este momento. El tipo saca un extraño respirador y empieza a inhalar profundamente, mientras se arrodilla acercándose a las piernas de Vallens intercalando la función de padre y de niño a la vez, diciendo “don’t you fucking look at me” o “daddy’s coming home” y “Mami… mami” o “Baby Wants to fuck, baby wants blue velvet”, respectivamente. La escena está cargada de una violencia extraña, como si estuviéramos viendo desde la perspectiva de Jeffrey, pero como un niño viendo desde el ropero a sus padres tener sexo duro y parejo. Hay como una redimensión de esa escena originaria, como si fuese vista con los ojos de ese niño, ya que no hay desnudez ni aparente penetración, es el acto sexual imaginado tan violentamente como podría un niño con escasísimos conocimientos sobre la sexualidad de sus padres interpretar tan extraña escena(por ejemplo, como dice Chion, la voces apagadas de Frank y Dorothy atribuídas a un pedazo de terciopelo en su boca, podrían ser la explicación que un niño le da a la voces de los padres tapadas por sus besos o los mismos gemidos). Pero lo verdaderamente oscuro de la escena es la ambigüedad de Vallens, ¿ella es realmente una víctima de la violación o en realidad todo es una puesta en escena de un juego sadomasoquista en donde la que verdaderamente manda es ella? De una forma u otra, es probablemente una de las escenas más impactantes en la historia del cine, mucho más que la tan sádica como innecesaria escena de Gaspar Noé en Irreversible.

Wild at heart (David Lynch, 1990)
Si podemos considerar que David Lynch llegó a un nuevo nivel de sutileza en Blue Velvet, una sutileza en la que ya no era necesaria la existencia de un mundo alternativo y completamente extraño ni la incorporación de seres manufacturados por el propio Lynch (algo que se venía dando en películas como Eraserhead y Dune), para llegar a una nueva y tremenda dimensión de lo aterradoramente real, en Wild at Heart podríamos pensar que Lynch perdió toda esa sutileza ganada con los años. Viendo el film por segunda vez, en cierto modo mi inconformismo originario, lejos de aplacarse, se intensificó. Parecería como si el tipo hubiese llegado a ese punto muerto de autoindulgencia en donde en apariencia todo vale, pero en realidad se busca perpetuar un sello propio, una especie de gimmick que resulta tan poco emocionante como la última serie de un código de barras (no me tiren tomates, pero fue algo que precisamente sentí viendo Satyricon). Todo lo lyncheano aparece ampuloso, desmedido, hasta esperable, onda insert bizarre moment here. Las mismas escenas colectivas de marca Lynch, esas en donde todo parece sumergirse en un lago de conversaciones inconexas y absurdas y donde parece que todo el tiempo se detuvo, quedan muy por debajo de la famosa escena de la canción de Candy Cotton Crown (Blue Velvet) o la comida en la casa de los X (Eraserhead). Aparecen obesas bailarinas nudistas de vaudeville, ritos vudú cargados de imaginería sadomasoquista, y escenas, escenas y escenas (que parecen la misma rodada una y otra vez) de sexo fogoso y desenfrenado entre Nicolas Cage (Sailor) y Laura Dern (Lulla). Incluso, parecería que hasta el clásico catalizador de la separación entre los varios mundos que hay en Lynch (la oreja en Blue Velvet, La caja índigo en Mulholland Drive, el agujero en la capucha del Hombre elefante, etc.) parece volverse demasiado obvio y exagerado en la película, terminando en aquel guiño final al mago de Oz (que no comentaré para quienes no hayan visto la película).
Sin embargo, hay dos escenas que salvan el film: la violación verbal de Bobby Perú a Laura Dern, y la escena del choque presenciado por los protagonistas, sobre la cual me explayaré un poco. En esta vemos que Cage y Dern cruzan el Estados Unidos misterioso y abandonado de la carreteras interestatales y se topan con ropa desperdigada en el asfalto. Pronto ven el coche destrozado a un lado de la carretera y las víctimas mortales de dicho accidente. Pero entonces, justo cuando están en camino de abandonar la escena del accidente, se encuentran con una sobreviviente, aparentemente la hija de los muertos que, lejos de llorar la muerte de sus padres, está cercana a una crisis histérica por la pérdida de una cartera que suponemos le robó a su madre. Ella grita, camina de un lado para el otro sin percatarse del profuso corte que tiene en el cráneo y dice que su madre la va a matar (cuando sabemos que eso es bastante imposible, ya que sus padres están a unos metros nomás, tan muertos como la repercusión mediática actual de Jazzy Mel). Lulla trata de calmarla pero ésta se aparta, completamente obsesionada por el objeto perdido, mientras camina de un lado para otro, entrando y saliendo de la profunda oscuridad (como si apareciese y desapareciese –fort/da*). Finalmente, cuando está a punto de darse cuenta de la verdad (se rasca el cráneo que presumo abierto, diciendo que tiene el pelo pegajoso), se deja caer en el suelo, siguiendo obsesionada por the fucking purse, siendo la joven pareja protagonista de su absurda y espontánea muerte. Como primer punto fundamental, estaría ese miedo al enojo de sus padres, ese enojo completamente absurdo, pero tremendamente real, que perdura aún después de la desintegración física de sus jueces y castigadores. De cierto modo, vemos que la autoridad se ejerce mucho más allá del acto coercitivo, la voluntad de poder se sigue ejerciendo de una forma fantasmática más allá de la simple demarcación entre la vida y la muerte. Si lo pensamos psicoanalíticamente, de cierto modo sería un alegato en torno a la función superyoica de los padres, cómo los mandatos se perpetúan aún más allá de la misma presencia física de ellos. En pocas palabras, el pasaje de lo real a lo simbólico.
Pero sin lugar a dudas, lo genial de dicha escena es cómo Lynch materializa un elemento básico de su filmografía, que es el esquema acción-reacción y la noción de la separación de la parte del todo. Así como el operador de maquinaria del otro mundo en Cabeza Borradora tiene un papel incomprensible pero a la vez completamente treascendental en la vida de Henry, hay todo un mundo detrás de la mera acción/respuesta gobernado por las fuerzas del inconsciente, que parece demorar, transformar y pervertir la reacción sugerida, o al menos esperable. En este caso, la reacción de ver a sus padres muertos, se ve tragada por un vórtice y redireccionada hacia otro lado, un lugar del que no obtenemos más que la punta del iceberg, que es esa reacción absurda y desenfrenada de preocuparse por las reprimiendas ante la pérdida del bolso. Tal como a Lynch le fascinaba aislar ciertas partes de la anatomía de animales que disecaba, el tipo aparta una parte de la reacción del todo esperable, volviendo su escisión e individualidad con respecto al todo algo innombrable, absurdo y terrorífico (como decía, el ojo de un pato fuera de la cabeza es una pequeña piedra preciosa, con un brillo casi maligno). Estos juegos de alteración de la parte y el todo, ese desfasaje de tiempos que también se pueden ver en los fallidos playbacks, como mi escena favorita en la filmografía de Lynch (la escena del Club El silencio), hablan de un universo que sólo podemos ver cuando salta una tuerca de su engranaje, un universo que aguarda por nosotros como las hormigas debajo del césped verde de la escena inicial de Blue Velvet.

*Chiste psicoanalítico completamente nerd

Tuesday, October 02, 2007

Tacos adolescentes
09:05
Spring will tear us apart, me digo mientras trato de esquivar las pelusas de los plátanos con toda la habilidad shaolin que alguien puede extraer de sí a las nueve de la mañana, cuando sólo durmió dos horas. Un día de estos voy a ir caminando por la calle y me voy a morir, así nomás, morir, quedarme tirado como estas pelusas al borde de la vereda. Este fue un año complicado para mi sistema nervioso parasimpático. Los insomnios se fueron radicalizando tan de a poco que uno ni siquiera se dio cuenta del todo. A mis catorce años me acostaba alrededor de las doce y media, durmiéndome con la voz de Homero Simpson como los arrullos de una buena madre. A los quince empecé a dormirme un poco más tarde, me quedaba viendo The X-Files, o tratando de encontrar una película erótica en el Cinemax o cazar alguna teta en el Wild On (sí, realmente triste, pero tenía quince años, che). Luego fueron los dieciséis, el I-Mesh, el Napster, el Morpheus (todos esos programas que nos decían que eran mejores que el anterior, cuando eran la misma bosta), luego la música, el Señor de los Anillos, las películas eróticas más sofisticadas del I-Sat (francesas sobre todo), los casetes alquilados que terminaban a las dos y media. Y así fue prolongándose, sintomática y tangencialmente hasta estas baldías mañanas de adsl, como lo dije en otro post, en la búsqueda del eslabón perdido del rock and roll en un grupo rumano, las películas de cinemateca que siempre devuelvo con retraso, los comentarios en blogs uruguayos, chilenos, argentinos, y la música, la música eterna y constante invadiendo células clóqueas, con el arrullo de Mark E. Smith creyendo que es Damo Suzuki, durmiendo con la luz violácea invadiendo las rendijas de la persiana, la voz de jorge Hané en el canal 26.
Siempre digo lo mismo, “hoy me duermo antes de las dos”, y son las cuatro y estoy despabilado como una lechuga (¿como una lechuga? sí, realmente necesito dormir). Llego tambaleándome a la clase, saludo a Pez Rabioso y me percato del remolino gigante en mi pelo. No sé si es antes o después de pegar el primer cabezazo, que pienso que mientras una gran cantidad de gente de mi edad se destruye las células nerviosas con alcohol, piñazos, drogas blandas y duras, yo me la doy con el tiempo, el desvelo delicioso y aparentemente eterno de la madrugada. Y como un drogadicto, al borde de la desintegración física y espiritual, mientras trato de entender lo que dice el profesor, digo y me lo creo por un momento, “esta es la última vez…”

13:18
La parada de 18, esa que queda en frente a la iglesia de Tacuarembó, ya nunca será la parada en que me bajaba para ir al dentista a mis quince años. Tampoco será la parada en que solía bajarme para ir a la casa de una ex novia. Todo cambió el viernes pasado, en esas dos cuadras que dejaron un agujero húmedo y lleno de basura, cual pozo de ascensor en mi pecho. Es impresionante cómo una mala experiencia puede infectar todo una porción geográfica, sin importar cuántas otras experiencias permanezcan ligadas a dicho lugar. Una canción que amábamos si se mezcla con el fallecimiento de un ser querido se convierte en el dialecto oculto de la muerte, una esquina en que nos robaron se convierte en un triángulo de las bermudas a evitar a toda costa, una camisa con la que nos acompañó en una noche de amor no correspondido es la directa culpable (y no de quien estamos enamorados) por nuestro infortunio. De cierto modo, no me puede parecer más preciso el dicho popular “quien se quema con leche, cuando ve una vaca llora”… y Uruguay está lleno de vacas, si las tendrá.
Lo que había sido un breve paseo por el centro se convirtió en una experiencia tremendamente perturbadora. Había algo que ya andaba mal desde el principio. Hay días en que el centro está particularmente bizarro con respecto a lo normal. Sí, uno suele toparse con esa vieja que duerme en Tristán Narvaja y Mercedes que no deja de tejer y destejer la misma ropa. Uno suele ver hurtos, una mujer gritando al cielo mientras un tipo corre como una flecha expresa por la calle, sin nadie que se anime a detenerlo. Pero no estaba preparado para aquellas dos imágenes que se me quedaron talladas en el borde de mi cerebro. Todo ocurrió en cuestión de dos cuadras, iba caminando para la parada de 18 y Tacuarembó, y a la altura de la estatua del Gaucho veo una cantidad de gente aglomerada mirando hacia el suelo. Por un momento pienso que estarán observando la rutina de un artista callejero, pero pronto me doy cuenta de que ese pensamiento es una simple evasión hacia la idea de lo que realmente ocurre ahí. Efectivamente, hay alguien en el suelo, en este caso un viejo, descamisado tres botones, como si se los hubiera desabrochado jadeando justo antes de caer al suelo. Le invaden ligeros espasmos, rítmicos, como una ola que nace en su cadera y termina en la punta de sus pies. Algunos tratan de intervenir con una total y lenta inseguridad, como una persona inexperta tratando de cambiarle los pañales a un niño ajeno. Un tipo tiene un celular contra la oreja y pregunta en voz alta si hay algún médico por la vuelta. Los espasmos son cada vez más esporádicos, cosa que me hace pensar por un momento que en cuestión de unos minutos el hombre saldrá de un acceso epiléptico sin tener puta idea de lo que ocurrió. Sin embargo, también se me ocurre que el enlentecimiento espasmódico podría ser una señal de cómo desaparece del hombre toda esencia vital. De una forma u otra, permanezco mirándolo, sin hacer absolutamente nada, con una especie de fascinación morbosa, intentando rescatar detalles de aquella imagen. Es ahí que reparo en el rostro del viejo. No sé en qué momento cambió, pero ahora su rostro es ceniciento, como si sus vasos capilares comenzaran a drenar porlan en vez de sangre. Y ahí veo su iris celeste, mirándome a través de sus párpados entornados. Me está mirando a mí, esos ojos inexpresivos desembocan unívoca, endorreicamente a mi iris negro, via aferente a la corteza de mi lóbulo occipital y alma. Hago zoom out, veo el rostro entero. No parece dolorido, ni siquiera extrañado. Se encuentra plácido, sereno, como preguntándose por qué tanto lío por un viejo en el suelo. Y entonces pienso que a lo mejor es un reto, el tipo con su muerte se me ríe de mí, en mi cara, remarcándome mi estupefacta inacción. Pienso que aquel viejo me dice “yo sabía que iba a terminar así, con vos mirándome con esa cara de cagón
Todo aquello duró aproximadamente veinte segundos. Sigo mi camino, aún recordando esos ojos celestes. Cuando llego a la parada, se me ocurre en un principio sentarme en los banquitos de metal, pero por un capricho al que estaré eternamente agradecido, prefiero esperar parado, un poco del lado de la calle. Mientras me confundo un ciento ochenta y pico con un 121, escucho unos extraños gritos de vieja que se alzan detrás de mí. Veo y es una vieja muy gorda. En sus piernas elefantíticas, hay un azul río de várices que desembocan en unos tobillos inmensos, en los que veo extrañado una bombacha que pende de ambos. Y recién ahí entiendo los gritos: “¡Me cago, me cago, alguien ayúdeme que me cago!”. Veo el rostro de desesperación de la vieja y vuelvo mi mirada a la calle, esperando un ómnibus que me salve de tal situación. Pero lo peor está por venir. Vuelvo la vista y la vieja sigue gritando “¡hijos de puta, que alguien me ayude por favor, ahh, me estoy cagando!”. Y entonces mi vista se desvía hacia el banquito, y ahí veo la caca blanda de la vieja, goteando desde la estructura de metal hacia las baldosas. Más allá de la conducta obviamente extraña, hay algo en su grito que toca las aristas de la locura e incluso lo trasciende. Hay algo en esos gritos, y en esos gemidos, mientras parece como si sufriera y disfrutara a la vez haciéndose encima, ahora limpiándose con fruición con un papel higiénico que sacó de un bolso. Con lo único que lo puedo comparar es con aquella impresionante escena de la violación de Isabella Rosellini a manos de Denis Hopper en Terciopelo Azul, el tipo gritando “Don’t you fucking look at me!” y “Baby wants to fuck!”, mientras toma un pedazo de la bata de la tana, metiéndoselo en la boca con pasión. Toda la gente mira para otro lado, incluso con miedo, mientras que la vieja sigue con su infernal soliloquio. Miro de vuelta la mierda tibia, cayendo de a pedazos sobre las baldosas. Todo permanece en un terreno incierto. Lo único que recuerdo de lo que sucedió después es haberme subido a un ómnibus sin siquiera saber su número, llegar a mi casa y pegarme el baño más extenso y minucioso de mi vida.
Y ahora, una semana después, estoy cansado, como dije, dos horas de sueño no son recomendables para ninguno, pero nunca me sentaré en ese banco, esos dos recuerdos se anudan como un mensaje oculto que por no descifrarlo me perseguirá por el resto de mis días. Espero como la otra vez, en la calle, y me doy cuenta de que hasta la sombra de la parada me parece infecta.

13:25
El 104 es más fiel de lo que se mantiene en el folclore popular. A no ser por una mala jugada que nos hizo pasar a el fino y a mí en Carrasco, de todas las veces que me vuelvo del centro, me tomo este ómnibus un 35% de la veces (lo que, en comparación a las frenéticas y constantes visitas del 121 a las paradas, es una cifra ponderable). Espero en la perturbadora parada de la que venía hablando, y cuando subo, saco un billete de cien. El chofer-guarda no se exalta, saca el cambio con un remarcado automatismo, pienso que dirigiéndose a Carrasco, el tipo debe estar acostumbrado a los rostros de Fabini (qué prejuicioso, qué cosa, che). Encuentro un asiento contra la ventanilla en la mitad del ómnibus, y pongo uno de los temas más pacíficos que se hayan podido componer en la historia (Ruta a 80 de Jaime sin tierra). En otro post ya lo había dicho, pero la venganza del pop luego de tanto tiempo sepultado por los escombros de distorsión, debe tener algo que ver con mi vida, capaz que me estoy ablandando, no sé. Aún así, el extraño dolor de panza y las dos horas de sueño me mantienen los pies en la tierra e impiden que me eleve demasiado en esa nube de placidez que largan mis audífonos. Comienzo a sabotearme, como es costumbre, pienso en el toque de Buenos Muchachos que no voy a ir por mi maldita uruguayez (esa mala costumbre de dejar las cosas para último momento, que en general no es muy recomendable a la hora de comprar entradas anticipadas), y pienso en la vieja, sus gritos, la mierda goteando desde el asiento hasta las baldosas y el ojo gris del viejo, observándome sereno. Vuelve el malestar y lo único que me queda es mirar para adelante, el ómnibus que dobla por Eduardo Acevedo, pasando por el querido Unibar y lo que antes era el Nat Capiloncho. De repente me percato de dos tipas que están en los asientos de más adelante. La morocha está vestida con su ropa liceal: pollera gris hasta las rodillas, camisa blanca y la clásica corbata semi desabrochada de las doce del mediodía. La rubia lleva una colita tirante y el cabello cae copioso en punta, anda de short y con una camiseta a rayas horizontales azules y blancas… hockey, digo por sobre la voz de Nicolás Kramer. Me quedo unos segundos viéndolas, preguntándome qué es lo particular de todo aquello. Y entonces me doy cuenta de que por alguna razón, una está sentada en el extremo izquierdo del ómnibus y la otra en el extremo derecho. La rubia lleva la cabeza apoyada contra la ventanilla, se ríe como quien se ríe de un secreto que no quiere compartir, y con una ceja levantada escucha el cuento de la morocha, cargado de mímica, desde el otro extremo del ómnibus. Hay un breve segundo de silencio, ellas se miran, se quedan sin decir nada y se ríen, se ríen así nomás. La morocha tiene las manos sobre el regazo y mira para abajo, como riéndose de un recuerdo avergonzante, y la rubia sonríe serenamente con la vista perdida en la calle, mientras el sol le da en el rostro sin encandilarla. Pienso qué es lo que las lleva a sentarse en lugares separados, cómo pueden estar tan alejadas pero tan juntas al mismo tiempo, cómo es que a pesar de estar separadas por un pasillo, están tan entrelazadas por una misma risa, por un mismo juego de cuyas reglas no logro descifrar. Pero por alguna razón, esa lejanía no hace más que acentuar aquel momento perfecto, de esas risas en cámara lenta, con el fondo sonoro de ruta a 80, como si todo eso fuera la definición de algo más, de una perfección intangible, difícil de prever o ponerle nombres. Es una perfecta escena para una película, las dos tipas hablando ahora de vuelta, pero cada una desde su extremo correspondiente. Y ahí es que me doy cuenta de que no podría ser de otra forma, ellas dos tienen, deben sentarse ahí, y las dos chetitas estarán hablando de pantalones Magma, de una noche en Lotus, del nuevo disco de Babasónicos o un secreto de una amiga en común, y no lo saben, pero ocupando sus respectivos lugares mantienen un equilibrio de algo que va más allá de ellas y de mí, de este ómnibus, de Jaime sin tierra y el nuevo equinoccio que nos está matando lento y dulce. Ellas tienen que estar sentadas ahí, como equilibrando con su simetría algún tipo de fuerza intangible, un sistema de pesos y medidas astral que podría descalabrarse y terminar con todos y todo en el momento menos previsto. Y lo más probable es que por Arocena se levanten de dichos asientos y la rubia y la morocha se vayan cada una para su casa o para la clase de hockey, posiblemente olvidándose de su charla para la hora del almuerzo, sin saber que estoy completamente agradecido por ese momento tan particular que me hicieron pasar.

17:06
Luego de haber comido y chequear cosas diarias de la computadora, me doy cuenta de que no engaño a nadie, y que por más sueño que tenga, no voy a poder acostarme, dormir y sentir como que aquello es aprovechar el tiempo. Tenía que hacer un par de cosas por Pocitos, imprimir un material que hace tiempo lo tengo en stand by, visitar a mi primo, devolver la película Hapiness con dos días de retraso (en este post iba a extenderme sobre dicha película, pero me parece que lo dejo para otra ocasión).
Agarro por Tomás Diago, y en el Ipod elijo Sunday de Sonic Youth. Hay algo que cambia cualitativamente en el entorno cuando caminás con determinada música en tus audífonos. Ya había hablado de la experiencia cercana a la lisergia que sentí en Atlántida al escuchar Keen on boys, pero posiblemente ello haya sido una conjunción, no sólo de la buena canción, sino del estado de euforia de volver a aquel lugar que tantos recuerdos me trae. Pero con Sunday es distinto, el efecto que genera en mí es infalible, siempre el mismo. Luego de esa especie de corto riff, al entrar las guitarras siento que mis pasos cobran una diferente dimensión y se vuelven uno con el ritmo tan marcado de aquella canción. Esto me lleva a plantearme que hay canciones específicamente construidas para caminar, de las cuales, en mi caso particular rescato tres:
Sonic Youth-Sunday
Ya venía hablando de ella. Cuando camino al son de aquel ritmo marcado, se reactiva algo en la dimensión adolescente de mi persona, por un momento se hace patente ese nihilismo juvenil, cercano a 25 watts, pero en una dimensión más dramática y, por así decirlo, oscura. (...)Sunday comes and sunday goes/Sunday always seems to move so slow/To me, here she comes again/A perfect ending to a perfect day/A perfect ending, what can I say/To you, lonely sunday friend?/With you, Sunday never ends. El otro día escuchaba la canción Domingos de Buceo Invisible, que maneja más o menos la misma esencia triste y solitaria de los domingos, pero un poco más apoyada en una dulce melancolía. Como decía, me parece que La juventud Sónica le da una dimensión más oscura a aquella abulia, teniendo bastante de esa teenage angst, pero de una manera mucho más sutil que Nirvana (y ni mencionar a las bandas Emo o Nü Metal). Lo que siempre creí, es que hay algo particularmente brillante en la cualidad interpretativa de la voz de Thurston Moore, que logra que las palabras tengan otra profundidad completamente inimaginada. Por ejemplo, tenés la canción Teenage Riot, y si uno lee la letra, podría ser cualquiera de la desbordante cantidad de himnos adolescentes que se han compuesto. Sin embargo, hay algo en la forma de decir cada palabra que resulta completamente creíble, que le da a la frase un significado por completo diferente (algo que le venía comentando a Pez Rabioso sobre el verso “get in the car” que canta R.Smith en Fascination Street). Es una obsesión que me ha invadido últimamente, la dimensión de las palabras en su cualidad interpretativa, más que puramente semántica. En fin, cuando me pongo Sunday en los auriculares, siento que camino en cámara lenta, engrandeciéndome en un mundo más perverso y aburrido del que realmente es.
Pavement- Range life

Considero que desde su sensibilidad indie, candidez y ritmo, Pavement es la banda perfecta para caminar, pudiendo sentir algo similar, pero bastante diferente a la música de Sonic Youth. Realza en mí una dimensión similar de la adolescencia, pero una mucho más plácida, como una dulce esencia diletante, una especie de canto loser del cual no es conmiseración. Range life, entre todas las canciones de la banda de California, es mi favorita para dichas circunstancias, sobre todo en los días soleados, o en los que uno siente urgente necesidad de sentirse bien. Mis pies caminan en un ritmo diferente, y de cierto modo, quizás por los guiños medio folk o country de la canción, me siento un poco como Jon Voight en “Midnight Cowboy”, caminando con ese gorro de vaquero y la pequeña radio en la mano, mientras se escucha la hermosa canción de Harry Nilsson.
Joy Division- The eternal

Con Curtis y cia es distinto. Es una canción que utilizo especialmente para los días brumosos, sobre todo esas mañanas invernales que a uno pueden destruirlo, a no ser de encontrarle su belleza. Mantengo firmemente que esta es la canción más deprimente que se haya hecho (aunque en letras, hay otras de Lou Reed y otros perversos que pueden ser peores), sobre todo por ese trasfondo fúnebre sobre los que se alza la voz de Curtis, y esa pequeña sección de piano que hiela la sangre. En días tan fríos y brumosos como esos, al menos es un buen consuelo por un momento creer que se está en Manchester.
En toda esa caminata, me percato que lo único que pude efectivamente pude hacer fue visitar a mi primo, pero por la hermosa musicalización que me acompañó el trayecto, siento que no fue en ningún sentido una pérdida de tiempo.

19:30
Con mi primo y su novia comemos algunos bizcochos, y a mí me viene la irresistible tentación de mirar la rambla por su increíble ventanal. El se ríe por esa fascinación, diciendo que después de todo, aquello sólo es agua, pero yo, como muchos otros, me quedo completamente embelezado por aquella vista. Parece que ya vamos a empezar a acostumbrarnos al calor. Ya era hora. La visión de la gente corriendo o sentada de chancletas, me hace acordar al primer epifánico día de calor de hace unas semanas, luego de un infierno tan crudo. La gente realmente estaba feliz, en la rambla, en la calle, vistiéndose (quizás de una manera excesivamente apresurada) con sus ropas de verano. Sentado al lado de la prefectura le comenté a un amigo que todo aquello me hacía acordar a esos pueblos que salen a recibir a la lluvia luego de meses y meses de sequía, pero en el sentido inverso. Nos quedamos sentados, mirando los rostros de la gente, y uno sabía que había muchas complicaciones detrás: inconformidad, infidelidades, plata, no plata, instintos sexuales frustrados, nostalgia y crisis existenciales, pero estaba calor, y eso era suficiente para que gente de todas las edades y clases sociales estuvieran felices (y en un mismo lugar, como ocurre en la rambla). Cuando me estaba yendo, vi en la placita Trouville a una gente bailando sin música (un espectáculo bastante particular), y le comenté a mi amigo:
-Después decimos que somos un pueblo triste.
02:00
Ya es un sábado, dos de la mañana. Las del octavo subieron los decibeles muy por encima de lo permitido y algo que podría ser Cattaneo, Tiesto, Oakenfold (en realidad no importa) está tirando el edificio abajo. La música toma las copas de la cristalera, el vidrio de la ventana, mi cabeza. Se escuchan tacos, tacos adolescentes como granizo en mi techo. Y realmente sería algo irrelevante si no estuviera releyendo “El extranjero” en este preciso momento. Es un sábado, las piernas jóvenes arriba y yo leyendo “El extranjero”. No porque tengo, ni siquiera reprochándomelo, sencillamente porque quiero. Hago fuerza mentalmente, intento atesorar este momento, como un momento crucial que define el carácter de uno. Las dos horas que dormí ahora cobran factura. Antes de que me venga el sueño y deje el libro por el cuento del checoslovaco, pienso que así recordaré estos años cuando sea viejo, y me dejo caer dormido, arrullado por las piernas, la noche joven y los cristales trepidantes.

Monday, September 24, 2007

Breve introducción a las variaciones semánticas, éticas y estéticas entre las escuelas de rock

El fin de semana me llegó de parte del amigo Guzmán, este divertido texto sobre las diferentes resoluciones por las que optarían las diversas escuelas del rock contemporáneo (especialmente las metaleros), sobre la clásica y conocida gesta del caballero, la doncella y el dragón. Más allá de lo gracioso que puede ser la utilización extensiva e indiscriminada de estereotipos, anduve navegando por los oscuros y neblinosos reinos de los blogs metaleros y me sorprendió –bueno, en realidad no tanto- encontrar que la realidad supera a la ficción, siendo la utilización de la estética tanto como la semántica absolutamente predecible, capaz de reducirse a una ecuación en la que hasta una computadora con Windows Vista podría a llegar a elaborar, por la simple permutación de metáforas e imágenes, una buena canción de amor o autodestrucción. Como ejemplos más drásticos, podemos contar con bandas como Nightwish, que dedican enteramente su existencia a cantar sobre gestas vikingas y cuya rigurosidad nórdica supera a la religiosidad de un coro gospel de Alabama. También, las bandas de Black Metal, por más que intenten hablar sobre la temporada de teatro de revista de Mar del Plata, aparentemente nunca dejarán de recurrir a la imagen de Lucifer, cuerpos líbidos y textos de Lovecraft. Sin embargo, aunque de una manera menos radical y un poco más laxa, podría decirse que muchos otros géneros del rock o su padre, el blues mismo, también mantienen cierto rigor temático y estético a la hora de elaborar sus canciones, produciéndose algunos lugares comunes más que graciosos.
Resumiendo, todo esto me dio la idea de elaborar unas cuantas letras de rock, partiendo de la base de cómo hablarían, semántica, estética, ética y estilísticamente, sobre un amor contrariado (elegí este tema porque suele ser uno de los más vagos, universales y paradigmáticos de la música), algunas diferentes ramas de la música contemporánea, desde el power metal, hasta la trova rockera. Empecemos por las bases:

Blues (*1)
Oh Bessie, Bessie, Bessie
Te escribo esto
Desde la cama de mi celda
Oh Bessie, Bessie. Bessie
Te escribo esto
Desde la cama de mi celda

Sé que prometí no volver a hacerlo
Pero fue una cuestión de honor
Tuve que matar a Filmore ray Lemon
En Memphis con mi calibre .32

Tiré mi pistola
Y me escapé de la jurisdicción

Salté a un tren de carga
Que iba hacia Vermont

Pero Lightining Jonson
Por unos pavos(*2) me traicionó

Y le dijo a la pasma
Cómo atraparme en aquel vagón

No te miento, Bessie

Si te digo que luché con valor
Pero el valor no sirve de mucho
Cuando tienes un litro de Jack Daniels en tu corazón

Ahora te extraño, mi Bessie
Desde la celda de esta prisión
Espero mi sentencia
Con el buen tuerto Earl, tocandote esta canción

Sueño con cumplir mi condena
Pasearte en mi Chevi
Y que te vistas tan mona como siempre

Pero maté a aquel tío en Memphis

El ciego Louie me dijo
Que todos los trenes conducen a Vermont
Y en esta mañana me imagino llegar

Llegando entre sueños
A tu casa, en un vagón


*1 (Esta canción está inspirada en los útiles consejos de Walterhego sobre el mundo bluesero en este post)
*2 (En base a que gran cantidad de novelas con cierta estética bluesera que llegan a nuestra región están traducidas a un español medio gallegoide, es preferible optar por palabras como pavos en vez de mangos, camellos para referirse a traficantes, etc.)

Rock hardrockero setentoso

Hey nena (*3)me encanta como te mueves
Sacude esa cosa
Quiero verte sudar


No corras la cara
Hagámoslo en el baño, nena
Quiero ver de qué estás hecha
Móntate en este Marshall(*4) en celo
Que te llevaré en mi Cadillac hasta el cielo


Hay joyas y diamantes

Hay merca y una mansión
Puedes tener todo esto
Si solo te sigues meneando
Sudando como las otras chicas
Al son de este rock and roll

Vamos nena
Quiero hacerte el amor
Quiero que veas
Lo que la biblia no decía

De Adán y Eva
Antes de su expulsión

Hey nena
Tengo un sexy rock and roll
Esperando por tí
En el bolsillo de mi pantalón


*3 (La virilidad de un hardrockero es directamente proporcional a la cantidad de veces que dice nena)
*4 (Los Marshall y las Gibson SG tiene un tratamiento similar y carga libidinal a las espadas de la mitología metalera)

Power Metal
(prólogo de cinco minutos con un solo veloz de guitarra Ibanez Xiphoos, acompañado con Violines, Cellos y el siguiente coro):
A Elbereth Gilthoniel

A Elbereth Gilthoniel (*5)

Cabalgando hacia el Este

El caballero negro sueña con su amada
Que espéralo en el castillo enjaulada
En las oscuras mazmorras de Hëngtvêlala(*6)

El amo oscuro había tendido su velo

Pero cabalgando sigue, nuestro noble caballero
Ni Odín, ni Loki y con su fuego eterno

Ni a el, ni a su corcel podrán detenerlo

Desde las colinas de Fangorn

Desde el árbol de Ygdrassil viene sin parar
A recuperar a su amada

A acabar con el Mal

No impórtale cuánto cabalgue
Si tiene que recorrer la distancia de Jormungard
Tiene a Thor de su lado

Y a Excalibur lista para desenvainar

Y llega al castillo
Y decapita a amo oscuro

Con el yelmo bajo el brazo
Escucha de su amada unos susurros

Y ahí la encuentra
Sumida en su último sueño
"Demasiado tarde", dícese
Y excalibur sella el fin de nuestro noble caballero


*5 (En este caso es un himno elfo a Varda, la tierra peridida de aquel pueblo en la obra de JRR Tolkien. De más está decir que cualquier verso que involucre a los elfos, enanos, dragones o una orden de caballería viril y místic es completamente bienvenido)

*6 (Lo bueno de los nombres, es que puedes inventar los tuyos de manera que te permitan completar una rima complicada, siempre y cuando dichos nombres tengan al menos dos diérsis o runa élfica)

Metal Progresivo
Prácticamente lo mismo que con el Power Metal, sólo que se extienden los solos de cinco a quince minutos y se permite recurrir a otras mitologías más allá de la nórdica (mitología egipcia, griega, esoterismo, alquimia, o el contrato social de Rousseau)

Black Metal
Entre la bruma del pantano envenenado
La oscura silueta de la criatura espera sedienta

De un nuevo sacrificio que camina
Envuelto en tules de seda

Omnen credi, master Luciferus

Hice un pacto con los dioses del metal
Me dijeron que tendría la eternidad
Si lograra llegarte a besar

Mas no claman por un beso común
No claman por la epidermis suave
Ni saliva, ni dos lenguas enroscadas de serpientes
Como gusanos arrastrándose en el cadáver
De un recién nacido enterrado sin muerte

Gelhhelen doung för Walpurgis

Ellos quieren que cortemos nuestros labios

Con esta hoja de afeitar
Quiero besarte
Sintiéndo tu sangre tibia
Fluyendo como manantial


El diablo puso tu semilla en tu vientre
Y con este cuchillo y con esta garra
Entre sangrías dulces
De tus entrañas lo voy a sacar

Un aborto o un parto precipitado
Es lo mismo, todo sea por Satán

nórep aviv, natas a adiv gral
(es un mensaje dado vuelta, está en ustedes descubrir el significado)

Cuando tu cuerpo virgen yazca flotando
Como la bella doncella que custodia el rojo lago
Le haré el amor a tu líbida carne
Y sé que reirás serena

Porque al fin tendrás
Tu trono de sangre

Heavy Metal
(idem a Hard Rock setentoso, sólo que con guitarras dobles o triples-cuanto más, mejor-, estribillos como Girls, Girls Girls y solos con tapping y sweep picking)

Nü Metal (también aplicable a Emo Punk)
Creo que sientes lo que siento
Ocultando nuestros secretos en la oscuridad
Sé lo que se siente

Encontrarse en un hogar vacío
Soportando la carga de tanta futilidad

Sé lo que es
Sentir que no tienes padres ni amigos
Acurrucarse desolado
En un rincón de tu habitación
Donde todos han partido


(Estribillo cargado de scratches o violines sintetizados):
Y te mantendré
En una cajita sin abrir
como una bailarina de cristal
encontrando tu silueta en las sombras
de esta densa oscuridad

Quisiera arrancarte
de mi corazón
Pero sé que nací para no ser querido
Mirándote a escondidas, entre suspiros
A tres bancos tuyos
En este salón perdido

Y Caminaré sólo
Por este solitario camino,
sin ti, sin un hogar
Esperando que en algún recreo
Tan sólo por un instante
Me llegues a mirar

Mi vida es un oscuro abismo
Mamá, papá, donde están?
Me siento tan sólo
Perdido en tanta oscuridad


Estribillo

Pero en mis sueños bailo contigo

Aunque sé que te irás con el prom king
Ni bien cuando despierte
Y esta es mi última carta
Bailaré contigo para siempre

(no subestimar el efecto conmovedor de un verso como “I’m falling!” y "Me encuentro sólo navegando con mi barca en esta tormenta de sentimientos)

Grindcore
Huuhhhuooo
Grrrr
Blaaarrrrggggj
Fmmmuaaaafggh
Herrr Herrrr Heeerrr
Haaaaa
(Explota un parlante, sonido de gritos, ruido blanco y una licuadora en pleno funcionamiento, con piedras en vez de fruta)

Hardcore
Mina, mina!!!!
1,2,3,4,9,10 , 1,2,3,4,9,10

Auuughh, mina, mina
1,2,3. 1,2,3
Broooooohhhhh
Meat is murderrrr
(lamentablemente, los treinta segundos de la canción no dieron para desarrollar un poco más la letra)

Punk adolescente ramonero
Although you don’t want me around
I knooo-oo-ow you will be mine
You’re my giiirl oh oh
I just knooww
You’re my giiirl oh oh
I just knooww

Cause althooouuggh oh oh

Everybody’s trying
Te tear us apart
I know you’re gonna be my girl
No matter wha-aa-aat

We’ll be sticked like glue
I just knooowww
We’ll be together
Like teeth and bubble gum

Although you don’t want me around

I knooo-oo-ow you will be mine


You’re my giiirl oh oh
I just knooww
You’re my giiirl oh oh
I just knooww

Banda Mod uruguaya
(más o menos de la misma sencillez que el punk ramonero, sólo que se prefiere los shalalala a los oh yeah y se hace extensivo y absolutamente necesario el uso de palabras del slang británico –bollocks, bloody right, mate, pal, o Wonderwall- no sea cosa de que la gente piense que son uruguayos)

Banda de rock trova, inspirada en el folclore y revoluciones latinoamericanas
He visto manos vacías
Bocas rotas
Y hombros fríos
sin la lumbre que ilumina
ante el abrazo amigo

Y el tiempo pasa
Y nos vamos poniendo viejos
Y yo te sigo queriendo
Y vos siempre tan distante, compañera
Como nuestros países hacia nuestros pueblos

Hay cosas más importantes, lo sé
Siempre has sido mi compañera
Y siempre hubo otras cosas por vencer
Pero esta canción te la canto
Con una guitarra sangrienta
Con estas manos de herrero

Ampolladas por estos golpes sin doler

No hablemos del amor compañera
Porque el hombre es lobo del hombre
Y yo tan solo
Quise ser pastor

Cuando el pueblo sea su amo
Será ahí, que desde Sierra maestra
En las constelaciones este huidizo sueño
Te abrazo, compañera

*7 (Es vital que términos amparados en históricas relaciones de poder como nena o chica, sean supantados por otros como compañera, en donde la horizontalidad y coparticipación se hagan evidentes)
*8 (La finalidad sexual típicamente burguesa, deberá ser dejada de lado o en letanía por el bien colectivo)

Shoegazer
Love (bzzzz) footsteps….
Empty… just (bzzzzz)
Another state of…

Walking in (bzzzz) into suicide…
(esto es lo único que se puede sacar en limpio de entre la distorsión de las guitarras y los susurros del tipo con los lentes negros mirando al suelo)

Rock psicodélico setentoso
En el desierto vimos
Un colibrí con plumas de metal
Tratamos de tocarlo
Pero todo el aire
Se volvió polen de vidrio nena
Aliento de dragón

Navegamos en el interior
De esta ballena de cristal
Mira las luces nena
Mira como las medusas
Levantan sus copas
Vamos a bailar

(Esta parte la recita detrás de una marcada línea de bajo, con algunas sítaras y bongós):
Y hablamos con un hombre
Que no estaba ahí
El decía que con su daga
Había esculpido en el cielo
Rostros de una mujer
Llorando desde las nubes
Sangre y miel
Y entramos en la máquina blanda, nena
En una nube estaño de simetría y color
Y decidimos matar a nuestros ancestros
Con la daga que nos dejó aquel señor
Pero el metal frío se desvaneció
Y todo terminó
Siendo un nudo de serpientes
Ahorcándonos a los dos

Y desatémoslo baby
Vamos nena
Monta la serpiente
Monta la serpiente
Moooooonnnnnttaaaaaalaaaa yeah
(solo de hammond de treinta y cinco minutos, mientras el tipo se arrastra por el piso, masturbándose, gritando serpiente o c’mon, yeah, móntalaaaa, sí, monta la serpiente, nena, vamos)

Monday, September 17, 2007

Calmando a las fieras
En High Fidelity, John Cusack se pregunta “Did I listen to pop music because I was miserable, or was I miserable because I listened to pop music?”, bueno, yo podría decir exactamente lo mismo suplantando el sustantivo “pop music” por “punk music”. Una vez había leído en una página que la escucha del metal dependía mucho de cómo habían sido resueltos los conflictos en la adolescencia, como había sido tramitado esa especie de deseo de reivindicación apelando a una ultra masculinidad que permitiera hacer caer a nuestros detractores (o como muchas veces pasa, quienes queremos creer que son nuestros detractores). Yo creo que con el punk no hay mucha diferencia, aunque quizás se suplantaría esa virilidad enmascarada por un anhelo de destrucción más incorpóreo, un espíritu de destrucción en el cual no necesariamente hay un decapitador blandiendo un hacha o la espada excalibur, sino más bien un pibe encerrado, esperando ver a la gente en la calle corriendo prendida fuego. Por supuesto, esto hablando de la veta violenta del punk, no estamos hablando de Rock and Roll Highschool ni Rock the Casbah.
La cosa es que uno a sus veintiún años hace cierto repaso de su vida (sobre todo alguien que tiene un sentido bastante trágico de la existencia) y uno analiza cuánto han cambiado las cosas desde los primeros años de adolescencia hasta ahora. Haciendo un recorrido por mi discoteca, entre muchas cosas de las que me siento un poco avergonzado (que por supuesto no mencionaré), encuentro a músicos romanticones como Matchbox Twenty, Al Green y hasta Barry White, gordo que lo sigo defendiendo a muerte más allá de todo lo que me digan. Lo que me viene en particular, son recuerdos de en qué circunstancias escuchaba esa música… Solía encerrarme en mi cuarto, cerrar las persianas y escuchar los discos en completa oscuridad, mientras el sentido de la canción se develaba a medida que mis pupilas distinguían formas entre la negrura de la habitación. Sigo teniendo un casete que se llama “Música para escuchar de noche”, que lo escuchaba en mi walkman (por si se olvidaron del artefacto, acá les dejo una foto) incluso dentro de casa (no tenía aparato con casetera, y en aquella época hacer un compilado en cd era más complicado que sacar la ciudadanía española). Solía reservarme mis espacios, construir el escenario para escuchar esta música. Casi todos los viernes, cuando mis padres se iban a dormir, me dirigía al living, apagaba las luces y miraba desde el séptimo piso al Montevideo que yo creía dormido (mucho antes de descubrir todas las variantes que ofrecía la noche), escuchando Never, never gonna give you up, Fake plastic trees o It ain’t over ‘til it’s over. También caminaba por la playa, y podía tener una buena capacidad predictiva de cuándo era el plenilunio o el cuarto menguante. Con el tiempo la luna dejó de tener fases, el walkman se suplantó por un Ipod con una capacidad babilónica de almacenamiento y con él mis caminatas nocturnas en la playa Pocitos se fueron tiñendo del oscuro miedo a que me robaran. Haciendo este repaso, en cierto modo, lo que he avanzado en conocimientos lo he perdido en profundidad, por más que ahora que repase ciertos momentos todo resulte medio emo, melodramático y hasta cursi. Porque sí, en un repaso, ciertas formas de actuar pueden parecer ridículas, pero en aquel momento era algo completamente real y sentido, y analizar despectivamente este período es como querer apostar a las carreras del domingo con el diario del lunes. Había como una intención de encontrar cierta armonía con el mundo y conmigo mismo (ya sea por estos paseos admirando el entorno o los mismos largos soliloquios que mantenía en mi cabeza durante dichos paseos), algo que se fui dejando de lado con el tiempo por llegar a la conclusión de que tal conexión era ficcional.
Retomando con el tema del punk, creo que el golpe de gracia a aquel universo sentimental del que nunca había salido del todo, ocurrió en México, en esa especie de vacaciones-exilio en Guadalajara, que me hicieron tomar mis padres cuando tenía veinte años. A mi el punk nunca me había convencido, asociándolo principalmente a bandas como Trotsky Vengarán o 2 minutos tocando covers de los Ramones, o al amigo Kurt, que no sé si por llevarle la contra al Oliver (un amigo del que hablaré en algún post futuro), o sencillamente no concordar con ese sentimentalismo pop tanático, nunca llegué a aceptar del todo. Puedo recordar perfectamente el día en que todo cambió. Por pura curiosidad me había bajado el Daydream Nation y me lo puse a escuchar a las nueve de la mañana, cayendo irredimiblemente dormido. Creo que fue en The Sprawl que tuve una sensación onírica y cinemática, viendo a Kim Gordon (con aquella voz me la imaginaba rubia, pero mucho más bella de lo que terminó resultando ser) cantarme “you can buy us some more more more more” en un deshuesadero de autos. Me desperté alrededor de las once y puse el disco de vuelta. Lo escuché una y otra vez durante ese día y toda mi estadía en Guadalajara, pronto volviéndome completamente permeable a los ruidos blancos, los acoples y aquellas afinaciiones tan poco ortodoxas. Supongo que necesitaba un sonido un poco más sofisticado (porque después de todo, Sonic Youth es una especie de punk progresivo), pero lo que sí resultó evidente, fue mi gradual pasaje a aquel mundo más agresivo y oscuro, al que siempre había huido en mis años de primigenio acercamiento melómano. El tipo que escuchaba Creep y Viernes 3:00 Am, empezó a escuchar Joy Division, Suicide y el Metal Machine Music, dejando a Tolkien y los cuentos más simpáticos de Cortázar en un cajón y poniéndose a leer Onetti y Selby jr, dejando las comedias románticas por Kieslowsky o el misántropo de Lars von Trier.
Dándome cuenta de que si bien esta música me ha dado mucho, en cierto modo también me ha estado destruyendo (esas dulces automutilaciones), afortunadamente, en estos últimos meses he accedido a cierta música que parece un manotazo de ahogado en toda la fría coraza de decibeles que me he dedicado a construir en estos últimos años. Es muy probable que a pesar de la bondad de estos temas siga siendo el amargado de siempre, pero al menos estos domingos eternos van a estar bien musicalizados. Sí chicos y chicas, Agustín goes pop, y acá le presento tres discos que son capaces de alegrarte un día o provocarte un suicidio (pero siempre en una atmósfera más que placentera). Son discos que son incapaces de molestar, de esos que aún subiendo su volumen hasta provocarle una aneurisma a tu perro, ningún vecino se quejará, y hasta quizás te pida que lo pongas otra vez. Este es mi intento de redención, acá le van tres temas de tres discos imperturbablemente serenos o, como yo digo, música para calmar a las bestias:

Nick Drake-Pink Moon (del álbum homónimo)

Si bien ya había escuchado a Nick Drake a mis diecinueve años, el primer acercamiento real a dicho músico provino de una manera un tanto inverosímil. Fui a Cinemateca a ver Tarnation con DEG (una película de la que habría que separar un post individual), y en una parte del filme, el actor principal dice de haber tenido un novio que tenía un tatuaje de Nick Drake en la pierna. Vaya uno a saber por qué, pero la simple idea de alguien con un tatuaje de aquel melancólico cantante folk me ocupó la mente por completo. Deseé poder escribir en mis cuentos sobre un personaje con ese tatuaje, y fue tanta mi obsesión que empecé a escuchar este disco más intensa y profundamente que antes.
Sobre Nick Drake, no se puede decir mucho más de lo ya dicho, y en cierto modo, quedarnos con su ambiguo suicidio es más una forma de celebrar su muerte que celebrar su vida (además de que no me parece que pueda entrar en la misma categoría de artista autodestructivo como Curtis o Cobain). Sí me parece fundamental tomar su melancolía como un motor pocas veces tan carburante en la historia de la música.
Con una capacidad para la melodía casi innata, el penúltimo disco (en general, oficialmente considerado el último) de la discografía de Nick Drake no hizo sino acentuar la melancolía cercana a una desesperación serena que venía un poco más tapada en sus otros discos (Bryter Lyter y Five leaves left). Cuando uno lo escucha, puede ver a un tipo que encontró la paz más aterciopelada y perfecta en la mayor tristeza jamás pensada (algo que llevaría a otros tipos de diferente estirpe a putear a la sociedad, volarse la cabeza o leer a Jorge Bucay). Creo que la canción que abre el disco es más que ilustrativa con respecto a este sentimiento.

“I saw it written and I saw it say
Pink moon is on its way
And none of you stand so tall
Pink moon gonna get ye all
And it's, yes it's a pink moon
Pink, pink, pink, pink
Pink, pink moon.
Pink, pink, pink, pink
Pink moon.”

Nick Drake era un tipo al que se le podía encontrar una cierta herencia romántica por establecer, ya no paralelismos psicocósmicos, sino más bien quitar el “como si” y sencillamente hablar de sus sentimientos en términos geográficos y atmosféricos. La luna rosada, más allá de su belleza aparente, esconde algo que no llega a ser amenazante, pero por alguna razón algo de inquietante uno puede percibir en su presencia. Porque después de todo, lo rosado en una luna no es otra cosa que un tipo distinto de sombra. Esto lo vemos en los versos “Y ninguno de ustedes está a tanta altura/la luna rosada irá por todos ustedes”. En cierto modo, presiento lo que venía afirmando: detrás de todo el minimalismo lírico del tema, se siente la presencia de algo irredimible de lo que uno no puede escapar, pero que a la vez es hermoso, envolvente y perfecto como una luna rosada, como la tristeza aceptada como tal, como un duelo del que no se puede, ni se quiere escapar. En cierto modo, la congoja y la paz perfecta indisociables en una misma canción, una paz que tiene tanto de vida como de muerte.
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The Radio Department-Keen on Boys (del album Lesser Matters)

Como el ochenta por ciento de los uruguayos que tuvieron acceso a The Radio Department, mi primer contacto con la banda fue a través de la discutible película de Sofía Coppola, “Marie Antoinette”. La película no me conmovió, sobre todo en contraposición a mi hermana, que por alguna razón que desconozco, se había fanatizado por completo por la aristocracia francesa, hasta el punto de apelar a un método memorístico digno de ILVEM para acordarse nombres de los miembros de la corte de Versalles de la misma manera que yo me había tratado de acordar de los árboles genealógicos de la Tierra Media a mis quince años. Sin embargo, si hay algo sobre lo que no se le puede achacar a la narigona directora, es que elige muy, pero muy bien sus bandas sonoras (“The virgin suicides” con Air me resultó genial, al igual que “Lost in translation”). Y ahí, entre otros excelentes temas de New Order, Gang of tour y Bow Wow Wow, se encontraban cuatro canciones de esta banda desconocida. Había algo particularmente perfecto en la conjunción de imágenes y la música, algo que hacía pensar que era indisociable, como si el sonido y la imagen fueran siameses imposibles de separar al nacer.
Sin embargo, no fue sino hasta unos meses después que lo que fue una grata impresión terminó convirtiéndose en una experiencia mística. Siempre he considerado que la verdadera definición de felicidad era quedarme toda la tarde con mi primo, dibujando camisetas de fútbol en la mesa de mármol de la casa de Atlántida, donde solíamos veranear todos los años. Si alguna vez he sido feliz lo asocio inevitablemente a aquellos veranos, siendo todo el resto de mi vida un patchwork de alegrías y tristezas irregularmente cosido. Es por esa razón que el verano de este 2007 esperaba con ansias escaparme unos días a aquel balneario para estar con mi abuelos y pasarla increíblemente bien con lo que la mayoría de las personas de mi edad consideran un embole. La cosa es que en el ómnibus departamental, luego de escuchar al mango el Vaca de Chicos Eléctricos, puse para bajar un poco la banda sonora anteriormente citada. Justo The Radio Department coincidió con mi parada, y ahí estaba yo con mi bolso y el tema Keen on boys, que escarbaba en el oído ya taladrado por el sonido de la anterior banda uruguaya. No sé si fue una lesión en el lóbulo occipital via lóbulo temporal producida por el exceso de escucha, desencadenando algunos cambios en la configuración cromática de mi entorno, o si el refuerzo que me compré en la terminal tenía un hongo extraño, pero por alguna razón mis sentidos se agudizaron, viendo el pasto de las casas verde tirando al fosforescente, el cielo azulísimo y un viento del mar que me daba una sensación de paz nunca antes presenciada. Realmente les digo que el trayecto desde la parada en Mario Ferreira hasta la casa de mis abuelos lo sentí como un paseo por esas cintas de aeropuerto, en las que uno avanza sin caminar, con la única presencia empírica de mi entorno, bañada por aquella serena canción ruidosa que se aguijoneaba lentamente en mi cerebro. Luego terminó la canción y todo volvió a la normalidad, mis abuelos me daban la bienvenida, Lucas andaba con la telecaster practicando escalas metaleras. Igualmente, siempre me interesó saber qué fue lo que sucedió en mí en esas tres cuadras metafísicas...
Basta de mí, con respecto a los suecos, les puedo decir que, teniendo la oportunidad de haber escuchado un disco entero de ellos, me parece una banda de lo más interesante, que se siente como ácido en forma de chupetín, un desencadenador perfecto de estados de ánimos (desde esas confortables melancolías, a los lisérgicos paraísos pop de los que venía hablando). Y sobre todo, hay una herencia shoegazer muy bien digerida, se puede ver claramente que los tipos saben tomar las texturas de My bloody Valentine, pudiéndolas conjugar con la sensibilidad popera de The Jesus and Mary Chain, en un formato más synth pop onda Air, con algunos bajos y guitarras que recuerdan a New Order. Incluso, Lost and found, el último tema del disco, me hace pensar en el reverso celestial del infernal universo de Suicide, también rebosando el disco de temas pop perfectos, como Where Damage isn’t already done o el mismo Keen on Boys. Donde otros músicos han encontrado en el ruido blanco un muro, los Radio Department encontraron frazadas. Gente, si existe el cielo, debe sonar exactamente así.
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Kings of Convenience-Cayman Islands (del disco Riot on an empty street)

Seguimos en escandinavia. Debe haber algo en el clima, algo en aquellos eternos inviernos que hacen surgir a bandas tan perturbadoras como las más oscuras del black metal y otras tan hermosas y nostálgicas como Kings of Convenience. Este dúo es una banda noruega que debe haber pasado muchos inviernos al lado de chimeneas y muchos veranos absorbiendo la cálida luz oblicua de esas regiones, porque todo parece ser metabolizado en un universo completamente dulce y lánguido, con temas principalmente tristes que sin embargo se sienten como cachetazos de terciopelo. Con voces que nunca superan a los susurros confidentes de un amigo, detrás de ese sonido romántico, se puede percibir mucha concienzuda escucha a la bossa nova, y a bandas pop perfectas como Magnetic Fields y Belle and Sebastián. Si uno espera encontrar algo que lo haga sudar en la pista o algo con lo que redireccionar su odio adolescente, muy posiblemente esté buscando en lugares inadecuados. La geografía de Kings of Convenience es una fértil pradera, llena de lagos y arroyos, tal como aparece en las portadas de sus discos o videoclips. Vean la foto más abajo: así de tranqui son estos pibes. Como dijo Robyn Hitchcock sobre una de sus canciones en Storefront Hitchcock, es una banda imposible de generar incomodidad, a no ser que su sensación completamente placentera sea motivo de molestia.
La canción en cuestión se llama Cayman Islands y forma parte de su segundo disco, Riot on an empty street (un nombre que ilustra tan bien su sonido como el título de su album debut, Quiet is the new loud).

“Through the alleyways to cool off in the shadows
then into the street following the water
there's a bearded man paddling in his canoe
looks as if he has come all the way from the cayman islands

these canals, it seems, they all go in circles
places look the same, and we're the only difference
the wind is in your hair, it's covering my view
I'm holding on to you, on a bike we've hired until tomorrow

if only they could see, if only they had been here
they would understand, how someone could have chosen
to go the length I've gone, to spend just one day riding
holding on to you, I never thought it would be this clear”


Si alguien me pidiera un top ten de canciones de amor, inevitablemente esta estaría en la lista. No es una canción desgarradora, no es una canción melancólica, ni siquiera solitaria. Los Kings of Convenience fueron capaces de hacer una honda canción de amor sin recurrir a despedidas, perdones, lágrimas ni corazones. Es una canción de amor perfecta, sencilla y completamente armónica, sin melodramas, como la felicidad súbitamente encontrada en el rostro de una persona a la que uno quiere, sin tener la necesidad de exigir garantías, sin miedo a perderlo todo, solamente contemplando y sintiéndose feliz de estar con la persona querida. El manejo de imágenes refuerza esta sensación de paz, el hombre barbudo navegando en su canoa desde las Islas Caimán, el viento sobre el cabello de la persona amada, la bicicleta alquilada hasta el día siguiente. La última estrofa es una síntesis perfecta y minimalista de lo que considero que debe ser el amor (si solo pudieran ver, si solo hubieran estado aquí/ ellos entenderían cómo alguien pudo elegir/ir lo lejos que fui, para pasar simplemente todo un día conduciendo/ agarrándome a ti, nunca pensé que sería así de claro). Quizás mi visión puede estar mediada por el hecho de haber convertido involuntariamente a esta canción en la banda sonora de la despedida con mi novia en aquel exilio de dos meses en México, pero mantengo que quien no se conmueva ni ligeramente por este tema, llegó al cero kelvin que tantos soviéticos laberínticamente investigaron.
De esas bandas ideales para hacerlas cómplice tanto de nuestra felicidad como de nuestra soledad.
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Friday, September 07, 2007

Ahora sí, las 15 peores tapas de discos
Inevitable, podría decirse, la lista que tienen en frente forma parte de una sesuda confección que me ha tomado toda una vida, teniendo en cuenta y enfrentando centrífugos criterios de validación. ¿Qué es lo que hace a una tapa espantosa? Puede ser su incorrección política (no nos olvidemos del Virgen Killer de Scorpions), lo definitivamente fea de la misma (cualquier tapa de Cannbal Corpse), el anhelo pretencioso de todas esas bandas imitadoras de Pink Floyd, el escaso presupuesto (cualquier tapa de cumbia) o el hecho de ser sencillamente horrible (Ken by request es un claro ejemplo). Sin embargo, debe haber un plus, algo que se conjuga perfectamente con cada color, textura y mensaje que lo conviertan en un constructo unitario de fealdad y despropósito. Como una aclaración, podría haber hecho una lista repleta de tipos como Heino, del cual no conocemos absolutamente nada, pero de ser así, perdería un poco la gracia, ya que sería imposible cotejarlo con lo que escuchamos o sabemos de ellos. Es así que si bien tendrían que haber otros músicos en la lista, opté por algunos que son más compartibles, por así decirlo, sólo tomándome la libertad de agregar cinco desconocidos frenta a los cuales sería un pecado mortal pasarlos por alto. Bueno, ya explicado esto, acá la lista:

15-The Beatles-Magical Mistery tour.
Vamos a empezar con una buena patada en los huevos. Todos sabemos que hablar mal de los Beatles equivale en su potencial de incorrección política (por lo menos en los medios mainstream) a decir “quiero drogar a mi madre con formol y violarla antes de que se despierte” (bueno, capaz que no tanto). Ahora bien, no me van a decir que esta no es una de las peores tapas que han visto. Todo en la tapa es lamentable, desde los disfraces (muy tristes), hasta las letras y esas estrellitas que decoran el fondo de la portada. Por alguna razón, visitando una gran cantidad de páginas que se dedican exclusivamente a buscar con afán de rosacruz la peor tapa de la historia, ninguna incluye este desastre gráfico. A mi parecer, es el mismo hecho de que sean lo Beatles lo que hace a la gente ser un poco más tolerante en la crítica de este aborto de portada (hay gente que sigue creyendo que el Sargeant Pepper es el primer disco conceptual de la historia). Posiblemente, si no fueran lo Beatles, sino el cantante de La Saga quien estuviera detrás del disfraz (no sé como se me ocurren estos ejemplos), la mayoría de la gente diría que ese tipo es un pelotudo, y probablemente tendrían razón. Premio a “soy tan famoso y reconocido que puedo hacer lo que se me canta el culo”

14-Los Natas-Ciudad del Brahman
Los Natas, junto con Pez, deben ser mis dos bandas favoritas del rock argentino contemporáneo (si tal cosa existe), y sin embargo, tengo muy pocos discos de la primera (apenas tengo el Bee Jesús y El hombre montaña). Rastreando el por qué de esta escasez de material llegué a la correcta conclusión: el arte de tapa. Vamos a decir una verdad, cuando compramos un disco no estamos comprando música, estamos comprando el librito, las ilustraciones, el hecho de poder colocarlo junto a nuestros otros discos, el vacío de sentir que nos falta todavía otro. Porque a decir verdad, si en lo que se refiere a discos lo único que importara fuese la música, creo que muy poca diferencia se podría encontrar en grabar a discos benq nuestros álbumes favoritos (por lo menos para mi oído, todo lo que esté grabado a mas de 300 kbps suena indistintamente bien-en terminos no asociados a la producción del disco, por supuesto). Y eso es lo que sucede con esta banda, un grupo increíble, con una potencia pocas veces escuchada, pero con unas tapas horribles, posiblemente sujetas al capricho de Sergio Ch, quien suele ser el que las dibuja. Esta tapa contiene todo lo necesario para ser una portada pésima, unos dibujos onda recorte y pegue que podrían haber sido mejores hechos en el paint por Muhammad Ali con un mouse defectuoso y los guantes aún puestos, colores chillones y un barato esoterismo que será retomado con el caso de Steve Vai.

13-Deathkorps-Metal tit
La primer tapa de un artista virtualmente desconocido en la lista. Hay algo que siempre caracterizará al metal, y eso es el intento de virilidad buscado en el redimensionamiento fálico de cuantas cosas estén a su alcance (guitarras larguísimas y puntiagudas… como olvidar la cuádruple guitarra del tipo de cinderella), la apelación a una nobleza nórdica perdida (aunque los tipos tengan más descendencia del matto grosso que de escandinavia), el satanismo y, una de los ítems más interesantes de todos: la conversión a metal de todo lo que se tenga a su alcance como intermediario hacia una mayor virilidad. Tomá cualquier cosa, suponete una naranja. A nadie le da miedo a una naranja, y a decir verdad, es una fruta con muy poca onda. Bueno, ¿qué hacer? Sencillo, convertila en metal, ahora es una über-naranja, un arma, un instrumento de violencia y poder, y sobre todo, muy viril. Y así con todo: chupetes, facturas, termómetros rectales, sandías y … tetas!!!. Sí, nada menos viril que una teta flácida y blancuzca, mejor metalizarla, convertirla en un poderoso tanque de guerra que arrase con todo a su paso. La teta metálica debe ser, sin lugar a dudas uno de los ejemplos más extremos de hasta qué ridículo puede extenderse la estética metalera.

12-Red Hot Chili Peppers-Stadium Arcadium
Realmente, no sé qué les ocurrió, supongo que deberían haberle encomendado el trabajo de portada a un diseñador que se las tomó a Pitcairn a horas del lanzamiento del disco, teniendo que optar entre una imagen de arte accionista y esta portada que parece sacada de un juego de atari del año 83’. Con la austeridad está todo bien, hay muchas tapas sencillísimas que logran un excelente efecto (póngase de ejemplo el White light/White heat de los Velvet), pero este es de los casos en donde el poco rebuscamiento sólo puede ser justificado por sincera y prostética abulia. Lo peor de todo es que no es una tapa tan horrorosa como para generar rechazo o sacarnos una risa, es un laburo tan MEDIOCRE que lo vacían a uno de sentimientos. Es tan mediocre que deja de ser mediocre por el hecho de separarse del resto, al ocupar el lugar de tapa más mediocre de la historia. Lo unico que la salva es que no hayan hecho la letra en Comic Sans MS.

11-Steve Vai-Passion Warfare
De lo poco que sé del budismo, zen, los chacras y Paulo Coehlo, creo que la austeridad se apremia como uno de los principales caminos hacia la autoiluminación. Al parecer, hay una gran cantidad de músicos que se sienten tentados en todo este mundo holístico, lleno de inciensos, flores de Bach y libros de Brian Weiss, y los metaleros son un grupo selecto entre todos estos. Ahora bien, lo que me llama la atención de todo esto, es que creo que el señor Vai no comprende, por lo menos, desde el punto de vista gráfico, la idea de austeridad. Por alguna razón, la estética tan sobrecargada de la tapa se asemejaría más al barroco de una iglesia, o siendo más realista, la decoración de cotillón en una fiesta de quince coreana, hecha en una whiskeria del puerto. Todo lo que tiene esta tapa es pomposo y el tipo, lejos de buscar una especie de ataraxia, logra llegar al extremo kitsch de hacer un patchwork (via paint) de cuanto elemento esotérico encontrara en la encarta (vemos el tercer ojo, jeroglíficos egipcios, llamas de pasión -serán las del ave fénix-, levitación, el ying yang y la guitarra en las clásicas proporciones totémicas del género. En fin, hay gente que ha podido encontrarles al plano holístico multiples dimensiones que se imbrican en nuestra vida cotidiana. Vai dio en el clavo en la dimensión grasa de su chacra.

10-Michael Jackson-History
Pocas veces he sentido tanta vergüenza ajena como con todo lo que rodea a este disco. La primera vez que vi el lanzamiento de esta especie de recopilación fue a mis siete años, cuando todavía Michael Jackson estaba en vías de convertirse en el personaje digno de película de Todd Browning que se volvió en la actualidad. Aún a aquella edad tan impresionable frente a las lucecitas y demás efectos especiales, me había parecido en extremo pomposo el video. Lo que me llama la atención es que nadie le haya avisado del ridículo que estaba haciendo, lo que puede confirmar algo mucho peor: debía haber gente que realmente le parecía una buena idea el. En esta tapa. la megalomanía y egocentrismo de Jackson supera con creces al ego de Juan Ramón Carrasco pasado de merca, después de ganar un mundial y un oscar al mismo tiempo. El hacerse un falo de sí mismo, es algo más bien patético, un show que da más tristeza que gracia y que suele exponer a flor de piel las carencias, más que las virtudes (en este caso, un tipo que busca virilidad donde no hay). Pero creo que en parte todo el mundo era cómplice, todos sabían en el fondo a lo que se estaba encaminando Jacko, todos se lo quedaban mirando como quien desde la costa ve hundirse lentamente un barco.

09-Prince- Selftitled
Si hiciéramos un conteo de los músicos con pésimas portadas de álbumes, creo que Prince se llevaría el premio (bueno, quizás después de Manowar). Había pensado incluir varias de su autoría en el mismo conteo, pero me parece que era una competencia desleal frente al resto de los participantes. Porque seamos sinceros, no recuerdo una, sólo una tapa de Prince que me parezca al menos digerible. Por ahí pueden pensar que es por cierta persecución anti-homosexual, pero mi gusto por ciertas portadas de la discografía de Bowie, así también como mi gusto por el arte del último disco de Dani Umpi, desacreditan tal suposición. Hay algo más extraño y bizarro alrededor de toda la imagen de Prince, un tipo que aún con tapas como esta pudo probar de los fluidos corporales de mujeres muy ponderables como Carmen Electra. La elección de la peor tapa de Prince es bastante difícil. Para que fuese una decisión seria, requeriría un colegiado de expertos alemanes o austríacos, un equipo multi-trans-interdisciplinario de psicólogos, semiólogos y artistas plásticos. Y bueno, de forma arbitraria quizás, elijo sorprendentemente esta, habiendo tenido ésta y ésta otra a mi elección. La razón es la siguiente: dentro de una estética completamente chocante y hasta ridícula (aparentemente, la idea de un engendro supergay que igual concentra un poder inmenso que lo lleva a conquistar chicas y conducir motocicletas púrpuras), se puede entender lo que Prince busca (y logra con creces). Ahora bien, esta tapa no sólo contiene estos principios ridículos, sino que fracasa en su búsqueda por lograrlos, lo que hacen de la portada algo muchísimo peor (es decir, la imagen es patética, pareciendo haber sido sacada por un paparazzi a un Prince mañanero luego de una larga noche gangbangs con ex presidiarios del COMCAR).

08-Tony Tee-Time to get physical
Segundo de los artistas virtualmente desconocidos en la lista. La necesidad de incluirlo fue totalmente imperiosa, por el hecho de haberle dado un nuevo significado al término “bajo presupuesto”. Es tan, tan grasa la tapa que no se preocuparon ni por la tipografía, el vestuario o el escenario. La foto está mal tomada (todos recortados del plano, lo que dudo que tenga que ver con una búsqueda de interpretación de la alienación del alma del hombre posmoderno), y hay que prestar particular atención a la falsa expresión de esfuerzo de Tony Tee, junto a las mallas e inexpresividad de los dos fantoches que están detrás. Una tapa que exuda a los ochenta en su contenido más graso.

07-Los Fatales- Qué monstruos
Primera mención a una banda uruguaya en la lista. Bueno, no serán rock, pero sin lugar a dudas los tipos saben como impactar hasta al asco (aunque no creo que supieran mucho de GG Allin), con una colección de tapas que impactan por lo desastrosamente baratas, agregado a supuestamente inteligentes juegos de palabras y tapas que tratan de ilustrar demasiado gráficamente lo que dice el título de la obra (el ejemplo de la abuelita es uno de los más dolorosamente diáfanos). No sólo hay que prestar atención a la cara de giles de estos tipos (que gracias a dios la música hizo con ellos una especie de selección natural- a no ser por El fata, un tipo que se adapta a tantas cosas que dentro de poco tiene una banda de esquizodelia), sino también en los recursos técnicos que se emplearon para hacer la tapa. Yo creo que sugerir el paint está demás, debe ser otro programa digno de esas computadoras gigantes con programa operativo DOS o binario. Lo más llamativo, es que se encargaron de ponerle las mascaras en la mano via computadora, preguntándome qué les costaba comprar algunas caretas en el chuy y haciendolos posar con ellas. Finalmente, la escena de los rayos está sacada de unas de las imagenes de muestra de Windows. Decir que la tapa salió diez pesos hacerla daría a pensar que alguien estuvo metiendo la mano en la lata. Premio a la idiotez criolla

06-Tino-Por primera vez
¿Por primera vez qué?¿Incitación a la pedofilia?¿Tino de los Parchís? Todo lo referente a esta tapa es sobrecogedoramente enigmático (tan ambigua la cosa, que hasta los adjetivos con que califico a esta tapa se alían para dar a mal pensar). No puedo hacer ninguna semiología del arte de tapa, tan sólo les pido que miren la pelvis, esos jeans angustiantemente cortitos, y esa cara de “si hablás con mi manager, podemos tener sexo cuando quieras”.
Premio a la pelvis más infame de la historia de la música y posiblemente de la cultura tal como la conocemos

05-La sangre de Veronika-Somos vuestro semen
Sin dudas, lo peor en lo referente al arte gráfico salido de Uruguay. Gente, esto es artillería pesada. Es tan malo que incluso si contáramos las tapas de bandas de cumbia de Soriano en los ochenta, seguiría en el primer puesto sola, solísima. La sangre de Verónika no sólo se dedica a ser horrendo musicalmente, sino que se encarga de transmitir su violencia por via visual. El viejo en cuatro, el vinilo insertado analmente (y todavía de una manera tan rústica que harían ver a la tapa de los Fatales una pintura de Piero della Francesca) y todavía el título críptico, con esa necesidad inexplicable de tratar de “vuestro” en vez de “su”, hacen a esta tapa algo peligroso para la vista (permanecerla viendo mucho tiempo puede generar severas lesiones de córnea). Habría que pensar que quisieron decir con “somos vuestro semen”, ¿una proclamación de ser la esperanza de un nuevo renacimiento de la sociedad?¿Reconocer que son la potencialidad de todo lo que puede acontecer en el futuro?, ¿el devenir del ser en cuanto ser?¿que son viscosos y blancos? Habría que escuchar el disco, pero mi curiosidad no da para tanto.

04-Freddy Gage- All my friends are dead
Debe ser de esos casos en donde uno se pregunta si frente a lo que está parado es a algo absolutamente estúpido o absolutamente genial. Posiblemente (y de haber sido pretendido, estaríamos ante una mente brillante) sea uno de los títulos más jocosos en la historia de la música, sobre todo por esa especie de fallida solemnidad que reclama la tapa, el tipo con un supuesto rostro estoico frente a la muerte de un amigo, el misterioso librito rojo en la mano, la lápida y la frase. Al parecer, si uno fuerza un poco la vista puede leer “A ministry dedicated exclusively to youth victims of drug abuse”, lo que a la horrenda tapa se le agregan buenas intenciones, haciendo todo exponencialmente ridículo. Como dice Capusotto, no hay nada más rocker que morirse, y antes que ser este tipo con el librito, prefiero ser un desdentado fumador de crack.

03-Manowar-Anthology
Un ejemplo de los riesgos de la filosofía y estética metalera. Cuando en este otro post hablábamos con Oldboy de tipos que realmente se sienten discípulos de Conan, no nos referíamos a otra banda que a esta. Todo esa virilidad purpúrea, los cuerpos aceitados, aquel gran mostacho y el gesto aguerrido del cantante, lo hacen sin lugar a dudas, la tapa más gay de la historia (bueno, no sé si tanto como la de Rowland, pero sí definitivamente gay). Lo peor está en las intenciones. Uno ve las tapas de Village People (incluso su música) y uno sabe que los pibes están más allá del bien y del mal, para hablar más claro, son reputísimos y a los tipos no le quema. En cambio con Manowar es diferente. Los tipos realmente se estaban creyendo super machos, realmente pensaron que aceitarse no tendría otra connotación que un auténtico grito de virilidad que podría hipnotizar a cuanta campesina sueca hubiera cual canto de sirena. Tuve la oportunidad de escuchar la banda (en los cortos veinte minutos que estuvieron en el disco duro de mi máquina) y para peor, el material gráfico condice perfectamente con el conceptual. Voy a ser sincero, tuve un período en el que me compré dados de cien caras y me fui a jugar Dungeons and Dragons con gente limadísima, hubo un tiempo en que realmente deseaba haber vivido en la Edad Media, aún así a costas de la peste negra y las incontables y absurdas guerras. Pero al menos lo reconocí como una etapa y en aquellos años oscurantistas al menos nunca le rendí pleitesía a Odín o a Loki. Y uno lee entrevistas que se la hacen a estos tipos aún hoy en día y los tipos siguen en el mismo viaje de hace veintiocho años. “Con este tipo de temas… cuando haces honor a Odin, el Dios de la Guerra; el jazz o la música country no ayudarían a crear la imagen mental necesaria y no le harían justicia al Padre de los Dioses”, dice Joey DeMaio, “Heavy Metal es lo necesario para contar esta historia!” ... Helll yeaaahhh!!!

02-Kevin Rowland-My beauty
Kevin Rowland, ex cantante de Dexis Midnight Runners, hizo esta tapa. No sé, no se me ocurre nada más que decir que vendió apenas quinientas copias, siendo uno de los discos menos venidos en la historia del reino unido (algo que doy fe en que tuvo algo que ver la tapa, es decir, por más que fuera el Revolver, dudo que a alguien se le ocurriera ir al mostrador de una disquería y decir “quiero este disco"). No me sorprende el escaso número de ventas de un tipo que, después de todo, tuvo su período de popularidad en el Reino Unido, sino que me quedo pensando cómo sería la vida de aquellos quinientos que decidieron comprar el disco.

01-José Angel- Madre soy cristiano homosexual
Había reservado cuatro lugares para artistas más o menos ignotos, e incluso quedaron fuera las geniales tapas Mike Crain, el cura karateca, la indescriptible fealdad alienígena de Heino, la escatológica violencia de Millie Jackson o la subnormal y perturbadora fotografía de country church, y aún así, esta sigue siendo la peor de todas. Ya solo por el rostro del tipo, esa cara de desgano, la camisa floreada, la ñata roja y aquel fondo poco apelativo, convierten a este disco en un merecedor de los primeros puestos del conteo, pero lo verdaderamente genial de esta innominable tapa es sin dudas, el título del disco… “Madre soy cristiano homosexual”. Sabía de protestantes, mormones, testigos de Jeovah, alguien que me diga cuando me perdí, pero no sabía que el cristianismo se había abierto tanto como para que hubiera un subgénero de cristianismo homosexual. Por ahí quiso decir que aún siendo cristiano es homosexual, pero el pequeño error expresivo le dan un plus que lo acercan a un juego de palabras digno de Tzara o Picabia, algo parecido a lo que hablaba Benito ante su sorpresa frente a un enigmático grafity que decía “muertos putos”, en su excelente post “Temporadas de Vicky”. Con su declaración, José Angel encontró su lugar en la constelación de los artistas más ridículos que hayan existido en la historia de la música, un cielo posiblemente regenteado por un Dios con un grueso mostacho y hot pants de vinilo.