Thursday, June 19, 2008

Snob

“El problema, my friend, es que nosotros evaluamos a las personas no por lo que son, sino por sus gustos”.
“El asunto, Agustín, es que usted viene cabalgando con una neurosis obsesiva desde su infancia”.
Con estas dos frases de comienzo similar culminó mi maratónica semana, en la que tuve un parcial de Psicolingüística –nota: Saussure no es lectura de verano-, un trabajo sobre Los Idiotas, de Lars von Trier, desde la perspectiva de Deleuze y Guattari, y las visitas a una paciente que vive en las afueras de Montevideo.
La primera charla fue fruto de una conversación telefónica con un amigo y la segunda ocurrió en mi sesión psicoanalítica del viernes. En apariencia diferentes, las dos terminan hablando de lo mismo.
No hay vuelta, desde mis tres años que vengo coleccionando cosas. En aquellos tempranos años chicanos, un amigo de mi padre me solía comprar un Thunder Cat o Cazafantasma cada vez que visitaba mi casa. En cuestión de unos años tuve casi todos los muñecos de estas series, confirmándolo a través de un catálogo que figuraba en el reverso de la caja de los mismos. La primera letra que aprendí posiblemente no haya sido la A de mi nombre, sino la X con que marcaba los juguetes que ya tenía. A esos se le fueron agregando los Superamigos, los GI Joe –que no me entusiasmaban mucho-, las Tortugas Ninja (siempre anhelé tener el Tecnódromo, pero en Uruguay no se vendían, y si así lo fuese, habría valido un riñón), el elegantísimo Subbuteo y los dementes Dragon Ball Z y Masked Raider -fruto del pasaje de mi padre por el fútbol japonés.
Los coleccionistas más pro suelen mantener a sus action figures dentro de sus respectivas cajas, perdiendo una gran cantidad de valor de ser extraídos de las mismas. Sin embargo, yo no llegaba a tales extremos, jugando bastante con ellos. Una característica particular de mi afición a los juguetes era que, a diferencia de mis compañeros, cuyos cuartos parecían un Hiroshima repleto de cabezas y miembros de muñecos articulados, más allá de haberle dado un tremendo uso, son muy pocos los que se han roto en todo este tiempo.
Hace un tiempo mi madre estaba conversando con mi novia y hablando sobre enfermedades, la muerte, la vejez, etc. terminó diciendo “a mí lo que me preocupa es el desorden que quedaría si yo me muriera”. Es un comentario que, más allá de lo trágico, es tremendamente gracioso, y ciertamente, una linda postal de la obsesión por el orden de mi madre. Como la usina del significante dando cause transformando en energía lo real, mi madre diseñó un cierto orden en mi cada vez más dilatada estantería, separando a los muñecos por categorías, tamaños y exigencias de postura –los más enclenques solían ser recostados contra la pared, por razones obvias-. Algunos años después vendrían los álbumes de figuritas, las Pepsi Cards, los dados de Rol, los discos y los libros, y eventualmente todos aquellos muñecos fueron a parar a un baúl, pero de cierto modo lo que permanece de aquello es el orden, como un espíritu que persiste reencarnándose en los diferentes objetos que desfilan en esos estantes.
Sin lugar a dudas, mi mayor obsesión son los discos, al extremo de querer comprar el Velvet Underground and Nico, cuando mi hermana ya lo tiene en su repisa del cuarto de al lado, a dos escasos metros de mi habitación. No es un mero impulso exhibicionista, cada disco contiene, detrás de su cajita de plástico o de cartón, un momento encapsulado, como esos mosquitos prehistóricos solidificados en ambar, portando en su ADN la huella de un tiempo y lugar pasado, inaccesible por otros medios. Tomo el Pablo Honey de Radiohead, y recuerdo el día nublado en que terminó en mi estantería, el trayecto de ómnibus desde el cementerio del Buceo (donde acababa de presenciar el entierro de mi abuelo) hasta el Punta Carretas donde lo compré con expectativas que se derrumbarían ante la segunda o tercera escucha. Tomo el Daydream Nation, recuerdo el gusto de las Lays con Salsa Valentina, la teenage angst tardía en un viaje que más que viaje era exilio. Tomo el Uno con uno y así sucesivamente, y recuerdo la encarnizada competencia entre Santiago y yo por ver quién era el que lo compraba antes, la retención en la aduana que retardó la llegada del disco, la cara de Santiago baboseándome mientras me lo mostraba en sus manos el retratos de Pedro Dalton comiendo cerebros, sin permitirme siquiera tocarlo. Tomo el vinilo de Love songs for patriots, recuerdo el sentimiento de saber que nunca lo iba a conseguir, y aquella mañana de sábado que lo encontré en las bateas de Ernesto, luego de un parcial fatídico. Y recuerdo incluso esos otros discos, de los que ni siquiera me gusta traer a mención, también comprados en las circunstancias más variables posibles. Ocho años atrás le mostraba los 3:47 minutos de un tema a un amigo, poniendo el tubo de teléfono contra uno de los parlantes, compartiendo aquel hallazgo como si hubiera encontrado petróleo tras un balazo en el suelo; hoy en día me encuentro con ese disco observándome desde el estante y le respondo su mirada con una cariñosa vergüenza.

Hace unos cuantos meses Brunomilan escribía sobre la historia de su primer compilado, derrotero por el que casi todos los nacidos en los ochenta pasamos alguna vez. El hecho de que el 90% de nuestros músicos favoritos de la adolescencia van a tener que pasar por sus juicios de Nuremberg a nuestros veinte-veinticinco años es un hecho casi científico, pero más allá de eso, tal como lo señalaba antes, uno no puede terminar odiando a aquellos discos, ya que los gustos de uno se sostienen por los sucios andamios de sus fanatismos pasados.
En aquel post, ya que todos andábamos sacando los trapitos al sol, se me ocurrió buscar entre los casetes algunos de mis compilados quinceañeros. En aquellos tiempos internet era visto como una cuestión exclusiva de pornocos, cazadores de ovnis y fanáticos del Command and Conquer, quedando la posibilidad de bajar material musical bastante fuera de cuestión. Más allá de que existiera el Napster, las descargas no solían pasar la velocidad de los 5k por segundo, y bajarse un tema de seis megas era una labor que exigía demasiada paciencia, por no decir ataraxia budista. Por esta misma razón, el método era las grabaciones hechas por amigos, generalmente disgregadas en ensaladas, con canciones que en algunos momentos se solapaban, entremezclándose con antiguas grabaciones, o simplemente desintegrándose. Me llama la atención la intensidad del miedo por el resurgimiento de la cultura del single, circunstancialmente impulsada por la internet y las frenéticas descargas en celular. Si hubo una época single-oriented, era aquellos años del casete, en que un amigo te grababa un tema amputado del resto del disco, a veces afanados directamente de la radio, sin siquiera saber el nombre del artista, o mucho menos el disco en cuestión. Recuerdo particularmente el caso de un compañero de inglés que para grabarse un tema unplugged de Kiss aproximó el micrófono de una grabadora al televisor, poniendo rec y capturando las tres cuartas partes de aquella canción que tanto le gustaba. Incluso, en una parte del solo de Ace Freeley se escuchaba el timbre y los ladridos de una perra Rottweiler que mi amigo solía pasear (o que lo paseaba a él, considerando las dimensiones de hobbit del flaco). A varios de mi grupo proto-melómano del instituto les gustaba ese tema, e hicieron algunas cuantas copias de aquella cinta. Calco sobre calco sobre calco. Me da risa imaginarme cuál debía ser el producto final de todo eso, posiblemente una granulosa pasta de ruido, con algunas versos y estribillos reconocibles emergiendo como apéndices dispersos. Pero sí, la verdadera cultura del single estaba inconscientemente en su apogeo en aquella época, donde todos consumíamos lo que podíamos, de la forma más irresponsable, inmediata y poco ortodoxa que estaba a nuestro alcance.
Ahora reviso y en ese rizoma de cintas y plástico encuentro algunos cuantos de estos compilados, uno con canciones predominantemente románticas para escuchar en la noche, otro con temas sueltos de Pearl Jam, otro titulado “Colección de canciones bizarras grabadas por el Oliver”, con algunos temas de Marilyn Manson y Chopper (sí, Chopperrr), entre muchos otros como el que les dejo abajo (y que incluye a ciertas bandas imperdonables, ya lo sé, but we we're young and innocent)
Entre muchas algunas que figuran en el reverso de aquel casete hay una en especial que me llama la atención: Live. Ahora que lo pienso, aquel era un gusto desconcertantemente original. Porque no era sencillamente que me gustara. No era que me hubiera colgado con Selling the drama, o algunos de esos escasos hits que mantuvieron en sus manos como majugas en calderín. No, era un verdadero fanático de la banda. Pongo el casete, escucho los temas y más allá de ciertos falsetes incómodos del pelado y una lírica con muchos lugares comunes onda Krishnamurti for dummies, reconozco que, quizás movido por cierta nostalgia, algunos cuantos temas suyos me siguen gustando. Sin embargo, lo verdaderamente extraño es que nunca conocí a nadie que le gustara la banda. En ocho años lo más cercano a un fan que conocí fue un compañero de facultad que sabía interpretar en la guitarra algunos temas de la Live, sin recordar dónde los aprendió.
El asunto intrigante de Live es que encontrar a alguien que se declare fanático de ellos es más extraño que ubicar a alguien cuya banda favorita sea Nurse with wound. Siendo la última perteneciente a un terreno sólo reservado para melómanos en terapia intensiva, Live juega a la gallinita ciega en ese terreno de transición entre lo maintream y lo indie, lo populachero y lo culto, sin ser lo suficientemente buenos para entrar en los anales indiscutibles del rock, ni lo suficientemente malos para generar alguna especie de culto bizarro. Incluso, no tiene un sonido particular que lo identifique con su época, pudiendo ser una banda de los noventa tanto como de los ochenta. No, Live queda en un Sarajevo, un lugar asintótico en el cual no hay ninguna arista que toque de lleno a ningún lado, siendo el resultado de esto quedar ninguneado por todos los subgéneros. Y eso, para el Agustín de quince años que le supo dedicar muchísimas noches de escucha, era algo muy bueno.
Uno de los mayores miedos para los melómanos incipientes era precisamente que aquella banda que tanto le gustaba se volviese popular. Ahora que lo pienso, no era tanto el hecho de que le gustara a mucha gente, sino a quién le gustaba. Que algo le gustara a una considerable cantidad de personas –salvo los axiomáticos Beatles, o los Rolling Stones- era algo sospechoso, y que aquel grueso de personas estuviese integrado por rugbiers o ex tarimeros, era la confirmación definitiva de que la banda había fracasado como candidata de formación identitaria. Pero mientras las cosas se mantuviesen controladas y nos sintiésemos especiales, no había nada de qué temer, y ciertamente encontrarte con alguien que fuera fanático de Radiohead, The Cure, o la banda que a uno le gustase formaba un lazo de hermandad automático.
Recuerdo la primer fan de Radiohead que conocí en mi vida. Dentro de mi generación eramos pocos los que conocíamos a Radiohead, y muchos menos los que lo seguían tan incondicionalmente como yo. A las mujeres, por su parte, no parecían gustarle nada específicamente, y de gustarle algo, solía ser una banda que le gustaban a sus novios, o alguna banda que tuviera en la radio una redundante y absurda incidencia comparable a la boda de Wanda Nara en los medios argentinos.
Me había tomado varios días dibujar una camiseta enteramente tapizada con letras, logos y e imaginería iconográfica de la banda. Incluso había logrado algunas caricaturas de Thom Yorke y Johnny Greenwod en cada una de las mangas que aún en el presente me siguen pareciendo convincentes. El lugar: La fiesta de la canción, un festival realizado anualmente en Los Maristas con bandas wannabes de los Guns’n Roses y La vela puerca. Era la tercer versión de Sweet Child o’ mine en la noche y algunos de mis amigos se fueron al fondo, mientras yo me quedaba escuchando al torpe imitador de Slash, movido por el ánimo morboso de ver cuántas veces la pifiaba. En aquella época era un cero redondo con las mujeres, y más allá de que había algunas cuantas tipas bastante lindas a mi alrededor, la tradición de fracasos parecía tan inexorable y naturalizada que me había desentendido del asunto del levante. Como dije, estaba sólo y viendo cómo la banda terminaba de tocar como pidiendo la hora, cuando sentí una uña tocar mi hombro. Giré hacia mi costado y entonces la vi. Era una tipa bastante pálida, con una bincha negra apartándole el pelo de la cara y lentes de armazón negro. Tenía un tapado acampanado, de esos sintéticos y acolchonados que solían verse en las indumentarias de los góticos, pero la chica no tenía el maquillaje distintivo, ni crucifijos, ni cualquier barroquismo del estilo. Me había quedado viendo cómo movía la boca, cayendo tarde a la noción de que me quería decir algo. Le pedí que hablara más fuerte. Se acercó a decirme algo en el oído. Me acuerdo de su cachete rozando el mío, y las palabras gritadas contra mi oreja. ¿Te gusta Radiohead? Le dije que sí, que si lo decía por mi camiseta, pero ella no me escuchó, por lo que esta vez yo tuve que acercarme a su oreja, cosa que me gustó aún más, porque mientras le hablaba podía olerle un casi imperceptible rastro de perfume. Le gustaba Radiohead, pero los discos de la línea más brit pop, como el The Bends. En aquellos tiempos yo andaba fascinado con el Kid A, pero hablé maravillas de los dos primeros discos, incluso del Pablo Honey, que en realidad no me convencía para nada. Además de Radiohead le gustaba Led Zeppelin, Los Beatles y algunos discos de música clásica que había en la casa de su viejo. Sus padres estaban separados, y aparentemente era una situación cargada de disputas y resentimiento. No tenía novio, o al menos nunca lo trajo a mención, y había cursado un solo año en el San Juan, liceo del que guardaba los peores de sus recuerdos. Yo trataba de seguirle la conversación, pero funcionaba con piloto automático, dándole la razón en cosas que ni siquiera llegaba a escuchar del todo, y tratando de retomar el tema de la banda. El hecho de que le gustara Radiohead y que hubiera reconocido algunos de los logos de mi camiseta eran un hecho sobrecogedoramente emocionante, y no tardé en darme cuenta de que me había colgado con aquella tipa. La conversación en sí duró el repertorio de una banda que naturalmente ni la noté en el escenario. Cuando terminó la última canción, ella se levantó diciéndome que se tenía que encontrar con sus amigas. Nos saludamos y vi cómo se iba con aquel tapado que le pasaba las rodillas, ideando formas para encontrármela algún día, en otro momento, en otro lugar. Fue ahí que me di cuenta que nunca nos pasamos los nombres. Me había quedado tan pendiente de sus gustos musicales que me había olvidado de su nombre. Pensé buscarla y preguntárselo, pero aquello iba a resultar pesado o incómodo. Recuerdo la vuelta a casa, un duelo de diez cuadras en el que ideábamos con mis amigos formas de volverla a encontrar. Me acosté sin poder dormir y escuchando el The Bends, imaginándomela a ella escuchando aquel disco en ese mismo momento. Fue en Fake Plastic Trees que se iluminó la habitación. Saqué los anuarios del liceo, revisando una por una las clases del 98’, 99’ y 2000’. Ante su anonimato, su búsqueda era complicada, y a primera vista no la había encontrado. Casi me estaba rindiendo cuanto la encontré como si fuera un Wally sin el buzo a rayas, perdido entre el torrente hormonal del 3ero C. Tenía el pelo largo y enmarañado, más castaño y diferente al corto, lacio y cubierto por una vincha que había visto en aquel concierto. Su ropa también era diferente, una gruesa polera verde, junto a unos jeans azules que contrastaban con el monocromo sintético de aquella noche. Fue ahí que supe su nombre y apellido. Incluso llegué a conseguir su teléfono, via una amigo de ella que me contó que andaba con problemas en la familia y dándole a la ketamina bastante seguido, pero entre mi inoperancia y las faltas de buenas coartadas para llamarla, terminé hasta olvidándome de su nombre.
Ahora escribo esto y trato de acordármelo, y ciertamente podría disiparme la duda con sólo consultar aquel anuario, pero entonces me doy cuenta de que la prefiero dejar así, como aquella chica Radiohead que conocí a mis dieciséis años.

Con el tiempo y ante la apertura de ciertos círculos uno va conociendo gente más afín a sus gustos. El grueso de mis amigos no liceales se caracteriza por una serie de intereses e inclinaciones afines, ya sea dentro de la música, el cine o la literatura. Al mismo tiempo, es prácticamente insoslayable el handicap que se le forma a alguna tipa que diga que tiene posters de Axel en su cuarto, o algún compañero de facultad que afirme que su escritor favorito es, pongámosle, Jorge Bucay...
Sin embargo, uno se va dando cuenta de que los gustos afines con las personas, y más que nada con las del sexo opuesto, si bien suelen ser algunas extra balls para la relación, es algo bastante engañoso en términos sexuales o amorosos.
En mi momento más enfermizamente cortazariano comencé a salir con una fanática de Rayuela. Era primero de facultad, ninguno conocíamos a nadie y nos hicimos automáticamente amigos (precisamente nos conocimos porque llevaba un ejemplar de la novela bajo el brazo a todo lado que fuese). El libro era verdaderamente un nexo, el tablón que cruzaba el vacío conectando los dos apartamentos, la piedrita que nos hacía avanzar de casillas. Después empezamos a salir. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que ella estaba colgada conmigo, pero yo estaba colgado con la imagen que ella tenía de mí. Fue recién después de cortar con ella que me di cuenta de que nos habíamos enfrascado tanto en el libro y sus personajes que en la relación hacíamos como una interpretación de Oliveira y La Maga con resultados poco auspiciosos. Tuve que darme unas cuantas veces la cabeza contra la pared para darme cuenta de que por más romántico que parezca andar sin buscarse pero sabiendo que se anda para encontrarse, Oliveira no es un tipo muy crá que digamos, y salvo alguna persona muy optimista, todos sabemos lo que pasa con él en el capítulo 56.
Unos efectos extraños que no estaban en las contraindicaciones de la cultura es toda esa movida indie o cool que se autosuntenta hoy en día, pero a base de limar sus aristas, ser simplificada a meras formas, gestos y poses. El concepto se diluye en el logo, la música en mito –o el chisme-, y la autorreferencialidad indie se convierte en un mero guiño-cuando no un tic- de un producto o subproducto que intenta rellenar cual grano incipiente un nuevo jueco en la epidermiz del mercado(y si no, vean la indie-über-cute Juno). En fin, la vieja historia de un impulso empaquetado y vendido en serie... nada de qué aterrarse.
Sin embargo, antes de que las bananas warholianas se vieran estiradas por la tetas de quinceañeras ignorantes de nombres como los de Lou Reed o John Cale, me sucedió un hecho que posiblemente podría haber sido el comienzo del fin.
Cuando estaba en primero de facultad fui a sacarme unas foto-carné exigida para comienzos de clases. Luego de batallar desganadamente con una fotógrafa que quería ser Mapplethorpe, metí dentro de un sobre las cinco copias que más me habían gustado y me aproximé hacia la caja. Había una cola de unas cuatro personas, y no tardé en reparar en una rubia muy veraniega que estaba delante de mí. Tenía una hawaianas, una musculosa y una pollera blanca hasta los tobillos, de esas con algunos cuantos volados que están en la fina línea que separa al hippismo de lo cool y lo sucio. Tenía el pelo lacio, cayendo recto hacia los hombros tatuados blancamente por un bikini intransigente. Es así que en una de esas se hace una colita de caballo y en aquel sector del cuello que tanto le obsesionaba a Onetti, esa pequeña parcela de nuca donde el pelo no es cabello, le veo el símbolo de
EINSTÜRZENDE NEUBAUTEN!!!
Aquello era desconcertante. Todas las ideas que me había hecho de aquella mujer se me hicieron añicos. Traté de contenerme durante unos minutos, pero inevitablemente terminé cediendo a mi éxtasis de emoción, hormonas y snobismo. Me acerqué, y desde atrás le dije
-Qué grande Blixa Bargeld…
La tipa me dijo “¿QUE?” como si le hubiera dicho un piropo onda con ese culo te invito a cagar a mi casa en alemán.
La charla posterior fue muy diferente de las emocionante fusión de almas que me había imaginado, teniéndole que explicar en varios minutos que aquello que tenía en el cuello no era un dibujo tribal, y que su tatuador de Floripa debió haber sido un tipo con mucha onda.


Epílogo:
Había alquilado La cáscara, dudando considerablemente de que fuera buena ante la cara de gil de ese tipo que aparece en la portada del DVD. En todo caso, la había alquilado un poco para ponerme al día de cómo es la actualidad cinematográfica uruguaya, y otro poco para encausar de una manera civilizada mis instintos más sádicos. Estrenábamos aparato de DVD y nos acercamos la estufa para resguardarnos del frío. María había trabajado diez horas, y la posibilidad de que resultara una baja en el transcurso del film era más que posible. Sin muchos preámbulos pusimos play.
La música se escucha bastante baja, y en unas oficinas en donde predominan los colores pálidos. Se ve a Pedro preparándose para una importante entrevista de trabajo. Luego aparecía Camarotta, que al parecer era el compañero de trabajo del protagonista. La historia hubiera seguido su transcurso normal, a no ser por un detalle: no se escuchaban los diálogos. No, ni una palabra. Cada tanto se escuchaba la música, algún automóvil que pasaba, la voz en off del protagonista, pero todo lo que sucedía entre los personajes era presenciado como ver a una pareja discutiendo en el apartamento del frente, sin tener idea de qué específicamente se está hablando. Fue más o menos a los cinco minutos que María llamó la atención sobre lo raro que era que por más que se vieran los labios moviéndose, no se registrara diálogo alguno. Sacando algo de academicismo del baúl, le contesté a María que en realidad era un interesante movimiento, el de proponer diálogos mudos y abiertos, en los que el espectador rellene las guestalts a su parecer, consolidándose así tantas versiones del film como espectadores. Cada uno podría crear mentalmente su historia de diálogos, y así aquello terminaría como un metaguión coescrito por los miles (¿?) de espectadores que verían el film en el cine o en la casa. María aguantó unos minutos más de charlas mudas, y al final terminó preguntándome si estaba seguro de si no había ningún problema con los cables, o el televisor. Con demarcada autosuficiencia le contesté que en todo caso, fueron las ideas del director, y que algo de interesante tenía todo aquello. Maria resopló y se terminó durmiendo a los pocos minutos. Yo estaba concentrado en ir esculpiendo las ficciones que se creaban entre aquellos espacios vacíos y mudos. Sin embargo, a eso de los veinte minutos comencé a percatarme de que me sentía incómodo. Entendía la intransigencia vanguardística del director, pero a partir de cierto momentos, la labor de relleno comenzó a resultar desgastante. Fue ahí que se me ocurrió salir de esa escena e ir a la sección de menú, donde se podía elegir el formato de audio. Ahí me di cuenta de que la película había estado todo el tiempo en formato 5.1, cuando el aparato nuevo de DVD sólo podía registrar los 2.0. Realicé este pequeño ajuste, y entonces escuché por primer vez en la película la voz de Gonzalo Cammarota. Literalmente sonrojado, reboviné y comencé a ver la película desde cero, descubriendo los verdaderos diálogos que mis guestalts y snobismo intentaron tapar.
La película resultó ser no muy buena, pero tampoco tan mala como me la prefiguraba. María se despertó justo cuando estaban los créditos. Me pregunta qué había sido de la película y decido no contarle sobre el pequeño gag tecnológico, diciéndole que a eso de los cuarenta minutos recién aparecen los diálogos. María dice “que embole”, y antes de que yo pueda inventar una defensa o divagante excusa cinematográdica, vuelve a cerrar los ojos, diciéndome entredormida algunas palabras pastosas que no puedo decodificar. Es ahí que viéndola dormida, hecha un ovillo sobre el sillón, me doy cuenta de que cosas como estas me recuerdan por qué estoy ennoviado con ella.

Monday, June 02, 2008

Cumtemporary Art
"En la desnudez, todo lo que no es bello es obsceno"
Robert Bresson

Ando leyendo Putas asesinas, de Roberto Bolaño, un libro que cuando tenía alrededor de quince siempre ojeaba, interesándome por el osado título y las piernas envueltas en látex de una posible prostituta, cuyo rostro quedaba sin revelar. La reciente fiebre por Bolaño –al menos así lo consideran algunos libreros de Montevideo-, yo la interpreto por tres lados:
1) En un país tan necrófago como el nuestro, la lectura de un muerto reciente suele resultar más atractiva que la de insulsos cuerpos vivos
2) Más allá de los elementos de la vagamente llamada “alta cultura” que abundan en sus cuentos, hay cierta autorreferencialidad pop que se acopla bien al relativamente nuevo perfil pop de Montevideo, ese divagante espejismo que nos han intentado hacer creer algunos un par de publicistas hoy en día
3) El tipo escribe bien.
Pero en realidad no es Bolaño de lo que me interesa hablar, sino más bien del Pajarito Gómez, un personaje abrumadoramente interesante que aparece en el cuento Prefiguraciones de Lalo Cura. El cuento relatado en primera persona por un posible narco –matón o capo, no se sabe a ciencia cierta- trata puntualmente sobre el mundo de la pornografía, pero más allá de ello, de los lazos sociales más espesos que la sangre, la mística más allá de la suma de las partes en ciertas personas, la posibilidad de encontrar lo sublime hasta en los medios más impensables. El narrador es el producto de la unión entre un predicador tan loco como combativo y una mesera que labura ocasionalmente como prostituta. Ni bien nace, el predicador desaparece –el apellido Cura proviene precisamente de la forma en que llamaban al misterioso tipo- y la madre de la criatura incursiona en el mundo porno –presentado con pinceladas casi surrealistas, trascendiendo la prefigurada idea de aquello como el último anillo del infierno. Es interesante cómo se presenta todo el proceso de filmación, conformándose una especie de familia, en la que se incluyen el productor, los actores, las actrices y el mismo Lalo, que suele jugar con unos ganzos y perros que cría el director en el fondo de su casa. Pasan los años y Lalo termina accediendo a las películas estelarizadas por la madre, pero más allá de presentarse la situación como un espectáculo tórrido y traumatizante, el narrador describe con pasión ciertas películas, incluso las más jodidas, entre ellas una llamada Pregnant fantasies, que no creo necesario precisar de por dónde viene la mano. La cuestión es que terminé uniéndome a la fascinación del narrador por la trama de algunas películas que va mencionando a lo largo del cuento. Cito el resumen que hace de la película Barquero:


“(…) Las chicas recorren basureros y caminos despoblados. Luego se ve un río de cauce ancho y aguas tranquilas. El Pajarito Gómez y otros dos tipos juegan a las cartas iluminados por una vela. Las chicas llegan a una fonda en donde los hombres van armados. Sucesivamente hacen el amor con todos (…) El pajarito Gómez es el barquero, al menos todos lo llaman de esa manera, pero no se mueve de la mesa. Sus cartas son las mejores. Los maleantes comentan acerca de lo bien que juega. Qué bien que juega al barquero, qué suerte tiene el barquero. Poco a poco comienzan a escasear los víveres. El cocinero y el pinche de la cocina martirizan a Doris, la penetran con los mangos de enormes cuchillos de carnicero. El hambre se enseñorea de la fonda (…) Mientras los hombres van cayendo enfermos las chicas escriben como posesas en sus diarios pictogramas desesperados. Se superponen las imágenes de un río y las imágenes de una orgía que nunca termina. El final es previsible. Los hombres disfrazan a las mujeres de gallinas y después de pasarlas por el aro se las comen en medio de un banquete nimblado de plumas. Se ven los huesos de Connie, Mónica y Doris en el patio de la finda. El Pajarito Gómez juega otra mano de póquer. Tiene la suerte apretada como un guante. La cámara se coloca detrás de él y el espectador puede ver qué cartas lleva. Los naipes están en blanco. Sobre los cadáveres de todos ellos apareen los títulos de crédito. Tres segundos antes del final el río cambia de color, se tiñe de negro azabache.”





Discúlpenme, pero si existiera esa película la vería ya. Uno intenta proyectarla mentalmente y aquello es un jodido guiso de Richard Kern, David Lynch, Armando Bó, Kenneth Anger y Cannibal Holocaust. Son de esas películas que ni bien son vistas se quedan en el espectador, pudiendo ser amadas, odiadas o temidas para la eternidad, pero nunca olvidadas. Es como una cicatriz importante, uno no puede emitir juicio sobre ella, simplemente sabe que está ahí y que ya es parte suya más allá de lo que piense o desee (escribo esto mientras veo un ilustre tajo que siempre me gustó como queda en mi antebrazo izquierdo). Más allá del sexo explícito –es decir, unas tipas penetradas por mangos de cuchillos de carnicero no entran precisamente en la categoría PG-, para la comúnmente compartida noción que se tiene de la pornografía, aquello dista mucho de lo que se suele esperar de una película porno, género que generalmente se resume a escenas inconexas con prólogos de no más de cinco minutos en los que una colegiala (generalmente interpretada por alguna veterana con pigtails) seduce a su profesor en un período de detention, o algo por el estilo. Lo peor es que posiblemente tengan razón, por más placeres fugaces y cuotas de porn culture nos ofrezcan muchas de las películas de the black side of the valley, ya no se estila crear cierta trama o clima siquiera, y ciertamente se perdió bastante del mismo erotismo de las escenas, pareciendo las performances, más que sexuales, gimnásticas. Sin embargo, no siempre fue así y ciertamente, en el pasado el cine underground, el gore, las películas clase b y la pornografía se entremezclaban, siendo varios nudillos del puño contracultural que daba en la nariz –o si quieren, las bolas- del establishment norteamericano. Como ejemplo tardío de esto está el cinema of transgression, con las películas de Richard Kern o Thessa Huges, que si bien presentaban sexo explícito, no tenían el mero fin de que algún espectador anónimo se bajara una mano viéndola en su casa o un cine desierto (aunque algún que otro enfermito ya lo debe haber hecho), sino generar un impacto tal en que el eros y el thanatos se convirtieran en una misma pasta oscura y tan oleosa como el cine del primero.
En el cuento de Bolaño, más allá de la inclusión enigmática de esa escena de las cartas, se refiere a Pajarito Gómez como un hombre que más allá de sus dieciocho centímetros –una medida tan desestimable como un metro setenta en la NBA- tenía una mística propia que hechizaba, generando una mezcla de fascinación y miedo. La forma en que Bolaño describe las escenas, así como la personalidad y el físico de Gómez, me impulsó a escribir este post, por el hecho de rescatar cierta belleza, o cuando menos, cierta magia que tiene el cine porno, defensa a tal arte frente a la cual la mayoría de la gente simplemente reaccionaría calificando aquello como un mero snobismo, o la onanista fascinación de un porno geek terminal.
A fin de cuentas, a uno no le extraña que aquellas películas no sean consideradas buenas -que muy difícilmente llegarían a serlo-, sino que sean automáticamente descartadas y no tengan un lugar en los corazones de ciertas personas -al menos en Uruguay- como así lo tienen películas también malísimas como Plan 9 del Espacio Sideral (B movie elevada a film de culto), o Showgirls.
Pero para hablar sobre el porno, olvidémonos de Jenna Jameson, de Raven Riley, de Jayden James o de Tera Patrick, y volvamos al principio, o mejor, volvamos a mi principio.
No me sorprende decir que la cartografía libidinosa de mi existencia comienza, no por la vida cotidiana, sino por las películas (salvando el detalle de las pulsiones orales infantiles y todo el rollo psicoanalítico). Hasta cuarto año de escuela difícilmente me interesaban las mujeres, y ciertamente me gustaba más dibujarlas que hablar con ellas. Por supuesto, había alguna que otra chica que me gustaba, pero entre mi mala suerte, falta de tacto y cierta puerilidad, aquello era no man’s land. Sin embargo (y sabiendo lo caprichosos que suelen ser los archivos de mis recuerdos), gran parte de eso cambió en uno de mis veranos en Atlántida, donde escuché hablar por primera vez de Ultimo tango en París.
Era la sobremesa de un asado y mi primo Lucas y yo andábamos recolectando tomatitos de un gratebus mientras mis padres, tíos y abuelos se sumían a una de esas extensas charlas de sobremesa. Los mayores se habían dispuesto a conversar sobre las escenas más fuertes (el eufemismo común que utilizaban mis padres para referirse a escenas de sexo) del cine. En aquel momento no había pasado mucho del furor de Bajos instintos (estamos probablemente en 1994, siendo la película estrenada para salas en 1992), y la famosa escena de la apertura de gambas de Sharon Stone circulaba y era moneda común para todos los allí presentes. Sin embargo, mi abuelo comenzó a exponer ciertas escenas que habían causado furor en su momento, llevando a mención una escena de las piernas de una mujer en un arrozal (que recién a mis diecisiete reconocí en la Silvana Mangano de “Arroz amargo” –de por cierto, fascinantemente sexual) y Ultimo tango en París. Que pronunciara aquel enigmático nombre fue suficiente para que todos los mayores asintieran y mi padre me descubriera en la hamaca, diciéndome que me fuera a acostar. Yo era un pibe bastante obediente, y me fui con Lucas a las cuchetas, preguntándome qué habría detrás de ese film. Unos días después, en una jornada de pesca le pregunté a mi abuelo qué era Ultimo tango en París y me respondió, de manera igualmente hermética, que era una película muy fuerte. Ciertamente pasó mucho tiempo desde aquella conversación hasta alquilar efectivamente la película (y conocer los varios usos y propiedades de la manteca), habiendo pasado entre medio muchos films que me quemaron el bocho, como Sliver y algunas de la Coca Sarli o de Shannon Tweed, pero sin duda la película de Bertolucci fue el puntapié inicial, como un mito que empezó a hacer funcionar engranajes que nunca antes habían sido puestos en funcionamiento.
La primer película porno que vi –sin saberlo, es más, sin siquiera saber qué era realmente pornografía- fue Garganta Profunda. Tenía doce años y yo creía que por haber visto las Emanuelle de Laura Gemser ya sabía todo lo que había que saber de sexo en cámara. Algunos compañeros míos me habían dicho que en la casa de Renato, un compañero brasilero, había un canal llamado Bandeirantes, en donde todos los sábados se pasaban películas mucho más zafadas que las que se acostumbraban dar en Space. Yo no les creía mucho, y ciertamente las pocas veces que fui a lo de Renato, la familia tenía hábitos demarcadamente noctámbulos que nos impedían despacharnos de ese supuesto festín de la carne que solo se podía ver en la tele del living.
Una tarde con mi casa vacía fui a buscar unas medias en el cajón de mi padre. Entre la ropa del cajón había dos videocasetes, muy pesados, de esos que en ciertas velocidades pueden albergar hasta ocho horas de películas. Los inspeccioné, intenté encontrar alguna señal que delatara su contenido, pero no, eran dos casetes desnudamente negros, sin ninguna inscripción de cualquier tipo. Esperé unas cuantas tardes para poder ver el material. El primer video, más ligero de peso, era una película erótica en la que dos parejas se intercambiaban en una serie de juegos y malentendidos entremezclados con mucha –demasiada- masturbación femenina. Estaba bastante bien, pero no era nada que no hubiera visto antes. Sin embargo, el otro video se resistió a mostrar su contenido. En el video de mis padres no funcionaba, y en el mío apenas podían vislumbrarse ciertas imágenes que no arrojaban mucha información de nada. Devolví los videos al cajón, intenté mantener la escena del crimen intacta, pensando que mi padre me podría descubrir por veinte centímetros de desplazamiento de un par de medias o calzoncillos. Pasaron varios días y cuando quedó nuevamente la casa libre me dispuse a ver ese video. Traté de todo, pero ninguna de las videocaseteras funcionaba, y pensando que debía ser un problema de norma, decidí por sacar del fondo del ropero un apolillado aparato que nos servía en México, pero acá no. Intenté conectarlo como pude y metí el video. Funcionaba. Aparecía un bigotudo en escena, un tipo que en los subtítulos se hacía llamar como Dr. Young. No entendía mucho la trama –ahora creo que sencillamente estaba nervioso, o excitado, o ambos- y puse stop y ffw para ver que pasaba a unos cuantos minutos de distancia. Fue ahí que al presionar el el verde botón del Play apareció de lleno, casi osando atravesar la pantalla, un pene gigantesco, que al principio pensé que sólo podía ser una prótesis, o algo por el estilo. El hecho era que una pecosa que parecía salida del reparto de Breakfast club, de golpe y porrazo se tragaba un gigantesco miembro que a simple distancia de la cama al televisor parecía que iba a sacarle un ojo a uno. Seguí haciendo ffw y descubrí que no era sólo el pene del bigotudo –Harry Reems-, sino que todos eran una especie de superhombres con paquidérmicos miembros que largaban esperma como una planta de extracción de petróleo. Aquellas imágenes eran impactantes, y realmente eran tan asombrosas que dejaban poco espacio al placer. Estaba todo el tiempo urdiendo en posibles efectos especiales, entre ellos, las posibilidades de que los penes fueran cilindros huecos con un sistema de bomba que pudiera controlar al parecer de los directores los famosos chorros que caían sobre el rostro de la actriz. Hasta donde yo creía, el semen era algo cuasi tóxico, y la posibilidad de que una mujer se tragase aquello era tan improbable como perturbadora.Como prometía el peso del casete, este contenía algunas cuantas películas, entre ellas uno sobre un spa de iniciación sexual, otro de voyeurismo y ala delta (¿!) y algunos videos de la Doctora Ruth, capilarmente más ochentosos que los anteriores. Había otro de Harry Reems que era bastante oscuro, uno en que nuevamente era un doctor – este caso un psiquiatra, vayan a saber qué lo mantenía tan enquistado en ese papel-, que atendía a una psicótica con un pasado plagado de violaciones, filmadas por una cámara fascinada por la oscuridad y texturas jodidas. Incluso la pobre internada era sodomizada -aunque no le jodía mucho-por una de las enfermeras, una veterana evidentemente lesbiana, y el final del film era tan abierto como oscuro, dejando la escena final de una violación en que la protagonista muere como una escenificación de su propia desestructuración psíquica, o un macabro hecho que realmente sucede.
Cuando presentía que iba a llegar alguien a casa, corría al cuarto de mi padre y disponía todo tal cual estaba. Aquellas sesiones no eran algo precisamente erótico, enfocándome a aquellas películas más como si fuesen algunas de las de Jason o Didavisión, que un propio jerking material. Una o dos veces a la semana, miraba aquellas películas, y trataba de entender de qué se trataban, estando la mayoría de ellas sin subtítulos. Viéndolo desde cierta perspectiva, aquel videocasete era una verdadera piedra Rosetta del lenguaje pornográfico, siendo un popurrí de thrillers, comedias, sexo de todas las posiciones, y una filmografía que incluía a fichas como Rocco Siffredi, Gina Lynn, Annette Heaven, el titánico John Holmes y Reems y Loveleace, de los que ya venía hablando.
Extrañamente, mi cinefilia pornográfica tiene cierta sincronía con el propio curso de la industria azul. Garganta profunda, film arquetípico que resultó ser la película seminal -en todos los sentidos de la palabra- de la industria del porno, posiblemente no sea el mejor film del género, pero sí la más importante. Para entender lo que significó la película recomiendo tremendamente mirar Inside deep throat, documental que refiriéndose a un film pornográfico, termina hablando de los caminos del arte y la historia de una nación en uno de sus períodos más voluptuosos, es decir, los setentas. En el film se entrevista a Damiano –director de la película-, Harry Reems –con canas y sin su característico bigote-, junto a abogados, distribuidores y personajes que formaron parte o que fueron testigos de tal gigantesco acontecimiento. Lo que queda claro es que la película terminó siendo lo que es, más que por sus propios méritos artísticos, por la caza de brujas que se inició a partir de su estreno, con Nixon y todos sus caballeros intentando censurar a toda costa la reproducción del film –incluso se llegó a enjuiciar a Harry Reems, siendo la primera vez que se condenaba a un actor por interpretar un papel. Lo que no mata fortalece, y tal como los Sex Pistols encabezando el puesto número uno de Gran Bretaña con un disco que la Billboard intentaba ocultar de su listado –ese 1) con un espacio en blanco que aparece en el documental de Julien Temple-, la película llegó a boca –y mano- de todos, comprobándose ese dicho de Oscar Wilde, de que es mejor la mala fama que no ser conocido.

Como decía, hay películas mejores que Deep throat, como la super arty Behind the green door –película de los hermanos Mitchell en donde se funde coreaografía, orgías y psicodelia, con la belleza particular de Marilyn Chambers-, la fáustica The Devil in Miss. Jones –otra de Damiano-, o The opening of misty beethoven –mi favorita entre todas ellas, una especie de My Fair Lady pornográfica de alto presupuesto, y con algunas escenas verdaderamente cómicas. Incluso, se está equivocado creer que la primer película porno es efectivamente Deep Throat, siendo Mona un precedente exhibido en San Francisco. John Waters, tipo ídolo si los hay, afirma que el cine pornográfico comenzó propiamente en el documental Pornography in Denmark, película que mostraba penetraciones, pero que por estar amparada en un cierto velo de artisticidad, había escapado la neurótica censura de la land of the free. Incluso volviendo más atrás, varios autores consideran que los verdaderos puntales sobre los que se basó la industria pornográfica son las películas de Russ Meyer (un viejo entrañable, que tenía un plantel entero de Cocas Sarlis dispuestas a bañarse y saltar y saltar y saltar hasta que el lo dispusiera) y las clandestinas stag movies, películas de más o menos diez minutos que consistían simplemente en una persona siendo filmada mientras tenía sexo con otra –de hecho, hace poco salió a la luz uno de estos videos interpretado nada más y nada menos que por Marilyn Monroe, pero al parecer un überonani desembolsó unos cuantos billetes para hacerse del material y no compartirlo con nadie. De las stag movies se tomó propiamente gráfico, y de las de Meyer, su ritmo y su predisposición al humor –es gracioso ver una película de este señor que siempre me recordó a Hitchcock, por el hecho de parecer en sus diálogos y comportamientos a los propios de una peli porno, por más que a penas se muestre alguna teta. La búsqueda genealógica realmente puede alargarse hasta donde uno quiera, pudiendo pasar por el orgasmo femenino de Extasis de Machaty, los pies de la estatua besados por aquella chica en La Edad de Oro (película de Buñuel que despertó un quilombo parecido al de Garganta Profunda), o propiamente El beso, de 1896, que a más de uno le pareció un acto tan indecente como filmar a dos niñas siendo violadas por cerdos mientras que pasan de fondo se pasa You're ths sunshine of my life, de Steavie Wonder. En realidad la cosa se puede extender hasta donde uno quiera, y puede llegar hasta Sade, Safo, la Venus de Milo, y pará de contar...
La cuestión es que desde que el hombre es hombre sus actividades masturbatorias o fantasiosas han buscado ficciones sobre las cuales apuntalarse, y el arte siempre estuvo a mano como vehículo de tales anhelos. Sin embargo, en ese camino que parece más una meta para un fin, el mero acto masturbatorio ha sido elevado a la dignidad de cosa, y ciertamente el tiempo cinematográfico entre garche y garche ha sido reducido, hasta convertirse aquello en una mera recopilación de escenas. Precisamente, hoy pareciera que en realidad, más que una degeneración, es un back to the roots, con una fascinación con las filmaciones tremendamente low budget, o sencillamente amateurs, que no difieren en absoluto de las stag movies del pasado. Tanto Inside Deep Throat, como The Other Hollywood: the uncensored oral story of the porn film industry (libro de Legs McNeil, que es como una especie de Please kill me del porno que me interesaría comprarme un día de estos) recalcan el hecho de que fueron los ochenta, y específicamente la tecnología del videocasete lo que mataron al porno como arte. Antes las películas pornográficas se estrenaban con ceremonias similares al teatro chino de Hollywood, los directores eran personas que querían ser famosas por lo que hacían, más que ganar unos pesos, y ciertamente hacer una película era algo que requería más que viagras, fluffers y una steady cam. Con el videocasete, la gente ya no tenía que meterse en el poco privado mundo de los cines, y podía ver hasta empacharse las películas en su casa. Esto llevó a que las exigencias de rodaje fueran menores, volviéndose cada vez más barato el budget, ampliándose el espectro a directores que más que directores eran tipos con poca imaginación que fueron recortando todo tipo de trama, hasta dejar la historia pelada, tan pelada como las vulvas de las pornstars que desfilan por los lentes de las películas de hoy en día. Si el vhs fue un acierto para la mayor privacidad, la internet fue el paraíso descubierto a un machetazo en la jungla, con películas que al poder ser descargadas, podían ahorrarle al comprador el vergonzoso acto de acceder a un sex shop, o tener que encontrar un secreto alojamiento físico para dichos films. El mundo virtual suplió ambas necesidades, y ante la vorágine del vértigo, los kbps y la banda ancha, muy poca gente disponía del tiempo –y disco duro- para bajarse películas enteras, por lo que sencillamente se optó por filmar escenas. A no engañarnos, empresas como Vivid siguen haciendo ficciones, pero al parecer firmas como BangBros y Reality Kings (estos últimos más caracterizados por falsos realities y audiciones que juegan con el morbo del espectador) se han vuelto los casos paradigmáticos de hoy en día. Las películas duran veinte o treinta minutos, el tiempo necesario para que el agitado hombre del presente pueda bajarse la bragueta, fantasear un cacho y quitarse un peso de encima –sí, la masturbación ha adquirido dimensiones más propiamente escatológicas.
Si uno lo piensa bien, la pornografía es una mini historia del arte, condensada en apenas dos décadas, en que se muestra cómo se va olvidando el camino para primar la meta o el resultado, principalmente bajo el imperativo del dinero.
No es difícil conseguir una erección en un hombre, a la mayoría de nosotros nos sucede en el omnibus sin tener mucha idea de por qué. La idea de la pornografía era trascender eso, hacer que uno se sentara en su pene, aguantándose para ver qué sucedía después. Personalmente, mi estilo siempre congenió más con la dinámica del erotismo, no porque no me guste lo gráfico –que sí, muchas veces me gusta- sino por su mayor conciencia de la sexualidad y lo que realmente calienta, al menos para seres complicados como yo. Ya había hablado sobre la disección del guante de Rita Hayworth, esa desnudez de un brazo que calienta más que todas las vulvas microscópicamente inspeccionadas por cámaras que pueda haber, y ciertamente mucho más que films no pornográficos, pero sí explícitos, como puede ser la anémica 9 songs, que también encontré espacio para despacharme en puteadas hace un tiempo. En el cine, desde los stándares de arte, cuando se abre la senda de lo gráfico, sus resultados suelen ser bastante lejanos al erotismo, con resultados como el blow job de Sevigny a Gallo en Brown Bunny, la sádica y desapasionada Saló, o la desconcertante orgía de Los Idiotas, flmada con el nervioso pulso del dogma danés. En todos estos casos, y me atrevería a meter en la misma bolsa al Imperio de los sentidos, el fin es, si no deserotizar la escena por su excesiva cercanía, sí mantenerla lejos de cualquier complacencia masturbatoria.


A mucha gente le extraña, pero la película más insoportablemente erótica a la que me vi enfrentado es El silencio, de Bergman. En dicha película, la sensualidad se mantiene tensa, tan tensa que parece una cuarta cuerda de bajo, tirante a punto de reventarnos sobre el rostro. Recuerdo haber visto esa película en el marco de una jodida abstinencia sexual, por lo que desestimé el verdadero alcance del erotismo del film. Sin embargo, la vi nuevamente este año, y realmente, por razones que no son tan fáciles de precisar, la película te da vuelta como una media, y Gunnel Lindblom es una bomba, una tipa que desde el principio te lleva de la correa y te pasa el hocico por tus propios percances. (Ahora que lo pienso, lejos del viejo obsesionado con la muerte y la culpa, el Bergman –haciéndole honor a su apellido- realmente desborda en sexualidad, con películas como Un verano con Mónica, Juventud, divino tesoro, o Persona –con esa narración del encuentro sexual que por no estar amparada en imágenes logra un efecto completamente impensado; de yapa, el ralato de la primera vez del sueco, via elbailemoderno, que figura en el libro La linterna mágica).
Pero volviendo al porno, creo que más allá de los cambios acarreados por el cambio de formato, hay algo propio del pasaje de décadas y el sentir de la sexualidad que habla sobre la misma transformación de los recursos y objetivos. En cualquier porno de los setentas –especialmente las de San Francisco, que se diferenciaban de las de las neoyorkinas por ser más sueltas, menos técnicas y más alegres-, resultaba visible el desenfadado hedonismo de aquella época, los restos del hippismo que todavía circulaba renovado en la música disco, el estudio 54 y la merca, que todavía parecía una droga recreativa. Con los ochenta apareció Reagan, el neoliberalismo y el paraíso yuppie, sepultándose toda aquella ingenuidad en una resaca de rimel corrido y cabellos oxigenados y frondosos. Para aquella época siguen habiendo alguna que otra película perdurable, y algunas figuras siguen actuando –como Holmes, raquítico y con Sida, pero con esos treinta y cinco centímetros de carne que hacían pensar en la necesaria implementación del formato widescreen-, y otras despegan –como por ejemplo, Ron Jeremy- pero la cosa ya no es la misma. Ciertamente, como muy bien captó la película Boggie Nights, la fiesta había terminado y gran parte de la familia estaba desintegrada.

Ya para los noventa, y el 2000, la cosa se llena de glitter, los AVN se convierten en una institución y las pornstars lanzan best sellers, pero gran parte de la mística se ha perdido. Llama la atención cómo mientras en los ochenta y setenta las pornos condensaban todo el estilo y desfachatez de la época –no hay pelos más batidos que los de las modelos de los ochenta, y a uno le basta con ver la ropa de John Holmes en su personaje de Johnny Wadd para saber que está en los setenta- en las de los noventa y dos mil hay pocos elementos típicos de la década, al igual que la ropa, que –cuando la hay- más que ropa parece material de utilería. Incluso la música se ha perdido, y mientras que en los setenta habían canciones folk o disco realmente bellas –no estoy jodiendo, péguenle una escuchada a ciertas escenas de algunas pelis pornos de esa época y después me dicen-, en estos tiempos no suele haber música, y cuando la hay, es prácticamente una radio encendida con alguna canción de hip hop, que obviamente no forma parte del original score, y frente a la que la mayoría de las veces ni siquiera fueron pagados los derechos para su utilización.
El porno ha tomado el camino que pavimentó el mercado: la especialización. Hoy en día, ya sea por tube8, pornkolt, porntube, poringa, o xvideos, uno especifica el campo que quiere abarcar y se sorprende de cuán específicas pueden ser las búsquedas. A unos pocos clics de distancia, aparecen para el exigente paladar, amateur, anals, facials, blowjobs, titjobs, tugjobs, footjobs, bukkakes, creampies, ass to mouth, D.P., POV’s, deepthroat, face-fucking, fist-fucking, cum gaggers, cum-on-eye, dildo action, fingerin’, swallowers, squirters, sybian, solo, pussy drillers, glory holes, monster cock, bondage, voyeur, bestiality, midget sex, busty, naturals, hairy, teen, coed, lolita, asian, asian nurses, latino girls, ebony, czechs, brazillians, 2 girls one cup. A tanta especialización, según este artículo que me afané via Le Petite Claudine, la sobreoferta marea a la gente, y ciertamente el verdadero gusto del fetiche, algo que sólo jugaba dentro de nuestra fantasía como innombrable, prohibido, o ciertamente inconcretable, se termina perdiendo ante las ofertas que cosquillean nuestras narices.
Las actrices ya sólo aspiran a una rama en la cual creen que pueden explotar su potencial. Por ejemplo, Naomi Russell difícilmente haga un film en donde no haga uso de esa cola suya que hace ver a Agustina Keyra como Twiggy; la rumana Sandra Romain ha logrado la milagrosa hazaña del triple anal –algo que apenas se insinuaba como posible en la película Orgasmo-, y Belladona… bueno, Belladona hace todo, y mucho más jodido que cualquiera.

Uno de los determinantes más claros de la decadencia estilística –no económica- del porno es la misma ausencia de actores masculinos relevantes. Prácticamente no hay ningún actor que sobresalga, y los hombres suelen ser reducidos a sudorosas máquinas de jadeos, muchas veces meros penes parlantes, objetos parciales que entran y salen de cámara.
Más allá del paupérrimo nivel general, hay algunas cosas por las que alegrarse. En un terreno donde los recursos técnicos y estilísticos están tan pasados por el barro, hay veces que a tantas infracciones de las normas del arte se logran verdaderos productos de vanguardia, como si fueran ejemplos de cinéma discrépant.
Un ejemplo demasiado genial sobre esto figura en un post de benito en fuckyoutiger, en referencia a la película John Wayne Bobbit uncut. En esta película, en el medio de una escena, de la nada sale Ron Jeremy y se bombea a la actriz principal, con la que uno de los actores estaba tenienendo sexo. Lo gracioso es que Jeremy era el mismo director, por lo que habría que pensar si aquello fue algo pensado como parte del guión, o si fue una lección de una buena cogida ante un actor que venía frustrándolo por su incompetencia. De una u otro forma, aquello, por el barrado de la implicación director-obra, se vuelve algo vanguardístico y meta cinematográfico, que en la cámara de otro director podría ser considerado como un tremendo tour de force. Personalmente, no vi la escena –me encantaría poder verla, ya me estoy riendo mientras escribo esto-, pero me trae a memoria una que sí vi, y no hace mucho. Era una historia prototipo, un tipo va a consultar a su compañero de buffet, y lo atiende la esposa del mismo, invitándolo a tomar algo, no durando más de tres minutos en quedar completamente en pelotas -como era previsible. Pasa todo lo que tiene que pasar, y tras quince minutos de puro traqueteo, el tipo termina sobre la cara de la mujer –creo que era Shyla Stylez, pero puede ser que me equivoque. La escena sería completamente desechable, si no fuese que de la nada, la cámara se acerca a la modelo, y se desenfunda un pene que en cuestión de unas pocas sacudidas vierte su blacuzco líquido en la bronceada espalda de la esposa del abogado. En ningún momento se había hecho hincapié en la existencia del camarógrafo, es decir, la cámara estaba por fuera del universo diegético del film, y sin embargo, de la nada la misma cámara tiene pene y como si fuera objeto parcial se desagota, rompiendo aún más edgier la estructura narrativa del film.
Hay otras cosas buenísimas del cine porno, entre ellas los complicadísimos y creativos seudónimos –ej: el director Dick Cocks- o nombres de películas –Shaving private Ryan es uno de mis favoritos-, pero más allá de estos elementos que son más bien folclóricos y, en algunos casos, no pensados, o accidentales, hay una nueva producción que considero una idea esperanzadora entre tanta chatura.
Beautiful Agony está subtitulado como facettes de la petit mort, y tal como lo indica, sólo son primeros planos de personas alcanzando el orgasmo. La mayoría de los videos son enviados de forma amateur, y en ellos no se ve más que el rostro de las personas. No sabemos en qué circunstancia están, cómo se están masturbando, o que les pasa por su cabeza, sólo se ve el rostro, de una forma que a veces impacta por lo fiel y auténtico de los mismos. Dejo como ejemplo este video. Hay un momento preciso en que la morocha después de acabar, mira a un costado y sonríe con cierta vergüenza, una vergüenza genuina que lo termina comprando a uno. En mi caso, me parece que ese cambio de mirada es de las cosas más fascinantes y eróticas que he visto en films y pornografía. Ciertamente, el órgano de la sensualidad, por mal que le pese a los cirujanos, son los ojos. La mirada es la erección del ojo, dicen, y si hay algo que es irreproducible e intraducible en la mirada de una persona. Los cuerpos se pueden tunear, con los milagros de la cirugía plástica una mujer se puede agregar gomas, afilar pómulos y vencer momentáneamente la ley de la gravedad. Sin embargo, la mirada no, y es algo que se salva de cualquier maltrato, abaratamiento o sobreexplotación. La mirada es intuneable. La gente detrás de Beautiful Agony entendió eso, y tiene en su haber una de las pocos faroles más allá del tunel.

Epílogo:
Un amigo me dijo que si escribo sobre pornografía, mejor que lo haga con los pantalones bajos, porque si no, no es divertido. Pienso en ello, pero no puedo posicionarme ante esta idea. Personalmente creo que gran parte de mi ideología se basa en bajarme los pantalones en circunstancias donde ameritan tenerlos puestos y subirmelos en donde se espera que los tenga bajos, por lo que estoy lejos de poder llegar a tomar partido en el asunto. Una vez me dijo mi psicólogo que mi forma de proceder ante todo es como la de un coleccionista. Posiblemente, de las mayores verdades que he extraído de la terapia. He acumulado todas estas actrices, todas han pasado por mi televisión, mi vhs, mi computadora y mi retina pero por alguna razón no las desecho, me gusta acordarme de sus nombres, analizar su forma de actuación, insertarlas en una especie de estantería imaginaria. Casi la mayoría de las eternamente perdurables son figuras de los setenta, con algunas excepciones como Belladona (a la que mucha gente le pide que le firme bates de baseball, y no precisamente por su cantidad de home runs) y Dani Woodward (una de las pocas, que cuando menos, sabe actuar mal). Pienso una vez más sobre ello, y es una tarde larga y fría. Luego de escribir este post voy a buscar medias al cuarto de mi padre, y ahí, tal como lo dejé años atrás, está el video. Me quedo observando el video, y luego de decidirme por unas Reebok abrigadas, pienso para adentro
Here's to Lovelace
And Chambers
And Holmes
And Metzger, and Damiano
And Spelvin
And all the strange porn heros
You know you're doing all right
So hold on to each other
You gotta hold on tonight

Monday, May 12, 2008

Murder Ballads
"El gran sucedáneo norteamericano de la revolución social es el asesinato"
Walter Dean Burnham

Cuando tenía nueve años pegué una foto de Chikatillo en una pared de mi cuarto. Era un recorte de una revista Muy Interesante, revista a la cual prácticamente estaba formalmente suscripto por aquellos tiempos. Aquel número tiene una historia en sí, habiéndose convertido objeto de veneración de tres niños que se disputaban por leerla en los recreos. El ejemplar lo encontramos en la biblioteca del San Juan, y había sido amor a primera vista. Por aquel entonces Juani y yo nos habíamos hecho amigos de un chico llamado Ignacio, pero que llamábamos Jacobo, por aquella extraña costumbre de llamar por el apellido que reinaba en el colegio (yo mismo era conocido como el Acevedo). De Jacobo ya hablé en este post, personaje que siempre parecía haber vivido el horror en carne propia, mientras que nosotros apenas atisbábamos a verlo desde banderolas entrabiertas. Con él apareció George Romero, el Necronomicón, los extraterrestres, el juego de la copa, y sí, eventualmente los asesinos. Prácticamente era como si hubiese traído los temas importados de otra escuela, en donde al parecer dicha fascinación era omnipresente entre sus compañeros. Juani siempre había sido medio veleta, y su entusiasmo por las ciencias forenses duró lo mismo que sus Rollers, su habilidad con el diábolo, sus pantalones carpintero o su titularidad en el Pucarú. Por mi parte, yo ya daba muestras de una cualidad o defecto que me sigue caracterizando hoy en día: mi capacidad de convertir sencillos gustos y manías en religión. En repetidos episodios de mi vida, me ha sucedido de ser introducido por alguien en determinado tema, gusto, o actividad y no demorar en vencer al maestro, convirtiendo aquella tímida o entusiasta recomendación en un modo de vida. Ya me había pasado con Pedro Lamas y Tolkien, mis amigos de facultad y Buenos Muchachos, y ciertamente con Jacobo y sus asesinos. Ciertamente, de haber probado ciertas drogas, sería el perfecto personaje que llena de remordimientos a la persona que lo introdujo al primer gramito, la primer pitada, o el primer pico.
Es así que en cuestión de meses me había convertido en alguien que juntaba información de asesinos como si fuera un pájaro queriéndose hacer un nido con semejante cantidad de recortes y fotocopias. Incluso había llegado a alquilar un libro de Psicología Jurídica -que desde mi perspectiva actual reconozco como horripilantemente conductista-, del que llegué a leer bastantes capítulos, más allá de no entender mucho lenguaje técnico ni fisiológico (podía comprender apenas esbozos de lo concerniente al lóbulo frontal, el cortisol y cosas por el estilo).
Pero por más de haber conseguido información mucho más detallada y profesional siempre terminaba cayendo en la misma revista, que a tantos cambios de página sus ganchitos no pudieron soportar más, como levantando sus brazos en gesto de hastío, convirtiendo aquello en un alboroto de hojas, apenas mantenido en orden por una cinta elástica. Al principio nos habíamos contentado con fotocopiar la considerable cantidad de páginas que llenaban la revista. Luego de un tiempo eso no bastó y terminé robándome el ejemplar. Fue un hecho gracioso, porque la misma tarde Jacobo o Juani, no recuerdo, se dispusieron a robarla, enterándose más tarde que les había ganado de mano. Ahora, repasando aquel artículo, uno se da cuenta de que no era gran cosa y difícilmente hablaba de algo que ya no se hubiera dicho sobre asesinos. Sin embargo, lo que más compraba a uno era la documentación fotográfica, llena de aquellas imágenes de hombres con ojos desorbitados, corpulentos norteamericanos vestidos de payaso, petisos orejudos, barbudos con svásticas tatuadas entre ceja y ceja. Más allá de Charles Manson, que ya gozaba de cierta iconografía pop, culminada por la ridícula camiseta que solía portar Axl Rose (y en una época donde el chillante hombre de falda era lo más cercano a Dios), a mi me fascinaba la foto de Chikatillo, especialmente por la imagen completamente enfermiza que irradiaba su rostro. Uno se daba cuenta de que debía haber algún tufillo detrás de su tardía encarcelación (como eventualmente se comprobó, por la tregua impuesta al integrar las filas comunistas), porque uno ve cualquiera de sus fotos, y ya desde su apariencia es imposible no despertar sospechas de un pasado o presente evidentemente sórdido.


No hacían falta las pitonisas de Minority Report, uno con ver aquel rostro podría haberlo encarcelado previo a que cualquier tragedia se hubiese efectuado.
La foto la tuve pegada lo que le duró a mis padres darse cuenta de quién era el simpático hombre sin cejas que me miraba desde la otra parte del cuarto (algo así como cinco días). Volviendo atrás, el pegarlo en la pared no se debía tanto por el oscuro –pero evidentemente púber- enamoramiento hacia tal sórdido personaje, sino más bien a un afán coleccionista, como un hombre que ama a las mariposas, pero sólo para mantenerlas disecadas y en vitrinas. En mi caso, soñaba con tener la pared tapizada de fotos de asesinos, recortes de diario, identikits y gigantes mapas de la ciudad con pins rojos, azules y verdes sobre los lugares en donde se registraron los sucesos. En fin, uno deseaba con ser, cuando no un detective, un experto en la materia.
Los años siguieron y mi fascinación por los asesinos se dilató con las nuevas armas que ofrecía la internet. Finalmente había accedido a truculentas imágenes de escenas del crimen, y en mi haber tenía fotos de Shannon Tate, los desmembramientos de Jeffrey Dahmer, o los cuerpos sin vida de las jovencitas de Ted Bundy, frente a las cuales uno incómodamente percibía que eran generalmente bellas.
Mi fascinación por The X-Files no ayudó a desligarme de esos temas, y ciertamente la obsesió se mantuvo durante mucho tiempo, incluso siendo uno de los principales motores para inscribirme en facultad de psicología.
Con el tiempo, Jacobo se entregó por completo a la liberación de Palestina y la causa anarkista y de Juani ya ni sabía qué cosas le gustaban. Yo, sin embargo, había decidido que iba a ser psicólogo forense.
Es extraño ver ahora a mi novia estudiar psicología jurídica, mientras que yo abandoné aquellas antiguas pasiones para abocarme a lo más clínico.
De cierto modo es un barómetro para medir cuánto ha cambiado uno en todos estos años.
Sin embargo, hay algo que parmenece ahí, debiendo ser uno de los únicos que al ver una foto de Onoprienko, u Otis Toole no siente fascinación, miedo o rechazo, sino dulce nostalgia.
En cuestión de años, la música, la literatura y el cine fueron ocupando un lugar cada vez más predominante en mi vida, dejando un poco por fuera a cuestiones de índole criminalístico, psicológico y afines. Sin embargo, y de cierta manera reconciliadora con mis antiguas obsesiones, los filmes sobre asesinos abundan en mi videoteca –no así las novelas policiales, a las que siempre me resultó difícil hincarle el ojo-.
Me gustaría salir con alguna película underground de Lituania, pero, a mi parecer, la película de asesinos fue, y será por mucho tiempo, El silencio de los corderos. Nótese que la menciono en su traducción literal, y no como “El silencio de los inocentes”, parte de ese compendio de castellanizaciones lastimosas que parecen tener a su disposición un diccionario de treinta palabras. Es una lástima que películas como esta caigan a la miopía selectiva de traductores, que se olvidan que, en este caso, el título en inglés adquiere una dimensión mucho más profunda y psicológica que la obviedad alambrada de la palabra “inocente”. Precisamente, a diferencia de la comúnmente alabada actuación de Hopkins –que sí, está genial- lo que diferencia a esta película del cualquiera del género serial killer movie, es que Hannibal Lecter patea la pelota en cancha de la protagonista, convirtiendo aquello en una búsqueda personal por un asesino interno que difiere de la estereotipada y noir imagen del detective atormentado por su pasado. Sin embargo, mucha sangre –ficticia y real- tuvo que correr debajo del puente para que el refinado señor Lecter se hiciera un lugar en el salón de la fama.
Más allá de que el concepto serial killer es considerablemente reciente, con otros nombres han abundado en la historia personajes que con toda justicia podrían ser catalogados como asesinos seriales. Incluso, posiblemente los grandes monstruos del pasado, como puede ser Drácula, los licántropos, etc. perfectamente podrían ser deformaciones narrativas y poéticas de aquellos grandes devoradores de vidas. No es mi intención hacer un extensivo repaso de estos asesinos –después de todo, es probable que puedan encontrar información más detallada en la página de algún fanático de una banda de Funeral Doom-, sino más que nada, vincularlos con sus diferentes reverberaciones en la cultura popular –siendo el cine y la música posiblemente la via eferente par excellence de la cultura pop del pasado siglo (si es que hay pop fuera del siglo XX)-. La introducción histórica encaja como anillo al dedo porque los primeros registros cinematográficos de asesinos en serie precisamente provienen del cine de terror de los 20’ y 30’, con Vlad Tepes y sus diferentes encarnaciones, ya sea el más primitivo Nosferatu de Murneau, o los subsiguientes, más acartonados, elegantes o románticos Dráculas, encabezando la lista de importancia y vigencia. Sin embargo, sacando fechas, a mi parecer la primer película sobre un asesino serial es la genial M, el vampiro de Dusseldorf. La película de Fritz Lang está adelantada, quizás demasiado adelantada a su época, y es un codazo al hollywoodcentrismo de muchos críticos que consideran The Shadow of a doubt (de Hitchcock) la primer película basada en un asesino serial. Más allá de esta cuestión de fechas y condecoraciones, Hitchcock más que su grano de arena, aportó algunas cuantas islas y montañas para la adaptación de asesinos a la pantalla. La ya mencionada Shadow of a doubt –que sirvió de inspiración a uno de los temas más fascinantes de Sonic Youth- enfrenta a la chica protagonista con la disyuntiva de su amor -bastante incestuoso, de paso- hacia su tío y la revelación de que él es un asesino viudas dispuesto a matarla, de ser necesario para mantener su secreto. Después de ésta, vino Psicosis, con el Norman Bates parcialmente inspirado en Ed Gein (asesino muy creativo que debe haber sido, sin tantas muertes en su haber, uno de los más inspiradores asesinos de la crónica roja estadounidense -Buffalo Bill, Leatherface, entre otros) y Frenzy, con claras resonancias a Albert de Salvo, el estrangulador de Boston, con la sutileza de matar con una corbata en vez de las medias de nylon de sus víctimas.
Peeping Tom, o El fotógrafo del pánico, también dirigida por un inglés (Michael Powell), tiene el mérito de humanizar al asesino, haciendo un recorrido arqueológico de su vida, marcado por la frialdad de un padre que lo trataba como su más ambicioso experimento, investigando en él el miedo y sus relaciones psicofisiológicas (algo así como una versión más terrorífica e hipertrofiada de lo que pudo haber resultado Jean Piaget para sus pobres hijos). La cuestión genealógica se convirtió en una materia obligatoria, no sólo en muchas películas de terror, sino en los estudios criminalísticos, y eventualmente se terminó convirtiendo en un cliché tan burdo como un psicólogo hablando de los adolescentes en Buen día Uruguay. Una película que justamente le pasa el trapo a muchas de su época, profundizando en la humanidad del personaje, pero no cayendo en ese facilismo explicativo, es El carnicero, de Chabrol, que tiene el gigantesco mérito de manejar la idea de un asesino sensible, incluso querible, que se entremezcla en una relación amorosa con la protagonista. En ningún momento se plantea la pelotudez de personalidades múltiples, en ningún momento se planea una historia plagada de violaciones o demás justificativos, en ningún momento uno llega a pensar que el cortejo hacia Audran es un mero rodeo para un eventual asesinato. No, El carnicero es una historia de amor con un asesino múltiple.
Otra que maneja cierta economía de recursos y que mantiene una tensión ambigua que la convierte de las mejores del género es Henry, retrato de un asesino. La película está propiamente inspirada en Henry Lee Lucas, posiblemente uno de los asesinos más volubles y cirqueros que hayan existido en la historia, pero no por ello menos brutal. Cuando fue capturado por la policía apenas se le imputaba una decena de asesinatos, pero luego, con la inclusión al ruedo de Otis Toole, su menos brillante –pero no por ello menos jodido- camarada y fluctuante amante, el tipo comenzó a hablar y aquello fue como la escena del water destapado en La conversación, de Francis Ford Coppola. Los números empezaron a ascender y fueron pasando las decenas y centenas hasta llegar a la ridícula cifra de quinientas personas. Además de esto, Henry Lee empezó a confesar proveer niños para sectas satánicas internacionales y los oficiales empezaron a pensar que al tuerto medio como que se le había ido la moto. A la ya jodida naturaleza mediática de Lucas se le agregan las efemérides de su relación con Toole, con pequeñas delicias de la vida cotidiana como el hecho de decir que no compartía el caníbal gusto del petiso, diciendo sencillamente que no le gustaba la salsa barbacoa que le ponía a la carne de sus víctimas. En todo caso, con Henry Lee Lucas se termina de redondear un proceso de incorporación del asesino a la cultura pop, que desde el mismo Jack el destripador se venía gestando desde unos cuantos años, algo que han intentado mostrar películas como Asesinos por naturaleza –adaptación de la ruta sangrienta de Charlie Starkweather y la teen Caril Fugate, que resulta un tanto redundante en la sobreexposición de esta idea- y la más jodida, aunque menos conocida por acá Ocurrió cerca de su casa, película belga que se articula en torno al reality show de un asesino múltiple. Siendo una gallina de huevos de oro, Greil Marcus en Rastros de carmín habla en términos marxistas precisamente de esta escalada pop por el asesino en serie más exitoso: “Pero entonces Theodore Bundy llegó a los cuarenta; Henry Lee Lucas reclamaba ciento ochenta y ocho víctimas, luego seiscientas. La inflación superó cualquier posibilidad de significado; el único valor de uso de un asesinato era su valor de cambio”.
Incluso las cadenas de carbono se van conectando, y Starkweather estaba obsesionado con el cine, específicamente con el James Dean de Rebelde sin causa –basta ver fotos de cuando fue apresado para darse cuenta-.

De cierta forma, el corto y ruidoso periplo del asesino de Nebraska es el director’s cut que Nicholas Ray nunca podría haber filmado en el Estados Unidos de los cincuenta. Viendo cómo la muerte, y sobre todo la muerte no ficticia vende tanto, a uno le surge la idea de que la cantidad de películas inspiradas en asesinos seriales, el entusiasmo de cierta gente por saber todos los métodos de los torturadores, el interés de seguirle la pista a un asesino o a un caso no resuelto, no se debe a la tranquilizadora idea de informarse para que no ocurra de nuevo, sino la incómoda noción de colocarse, por lo menos inconscientemente, no del lado de la víctima, sino del perpetuador. Tal como la obsesión por las infidelidades, los asesinatos en pantalla, en hoja, o en música ocultan el deseo de sacar a pasear -con correa- al frío asesino que llevamos dentro, por más que seamos veganos de GreenPeace, y tengamos en nuestro haber la discografía completa de Jorge Drexler.
Faltarían muchísimas películas, pero el post, más que cinéfilo o sencillamente morboso, se plantea la siguiente cuestión: ¿Tienen los asesinos en serie una buena adaptación al lenguaje musical?
Más allá de que la génesis de las crónicas rojas se encuentran en el medio musical -llevadas a cabo por los bardos de otras épocas-, los asesinos en este lenguaje suelen ser utilizados como meros arquetipos de virilidad rockera y lobotomizada, metáforas de amores románticos llevados a las últimas dimensiones de la carne, tácticas de shock, o mero snobismo transgresor. El Metal es una máquina vomitadora de subgéneros que sólo exige en su formulario de inscripción un poco de oscuridad, y los asesinos ya tienen su pequeña parcela en este reino, con el término Murder Metal, que es una clasificación más temática que estilística, capitaneada por bandas como Macabre, o la japonesa Church of misery. La mayoría de los temas de estas bandas son una cagada, y tendrían que ser tomados con la misma seriedad que las canciones de Banio Químico (aunque los argentinos son mucho más graciosos y divertidos). De la misma forma, al escuchar temas como los de Cradle of Filth -inspirados muchos de ellos en Bathory-, o Guyana (the cult of the damned), de Manowar –basada en el ocurrente Jim Jones, tipo que bautizó parcialmente a Brian Jonestown Massacre-, uno piensa en tirar la toalla.
Sin embargo, hay algunos casos que habría que rescatar. Precisamente, realicé un compilado con canciones de asesinos, intentando principalmente abarcar unas cuantas fichas que marcaron la crónica roja de este siglo, y procurando mantener un nivel de canciones más o menos bueno. Además de esto, como fetichista que soy, me tomé la molestia de hacerle una tapa y contratapa, a modo que quien quiera tenerlo orgullosamente en la estantería, pueda tener algo mejor que un Benq escrito con liquid paper.
Acá la lista de temas, ordenada por asesino/banda/canción, respectivamente:
01-Charles Manson: Sonic Youth/Death Valley 69'
02-Jeffrey Dahmer: At the drive in/Arcarsenal
03-Charlie Starkweather: Bruce Springsteen/Nebraska
04-Lee Shelton: Nick Cave and the bad seeds/Stagger Lee
05-David Berkowitz: Elliott Smith/Son of Sam
06-Ian Brady & Myra Hindley: The Smiths/Suffer little children
07-Albert de Salvo: Rolling Stones/Midnigth Rambler
08-Brenda Ann Spencer: Boomtown rats/I don't like mondays
09-Gary Ridgway: Neko Case/Deep red bells
10-John Wayne Gacy: Sufjan Stevens/John Wayne Gacy jr.
11-Zodiac killer: Melvins/Zodiac
12-Edmund Kemper: Throbbing Gristle/Urge to kill
13-Bonus track: Suicide/Frankie teardrop


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(si, faltaron nombres Albert Fish, Onoprienko, Jerry Brudos, Dennis Nielsen, Unabomber, Rifkin, Speck, Garavito, Willliam Suff, Pichushky, es porque no tienen canciones que realmente valgan la pena escuchar)
Morrissey está en la línea de los mejores letristas de los últimos tiempos, y ciertamente sabe tomar la posta en las canciones inspiradas en asesinos ilustres. Suffer little children se encuentra en el disco homónimo de la banda, y está inspirado en los famosos asesinatos de Moor –lugar donde se encontraron sepultadas la mayor parte de las víctimas-, perpetuados por Ian Brady y Myra Hindley en Inglaterra. La dinámica se centraba principalmente en la blonda Hindley llevando a niños por engaño a un páramo donde generalmente su novio Brady los violaba o estrangulaba. Los tipos siguieron con este infalible estilo por unos años, llegando a grabar en cinta los gritos de una niña de diez años que raptaron y asesinaron, también sacándole unas cuántas fotos de su cuerpo. Sin embargo, como la mayoría de los asesinos seriales, terminaron resultando demasiado entusiastas para su propio bien y en un asesinato medio caótico tuvieron que confiar en la confidencialidad David Smith, el cuñado de Hindley, que no dudó en contactar a la policía. Efectivamente, esa tapa que tantos de nosotros amamos y llevamos estampadas en remeras –me refiero a la portada del Goo- es una foto del tal Smith y su esposa –la hermana de Hindley- luego de testificar en el circense juicio de la sangrienta pareja. Morrissey, que por la época de los asesinatos debería tener cuatro o cinco años, debe haber incorporado el miedo de aquellos tiempos –por lo menos, de sus padres-, resurgiendo y adaptándolo en una de sus muchas hermosas letras. Lo más interesante de Suffer little children es la forma en que está organizada la letra, encarnando la voz de todos los implicados, desde Hindley hasta las pobres víctimas, pasando por el llanto de la madre de una de ellas. No escatima en mencionar nombres y no queda ningún cabo suelto. O quizás al contrario, se los presenta a todos, pero de una manera vaga, casi flotante, que es lo que genera una de las emociones más perturbadoras y a la vez hermosas de la canción. Quizás por estar hechas unas cuantas canciones a cuatro manos -con Morrissey escribiendo las letras y Marr llevándolas a música-, suele haber una ambigüedad desconcertante, aunque no shockeante entre las melodías de las guitarras y la naturaleza lírica. Precisamente, en Suffer little children uno nunca logra saber qué tipo de canción es aquella, saltando entre el llanto, la canción de juegos infantil y la mera perversión truculenta. En realidad es algo más bien distintivo de los Smiths, con canciones líricamente devastadores y melodías que no las acompañan precisamente en el sentimiento, pero que terminan produciendo algo cualitativamente nuvo y distinto. Los dos momentos más jodidos de la canción llegan cuando aparece en escena Myra Hindley (Hindley wakes and Hindley says/Hindley wakes, Hindley wakes, Hindley wakes, and says:/"Oh, wherever he has gone, I have gone"), teniendo su participación una cosa muy vaga, como si fuese la incorporación a escena de una actriz de cine mudo, como si fuese el terrorífico acontecimiento livianamente recordado por uno de los niños. El segundo momento que hiela la sangre, es el final coro de los muertos, con los llantos de los niños perdidos entre la música, generando un efecto sobrecogedor similar al tema The Kids, del tío Reed.
No menos sobrecogedora es la representación de John Wayne Gacy llevada a cabo por Sufjan Stevens. Ezequiel mantiene que el simpático Stevens es el germen de todo lo que está mal con el indie, y sin confirmarlo, reconozco que tiene sus razones, pero canciones como estas me impiden afiliarme a su sociedad S.S.S.F.D (Sufjan Stevens Should Fucking Die). Posiblemente esta es una canción que por su sentir, melodía y oscuridad no se la merece tanto un tipo tan jodido como Gacy y sí uno más trastornado y dramático Jeffrey Dahmer (que no tiene la frialdad sádica de Pogo el payaso, sino un drama homosexual de querer poder retener –aún muerta- a la persona que siempre nunca se queda a desayunar en su cama-. De Gacy ya se ha hablado bastante, siendo la principal inspiración para la esperadamente cagada It, de Stephen King –un tipo que, ya sin gustarme, tiene la horrible costumbre de crear los finales más absurdos y espectacularmente estúpidos del mundo-.



La canción maneja el tema con una sensibilidad desbordante, llegando a picos inimaginados para un tipo de guante blanco como Stevens, en versos como “Look underneath the house there/Find the few living things, rotting fast, in their sleep /Oh, the dead (…) He'd kill ten thousand people/With a sleight of his hand/Running far, running fast to the dead/He took off all their clothes for them/He put a cloth on their lips/Quiet hands, quiet kiss on the mouth”. Cuando menciona underneath the house there, hace referencia al infame sótano donde Gacy torturaba y violaba a la mayoría de sus víctimas, tal como dice Stevens, Twenty-seven people /Even more, they were boys/With their cars, summer jobs/Oh my God. El tour de force de la canción llega en la estrofa final, en la que, tras permanecer horrorizado con lo perpetrado por Gacy, reconoce que en el fondo no hay mucha diferencia con él.
And in my best behavior
I am really just like him
Look beneath the floor boards
For the secrets I have hid
En esa ligera referencia a Poe hay algo más allá de la letra que te eriza hasta el culo, y es la disonancia del piano final. Debe ser uno de los mayores usos del claroscuro que haya escuchado: a uno, quizás tal como con la canción de los Smiths, le resulta difícil hacer concordar el tono dulce con el contenido horrorizante que se encuentra detrás de la letra, y sin embargo, cuando termina el último verso y llega ese piano, cambia por completo la atmósfera, y deja abierto el misterio tal como podría haberlo hecho David Lynch en el capítulo final de Twin Peaks, o en tonos más dramáticos, en vez de misteriosos, Ettore Scola en la, hasta los últimos dos minutos cómica, Brutos, Feos y Sucios.
Siguiendo la línea de discordancia entre contenido y melodía, está el tema de los Boomtown Rats, una banda que en criterios generales me parece insoportable, y que es más conocida por haber sido liderada por Bob Geldof, quien ya todos lo conocemos de sobra. En este caso parecería que se van un poco al carajo, y con cierta desfachatez hacen una especie de Opera Rock inspirada en un tiroteo perpetrada por Brenda Ann Spencer a fines de los setenta. Como buenos norteamericanos, los padres de la Spencer, para su cumpleaños de dieciséis optaron por regalarle, en vez de una radio –como ella había pedido-, algo mucho más instructivo y estimulante como un rifle. La mina había aprendido rápido, y solía practicar con latas, botellas y patos. Sin embargo, no fue conocida como la nueva Guillermo Tell, sino por un famoso incidente –y principalmente por una frase vinculado al mismo, que precisamente inspiraría a la canción- que sacudió a San Diego no mucho tiempo después. Un día, Brenda sacó el rifle y como una buena sniper comenzó a disparar a la gente desde su casa a la puerta de su colegio (que al parecer quedaba en frente). Llegó a matar al director y a un conserje, también hiriendo a seis niños. La casa de la Spencer estuvo sitiada por más o menos seis horas, y cuando finalmente se la pudo capturar, en el interrogatorio ofreció pequeñas perlitas como “no tenía particular preferencia, me guiaba principalmente por las camperas rojas y azules”. Cuando se le preguntó por que lo hizo, respondión “I don’t like Mondays”. A mi tampoco me gustan, actuando mi disgusto en no darle mi asiento a mujeres en el ómnibus, pero bueno, cada cual tiene su manera particular de hacer catarsis.
La lista también incluye incuestionablemente a Nebraska, de Bruce Springsteen, canción que figura en el disco homónimo, el cual posiblemente sea de lo mejor que ha hecho The Boss hasta la fecha. Nadie puede discutir la capacidad de storyteller de Springsteen, pero me gustaría remarcar la influencia -que reconoce y se nota tremendamente en determinadas partes del disco- de Suicide. A uno le podría parecer extrañísimo, pero la herencia de una banda tan avant la lettre como Suicide, prefigura, no sólo en cualquier disco electrónico que se haya hecho a partir de los setenta, sino en tipos que hacen –en apariencia- cosas diametralmente opuestas. No tanto en este tema, sino en State trooper, uno puede reconocer algunos elementos de Frankie Teardrop, como ciertos inesperados gritos de Springsteen similares a los de Vega que por momentos llegan a saturar los parlantes, y una guitarra repetitiva que imita, de cierto modo, los hipnotizantes sintes y cajas de ritmo de Martin Rev. En todos los discos de Springsteen uno puede ver cierta repetición de temas como el anhelo de libertad, las situaciones familiar o económicamente jodidas, o un pasado que acompaña carverianamente en pequeños gestos y detalles a los estoicos personajes. Es parte de esa reconstrucción mítica de Estados Unidos, el Estados Unidos interior y pobre, en el que se encuentra las raíces del folk, el blues, quizás toda la música popular de dicho país. Y precisamente, este tema no sale de esa línea, siendo el frenético destino de dos jóvenes fanáticos de James Dean (Starkweather y Fugate, de los que ya venía hablando) una búsqueda de una libertad radical, tan radical que resulta mortífera para el resto de las vidas.
En estas reconstrucciones míticas, un frontman como Nick Cave no se queda atrás, un tipo más que obsesionado con el destino de una nación, con imágenes bíblicas y vocación oradora propiamente trasmitida por su padre, pastor en sus años de infancia en Australia. Nick Cave toma una posta de trovadores de larga tradición, cantando sobre las andanzas de Stagger Lee, inspiradas parcialmente en la vida de Lee Sheldon. Stagger Lee está inspirada en un fiolo que mató de un disparo a un compañero suyo en una riña de bar. Lo llamativo de Stagger Lee es precisamente su cuestión mítica, por el lado de que, por más de ser un asesino prácticamente nimio al lado de miles de asesinos mucho más crueles y prolíficos, es un tipo que ha inspirado a miles de versiones –entre las que incluyen a bandas como The Clash, The Grateful Death, Bob Dylan, Duke Ellington y propiamente Nico Cueva-, cada una agregándole nuevos atributos y mayor violencia. Precisamente, Cave en su versión se concentra en lo más violento de la historia, incluyendo blow jobs y todo. Como si fuera un teléfono descompuesto, un mediocre asesino pasional terminó convirtiéndose en arquetipo de la virilidad, llevada a sus máximas y violentas consecuencias.
Sonic Youth siguen esta senda, siendo una banda que siempre estuvo obsesionada en conjugar elementos de la alta cultura con la vida Pop estadounidense. Pruebas de sobra son el álbum Ciccone Youth, The crucifixion of Sean Penn y una interminable lista de referencias. El Bad moon Rising (precisamente, un título en referencia a una canción de Creedence, otra banda muy norteamericana) era una vuelta hacia los orígenes del rock, sólo que vista por otro lente, tal como lo habría hecho Nietzsche, que había desenterrao todo lo dionisíaco de los griegos, apecto que tantos antropólogos habían intentado tapar, por el anhelo de mantener una herencia fundacional del pensamieno racional de occidente. Bad Moon Rising, y sobre todo Death Valley 69’ es la exploración esa cara de la época no iluminada por el sol.


Los crímenes de clan Manson fueron un punto de quiebre de algo que ya se estaba gestando desde hace unos años, y que como matar dos pájaros de un tiro, hizo colisionar dos mitos de felicidad que habían permeado a la juventud de esa época: el fin de la utopía hippie y el mundo de los sueños de Hollywood. Precisamente en 1969 se comienza a barrer el papel picado del mayo francés, los Rolling Stones muestran la contracara de los festivales hippies en aquel fatídico concierto gratuito en San Francisco y se registran las famosas muertes en lo de Shannon Tate y LaBianca –en fin, creo que saben la historia-. Lo genial de Death Valley 69’ es que como letra es casi indescifrable, parece como retazos de vivencias y sueños escurriéndose por los dedos, con imágenes y frases que por sí solas son neutras, pero que juntas crean una mega pesadilla, como llevar un malestar a imágenes, más que a conceptos, como si mediúmnicamente hubieran traído al espíritu que pobló aquel fatídico año y lo pusiera en la mesa de disecciones.

And you wanted to get there
But I couldn’t go faster
It couldn’t go faster
So I started to hit it
So I started to hit it- hit it- hit it- hit it
Coming down- Sadie I love it
Now now now Death Valley 69’

Me gustó la idea de terminar con Throbbing Gristle, una banda que ha empujado los límites de lo permitido a lugares que sólo habían llegado los accionistas vieneses –y posiblemente con más idea que los segundos-. En sus toques de COUM transmission Cosey Fanni Tutti y Genesis P- Orridge se enterraban las uñas entre ellas, habían tipos con el rostro embalado en alambres de púa y se exhibían esculturas hechas de tampones usados. Todos los toques tenían el fin de impactar, y ciertamente cuando la gente empezó a esperar la violencia, Cosey y Genesis creaban atmósferas aterciopeladas en donde no había lugar para el dolor –incluso, había un lema que era “Decepción Garantizada"-. En la jodida banda de Manchester, siempre se utilizó imaginería militar y burocrática, y ciertamente nunca quedaron muy por fuera los asesinos. Urge to kill es un tema grabado en vivo e inspirado en Edmund Kemper, asesino de más de dos metros que como un sueño de Wes Craver, se dedicaba a matar casi íntegramente a colegialas. Tal como Ted Bundy-que también tenía afición por las colegialas-, no era un asesino que se lanzara a su presa como perro sobre comida, sometiéndolas a una concienzuda revisión, casi como si fuera un casting (Kemper más allá de su apariencia tosca, era un tipo bastante inteligente que supo burlar durante mucho tiempo los peritos psiquiátricos).


Genesis P-Orridge es un/a tip@ bastante inteligente, y en todas las entrevistas siempre uno puede extraer cosas mucho más interesantes que las ideas de Bono sobre la guerra en Irak. En esa compleja idea de evolución y autodiseño genético y corporal que tiene Genesis P-Orridge (alguien que no es un he, ni un she, sino un it), sostiene que las únicas especies que han sobrevivido son aquellas que hacían algo completamente impensable para el resto. Mantiene que esas excéntricas especies son los freaks de hoy en día, personas que experimentan con las posibilidades de alteraciones que ofrecen la cirugía plástica, que desafían los esteriotipos y que crean nuevos valores. Acá está lo interesante: nunca llegó a decirlo, y dudo que si lo piense lo diga –aún siendo alguien tan outspoken como Genesis P-Orridge-, pero habría que pensar, en esa fascinación por los asesinos que tienen COUM o TG, si no está la implícita la idea de que los mismo asesinos son los freaks de los que habla, los genes desviados que harán posible la supervivencia de la especie.

Epílogo:
El domingo me quedo a dormir en lo de María. Como muchas casas del Prado, su casa tiene una extraña acústica que hace sentir pasos y crujidos en lugares donde uno bien sabe que no hay nadie. Mis cuñados se fueron a casa de sus respectivas novias. Mis suegros duermen en un bloque apartado. Una sobredosis de ravioles me mantienen postrado en la cama, sin poder moverme mucho. María y yo no tardamos mucho tiempo en dormirnos, pero por una extraña razón me despierto a las cuatro de la mañana. Me doy cuenta al toque de que estoy completamente despabilado, casi sin lagañas. No quiero despertar a María, por lo que no me levanto a ver algo de televisión. Es entonces que escucho el teléfono sonar dos veces. Pienso que podrían ser mis padres, por no haberles avisado a dónde iba a quedarme a dormir. Aún así, es extraño, muy extraño y los unicos dos tonos marcados dan tanto la opción de alguien que desistió rápidamente su llamado, así como alguien que levantó el tubo tempranamente. Me quedo pensando esto cuando escucho el teléfono nuevamente, acompañado de una voz que lo atiende. No es la voz de mi suegro, más bien se parece a la de mi cuñado. Pero mi cuñado ya se fue, pienso con la frazada hasta el mentón. Tampoco es costumbre de mis suegros estar deambulando por la casa a tales horas de la noche, y todas las conjeturas posibles orbitan alrededor de mi cabeza, comenzándome a invadirme el miedo como si fuera un niño. Estoy sudando y la idea de que hay gente invadiendo la casa ya prácticamente es ciencia. En un mes se robaron del fondo dos garrafas. Pienso que son los mismos, esta vez se van a llevar todo, el televisor, el DVD que traje para ver El Proceso, la misma película, alquilada en Video Imagen, mi mochila con un libro apenas empezado de Bolaño, mi lapiz, mi buzo, mi bufanda. La idea de ellos robándose todo y yéndose parece tranquilizadora en comparación a las otras posibilidades que comienzo a poner sobre la mesa. Recuerdo el reciente caso de Colonia, pienso que quizás nos maten una vez robado todo. Podría levantarme y ver qué sucede, enfrentarlos de ser necesario, pero algo me dice que lo mejor es hacerme el dormido, e intentar que María permanezca igual mientras que se desvalijan toda la casa. Pienso que hasta podría dormirme efectivamente, pero mientras me esfuerzo en apretar los ojos, siento unos pasos en la cocina y lo único que puedo hacer es sudar y esperar. Caminan erráticamente por la casa, van al living, abren canillas, sacan papeles. Pienso en la historia que me contó una vez una compañera de liceo. Unos ladrones habían entrado a la casa de su padre y este se percató de ellos ni bien entraron. Con miedo a la reacción de los ladrones al enterarse que está despierto, el tipo se hace el dormido lo que dura el robo en su casa. Cuando se están yendo, uno de los ladrones se le acerca, y ante él, aun con los ojos cerrados, le dice: “Hiciste bien en hacerte el dormido, así me gusta”.
Pienso en la escena una y otra vez, y toda idea sartriana de libertad se esfuma, no pudiendo hacer otra cosa más que esperar. Llegan los pasos a la puerta cerrada del cuarto, pienso que podría pegar un salto y trancar, pero se darían cuenta. Es entonces que la puerta se abre y se escucha en “Tricolores, tricolores”, la voz burlona de mi suegro hacia un anónimo auto que se estacionó frente a la casa. Mi cuerpo se ablanda por fin, y pienso hasta qué punto podría haber llegado con tal miedo, habiendo pensado en la posibilidad de llamar al 911. Me intento imaginar la graciosa imagen del malentendido, con mi suegro siendo esposado por policías por hurgar en su propia casa, pero por alguna razón no logro cobrar la tranquilidad.
Intento dormirme y me doy muchas vueltas por la cama de una plaza. María no puede evitar despertarse, y me pregunta qué me pasa.
-Los ravioles-, le digo, dándome cuenta de que voy a presenciar el amanecer en las próximas horas.