(o cómo hacer un post con top 10 de canciones y un top 10 de discos, con sus videos y links de descargas correspondientes sin cobrar un peso)
Ah, las preciosas listas, ¿qué haríamos sin ellas?
Sí, hace mil años que no escribo y la lista, como casi todo en este blog, ya llegó algo –quizás demasiado- tarde, pero en el fondo, considero que esta demora ha sido buen síntoma de haber estado aprovechando el verano.
2010 fue un año curioso, en donde el rock uruguayo casi brilló por su ausencia y en el que pareció casi toda su escena musical reducida al cero kelvin. Antes había eventos para criticar, músicos y bandas sobre las que mofarse, valores perdidos sobre los que reclamar, injusticias que denunciar. En 2010 no hubo ni siquiera eso. Las carpas de Durazno se cerraron como las alas de un murciélago y de aquello ya sólo quedan algunos meros recuerdos. Todo el proceso fundacional del rock nacional fracasó –no analicemos ahora los motivos- y de todo aquel carnaval sólo nos hemos quedado con algunos eventos locos y la canibalística disputa de qué banda indie o mainstream va a talonear al próximo gran músico extranjero de turno
En contrapartida a toda esta escena, lo que sí hubo fue visitas, y muy importantes, en cuya mayoría (a no ser, en lo estrictamente personal, el gran Jonathan Richman y Yo la tengo) la reacción y el disfrute se remitía inefablemente a una especie de adolescencia mítica que, si no la llegaste a transitar, difícil poder entender cómo se siente (algo que me pasó con los Pixies, en cuyo toque confirmé los geniales músicos que son y lo poco que significaron para mi vida).
Este debe ser la tercera o cuarta lista de fin de año que he hecho en este blog. Sólo que conserva una diferencia fundamental, que es que en la misma agrego un top 10 de canciones (además de la clásica de los diez mejores discos del año), algo que, más que ser un simple capricho, ilustra un poco cómo ha cambiado mi acercamiento hacia la música en estos últimos tiempos (podríamos hablar del mp3 y cómo cambió la forma de esucha en los últimos años, pero creo que eso es algo sobre lo que ya se habló lo suficiente como para no redundar).
Una canción importante tiene la cualidad de instalarse como una instantánea de un momento vivido, tiene esa sencillez de resumir estéticas, formas momentáneas de ver las cosas, un enamoramiento en particular, un olor, un verano en el que todo salió bien, una persona muerta. Un disco favorito es distinto, su efecto no es, por así decirlo, tan metonímico como metaforizante, y suele condensar, ya no un momento, sino una forma de pensar, un paradigma específico, una visión del mundo o espacio vital en que uno se desarrollaba. Es por eso mismo que consideré necesario hacer un listado de las dos categorías, para ver si dentro de unos años, al leer esto, consigo entenderme un poco más de lo que logro ahora.
La descripción de los temas en la lista de las mejores canciones son mucho más escuetas que para los discos, principalmente porque no es la misma la habilidad que tengo a la hora de hablar de discos que de canciones, pero también porque en cierto sentido, las canciones, en algunos aspectos, suelen hablar por sí mismas. También posiblemente sea porque, dentro de lo posible, tengo miedo de que si me extiendo incurra en términos como “guitarras salvajes”, o “explosión sonora” (el horror… el horror).
10-Girl’s Generation- Oh!
Si bien no figura ni por asomo en mi lista de last.fm, si tal programa pudiera hacer scrobbing de los videos vistos en youtube, posiblemente esta canción de las Girl Generation estarían en mi puesto número uno o dos. El camino hacia el pop industrial es un camino de ida, y cuando es asiático está plagado de trampas y puertas falsas. Las Girl Generation ya habían tenido un efecto de flash adictivo la primera vez que las escuché (en este videoclip que a más de uno le hizo salir sangre -y algunas otras sustancias- por la nariz), pero es con Oh! que realmente quedé enganchado. El rol del pop idol en la cultura asiática ocupa un lugar bastante particular (básicamente la de ser, un producto intercambiable, pero a la vez venerado -vean en todo caso Perfect Blue, de Satoshi Kon) y viendo otras actuaciones de la banda, la forma en que se posicionan en vivo, en forma de cuña (cual ejército romano) la manera en que van intercambiando posiciones, como piezas de Go!, seres creados a imagen y semejanza de un mega programador despierta mis más dementes fantasías, la idea de un internado en donde las tienen encerradas, enseñándole una y otra vez coreografías, sólo dejándole los platos de comida debajo de la puerta, bajo la amenaza de ser suplantadas, o simplemente eliminadas bajo el más mínimo indisciplinamiento. Por supuesto, esto no es más que una fantasía bastante misógina sostenida y desarrollada por todos los giallos o cine rosa japonés que uno se ha comido en su vida, pero por momentos sólo se puede entender así esa dimensión del pop idol asiático que, en este caso, está formado por un montón de chicas que, tal como aquellos sinóforos capturados en las bases petroleras, componen un megaorganismo palpitante. Esto se puede ver en el videoclip la manera en que las velocidades y lo estático de las chicas se mantienen en ritmos diferentes, pero perfectamente coordinados.
Igualmente complejo y ordenado es la entrada de los sinthes, que colocándolo al lado de cualquier tema pop standard, suena como mecánica cuántica –algo que caracteriza a gran parte del pop industrial asiático, con composiciones tan complejas (pero a la vez sencillas y gancheras al oído) que hacen parecer la composición de los temas algo similar a la confección de un babilónico videojuego)-. Droga de diseño para el oído.
9-Janelle Monáe- Tightrope
Definitivamente, uno de los temas del año. Con una sencillez, una energía, un látigo y un swing que hace recordar a lo mejor de James Brown, Janelle Monáe desliza su voz con una ligereza similar a la que se percibe en sus zapatos acharolados. Es realmente uno de los grandes temas favorecidos por videoclips que hubo en el año –sobre los que Darío habló con muchos puntos de certeza en este post de Elbailemoderno-, donde vemos, luego de mucho tiempo, a gente bailar auténticamente ¿Se acuerdan cuando la gente bailaba y no se limitaba a meter breaks con meras coreografías robóticas? (*ej: el break de la canción de J-Lo en esta canción al minuto 2:46).
Janelle retoma esta veta perdida de la música negra, que desde Michael Jackson había sido reducida a un mero efecto mal entendido.
Janelle lo hace todo sencillo, y cuando terminás de escuchar Tightrope, tenés ganas de inscribirte en un curso y bailar hasta con tu vieja. Que se pueda desencadenar ese grado de espontaneidad en tiempos donde todo parece aprendido como de memoria, ya lo vuelve una canción importante.
8-Javiera Mena- Un audífono tu, un audífono yo
Para quien sigue a Javiera Mena, su último disco se siente como encontrarse por primera vez a una sobrina de dieciocho que no veías desde que tenía siete. Es un disco complejo, en el que la nena de los temas space pop de Esquemas juveniles ya no está más, pero que tampoco llega a ser una persona adulta (más allá de sus 27 flamantes años), tan constituida como para tener las cosas en claro. El mejor caso de esta sensación es Un audífono tu, un audífono yo, un tema que, tal como indica el título, se asocia con esa experiencia que a más de uno le pasó –y que si no le pasó, que bajón- propia de la adolescencia, de compartir algo con alguien muy especial y construir y recrear toda una escena idílica a partir de ese mero detalle. En mi adolescencia compartí un audífono con más de una chica –para ser sincero, con magros resultados amorosos- encerrándome luego en mi cuarto, viendo el techo e intentando sentir el calor de la otra oreja en esa canción que uno vuelve a escuchar y parece colocarte, como si fuera un ectoplasma saliendo de los cables, a la persona en tu cama. Algo que va más allá del mero idilio romántico y casto, y que marca en sí, la diferencia fundamental con la anterior factura de sus trabajos, es cuando entra un recitado de Javiera, hablándole directamente a su objeto de amor, en un discurso completamente cargado de deseo –cuando no sensualidad-.
La mayoría de las bandas podrían tentarse en colocar a la persona real en situación, pero en el tema de Javiera Mena, el recitado está dedicado a alguien que permanece pero en su plano de fantasía. Un buen retrato de alguien que recién comienza a entender lo que es enamorarse o desear.
7-Ariel Pink Haunted Graffiti- Bright lit blue skies
Ariel Pink, excavador de discos como pocos, ha hecho de sus álbumes grandes monumentos a la música con la que se atosigaba horas enteras durante su juventud (me lo imagino con una radio AM, encerrándose en un baño o en un galpón para escuchar a solas cortinas musicales de programas radiales que luego fundiría como en una gran pasta en discos como The Doldrums), un museo artesanal y posiblemente construido en su casa al que sólo podían visitar sus amigos más cercanos. Con Before Today se acerca, por primera vez, a un sonido más convencional y menos low-fi, pero no por ello se olvida de su pasado. Es así que entre los temas encontramos Reminiscences, un cover impensado y fascinante de la etíope Yeshimebet Dubale y Bright lit, blue skies, de los Rocking Ramrods. Banda beatlera de los sesenta, los Rocking Ramrods llegaron a ir de tour por Estados Unidos con los Rolling Stones, pero poco es lo que se los recuerda. Sin embargo, Ariel Pink toma el tema y lejos de alterarlo completamente, como buen restaurador, le cambia la fachada –manteniendo el corazón de la canción, pero dándole un aire más surf rock, cambiando por un ritmo menos marcado que el de los ingleses- haciendo una de sus grandes piezas de orfebrería que encierra uno de lo mejores discos de la década.
6-Grienderman- Mickey Mouse and the goodbye man
Posiblemente el mejor comienzo de disco del año. Viendo la lista de mis temas favoritos (no tan así con la lista de mejores discos), Grinderman es posiblemente uno de los pocos flamantes defensores de rock, con un sonido que , a diferencia de su disco predecesor (Grinderman I) no sufre de ese insólito vacío de producción entre batería, guitarra y voz. Muy por el contrario, el bajo se lanza con todo y la canción te explota en las manos con la furia de una bomba brasilera fallada. Nick Cave sigue siendo el mismo poeta que se permite versos como “We built a shelter/ under her body”, pero lejos de ser el hombre melancólico y abordado por cuestionamientos metafísicos, se permite ser completamente sucio, lascivo y hasta tener sentido del humor –ver si no, el videoclip de Heathen Child.
La mayoría de los temas de Grinderman II tienen una estructura circular, rayana en lo obsesivo, y Mickey Mouse and the goodbye man es uno de los mejores ejemplos, donde las repeticiones de bajo y guitarra -al mismo tiempo que en la letra, intercambiando con el resto de las canciones del disco personajes de The big bad wolf- se van condensando y cayendo sobre el espectador como un techo desplomado por el fuego.
Mickey Mouse and the goodbye man es uno de esos temas, esas grandes proezas que de golpe te hacen recordar que Nico Cuevas sigue siendo Nick the stripper, más allá del bigote o su ausencia, de sus entradas, de sus hijos, de sus novelas, de su casa en el campo, o de su brazos definitivamnete limpios
5-Emeralds- Goes by
Aislar un tema del Does it look like I am here es como segmentar arbitrariamente un trayecto de todo el viaje que representa el disco. Sin embargo, Goes by es un desvío que la banda agarra, en donde parece, por algo imposible de decir con palabras, llegar al cielo. La forma en que entra la guitarra, las ondas de radio, esa aura que recuerda a lo mejor de los alemanes Popol Vuh, me hace sentir una extrañísima sensación de bienestar que pocas canciones me han hecho sentir en muchísimo tiempo. Goes by o cómo la radio AM se convirtió momentáneamente en Dios.
El mini acordeón abriendo y cerrando el fuelle, como si fuese un pecho nervioso o extasiado (de dolor, de un llanto, de una paja). La forma en que van entrando los demás instruimentos, la guitarra acústica repetitiva, la sombra a lo Murneau de un órgano que se adentra amenazante como a través de varios velos en la canción, un xilófono taladrante como una obsesión, como una penetración no consentida. Y una letra que incluye momentos como “Si todo estuviera bajo cero no habría posibilidad de confundir los cuerpos. Hace tiempo que tengo asco al sexo. Aún así, debo admitir, que no hay otra cosa en mi cerebro” y la parte casi recitada “El dijo acabá encima mío. Yo dije “quien limpiará, quien limpiará todo esto”. El dijo los humanos tienen manos los humanos tienen lenguas y yo huí, huí, huí”. Lejísimos de la mera táctica de shock, Carmen Sandiego hizo uno de los temas más incómodos, pero a la vez más sinceros que se hayan registrados por estos lados. Justamente, lo más interesante de Asco al sexo es que es un tema sin valor de cambio, una canción imposible de colocar en cualquier situación que involucre a más de uno. Es un tema que no te va a animar una fiesta, que no vas a poner para estudiar, que no se lo vas a mandar a una persona (dependiendo de cuales sean tus complicadas intenciones) y que no vas a poner para dormir o garchar (mucho menos). Es un yuyo venenoso, que no alimenta ni es lindo, pero que no te queda otra que contemplar cómo se va comiendo todo tu jardín.
Realmente, no conozco una canción igual que utilice los mismos términos y no quede en la mera guarangada. La única respuesta a la manera en que Carmen Sandiego salta de voltereta hacia atrás, cayendo siempre derecho, como bailarina de gimnasia artística, se encuentra en los pequeños detalles, en ese "se lo lleva el viento” más melodramático, en noción innata de composición de escena, no sólo en su temática, sino en la forma de decir las cosas, en donde lo que dice Flavio Lira, ya no parece una confesión susurrada, sino de esas verdades escritas en silencio, en el azulejo del baño de un bar, con un dibujo y un número de celular inventado escrito al lado
3-Staygold & Robyn, Spank Rock & Damien Adore -Backseat
El P3 Guld de Suecia debe haber sido uno de los eventos más increíbles en cuanto a presentaciones en vivo que haya presenciado en los últimos tiempos, en donde todo parecía salido de la manga de un dios nórdico que ni siquiera conocíamos, desde los agradecimientos de con la cara derretida de Fever Ray, hasta la presentación a lo The Residents de los Teddy Bears. En ese contexto aparece Backseat, canción armada por una especie de globber trotters del pop sueco, entre ellos Staygold y la mucho más conocida por estas latitudes, Robyn. Todo lo referente a la presentación es perfecto, el vestuario, el escenario, el tema, absolutamente todo. Es de las cosas más perfectas, más disciplinadamente cronometradas que he visto, esa mezcla entre el pop estático y militar del vocalista –vestido como si fuese el archiduque Francisco Fernando- combinado con la parte más móvil del rapero que entra en escena y la entrada tardía, como si fuese a través de un sueño, de la voz de Robyn. El pop, a diferencia del rock, generalmente más primitivo y pragmático, es una historia de mensajes cruzados, de hacer una canción triste con una melodía alegre (ej: los smiths), o de permanecer sexy sin movérsete un pelo, y Backseat, en este sentido, no puede ser más pop, siendo una canción cargada de una sensualidad encorsetada ejecutada con la frialdad de un carnicero frente a la sierra de cortar carne. Un video que posiblemente haya pasado re desapercibido, pero que tendría que ser analizado con libreta de apuntes, para cualquiera interesado en hacer pop en el siglo XXI.
Incluso al lado de Kanye West, Zola Jesus o Lady Gaga, Backseat parece el futuro.
2-The National-Bloodbuzz Ohio
En Bloddbuzz Ohio vemos a Matt Berninger, con una barba espesa y prolija (tiene un ligero parecido a Freud de joven), vestido de saco y corbata, a veces con una gabardina de paño y nos damos cuenta de que (con sus cuarenta años) no es un pibe. Es un mero detalle del video, pero está íntimamente ligado con lo que es The National en su relación con el indie actual. En un universo lleno de universitarios obsesionados por mantenerse flaquitos, inteligentes (más bien, perspicaces) y jóvenes, los de The National parecen unos tipos que no pudieron ir a la universidad, mirando desde el otro lado de la acera a jóvenes corretear, teorizar y cargarse minitas en el campus de una universidad pagada por sus viejos, para luego ajustarse la gorra y volver a la fábrica o la tienda apolillada donde trabajan .
High Violet, a diferencia de los drypens fluorescentes que aparecen en la tapa, es un disco monocromático (pero con un greyscale inmenso) sobre la madurez, sobre esa sensación oscura y persistente de que las reglas de juego ya cambiaron, que las palomas se comieron el camino de miguitas de vuelta que uno había trazado.
De todo ese disco, Bloodbuzz Ohio es posiblemente el tema más contundente, con la letra mejor escrita del año, la imagen del viaje de vuelta a Ohio en un enjambre de abejas, esa ciudad del pasado, de la que uno se acuerda, pero que ella no se acuerda de uno (cabe recordar que la banda es originaria de aquella ciudad más bien fea y triste, habiéndose mudado de ahí para radicarse en Brooklyn). “I still owe Money, to the Money to the Money that i owe i never though about love, when i thought about home”. Bloodbuzz es una sensación de desarraigo, pero no un desarraigo radical, llorado a los cuatro vientos, sino con un desarraigo natural, una puerta que se dinamita en cámara lenta, y frente a la que no podemos más que recordarla, o pensarla de otra manera.
Y la voz barítono de Berninger parece contemplar esa serena fatalidad, con toda esa dignidad arrolladora que irradia su rostro.
1-Ariel Pink Haunted Graffiti- Round and Round.
La primera vez que escuché este tema fue con Ezequiel en el balconcito de mi apartamento. Habíamos destapado unas cervezas y me dijo que tenía que mostrarme algo que me iba a impresionar. A mi Ariel Pink siempre me había gustado, pero por alguna razón me generaba una tristeza particular (no sus melodías, ni sus letras, sino su sonido) que había hecho dosificarme muy espaciadamente todos sus discos.
Aquella noche, en mi computadora sonó Round and Round y si bien me atrajo de primera el bajo y unas melodías que no tenían nada que ver con el sonido más low fi que recordaba de Ariel Pink, no fue hasta el estribillo que me terminó de partir la cabeza. El Hold on, I’m calling, calling back to the ball es un verso que solo puede repetirse en la cabeza de uno acentuándose indefinidamente las vocales. Es posiblemente una de las mejores entradas de estribillo (que se toma mucho tiempo en aparecer) que haya escuchado, que tiene tanto del sofisti-pop de los ochenta como de las mejores baladas de los setenta. El bajo, tal como el nombre de la canción, tiene una estructura circular que parece sumir toda la melodía a un sereno remolino.
Una canción que la bailé en mi cuarto, que me acompañó en viajes en ómnibus, que se la dejé en contestadores de personas, que canté en la ducha, que quedó retumbando en mi cabeza como un ritornelo salvador en momentos jodidos, que se la mostré a amigos escépticos, que intenté tocar en guitarra, que mastiqué y mastiqué como un rumiante a una hoja de coca.
Esa primer noche en que la escuché, recuerdo haber apretado sin querer la opción de Repeat. Recuerdo que el tema sonó como ocho veces seguidas y yo seguía esuchándolo, deseando que Ariel Pink y toda su banda nunca dejaran de repetir ese estribillo.
Mejores discos del 2010 (puse links de descarga debajo de cada una de las mini notas)
10- Kanye West- My beautiful dark twisted fantasy
2010 fue el año en que Kanye West explotó. No importó si a la prensa le gustaba o no, si les parecía un forro o un genio, West existió como fenómeno aparte y lo único que les quedaba era ser parte pasiva de su aceptación en tanto hecho, o circunstancia específica. Razones suficientes y sobrantes para convertir a My beautiful dark twisted fantasy en el disco del año.
Más allá del temor a estos microfascismos del hype, el álbum alla a cualquiera cuando uno percibe la condición de hit de cada uno de sus temas, la forma en que West leyó las reglas del juego y produjo en serie, y de manera sorprendentemente dosificada, una lista perfecta de temas para estar en cualquier listado, cualquier opinión, cualquier disertación sobre la música en particular.
En este último sentido, si bien la suprasegmentación de los medios nunca podrán permitir –o al menos no creo- generar un efecto de avalancha y omnipresencia como el de Michael Jackson con Thriller (MJ, en todo sentido, es el Peter Pan privado de Kanye West), hay suficiente música en My beautiful dark twisted fantasy como para construirse diez neverlands y seguir viviendo de sus ganancias. Pero no sólo es un material perfecto en cuanto a potencial de comerciabilidad y ganchos (algo que señala que Kanye, más allá de su egolatría, sigue teniendo la suficiente lucidez para ver bien cómo funciona el mundo a través de las rendijas de aquellos insignes lentes de plástico), sino que es un disco que encierra a una historia en sí, que se hace tan personal y decididamente transparente que por momentos resulta incluso incómoda. Lo que vemos es a Kanye West, el mismo douchebag que escribe twits que parecen salidos de This is Spinal Tap, el mismo que es tan odiado y amado por igual. Lejos de ser el disco en que Kanye se encontró el pimpollo de un pene extra saliendo de su glande (algo que podría pensarse en videoclips tan larger than life como Runaway, o temas casi infantilmente autolegitimantes como Power), en esta noción de autoimportancia, My beautiful dark twisted fantasy tiene tanta locura, megalomanía y persecuta como para hacer ocho Memorias de Schreber. Lograr un disco tan personal, que juega con la misma integridad personal de un personaje público (una auténtica acrobacia volante sin red), pero que a la vez aquello no quede sólo en lo meramente ridículo o satirizable, haciendolo comunicable y compartible con un grueso importante de público, toca a Kanye con la misma vara que ha se ha posado sobre la cabeza de lo grandes como puede ser David Bowie.
El disco en que Tüssi dijo "Sabés que, no te tomes un taxi, ¿por qué no te quedás a desayunar conmigo?"
Ya escribí sobre este disco en una nota de la diaria. Acá la pueden leer
(Este es el único no disponible para bajar)
8-Daughters- Daughters
En tiempos donde la mayoría de los músicos parecen practicar pilates y hacer la dieta de la luna, es buena noticia escuchar a bandas haciendo música realmente maligna. Disco prácticamente póstumo, el último álbum de Daughters abandona los gritos y temas cortos y explosivos, más cercanos al grindcore, de sus anteriores trabajos y opta por un sonido más pulido, pero que nunca se aparta de la disonancia y ambientes abrasivos. Lo primero que viene a la mente cuando escucho temas como la extraña The theatre goer (perturbador tema sobre los límites de la cuarta pared que está revestido de una densa capa de extrañamiento, como si la letra- a diferencia de los poderosos riffs que atraviesan la canción- circulara por las entrañas de un pantano viscoso), o la persistente como taladro de dentista “Our queens (one is many, many are one)” -una canción con un aire de festejo público celebrando un decapitamiento- es el grand guignol proveniente de The Jesus Lizard, no cayéndosele a los Daughters en ningún momento semejante posta llena de clavos. Muy al contrario, Daughters se maneja bien con los ritmos sincopados y la atonalidad y la voz de Alexis S.F. Marshall, en la que se percibe esa fascinación inherente hacia el blues y el rockabilly que también se podía presenciar en sus ancestros texanos,. Padres feos y deformes como Yow y compañía solo podrían parir unas “hijas” sucias, desdentadas y llenas de amputaciones, pero cuando nos encierran en el sótano donde les suelen tirar cabezas de pescado y cartílagos de pavos, sabemos quien tiene las de perder.
En un año donde hubo poquitísimas ediciones nacionales (aún más exiguo el número de las que realmente valieron la pena), Carmen Sandiego vuelve a lanzar un disco y, tal como el año pasado había considerado a Nanas el mejor disco uruguayo del año, no dudo un segundo al otorgarles de nuevo la placa con Joven Edad.
A diferencia de sus otros trabajos, Joven Edad es un disco de un sonido decididamente más pop y menos low-fi, algo que, tal como ocurrió con Ariel Pink, terminó –diferente a pasteurizar su sonido para volverlo más accesible- resaltando muchas de las cualidades que ya ofrecía más veladamente la banda. Pero esto no es sencillamente un cambio de chapa y pintura, con la incorporación de Ezequiel Rivero (que de a poco se va convirtiendo en un productor que convierte en pop todo lo que toca) y Matías Lens en la bata (uno de los bateristas rítmicos más entusiastas que he visto y escuchado) la banda adquiere un sonido bastante diferente y se permite hacer temas más homogéneamente enérgicos, fuerza que antes sólo quedaba relegada a algunos espasmódicos accesos de violencia (como los gritos de Leticia Scricky en la vieja Calefactor). Más allá de esto, Carmen Sandiego retoma el mundo de referencias que ha ido construyendo desde el comienzo, así como también cierta violencia de estrangulación con guantes de seda que se percibía en sus anteriores trabajos. Destape ya introduce a Cacho Castaña, a un bulín en Ayacucho y a una bailarina (o bailarín, con Carmen Sandiego la confusión de géneros es permanente) llamado Andrea. La transformación de esta imaginería argenta setentosa (en esa época extraña donde todos los argentinos que aparecían en películas de Sofovich y similares parecían sólo hablar en lunfardo tanguero) se vuelve más sórdida con el verso “oh Andrea, cuando venis vos me hacés sentir como un chiquilín” (frase de viejo verde, si las hay).
Carmen Sandiego es una banda de grandes líneas y esta condición se repite en algunas canciones que tienen una contundencia emocional pocas veces escuchada en la música nacional (pensar en el último circulo del infierno del despecho que es Superado, o en la extraordinariamente perturbadora y traumática visión del sexo en Asco al sexo -sobre la que ya hable en este post).
Tal como mencionaba Gonzalo Curbelo en la diaria, la tapa lo dice todo: Carmen Sandiego toma la estética de una época, la transforma y a través de ella habla de lo que nuestro inconsciente cultural se venía amordazando desde hace tiempo. Un cuarto con móviles herrumbrados en el techo que se han construido a imagen y semejanza de ese propio cielo-infierno, ese mundo infantil donde todo existe excepto la inocencia, o donde la inocencia existe, pero que se parece más a la de la decoración del cuarto de Pedro, aquel psicótico de la película Arrebato.
Volviendo a Arrebato, si Año santo fuese una película, sería una bizarra película de terror de la época del destape español.
Un disco que incluye en el tema de apertura dos estrofas como “si insistes/ si insistes/ mejor te cortas las venas/ después de un anuncio/ no te preocupes de tu familia/ después yo lo explico/ sin detalles/ sin detalles/ que simplemente te has sido” y que más allá del sonido distorsionado, del gigantesco muro de sonido que se te planta adelante siga siendo pop, definitivamente es un disco distinto. Triangulo de Amor Bizarro sacan un disco mucho más estruendoso, pero a la vez tan escuchable y pegadizo como el de su debut, sólo que ahora, la ya amoralidad que rondaba sus temas (que un estribillo diga “llevar navaja siempre es conveniente” no es algo que se escuche todos los días) se carga de una oscuridad no antes vista en la factura del grupo.
Algunos versos de TAB le hacen justicia a los alucinantes nombres de canciones (que compiten en su longitud con los de Sufjan Stevens), como “De la monarquía a la criptocracia”, “Amigos del género humano”, o “El culto al cargo o como hacer llegar el objeto maravilloso”, entre ellos la ya citada invitación al suicidio, o un verso como “no me importa que no me quiera, yo la quiero por los dos”. En Jenesaispop se señala con acierto un montón de imaginerías religiosas, que convive de una manera particular con una sensación de peligro, de maldición sorda que tiñe todo el disco.
Un grower, que en principio parece opacado por su predecesor, pero que sufriendo una lenta decantación, llega a otros lugares en que el primero se quedaba en la mera superficie (con los españoles, ahora, nadando en su río de agua viva)
A Los Negretes les vengo siguiendo el tranco desde un antiguo post de Martin Canova, que me permitió conocer a algunos de sus integrantes, entre ellos un uruguayo que vive en el DF desde hace muchísimos años. Habiendo sido Los últimos diez minutos de María Duvaluna imponente carta de presentación (como si entraran a una fiesta de etiqueta tirándose de cabeza contra una pirámide de copas de champagne), Mexico City Blues termina de condensar todo lo parecía flotando como ideas a medio terminar. Es curioso, pero son de esos discos de no más de cuarenta minutos que parecen un disco doble, no porque se nos haga lento (ni mucho menos), sino por lo mucho que hay para contar.
Mexico City Blues es un disco definitivamente punk, de una banda definitivamente punk, en tiempos donde nadie sabe a ciencia cierta qué es eso. Todo grabado directo a un portaestudio, ya desde “Canción lenta”, que parece un tema que se fuera derritiendo en el transcurso del mismo, escuchamos los ecos de Sister Ray de la Velvet, un universo cargado de acoples, fuzz y sonidos valvulares, mutando hasta perder completamente el rostro.
Con una lírica propia y contundente, las letras parecen salidas de la cabeza de algún personaje de Bolaño, como el despechado y paranoico hombre que recuerda a una mujer en Lloviendo sobre el DF (mi canción favorita del disco, una breve historia contada en la pieza de un hotel, una condensación extrañísima de recuerdos sobre una mujer que el protagonista no puede controlar, sobre la que se sabe que nada se puede hacer, y sobre la que pesa una maldición, algo inevitable), Mexico City Blues, donde la ciudad se convierte en un mismo personaje, o la sonámbula y melancólica Salón Casino. Estoy escribiendo esto y me doy cuenta de que me complica severamente expresarme. Creo que lo inasible del disco y las letras es cierta dimensión invisible de lo natural y cotidiano.
Ahora cuando intento encontrar raíces y comparaciones, me doy cuenta de lo mucho que los Negretes me hacen acordar a Sumo, pero de una manera muy distinta al grueso de bandas que se consideran vástagos de dicha formación. A diferencia del resto del mundo (que agarran por la Avenida La rubia tarada, o por la ruta Mula plateada, Los negretes parecen haberse metido en un agujero en la cerca del callejón Mañana en el abasto, una canción-camino drásticamente diferente a todo lo que había hecho Sumo, y que de hecho ni siquiera fue continuado por ellos mismos (que de hecho, al menos según la biografía de Petinatto, casi todos los de la banda la odiaban). Los Negretes ponen carpas en ese callejón, solo que no hablan sobre el Abasto, sino sobre el DF, pero no sobre la ciudad en sí, en su mero aspecto descriptivo, sino lo que significa caminar por sus calles, lo que significa ser de ahi.
El último disco de Janelle Monáe es lo que estaría haciendo David Bowie si fuera negro y supiera bailar bien. Es verdad que, después del gen Arcade Fire, todo se puso un poquito más épico, yéndose un montón de bandas a internarse en iglesias y secuestrar a niños castrados para que hagan coros en temas llenos de arreglos de cuerda, pero la idea de Janelle supera todo límite de megalomanía. The Archandroid es una obra conceptual futurista completamente delirante (ya desde la portada podemos percibirlo, con esa estética a lo Fritz Lang mechada con iconografía afro), pero que tiene la suerte, o el auténtico don de nunca sonar pomposa. A esto se debe la sencilla razón de que los temas, más allá de cierto ordenamiento conceptual, son bastante variados y frescos (con Tightrope, uno de los temas –y video- con más swing que haya escuchado en los últimos años), pero sobre todo por cierta destreza innata, completamente natural que envuelve por completo a Monáe. A diferencia de la mayoría de las vocalistas influidas por el soul, donde el canto conserva cierta búsqueda inherente de llegar a un plano extático, de pura voluptuosidad (algo que tiene mucho que ver con las raíces cristianas del gospel –en una religión que, tal como dice Bataille en El erotismo, tiene en sus genes inextricablemente unido amor, pasión, sacrificio y muerte), cuando Monáe se coloca detrás del micro, todo parece sencillísimo, con unos gritos que parecerían no provenir desde el estómago, sino de la boca misma, desde la misma superficie de sus labios.
La mina salta del soul al hip hop, del hip hop al country, del country al space pop, como un auto que pudiera ir de primera a quinta sin necesidad de embrague. Precisamente, Monáe es un todo terreno, ¡es el fuckin Mach 5!
A su manera, con su pelo, con sus manias, con su soltura casi infantil, Monáe es una freak que le demuestra a todas las Aguileras y a todas las raperas sobreesforzadas qué sencillo se puede hacer todo, simplemente cantando y bailando como quien lo hace en el baño.
Peter Broderick es de esos músicos que, entiende al pie de la letra que la música no son las notas que tocas, sino las que no tocás (citando a Miles Davis), que la música es lo que realmente ocurre entre los silencios, cuando no estás tocando.
Este disco doble, con una pieza pensada para ser representada en danza, es uno de los mejores discos ambientales que haya escuchado en mucho tiempo, que llega a momentos de climax sin nunca a explotar, retirándose elegantemente en el preciso momento (algo que lo asimila y diferencia de Godspeed you! Black Emperor, más afectos a los in crescendos con desenlaces explosivos).
Lo único que puedo decir de Broderick sin sonar demasiado pomposo, o afanando indiscretamente de otras cosas que la gente ha andado diciendo sobre él, es que en Music for contemporary dance ha creado bosques sonoros, en los que me he perdido, y por momentos no me importó mucho regresar.
Posiblemente sea hacerle una jopeada al reglamento, porque los temas de The Promise fueron grabados efectivamente en 1978, pero considerándose que recién salieron a la luz este año -en una de esas completísimas ediciones de coleccionistas que podrían incluir, si pudiesen, cotonetes usados por artista-, y sobre todo, considerando que su autor no es nada menos que Bruce Springsteen, la cita parece ineludible. The Promise atestigua, no sólo un momento bisagra en la historia de El jefe (atribulado por disputas legales y crisis personales que desembocaron en la oscuridad de Darkness of the edge of town –completamente opuesta a la épica automovilística de Born to Run), sino un desmontaje del proceso de producción de uno de los grandes héroes de la música del siglo XX. Springsteen construyó Darkness of the edge of town como algunos de esos automóviles típicos de su mitología: un montón de temas de estudio que podrían competir en lo prolífico con los momentos más merqueros de Calamaro (sólo que el producto no es la burrada de El salmón, sino fucking Darkness of the edge of town), que ceden sus identidades para volverse piezas, repuestos, cajas de herramientas intercambiables. Springsteen sacaba un verso de un tema y lo colocaba en otro, probaba una melodía, le agregaba un piano, le quitaba una guitarra, cambiaba el aire de la canción como quien arregla un radiador o le cambia el motor de un auto. Lejos de la terrajada del autotuning, lo que resulta del gigantesco taller mecánico de The promise es un hermoso compendio de canciones que no sólo guardan su valor relacionado al análisis historizante de ciertos temas que ya conocemos todos (por ejemplo la versión de ritmos más españoles de Candy’s room –que originalmente se llamaba Candy’s boy), sino a darse cuenta de que la atmósfera más opresiva y realista del Darkness, en oposición al espíritu festivo y épico de Born to run (esa madurez propia de darse cuenta de que sus personajes no necesitan escaparse a 220 por interestatales para ser héroes, que el heroísmo, la vileza o el menoscabo está en cada corazón, a la vuelta de la esquina), no fue algo meramente espontáneo y fruto de las circunstancias personales del autor, sino un sesudo proceso de decantación –dándole la última palabra a el Jefe, que muestra cómo dejó temas hermosísimos como Ain’t good enough for you para mantener una línea emocional más contundente).
Desenterrar material como éste, que podamos escuchar temas como éstos, en tiempos como los actuales, es un regalo del cielo que nos muestra qué somos y qué podríamos haber sido.
Uno de los pocos discos de la última década que pueden considerarse una auténtica obra de arte. Ariel Pink, conocido por su radicalismo low fi, firma con 4AD y saca un disco de sonido convencional, mostrando y condensando todo el potencial que tenían sus fragmentarias melodías recogidas a lo largo de su extensa obra.
Pink, histérico, mutante, freak, larvario, sinópodo, prende sus ventosas en la yugular misma del pop, creando un territorio propio, en donde todo suena familiar, pero que nada es igual, en donde el beat inglés de los sesenta se funde con el pop etíope, donde las canciones de los ascensores resuenan en las alcantarillas, donde una contestadora de un taxi radiollamada puede cantarte el tema que cambiará por completo tu vida.
Pink es un experto en intros, estribillos, o puentes, sólo que en sus temas antiguos todo eso aparecía en el scrapbook (un scrapbook voluptuoso y tan detallado como un tríptico de El bosco, es verdad), mezclado, entrecortado por otra idea que enseguida se superponía a eso como juegos en la cabeza de un niño con déficit atencional. Este es el momento donde Pink por primera vez toma todos esas estructuras y comienza a componer canciones, mostrando, a diferencia de lo que podía parecer a simple vista, cómo todo puede ser unido con todo, como si descifrara su sistema de nomenclatura para volvérnoslo completamente compartible.
Pink agarra todo, lo aplasta, lo amasa y te convierte temas propios de la nada, como lo hace con los Rocking Ramrods, o con temas propios que parecían completamente olvidados en su propia y vasta discografía (a la que los fanáticos nos lanzamos a buscarlas como niños soviéticos intentando desenterrar alguna escopeta o bomba enterrada de la segunda guerra mundial.
Beverly Kills, Menopause Man, Bright lit blue skies, Reminiscences...Before today tiene tantos temas geniales como para ahorcar a un caballo, pero va a ser recordado como el disco en donde figuraba Round and Round, obra maestra definitiva de Pink que resume en sí mismo todo lo que fue y no sabíamos de su carrera, una de las mejores construcciones pop que ha dado la música en las últimas décadas.
Hype o no, Ariel Pink es el músico que ha demostrado que ya no hay excusas, que el pop está ahí, en todos lados, y que permanece esperando, como una perla en una ostra dormida.
Hace más de un año, me había levantado con una resaca como pocas, sintiendo mi cerebro como una boya flotando en una bolsa llena de agua (bueno, más bien llena de grappa con limón). Cada poro de mi piel exudaba el olor a todo lo que había tomado y comido en el Santa Catalina, y mis planes para el día que entraba como flechazos por las rendijas de mi persiana no variaban más allá de a qué lejanía de mi cama debía colocar el balde previsor. Tal jornada hubieras sido un simple hecho borrable, o un mero recurso para retratarme de una manera bukowskianamente halagadora, pero fue justo en esa tarde que tres amigos míos me convencieron de acompañarlos al centro, y de paso meterme en los Fondos Concursables del MEC, frente a los cuales tenía poco interés en participar, básicamente porque sólo poseía una copia de mi novela y me faltaban las fotocopias, la versión digital y el hígado en su debido funcionamiento para emprender los trámites de inscripción que vencían ese mismo día. Por cuestiones del destino, terminé cediendo a los argumentos de mis amigos (que no eran muy sólidos, pero que parecían mejor que estar en un barco vikingo perpetuo el resto del día) y armado de unas hojas impresas en computadora, una bolsa de galletitas y una Gatorade para hidratarme (lo de que es la bebida de los deportistas es puro cuento, cuando vean a alguien tomando una Gatorade, estén 90% seguros de que esa persona tuvo una horrible mañana de resaca) probé suerte en uno de esos tantos concursos de los que nunca había recibido noticia alguna.
Unos cuantos meses después, miraba un concierto de Tom Waits junto a Santiago Casalás cuando me llegó la noticia de que mi novela era una de las ganadoras de los fondos.
Antes del Crepúsculo (no confundir con la delirante “Del crepúsculo al amanecer”, con la hermosa “Antes del atardecer”, o con esa reciente mariconeada de vampiros y licántropos teens) es producto de dos años de trabajo ya bastante lejanos (la comencé a escribir tres años atrás, en unas vacaciones obligadas en México y la terminé dos años después, luego de someter a la obra a una serie de amputaciones y transformaciones que harían babearse a Cronenberg), pero sobre todo de esa tarde que me atreví a retar a mi propio organismo a una larga y calcinante caminata por el centro y Ciudad Vieja.
El miércoles 29 estaré presentando Antes del crepúsculo, a eso de las 19:00 hs, en Café La Diaria (Soriano y Ciudadela). Siendo el jazz cable conductor que atraviesa la novela (y que también supo hacerlo, en cierto momento a este blog), me pareció buena idea agasajar a quien vaya con la presencia de Gustavo Villalba, excelente saxofonista que estará tocando junto a un pianista algunos hermosos temas (como vi que ademas del saxo alto toca el soprano, estuve tratando de convencerlo de que toque My favorite things, de Coltrane). La presentación será también a cargo de Leandro Delgado, quien no sólo es co-creador (junto a jntkdvr) de uno de los mejores blogs uruguayos, sino que es escritor de una de mis novelas de isla desierta, Adiós Diomedes.
Se van a vender ejemplares de mi novela allá mismo (al igual que los materiales de los otros ganadores de los Fondos, entre ellos, mis amigos Ramiro Sanchiz y Horacio Cavallo), aclarando que también pueden comprarlo en bastantes librerías por las que está circulando (creo que hasta la he visto en el Shopping Punta Carretas, así que no debe ser difícil de conseguir).
Quien le haya gustado alguna vez este blog (que sí, que lo tengo algo apolillado), quizás le pueda interesar leer el libro, o tomarse algunos vinos conmigo. Están todos invitados.
Dejo abajo el texto de contraportada de la novela para los interesados:
“Punto muerto, la púa sigue rebotando en el mismo lugar, la música desapareció y mis Mingus-somas comienzan a ser fagocitados por otras células, células del silencio, por antonomasia. Cadenas de carbono formadas por la música se van desintegrando, se desploman sobre sí mismas, y sobre su cadáver se forman otras cadenas de carbono, las cadenas del silencio, las cadenas del sonido del extractor de aire, las cadenas de los tacones altos de la vecina del octavo piso”. A quien escuchamos no es a un científico –o al menos, eso no lo sabemos-, sino a un jazzista en el pico de su carrera (pero desde el que no puede ver el cielo, sino un inmenso precipicio). Antes del crepúsculo es el testamento de un hombre acorralado entre dos voces: la suya propia, voz-machete con la que intenta abrirse paso a través de las trampas que ella misma va sembrando; y la de su saxofón, un grito ensordecedor convertido en una nota invariable, que comenzó a sonar independiente de la voluntad de su ejecutante. Son estas voces las dos aspas de la picadora de carne que Dexter Dawn intentará atravesar, para llegar al otro lado. Pero antes de ellas se levanta un París encajonado, una habitación azul, un misterioso músico islandés, la prensa sonámbula, Kath, un conejo despellejado, duelos, un Chevrolet Impala estrellado y el jazz, cable conductor pelado sobre el suelo mojado de esta obra.
Sunday, May 02, 2010
Queremos tanto a Richman*
*esta es la director's cut de una nota a editarse en el próximo número de Revista Guita. Acá el link de la revista
Nunca me había ocurrido de poder presenciar a un músico o banda internacional en el pico de mi fanatismo. De esos toques en los que uno se siente en la caja de resonancia del mundo, donde uno, más que espectador, se siente testigo. Las únicas veces que me ocurrió algo semejante fue con Buenos Muchachos (un toque en donde por un momento sentí el suelo del difunto BJ arquearse –literalmente- al ritmo de un pogo durante la canción Temperamento) y Fernando Cabrera (una presentación en el Solís de la que recuerdo tener la piel erizada casi la totalidad del show, como si pudiera despellejarme con la facilidad de quien extrae con una cuchara la nata de un café con leche). Todos esos momentos han sido y serán, de una forma u otra, hitos fundacionales de estructuras que siguen viviendo en mí. Ahora bien, los músicos internacionales siempre llegaban demasiado tarde. Parecía que cuando por fin me visitaban, ellos o yo, o algo entre ellos y yo había cambiado. Cuando viajé a Punta del Este para ver a Bob Dylan, prevalecía en mí una voz interior que me decía “estás viendo una de las últimas leyendas vivas del siglo XX”. Pero era solamente eso, un ajuste de cuentas simbólico, un nuevo pino en el bosque de la historia meado por mí. Del toque de Radiohead en Buenos Aires, me volví en un Buquebús repleto de gente, satisfecho, pero con la triste sensación de que aquello que a mis quince años hipotetizaba de cambiar mi vida, no me generaba más que una verdadera, aunque efímera satisfacción, como quien logra por fin estar con la chica más linda del liceo, dándose cuenta que ya no es tan linda y, más importante aún, que ya no hay compañeros de liceo para demostrárselo. Con Mars Volta, más o menos lo mismo, además de que los agarraba en una seguidilla de discos bastante flojos –y sin su primer baterista, que era lo verdaderamente sobrehumano que existía en los peludos de El paso-. Finalmente, con Cat Power la situación era un poco distinta; mi amor, platónico, fetichista, baboso, quimérico, adolescente, inmaduro, entomólogo, hacia ella no había cambiado, pero aquella persona que yo veía comerse el escenario entero, introduciendo hermosos bailecitos descoordinados dentro y entre cada canción, no era la Chan Marshall de The colors and the kids, la Chan Marshall que se ahogaba con su cerquillo mirando hacia abajo mientras cantaba Metal Heart, la Chan Marshall andrógena que escribía canciones sobre abortos, la Chan Marshall frágil, como un pajarito que se acaba de caer del nido y que te hace pensar que vos, con tu amor de escucha, de espectador, de fan, sólo con ese amor, la podés salvar. No, la de aquel 2009 –y que vuelve a nuestras latitudes ahora nomás en mayo- era distinta, una Marshall que ya había fortalecido sus alas y que planeaba majestuosa, pero independiente de nuestra ayuda, con esos satinados temas r&b que distaban mucho del hondo dolor de aquellas composiciones folk sacadas del fondo de un aljibe. Así que cuando me enteré que llegaba Jonathan Richman, mi sorpresa se multiplicó hasta lugares inesperados. Porque, como si se hubiese puesto en marcha una extraña sinergia entre Jonathan y yo, en los últimos meses no había parado de escuchar discazos como “I, Jonathan”, “Her mystery not of high heels and eye shadows”, o “Not so much to be loved as to love”, sirviendo sus canciones como una especie de colchón emocional que venía alivianando el impacto que me generaba la caída del verano (¿pero es la caída del verano o la caída del otoño?, nunca me quedó claro, así y todo, las dos imágenes valen por sí mismas). En resumen, el concierto me agarraba en la mismísima cresta de la ola. Supe que iba a ser un toque importante desde una primera anécdota que surgió horas antes de que comenzara el mismo. Iba caminando por la ventosa Chucarro (una calle curiosa, en donde a la altura de Martí se abre hacia la rambla, como si cayera al agua misma, generándose un extraño pasadizo en donde el viento del mar sube como las vías de los trolleys que siguen sobresaliendo del asfalto) rumbo a la casa de Cecilia, prima espiritual de mi novia, con quien había quedado en juntarme para ir al concierto a realizarse en La trastienda. Ya habiendo tocado timbre a su portero eléctrico, esperaba de espaldas a su edificio, observando con extrañeza la fachada de El Bacilón cerrado –era martes-, aquel extraño aire fantasmal, a almacén tapiado que tiene cuando no está rodeado por sus parroquianos mandíbula de pitbull regados alrededor de su epicentro como pescados en la orilla tras el derrame de un barco petrolero, cuando me percato de que no tengo la entrada conmigo. Me fijo en el morral y en los bolsillos del pantalón varias veces. Son esos momentos en donde uno empalidece, tocándose todas las partes del cuerpo como si estuviera bailando una Macarena frenética. Justo en pleno baile me agarró Cecilia, que bajaba con una tranquilidad que yo, por las circunstancias, sentía de otro mundo. Intentando mantener la compostura le dije que no encontraba mi entrada, que teníamos que volver a mi casa para revisar si la había dejado ahí. Decidimos volver tomando exactamente el mismo camino que había emprendido en la ida. Mi cabeza elaboraba intrincadas conjeturas, incluso me contentaba con un comienzo incipiente de alzheimer , pero temía justamente lo más probable, que se me hubiesen caído del bolsillo y que en ese preciso momento estuvieran volando por Martí, por 26 de Marzo, por la misma rambla o por la calle Burdeos, quién sabe. Que estuviera flotando como un muerto en las fauces de alguna sucia boca de tormenta, también. Pensaba en cosas como que si había perdido la entrada quizás era una señal, quizás en una de esas La Trastienda entraba en llamas y el toque de Richman se convertía en un Cromagnon versión uruguaya. Fue en medio de esa crisis ahogada –realmente no recuerdo una sola palabra de lo que estaba hablando en aquel trayecto de dos cuadras-, cuando escuché la voz de Cecilia decir “Agus, mirá ahí”. En el suelo, sereno, intacto, el papelito rosado y rojo que me esperaba como un niño perdido en la playa. Casi sentí como si no hubiese sido yo, sino la entrada la que me había encontrado. Me prometí que nunca más llevaría una entrada en el bolsillo, le prometí a Cecilia futuras cervezas de agradecimiento, supe que esta vez, era el destino. No soy bueno con las estadísticas, pero La trastienda estaría unos tres quintos llena. De los allí presentes, la mayoría no había seguido tan de cerca la trayectoria de Richman, generalmente centrándose en sus primeros años delante del micrófono de los Modern Lovers, por lo común metiendo mano en el cajón de sastre de lo que suele decirse en cualquier nota sobre la música de esta banda: el carácter de formación pionera del punk, su amistad con la Velvet Underground, su papel en la escena neoyorquina de principios los setenta. Sin embargo, abarcar a Richman en su papel de pionero del punk es como esa frazada corta que te deja destapado el pecho o destapados los pies. Si bien el álbum debut de Richman y compañía tenía ciertos manchones de oscuridad, difícilmente pueda homologarse lo que hacía la banda –y sobre todo el resto de las composiciones subsiguientes de Jonathan- con lo que hacía la Velvet, los Dictators, los New York Dolls, o lo que haría Suicide, los Sex Pistols o The Damned. Si uno entra en plan de encontrar gritos antisistema, odas al hedonismo y aliento parricida, se queda completamente desconcertado al escuchar a Richman. Porque Richman toda su vida ha sido un iconoclasta, algo que rompe todos los moldes de la rebeldía estatuida –y empaquetable- del punk, un camino seguido con una férrea linealidad que nunca tomó la forma de militancia. De alguna forma, Richman nunca se colocó en ninguna de las aristas de rock. Ni en la dionisíaca faceta del rockstar, ni en la conmiseración geek, facilonga y filistea de los músicos indie actuales (porque, vamos, canciones dolorosas como Plea for tenderness son mucho más que eso). Y esto es algo que se pudo sentir desde el mismo momento que Jonathan llegó a la Trastienda, a pie, por Fernández Crespo, con la guitarra bajo el brazo. Mientras Hablan por la Espalda lo taloneaba con el cambio puesto en segunda, Jonathan permaneció en el hall, hablando con la gente que lo abordaba sin ocurrírsele a él ni a los otros mucho que decir, más allá de pedirle algún tema, o comentarle lo huge fans que eran. Llega Richman al escenario, saca su guitarra del estuche y afina fugazmente. Su único compañero es el batero Tommy Larkins, con quien ha mantenido la formación de dúo desde hace varios discos. Su guitarra es una criolla, no está conectada al equipo, ni siquiera tiene correa.
Comienza a tocar y empieza la magia.
La particularidad del show de Richman es lo inimitable que es. Uno puede ver a músicos hipertécnicos, bandas prog o powermetaleras desafiando la capacidad humana de velocidad y oído, y sin embargo siempre sabe que en algún rincón del mundo, en alguna academia mohosa y perdida, en un sótano lleno de posters y fósiles de computadora, o en el húmedo hacinamiento de un bloque de apartamentos comunales hay un estudiante prodigio japonés, un luthier búlgaro, o un pendejo chileno fanático del cine de Lucio Fulci que puede igualar o superar a su maestro. Los blueseros o jazzeros dirán, en su defensa, que la maestría técnica no importa, que lo inigualable, su propia marca de fábrica, es el swing. You ain’t got no swing, le dirá el negro experiente con una ligera mueca de desdén en sus labios al chico que se acerca con sus ojos brillosos y su demo en la mano. Pero lo de Richman trasciende la técnica, la proeza y el swing y se vuelve algo mucho más complejo y a la vez transparentemente sencillo: lo que tiene Richman que el resto no tiene y que no van a tener es que, justamente, es Jonathan Richman. Nunca en mi vida vi de forma tan clara alguien cuya presencia escénica y su obra entren en sincronía de una manera tan perfecta, de relojería suiza, de homeostasis orgánica. Porque no es sólo la voz nasal de Richman, sus letras nostálgicas sobre las fiestas en los cincuenta, su mirada a veces perdida, la ternura con que agradece a los aplausos, su físico de niño atrapado en un cuerpo de un metro ochenta, aquel acento sedimentoso al hablar español, los instantes en donde se aleja del micrófono, sin importar que no se escuche, bailando de una forma que nadie se atrevería, o que de hacerlo lo haría en otra clave, con una tongue in cheek que indicara que está bromeando. Es algo más, algo que se muestra en cada tema como el resto arqueológico de algo perdido, de una polis que posiblemente nunca existió, pero en la que hubiera sido hermoso vivir, de un vínculo de amor instantáneo, diferente de todo lo que pueda haber generado cualquier otro músico igualmente impactante, como la intensidad de Jerry Lee Lewis parado sobre el piano, de James Brown abriéndose de piernas en el Apollo, de Johnny Rotten ofreciéndose como carroña a los escupitajos y las botellas arrojadas en los últimos shows de los Pistols en Estados Unidos. Es algo que incluso no podría ser banalizado, porque no se entendería. La razón por la que hay imitadores de Elvis, de Freddie Mercury, o de Los Beatles, pero no de Richman es precisamente esa; es una verdad que funciona como un chiste: si se explica, pierde la gracia. Y uno puede sacar nota de esto en el silencio que reinaba en La Trastienda, un silencio que no había llegado a sentir ni en un toque de la Filarmónica, y que no podía distar más de aquel mutismo estático, molar, ese silencio de respeto, jurídico, de paño y corbata bien ajustada, que se mantiene en una obra teatral, o en el green de un campo de golf. Era un silencio que celebraba a Richman, que aunaba a un montón de personas que no querían perderse absolutamente nada de lo que ocurriese, un pifie, un olvido, una ocurrencia, una excursión dentro de cierto ritmo en un mismo tema. Kim Gordon dijo en un viejo artículo sobre Public Image Ltd, “la gente paga por ver a otros creer en sí mismos”. En este caso, uno paga para poder amar a Jonathan Richman. Quienes hayan ido esperando encontrarse con los temas insignes de los Modern Lovers, posiblemente se habrán quedado medio desconcertados. Por el contrario, Richman buceó ampliamente por su material en solitario, con canciones como Because her beauty is raw and wild, o I was dancing in a lesbian bar (en una versión libre de casi diez minutos), y sobre todo en temas cantados en otro idioma, no sólo en español (como A que vinimos sino a caer, o Yo tengo una novia), sino también en italiano, francés y hebreo. La mayoría canciones de amor, otras de deslumbramiento, pero todas bañadas por la misma sensación de epifanía o sorpresa, tal como se puede ver en esos momentos en que Jonathan abre los ojos, como un niño al que se le acaba de develar un gran secreto. Esa sorpresa sólo se puede explicar en una noción de eterna juventud –no de “juventud momificada”, como en algunas bandas- que se convierte, de hecho en uno de los aspectos más curiosos de Richman. Nacido en el seno de un movimiento que pregonaba la vida rápida y la muerte joven, la vejez o madurez era prácticamente un tema tabú. Como si fueran jugadores de fútbol con fecha de vencimiento temprana marcada en forma de código de barras en su nuca, muchos de los músicos se consagraron en ocultar progresivamente su vejez, dedicarse a algo completamente distinto, o morir lo suficientemente rápido como para no tener que rendir pruebas. A eso habría que sumársele una especie de Teenage FBI (haciendo referencia a la gigantesca canción de los Guided By Voices -liderada justamente por Pollard, que debutó con 35 pirulos) que stalinizaba de sus listas a cualquier músico que fuera mayor de veinte años. Los tiempos cambiaron y hoy el mercado da para que aquellos músicos que escondían su edad como un judío que esconde su Menorá en un sótano en la Alemania nazi, puedan explotar la nostalgia de unos cuantos. Pero mientras hoy en día grandes grupos del pasado se juntan para devenir en bandas de covers de sí mismos, Richman sigue siendo el mismo pibe, el mismo pibe que, paradójicamente supo cantar en 1969 un tema como Dignified and old.
Volviendo al tema de aquellas viejas generaciones, estos últimos años han sido particularmente severos con nuestros ídolos. Cayó Lux Interior, cayó Malcom McLaren, cayó Rowland S. Howard, cayó Alex Chilton. La mayoría de los que no cayeron figuran en shows que parecen vitrinas de un museo de ciencias naturales, transitan por los escenarios como Ratzinger en un papamóvil. Y el invierno es crudo, y el invierno tiene hambre de otros ídolos, y algo en mi interior me dice, tiene la certeza de que voy a estar vivo para ver morir a Springsteen, a Robyn Hitchcock, a Iggy Pop, a Mark E. Smith, a Scott Walker, a Tom Waits, a Johnny Rotten. Y viendo a Richman, con una delgada papada, barba de una semana y ojos tristes cantar A qué vinimos sino a caer, me viene un frío en la espalda. Pero entonces, la canción acaba, la gente aplaude, Jonathan sonríe y coloca sus manos en forma de plegaria y por un momento, como una epifanía llega una frase pronunciada por Benito tiempo atrás: “Jonathan Richman no puede morir, porque morirse es mala onda”. El toque terminó de la mejor forma que podía terminar. La gente se fue con una sonrisa en el rostro, como pocas veces he visto –o me sentí dispuesto a ver. Subiendo por Fernández Crespo, esperando con Cecilia y Eze un taxi que nos lleve a La ronda, ya viene en mí la conclusión de que acabo de presenciar un momento importante en la historia uruguaya. Quizás no aparezca en los diarios, posiblemente se comente en alguna serie de blogsamigos y se olvide con la próxima visita internacional que llegue a estas latitudes. Pero para mi fue importante. Fue un toque que enseña otra forma de conectarse con el público, una forma de tocar relajada, desatada de todas las convenciones performáticas del rock o de la música en general, evitando al mismo tiempo sonar vago y carente de sustancia (algo difícil de procesar en un país cuyas propuestas muchas veces hacen equilibrio entre la solemnidad y la pereza). Pero más que una forma nueva de hacer música, una forma de saber escucharla. Una de mis citas favoritas del rock proviene de Lester Bangs, y dice: “The only questions worth asking today is whether humans are going to have any emotions tomorrow, and what the quality of life will be if the answer is no” . Entre tanta referencia posmo, atrapados en ese spa terrorífico y gigantesco que es lo cool (Diego D’Avila, dixit), entre tanto miedo a decir lo que sentimos sin ponerlo con entrecomillado, Jonathan Richman nos muestra cómo se pueden decir las cosas por su nombre, a hablar sobre querer a alguien, sobre la hermosa impresión de ver tocar el harpa a Harpo Marx, de bailar por bailar, de aceptar el sufrimiento como parte de la vida, del dolor que genera que la chica que te gusta no se ría de tus chistes, de la alegría de caminar por la calle, de apreciar lo linda que se ve tu novia con la ropa de todos los días, de ansiar la llegada de un carrito de helados a tu barrio.
Pero leo esto que he estado escribiendo, y me doy cuenta de que me olvidé de lo esencial, de lo único que importa. Escuchen a Richman, sólo eso importa. Nada de lo que pueda decir o sugerir se encuentra afuera de sus álbumes. Tal como dice en su disco Not so much to be loved as to love, “He gave us the wine to taste, not to talk about it” So let’s taste it, pibes.
Thursday, February 11, 2010
Mejores discos del 2009
Tarde como siempre, acá llega la lista de los mejores discos del año (del 2009). Tenía pensado hacer una lista de veinte, incluso de quince, como he hecho de costumbre los últimos años, pero considerando que este era un post que en principio no iba a aparecer acá -y sumándole el hecho de que se le superpuso otro post sobre verano/Atlántida/ maquinitas/ el arte de la pesca/pornografía/ Ladyhawke/ televisión abierta/ asados, que posiblemente salga a mediados de marzo- terminé reduciéndolo a sólo diez puestos, quedándome sólo con lo que más me impactó del año pasado, y dejando fuera un montón de discos geniales, como Los últimos diez minutos de María Duval, de Los Negretes, el Goodbye Oslo, de Robyn Hitchcock, el debut de Girls, el último de Atlas Sound, Memory Tapes, Siguiendo al rayo, de Señor Pharaón, Segundo Nombre, de Amelia, el Fame monster, de Lady Gaga y otro montón de discos más -sin contar los que no pude escuchar del todo bien.
He aqui mi humilde .e inusitadamente corto- post de lo mejor del 2009
10- Travesti- Travesti En tiempos de Ricardo Fort, toda Argentina parece haber vivido tras la penumbra de las lolas de unas cuantas vedettes. Encontrar a un personaje como Sulma Lobato referido por muchos de las personas del mojo como una artista –una especie de mal viaje warholiano a base de te de floripón y casuela de mondongo- hace pensar el universo cultural de nuestro país vecino –y por lo tanto del nuestro, a no engañarnos que cuando Buenos Aires estornuda, Montevideo se enferma- como un Sodoma y Gomorra del que no queda otra cosa que correr sin atreverse a mirar hacia atrás. En su último disco, el dúo argentino Travesti se convirtió en la banda sonora de ese Ragnarok terminal, con suelos que se desmoronan sobre cráteres producidos por los tacos aguja de una milf que pisa demasiado fuerte. Ya desde la misma tapa, con Moria Casán y el título homónimo de la banda sobre la portada–generándose un efecto gracioso que hace preguntarme si la reina del colágeno sabía en qué carajo se estaba metiendo-, uno se da cuenta de que esta enfrentado a un disco conceptual, un viaje dantesco de ida y vuelta sobre las entrañas del glitter argentino. Todo esto parece medio terraja, pero la forma en que Travesti emplaza los versos alucinados, casi como difusas visiones bíblicas (“Aceite de avión en la operación sobre las lolas del nuevo testamento”), logran una superposición, un efecto sórdido dentro de lo plausible que sólo saben hacer artistas como David Lynch. Un disco centrado en transformaciones corporales, en footing, en dietas, y que curiosamente nunca se vuelve drag ni irónico, sino que encuentra una coherencia oscura pero también extática, como una prenda de strass negro agitándose en la noche como una bandera pirata, como un mojón que señala el adentramiento a un campo minado. Hace unos meses el dúo argentino visitó nuestro país en un toque realizado en Lotus (uno de los pocos lugares en Uruguay que incorpora los criterios de selección modelo Studio 54). Alejandro Torres con saco y mocasines blancos, Fernando Floxon con campera cyberpunk de cuero, con lentes negros y camiseta de Burzum, verlos en vivo resultó ser para mí, inesperadamente, una de las experiencias estéticas más impactantes de los últimos años. Tal como la orquídea y la abeja se territorializan, resultando imposible -e innecesario quién imita fisionómicamente a la otra- La misma presentación y música de la banda, de un segundo a otro reconfiguró todo el entorno paqueta de las inmediaciones del Montevideo Shopping. Fueron necesarios tres temas, y Lotus se convirtió en un prostíbulo sórdido, en el que todos bailábamos como si estuviéramos en las entrañas de un Titanic ya hundiéndose, manchados por la luz del neón y la bola de espejos. Y el agua ya llegaba a las rodillas, pero no importaba, había que seguir bailando
09- M. Ward- Hold time
Posiblemente uno de mis discos del verano. Lo que hace M. Ward (músico de sesión que integra un montón de lineups geniales, como la de la señorita Cat Power) es empacharnos con un montón de canciones perfectas, construcciones pop con adamios folk que actúan a modo de una radiografía del pop estadounidense de los cincuenta sin convertirse nunca en retro (de hecho, es un disco en el que resulta imposible saltearse un sólo tema, posiblemente teniendo en sus cinco primeras canciones la mejor seguidilla de temas del año).. Desde la version folk re para arriba de Rave on (con el mismo espíritu maximalista de la original de Buddy Holly), hasta Hold Time (aquella hermosísima balada compuesta en una surrealista clave Beach Boy), pasando por el viento español que sopla Stars of Leo, y la sabia esperanza que irradia For beginners, tema que abre el disco, M.Ward se muestra como un tipo que se maneja con tremenda soltura en todos los rincones de la cancha.
La escena pop actual por momentos parece sobrepoblada de músicos que incorporan elementos folk y country a sus repertorios. Lo que deja claro M.Ward es que tiene ganadas unas cuantas parcelas de cultivo, al lado de los ranchos de Cat Power, Neko Case, Gary Numan y Will Oldham.
08- Sunn o)))- Monoliths and dimentions Monoliths and dimentions es un disco tan oscuro que haría ver a los álbumes de la primera época de Black Sabbath como un versión de remixes veraniegos de High School Musical. Esto que acabo de decir tampoco aporta nada muy nuevo, Sunn o))) vienen perfeccionando su drone metal desde hace tiempo, generando vórtices y agujeros negros en donde el mismo ritmo cardíaco va camuflándose con el tempo de la banda, tan lento como la miel. El detalle de la miel en un disco tan opresivo no es meramente circunstancial, sino que da señal de uno de los detalles que diferencian a este trabajo del resto de los productos de la banda: un contrapunto, un claroscuro al final en Alice, tema que cierra el disco, en donde un set de cuerdas y vientos parece desgarrar y abrir los cumulus nimbus que encajonaban al disco. Pocas veces se había visto un cambio de registro tan impactante, pero a la vez tan fino y ajustado en un disco (ni que hablar en un álbum de drone metal). Tal como sucede con la Divina Comedia, la mayoría de la gente sólo se queda con el Infierno, pero se olvida de que tal terreno es solo parte del arduo camino que conduce al paraíso. Pocas veces se ha podido apreciar de una forma tan eficaz y abrumadora este trayecto, y ya sólo con eso se convierte al disco de Sunn o))) en uno de los mejores krafts de la primera década del milenio. 07-3Pecados- Dios salve a la muerte Dios salve a la muerte fue grabado de manera casi unipersonal durante una crisis nerviosa de Pau O’Bianchi (la persona detrás de 3Pecados), en la que durante una semana prácticamente no salió de su baño, grabando todo el disco ahí, intentando dejar su último testimonio antes de una muerte que creía que vendría en pocos días. Más allá de la anécdota biográfica, el último disco de 3Pecados funciona por ser y sonar, efectivamente como lo que fue: la batalla de un hombre entre la tierra y el cielo, un disco que funciona como una botella arrojada al mar, o más que al mar, a un abismo, no quedando verdadera esperanza más allá de la certeza cortante de los vidrios hechos añicos. Pero Dios salve a la muerte no es solamente eso; es quizás la primera gestión idiosincrática uruguaya en el mundo del low fi, un low fi no como producto inevitable de las circunstancias, ni un low fi como mera ornamentación sonora. Incluso dentro del ámbito low fi, sorprende el hecho de ser un disco no fragmentario, casi conceptual, en un subgénero donde suele primar precisamente lo contrario. Bitácora de los descensos psicológicos de su artífice, o cerebral experimento sonoro, Dios salve a la muerte no suena similar a nada que se haya grabado en nuestro territorio Escribí una nota más larga de este disco en La diaria. Si quieren leerlo completo acá un enlace para bajarlo.
06- The Flaming Lips- Embryonic Con la banda de Wayne Coyne la palabra megalomanía queda un poco corta. Ya desde Zeireeka (ese Voltron musical cuatro discos que tenían que ponerse al mismo tiempo) uno sabía que estaba hablando de tipos complicados, y en el marco de la reinterpretación íntegra del Dark side of the moon, uno tiembla ante los resultados de lo que pueda ocurrir con un disco doble como Embryonic. Sin embargo, diferente a todas estos temores Embryonic debe ser el mejor trabajo de los Lips desde The soft bulletin (capaz que incluso el mejor, el tiempo lo dirá). Hay dos particularidades que lo separan del resto de la discografía de Coyne y cia, incluso de la mayoría de los discos de tal magnitud:
1) Embryonic tiene la particularidad de ser un disco doble sin filler, incluso esquivando grácilmente esa dimensión fragmentaria que toman la mayoría de los discos de tal longitud. El sonido, los devaneos kraut, el repiqueteo de batería, la aspereza por momentos low fi, todo makes sense en el disco, y uno puede escucharlo de principio a fin, como si fuese una historia contada en dos actos, incluso deseando que nunca termine.
2) Segundo e igual de importante: es, por así decirlo, el disco menos paloma de los Flaming Lips. De una aspereza perdida a lo largo del tiempo, Coyne puede permitirse acariciar claroscuros emocionales que estaban parcialmente retenidos en la aduana de aquel Candyland (una especie de Neverland Ranch pero cubierto por una fina capa de sangre con gusto a gelatina de frutilla) que se había costruido a lo largo de los años. Incluso, cuchareando de esa lógica sci fi que ha dado forma a su cosmogonía, las referencias de género ya no son simpáticas como Yoshimi combatiendo contra robots rosas, ni ese conjunto de científicos trabajando juntos para el bien de la humanidad en Race for the prize. En Embryonic hay un viento de cambio, hay mujeres robots incapaces de sentir emociones, máquinas plateadas que transforman a humanos en autómatas, un mundo que comienza a apagarse y que llega a su punto crucial en Watching the planets, una forma tan épica como escalofriante de cerrar el disco, una CODA en llamas con Karen O (de los Yeah Yeah Yeahs) gruñendo y graznando en su forma más animal mientras Coyne cierra crípticamente la fábrica con el críptico verso "oh, oh, oh, the sun is gonna rise".
Un gigantesco disco épico, hecho por una de las bandas más épicas de estos años, en tiempos en donde todo lo épico es tomado con pinzas. 05- Carmen Sandiego- Nanas En la historia del rock uruguayo ninguna banda ha escrito canciones como las que salen de las voces y guitarras de Flavio Lira y Leticia Skricky. Carmen Sandiego hace un folk popero con raíces rústicas del estilo de Beat Happening. El dúo uruguayo por momentos compone canciones sencillísimas, austeras, impresionistas, como el mero relato de volver a casa después de una larga noche o la historia de personajes serenos, diminutos, dolorosamente humanos. Sin embargo, todo está muy lejos del ambiente suave, apastelado y otoñal de bandas común –y erróneamente. En el marco de un folk indie que se ha convertido, con sus personajes ligeramente neuróticos, ligeramente sensibles, ligeramente excéntricos (un género que podría resumirse a la ecuación Wes Anderson + Yogurth Diet) en una nueva progenie (que incluye temas como Ellos, de Diego Rebella) que haría ver a Gonzalo Deniz como Pappo, Carmen Sandiego funciona completamente fuera del circuito, manteniendo en cierto punto, un sonido común, pero un mundo de referencias, una sinceridad brutal muy lejos de todo lo que puede ofrecer el resto de la escena.
Porque los otoños de Carmen Sandiego no son naranja, son una larga gama en greyscale a punto de dejarte ciego. La banda se encarga de regar claroscuros imperceptibles que hielan la sangre, y que vuelven toda una canción en apariencia vaga y tranquila, en una confesión ambigua, llena de miedo latente. En canciones Amigos en la escena, Flavio Lira relata sencillamente el mero detalle de un grupo de amigos tocándose el pelo, pero es tal el obsesivo anaforismo del detalle que se termina por convertir al mensaje en algo crípticamente diferente, perturbador, con tantas aristas que se clava como abrojos los oídos del escucha. 4:00 am es una de las narraciones insomnes en primera persona más claustrofóbicas que se hayan registrado. La alegre 8 40, código policial con el que se refiere a trata de blancas (capaz que de gigolós, fiolos o algo por el estilo, no me acuerdo bien) habla exactamente de eso. La voz susurrada de Leticia Skricky en Canción para los padres ausentes diciendo "voy a quemar cada cosa que diga que es suya, ah, voy a enloquecer debe ser uno de los registros de mayor vulnerabilidad que recuerde en el rock uruguayo. Y como contraparte de todo esto el disco cierra con Calefactor, una de las canciones más directas y guarras que se han hecho en estos años (Sos un calefactor, así que vení, y abrite de nalgas) En el siempre engañoso Nanas, tal como Xiu Xiu (aunque no tan proclives al ruido), la sinceridad de Carmen Sandiego siempre va un poco más, funcionando como un pequeño microscopio, en donde, tras la apariencia de una piel suave y tersa, se logra descubrir un montón de microbios, seres unicelulares y mitocondrias debatiéndose en un sucio festín caníbal. 04- Destroyer- Bay of pigs Dan Bejar es un capo. Eso todos los que lo escuchamos más o menos lo sabemos. Sin embargo, a medida que varios vamos contemplando la posibilidad de tatuarnos alguno de sus versos en la nuca, se ha ido acuñando una frase en clave de reproche que afirma que Destroyer parece cambiar constantemente, pero esencialmente siempre es lo mismo. En el sentido estricto de sus metamorfosis, Bejar ha pasado de su primera época más áspera a un sonido más pulido, de guitarreadas acústicas a himnos de alto componente electrificado.
El discazo Your blues ya había incurrido en el terreno de los sintetizadores (a veces de un sonido acusadamente cutre, aunque no por ello se convirtiese en una referencia irónica ni nostálgica de ningún tipo), pero es posiblemente el EP Bay of pigs el experimento más osado que haya hecho el canadiense en toda su discografía. Compuesto por sólo dos temas (Bay of Pigs y Ravers, durando el primero de ellos cerca de catorce minutos), el disco empieza con “Listen, I been drinking…”, y precisamente parece como si nos sumergiésemos en el mismo líquido/fluido del que Bejar está bebiendo. Si la mayoría de los discos de Destroyer son cartografías de continentes emocionales que se solapan y continúan los unos con los otros, el tema Bay of Pigs es justamente la inmersión en el océano que los separa. Uno va atravesando capas de sonido –más que capas, algo así como finísimas sábanas- acercándose lentamente al corazón de la canción. Ese corazón no late de una sola manera, puede hacerlo tanto con un punteo de una guitarra llena de delay, como con el ritmo de unos súbitos sintetizadores que trazan una atmósfera disco nunca antes vista en la discografía de Destroyer. La canción Bay of pigs posiblemente sea la mejor canción del 2009, siendo un kraft excelso de todo lo que puede ser o no ser una canción, todo lo que se pueda escribir o callar en una letra, la inmersión en el mundo de los recuerdos de un hombre en su forma más múltiple y reproductiva. Y aún así Bejar es Bejar, Bejar y sus mujeres, sus shalalás, sus recuerdos reconstruidos en base a fragmentos, Bejar y sus imágenes de personas como piezas de puzzle flotando sobre una tina llena de agua.
Love is a political beast with jaws for a mouth.
Hay una frase comúnmente conocida (aunque cada vez más en desuso, a fuerza de divorcios y la dinamitación de la formación parental clásica) de que detrás de cada hombre, hay una gran mujer. Más que nunca en toda la discografía (o literatura propiamente dicha) de Dan Bejar, la mujer -sus mujeres- no están detrás, sino delante, pero en forma de un espejo astillado que devuelve en cada fragmento uno de sus personajes. Christine White, Jackie O', todos los fragmentos permanecen, todo devuelve diferentes aces de colores. Terminar de escuchar Bay of pigs es llegar al imposible de aquel punto topográfico donde termina ese arcoiris, un lugar donde no hay duendes ni hoyas de oro, pero si una de las canciones más bellas que se han hecho en los últimos años.
03- Animal Collective- Merriweather post pavilion Da un poco de cosa darle tanto la razón a la pitchfork, o a metafilter, pero realmente Merriweather post pavilion es un disco, más que bueno, importante, una reformulación desde las bases de lo que es una canción pop, de lo que puede hacer una banda con un estribillo, de lo que puede ser un riff, de cómo se puede cantar un tema. Animal Collective, obteniendo lo que probablemente sea el título más pop de su discografía (y con sus temas más perfectamente pop como My Girls, o Summertime Clothes), termina de acuñar prácticamente un género en sí mismo al que venía engarzando distintas piezas desde hace años. Un disco con valor de thesis, y no por ello menos disfrutable, comestible, envidiable, incluso bailable 02- Death- For the whole world to see Acá hice trampa; For the whole world to see fue grabado en 1975, pero por un curioso dominó de cagadas, enfermedades, mala liga y errores más o menos concientes y/o evitables, lo había obligado a permanecer bajo tierra, por más de veinte años, como una mohosa vasija de invalorable valor arqueológico. ¿Pero por qué tomarse la molestia de incluir en este conteo a una banda de principio de los setentas, que ni siquiera transitó por este año en el formato de algún tipo de reunión –como un montón de bandas que desfilaron en la última década, convirtiéndose en algo así como bandas de covers de sí mismos-, que pasó prácticamente desapercibida por los circuitos masivos, y que ni siquiera llega a ser muy conocida por la crítica especializada? El título del disco parece, en primera instancia, algo pretencioso, pero termina indicando exactamente el valor intrínseco del mismo. Death fue una banda desafortunada, que estaba destinada al oro, pero que quizás fue víctima de su propia velocidad, tropezándose con los largos cordones de sus mismas pretenciones, dándose de cabeza contra el muro de sus inquebrantables principios y su propias pulsiones thanáticas. La idea de “banda maldita” es muy tentadora, pero eso no hace a Death una banda legítimamente buena (al igual que la vida bizarra/autodestructiva de G.G. Allin tampoco deja en penumbra el hecho de lo berreta que era como músico). También, la onanista tarea de buscar “la primera banda punk” ya se ha convertido en un subgénero en sí mismo en lo que se refiere a crítica musical. Seguir delegando eso, que si fueron los mismos Pistols, o los Ramones, o los Dictators, o Suicide, o la Velvet Underground, o los Nuggets, o los Fugs, o los Electric Eels, o los peruanos Saicos, o la bandasolistadelcuñadodeuntíosegundodeFraileMuertoquetocab-acoversdelosIracundosdrogadoconpegamentodetapiceríaenelaño59’, es una labor que sólo sirve para discutir con algún que otro bloggero con escasas probabilidades de ponerla en el verano. Pero lo de Death parte la vista –o mejor dicho, los oídos-. Lo que logra esta banda formada en 1971 es sonar hardcore before punk, sin Deloreans de por medio, con solamente un par de guitarras eléctricas al palo (demasiado rápidas para la época, anticipándose al ataque hiperactivo y fisico de los Bad Brains,), temas complejísimos y un espíritu heredado de MC5 cultivado y reprocesado como un vino olvidado en una antigua barrica. Escuchar For the whole world to see, específicamente temas como Keep on knocking o Politicians in my eyes, es como descorchar ese vino, sentir y pensar en la medida que las cosas podrían haber sido diferentes de haberse vuelto esta banda en una formación reconocida. El mundo entero probablemente no verá, ni tendrá la suerte de saber de lo que se perdió, pero el último y único disco de Death es histórico de forma retrospectiva, como el descubrimiento del hombre de Pekin, o cualquier esqueleto perdido que nos haga cuestionar sobre los propios eslabones que nos componen. 01- The Antlers- Hospice Hacía años que un disco no me dejaba por tanto tiempo la piel de gallina –desde el cuello hasta las piernas, todo mi cuerpo salido hacia fuera, como un carpincho en anfetas. Peter Silberman, el hombre detrás de The Antlers, cayó en un pozo depresivo que lo llevó apartarse de toda la gente que conocía, encerrándose en un apartamento de Brooklin, sin siquiera atender el teléfono por un año. El resultado de eso: un montón de amistades echadas por el drenaje y Hospice, un álbum conceptual, o más que un álbum conceptual, una novela sonora sobre los últimos días de una chica enferma de cáncer a los huesos vistos desde la perspectiva de uno de sus visitantes/cuidadores. La idea en un principio parece tan creepy como deprimente, pero Silberman es un tipo de una sensibilidad que te hace caer de culo, haciendo de pequeños detalles (versos como “walking in that room when you had tubes in your arms, those singing morphine alarms out of tune kept you sleeping and even I did’nt relieve them when they called you a hurricane thunderclap”) diminutos martillos que te aplastan el corazón, pudiéndoselo comparar con ese cuento genial que es Harvest, de Amy Hempel (una escritora de la que, sólo habiendo leído dos o tres cuentos, puedo decir que es una de los puntos más altos de la literatura contemporánea). Precisamente, hay una idea y camino de vuelta interesante con la literatura, con abundantes referencias a la suicida Sylvia Plath (poeta y escritora de literatura infantil que se suicidó a sus treinta y pocos años metiendo la cabeza adentro de un horno), junto a una descripción del vedado, pero completamente vívido impulso asesino (no sólo misericordioso, sino hastiado y propiamente agresivo) de quien debe presenciar el constante sufrimiento del otro. Hospice es uno de los discos lírica y psicológicamente más densos que he escuchado en mi vida. En Shiva, donde finalmente la muerte llega, el amor e identificación con la persona en la cama se vuelve tan intensa que termina produciéndose una transmutación del visitante en el enfermo (tal como señala el título alternativo de la canción, "Port-a-caths switched"). Lo que prevalece, más que nada es el horror y la impotencia, esos momentos en los que más de uno nos sentimos idiotas, insignificantes frente al dolor del otro, sin poder mascullar algun cliché o pelotudez más que "todo va a salir bien". Tal como dice Cioran, "tratándose de pésames, todo lo que no es cliché raya en la inconveniencia o la aberración".
Más allá de la calidad estilística, uno, ya por su temática podría pensar que Hospice es un disco infumable –al menos del punto de vista emocional- pero (y precisamente acá uno de los grandes méritos) aún así es un disco lleno de humanidad y vida, hasta –por extraño que parezca- esperanza, haciendo de la muerte un momento hímnico en donde todo se legitima, de una manera que ni el más religioso de los escritores podría plasmar (con picos emocionales que tienen mucho de Arcade Fire y de Godspeed you! Black Emperor). Por esa misma razón, Hospice no es de esos discos que van a figurar como mas escuchado en el last.fm de alguien. Es un disco que sólo puede escucharse unas pocas veces, de un tirón, pero que queda resonando por días, meses. El pico emocional más grande del 2009, una orfebrería finísima y “linda”, hecha de huesos que rechazan a su huésped, inyecciones, pullmotores, catéters y cortinas venecianas.
"Hay que vivir absurdamente para así acabar con el absurdo"
Julio Cortázar
"Hay que volver al barro y amputarle los dedos al alfarero. Volver a ser el hermoso excremento, libre de oler y repugnar, alambrando abrazos y cosiendo retazos, despues de todo, todos somos aserrín del mismo taller de la resignación"
Yo
"Bidet, aquella verdad encapsulada en cerámica, así como desde hace años vengo preconizando la importancia que tomará el hule en nuestra lacerante existencia, así como el hule ha sido el contenido de esta revolución reptante y silenciosa, el Bidet es la forma, es la verdadera generala de travestidos esperando ser desnudados con golpes de chorizos, el olvido ocultado bajo el manto de un vagabundo bebedor de productos de limpieza"
Fritz Oestron
El Sistema es el siguiente:Brunomilan y Agustin Acevedo Kanopa sacan la cuchara y empiezan a escarbar en las fangosas ciénagas de Mutant Sounds. Encuentran de todo, cadáveres en proceso de descomposición, petróleo y restos materiales de una civilización tapada por la lava como en Pompeya, géneros y mezclas de los estilos más extraños y disímiles que uno pueda imaginar.Se rompió un caño, de ahora en más, ¡¡¡bandas polacas motorik con elementos de folklóricos de europa del este, post-punk gótico compuesto por monos que mean por sondas, cumbia progresiva, minimal synth creado en un hospicio previo a la caída del muro, el eslabón perdido del rock and roll en una banda de tango industrial rumano!!!