Sunday, November 18, 2007

Simetrías
En esos momentos, uno sólo puede resignarse a contemplar el 6, con la caligrafía anónima de un profesor que lo escribió con el automatismo e indiferencia de una lista de supermercado o como quien anota un número telefónico por puro compromiso. A uno sólo le queda observar la tinta negra, aquellos bordes nada sinuosos, imaginar el pulso del profesor que no se exalta por la completa injusticia consumada, como si se gestara a sí misma, la tinta negra callada, muda, displicente, y el 6 que abre y cierra su círculo, su panza hinchada y satisfecha después de tantas esperanzas devoradas. Finalmente a uno le queda como último recurso, como un salvavidas negro en la inmensidad del mar, tomar aquel 6 como un acertijo, un nuevo enigma de la esfinge, o una llave del mandala que pudiera quebrar las cerraduras de todas aquellas interrogantes, los cómo pero sobre todo los porqué. Sí, ahora mejor aferrarse a eso, el 6 no está ahí porque sí, y a lo mejor todo fue tan sólo un malentendido, aquellos accidentes ocasionales que por acá son todo excepto ocasionales. Y sólo basta adentrarse en este pasillo para comprender que uno está en lo cierto. Si me pongo a contar seguro que me olvidaría de alguno o contaría a algún desconocido dos veces, así que mejor pongamos que hay como unos treinta y pico. A pesar de ser julio, el aire se arrastra tibiamente por el pasillo, pero ninguno de los que están parece molestarse por ello. Aunque todos estamos acá por la misma razón nadie parece demasiado fastidiado, es más, parecería que disfrutaran de esta espera a la que nos ha llevado este malentendido (aún me aferro al mismo tornillo ardiente, todo esto no puede ser más que un error). Si bien está prohibido, algunos fuman a todo pulmón, mientras que otros se quejan en silencio. Por momentos es al menos entretenido quedarse en un standby y apreciar el humo que danza entre todos nosotros, como este aire pesado y el desconcierto que nos ha dejado acá. Por allá, a unos cuantos metros Manuel emerge entre los cuerpos, pero todavía no logra verme. Ya no me queda otra que devolverle el saludo, saludarlo y ver cómo se hace paso entre todos, darle la mano y devolverle el uso social de la charla, sólo para escuchar una vez más los cuentos del gremio, alguna nueva marcha, y la inevitable mención del parcial que, después de todo, es la razón por la que estamos acá. Manuel cae sobre aquel insoslayable destino y cumpliendo los augurios me habla de la asamblea de la semana que viene, algo sobre los cupos de un viaje que nunca voy a hacer y la reformulación de formato de un examen que ya rendí algunos meses atrás. Uno ha desarrollado la habilidad de fingir interés durante cierto lapso de tiempo, pero en cuestión de minutos los Mira vó, los salado, los pah, y todo el repertorio de frases monosilábicas comienzan como a oxidarse, por lo que una huida triunfal se vuelve cada vez más vital. Y como caída del cielo aparece Carla, y no se puede tomarla como otra cosa que una epifanía, porque aquel cuerpo diminuto y pecoso entre todas las cuadernolas, mochilas y materas se acerca y te saluda y sin que ni siquiera vos te des cuenta ya te ha rescatado de la otra corrosiva conversación, ya que Manuel se adentró en el infranqueable círculo de una ronda de mate. Como un acuerdo que nos pusimos nosotros dos sin haberlo formulado, no mencionamos en absoluto el parcial, pasamos sin transición ni puertas cancel al sueño reciente de Carla, un perro que la perseguía a ella y un amigo de Florida, y una medianera que trepa pero que una vez arriba decide bajarse para enfrentar a la bestia. Mientras prosigue el relato, detrás mío Rocío irrumpe fastidiada, “Yo no puedo entender de donde salió este cuatro, porque escribí casi lo mismo que Nicole y le encajaron un ocho”. Uno podría dejarla seguir hablando, y de cierta manera podría encontrar cierta autoindulgencia en la desgracia compartida, pero entonces se escucha el pestillo de la puerta de vidrio esmerilado y no tiene otra opción que emular al resto, ser un copo de nieve más en la avalancha que se precipita sobre Enrico. “Estamos buscando sus parciales del archivo, vamos a ver si se pueden correr un poquito que ya los revisamos con ustedes”. Carla intenta retomar el relato pero Rocío sigue enjuagándonos con su desdicha, el cuatro que si bien le permite aprobar el curso le borra toda esperanza de exoneración, el cuatro injusto, el cuatro inexplicable, cuatro malo, malo, muy malo. Pero no basta más que pensarlo un poco para caer en la cuenta de que por más idiota y neurasténica que parezca Rocío, yo estoy acá por la misma y obsesiva razón, porque siento el 6 como una picadura en la nuca, como un molesto grano en el culo (si, imposible escapar a tal simbiosis, ahora que a Rocío se le cayó la lapicera y se agacha a buscarla). El 6 es igual o más traicionero que el 4, yo sé que es injusto pero el pudor se me trepa por la espalda una vez que veo tantos unos y dos, tanta gente a punto de recursar, tantos buscando una explicación o al menos un placebo para calmar tal lancinante frustración. El 6 es tan traicionero que parece robarte el derecho de protestar por él.
Ya han pasado como diez minutos, la puerta sigue igual de cerrada, trató de bancármela como el resto pero parece que se riera de mi, devolviéndome un reflejo opaco, con un pestillo tan tieso como una risa atragantada. Y abro la puerta, trato de mirar para dentro pero se interponen la barba candado de Enrico, y el esperen un poco que lo revisamos con ustedes.
Tengo que alejarme de esta masa sudorosa. En el acta sigue allí, el 6 inmaculadamente sombrío en la inmensidad blanca de la hoja. A unos cuantos nombres de mi una tal Leticia Barranchera se enojaría por encontrar su nota imposible de leerse por una mancha de algo que quiero creer que es ketchup. Seguro que ella está entre todos nosotros. Este tumulto en que vuelvo a encontrarme no parece ni molesto, simplemente esperan o pasan en el tiempo, como aquella actividad de la gente del interior que me resulta inconcebible, aquel sentarse en los puentes con sillas de playa para ver los autos pasar. La puerta sigue igual de cerrada, y entre toda la gente aparece Manuel, me golpea el hombro y “Che, estamos por arreglar con el gremio aquella asamblea del viaje a Buenos Aires, yo te digo que vayas, yo ya fui dos veces y está buenísmo”. Homologarlo con una promotora de viajes tiempo compartido no sería una labor de una abstracción extraordinaria. Me ofrece mate, pero aquel musgo que crece entre sus dientes no es un buen antecedente, de una vez por todas aceptémoslo, quizás no soy exactamente un estudiante del MODELO LATINOAMERICANO DE UNIVERSIDAD. “Además no va a ser todo congresos, también vamos a salir de noche, no sabés, terrible desbunde”. Y entre todas las personas encuentro la espalda de Carla y no necesito más que unos golpecitos en su espalda para refugiarme una vez más en su sueño, el perro, la medianera enteramente construida de ladrillos, su amigo protagonista que hace como unas tres semanas que no lo ve (y bueno... las distancias, viteh). Parece que se va a abrir la puerta, apurándome llego a alcanzar el pestillo, pero tan sólo sale una morocha de cabello muy ruloso, apurada con varias carpetas contra el pecho. Como era de esperarse, aparece Enrico diciéndonos que esperemos un poquito, que en poco tiempo nos consiguen los parciales y los revisan con nosotros. Será por el carisma de Enrico, pero nadie se hace demasiada mala sangre, bueno, nadie a no ser por Rocío, que me habla de lo injusto que son las notas en la facultad, la irresponsabilidad de los profesores al corregir y la cagada que va a ser su verano si tiene que dar la materia en febrero. Mi gesto linda entre la afirmación, la duda y el bostezo, pero ella lo descifra a su misteriosa manera permitiéndose hablar durante unos minutos más. Me voy a revisar otros nombres en el acta, a lo mejor la macheteada fue para todos por igual -cosa que no cree Rocío, con su grito aguerrido contra la parcialidad de los parciales (interesante juego de palabras)- Pero no se puede negar, una vez frente a la hoja se puede comprender su enojo: disgregados casi eleáticamente ochos, dieces, onces, no me quiero rebajar al nivel de Rocío, pero entre sus histéricos monólogos parece haber algo de razón, sino cómo se podrían explicar el 9 de Leandro, el 11 de Victoria, el y parece que se abre la puerta, me dirijo, pero sólo una falsa alarma, siento en el hombro unos dedos gruesos y el aliento a mate introduce a Manuel, “En setiembre vamos a hacer un viaje a Buenos Aires, obvio, ya te lo contaron, pero este lunes hay una asamblea en que vamos a arreglar lo de las rifas, si llegás a venderlas todas tenés que garpar re poco, así que yo que vos...”. Por primera vez en mi estancia en este pasillo, comienzo a darme cuenta, comienzo a distinguirlo como el olor de un animal muerto en un rincón perdido de una casa. Y el olor toma cuerpo, se convierte en el cadáver, se presenta ante mi con todo su hedor tibio y larvario cuando aparece Carla y me relata la escena, “ayer tuve un sueño muy intenso, estábamos Esteban y yo en un jardín que íbamos cuando éramos más chicos, era como de noche, hasta ahí todo bien, pero...”. Y es como si aquel perro fuera a mí quien hincara los dientes en el cuello. Pronto la puerta, la gente que me arrastra y me agolpa frente a ella, la mujer morocha sale de la sala, falsa alarma. Rocío comienza a hablar, “Yo no puedo entender de donde salió este cuatro, porque en mi parcial está casi toda la misma información que en el de Nicole y le encajaron un ocho”. No se asusta con mi rostro. Quizás porque se siente demasiado meada por su cuatro, quizás por toda la merza de acá, quizás porque ya se le cayó la lapicera, quizás porque se abre la puerta, aparece Enrico, todos se ponen en silencio, como esperando que diga por fin: entren, pasen, lo que sea, pero ya todo está escrito, estamos revisando el archivo, esperen un momentito que ya les traemos los escritos. Se cierra la puerta. Nadie dice nada, todos continúan la charla, Manuel ceba el mate, creo que me ha echado un ojo. Suelta la bombilla. Se acerca. Por favor, no, por favor. Che, vamos a hacer un viaje a Buenos Aires, no sé si te querés prender, mirá, vamos a tener una reunión este lunes para ver lo de las rifas, no se si te pinta. Me doy vuelta, me encuentro con Carla. “Sabés que el otro día tuve un sueño que me hizo acordar a un cuento tuyo, estábamos Esteban y yo, no sé si sabés quien es Estéban, pero...”. Me tengo que ir, tengo que alcanzar la puerta. Gambeteo uno, dos tres personas, pero pronto el pestillo se mueve y todo se precipita contra la puerta, mi aliento empaña el vidrio, la puerta apenas se abre. Se va corriendo la mujer morocha. El perfume Muá introduce a Rocío y ya no son necesarias las palabras, son sus labios pronunciando aquello que ya se, pómulos afilados y la lapicera que se vuelve a caer, y finalmente Enrico que aparece en escena, chicos, esperen un cacho que ya aparecemos con los parciales y los revisamos con ustedes.
Hay que hacer algo, no importa cómo pero hay que hacer algo. En algún lugar de esta pista se rayó el disco, solución: romper el disco, quebrarlo, hacerlo añicos, metérselo por el culo a Enrico, destruir la simetría, sí, es eso, destruirla de cualquier manera. Y Manuel se acerca, me toma del brazo, hay que hacer algo, por favor, que no empiece, no, a acabar esta mierda de una vez por todas, vó, sabés que me chupa un huevo el puto viaje a Buenos Aires. Y el flaco se queda mirando, lo peor es que sólo se queda mirando y sorba un poco de mate. Acabar con todo, destruir el disco, destruir incluso a Carla a pesar de lo buena que es, limar los barrotes de esta celda y así liberarla a ella también. Sí, no contestarle nada, dejarla con su sueño, acabar con la simetría y así escaparnos de esta matrioshka, irme cuando me dice sabés que el otro día y quedarme como una roca, aguantar el alud, no comerme el amague, sí, todos agolpados contra la ventana como un axolotl al vidrio de una pecera, el pestillo que se mueve, la morocha con las carpetas. Ahora quizás sí, aparecerá Enrico y con la simetría ya destruida nos invitará a pasar, se abrirá la puerta de vidrio, quebraremos el sortilegio, por fin podremos a ver si se hacen a un lado, que estamos revisando el archivo y ya corregimos los parciales con ustedes.
Gritar. Gritar, por lo menos destruir a patadas las ventanas, la puerta, tomar los trozos rotos y cortarle el cuello a Manuel, hundir el Buquebús a Buenos Aires, enterrarle la lapicera en la garganta de Rocío, poder escapar, o sino entrar, sí, mejor sólo entrar a la sala, derribar la puerta, no destruir el disco, sólo cambiar de pista. Sí, esa es la solución, entrar en la sala vedada, entrar a patadas, hacerle un hoyo a este limbo y arrastrarme hacia el cielo o el infierno, cualquiera viene bien en vez de esta sala de espejos, esta inmunda cárcel. Ahora que se pone a hablarme Manuel pienso cuanto tiempo han estado corriendo en la misma rueda de hamster, cuanto tiempo y cuántas veces más se repetirá el sueño de Carla, que ahora me sigue contando con lujo de detalles la noche, el perro y Esteban, cuántas veces todos estos han oído las disculpas de Enrico y asentido, como si fuera la primera vez y como si ameritara su paciencia. Me voy arrimando a la puerta, pasará el primer atisbo a abrirse, el primer movimiento del pestillo, mientras que Rocío, su desdicha y la lapicera... Pero todos se agolpan, levantan el murmullo y sólo alcanzo a ver una cabellera negra que sale apurada de la sala entre todas las cabezas del pasillo. Sé que falta poco para que aparezca Enrico, si no me acerco tendré que aguantarlo, soportar una vuelta más del péndulo. Es como si todo pasara en cámara lenta, el pestillo apenas se mueve, se escucha el leve rechinar entre todo el barullo, logro ver mi reflejo convexo en él, lo tomo, lo siento metálicamente frío, lo muevo. Enrico aparece, no me cuesta mucho derribarlo, detrás mío toda la gente me mira extrañada, algunos incluso horrorizados. Enrico desde el piso me toma del pie, le devuelvo una patada en la cara, suéltenme de una vez, todos, no se dan cuenta?. Cierro la puerta. Me enceguece el interior, una mezcla de olor a pucho y polvo me entra a los pulmones. Las pupilas se van acostumbrando, los pulmones también. Logro ver, pero no hay Enrico, no hay profesores, no hay archivos, no hay escritorio, sólo a lo lejos se ve un gran tumulto de gente. Me acerco, quizás allí están los parciales. Camino, entre toda la confusión no logro encontrar los papeles, sólo hay un acta pegada contra los vidrios esmerilados. La quedo leyendo y escucho mi nombre desde el otro lado. Y ahora todo se desmorona, ya aceptémoslo, acostumbrémonos a esta jaula, a esta pecera de vidrios esmerilados, porque entre todos los cuerpos se asoma la mano de Manuel, Manuel que se acerca y me ofrece un mate. Ahora ya es inútil pensar por qué y mucho más desde cuándo. Sí, mejor así, estar tranquilo en la espera como todos, oír los pormenores del viaje a Buenos Aires y aceptar el matecito que me ofrece Manuel. Sí, no queda más que tomar el mate, seguir la ronda, esperar y echarle una ojeada al acta, donde aparece mi nombre con su respectiva nota, porque en esos momentos, uno sólo puede resignarse a contemplar el 6, con la caligrafía anónima de un profesor que lo escribió con el automatismo e indiferencia de una lista de supermercado o como quien anota un número telefónico por puro compromiso.

Sunday, November 11, 2007

Only silly hats allowed
Tenés a un personaje. Está solo, perdido en la inmensidad blanca del papiro. Luego le dibujás un plato de comida en el suelo y el personaje se alegrará de poder comer un poco de ese alimento blancuzco y granuloso que queda en la vasija. Pero vos estás creando la historia y no se la vas a hacer tan fácil: le das una cuchara gigante, más grande que él. El personaje extrañado toma la cuchara como si fuera un gigantesco estandarte y dice “mi cuchara es demasiado grande… mi cuchara es demasiado grande”, esperando que algo ocurra, cuatro, cinco veces. Y vos vas a sonreír sin achicársela, mirándolo como una diminuta rata desesperándose en un pequeño módulo de Skinner. Y entonces, como un Dios con una lesión en el área de Wernicke cedés a sus pedidos, y le dibujás un compañero. Aparece una banana gigante con piernas y brazos y dice “¡I am a banana!”
Tenés un hermoso paisaje, de esos que ves colgados en salones de liceos con frases sobre la amistad, la perseverancia o mentiras de ese estilo. Entonces agarrás la lapicera y en vez de citar un poema de Paulo Coehlo, escribís “Anal sex”.
Tenés una foto de Simone de Beauvoir, recortás una de Petinatti y con globos de conversación, hacés que la francesa le pregunte al pelado “¿te gustan los panchos?”, y este otro responde “siempre con condón”. A la misma foto le podés agregar un niño del Teletón, el bávaro pibe de La Pasiva devorándose la gigantesca masculinidad de un moreno, un bidet, Ronaldinho con un enema, y así sucesivamente, ad lib.
En el absurdo el cielo es el límite, uno revisa en el enorme baúl y se da cuenta de que no tiene fondo.
Es difícil rastrear en mí los comienzos de aquel humor tan particular, sobre todo porque para tenerlo es necesario que se desarrolle el sentido común. Uno tiene que tener ciertas ideas a priori para ver como se destruyen, y tiempo acostumbrado de exposición para que la sensación pase de ser de horror a desconcierto, de desconcierto a sonrisa, de sonrisa a carcajada, y de niño no hay suficientes evidencias, todo está permitido. El absurdo es un club secreto, un saludo decodificado por el cual se abre una secta con sus ritos de iniciación, sacrificios de vírgenes y comuniones varias. Aceptar el absurdo, a diferencia de la ironía, exige un espíritu sin mangas, menos dispuesto a encontrar respuestas, más permeable a un mundo arborescente de preguntas y sinsentidos.
El absurdo hace una separación tajante entre los que lo tienen o no lo tienen. Su falta ha hecho que mujeres pierdan súbitamente gran parte de su atractivo y que nos amiguemos con personas que nunca creímos entablar conversaciones.
Todo esto conduce a una premisa que parece paradójica pero en realidad no es:
“El absurdo es cosa seria”.
Alfred Jarry, Ionesco, Max Ernst, Picabia eran tipos que de haber tenido la logística, habrían emprendido una sangrienta guerra santa contra el sentido, que se cagaban a pedradas con otros artistas a la salida de los teatros, que podían tirar una cubeta de sangre a un político como performance, que estaban dispuestos a luchar por ese fin hasta las últimas consecuencias (y si no, repasen la vida de Artaud que es un manifiesto hecho carne). La exposiciones dadaístas eran todo excepto cómodamente entretenidas, simplemente graciosas, o sencillamente interesantes. Era un No!, gritado hasta romper la garganta. Como dice De Micheli, "Dadá era una especie de acrobacia volante sin red, era un mode de sentirse vivos en un continuo riesgo intelectual". Ibas a una presentación y te encontrabas con una muchacha vestida de primera comunión relatando versos obscenos, un hacha con la cual se le ofrecía a la gente destruir una escultura de Ernst, o Arthur Cravan borracho, arrojando ropa interior sucia al público mientras que se desnudaba. Esto es lo que me molesta viendo a los últimos avisos que empezaron a inundar la televisión uruguaya y argentina. Lo que antes era un simpático guiño absurdo, una cercana y riesgosa exposición al sinsentido (algo que parecía impensable hace no muchos años), hoy se convirtió en un adherezo, terminando con el aviso uruguayo de los treinta y tres impuntuales. Es decir, el absurdo sufrió su eterno karma, su palabra fue diseminándose hasta dejar de ser un dialecto oculto y chocante, hasta ser un slang aceptado por nuestros compañeros de trabajo, nuestros jefes y nuestras viejas. En el momento en que el absurdo se convierte en un recurso, todo está perdido. Fue algo que sucedió con los mismos parroquianos del Cabaret Voltaire, hubo un momento en el cual la gente ante la súbita irrupción de un tipo armado en una exposición dejó de irse corriendo despavorida y empezó a reírse frente al caño oscuro. Ese fue el fin de Dadá. Efectivamente, como son las condiciones de producción del dadaísmo, Dadá es un tipo muy peligroso para sí mismo. Y esto es precisamente lo que está ocurriendo hoy en día con el absurdo, el absurdo ornamento, ese absurdo que nunca llega a ser violento, el absurdo diet, sugar free, descafeinado. Los primeros comerciales ligeramente absurdos tenían el mérito de agarrar desprevenido al espectador, era un vórtice que acababa con el apriorismo de lo que puede ser un aviso de una bebida o empresa de telefonía celular. Centrándonos en el Río de la Plata, si bien no puede llamársele planamente absurdos, los avisos de La llama que llama, o ciertas propagandas de Quilmes dejaban a la gente sorprendida, rompiéndose todo aquello que exigía una estética y una puesta en escena comercial. Incluso, los primeros avisos de Sprite bajo el lema “La imagen no es nada, la sed es todo”, no tienen mucho que ver con el absurdo, pero de todas formas eran una especie de anti-aviso (aún partiendo de la lógica obvia de que todo aviso tiene el horizonte común de la venta), tirando abajo gran parte de la imaginería de lo que se suponía falicizante, o simplemente deseable. Pero efectivamente, hubo un punto clave en el cual todas las propagandas comenzaron a tener estos elementos, hasta el punto cúlmine de ese pésimo aviso de los extraterrestres que pasan ahora en el canal 12.
Incluso en el mismo ámbito de la programación televisiva hay un elemento que muestra la aparente victoria autocondenatoria del absurdo: Los simpsons fueron suplantando su humor principalmente irónico a cambio de un sinsentido cada vez más incipiente (en este punto se podría decir algo que para muchos es tabú: Los Simpsons fueron adoptando, copiando y reproduciendo el estilo de Padre de Familia, el padre imita al hijo, como una veterana divorciada que se pone la misma mini de su hija)

Todo esta introducción más bien enmarañada conduce a un video que vi recientemente, que me devolvió esperanzas sobre este humor tan vilipendiado.
Revisando blogs, llegué a este post sobre Don Hertzfeldt, un tipo más bien desconocido por estos lares. Antes que nada, dejo el video a su disposición, dando por sentado de que verán el mismo antes de todo lo que venga a decir después.


Rejected es pequeño corto trata sobre una serie de creaciones del director que estaban dedicadas a ser vendidas a ciertas compañías, pero las cuales todas fueron eventualmente rechazadas. Obviamente, de haber sido aceptadas, posiblemente hubieran generado un revuelo similar al de aquellos tétricos avisos de United Colours of Benetton. Hasta los tres minutos finales de por sí, las escenas no tienen desperdicio, generando en mí una risa macabra que hace mucho no sentía. Está la escena de “Only silly hats allowed”, en que aparece un tipo con un sombrero aparentemente normal que luego es masacrado por los otros de una forma más o menos mecánica (esta idea se potencia por el hecho de que el sonido de los golpes es más parecido al de una construcción, quitándole gran parte de su dramatismo), están las geniales y absurdamente sangrientas conversaciones entre dos hombres y el morbo y absurdo llega a su pináculo en el momento de el hombrecito nube que invita a todos a bailar, en una especie de felicidad incorrupta que súbitamente es invadida por un chorro de sangre que sale de su ano. Al comienzo, llega una ligera apreciación con tono de videocasete de libro de Ingles: “My anus is bleeding”. Pero todo el resto de los hombrecitos están entregados a la música, felices, embarcados en velocidad crucero en esa caja de felicidad que abrió el que ahora sufre. Pronto sus apreciaciones más bien inocuas se empiezan a llenar de un dramatismo directamente proporcional al rojo que inunda al cuadro, “¡For the love of god, my anus is bleeding!”, pero los otros están demasiado ocupados en disfrutar, bailando, con una felicidad imperturbable, mientras que el otro se ahoga en su propia sangre. El tema de la incomunicación es bastante recurrente en la filmografía de Hertzfeldt. En su primer film, “Ah, l’amour”, narra las violentas desventuras de un tipo que es prácticamente desmembrado ante cada intento de establecer contacto con una chica. En un principio las monstruosas negativas llegan ante invitaciones a salir, pero pronto las reacciones siguen siendo indistintamente violentas a cualquier tipo de acotación (al punto de pedirle la hora a una de ellas y ser aniquilado al instante). Pero sin lugar a dudas, el video más logrado en torno a este problema de comunicación es Lily and Jim, un video un tanto arquetípico en todo eso de las neurosis de las citas (algo de lo que nos terminaron hastiando series como Sex and the city y Ally McBeal), pero que sale a flote por la increíble capacidad de Hertzfeldt de resumir todo un cúmulo supurante de sensaciones en un par de líneas de expresión (algo en lo que el creador de Perry Bible Fellowship es un verdadero sensei de las montañas), y por la muy buena labor de las voces (interesting Fact: todos los monólogos y diálogos fueron improvisados por unos amigos no actores del creador, sobre los que se hizo el film). Igual, en estos primeros trabajos el tema de la incomunicación se percibe como algo más neurótico, algo de una persona inscripta en cierto circuito simbólico pero de los que no hay coincidencia entre las identificaciones y deseos de las dos personas. Ya en films como Rejected, la cosa es más seria y la comunicación ya no es con el otro en tanto objeto del deseo, sino al Otro referido al mundo simbólico, un problema de comunicación primigenio.
Pero entonces llegan los tres minutos finales de Rejected y todo cambia. Lo que en apariencia parecía una simpática galería de humor absurdo, naïve dentro de su extrema violencia, pega un giro radical, informándonos que con todas las negativas a su trabajo, los dibujos de Hertzfelt comenzaron a destruirse en mil pedazos. En un Apocalipsis de papel arrugado, todo empieza a desmoronarse, el cielo se cae y las mismas hojas, es decir, el marco vital donde están inscriptos los personajes se comienza a desintegrar. En la misma hoja aparece un agujero que va devorando a todos los personajes, los títulos se derrumban como gigantescos edificios y el papel comienza a arrugarse, a devorarse a sí mismo, quedando todo reducido en un último momento, el horror esculpido en el rostro de uno de los personajes, un registro de la dimensión del terror pocas veces visto en un dibujo animado, un grito mudo tan potente como el de la mujer del Acorazado Potemkin, de esos que los sentimos hacer vibrar las ventanas de nuestro cuarto sin necesariamente escucharlos.
Efectivamente, más allá de ser principalmente graciosos, en los films del estadounidense hay un latente sentimiento de amenaza, como algo que espera entre baldosas sueltas el momento justo para atacarnos por la retaguardia. En Billy’s Balloon, similar al film “Los pájaros” de Hitchcock, los globos, ese objeto que siempre simbolizó la esperanza, la impoluta infancia o la libertad (algunos términos de los cuales efectivamente también las aves se apropian), comienzan a atacar a los niños por ninguna razón aparente. En el demencial Animation Show, cualquier intento de hacer una disertación más o menos seria sobre lo que es la animación es invadido por un universo bizarro que, como queriendo amotinar la escena para mostrarse en todo su esplendor, penetra en el mundo, dislocándolo, haciendo hacer cualquier cosa a los personajes. Y entonces comprendemos que ese absurdo no es más que la mano de Hertzfeldt, un Dios inepto que no tiene puta idea de lo que está haciendo, o que es tan absurdamente violento como quién recibió el primer y fundante “No!” de Job (en el fondo, el dadaísmo no es otra cosa que nuevas formas de volver a repetir y gritar ese No! originario). La postura misma del dibujante como Dios se muestra en la menos brillante pero superiormente técnica “Genre”, en donde hay una interacción directa entre la mano del dibujante y un pobre conejo que sufre todos los experimentos de la creación.
Efectivamente, lo que sacude el mundo fraccionado, quebradizo de Rejected no es la sinergia cada vez más incontrolable de sucesos absurdos, como nos trata de hacer creer el director, sino precisamente lo contrario. Es cuando penetra el sentido que todo se comienza a desmoronar, todo ese mundo de objetos y escenas parciales sucumbe ante el vórtice del sentido, como si fuera una fuerza centrípeta que amalgama todo lo aparentemente absurdo de antes (como sucede con las hojas, que comienzan a contraerse, arrugarse, juntando todos los personajes que en un principio actuaban en escenas diseminadas sin ninguna coherencia lógica). Precisamente, al establecer este final Herzfeldt no hace otra cosa que matar al absurdo, dotándole de una función teleológica que no tenía antes. Comprendemos por fin que todo lo divagante, todo aquello que no tenía que ver entre sí, eventualmente estaba al servicio de un destino, ese final tan impactante y hermoso, pero tan cargado de sentido, ese final que acaba con todos esos otros simpáticos personajes que vivían inocente mundo apartado de cualquier coagulante simbólico.
De cierto modo se establece un continuum en lo que se refiere al dadaísmo, algo que creo que Tzara sintetizó en Dada+Dada=No Dada, o conjunto vacío. Efectivamente, viendo este asombroso final, vemos que Dada no puede aceptar ninguna esclavitud, ni siquiera la esclavitud de Dada sobre Dada. En cada momento, para vivir, Dada debe destruir a Dada
“(...) Dadá es el camaleón del cambio rápido e interesado. Dadá está contra el futuro. Dadá está muerto. Dadá es idiota. Viva Dadá. Dadá no es una escuela literaria, aúlla”
Tristan Tzara

Friday, November 02, 2007

We’re all Frankies
En lo que llevo escribiendo, hay un elemento que me ha parecido omnipresente en la mayoría de mis cuentos: los corredores. Por alguna razón, siempre que estoy hablando de una casa, todas terminan por tener la misma fisonomía: el cuarto o el living donde el personaje se debate, y el corredor, oscuro punto de fuga hacia lo incierto. Sería fácil explicar esto por el mero hecho de que en cierto modo, en todos mis cuentos reproduzco la disposición del apartamento donde he vivido desde que tengo cinco años. Sin embargo, creo que la cosa es más compleja aún, ya que los mismos corredores no tienen la mera función de ser escenario de la historia, sino que se vuelven integrantes mismos de la trama, los personajes los transitan y durante sus caminatas elaboran conjeturas, se van dando cuenta de algo, o (y este so ve en la mayoría de los casos) se enfrentan a una dimensión que se les escapa, tan extraña y huidiza que puede resultar terrorífica. Haciendo repaso de esto, me doy cuenta de que todo estos detalles que han quedado marcados a fuego en mi escritura se remontan a mi niñez, en donde un largo corredor (el mismo de ahora, sólo que amplificado por el solipsismo de un niño de cinco años) oficiaba de nexo y separación entre mi cuarto y el de mis padres. Como sucedía gran cantidad de veces, yo me quedaba viendo con ellos la televisión en el living, y eventualmente me dormía, siendo transportado por mi padre a mi respectiva cama, donde la única luz provenía de constelaciones fluorescentes estampadas en el techo del cuarto. La mayoría de mis despertares se llevaban a cabo bajo la luz amiga, el día que entraba por la ventana o (mejor aún), la llamada de mi madre para desayunar (un hábito que he perdido completamente por estos días). Sin embargo, en algunas ocasiones esto no sucedía, despertándome en la profunda noche, con mis ojos clavados sobre unos astros que poco servían de consuelo. Las pupilas demoraban en dilatarse y era mucho después que juntaba el valor para levantarme. El miedo era intenso, y la única manera de superarlo era hacerme un lugar en la cama de mis padres, en donde toda amenaza parecía mucho más difusa. Sin embargo, para llegar a la misma, debía cruzar el corredor, última senda en que todo quedaba sumido a un negro bastante uniforme. La sensación al transitarlo era sólo comparable a algo que me sucedió mucho tiempo después en los pozos azules, en donde fui nadando hasta el fondo de este lago, esperando llegar a tocarlo con los pies, para darme cuenta de que dicho fondo no existía, o al menos se encontraba a distancias inasibles. La sensación de encontrarme de repente, flotando en una masa fría e indiferenciada de oscuridad (el reflejo del sol había desaparecido) era exactamente a ese abrirse paso por el corredor, a tientas, acariciando las paredes como un ciego sin bastón. Citando a un dibujito que me gustaba mucho en aquella época, el corredor era como el puente de Sleepy Hollow, el cual, al cruzarlo uno se salvaba de la persecución insomne del jinete sin cabeza. Lo dimensión del horror en el corredor es algo que ha permanecido tapizando sus paredes. Cuando uno camina en la oscuridad puede sentir el filo del cuchillo a la altura de la espalda, el silencio y la oscuridad dejan lugar a lo indecible esperándonos en los más impensables recovecos. Uno piensa que hay una probablilidad de uno en un millón a que efectivamente, en un rincón sumido en las sombras, nos esté esperando nuestro asesino, pero en la oscuridad ese 1 se agiganta, y el mero juego de las probabilidades se convierte en un tramposo consuelo, porque ese 1, de concretarse, significaría el corazón escapando de nuestra garganta, el terror corporizándose por primera vez en alguien esperándonos en el silencio de nuestros pasos (el mismo miedo que sucede frente a lo que puede yacer debajo de nuestras camas).
Hay una razón específica por la fascinación por las películas de terror en nuestra niñez. Siempre me pareció que el hecho de recurrir a ese masoquista recurso de liberar cortisol hasta los poros, viendo esas escenas que se nos quedan dentro de nosotros como un enjaulado perro infectado de rabia, no es por simple masoquismo, sino como una forma de poner al terror a jugar en nuestra cancha, algo más profundo aún que la simple autoexposición a la fuente del miedo para irnos acostumbrando a él (en realidad acabo de dar una definición de masoquismo con otras palabras diferentes a identificación con el agresor).
Mi padre siempre fue un adelantado a su época, una especie de Marco Polo en lo que se refiere a tecnología. Gracias a sus viajes por Europa y Japón fui posiblemente uno de los primeros niños orientales (uruguayos) en tener Nintendo y Gameboy, y ni vale la pena contar esa absurda pasión suya que tiene hoy en día por celulares que tienen hasta baño incluido. Pero la cosa es que si bien el vhs estaba por demás difundido desde décadas atrás, por fines de los ochenta-principio de los noventa se enmarca la golden age de los videoclubs (un poco después de la fiebre del paddle, bastante antes de la gangrena cyberística), y mi padre era un tipo de contactos, y éramos socios simultáneos de aproximadamente quince de estos establecimientos, siempre teniendo la última palabra en cuanto a un estreno huidizo al que la mayoría de los mortales le resultaba imposible alquilar (si no era en Videoclub Brasil, era en Inti video, si no era en Videoclub Arturo, era en La Botica). Siempre que iba a uno de estos comercios, me dirigía directamente a la sección de “terror”, no sin cierto proceder escurridizo similar al del púber de pelos en las manos que se dirige a la sección de películas condicionadas. Ahí me podía quedar horas, leyendo las contratapas y deteniéndome varios minutos en los rostros de los Critters, los Gullies, Chucky, o aquellos extraños seres llamados los Tremors. De todas maneras, siempre fui un niño más bien emancipado y sabía que todo se quedaba ahí, en la lectura de aquellas contratapas, y recién cuando mi padre me apuraba, esperando en el mostrador con su película bajo el brazo, me dirigía a la sección de dibujitos y hacía un escapista tateti que me terminaba simplificando las cosas.
Haciendo una genealogía de mi exposición al terror hay dos momentos fundacionales:
1)El descubrimiento de aquel espacio televisivo del canal 4 llamado Viernes 13
2) mi amistad con Ignacio Jacobo.
La primera película que vi en Viernes 13 fue “Los cazamonstruos” , película de la que curiosamente sigo guardando la copia, pudiendo ver como joyita tandas publicitarias con alto contenido nostálgico como esa de Jardín las palmas y Grande Pa. Como un primer acercamiento fue adecuado: una película no muy perturbadora, que se enmarcaba más en el género “aventura” que del terror per sé. Sin embargo, no sé si los del canal 4 se fueron zarpando o qué, pero las películas se fueron haciendo cada vez más perversas y (y esto era una novedad) subidas de tono. Es más, la primera vez que vi una teta en la tele (no la primera película “caliente”, que en esa categoría entra incuestionablemente Sliver), fue en una película de viernes 13, que era como una imitación de Carrie pero con muchas escenas de inexplicable lesbianismo. Pero sin lugar a dudas, Viernes 13 se estampó en el inconsciente colectivo de toda una generación de pibes que se sentían mayores por una hora y media, pibes como yo que a esa temprana edad empezaron a probar de la peligrosa droga del desvelo, pibes que comenzaban a darse cuenta de que con ir a la cama de sus progenitores, el miedo no se extinguía, comenzándonos a dar cuenta que no había padre que pudiera vencer a Jason o Freddy Kruger.
El segundo momento se localiza un poco más adelante, y corresponde al año 1995, año en que conocí a Jacobo, un niño nuevo, en apariencia retraído, que de a poco fue soltando historias de terror que le daban una vuelta copernicana al asunto: eran historias que le habían sucedido a él. Mientras todos hablábamos de cosas terroríficas como un teólogo que habla sobre el infierno, Jacobo ya había entrado y salido de él para comentarnos como era. Más allá de que no éramos tan ilusos para creer en todas las historias de Jacobo (en mi liceo había una extraña tendencia de llamar a los compañeros por sus apellidos), decidíamos tácitamente que importaba poco el hecho de que aquellos relatos le hubieran ocurrido verdaderamente o no, ya que cuestionarlo introducía la posibilidad de que se ofendiera y que no nos contara aquellas bizarras historias de vecinos con muñones colgantes en la Floresta, o de sus largas estadías a solas en su infernal casa de Florida. La preocupación de mis padres fue creciendo de forma directamente proporcional a las fotos de tipos como Garavito, Onoprienko, Bundy, El petiso orejudo, Chikatilo o Jeffrey Dahmer, que fueron desbordando mis cajones. El cambio de paradigma fue el descubrir que el terror no era necesario buscarlo, sino sencillamente crearlo nosotros mismos. El acercamiento hacia lo oculto, o hacia la dimensión aterrorizante de lo cotidiano se fue haciendo cada vez más estrecho, incluso manejando la posibilidad de frecuentar cementerios y cosas por el estilo. De hecho, encontrábamos particular placer en asustar a otras personas, como en un campamento en donde nos avocamos a construir pequeños muñequitos vudú y regarlos por el bosque en que los animadores habían tendido las carpas (fuimos unos adelantados a nuestra época, todavía faltaba más de seis años para que se estrenara “Blairwitch Project”). Naturalmente, esas amistades de infancia pronto fueron menguando, y aquella aproximación hacia el mundo del terror fue quedando como sedimentos de un pintoresco período de mi existencia que serviría más de anecdotario que como formador del carácter (o quizás ambos).
Sin embargo, aún hoy algunos resabios de aquellos tiempos han quedado en mí, teniendo una particular predilección por encontrar la sensación del miedo en los lugares más impensados.
Toda este largo anecdotario no es otra cosa que una introducción a mi tardío acercamiento a la dimensión del horror en la música. Hasta no hace mucho, las fuentes de miedo eran buscadas exclusivamente con la vista como intermediario: películas y libros (en menor medida). Luego se amplió a las artes plásticas, ¿Cómo no sentir terror ante la pintura de Inocencio X hecha por Francis Bacon?¿Cómo visitar el museo Engelman-Ost e irse a dormir sin ser perseguido por aquellas esculturas de Hugo Nantes? (terrorífico descubrimiento reciente)
Y finalmente, de la forma más inesperada, llegó ese disco de Suicide, ese disco de imaginería sangrienta y alabado por las personas más disímiles que podría encontrarse, con la canción de un tal Frankie que todos señalaban como el momento más escalofriante de la historia de la música. La impresión-daño que tal canción dejó en mi mente fue el dique roto que permitió el acercamiento a todo un mundo bastante vedado, buscando aquellos temas que pudieran hacerme cagar de miedo, como si una vez más fuera el niño de pijama aventurándose por los corredores eternos de su insomnio.
He aquí tres temas que me hicieron dormir con la luz prendida.

Le volume courbe-The mind is a horse
boomp3.com
Cuando uno le pega un vistazo a esta francesa tan agradable como enclenque, lo que menos puede pensar es que se cagará de miedo escuchándola. La canción que viene acá, es más un tema bisagra parecido a un interludio entre dos hermosas canciones pop, que siguen la línea de un disco con una belleza exótica que juega en los terrenos del misterio. Por debajo de la dulce epidermis de la particularísima voz de la cantante, hay un tejido conjuntivo de inocente malicia, algo parecido a la crueldad de los niños. Esto lo podemos ver en temas como “I killed my best friend”, canción que le da nombre al disco y en donde la protagonista, luego de matar a su amiga y su madre, se pregunta qué va a hacer con todos esos cuerpos, con la naturalidad de alguien que se dirige a la pileta y se pregunta cuánto demorará en limpiar todas las vajillas. Precisamente, lo que hace tan terroríficas ciertas canciones de Charlotte Marionneau, es esa impenetrabilidad, ambivalencia, extravagancia y desapego de sus letras y su forma de cantar, algo que no logran hacerlo bandas más avocadas a asustar, como podría ser Marilyn Manson y todos los ridículos metaleros mucamos de Belcebú, ya que en estos últimos casos, el miedo se vuelve un fin en sí mismo, un producto de intercambio predecible y cuantificable.
El tema que presento es “The mind is a horse”, canción que ya desde su enunciación resulta perturbadora, por lo menos en lo personal, ya que me recuerda una respuesta que leí del Rorschach de una paciente (aparentemente) psicótica, en donde ante la pregunta por lo que veía en una mancha de tinta, respondió “Un gato sentado sobre la mente”. La canción es una grabación de dos minutos, con el sonido omnipresente de un acelerado ritmo cardíaco y un parlamento que parece estar hecho añicos y reconstruido de una forma caprichosa y enigmática, repitiéndose ciertos sonidos que se encuentran en la fina frontera que separa el hálito del gemido. Ese splitting genera una extraña sensación, una incomodidad similar a la de darnos cuenta que un disco nuestro se rayó en determinada parte de una canción, pero sin tener las fuerzas necesarias para incorporarnos de la cama y levantar la púa. Escucharlo con audífonos a un volumen considerable se hace imprescindible, pudiendo sentir cómo esos latidos van envolviendo a uno como una manta mojada, y esos hálitos rítmicos, como si fuese otra dimensión de la palabra de la francesa, muriendo sofocada mientras su voz recita un extraño parlamento. Pero sin lugar a dudas, lo increíble de tal canción es esa voz, esa voz que está más allá de lo dicho, que es a la vez más y menos que el discurso, empujándonos a ser engullidos por las grietas de su críptico misterio

Shoulder of Mutton A-From outside to the inner side abyss
Hacer click acá para escucharlo
Esto es de lo más bizarro que me bajé en mi vida. La mayoría de los temas están precedidos, intervenidos o epilogueados por sonidos de cabras y chanchos, que inevitablemente hacen pensar en los clásicos mitos de imaginería satánica (si bien no se hace nunca específica mención de esto, cosa que paradójicamente podría darnos una mayor seguridad). La primera vez que escuché este tema fue en esas noches de insomnio, donde uno se encuentra entre la tremenda disyuntiva entre ver el video casero de Chachi Telesco o bajar discos de bandas minimal synth polacas de antes de la caída del muro de Berlín. Para los que suelen optar por la última opción, les cuento que en Mutant Sounds tienen música para rato, con un tipo que se hizo una torre de Babel de discos incluso inaccesibles para el melómano en peor estado terminal que alguien haya podido encontrar. La mayoría de las veces que me bajo algo, lo hago en base a la tapa del disco y la idea que me hago del contexto del determinado país (generalmente europeos) en la década en que fue concebido. Fue precisamente así que me topé con Shoulder of Mutton A, una banda para la que no hay Wikipedia que la salve del completo anonimato. Creo que si le diera una guitarra criolla al portero de mi edificio y le dijera que tocara covers de los Smiths en el boliche Machu Pichu, tendría más repercusión mundial que esta banda que estoy citando. Lo único que queda claro, es que formaron parte del corto movimiento de la Neue Deutsche Welle, una especie de movida New Wave entramada en el contexto teutónico de los ochenta. Todo lo demás son hipótesis, sólo tengo estos temas tan extraños como escalofriantes, y las fotos del inlet del vinilo, cuyas imágenes le hacen honor a la música. El collage, por más rústico que sea, me quita el aliento, los integrantes de la banda apoyados en las paredes de lo que me imagino un panteón, con cabezas de vacas suplantando a sus rostros humanos.
El disco entero tendría que estar a su disposición para que lo apreciaran desde su orgánica y feroz excentricidad, pero suponiendo que muy pocas personas gustarían pasar el martirio de treinta y cinco minutos de canciones completamente laberínticas y estrafalarias (un sentido de lo estrafalario muy distinto de la absurdidad festiva de Zappa), les dejo sólo un tema, específicamente el que abre el disco, llamado “From outside to the inner side abyss”, un tema que con sus diez minutos es la epítome de todo el estilo y estética del disco.
Podría hablar largo y tendido de todos los elementos que resultan atemorizantes en una canción tan larga, pero apartándome de mis instintos de intentar abarcarlo todo, sólo bastaría con quedarnos con los primeros minutos del disco, en donde tras un largo sonido de cabras y ovejas, se escuchan unos pasos distantes, que parecen bajar una escalera, de una manera segura y metódica, como alguien que se dirige sin apuro a realizar una actividad en el sótano de su casa. Lo particularmente interesante es que el sonido, distinto a la mayoría de las canciones con cierta puesta en escena, dígase por ejemplo la interesante adaptación de Bonnie & Clyde hecha por Tori Amos, no parte del punto subjetivo del polo activo de la acción (que en este caso supondría que el sonido fuera grabado desde los pasos adentrándose en ese mundo extraño lleno de ecos), sino que se posiciona del otro lado, desde el ser que aguarda en las profundidades del sótano o de la mazmorra, escuchando como son los pasos del otro, y no los nuestros, los que son registrados por la grabación. Este cambio de roles, precipitándonos a una dimensión inactiva, casi amordazada, logra el efecto de sentirnos como un niño escondiéndose de una representación terrorífica debajo de la cama, como si tratásemos de taparnos los ojos para no ser vistos, cuando sabemos que todo es inútil, que efectivamente llegará eso otro a tomarnos por completo. Efectivamente, la larga introducción de esta canción representa fielmente su título, hay algo que viene desde afuera hacia la parte interior del abismo, pero esos pasos, esas botas no son las nuestras, nosotros ya estamos en el abismo hace tiempo, quizás esperando, quizás acechando, o quizás atados a una silla, como si lo que escucháramos fuesen las botas de un militar dispuesto a ponerse medieval con nuestro culo hasta que le digamos hasta lo que no sabemos. Personalmente, yo me adhiero a este último punto, sobre todo por la serenidad y a la vez determinación con que esas botas bajan a por nosotros.
Como había mencionado, la primera vez que escuché este tema no tenía absoluta idea sobre lo que me estaba enfrentando, y ciertamente, el miedo que me invadió todo el cuerpo fue tan grande que tenía hasta terror de pestañear. Una de las cosas que lo vuelven aún más perturbador es precisamente ese completo desconocimiento de la banda, esa idea nula sobre quiénes son aquellos que estamos escuchando. Aún escuchando discos de Charles Manson (he de aceptarlo, un snobismo un tanto morboso), el hecho de saber quién es la persona que compuso los temas nos da una mayor tranquilidad, poder anudar el terror a un rostro determinado nos da cierta garantía, una forma de mecanismo fóbico sobre el cual depositar en el afuera conocido nuestras fantasías más terroríficas. Pero con bandas como ésta nunca estamos seguros de lo que se proponían, de si lo lograron o no, de cómo fueron grabados, dónde y de quién eran esas botas. El miedo se forma como una nebulosa de sensaciones intensas sin encontrar representación, y no sabemos si acabamos de presenciar una muy lograda puesta en escena o si fuimos espectadores de un hecho abominable.

Suicide-Frankie Teardrop
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Nunca en mi vida, ya sea por medio del celuloide, la pintura o experiencia personal, algo me asustó tanto como Frankie Teardrop. Es de las pocas cosas que puedo considerar incontestatable de la música, ajena de solipsismos y puntos de vista.
Con este tema Alan Vega se convirtió uno de mis cantantes favoritos, no por su técnica o polenta (algo en lo que no sería probablemente el caso más axiomático de estos puntos), sino en la capacidad de lograr generarnos emociones extremas en el acotado terreno de una sola canción. Nadie, nadie ha gritado igual que Alan Vega, ese primer corto grito que satura los parlantes, que aparece como un latigazo desde las profundidades, tan intenso como una mano agarrándonos el tobillo debajo de nuestra cama. Y después el grito definitivo, luego que Frankie le dispara a su hijo en las costillas, ese grito que ha hecho a más de una persona sacarse súbitamente los audífonos, pálida de miedo (recuerdo el rostro de DEG, era muy divertido anticiparse a aquel momento tremendo, viendo cómo el tipo escuchaba sin esperar aquel aullido erizante). He probado escuchar este tema en varias condiciones: con luz, a oscuras, con la televisión prendida, escuchándolo mientras caminaba por 18 de Julio, en el auto, acompañado, solo, y la única conclusión que puedo sacar es que nadie sale ileso de Frankie Teardrop. En cierto sentido secuestra nuestra alma y siempre que escuchamos a Vega se nos hiela la sangre, tirando por tierra a Pavlov y todo eso del acostumbramiento al estímulo.
Me basé en este tema para escribir el siguiente pasaje de una novela inconclusa, que creo que ilustra bastante claro la idea que quiero expresar:

(…) Fue hermosa la noche en que suicidamos al bar. Ahora, bajo la lluvia de agosto todo parece hermoso, pero creo que aquel sábado realmente fue de aquellos momentos que puedo considerar como auténtica felicidad. Fue alrededor de las dos, estaban realizando una versión libre de “A puertas cerradas”. Iban por la escena en que Inés le declaraba su amor a Estelle. Un tiempo después supe que fue la mano de David sobre uno de los tapones, pero en aquel momento todo oscureció, de repente, como si fuera la corporización de una profecía, el séptimo sello, la profunda oscuridad, la música, los rostros, todo se había ido. Varias voces, nervios, sólo las brazas de los cigarros, como luciérnagas rojas en la profunda noche. Algunos comentarios, las hipótesis de los ilusos, creyendo que todo era parte de la obra. David puso el disco de Suicide, estaba todo planeado:

Frankie Teardrop,

me atrevo a decir que tenía una idea de lo que iba a ocurrir. La voz de AlanVega, el sexo desnudo y crudo como una fantasía de Burroughs, la secuencia hipnotizante de aquella batería que suena como grillos de metal, los dientes mordiendo la lengua,

Twenty year old Frankie
He's married he's got a kid
And he's working in a factory

He's working from seven to five
He's just trying to survive
Well let's hear it for frankie
Frankie Frankie

Well Frankie can't make it
'Coz things are just too hard
Frankie can't make enough money
Frankie can't buy enough food

los nervios, voces de mujeres usando lentes sin aumento, preguntando qué era todo aquello. La voz temblorosa de Alan Vega, la oscuridad impenetrable, uno, dos minutos, las voces que no se animan a desvestirse del murmullo, la batería electrónica, todavía algo de plasticol pellizcando dulcemente nuestros brazos y nuca,

And Frankies's getting evicted
Oh let's hear it for frankie
Oh Frankie Frankie
Oh Frankie Frankie

Frankie is so desperate
He'e gonna kill his wife and kids
Frankie's gonna kill his kid
Frankie picked up a gun

Vaho seco, dedos tiemblan sobre mesa, ya habíamos escuchado la canción varias veces, pero en el esternón, en los brazos, en las tripas, seguía la espera frenética tal como la primera vez. Como un río asomándose a una cascada, tal como plantea la pequeña historia de la canción, Frankie había tomado el arma, era cuestión de esperar, ver cómo en su pequeño apartamento de cerradas cortinas venecianas, las paredes de un segundo a otro iban a ser manchadas con sangre. Los que ya la habíamos escuchado, los que intentaban no prestarle atención hablando más fuerte, los que ni siquiera tenían nociones de inglés, todos sabíamos en el fondo que iba a ocurrir algo terrible, algo hondamente abominable.

Pointed it at the six month old in the crib
Oh Frankie


El primer grito, corto pero hondo como las profundidades en que nos habíamos sumergido, los parlantes cedieron por un momento, pero pudieron sostener la saturación del chillido.

Frankie looked at his wife

Shot her

Aaaaauuuuuggghhh!!!

Llega el gran grito, como plasticol lo sentimos resonar en nuestro estómago, rasparnos por dentro con lija en mano, unas leves náuseas. Como cuando te metés caballo, el corazón estaba a punto de estallar

Oh what have i done?"
Let's hear it for Frankie


Se comenzaron a mover las sillas, las mesas, algunos murmullos, creímos sentir a una chica llorando. Las brazas se apagaban, eran como estrellas fugaces desintegrándose en la atmósfera de la mesa, o cayendo como meteoritos al suelo, el zapato aplastándolas, no hay riesgo. Los cinco sentados detrás de la barra, las cuatro paredes de La caja negra seguían sudando oscuridad, y a los costados, arriba y adentro seguía la voz de Alan Vega, Frankie había matado a su esposa y a su hijo, ahora le tocaba a él, Frankie’s living in hell, we’re all Frankies. Lejos de nosotros, incapaz de ver nada de lo que ocurría, se escuchaban pasos, perdones y permisos, vasos caerse, toses, cierres subirse, caricias de cuero y jean, aire agitado y revuelto, pero espeso como nata en nuestro océano negro. La canción comenzó a desvanecerse, como si el infierno en que todos estábamos comenzase a apagarse. David levantó la llave de luz que había bajado, nuestros ojos se enceguecieron, nos costó comenzar a ver el cementerio que quedó después de la gran oscuridad. Nadie estaba ahí, como epitafios anónimos se levantaban botellas de Pilsen, vasos, cigarrillos, sillas caídas, camperas y bolsos olvidados en la desesperada huída que, como cadáveres sin documentos, nunca serían reclamados. Las butacas color carmesí seguían mirando al escenario, todavía quedaba ahí una cama que había sido utilizada para la obra, un harapo sudado y manchado con maquillaje. Se quemaron las bombitas, la luz blanca se desvaneció amarillentamente y todo quedó en una penumbra azul, como la luna vista desde el fondo del océano. No nos atrevimos a decir nada, nos sentamos en el suelo, dejamos correr el disco de Suicide, todavía quedaba un poco de Plasticol para compartir. Casi nadie volvió a La Caja Negra.

Friday, October 26, 2007

13
Dicen que son once pasos, pero en momentos como esos, son los once pasos más cortos que un hombre haya podido dar.
Es la última chance, se sabe que si la proyectil no toca la red será el fin, el acabóse de toda esperanza futura, la bala que hace que gane la casa en una partida de ruleta rusa, el error de cálculos que hace que tu auto siga en la ruta o caiga por el barranco. Toma la pelota, la coloca en el círculo de cal, hace un pequeño pozo con los tapones de aluminio. El brasilero se mueve de derecha a izquierda, aleteando sus brazos como un ave anfetamínica. Ya atajó uno, y queda sólo éste, la diferencia entre la prolongación de la angustia o la victoria definitiva, jugada en los centímetros que separan a sus guantes de goma del cuero amado.
El silencio invade la casa como un gorrión que se da contra los vidrios. Todos permanecen con la vista prendida con sus garras sobre el televisor, escuchando como un vago murmullo las palabras estúpidas, nimias, sudadas del comentarista, las cuales son absorbidas, deglutidas una y otra vez por cada cuadro, cada toma de aquel hombre con el 13 en la camiseta, sus patas de garza retrocediendo cuatro, cinco pasos. El silencio es más denso que la simple ausencia de sonidos, porque todos están y no están, porque en ese momento el mundo y el tiempo patinan sobre hielo fino, y porque saben que el que patea no es otro que el 13, y saben, sí que saben, lo que significa que patee el 13. Agustín mira la televisión y se dice que no, que esta vez no lo va a hacer. Tratando reconocer rostros en las pintas blancas de las baldosas de la cocina, puede creer en aquello, pero luego mira el rostro del 13 y una risa se le dibuja en la cara, sin saber por aquel primer plano hacia quién va dirigida. Risa sudada, de bincha, rulos y barba recién afeitada, se ríe de nosotros, de ríe de mí. Es ahí que Agustín piensa seriamente que es posible que se repita la escena de tres años atrás, la herida de muerte que dejó al 13 y a todo su equipo en terapia intensiva, como un suicidio tan poco premeditado como mal ejecutado. Lo recuerda, el minuto 92’, el penal, la carrera del 13, la pelota arrojada suavemente al centro y la inmovilidad del arquero, agarrándola como si fuese un gorrión amaestrado posándose en sus manos. Y después, sí, el pitazo final del árbitro, sus brazos primero hacia adelante y luego como lanzas al cielo, la última esperanza de empatar el partido destruida como un árbol de navidad en febrero. Y por todo esto mira de vuelta al 13 y piensa que no, no se le va a ocurrir repetir aquello, pero en la cornisa el asfalto parece cada vez más cercano. El juez pita, es ahora. Emprende la carrera, uno, dos, tres pasos, no, no lo va, no lo puede hacer. Los Adidas blancos tocan la pelota y todos están atragantados de saliva, cortisol, cerveza, empanadas y muerte, porque todavía no se sabe la dirección del proyectil, no se sabe las intenciones del arquero, el fino capricho de su cadera, las piernas y sus manos. Agustín piensa que el 13 en otra vida habría sido un gurka, un duelista vaquero, un gladiador o un samurai, y en ese preciso instante pasado y presente se funden en una misma pasta dulce que se amontona entre los vasos capilares de los que están frente al televisor.
No, no lo va, no lo puede hacer.
La pelota se desprende del cuero sintético que envuelve el pie, y en ese momento el 13 también está entrando en el coliseo, saludando con su yelmo bajo el brazo a la multitud, al gran jerarca de toga y su esposa que secretamente lo desea en sueños de uvas, mármol y sudor. Y al mismo tiempo también está girando el tambor frente a unos vietnamitas que ponen su dinero en mesas que sudan sangre y alcohol, sintiendo el frío del caño en la frente, sabiendo que eso es lo único real que hay en este mundo. Y la pelota sigue, y Agustín piensa que el 13 no nació para vivir en estos tiempos, y con la pelota en el aire, aún a centímetros de su pie, lo único que puede ver son las fauces de los leones, el presionar del gatillo, la sangre derramada en la pared y los gritos amarillos festejando el resultado, el tora tora tora del aviador en caída libre hacia el portaaviones.
Y entonces la profecía se cumple, el loco la pica, sí, después de la terrible experiencia anterior, el loco la pica de nuevo. La pelota está en el aire y el golero duda por un segundo. Todos en la casa se levantan de las sillas hasta quedar casi hincados, y sin saberlo se dan cuenta, deciden que todo lo que se podría hablar del alma, sobre Dios, sobre la ciencia, la dialéctica, el ubermënsch, el noúmeno, el arte, la libertad o el Maracaná era mentira, y poco importa cómo siga la tanda de penales, si después otras pelotas dan en el travesaño o a las manos del arquero rival, si el equipo eventualmente pierde ante los otros (mucho más experimentados para tales circunstancias), porque lo único real, lo único que existe ahora es la esfera de cuero, los cien metros cúbicos de aire que la separan de las manos del arqueo o la red, la decisión del 13 a arriesgar todo lo que tiene por una motivación que está más cerca del arte que del capricho. 13, el loco, se arroja a los abismos para que nosotros veamos si puede volar o estrellarse contra el asfalto. Y el loco la pica, y el golero por fin se decide, volando el proyectil lenta y suavemente hacia el centro del arco.
Y es gol.


Momento: minuto 07:40,
(Discúlpenme por los comentaristas mexicanos, es lo único que pude conseguir)

Thursday, October 18, 2007

Esculpiendo canciones: Mis 20 videoclips favoritos
El primer videoclip (por llamársele así) que vi en mi vida, o al menos el primero que recuerdo, fue All you need is love de los Beatles, en una propaganda que creo que pasaban en el canal 10. En él los pibes del Liverpool sencillamente jugaban en la playa, y yo por alguna razón creía que aquello había sido filmado en la playa Ramírez (sic) en alguna visita que yo creía que los tipos habían hecho a Uruguay. Debería tener cinco años, y a mí todo lo que tenía que ver con personas humanas en la pantalla poco me importaba, prefiriendo infinitamente los dibujitos, incluso en las secciones de canto y coreografías milimétricas aparentemente espontáneas, detalle que ya a tan temprana edad me parecía bastante sospechoso y ridículo.
Si se trazara un corte longitudinal de mi niñez, posiblemente la música no habría de ocupar un sector importante, y mucho menos lo que hoy puedo considerar como “buena música”. Vamos a ser claros, no vengo de una familia de músicos, e incluso mi padre tiene lo que a mí me parece un gusto terrible, pudiendo encontrar en su discoteca discos de Cheyenne, Shakira, La cuarta estación y mucha, mucha música mariachi (sí, así de mal la cosa). Mi madre tenía un gusto radicalmente mejor, aunque fue recién en mi pubertad que decubrí que detrás de la ingenua fachada de aquella mujer que se pasaba escuchando todo el día Mecano, había una oculta fascinación por los Beatles, Beach Boys, Styx y Electric Light Orchestra. Esta disposición familiar traía que en mis años mozos fuera un mero receptáculo pasivo de la música que escuchaban mis padres: para mí, la música era lo que sonaba en la radio del Ford Escort de papá, y a partir de ahí era que decidía cuál eran mis temas preferidos (por mucho tiempo, mi tema favorito de la niñez fue “A matter of trust” de Billy Joel. Fue así que mi segunda aproximación al mundo de los videoclips fue a mis seis años, en mi corta estadía en Japón, donde fuimos a visitar a mi padre, que iba a trabajar en aquel extraño país durante un largo año. Mi madre, grabando el programa “Nochebuena con las estrellas”-rondaba el año 92’- le había hecho una selección de videos (nuevos y no tan nuevos) que sonaban en Montevideo, a modo de hacerlo sentir un poco más cerca de Uruguay, en aquel extenso período de exilio económico (la televisión por cable, si bien no dejaba de ser asombrosa –miré Dragon Ball GT casi seis años antes de que llegara a Uruguay- no se entendía un pomo, ya que todo estaba hablado en Japonés). En aquel video recopilatorio, se podía encontrar desde George Michael hasta Joan Manoel Serrat. A mí me gustaba “La incondicional”, de Luis Miguel, porque te mostraba al cantante como un aviador en ciertas rutinas de entrenamiento (y a los niños le suele gustar eso de los aviadores, los soldados , el honor y todo ese universo facho).
Mucho más tarde, a mis trece años tuve el primer contacto con MTV, siendo “Love Rollercoaster” el primer videoclip que vi, muy entusiasmado por los dibujitos de Beavis and Butthead, que llegaban a ser considerados tan peligrosos como la pasta base por aquel entonces. Entre Raizónika, Conexión (con Arturo), Hora Prima con Ruth (amaba a Ruth) y Alejandro Lacroix conduciendo el Top 20 y Gustock (ese tan genial como divagante programa en que llevaban a estrellas del rock latino a cocinar cosas, como una hamburguesa de cuarenta centímetros de diámetro que hizo Dante Spinetta y Emmanuel Horvilleur), desde ahí todo fue a una velocida vertiginosa. Pronto eran las luchas entre MTV y Telemúsica, luego entre los de la vieja y nueva escuela de MTV, luego el programa 120 minutos (que lo pasaban a las dos de la mañana y yo me desvelaba viéndolo creyendo que ahí iba a poder encontrar las respuestas que no me ofrecía el mainstream), y así, una escalada velocísima en que culmina con el obsesivo hombre desvelado bajándose videos de bandas industriales alemanas que les escribe esto que están leyendo.
En un tour de force sin precedentes, confexioné una lista de mis veinte videos favoritos, los cuales, como deberán suponer, no necesariamente son “los mejores videoclips de la historia”, sino los que más me han impactado a lo largo de mi vida. Me tomé la molestia de permitírselos ver en esta misma página, pero en el caso de que les diga “this video is no longer available”, les dejo el enlace, el cual haciendo un clic en el título del video los lleva directamente al clip de youtube.
Bueno, aquí el conteo:


20-Judas priest-breaking the law (Julien Temple)
Desde que me lo mostró Oldboy en uno de sus comments hace unos cuántos post, de manera metódica y progresiva este video fue comiéndose como enredadera varios terrenos de mi vida diaria. Se podría decir que se generó ese extraño fenómeno de transformarse en mi peor videoclip favorito. Reconozcamos lo tramposo del proceso: uno empieza riéndose del video, señalando todo lo absurdo, lo idiota, lo barato del mismo. Después se lo muestra sus amigos, tiene en él colgado bajo el hombro filosas flechas de anotaciones preparadas, elementos que a una primera vista pueden parecer desapercibidos ante el inexperto ojo de quien nunca antes vio el video. Luego tus amigos se van a sus respectivas casas, y vos ponés el video una vez más para alegrarte un poco el día antes de ir a dormir. Y así, cuando te estás metiendo en la cama, casi sin darte cuenta te percatás de que no podés vivir sin esa canción, necesitás verla una y otra vez, se ha convertido en uno de tus videos favoritos. Convengamos que todo lo que aparece en este video de Judas Priest es tremendamente trucho: el atraco, los métodos, hasta la discordante estética entre los miembros de la banda (tenemos a Bob Halford re emplichado, al lead guitarist con una estética más clásica de heavy metal y los otros dos de la banda, que son como una cruza entre melonitas y cantantes de músicos de ZZ Top). Agregando la brillante idea de robar un banco con las guitarras como verdaderas armas mortíferas (esa falicización de las guitarras hasta su máxima potencia como uno de los trademarks esenciales del metal), no hay nada de coherencia en la narrativa de la historia, es decir, ¿por qué van a robar sus propios discos de oro a un banco, cuando perfectamente los pueden retirar de su cofre fort con unos trámites y sin hacer quilombo?¿Por qué el policía no hace nada y por qué termina tocando una guitarra imaginaria? En fin, un videoclip que brilla por las mismas costuras y sietes sin surcir que se ven en su misma superficie


19-Pulp-Bad cover versión (Jarvis Cocker & Martin Wallace)
Soy de los muchos boludos que cayó en la trampa de Pulp, a mediados del año 2003. Apareció este video en MTV y me dije “la puta madre, no sabía que Pulp era tan importante”. La cosa es así, uno veía el video y parecía que la banda habia logrado congregar para un supuesto tema despedida una cantidad de artistas que haría poner verde de envidia hasta a Bob Geldof. Jarvis Cocker, Elton John, Rod Stewart, Cher, Mick Jagger, Keith Richards, Tom Jones, George Michael, Macca, Jamiroquai, ¡¡¡Meat Loaf!!! Era demasiado bueno para ser verdad. Luego de la tercera vez, aún engañado por las voces demasiado parecidas a los personajes reales, comencé a encontrar detalles que no cuadraban, y finalmente me di cuenta de que eran todos dobles de famosos. Este perverso juego de robo de personalidades, es sin duda uno de los recursos más ingeniosos que haya visto, y sin duda una inteligentísima crítica a esa atrocity exhibition en la que suelen convertirse los fundraising events onda Do they know it’s Christmas, Live 8, Teletón y perversiones del mismo tipo. Presten particular atención a Meat Loaf y Brian May (Jarvis Cocker con una peluca), que están absolutamente geniales.


18-Orbital-The box (Luke Losey)
El video de Orbital toma mucho de films estandartes en cuanto al documento del crecimiento frenético e invasor de las grandes ciudades (por ejemplo, Baraka o Zu Früh, Zu Spät), pero creo que en cierto modo los supera. Lo que llama más la atención es el modo artesanal en que lograron hacer que una tipa se desplazara en velocidad normal en una ciudad donde el vértigo sume todo a su centrífuga voracidad: hacer que la actriz se mueva en cámara lenta, manteniendo posiciones por varios minutos, a modo de lograr el efecto. La sensación alienante de un mundo que parece moverse y crecer a un ritmo desacompasado del posible para un ser humano está muy bien logrado, y realmente logra cautivarnos la imagen de la mujer, como si fuera de esos ángeles de “El cielo sobre Berlín”, caminando serena e invisible entre los vivos. El final del videoclip, con la inscripción “los monstruos existen”, resulta tan críptico como perturbador, porque viendo cómo el progreso nos traga, sí podemos creer que realmente creamos un monstruo.


17-Yeah Yeah Yeahs-Y control (Spike Jonze)
La primera vez que vi Y control de los Yeah yeah yeahs, estaba bastante tomado, en ese punto crucial entre la borrachera y el sueño. Recuerdo haberlo visto con mi novia, y no sé por qué razón generó un profundo sentimiento de terror en mí (tómeselo literalmente, estaba tiritando de miedo, pero a lo mejor sí, el Martini y la cerveza ingerida en cantidades industriales debieron ser cómplices de tal reacción), mirando completamente enmudecido aquellos niños que jugaban despreocupados con el cadáver de un perro y que se desmembraban como mero recurso lúdico. Por un largo tiempo me había olvidado del video, hasta hace poco, que mi hermana compró la colección de videos de Michel Gondry y me volví a encontrar con la fuente de mi malestar. Cuando lo vi por segunda vez, la reacción fue radicalmente distinta: me quede maravillado, completamente atónito con la actuación de todos los niños (que realmente pueden ser oscuros cuando lo pretenden) y una Karen O sorprendente en su capacidad de mimetizarse con el resto de los retoños, pareciendo una niña más (sólo que un poco más alta). Pero detrás de ese tono festivo, ese back to the roots perverso, sí, hay mucha oscuridad, con esa lente un poco opaco y ese especie de casa o garage abandonado donde ocurre la acción, como podríamos imaginarnos la estética de un clandestino video snuff. Mientras que desde Shyalaman muchos tipos se lanzaron frenética y repetitivamente encontrar la oscuridad en la aparente inocencia de los niños, Jonze en este video la rescata, pero en todo su esplendor egotista, festivo, ingenuo y violento que caracteriza al ello en estado puro de los niños a tan temprana edad.


16-Björk-Bachelorette (Michel Gondry)
En el tiempo que Björk y Michel Gondry eran pareja, prácticamente eran insuperables: una fábrica de videos excelentes, entre los que encontramos Human Behaviour, Army of me y Joga. Desde mi punto de vista, Bachelorette es el cenit de aquella capacidad compositiva, el magistral uso de la habilidad narrativa en matrimonio con la imagen y el sonido, algo que sólo se lo puedo llegar a ver a Radiohead. La historia es interesantísima, pero más aún es la puesta en escena, con un escenario artesanal, objetos sobredimensionados y escenografías sorprendentes: Björk encuentra un libro enterrado que comienza a escribirse por sí mismo, se adjudica su autoría y lo publica siendo un éxito de ventas. El suceso es tan inmenso que su editor decide llevar su obra a teatro, en donde se cuenta la historia de cómo encontró el libro, cómo triunfó y cómo se adaptó la obra al formato dramático. Hasta acá todo bien, pero entonces vemos cómo en el mismo escenario se levanta otro mini escenario donde hay gente mirando la obra que se trata precisamente sobre la biografía de Björk y cómo adaptó su obra, y así sucesivamente en un Ouroboros deslumbrante en el que se introducen pequeñas deformaciones: las emociones ya no son las mismas, el libro es cada vez más grande y pesado, cada vez las personas se ven más reducidas. Diferente a un eterno retorno, la rueda se sale del eje, desapareciendo lo escrito y comenzando a todo ser invadido por maleza. El hecho nos desconcierta, pero entonces lo comprendemos, es la naturaleza reclamando su autoría.


15-Aphex twin-Come to daddy (Chris Cunningham)
Sin lugar a dudas Chris Cunningham es un loco de mierda y acá hay un video que podría justificarle al menos tres sesiones de terapia electro-convulsiva en el Vilardebó. Sin dudas, el videoclip más efermantemente oscuro que haya visto en mi vida, desde el scenario típicamente industrial y británico donde toda la acción ocurre, pasando por la misma imagen lisérgicamente distorsionada en el televisor diciendo “come to daddy”, los pequeños niños con el maléfico rostro de Richard D.James y el monstruo que pasa de su estado larvario a convertirse en un mega monstruo, padre de sus demás vástagos que lo llevaron a vida (una historia conceptual que Marilyn Manson trató de crear con su Omega15, sin llegar a acariciar el nivel de excelencia de este video). El personaje del televisor grita “I will eat your soul”, y lo llamativo es que en esos cinco dolorosos minutos que dura el video, al menos nos la toma prestada


14-Chemical Brothers-Electrobank (Spike Jonze)
Los Chemical Brothers, junto con Björk y Radiohead, deben ser la banda más regular en referencia a lo bueno de sus videos. Los tipos deben pensar la música en escenas, quedando lo pictórico indisoluble de lo musical (lo que en su caso no es algo malo, no como en otras ocasiones). De entre muchos videos mucho más espectaculares de la banda, entre ellos la genial y cronométrica Star Guitar, hasta la orgía visual de Let Forever Be, me quedé con este video mucho más austero, pero tremendamente poderoso. Vemos a Sofía Coppola en su mejor actuación (es difícil creer que esta es la misma tipa que actuó en El padrino III), como una gimnasta en una competición liceal. El video en sí es una rutina de gimnasia artística, poderosamente musicalizada por los hermanos químicos. Lo que convierte al video en algo espectacular e inolvidable es la dimensión épica que le extrae sin manierismos a una escena perfectamente plausible y hasta cotidiana: la competencia entre liceos, las envidias en el gimnasio (la chica rubia está sencillamente genial), el sueño de reivindicación. Lo genial de la propuesta es hacernos erizar la piel con esa dimensión épica ya citada (esto se hace más patente en el momento en que Sofía, luego de lastimarse el tobillo, ver a sus padres y decir “Mum…”, pisa fuerte la lona con su pie bendado, en el momento más intenso de la canción), pero sin caer en trascendentalismos ni adornar demasiado el escenario: Sofía Coppola no es precisamente una adolescente despampanante, los peinados tienen una cierta ridícula esencia demodé, los colores son bastante apagados y las gradas no están del todo llenas. La escena final dice mucho, el coach levanta a Sofía en tono de victoria y todo termina reducido a una foto más entre los trofeos de una vitrina en el hall de un liceo, como señalando que lo que puede ser un hecho más en el mundo, puede ser un hito en la historia de una persona, un pequeño paso para la humanidad, un gigantesco salto para la vida de un hombre. Premio a Gondry y a los Chemical, por confiar en su música, más que en vacuos recursos de trascendentalismo iconográfico.


13-Nine inch Nails-Closer (Mark Romanek)
Ya es mucho lo que se ha hablado sobre el video, y sin embargo el impacto es el mismo ya sea la quinta o vigésima vez que uno lo ve. Cuando a mis catorce años vi por primera vez Closer sentí como si tuviera en mis manos un video bondage filmado en los albores del siglo XX. El sucio sepia, el polvo y el cebo de las velas invadiendo todo, las cucarachas de Madagascar, los bizarros artefactos sólo posibles de ser creados por un alquimista que se le fue la moto (imposible no pensar en la cabeza giratoria del chancho), la mujer asexuada, casi anfibia, el mono crucificado (un fino tributo a los cuadros vivientes de Max Ernst), todo genera una sensación sobrecogedora, que se amplifica aún más con los scene missing que invaden el video como manchas en la epidermis de un infectado de viruela. Pero lo increíble del videoclip es lo sexual que sigue pareciendo a pesar de todo este manejo de lo violentamente perverso, como si inconscientemente nos hiciera reconocer la fuerza thanática aguardando entre las grietas del deseo.


12-Massive Attack-Karmacoma (Jonathan Glazer)
Para mí, Karmacoma es lo más cercano que los videoclips han llegado a estar del plástico universo lyncheano (bueno, a no ser Industrial Symphony, videoclip –por antonomasia- dirigido por el mismo Lynch). Cualquier reduccionismo narrativo es una trampa de oso esperando a nuestos pirs entre pinocha fresca, sólo vemos una sucesión personajes desperdigados por distintas habitaciones de un hotel, cada uno más perturbador que el otro. Tenemos a personajes extraídos de las mismas películas del director norteamericano (el barbudo con ciertas reminiscencias a Charles Manson aparece en el mundo delirante de Fire, walk with me, así como también esa extraña forma en que el niño imita al presentador de la tele, tapándose la mitad del rostro remite a otra escena del film). También tenemos al tipo escribiendo interminables guiones a los que su editor (¿el editor interno que todos llevamos dentro?) arroja a una pira ardiendo en su cama, cuyo cabello nos recuerda al Henry Spencer de Eraserhead, y así una plétora de referencias cinéfilas, sobre todo a The Shining, con elementos que se repiten, como el caso mismo de las gemelas al fondo del pasillo, en donde toda la acción sucede. Cada uno de los inquilinos vale su peso en oro, y en lo que en apariencia parecería ser un mero detalle (la falta de la letra K en la máquina de escribir), se convierte en el puente metafísico del video, apareciendo en la mano de una de las gemelas (como un desplazamiento en un sueño), momento crucial en donde se prende la pira censuradora y el ambiente parece subir a tal temperatura que las suelas del zapato del atracador terminan derritiéndose. Y hay mucho más, la puta ajada por los años, escortando a un niño a una habitación para ofrecerle sus servicios y esa escena perfecta en donde el tipo dice “¿Who’s gonna be the bad girl?”, generándose como una laguna entre la pregunta y la respuesta, con el rostro gélido de una de las aparentes prostitutas apareciendo un tiempo después y diciendo “I am”. Y también esa escena inesperada del hilo de sangre recorriendo desde la nariz la blanca piel de una mujer, y así imágenes e imágenes poderosísimas e inesperadas como un uppercut en las pelotas. La escena termina con la frase "All these people i killed... nothing personal(I want to be free, an i am... free", y el lustrabotas que se detiene. ¿Cómo interpretarlo?, o mejor dicho ¿Cómo no caer en subterfugio de interpretarlo como un auténtico aforismo nietzscheano?


11-Henry Rollins-Liar (Anton Corbijn)
Mientras que para la mayoría de la gente que conoce Henry Rollins es ese tipo que cantaba las canciones más intensas de la década de los ochenta con Black Flag, para mi siempre será ese musculoso tipo pintado de rojo que aparece en el video Liar. Desde mi opinión, la performance de Rollins en este video es la mejor actuación llevada a cabo por un músico en un videoclip. Es absolutamente impactante como Rollins confiesa todo lo que confiesa, riéndose, regodeándose en su propia crueldad. La primera vez que vi la canción (cuando no tenía ni puta idea de quien era Rollins), les juro que me creía que era una canción de amor, resultando más impactante aún el súbito cambio de tónica del video. (…)Because everything I say is everything you’ve ever wanted to hear/So you drop all your defenses and you drop all your fears/And you trust me completely/Im perfect/In every way/Cause I make you feel so strong and so powerful inside/You feel so lucky/But your ego obscures reality/And you never bother to wonder why/Things are going so well/You wanna know why?/Cause I’m a liar/Yeah I’m a liar!!!. De golpe el nerd pasado de esteroides hablaba con ojos comprensivos se transforma en una especie de demonio rojizo (el manejo de los colores es impresionante, así como en Mulholland Drive no vi un azul tan azul como en la caja indigo que aparece en la mitad de la película, nunca vi un rojo más intenso como el que baña al cuerpo de Rollins), volviéndose como una imagen catártica de todo lo oscuro que nos muestra el personaje. El musculoso logra resultar absurdamente odioso y despiadado, sobre todo en el momento en que se ríe y dice jajajaja/you sucker, sucker/ajaja, y pudiéndosele notar cómo a medida que confiesa haber mentido, una pintura negra comienza a bañar su rostro y resto del cuerpo. El fondo es igualmente artificial, tal como la buena disposición de Rollins al principio del video. Al final del mismo, sale como si nada de entre los decorados, dándonos cuenta de que todo había sido grabado en un terreno tan árido como las emociones que irradia el clip


10-Pulp-This is hardcore (Doug Nichol)
Para los que veníamos acostumbrados a la imagen de Pulp que venía en “A different Class”, con temas pegadizos y, podría decirse, tan británicos como alegres (supongan, Common People), This is hardcore fue una sudada y gélida cachetada, un piano de cola que sólo podía haber sido grabado en un cuarto húmedo y vacío, lleno de tules negros, una canción tan perversa como un burdel de vírgenes suicidas, que relata la obsesión que una persona puede sentir por alguien, recreando la imagen sexual noche tras noche en su mente, hasta que la situación finalmente se concreta y uno se ve obligado a partir de su situación voyeurista para actuar finalmente la escena (I’ve seen the storyline played back so many times before). Incluso sobrepasando lo visualmente hipnotizante del video (un uso del color sólido que recuerda a los comics noir de los cincuenta o a los mismos avisos de Coca Cola de la época, que ahora nos lo venden en formato cuadritos como lindo implemento de decoración), la escena fundamental es la del baile sincronizado de vedettes (no, no esas grasa de las obras de Sofovich), en donde Jarvis Cocker dice “This is the eye of the store/It’s what men in stained raincoats pay for/ but in here it is pure”. Precisamente, Jarvis está en el centro, en el ojo del huracán, pero es una tormenta que se agita como suavemente como las piernas de una competidora de nado sicronizado, un tornado de plumas azules que sólo acarician y aguardan. Así como decía que el video Closer extrae lo más oscuro y violento del deseo, este regenera el mundo brilloso, suave y aterciopelado de la perversión, la serenidad del voyeur imaginando el momento en que el anhelo se hagar realidad, y el flacucho inglés lo logra increíblemente, tan pasivo como decidido, diciendo “Esto es el final del camino [precisamente, hay un sendero trazado por las bailarinas casi simétricas que conduce a Jarvis, diciéndonos esto completamente sereno] Ya vi el guión/interpretado tantas veces antes”. Y la canción termina, en un zoom out donde todos los actores se quedan viendo la cámara, mientras el hombre que sufrió un ataque cardíaco parece agonizante, sin que nadie pueda brinadarle ayuda. Es un video sobre el fin de la inocencia, darse cuenta de que los sueños cumplidos no agotan el deseo, la epifanía de descubrir que en este mundo todos somos actores que por un momento se creen la película que están actuando


09-Daft Punk-Around the world
El video de estos franceses es el documento axiomático de la perfecta materialización del ritmo en la yuxtaposicón de imágenes y movimiento (fuaaa). Así como en Star Guitar de los Chemical Brothers prevalece esa idea de tratar de crear por medios computarizados un paisaje que simule el beat del bombo, los hi hats y hasta la misma voz, lo que tiene genial Around the world es que si bien no logra a capturar el mismo manantial de elementos que en el videoclip del grupo británico, lo hace de manera artesanal, recurriendo al recurso más primitivo de la materialización del ritmo: el baile. Realmente, lo que vemos acá es un laburo de hormiga, haciendo que las momias se sincronicen con la máquina de ritmos, los robots-insecto con la voz pasada en vocoder, los esqueletos con las guitarras, los sintetizadores con aquellas graciosas mujeres de gorra de baño y el bajo con los hombres microcefálicos. Si la mirada es la erección del ojo (perdónenme por ser tan gráfico), este video es una espesa eyaculación.


08-Richard Ashcroft-Song for the lovers (Jonathan Glazer)
La imagen que todo el mundo tiene de Richard Ashcroft es la de ese tipo que camina chupándole todo un huevo en Bittersweet Symphony (de hecho, yo era uno de ellos), pero en este video, sin lugar a dudas el pibe inglés despliega, más que en ningún otro video, su capacidad de performer, sin siquiera cantar realmente, siendo lo más real y común que puede ser una persona comiendo algo mientras escucha una canción. Hace un tiempo, recordando a Rebella mencionaba que a partir de 25 Watts ningún cordón de la vereda volvió a ser el mismo y cualquier Sunday-afternoon-conversation nos despertaba un nuevo brillo, un consuelo quizás, de reconocer nuestro estado de estancamiento o planamente abúlico como un recurso sobre el que poder reconfortarse y quedar, por así decirlo, continentado. Bueno, con este film ocurre lo mismo, cuando mis padres solían ir a Mexico y dejarme como hombre encargado de la casa, en todo ese desierto post apocalíptico de botellas de cerveza, revistas, discos, ropa sucia y más discos, yo comía de latas de conserva con el torso desnudo y por un momento me sentía Richard Ashcroft, cantando con la boca llena sobre el tema que el mismo compuso. Lo particularmente genial es que Glazer se permitió introducir cortes dentro del mismo tema para realzar eso que por antonomasia llamamos trama, incluso sugiriéndonos un desenlace emocionante que nunca ocurrirá, sepultado por las gotas de meo que caen desde la uretra de Ashcroft hasta el fondo del water, sin apartarnos de un primer plano incómodo, del que podemos extraer poquísima información… Sepultar con gotas de meo, me voy corriendo para AGADU, a mí se me ocurrió primero

07-Live-Turn my head (Para ver el video sólo puedn hacerlo haciendo click acá)
Difícilmente haya un artista plástico contemporáneo que haya podido captar de mejor manera la soledad que John Register. El mobiliario de interiores, siempre profundamente pincelado por una luz casi metafísica, llena a lugares vacíos, pero comúnmente concurridos como diners o lavanderías de extensas sombras. Cromo, vidrio y plástico, las pinturas de Register son las pinturas de las sillas vacías, las mesas con algún objeto que queda como vestigio de gente que vivió en aquellos lugares, acentuando aún más la sensación de aislamiento y soledad del hombre. En resumidas cuentas, es una pintura de lo que estuvo. En este videoclip, la banda liderada por el pelado Kowalczyc por primera vez habita estos lugares de nadie, sentándose por primera vez en las sillas que dejó desperdigadas Register, cerrando las compuertas de los lavarropas que quedaron abiertas, ocupando las pinturas, pero sin alterarlas ni trascenderlas. La letra de la canción tiene profundas raíces religiosas (o más bien místicas)-we came to love you al day/these bastards are leaving/somebody’s got to stay/whatever we call you/it’s just a name-, y de cierto modo, no hace contraste con las imágenes. Son una canción y video sobre el silencio de Dios, sobre la certeza de que nacemos y morimos solos. Así como el bajista se balacea en la silla, cuando termine de caerse, haciendo saltar su reloj vital (el reloj de pulsera que pegua un saltito en la mesa), nosotros ya no estaremos, encontrándonos en el suelo la silla vacía.


06-The replacements-Bastards of young (Desconocido)
The Replacements deben ser de las bandas más simpáticas que hayan pisado la tierra. Eternos borrachos, eternos adolescentes, hay algo profundamente real en cada acorde que suena en el tema, en cada palabra que cuasi-grita con su voz carrasposa Westerberg, una forma de himno juvenil que por su misma fuerza tendría que quemar en plaza pública a toda la gangrena emo que cae sobre la televisión hoy en día. El video es bastante conocido por lo estupefacto que dejaban a la mayoría de la gente que lo veía en el auge de ese monstruo posmoderno que resultó ser MTV, cegados por el nuevo lenguaje audiovisual que iría contaminando los medios publicitarios y el cine en cuestión de unos pocos años. Minimalismo puro, el video es sencillamente la toma de un latiente parlante y un lento zoom out hasta llegar a verlo desde el sillón, donde un anónimo personaje que queda fuera de plano fuma un cigarro, escuchando el tema. Eso. Hasta el más miope fanático de videoclips de Dire Straits podía darse cuenta en aquella época el profundo carácter reivindicativo que concentraba el clip, devolverle su lugar a la música, que iba peligrosamente cediendo terrenos al poder iconoclasta que terminó por desterrarla hoy en día. Pero el video no queda sólo ahí, como un mero experimento ingenioso y contestatario sobre el cambio de lenguaje audiovisual. Trasciende ello y nos habla de algo mucho más íntimo y verdadero: el mismo acto de escuchar música. Nos lleva a la íntima relación con la música que sentimos los melómanos en algún momento de nuestra vida: un tributo al hecho mismo de sentarse a escuchar un tema, poner la púa, esperar que el vinilo se embarque en el mágico mundo de sus 33 revoluciones por minuto, sin hacer otra cosa, sin tener la televisión prendida, sin estudiar ni pensar en otra cosa, sólo con la vista perdida en el trepidante parlante: El perfecto matrimonio de tres minutos y medio entre uno, su cigarrillo y la música.


05-Bob Dylan-Subterranean Homesick Blues (D.A. Pennebaker)
Posiblemente, el primer videoclip hecho y derecho en la historia (no agarrar a cuatro flacos andando en trineo y de ahí hacer un video). No sólo la brillante canción de Dylan (una de las mejores del siglo XX), sino el mismo video de Pennebaker se ha convertido en un documento de la historia y los cambios sociales de los 60’, al nivel de “On the road” de Kerouac, “Aullido” de Ginsberg, o “Easy Rider” de Hopper, Fonda y Southern. Es un videoclip bisagra, no sólo tenemos la letra, hablando de LSD, los derechos civiles y en resumidas cuentas, de toda la contracultura de aquella época, tenemos también a Dylan con las perspicaces láminas (“Suckcess”), con ese rostro monótono, como quien con una navaja te dibuja una sonrisa en tu garganta sin movérsele un pelo, y también tenemos perdido en el cuadro a Ginsberg, esas extrañas inmediaciones del hotel Savoy, en fin, toda una conjunción de elementos de la pop culture de la época sintetizados como ningún otro documento en la historia de los videoclips.


04-Radiohead-Karma police (Jonathan Glazer)
Radiohead es una máquina de hacer videos perfectos, videos en los que hay una comunión insperable entre la imagen y el sonido, videos casi conceptuales pero no pomposos, donde se permite un juego libre con las texturas, los colores y las mismas sensaciones (tan sólo recordar Knives out). De cierto modo, en esta lista debería haber cuatro, o al menos tres videos de la banda (todavía me duele haber dejado afuera a No surprises), pero para hacer la cosa más equitativa, decidí elegir sólo uno, del cual quedó Karma Police. Un videoclip perfecto, con un automóvil autopiloteado, en cuyo asiento trasero se encuentra Thom Yorke displicente, exhausto e inexpresivo, como un mafioso esperando a que se de el golpe que encomendó por teléfono. Pronto, lo que es una pequeña mancha perdida en el horizonte de la carretera resulta ser un gordo tratando de encontrar escapatoria al insomne automóvil que lo persigue a una velocidad prudente, como un depredador que extiende la victoria para disfrutar un poco más de la caza. El automóvil lo persigue, con Thom Yorke diciendo “this is what you get when you mess with us”, hasta que el gordo se rinde exhausto, mira desafiante y saca unos cerillos que los arroja a la carretera, propagando una estela de fuego que se transporta hasta el auto, el cual veloz e infructuosamente trata de escapar de ésta. Pudiendo ser Karma Police la idea de una policía que nos controla aún cuando no está precisamente materializada delante de nosotros –en pocas palabras, la moral-, me parece que el film ilustra claramente el principio del übermensch nietzscheano: enfrentarse a los valores vigentes, destruirlos y crear una nueva moral propia. El problema es que cuando ya creemos haberla vencido, como un archienemigo que siempre logra escaparse para reaparecer en el próximo capítulo, no queda nadie en nuestro auto en llamas.


03-Johnny Cash-Hurt (Mark Romanek)
Nunca fui una persona que exprese líquidamente sus sentimientos, decir que sobreviví a Otaru no haka sin derramar ninguna gota salina, ya me da credenciales de tipo bastante estoico frente a los sacudones afectivos que pueden generar el cine. Y no, tampoco lloré en este videoclip, pero confieso que la primera vez se mi hizo un nudo en la garganta. La canción de NIN apabullantemente interpretada por el señor Cash ya de por sí podría dar una patada al banquito que nos mantiene en pie, pero la conjunción de imágenes de decadencia física y juventud nos terminan de dejarnos en el aire, como el banco del ahorcado finalmente arrojado al suelo. Imágenes de Jesus, un recorrido por los momentos más importantes de la vida de Cash y un pequeño vistazo al decadente mundo del presente de sus recuerdos (la vitrina de uno de sus discos de oro hecha añicos, la cámara captando una naturaleza muerta, dándole un tratamiento al caviar en una naranja más cercano al de una señal podredumbre que al de una de las comidas más lujosas del mundo) y la escena final del Cash que imaginaré por el resto de mi vida, el hombre de negro, la soledad de un hombre y su guitarra en el escenario, todo esto convierte a este video en una de esas escasas obras que por unos minutos nos precipitan al borde de nuestra existencia


02-Pearl Jam-Do the evolution (Todd McFarlane)
Podrá ser acusado de ser demasiado conceptual, pero Do the Evolution, junto con Hurt de Cash, debe ser por lejos, uno de los materiales más intensos en la historia de los videoclips. El genio indiscutible en esta obra es Todd McFarlane, un tipo que ya con Spawn quedaba claro que tenía una imagen del hombre más cercana a la de Hobbes que a la de Rousseau. Las imágenes son contundentes, y están encadenadas con un pulso cercano a la arritmia, como si fuera un pequeño curso de teoría darvinista llevada a sus más oscuras consecuencias. Hay escenas magistrales: los edificios saliendo del pasto de las praderas como violentos partos prematuros, el hombre dándole de comer a su perro pequeños hombrecitos contenidos en una lata, el continuum del totemismo desde los vagabundos hasta el Ku Klux Klan, el gigantesco organismo-máquina que se va devorando todos los recursos del planeta. Las imágenes hablan por sí solas, pero me quedo con la escena de la mujer danzante, que a mi parecer representa la misma evolución, una linda mina de mini que en la luz negra del baile nos resulta cautivante y hermosa, pero que a un flash puede ser un mismo rostro de la muerte.


01-UNKLE feat.Thom Yorke-Rabbit in your headlights (Jonathan Glazer)
No conozco a absolutamente nadie que haya visto este video y no lo recuerde en detalle. Desde mi punto de vista, es en esencia un videoclip siamés de Karma Police, pero con una dimensión épica increíblemente abrumadora, con una de las mejores escenas finales de la historia del cine (sí, trascendiendo el mero hecho de ser un videoclip y elevándolo a categoría de corto). En una entrevista, Denis Lavant dice que mientras estaba en escena escuchaba en un walkman palabras inconexas que Jonatha Glazer le había seleccionado para que dijera. La manera primitiva en que dice cada palabra, como arrancándolas del aire (Lavant no tenía ni puta idea de lo que decía, ya que sus conocimientos de inglés eran prácticamente nulos), potencian la sensación de alienación del hombre frente al resto de los hombres, sin rostro, mecanizados como meros autos que lo chocan y no reparan en ayudarlo (la idea de deshumanizar a cierto grupo de personas por no mostrarle el rostro es algo que ya se puede ver en los albores del cine, desde el ejército zarista en las escaleras de Odessa, en “El acorazado Potemkin”). Y el final llega, el auto que aparentemente pondrá final a la vida del resistente hombre está a punto de arremeter, el hombre se saca alfa polar (no confundir con un plancha inglés o francés), revelando su torso tatuado por muchas cicatrices y magulladuras, lo que nos hace pensar que no es la primera vez que es víctima de los despreocupados automóviles de la ciudad. Y entonces el auto arremete, el hombre extiende sus brazos en cruz y el automóvil se hace añicos, con el tipo intacto, duro como un poste y envuelto por una nube de humo. El impacto del video en mi vida fue inmenso, y desde la primera vez que lo vi (creo que tenía catorce años), jugaba en la orilla de la playa de Atlántida a ser aquel hombre, sólo que suplantando los automóviles (un hobbie bastante insalubre) por las olas. Pero pronto aprendí a llevar el papel más allá del campo lúdico, más allá de las olas, más allá del viento. Uno recordaba la voz de Thom Yorke y aquel profundo piano y uno se daba cuenta de que podía, que debía ser ese hombre, dándose cuenta de que esos automóviles podían ser compañeros de liceo, profesores, padres, cualquier persona que nos intentara aplastar en su camino. Si dicen que hay videos que pueden cambiar la vida de uno, este es, desde aquel momento yo sigo con los brazos tendidos en cruz, aguardando por el próximo auto que venga a chocarme.