Monday, August 11, 2008

Los escritos técnicos. Love and stuff, vol.1
How can I explain I need you here and not here too

Me quedo sorprendido viendo el set fotográfico parisienese de Natalia Oreiro en la nueva Oh la la, y mis pensamientos se interrumpen ante la pregunta de si voy a llevar algo, por parte de una de las empleadas del lugar. Le digo que andaba buscando un cuaderno de 200 hojas, y me señala un estante con una torre de Babel hecha de Papiros, Artes y otras marcas. Winnie Pooh, windsurf, la banda Doberman (puaj), todas las tapas parecen demasiado gays, ochentosas o simplemente chotas, por lo que me quedo hojeando más del tiempo promedio. Siento la incómoda presencia de la empleada observando mi cuerpo agachado, como esperando a que haga algo y cedo ante la presión, eligiendo un cuaderno con un poco inspirado dibujo de Sid Vicious como portada. Mientras me pregunto cómo es que Sid se convirtió en semejante baluarte iconográfico, le pregunto a la empleada por unos grafos de lápiz mecánico. Mientras los busca, vuelvo a mirar de reojo la portada de la Oh La La, y me sigue sorprendiendo la opacidad de la piel de la Oreiro, que a base de maquillaje logra un rostro que podría haber aparecido en la corte de Versalles –o al menos en la versión pop que Sofía Coppola hizo de ella. De vuelta medio embobado, la empleada prácticamente me pone en las manos unos grafos Faber Castell, y me los quedo mirando como si fuese un niño a punto de probar su primera hostia. No me gustan los grafos Faber Castell. Especialmente los HB, que tienen un trazo ultra suave, y se suelen quebrar ante la menor presión. Soy un tipo de rituales, y no puedo usar otros grafos que los Pilot (2b, en lo posible). Incluso, la ceremonia de quitarle el grafito restante –ese centímetro incómodo que siempre queda en el compartimento- e insertarle uno nuevo tiene un efecto particular en mí, que si intento rastrearlo se remonta a mi fascinación por los brazos picados de Trainspotting y las subsiguientes drugmovies que marcaron mi adolescencia (y de las que ya hablé en este post). De hecho, ahora que lo pienso, suelo meter una puntita del grafo, y luego lo inserto todo haciendo presión sobre el brazo, de modo que parece como si de hecho me estuviera dando un chute sobre una vena.
Pero así que no, estos grafos que eligió la mina son una mierda, y si no tienen los Pilot que yo quiero, me voy a buscar en otro lado. Justo cuando estoy por preguntarle, aparece un tipo de sobretodo en escena. Se para firmemente en frente de ella, y con una voz monocorde, casi protocolar, le dice:
-Sólo pasaba para avisarles que ya no voy a comprar en esta tienda.
Intento ver hacia otro lado, pero mis ojos se posan en los del tipo, que se mantiene fijo mirándola, y luego en los de ella, que tiemblan, sin pestañear. No me gusta caer en lugares comunes, pero son cinco segundos en los que parece haberse detenido el mundo. El celeste de sus ojos se vuelve acuoso, y el espeso rimel es como el último dique que impide que la lágrima se lance a la mejilla como kamikaze. Es extraño pensar que afuera la gente sigue haciendo sus cosas, quejándose de taxis que no llegan, juntando la caca de sus perros con bolsitas de supermercado, cruzando la calle mientras intentan escribir un mensaje de texto. Acá, en esta papelería, nosotros tres no podemos hacer otra cosa que temblar. Es así que al sexto segundo el tipo del sobretodo se va, abriendo la puerta y perdiéndose en la calle. Pienso (bueno, pienso ahora, en aquel momento no puedo pensar en nada) que la escena se habría completado con un portazo, pero son de esas puertas de vidrio que tienen un sistema que evitan estos riesgosos –aunque pintorescos- accesos de furia. Cuando vuelvo a la cara de la empleada, tiene un poco de sombra corrida hasta la sien. Como una patinadora que se reincorpora tras una caída en el hielo, ensaya una sonrisa y me pregunta con voz quebrada:
-Vas a llevarte los grafos también?
-Eh, sí, sí, claro.

Butchering the Fictions
Hace varios años que no escribo un cuento de amor. Es algo que me tiene obsesionado, sintiéndolo como uno de mis mayores frustraciones de este último año. No es sólo que no sepa cómo generar ciertos climas, o delinear ciertos personajes, directamente no se me ocurre nada, ninguna trama o personas que puedan estar atravesados por tales sentimientos, casi como sentarse en el water, sin haber comido en días, esperando a que algo suceda. De manera casi directamente proporcional, los cuentos se están sobrecargando de sexo –un sexo a lo Antonioni y a lo Selby jr- sintiéndose de una manera tan extrínseca que parecen como si fueran fruto de una macumba que me hizo Ercole Lissardi. El único cuento que llega a acariciar ciertas aristas del amor es uno que me resulta tan personalmente triste, que generalmente me cuesta llegar a la última parte. Siempre me gusta pensar en una determinada producción artística –un libro de cuentos, un conjunto de novelas, un disco, una serie de películas coaguladas por cierto nexo- como una población o una geografía determinada, y pienso que el lugar que he ido construyendo en este último año, es un sitio difícil para vivir.
Es muy extraño hacer convivir cierta visión romántica del mundo con una neurosis que intenta enterrar todo deseo. Cuando tenía dieciocho –luego de unas cuantas masacres amorosas en donde yo fui el principal responsable- llegué a la conclusión de que estaba más enamorado de la sensación de estar enamorado, que de las personas mismas que catalizaban dichas sensaciones. Invirtiendo la famosa frase: “love the game, not the player”. Había llegado a un punto donde, citando a mi amigo Pedro, el dolor –el ajeno, pero sobre todo el propio- servía para hacerlo canción, como si de escarbar en busca de petróleo se tratase. Comparto con Lacan una visión particular del acto sexual que la mayoría de la gente me discute, pero que de cierto modo se extiende a una vastedad de otras sensaciones. El sexo, garchar, coger, follar, hacer-el-amor, es imposible de apreciarlo en su totalidad, en su real realidad, por así decirlo. Sí, una porción de mi cuerpo está de hecho intercambiando fluidos corporales con el de otra persona, pero no puedo apreciar aquella situación desde lo real, sin ficciones accesorias. No, aquello sería demasiado, enloquecedor, traumático, por lo que nos sentimos obligados a mediar aquello por medio de lo simbólico. Todo el sexo está mediado por ficciones, y por esto no me refiero a que mi novia se vista de policía, o que alguno de la pareja esté pensando en el verdulero de la esquina. No, el impulso ficcionalizante va más allá, toma lugares donde sólo creemos que está la simple percepción. Esta ficción se articula de una manera más sutil, está en el hecho de concentrarnos en una parte determinada del cuerpo de nuestra pareja, en una palabra que susurra entre jadeos, en la ficción de poder o sumisión que se representa en el escenario, o en apartarnos un segundo y hacernos una imagen de nosotros haciéndolo –voyeurismo y exhibicionismo en su original estado indisociable, sin necesidad de sextapes, ni nada por el estilo-.
El sexo como acto sexual en sí, no existe.
De todo esto sólo nos quedan las ficciones.
(Esto es un gran consuelo para los onanistas: ya pueden decir que no hay diferencia entre lo que llevan al acto ciertas personas en hoteles y lo que hacen ustedes en sus cuartos).
De hecho, entre los últimos descubrimientos de la neurología, se ha comprobado que ante la percepción y la representación mental de un mismo objeto, se activan las mismas neuronas. Percepción, memoria e imaginación en el plano fisiológico es materialmente lo mismo. Este pequeño descubrimiento científico pone en tapete todas las nociones comunes que entendemos sobre la realidad de lo real. Todo es tan real como ficticio.
El asunto es que ni bien uno entiende la premisa, va estirando el hilo y se da cuenta de que, así como el sexo, todo en el mundo está mediado por ficciones, y probablemente muy pocas cosas lo estén tanto como el amor. A este nivel, se podría decir que sí, nosotros no amamos a la persona, sino al personaje, o más bien, el papel, el fragmento de guión que nuestro actriz/actor interpreta en la obra dramática de nuestra vida.
Lo particularmente extraño es que en este último año, a pesar de mi estancamiento a la hora de escribir cuentos atravesados por el amor, gran parte de lo que me obsesionó en la música o en el cine estuvo mediado por este sentimiento.
Primero, Wong kar Wai.
Siempre que termino de ver una película de Wong kar Wai –a no ser la última, que es un film considerablemente menor-, salgo de aquel mundo con una sensación que en una disección fenomenológica no podría ser otra que de enamoramiento. En el compendio de sensaciones es exactamente eso, aquello se siente igual a esas noches en donde uno se da cuenta de que se está colgando con cierta persona, recordando miradas, o cosas que dijo.

Algunos lo acusan de formalista –no estoy de acuerdo- y que siempre hace la misma historia. En este último punto, la verdad es que sí, más allá de la conocida trilogía formada por Days of being wild, Con ánimo de amar y 2046, casi la completud de su filmografía se basa en el amor siempre buscado y perpetuamente perdido, un perro que intenta morderse la cola, mareándose y desfalleciendo tras varios intentos. La asintótica búsqueda por la reciprocidad, esa derrota firmada y confirmada una vez tras otra. Al parecer, desde la óptica de Wong kar Wai el único amor es el amor perdido, o el amor incapaz de concretarse, y aún así, sus films no son amargos. Al contrario, una y otra vez me termino enamorando de los personajes, ya desde el policía consumiendo ananás en almíbar expirados y la chica que pone una y otra vez California dreaming en Chungking Express, hasta la entrópica pareja homosexual de Happy together, pasando por las bellezas que desfilan por la vida de Cho-mo Wan, entregado a su más abyecta soledad en 2046, y los inquilinos despechados, pero incapaces de traicionar a sus parejas en ese film monumental que es Con ánimo de amar. Nacimos para perder, uno lo tiene bien claro cuando entra en el mundo de Wong kar Wai, pero quiere presenciar esa derrota, hacerla suya, vivirla y sufrirla dulcemente, tal como lo hacen los personajes de sus películas.
Y este síntoma me preocupa, porque voy viendo que tales personajes se van convirtiendo un patrón en mi vida.
Este post me cuesta escribirlo porque tengo que complementarlo con mis frenéticas bajadas de todos los capítulos de The office (Estados Unidos). Me es imposible señalar cuan genial me parece la serie. Me impresiona la forma en que los personajes se van enriqueciendo capítulo a capítulo. En este sentido, no me preocuparía al afirmar que algunos cuantos personajes son mucho más multidimensionales que los de Seinfeld. A no malinterpretarme, Seinfeld es probablemente la mejor serie cómica de todos los tiempos, y con ella llegaron a una perfección tal que me resulta imposible elegir a uno de los cuatro protagonistas (aunque internamente creo que la cosa está entre George y Kramer). Sin embargo, tal como indica el último capítulo de la serie, ninguno termina aprendiendo realmente nada, y en ese pequeño detalle se encuentra el gran bastión de The Office. Steve Carrel en el papel de Michael es políticamente incorrecto, choto, egomaníaco, chanta, en pocas palabras, un pelotudo. Sin embargo, es mucho más que eso, y lo que comienza siendo un personaje desagradable que a uno hasta le incomoda verlo en la pantalla, se muestra en su amplio espectro, con desconcertantes claroscuros para una comedia norteamericana. Y así con casi todo el resto de los personajes (hasta el bizarrísimo Dwight tiene su costado tierno, sobre todo en su relación con la frígida Angela).
Ahora, ¿a dónde va todo este rodeo? Diferente de lo que me imaginaba, el principal hilo conductor de la serie no son las cagadas que se manda Michael, sino la relación entre Jim y Pam, dos de los empleados de la empresa. Con el genial recurso de la cámara dentro del universo diegético de la serie, junto a algunos recursos que hacen recordar a lo mejor del Dogma 95’, el lente registra gestos, miradas y silencios que nunca –al menos que yo recuerde- los había visto en ninguna serie de televisión. El efecto que da es como si todos los actores actuaran en cada escena, ya que la cámara rápidamente enfoca a uno haciendo algo, y lo desenfoca en un segundo centrándose en el efecto que esa acción tuvo en otro empleado. Uno se siente casi como esa persona que sabe un secreto, y que intenta corroborarlo en silencio cada vez que se presenta una situación en particular.
A medida que transcurren los capítulos, uno se da cuenta de que Jim y Pam están enamorados entre sí, pero no se llega a presentárselo de forma verbalizada, situación frente a la cual una serie lobotomizada como Friends se encargaría de exponer en una divertida confesión llena de my gods!!! y risas de relleno. Uno sabe que la relación de ellos está marcada desde el principio, ya que Pam está comprometida con un no tan elocuente, pero aún así bueno, trabajador del depósito de la compañía (volviendo a los ejemplos, cualquier serie se habría encargado de pintarlo a este como un hombre de cromagnon o un ser completamente despreciable, a modo de que empatizáramos mejor con el amor de los protagonistas), al mismo tiempo que ella y Jim se encuentran en una insostenible condición de amistad. Es una relación en donde los pequeños gestos y miradas se van acumulando capítulo a capítulo, y uno termina enamorándose de aquella relación.
Parece medio repetitivo esto, pero quiero señalar un punto. Cuando digo “uno termina enamorándose”, no es un mero recurso expresivo para decir que la presentación de la pareja nos parece tierna, cautivante, o que está muy bien trabajada. Cuando digo “uno termina enamorándose”, me refiero concretamente a eso. Es una ficción que uno la va internalizando, y que comienza a tomar ciertos espacios de su vida. Y la sintomatología es la misma, de igual modo que uno se puede excitar con una pintura, o llorar con una canción. Un post atrás señalaba en mi pirámide de gustos cómo es que uno sin conocer a cierta persona –dígase músico, actor, futbolista, escritor, jugador profesional de mikado- puede desarrollar frente a la misma auténticos sentimientos de cariño o devoción, casi como si realmente conociese a esa persona. Cuando veo a Chan Marshall, me viene una sensación de abrazarla, ayudarla a mudarse, intercambiar bufandas y quedarme hablando con ella, como si fuese mi mejor amiga, así como Tom Waits me parece alguien a quien admiraría con ojos de niño, como ese tío al que uno lo termina tomando como ídolo o role model. Uno piensa que tales sentimientos son solamente propios de enfermizos fans que se suelen disfrazar de su ídolo y asistir a convenciones con otras personas que también se disfrazan de ellos y hacen festejos en cada uno de sus cumpleaños. Siempre se ha tendido a pensar que el fanático ocupa un rol periférico y pasivo, como si sólo se limitase a recoger las migajas de genialidad que arroja el ídolo. Sin embargo, Henry Jenkins en Textual Poachers, en su análisis de la cultura de fans señala que el rol de ellos es más activo de lo que parece, reescribiendo y adueñándose de sus películas o personajes favoritos tras una serie de técnicas, como la recontextualización, refocalización, cruces entre distintos textos, junto a otras. De este modo, la actividad del fan tiene un elemento de adquisición de poder: “Los fans efectúan sus incursiones y saquean lo que pueden; emplean los bienes saqueados como cimientos para construir una comunidad cultural alternativa”.
El enamoramiento en sí no es más que eso, una idealización de la persona y un saqueo de esa idealización, que puede hacer convivir a una persona con alguien que hasta puede resultar auténticamente peligroso para su vida –es un elemento que resulta omnipresente en los casos de las mujeres golpeadas.
Ahora que lo pienso, la parábola del amor cortés, en donde los personajes se acercan sin llegar a tocarse, es una particular obsesión mía, que se remonta a mi pubertad, o incluso antes. Posiblemente la relación inacabada e inacabable de la década de los noventa es el binomio Fox Mulder- Dana Scully. Es difícil hacerles entender el papel que los Expedientes X ocuparon en mi vida. Esto se los dice alguien que llegó a hacerse una placa del FBI poniendo una foto carné suya. Así de limado. Pero más allá de la serie, casos paranormales, intrigas gubernamentales, para mí, llegando al hueso mismo de la serie, todo aquello es un mero decorado para desarrollar la relación entre Mulder y Scully. En su esencia, The X-Files es una telenovela con elementos de ciencia ficción. Uno siempre esperaba que uno de los dos finalmente bajara sus puentes, pero al mismo tiempo iba deseando que se mantuviera esa eterna procastinación, como ver hasta cuando se puede inflar un globo, aún con el riesgo de que se explote en la cara. Eventualmente la serie se fue desvirtuando, y con la ida de Fox Mulder y la eventual concreción del amor, quedó un resabio amargo, pero volviendo a ver las primeras seis temporadas, especialmente la tercera, creo –la temporada del cáncer de Scully-, uno puede certificar que, mientras duró, fue una de las mayores historias de amor contadas en la televisión.
En estos últimos años me fui percatando de mi amargura, pero toda esta idea que se me hacía en la cabeza se hace añicos cuando me veo como una quinceañera, sufriendo y deseando que Jim y Pam puedan estar juntos.
Cet obscur objet du désir
“El amor hacia una mujer es sólo posible si no se consideran sus cualidades reales, y por lo tanto si se reemplaza su realidad psíquica por potra realidad diferente y en buena medida imaginaria. El intento de realizar el propio ideal en una mujer, en lugar de tomar a la mujer por sí misma, implica necesariamente la destrucción de la personalidad empírica de la mujer. Por ello el intento es cruel con la mujer; el egoísmo del amor pasa por encima de la mujer y no se preocupa en lo más mínimo por su auténtica vida interior […] El amor es un asesinato”
Es difícil tomar al pie de la letra esto, cuando sabemos que quien lo dijo fue Otto Weininger, un nazi-judío-homosexual (qué combinación, che), en cuyos textos su misoginia haría ver a Gerardo Sofovich como un continuador de Betty Friedan. También, el hecho de que se haya suicidado a los veintitrés años, no le da credenciales como ejemplo de una persona muy equilibrada. Sin embargo, como dice el viejo refrán, hasta un reloj roto da bien la hora dos veces al día (bueno, los analógicos, al menos), y efectivamente el tipo, quizás sin saberlo, dice una gran verdad. Si lo podamos de sus ataques a la mujer, y consideramos lo dicho en criterios más generales, señala algo que se repite en las relaciones amorosas, que es una cuasi mutilación del otro en pos de adaptarlo a la imagen que uno tiene de él (como si de un Bonsái estuviésemos hablando). En boca de Lacan, “te quiero, pero inexplicablemente quiero en ti algo más que a ti –el objeto a-, y por eso te mutilo”.
Este juego de idealizaciones por momentos resulta tremendamente perverso. Volviendo al tema de la mujer, y lejos de posicionarme desde la óptica de Weininger (por Dios, no), en la producción cultural predominantemente masculina, siempre la mujer resultó como algo escurridizo de entender, y de encerrar dentro de cierta intelección (de ahí la frase “la mujer no existe, hay mujeres”). Ante ese miedo epistemológico, se ha erigido el mito de la mujer como ese oscuro objeto del deseo, la Lillith de la Biblia, la femme fatale del cine noir, las sirenas de los mitos griegos, la Salomé que hace rodar cabezas por el encanto de sus caderas. En dichas producciones, la mujer suele aparecer en un principio como la parte débil del binomio, pero conforme transcurre la obra (película, novela, lo que sea), termina devorando al macho, y siendo testigos nosotros de cómo lo realiza.
Haciendo un repaso mental, me doy cuenta de cuántas veces se repite este modelo en el cine. Posiblemente, una de las películas que mejor ilustran esto es El ángel azul, viendo como el profesor Rath –Emil Jennings- va cayendo en picada bajo los encantos de Lola (la histórica interpretación de Marlene Dietrich). Al principio Lola parece una dulce bailarina de Burlesque, pero eventualmente va tomando pequeños territorios de la vida del profesor Rath, hasta convertirlo en un payaso más del show de variedades al que ella pertenece. Es difícil encontrar escenas más dolorosas que la de su decadencia presentada en esas sesiones de maquillaje delante de su espejo. Incluso, si uno rastrea ciertas escenas claves, vemos que Jennings muchas veces está a los pies de Dietrich, viéndola hacia arriba como si fuera un niño esperando la gratificación de un mayor.
Y conforme uno sigue viendo películas, se da cuenta de que la femme fatale se repite una y otra vez. Es casi un arquetipo jungiano. En La Viaccia, Belmondo cede ante los encantos de una prostituta, robando para seguir asistiendo al prostíbulo donde ella lo atiende (todo esto cobra más sentido por el hecho de quien lo atiende es Claudia Cardinale, lo que convierte el asunto en algo mucho más entendible, y hasta obvio). Le chienne, de Renoir es prácticamente lo mismo. Con el cine noir, ni me meto, el mismo término femme fatale fue acuñado en torno a sus distintivas protagonistas femeninas. Y, en películas más recientes eso se repite, desde Ran, de Kurosawa, hasta Bajos instintos, de Verhoeven, pasando por Lost Highway, de Lynch, Audition, de Takeshi Miike, –que en realidad es como un tremendo ensayo sobre la fantasía masoquista llevada hasta su últimos límites- y la no tan reciente Ese oscuro objeto del deseo, de Buñuel, en donde las dos versiones de una misma mujer –literalmente- van convirtiendo a su pretendiente en un pelele –qué palabra tan buena que no suelo usar-, hasta la escena en que una de las Conchitas -no me malinterpreten, ese es el nombre del personaje- pretende tener sexo con un español delante de él.
Sin embargo, una película en la que el rol activo de la mujer suele pasar desapercibido, pero que es fundamental, es Último tango en París. Casi como si fuese la versión europea de El imperio de los sentidos, es posible que la película de Bertolucci sea uno de los mejores ensayos del duelo y la perversión.
Nota: en este párrafo hablo sobre la trama en sí, así que quien no la vio, le recomiendo que se lo saltee y siga leyendo a partir del siguiente.
Ah, y si quieren mi ensayo completo sobre la película, lo pueden bajar acá (era para facultad, así que si les embola Lacan, no se los recomiendo)
No sé si lo he dicho, pero Último tango en París contiene mi interpretación masculina favorita de todos los tiempos. Lo que hace Marlon Brando va más allá de lo que puede hacer cualquier ser humano, cada escena en que aparece el mundo parece temblar, pero no sólo dentro del televisor, en la casa misma, en la cama donde uno está sentado viendo aquello. Marlon Brando es Paul, un reciente viudo que tras un ocasional encuentro sexual con Jeanne (Maria Schneider) comienza una extraña relación, en donde ninguno de los dos sabe el nombre del otro, y donde se establece un aparente sistema de dominación, que va in crescendo, hasta el final, en donde la balanza de dominación se termina desbarajustando, con Paul asesinado por Jeanne (fíjense que en su esencia es casi un calco de la película de Oshima). En esta relación, al comienzo Paul se muestra como el gran perverso. El esfuerzo de la perversión está dirigido a no extraer consecuencias significantes acerca de su saber de la falta, para lo que se va a prestar como objeto de las fantasías del otro, queriendo pervertirlo, convertirlo uno de los suyos. No se puede encontrar algo más parecido a este sentido didáctico perverso que en las frases en contra de la constitución de la familia, que obliga Paul a Jeanne a recitar mientras la viola analmente (the butter incident). A fin de cuentas, el ideal del perverso se apoya en el objeto inanimado, siendo el goce no otra cosa que presenciar la entrada en juego colocándose a sí mismo o al otro como mero objeto. En un principio uno pensaría que Paul es el dominador, siendo la pobre Jeanne una mera súbdita, sobre la que cae de la manera más violenta todo el aprendizaje. Sin embargo, en el sadomasoquismo no hay un polo pasivo, y el final mismo nos da para pensar si, al final de cuentas, no es Paul, sino Jeanne la verdadera titiritera detrás del biombo, ya que ni bien le cuenta su verdadero nombre, su ocupación, la verdad de su esposa y su pasado, una mueca de desdén se le llena en el rostro. En ese preciso momento, Paul deja de ser el objeto que colma su placer masoquista y se convierte en algo desechable: una persona. Es precisamente en el momento en que Paul se presenta como sujeto y no objeto que el deseo perverso de Jeanne se extingue. Es preciso abandonar el sujeto. De cualquier manera.

Lo que prima en el perverso es la incapacidad de amar, la capacidad de anudar goce con amor, establecer el único acto duradero con el objeto. En la perversión todos los objetos son substituibles. Más allá de los objetos en sí (tacones, latex, cuero), incluso, en el mismo sistema de libro negro que se aplica en ciertos hoteles refinados (una especie de carta especializada de prostitutas a domicilio), uno puede seleccionar exactamente cómo quiere a su acompañante, y posiblemente siempre ante la falta de una pelirroja de trenzas, una mera tinta capilar resuelve el escollo. En el amor, gracias a Dios no. Uno no puede enamorarse muchas veces, y mucho menos de varias personas al mismo tiempo. El Amor reclama exclusividad y es en esa exclusividad que se encuentra lo eterno –es una observación analítica, mis ánimos están más que lejos de promulgar el mito cristiano de “hasta que la muerte los separe”. (Pensándolo bien, esta es una conclusión bastante jodida para quienes creemos que la poligamia debería ser el estado natural del ser humano).
El amor es la gran carnicería de las idealizaciones.
Ahora, lo que –al menos teóricamente- me preocupa es:
¿Esta idea de el amor como mutilación de una persona a una imagen preformada e internalizada, no es en esencia, por sus caracteres de meros moldes intercambiables, no más que otra definición de la perversión?

Epílogo
María tiene examen el sábado. Es viernes de noche, y se tiene que quedar en su casa estudiando. En Azabache se está festejando el cumpleaños de alguien perteneciente a mi círculo de amigos. Sin embargo, decidí quedarme en mi casa, intentando terminar un cuento que he tenido en la cabeza los días anteriores.
Son las tres de la mañana. He estado viendo y reviendo estos capítulos de The Office. Recién me doy cuenta de que durante cuarenta minutos he estado salteando episodios que ya vi, buscando exclusivamente las escenas que muestran la relación de Jim y Pam.
Hay una en particular, que me fascina:
Hay una extraña costumbre en la oficina, que es que cuando dos personas repiten una misma frase al unísono, uno de ellos no puede hablar hasta que le compra a la otra persona una Coca. Al comienzo del capítulo, Jim repitió una frase de Pam, por lo es él quien tiene que comprársela. Cuando van a la máquina expendedora, resulta que no quedan más. Conclusión: Jim no puede decir nada el resto del día –al menos hasta que consiga una Coca para Pam en otro lado. El capítulo sigue y pasan otras cosas muy divertidas, que nada tienen que ver con este hecho en particular. Lo que sí importa es que Jim está enamorado de Pam, y en los últimos capítulos ella ha estado organizando su casamiento (y por supuesto, no sabe de lo de Jim –o los sabe a medias, aunque es muy probable que en el fondo los sepa, es decir, que su coworker está enamorado suyo /y, de paso, que ella también lo está). Casi al final del capítulo Jim está sentado con ella –todavía sin poder hablar, siendo fiel a las reglas del juego-, y ella le dice you look that you got something really important to say but you can't for some reason, sólo para joderlo y babosearlo por su mudez temporal. El se ríe y ella lo jode de distintas maneras, por momentos en tono serio, pero con una risa eventual que sella las cosas como un mero chiste. Es ahí que ante esa insistencia en joda, en el último “You can tell me anything”, Jim sigue sonriendo, pero se la queda mirando un poco más serio y tras unos segundos mira hacia abajo, como diciendo “me gustaría decirlo, pero vos sabés bien que no puedo”. La cámara muestra la cara de Pam, y su sonrisa se le descompone en un rostro invadido por una seriedad momentánea que resulta indistinguible del miedo. Pero ninguno de los dos dice nada. Son veinte segundos grandiosos. Y no puedo parar de verlos.
Es mi tercer whisky en la noche. Tomo uno, y cuando el liviano mareo se me va, me vuelvo a llenar el vaso. En otras noches pensaría que servírmelo resultaría una patética imitación a Bukowski, como un ridículo ejercicio de decadencia y bohemia. Pero me doy cuenta de que realmente necesito tomar este whisky.
Había pensado que podía aprovechar esta noche solo para hacer cosas que no puedo hacer cuando estoy con María.
Había pensado que podría terminar ese cuento, o comenzar uno que hable de una pareja como Jim y Pam. Sin embargo, me doy cuenta de que no puedo.
Estoy escribiendo esto, y pienso que estoy desperdiciando el tiempo, cuando en unas semanas extrañaré estas noches para mí mismo. Y sin embargo, me doy cuenta, pero no lo quiero reconocer, de que la estoy extrañando esta noche.
Me recuesto en la cama, manteniéndome ligeramente erguido sobre el codo. Pongo Bohren und der club of Gore. Ya había hablado de ellos acá, es un jazz lento, pastoso, con un saxofón que se arrastra por la habitación. Es casi un doom jazz, más propio de una película de Lynch que de un policial negro. Tomo un sorbo de Juanito el caminante. Por la posición de mi cuerpo y como si mi sistema digestivo se mimetizara con la música, adoptando su ritmo y su tempo, siento cómo el líquido desciende lentamente, casi como una serpiente, por las profundidades de mi organismo. Tras el ardor inicial a la altura de la garganta, el sorbo baja por el esófago. Lo siento abrirse paso lentamente, quemando al principio, dejando una estela de frescura después. Mi cuerpo parece insignificante, casi descartable. Es como si el mundo se fuera cerrando sobre mí, como un libro.
Y entonces lo siento, lento como la miel, el whisky llega al estómago.

Sunday, July 20, 2008

Inviernos-de-un-solo-buzo
Hacía casi un mes que no posteaba nada, principalmente por un examen de Antropología filosófica y una serie de actividades que me mantuvieron bastante ocupado. Un residuo extraño de esta abstinencia, es que al adquirir cierta distancia del vórtice de entradas, comments y counters, uno se da cuenta de que más allá de todas las posibilidades de potenciar de un modo civilizado su egomanía, se instala cierta lógica dentro de algunos de nosotros que nos llevan a recodificar algunas apostillas de nuestra vida cotidiana como posteables. Más de una vez, El fino o Santiago me han dicho “esta situación seguro que la vas a transformar en un post”, cuestión que hace que alguna gente ande absurdamente más cauta a mi alrededor.

This blog could be your life, podría ser un rentable sublema para este blog.
Pero volviendo al hecho en sí, serenamente saturado de actividades, hace unos días tenía la cabeza recostada contra la ventanilla del 121 y entonces al doblar por Bulevar veo extrañado un parque infantil atestado de niños. Nunca me había gustado el parque infantil, personalmente prefería el Parque Rodó, que tenía una esencia más desaforada y cadenciosa –los ecos del Rock and Samba se siguen escuchando hasta ahora, donde los chetos juegan a hacerse los planchas durante unos minutos antes de ajustarse el cuello de su polo rosada y entrar a W Lounge pasados de vino-, y montañas rusas que daban más miedo que las del Parque de la costa, pero más que por su velocidad y concentración de la fuerza G, por la idea de una verdadera posibilidad de descarrilamiento. Pero la cuestión es que me quedé mirando a esos niños y al ser un miércoles aquello resultaba tremendamente extraño. Tardé algunas cuantas paradas en recaer en el hecho de que estaba en plenas vacaciones de julio: de ahí aquel bebé con rostro de vómito inminente sentado adelante mío, de ahí aquella madre con tres niños y globos rosados a punto de estallar, de ahí aquella niña llorosa que me hace pensar que Herodes fue un incomprendido.
Mis vacaciones de julio escolares siempre fueron muy introspectivas, con escasísimos hábitos familiares de vacacionar en el exterior o la costa de oro, y con el karma de tener que cuidar a una hermana menor, por el hecho de que ninguno de mis padres hacía uso de su licencia en aquel período. Personalmente, mis inviernos se reducían a dedos amoratados –posta- de jugar al Super Nintendo, visitas de amigos y ocasionales gripes. Siempre estaba esa película animada de la que toda tu clase hablaba, y generalmente la iba a ver acompañado por mi abuela, a cines como el Trocadero, hoy en día convertido en lo que yo llamo un Centro de Macumbas Cristianas. Pero sin lugar a dudas lo que caracterizaba aquellas dos semanas eran las horas frente al televisor, la coordinación viso motora entrenándose con una disciplina shaolin, los Games Over y los Passwords anotados con crayones en el reverso de cajas de cassetes.
Más allá de que los julios -lejos de ser ese pequeño intersticio de joda antes de que las cosas se pongan serias- en la vida universitaria de la mayoría de nosotros se vuelven fatídicas semanas de estudios para exámenes, había algo más que no me permitía ubicarme dentro de esta estación. Salgo del ómnibus y me quedo viendo en la ventana de un cyber. Atrás mío pasa la gente, taxis y los conocidos vagabundos que convirtieron a Tristán Narvaja en su living. Me quedo fijado en mi reflejo, fundiéndose en computadoras y estudiantes estresados, y en un momento preciso reconozco lo que me llama la atención: un solo buzo. Ni guantes, ni bufanda, ni campera. Esto no es un invierno, che, o más bien, es aquello a lo que llamo invierno-de-un-solo-buzo. Es extraño verme caminando por las calles tan ligero de ropa, cuando no hace más de seis años me apodaban Capullo, no como una diatriba gallega, sino por mi cebollística forma de abrigarme. Incluso, no sólo es mi caso (que de hecho soy un tipo particularmente poco friolento), algunos manyas aprovechan la posibilidad de relucir su camiseta para reclamar paternidad a los de Nacional, y las mujeres quieren seguir sacando provecho de sus tetas hasta que aquellos adiposos seres tengan que invernar y volver a sus cuevas de lana. Los que leen seguido acá, sabrán que hay algo que me obsesiona, y esto es la construcción de una estación por medios más vivenciales y afectivos que cronológicos y sociales. En mi caso, este invierno-de-un-solo-buzo todavía está flotando en un grado de indiferenciación, un espacio transicional que genera una cierta angustia epistemológica. Porque sí, hay elementos de sobra que nos indican que estamos en plenas vacaciones. Caminar por el shopping y no mirar al suelo –con el riesgo de llevarte por delante a un niño- es una actividad tan desquiciada como ir corriendo descalzo en la noche por la Plaza Villa Biarritz, sin esperar encontrar alguno de tus pies untados con mierda, a la vez que, incluso superando a nuestro fastidio por los niños, los púberes se revelan como una de las mayores amenazas, acostumbrándose a salir a la calle cada vez más tarde, tan estúpidos como indomables, bebiendo (poco y mal), yendo en patota y gritándote cosas por inercia (pendejos y minitas a los que uno de golpearlos iría directo en cana), como si fueran versiones pocket de las postapocalípticas hordas de Mad Max, o las piradas pandillas neoyorkinas de The Warriors. Me gustaría poder decir “bueno, yo supe ser como ellos en su momento”, pero no, a aquellos años yo andaba jugando al Nintendo, e ideando planes de imposible concreción con amigos.
Como era de suponer, películas y discos –que casi ninguno tiene mucho de invierno tampoco- enmarcaron esta extraña semiestación, pequeñas obsesiones en los que tramité todos mis impulsos infanticidas. He aquí mis películas y discos de invierno
Películas:
Los amantes regulares (Philippe Garrel)
Los números redondos suelen propiciar el revisionismo de ciertos eventos, análisis de medios, fines, resultados, agentes y contraagentes. Con los cuarenta años del mayo francés no es la excepción, y todas las universidades, medios y políticos se han visto obligados a criticar, romantizar, elogiar, defenestrar, relativizar y todos los ar en disposición con respecto a este tema. Pienso esto mientras me voy de facultad, viendo una pancarta hecha por el CEUP con el famoso lema “La imaginación al poder”. Me contengo un poco la risa, por el hecho de que me es completamente difícil encontrar algo menos imaginativo que el gremio de facultad, con un accionar tiene más de Bréznhev que de Guy Debord. Por estas mismas razones, no fue sorpresa que el Festival de Invierno de Cinemateca incluyera una película que tratara este tema.
Domingo, 22:00. Duración del film: 179 minutos. En cuestión de números y fechas, la opción no parecía muy alentadora, pero recientemente había visto del mismo Garrel Inocencia Salvaje y me había parecido más que buena. Tras una serie de llamadas, con El fino firme al volante llegamos como una flecha atravesando el telón de la lluvia y la noche.
Ya desde el principio se plantean los grandes temas del mayo francés, un chico llamado François –y que eventualmente reconoceremos como el protagonista- plantea que le gustaría publicar un libro con sus poemas, pero teme contradecir a sus principios. Instantes después, le pregunta a un amigo qué le gustaría hacer en un futuro, y él le responde que le gustaría ser un pintor de brocha gorda (es decir, pintor de paredes). Cuando se le pregunta por qué no quiere ser un pintor de verdad, el responde que el pintor de brocha gorda es el único pintor de verdad. Autoría, situacionismo, Isou, Guy Debord: empezamos bien.
La película se centra en la vida de François y su eventual enamorada durante las postrimerías del mayo francés y los siguientes años de resaca revolucionaria. Por encima del mismo tema –ya tomado incontables veces en el cine-, lo que más llama la atención es el ritmo y estilo que Garrel le da a tales acontecimientos y el increíble blanco y negro del film (El fino tiene razón en señalar que cada uno de los planos de la película es una fotografía perfecta). Un ejemplo bien claro de esto es la escena de las revueltas estudiantiles. Estas son filmadas a un ritmo real, con planos fijos de varios minutos, recreando el auténtico ritmo de una defensa tras barricada, prescindiendo de un montaje que las dotara de mayor espectacularidad. Casi se podría decir que estas escenas no están tan actuadas como coreografiadas, un estilo que recuerda al flujo del campesinado anarquista registrado por Theo Angelopoulos en Megalexandro. Incluso, apenas por un back up historiográfico sabemos que la contienda se está llevando a cabo en el barrio latino o en el boulevard Saint Michelle, porque el escenario se mantiene prácticamente indistinguible, con personas, humo, escombros y autos dados vueltas que son como un limo blancuzco que apenas emerge de la homogénea negrura que se levanta detrás.
Tal como Mahoma sabe ser árabe sin camellos, Garrel sabe ser francés manteniéndose confinado a intramuros, y sobre todo, sin recurrir a ese sentimiento revolucionario –festivo o belicoso- que tanto ha prostituido el cine sobre eventos históricos. Los amantes regulares es todo lo que no es Los soñadores, esa visión romántica y autoindulgente del mayo francés visto por los ojos de Bertolucci. Mientras que en el film del italiano el incesto, la revolución y la fascinación por el cine es buscada e hipertrofiada en cada escena, en la película de Garrel las contiendas entre la policía y los manifestantes son oleadas frías y constantes, el consumo de droga dista de ser el bricolage festivo y psicodélico de otros autores, y el sexo libre está, pero lejos de un marco que lo vuelva sexy, intenso, o convulsivo. Incluso, en momentos en donde se podría mostrar otro registro de sentimientos, como el de una fiesta en la que se ve a todos bailando This time tomorrow de los Kinks, la escena se tiñe de una cierta irrealidad, casi como si se estuviesen parodiando a sí mismos, sin tomarse aquella momentánea felicidad demasiado en serio. En todo caso, la película es una de las visiones más amargas y lacónicas sobre uno de los sucesos más citados, estirados y reverenciados del pasado siglo.
La película terminó a eso de la una, y el fino y yo nos encontramos con un Montevideo pasado por agua, con ese tono tan irreal que adquiere 18 de julio los domingos. Conversando del film en el auto, concordamos en que la película nos fascinó en lo que respecta a los intereses e inclinaciones de cada uno: al fino –que está cursando el fotoclub- le resulta difícil encontrar una película con mejor fotografía; yo, por mi parte, creo que es una película fundamental, que tiene la virtud de mostrar un evento bajo sus luces y sombras, tal como lo hicieron películas como La batalla de Argel en su momento.
Sin embargo, algo me dice que probablemente el CEUP preferirá no ver una película tan larga, optando por seguir citando frases “El aburrimiento es contrarrevolucionario”, mientras se realizan sesiones extraordinarias de dos horas y media para decidir de qué color pintan una bandera.


Supercool (Gregg Mottola)
En los primeros minutos de Supercool a uno le vienen sospechas por partida doble: por la temática pansexualista que caracteriza a los diálogos uno huele cierto tufillo de American Pie, y esas chatísimas películas de secundaria. Al mismo tiempo, por su elenco y alguna que otra referencia cinematográfica, uno se ve tentado a hermanarla con esa nueva progenie de películas de autorreferencialidad indie como Juno (a la que Eze dio un buen palo en su blog).
Supercool aborda el conocido trauma de pasaje de etapas, que tan obsesivo se volvió en muchas películas estadounidenses del estilo. Sin embargo, lo hace desde otro registro, más fino donde otras sólo optan por lo directo y choto, más in your face donde otras películas tienen sus reparos. Después de todo, es el clásico tema de ponerla-antes-del-egreso, con dos amigos que tienen encomendada la responsabilidad de conseguir alcohol para una fiesta (una trama en apariencia sencilla, pero que va descarrilándose en episodios tan bizarros como graciosas). Evan, Seth y Fogell (o McLovin!) no son losers in strictu sensu, y las mujeres a las que le tienen ganas se apartan de ese paradigma de la clásica mina incogible que está con quarterbacks y descerebrados por el estilo. De hecho, la película se aparta de esa conmiseración sexual y señala que, más allá de las apariencias, las posibilidades siempre están ahí, sobre todo en esa escena tan poco usual entre Evan y la mina que le gusta, que lima todas las idealizaciones platónicas que se suelen tejer en tales situaciones. Todas las figuras amenazantes están prácticamente borroneadas, y no se trata con rigor epistemológico el clásico tema de lo popular o no popular.
La película es un festejo de la juventud, donde prácticamente los mayores, tales como padres y profesores, no aparecen, y donde de hecho, los que aparecen (como el caso de los policías) se comportan como púberes.
Momentos de la película desembocaron en la situación tan delirante como bizarra de encontrarme a mí, mi cuñado y mi suegra llorando de la risa por unos dibujos de penes venosos. Ya solo con esto, la película vale la pena.


Mi mejor amigo (Werner Herzog)
Ante ustedes: la bestia. Klaus Kinski actuaba tan intensamente que uno cuando lo ve se pregunta si su cuerpo puede aguantar tanta energía, tanto odio y violencia. En sus arranques de ira, como en Woyzek o Aguirre, la cólera de Dios, uno piensa que al final de los mismos se va a agotar y quedar como un juguete sin baterías, como aquella escena final de Cobra Verde, con el blondo que tras intentar mover un bote se deja desfallecer en la orilla. Lo que resulta más interesante al ver este documental hecho por Herzog, es que el verdadero Kinski era tan o peor que los personajes que interpretaba. Ya desde el comienzo del mismo se lo ve actuando en uno de sus famosos actos de Jesus tour, performance en donde se proclamaba mesías y enfrentaba abiertamente al público. En una un tipo del público intenta acaparar el micrófono y Kinski se lo arrebata tan violentamente que se parte a la mitad. Veo esa escena, y ya me da miedo desde la comodidad de mi cuarto con losa radiante; no me puedo imaginar lo que habría sido estar ahí.
Pero si hay algo más interesante que Kinski, es el binomio Herzog-Kinski, una dupla que en sus uniones y separaciones generaban mayor energía que la de dos núcleos de uranio. Uno ha leído, estudiado, e incluso conocido relaciones enmarcadas en una dinámica amor y odio, pero en la bina H/K el lenguaje se queda corto, o al menos hay que repensar la idea de odio y amor desde sus bases. Porque vamos a ser claros, estamos hablando de dos personas que llegaron a planear la muerte del otro, donde incluso, ante la amenaza que Kinski abandonase el rodaje de Fitzcarraldo, Herzog lo obligó a terminarlo con una escopeta del otro lado de la cámara. Ante tales situaciones, uno pensaría, "bueno, acá se acabó", pero luego se dieron nuevos encuentros, nuevas películas en donde los conflictos de siempre aparecían, al borde de lo físico, como si fuesen dos polillas revoloteando alrededor de una lámpara, sabiendo que bastan dos centímetros más, dos centímetros menos, para morir de un golpe de corriente. Y esto se explica por el hecho de que realmente los dos eran imprescindibles el uno para el otro, y esto se ve el mismo hecho de que las películas más recordables de Herzog como director y Kinski como actor, son las que trabajan juntos.
La película ya tenía su antecedente, o más bien, otra cara de la moneda, en la autobiografía de Kinski, un libro en el que se refiere a Herzog con la misma, o mayor vehemencia que en su vida cotidiana. Sólo como ejemplo, acá un pequeño extracto: “Enumerar y describir con detalles todas las vejaciones y malos tragos que nos hizo pasar en la selva -el cretinismo total de Herzog, su desvergüenza, su desfachatez, su brutalidad, su estupidez, su megalomanía y su falta de talento-, así como las consecuencias de todo ello, resultaría verdaderamente vomitivo, y sería una imperdonable pérdida de tiempo y energías. Es el mismo montón de basura podrida de diez años atrás, aunque aún más imbécil, descerebrado, paralítico y criminal”. Y esto es sólo una pequeña muestra”.
A lo largo del documental vemos cómo casi todas las personas que conocieron a Kinski se refieren a él como una porquería humana, como si fuera una enfermedad infecciosa traída por el viento. Sin embargo, lo que descoloca del film es cómo Herzog permite convivir todo aquello con el hondo amor cercan a la devoción que sentía hacia él. Tras una aproximación a Kinski en sus claroscuros a lo Caravaggio, el film termina con una de las escenas más hermosas que he visto, casi un apax dentro de lo que se tiene registrado de Kinski en cámara acá el video:


Dicho en palabras de Herzog: "A veces me parece que klaus mismo se convierte en mariposa. Y todo lo que había entre nosotros desaparece. Y todo está bien. Aunque mi mente se resista, algo me dice que dentro de mi que me gustaría recordarle asi".
Herzog, por su gran cantidad de películas rodadas en regiones tan bellas como salvajes como la selva de Perú, parece haber retomado esa pasión romántica por la búsqueda de aquel eslabón perdido para siempre entre el hombre y la naturaleza. En sus películas, las mismos riesgos que envolvían las quimeras de sus protagonistas se encarnan en el mismo rodaje desquiciado (como la demente tarea de realmente subir río arriba el barco de Fitzcarraldo). Pienso que Kinski fue para Herzog esa porción de naturaleza a dominar, una fuerza civilizadora de una fuerza salvaje, primigenia e informe, al igual que un toro salvaje utilizado para empujar un arado, pero que en una sóla cornada puede acabar con tu vida. Pero entonces veo esta escena, y me doy cuenta –como creo que también Herzog se da- de que detrás de la armonía colectiva de asesinato, también está esa mariposa, que de retenerla o domesticarla se muere.
Discos:
The Replacements- Let it be
Los Replacements siempre me habían resultado una banda simpática, tanto por aquella eterna desfachatez que les terminó traicionando (a diferencia de otras bandas indies más disciplinadas o más radicales en su autodestrucción que terminaron arañando los cielos), como por su fuente de eterna juventud y una afición a la bebida que haría quedar a Robert Pollard como Ian Mackeye.
Más allá de esto, nunca les había prestado demasiada atención, y si bien escuché el Tim (ese que tiene el fabuloso himno generacional de Bastards of young), este disco se venía apolillando en los estantes binarios de mi computadora. Le había pegado un par de escuchadas, principalmente cuando me iba a dormir, y realmente no me dejaba mucho. Fue un viernes que me encontraba estudiando a Habermas, cuando se me ocurrió escucharlo en un estado lúcido, sin esperar tampoco mucho. No resultó ser de esos discos epifánicos, que en el momento te patean todos los cimientos donde estabas parado, pero tras varias escuchas sucesivas empecé a comprender que era un disco fundamental, de esos que tendrían que aparecer no sólo en la pitchfork o medios indie-friendly por el estilo, sino en cualquier Rolling Stone, en entrevistas pedorras de la MTV, en la pecosa boca de Noelia Campo o cualquier programa que central o periféricamente hable de música. Encontré la razón de mi poca deferencia inicial por el hecho de que el disco pega un vuelco cualitativo recién a la mitad del mismo, con unas canciones iniciales que son medio para el olvido. Lo que comienza a partir del quinto tema (Androgynous) es una sucesión de canciones perfectas, por las que Westerberg tendría todo el derecho de escupirle en un ojo a Dios por no haberlas convertido en hits revolucionarios.
Antes que nada: Westerberg se ha convertido en uno de mis vocalistas favoritos de todos los tiempos, un tipo que en técnica y registro obviamente no se acerca a Jeff o Tim Buckley, pero que tiene un carraspeo no premeditado, junto a unas pequeñas inflexiones –incluso desafinaciones- que sirven a la misma canción como a la voz de un actor en una escena fundamental de cualquier película, volviéndolo uno de los cantantes más expresivos que haya escuchado. Incluso, una gran injusticia es que se prescinda de los Replacements y se opte por citar a Pixies o Beat Happening a la hora de hablar de Nirvana. Porque Nirvana tomó, y mucho, de esta banda, no sólo la teenage angst que desborda las canciones –a la que Nirvana amplifica y conduce a terrenos más ominosos-, sino también a la misma voz. Escuchen un poco, y van a ver que hay muchísimo de la voz de Westerberg en los berridos al borde del noise y el pop del Karco.
Pero volviendo al disco mismo, el Let it be –disco que ya se pone los tapones de aluminio desde la misma joda al disco de los fab tour- es muy adolescente, al borde del emo, algo que en cierto momento había mencionado acerca de los mismos Smiths. Sin embargo, mientras las letras de Morrisey tienen esa cuota de autoflagelación y teenage angst enmarcadas en una poesía excelsa y casi romántica, los Replacements hablan de estos mismos temas de una forma más directa, tal como si fuera un drama personal que te contara tu mejor amigo en una visita a tu casa. Toman a lajuventud lo toman en su amplio espectro, y no en un burdo derrotismo que caracteriza a las maquilladas porongas de la MTV de hoy en día. Podría decirse, que lo que hacen los Replacements que les queda tan bien, es tomar los dramas juveniles, pero enmarcarlos en un terreno en donde la reivindicación y la ocupación de nuevos terrenos es posible, es decir, donde no todas las batallas están perdidas.
Este carácter tiene mucho del metal de los setenta-ochenta, y no es sorpresa que en el mismo disco figure un cover de Kiss. La versión de Black Diamond es un temón, y resulta tan buena que no la pude reconocer en la autoría de los maquillados, más allá de que efectivamente la hubiese escuchado cuando era chico en un disco en vivo que tenía mi primo. Lo que hacen los Replacements con esta versión es tremendo: mientras que la versión de Kiss es una mezcla entre power ballad y canción llena de heroísmo, los Replacements la recodifican a su manera, quitándole el amaneramiento y teatralidad de la banda predecesora y conduciéndolas con sus propias bridas. Logran crear un tema completamente diferente, sin cambiar casi absolutamente nada –solo abriendo las ventanas y dejando que se vaya el aire enviciado de los solos de la guitarra humeante de Ace Freehley.
Todos los temas juveniles son tocados, desde la sexualidad hiper confusa e inestable –Androgynous-, hasta el amor incorrespondido –Answeing machine- pasando por el inconformismo –redundante decirlo- de Unsatysfied, el hedonismo festivo de Gary’s got a boner –enough said- y Sixteen Blue (por favor, esta letra: Brag about things you don't understand/A girl and a woman, a boy and a man/Everything is sexually vague [an awkward phase?]/Now you're wondering to yourself/If you might be gay/Your age is the hardest age/Everything drags and drags/One day, baby, maybe help you through/Sixteen blue/Sixteen blue).
Estas canciones me habrían salvado de muchas amarguras, de haberlas escuchado a mis quince.
Robyn Hitchcock-Jewels for Sophia
No debe ser la primera vez –ni será la última- que lo digo, pero hay algo extraño que me sucede con Robyn Hitchcock: no tengo ningún disco suyo, y ciertamente en mi historial afectivo tengo músicos a los que considero o musicalmente mejores, o que dejaron una marca más profunda, y aún así es la persona que más admiro del mundo, una admiración extrañamente profunda que va más allá de su producción artística. Ahora que lo pienso, la lista de personas que más admiro no tiene tanto que ver con mis gustos, o si los tiene, no son los más representativos de mi persona. Aquí un pequeño gráfico para explicar este punto:

Pero volviendo a Hitchcock, es, junto con Tom Waits uno de aquellos tíos que siempre soñé tener. Mientras que Waits entra más en el formato de tío putañero que te pasa whisky en una fiesta de quince, Robyn es de esos tíos pasados, lo suficientemente creativos para hacer de su locura algo pintoresco, y no una jodida carga. No me cuesta imaginarme yendo a su casa para que me de clases de guitarra, hablando sobre enanos, Nixon e insectos.
Mi admiración hacia él fue instantánea, y se remonta a mis diecinueve años, en uno de los veranos más calcinantes que recuerde. Mi primo Lucas y yo estábamos disfrutando del cable recién adquirido por mis abuelos –antes teníamos que conformarnos con aquellas películas ochentosas de trasnoche que pasaban en el canal siete, teniéndonos que bancar cada quince minutos austerísimas propagandas sobre despensas y minimercados de ruta-, posiblemente buscando alguna película soft porn que pensábamos que podía dar TV Globo de Brasil –esa frecuente costumbre de hipersexualizar a los brasileros-, cuando nos detuvimos en un extraño concierto realizado dentro de lo que parecía ser un negocio cerrado, con una vidriera que permitía ver a la gente caminar por las calles enclaustrados en sus pensamientos. Nadie, salvo algunos, se percataba de lo que sucedía adentro, un show con un extraño señorito ingés que entre tema y tema hablaba sobre carne irradiada para astronautas, megacadáveres, la fina línea que separa la tortura de los cosméticos, minotauros y cinta plástica. Como si supiera de antemano que aquel concierto marcaría nuestras vidas, decidí grabarlo en el mero instante que caímos en aquel canal. No parábamos de reírnos, pero no podíamos emitir comentario alguno. Las canciones no se quedaban atrás en su excentricidad, y cuando uno creía que la psicodelia llevaba las canciones al borde de la desintegración, ese tal Hitchcock te bajaba de un ondazo, con unas baladas tan hermosas que eran como un edredón espeso y perfumado del cual uno no podía –ni quería- salir.
Al otro día nos despertamos a las once, pero no fuimos a la playa.
Nuestro cuarto de cuchetas parecía un ómnibus repleto, surcando las calles de Guayaquil a las doce del mediodía, pero en ningún momento pensamos en arena, mar, o bikinis. Aquella tarde vimos tres veces de corrido el video, quedándonos como topos en nuestras madrigueras sabiendo, por el sonido de los venteveos, que el sol se estaba poniendo sobre la chimenea del vecino. Pero no importaba.

Eventualmente terminé por comprarme aquel concierto llamado Storefront Hitchcock, dirigido por Johnatan Demme, quien ya había estado detrás del tan genial como desquiciado Stop making sense. Durante mucho tiempo pensé que probablemente la magia de Hitchcock estaba dentro de sus monólogos y presentaciones en vivo, imaginándome que de escuchar un disco suyo perdería gran parte del misticismo que lo había rodeado. Fueron unos cuantos años los que me negué a escuchar al Hitchcock de estudio, pero un día terminé por bajarme I often dream of trains. Luego fueron Spooked, el reciente Ole! Tarántula y Eye. Me sorprendí al encontrar que ninguno de los discos bajaba de un nivel altísimo, no sólo desde el punto de vista letrístico, sino compositivo. Así también que, por más viejo que pareciera –bueno, no tanto- Robyn cambia de estilo con una habilidad tan camaleónica como la de sus excéntricas camisas.
Hace poco me bajé Jewels for Sophia y no lo pude dejar de escuchar. Creo que van tres días y es lo único que he escuchado en mi computadora. Hasta ahora es posiblemente el disco más parejo de todos los que vengo escuchando. En este álbum Hitchcock le da una vuelta de tuerca a sus influencias de Syd Barret, Robert Wyatt y Zimmerman –incluso, el tema que cierra y da nombre al disco tiene esa cuestión verborrágica a lo Subterranean Homesick Blues-, y es uno de los más electrificados y potentes de todos sus discos.
Uno de los grandes méritos de Robyn es el de poder incorporar elementos de la cultura pop, pero colocándolos con un encanto natural de forma que no parezca un choto namedropping que a más de un artista le queda tan artificial como el falso acento inglés de Madonna, algo que es moneda corriente en el Montevideo camp creado por diez o quince publicistas con ganas de divertirse un poco. Sólo por citar un ejemplo en una canción escondida al final: “i have a warm bath/i have a bottle of wine/i put myself to bed/ and i feel just fine/ but don't talk to me about gene hackman (…) he is in every film/ sometimes wearing a towel/ and if it’s not him/ you get andy mac dowell/ so don’t talk to me about gene hackman.
Gente, todos nos estamos acercando en perfecta paz y armonía a la hitchcockdad, pronto todo se volverá Hitchcock, y todo en cualquier lado será Hitchcock. Es verdad damas y caballeros, la hora ha llegado, es hora de hablar con ese pequeño Hitchcock que hay dentro de nosotros.
boomp3.com
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Pedro Restuccia- Capicúa
Escribir sobre un disco en el que uno formó parte –por lo menos en su inicio, oficiando de pseudo productor y escribiendo algunos temas- es una labor harto complicada, más que por la obvia falta de objetividad, por el hecho de que sólo se puede registrar el movimiento desde un punto estático (y yo me mantuve envagonado en una parte del proceso). La historia de este disco es un poco la historia de mi vida con la música, o al menos de mi condición de músico frustrado. No puedo dejar de pensar en el disco como una construcción que empezó nueve años atrás, cuando comencé a asistir a los ensayos de un trío que aún no llevaba nombre. Los lugares en donde aquello acontecía eran variadísimos, y prácticamente llegué a conocer a todos, desde el estudio de Luis Restuccia cuando aún quedaba en el Cordón, hasta la austera y microscópica sala de ensayo de Antoine, un garage enrejado que daba a la calle, regenteado por un vintenero que en cualquier descuido te cobraba demás. Epocas Nirvaneras (la línea de desarrollo standard de los quinceañeros de mi generación), con Pedro en la batería, Oliver cantando un inglés por fonética detrás del micrófono y Manteca recién aprendiendo a tocar el bajo. Luego fue el primer toque en una fiesta del London en Malvín, la sexta cuerda que siempre se le rompía al Oliver al tocar Rape Me, unos exagerados fuegos artificiales, una rubia que se había quedado mirando a un amigo, hamburguesas con queso, la vuelta triunfal en un auto lleno de instrumentos. Más tarde fueron otros toques, el nombre de la banda elegido espontáneamente en un recreo de quince minutos, una fiesta del Sagrada Familia pasada por agua por la que había faltado a una mega fiesta de quince, el fogón del San Juan como si de un Woodstock se tratase, un miércoles de noche en el boliche La comisaría con una banda difunta llamada Pol Pot, las entradas anticipadas vendidas con rigurosidad bizmarkiana, los primeros temas grabados en un casete que sigo teniendo, el inglés tan imperfecto como convencido del Oliver, la profesionalidad de Pedro, los miedos del Manteca, los eventuales toques en Plaza Mateo, y después el Living, Roxx, Apartado Bar, BJ, Pacha Mama, y yo siempre ahí, viendo aquello no tanto como un cuarto integrante, ni como un manager, sino como un documentalista que sentía que estaba formando parte de la historia.
Tiempo después, Crosstea se disolvió y luego Pedro emprendió otros proyectos a los que seguí con desigual entusiasmo. Pero en sí, este disco corona la historia de mi envidia hacia el dominio de Pedro sobre aquel terreno donde siempre me vi como un extranjero, aquel terreno del que me he limitado a teorizar y cartografiar, pero nunca explorarlo por mí mismo.
A más de dos años de empezado el proyecto, aquel cd-r con temas registrados en una toma por la grabadora multimedia de windows fueron tomando un curso propio, puliéndose, adornándose, o simplemente cambiando. Hay algunos temas que yo hubiera mantenido la belleza low fi del primer espécimen, hay temas descartados que creo que deberían haber sido incluidos, y algunos que me parecen que están demás en el disco.
Capicúa no es un disco romántico, pero está completamente atravesado por el amor. Canciones como Mejor para mí, En el aire y Sinapsis, son de aquellas que a cualquiera le dan ganas de enamorarse, una belleza tan sincera como simple que derriban hasta el más sólido y neurótico muro. Para un axolote que de tanta oscuridad se fue quedando medio ciego, por momentos la luminosidad de este disco puede ser demasiado enceguecedora, pero posiblemente en ello estriba la diferencia entre Pedro y yo, la diferencia entre una persona que se zambulle en el amor, y otro que sólo quiere hacerlo canción.
(Escuchar temas en el space de pedro)


Epílogo:
El examen es a las siete de la noche. Los ojos arden, debajo de mi remera el conocido sudor ácido del estudio –un sudor distinto del sudor deportivo, del sudor sexual, o el sudor febril-, el sueño aplacado, pero esperando trepar como un gato a la pesca de restos de comida en la mesada, y soliloquios centrífugos, las voces de Nietzsche, Gadamer, Habermas y Foucalt, rebotando en las paredes de mi cabeza como una mosca dándose contra un espejo.
Cuando llego me zambullo en la clásica histeria colectiva, abriéndome paso en la masa de gente, el vaho húmedo de respiraciones ajenas, las palabras de varias personas invadiéndome como una enredadera. Cuando llego, un tipo con un amplio canal entre sus dos paletas me dice que van llamando por nombre, y ya van por la B. Saco el machete y comienzo a cortar la maleza. En dos minutos estoy en la puerta. Le digo al profesor mi nombre. Se queda mirando la lista. Me mira. Vuelve a mirar la lista y me dice “Acevedo con s o con c?”. Le respondo sin escandalizarme ante tal obviedad. Me dice “mire, no está en el acta, si quiere vemos ahora después”. Tras unas sencillas preguntas me acabo de enterar de que inscribirme al curso no me daba metía automáticamente en el examen, habiendo tenido que registrarme por medio de internet. Le digo “ah, bueno, me equivoqué”, y el hombre me mira extrañado, como un boxeador con la guardia alta esperando un contraataque que nunca llegó. Dos semanas estudiando al pedo. Salgo de la facultad y camino por una 18 de julio que ya se empieza a poblar de la gente que saldrá en la noche. Hace calor, me quito el buzo y me lo ato a la cintura. Veo en mi sombra la imagen de un escocés caminando en 18 con su kilt, y me doy cuenta de que en el fondo lo sabía. Sin embargo, no me importa. Me toma unos segundos para darme cuenta de que no sólo no me importa, sino que estoy contento por no haberlo dado. Llamo a mis padres, a María y a unos amigos. Todos me tratan de boludo con mayor o menor severidad. Cuando corto y entro al 14, me pongo a pensar sobre lo feliz que estoy por una oportunidad mendigada a un sistema en el que estoy completamente metido, un animalito que se siente libre por cambiar de jaula, mi mala conciencia, ese instinto de libertad reprimido, encarcelado dentro mío y que sólo puede descargarse contra sí mismo.
Desde la ventanilla se ve a la gente caminar, haciendo de estos días de calor su verano privado. Se los ve contentos, o al menos divertidos.
Sobre todo a los pendejos.
Veo mi pequeño rostro en el convexo espejo del ómnibus y al doblar por Bulevar España me digo “sí, Nietzsche sentiría vergüenza de mí”.

Thursday, June 19, 2008

Snob

“El problema, my friend, es que nosotros evaluamos a las personas no por lo que son, sino por sus gustos”.
“El asunto, Agustín, es que usted viene cabalgando con una neurosis obsesiva desde su infancia”.
Con estas dos frases de comienzo similar culminó mi maratónica semana, en la que tuve un parcial de Psicolingüística –nota: Saussure no es lectura de verano-, un trabajo sobre Los Idiotas, de Lars von Trier, desde la perspectiva de Deleuze y Guattari, y las visitas a una paciente que vive en las afueras de Montevideo.
La primera charla fue fruto de una conversación telefónica con un amigo y la segunda ocurrió en mi sesión psicoanalítica del viernes. En apariencia diferentes, las dos terminan hablando de lo mismo.
No hay vuelta, desde mis tres años que vengo coleccionando cosas. En aquellos tempranos años chicanos, un amigo de mi padre me solía comprar un Thunder Cat o Cazafantasma cada vez que visitaba mi casa. En cuestión de unos años tuve casi todos los muñecos de estas series, confirmándolo a través de un catálogo que figuraba en el reverso de la caja de los mismos. La primera letra que aprendí posiblemente no haya sido la A de mi nombre, sino la X con que marcaba los juguetes que ya tenía. A esos se le fueron agregando los Superamigos, los GI Joe –que no me entusiasmaban mucho-, las Tortugas Ninja (siempre anhelé tener el Tecnódromo, pero en Uruguay no se vendían, y si así lo fuese, habría valido un riñón), el elegantísimo Subbuteo y los dementes Dragon Ball Z y Masked Raider -fruto del pasaje de mi padre por el fútbol japonés.
Los coleccionistas más pro suelen mantener a sus action figures dentro de sus respectivas cajas, perdiendo una gran cantidad de valor de ser extraídos de las mismas. Sin embargo, yo no llegaba a tales extremos, jugando bastante con ellos. Una característica particular de mi afición a los juguetes era que, a diferencia de mis compañeros, cuyos cuartos parecían un Hiroshima repleto de cabezas y miembros de muñecos articulados, más allá de haberle dado un tremendo uso, son muy pocos los que se han roto en todo este tiempo.
Hace un tiempo mi madre estaba conversando con mi novia y hablando sobre enfermedades, la muerte, la vejez, etc. terminó diciendo “a mí lo que me preocupa es el desorden que quedaría si yo me muriera”. Es un comentario que, más allá de lo trágico, es tremendamente gracioso, y ciertamente, una linda postal de la obsesión por el orden de mi madre. Como la usina del significante dando cause transformando en energía lo real, mi madre diseñó un cierto orden en mi cada vez más dilatada estantería, separando a los muñecos por categorías, tamaños y exigencias de postura –los más enclenques solían ser recostados contra la pared, por razones obvias-. Algunos años después vendrían los álbumes de figuritas, las Pepsi Cards, los dados de Rol, los discos y los libros, y eventualmente todos aquellos muñecos fueron a parar a un baúl, pero de cierto modo lo que permanece de aquello es el orden, como un espíritu que persiste reencarnándose en los diferentes objetos que desfilan en esos estantes.
Sin lugar a dudas, mi mayor obsesión son los discos, al extremo de querer comprar el Velvet Underground and Nico, cuando mi hermana ya lo tiene en su repisa del cuarto de al lado, a dos escasos metros de mi habitación. No es un mero impulso exhibicionista, cada disco contiene, detrás de su cajita de plástico o de cartón, un momento encapsulado, como esos mosquitos prehistóricos solidificados en ambar, portando en su ADN la huella de un tiempo y lugar pasado, inaccesible por otros medios. Tomo el Pablo Honey de Radiohead, y recuerdo el día nublado en que terminó en mi estantería, el trayecto de ómnibus desde el cementerio del Buceo (donde acababa de presenciar el entierro de mi abuelo) hasta el Punta Carretas donde lo compré con expectativas que se derrumbarían ante la segunda o tercera escucha. Tomo el Daydream Nation, recuerdo el gusto de las Lays con Salsa Valentina, la teenage angst tardía en un viaje que más que viaje era exilio. Tomo el Uno con uno y así sucesivamente, y recuerdo la encarnizada competencia entre Santiago y yo por ver quién era el que lo compraba antes, la retención en la aduana que retardó la llegada del disco, la cara de Santiago baboseándome mientras me lo mostraba en sus manos el retratos de Pedro Dalton comiendo cerebros, sin permitirme siquiera tocarlo. Tomo el vinilo de Love songs for patriots, recuerdo el sentimiento de saber que nunca lo iba a conseguir, y aquella mañana de sábado que lo encontré en las bateas de Ernesto, luego de un parcial fatídico. Y recuerdo incluso esos otros discos, de los que ni siquiera me gusta traer a mención, también comprados en las circunstancias más variables posibles. Ocho años atrás le mostraba los 3:47 minutos de un tema a un amigo, poniendo el tubo de teléfono contra uno de los parlantes, compartiendo aquel hallazgo como si hubiera encontrado petróleo tras un balazo en el suelo; hoy en día me encuentro con ese disco observándome desde el estante y le respondo su mirada con una cariñosa vergüenza.

Hace unos cuantos meses Brunomilan escribía sobre la historia de su primer compilado, derrotero por el que casi todos los nacidos en los ochenta pasamos alguna vez. El hecho de que el 90% de nuestros músicos favoritos de la adolescencia van a tener que pasar por sus juicios de Nuremberg a nuestros veinte-veinticinco años es un hecho casi científico, pero más allá de eso, tal como lo señalaba antes, uno no puede terminar odiando a aquellos discos, ya que los gustos de uno se sostienen por los sucios andamios de sus fanatismos pasados.
En aquel post, ya que todos andábamos sacando los trapitos al sol, se me ocurrió buscar entre los casetes algunos de mis compilados quinceañeros. En aquellos tiempos internet era visto como una cuestión exclusiva de pornocos, cazadores de ovnis y fanáticos del Command and Conquer, quedando la posibilidad de bajar material musical bastante fuera de cuestión. Más allá de que existiera el Napster, las descargas no solían pasar la velocidad de los 5k por segundo, y bajarse un tema de seis megas era una labor que exigía demasiada paciencia, por no decir ataraxia budista. Por esta misma razón, el método era las grabaciones hechas por amigos, generalmente disgregadas en ensaladas, con canciones que en algunos momentos se solapaban, entremezclándose con antiguas grabaciones, o simplemente desintegrándose. Me llama la atención la intensidad del miedo por el resurgimiento de la cultura del single, circunstancialmente impulsada por la internet y las frenéticas descargas en celular. Si hubo una época single-oriented, era aquellos años del casete, en que un amigo te grababa un tema amputado del resto del disco, a veces afanados directamente de la radio, sin siquiera saber el nombre del artista, o mucho menos el disco en cuestión. Recuerdo particularmente el caso de un compañero de inglés que para grabarse un tema unplugged de Kiss aproximó el micrófono de una grabadora al televisor, poniendo rec y capturando las tres cuartas partes de aquella canción que tanto le gustaba. Incluso, en una parte del solo de Ace Freeley se escuchaba el timbre y los ladridos de una perra Rottweiler que mi amigo solía pasear (o que lo paseaba a él, considerando las dimensiones de hobbit del flaco). A varios de mi grupo proto-melómano del instituto les gustaba ese tema, e hicieron algunas cuantas copias de aquella cinta. Calco sobre calco sobre calco. Me da risa imaginarme cuál debía ser el producto final de todo eso, posiblemente una granulosa pasta de ruido, con algunas versos y estribillos reconocibles emergiendo como apéndices dispersos. Pero sí, la verdadera cultura del single estaba inconscientemente en su apogeo en aquella época, donde todos consumíamos lo que podíamos, de la forma más irresponsable, inmediata y poco ortodoxa que estaba a nuestro alcance.
Ahora reviso y en ese rizoma de cintas y plástico encuentro algunos cuantos de estos compilados, uno con canciones predominantemente románticas para escuchar en la noche, otro con temas sueltos de Pearl Jam, otro titulado “Colección de canciones bizarras grabadas por el Oliver”, con algunos temas de Marilyn Manson y Chopper (sí, Chopperrr), entre muchos otros como el que les dejo abajo (y que incluye a ciertas bandas imperdonables, ya lo sé, but we we're young and innocent)
Entre muchas algunas que figuran en el reverso de aquel casete hay una en especial que me llama la atención: Live. Ahora que lo pienso, aquel era un gusto desconcertantemente original. Porque no era sencillamente que me gustara. No era que me hubiera colgado con Selling the drama, o algunos de esos escasos hits que mantuvieron en sus manos como majugas en calderín. No, era un verdadero fanático de la banda. Pongo el casete, escucho los temas y más allá de ciertos falsetes incómodos del pelado y una lírica con muchos lugares comunes onda Krishnamurti for dummies, reconozco que, quizás movido por cierta nostalgia, algunos cuantos temas suyos me siguen gustando. Sin embargo, lo verdaderamente extraño es que nunca conocí a nadie que le gustara la banda. En ocho años lo más cercano a un fan que conocí fue un compañero de facultad que sabía interpretar en la guitarra algunos temas de la Live, sin recordar dónde los aprendió.
El asunto intrigante de Live es que encontrar a alguien que se declare fanático de ellos es más extraño que ubicar a alguien cuya banda favorita sea Nurse with wound. Siendo la última perteneciente a un terreno sólo reservado para melómanos en terapia intensiva, Live juega a la gallinita ciega en ese terreno de transición entre lo maintream y lo indie, lo populachero y lo culto, sin ser lo suficientemente buenos para entrar en los anales indiscutibles del rock, ni lo suficientemente malos para generar alguna especie de culto bizarro. Incluso, no tiene un sonido particular que lo identifique con su época, pudiendo ser una banda de los noventa tanto como de los ochenta. No, Live queda en un Sarajevo, un lugar asintótico en el cual no hay ninguna arista que toque de lleno a ningún lado, siendo el resultado de esto quedar ninguneado por todos los subgéneros. Y eso, para el Agustín de quince años que le supo dedicar muchísimas noches de escucha, era algo muy bueno.
Uno de los mayores miedos para los melómanos incipientes era precisamente que aquella banda que tanto le gustaba se volviese popular. Ahora que lo pienso, no era tanto el hecho de que le gustara a mucha gente, sino a quién le gustaba. Que algo le gustara a una considerable cantidad de personas –salvo los axiomáticos Beatles, o los Rolling Stones- era algo sospechoso, y que aquel grueso de personas estuviese integrado por rugbiers o ex tarimeros, era la confirmación definitiva de que la banda había fracasado como candidata de formación identitaria. Pero mientras las cosas se mantuviesen controladas y nos sintiésemos especiales, no había nada de qué temer, y ciertamente encontrarte con alguien que fuera fanático de Radiohead, The Cure, o la banda que a uno le gustase formaba un lazo de hermandad automático.
Recuerdo la primer fan de Radiohead que conocí en mi vida. Dentro de mi generación eramos pocos los que conocíamos a Radiohead, y muchos menos los que lo seguían tan incondicionalmente como yo. A las mujeres, por su parte, no parecían gustarle nada específicamente, y de gustarle algo, solía ser una banda que le gustaban a sus novios, o alguna banda que tuviera en la radio una redundante y absurda incidencia comparable a la boda de Wanda Nara en los medios argentinos.
Me había tomado varios días dibujar una camiseta enteramente tapizada con letras, logos y e imaginería iconográfica de la banda. Incluso había logrado algunas caricaturas de Thom Yorke y Johnny Greenwod en cada una de las mangas que aún en el presente me siguen pareciendo convincentes. El lugar: La fiesta de la canción, un festival realizado anualmente en Los Maristas con bandas wannabes de los Guns’n Roses y La vela puerca. Era la tercer versión de Sweet Child o’ mine en la noche y algunos de mis amigos se fueron al fondo, mientras yo me quedaba escuchando al torpe imitador de Slash, movido por el ánimo morboso de ver cuántas veces la pifiaba. En aquella época era un cero redondo con las mujeres, y más allá de que había algunas cuantas tipas bastante lindas a mi alrededor, la tradición de fracasos parecía tan inexorable y naturalizada que me había desentendido del asunto del levante. Como dije, estaba sólo y viendo cómo la banda terminaba de tocar como pidiendo la hora, cuando sentí una uña tocar mi hombro. Giré hacia mi costado y entonces la vi. Era una tipa bastante pálida, con una bincha negra apartándole el pelo de la cara y lentes de armazón negro. Tenía un tapado acampanado, de esos sintéticos y acolchonados que solían verse en las indumentarias de los góticos, pero la chica no tenía el maquillaje distintivo, ni crucifijos, ni cualquier barroquismo del estilo. Me había quedado viendo cómo movía la boca, cayendo tarde a la noción de que me quería decir algo. Le pedí que hablara más fuerte. Se acercó a decirme algo en el oído. Me acuerdo de su cachete rozando el mío, y las palabras gritadas contra mi oreja. ¿Te gusta Radiohead? Le dije que sí, que si lo decía por mi camiseta, pero ella no me escuchó, por lo que esta vez yo tuve que acercarme a su oreja, cosa que me gustó aún más, porque mientras le hablaba podía olerle un casi imperceptible rastro de perfume. Le gustaba Radiohead, pero los discos de la línea más brit pop, como el The Bends. En aquellos tiempos yo andaba fascinado con el Kid A, pero hablé maravillas de los dos primeros discos, incluso del Pablo Honey, que en realidad no me convencía para nada. Además de Radiohead le gustaba Led Zeppelin, Los Beatles y algunos discos de música clásica que había en la casa de su viejo. Sus padres estaban separados, y aparentemente era una situación cargada de disputas y resentimiento. No tenía novio, o al menos nunca lo trajo a mención, y había cursado un solo año en el San Juan, liceo del que guardaba los peores de sus recuerdos. Yo trataba de seguirle la conversación, pero funcionaba con piloto automático, dándole la razón en cosas que ni siquiera llegaba a escuchar del todo, y tratando de retomar el tema de la banda. El hecho de que le gustara Radiohead y que hubiera reconocido algunos de los logos de mi camiseta eran un hecho sobrecogedoramente emocionante, y no tardé en darme cuenta de que me había colgado con aquella tipa. La conversación en sí duró el repertorio de una banda que naturalmente ni la noté en el escenario. Cuando terminó la última canción, ella se levantó diciéndome que se tenía que encontrar con sus amigas. Nos saludamos y vi cómo se iba con aquel tapado que le pasaba las rodillas, ideando formas para encontrármela algún día, en otro momento, en otro lugar. Fue ahí que me di cuenta que nunca nos pasamos los nombres. Me había quedado tan pendiente de sus gustos musicales que me había olvidado de su nombre. Pensé buscarla y preguntárselo, pero aquello iba a resultar pesado o incómodo. Recuerdo la vuelta a casa, un duelo de diez cuadras en el que ideábamos con mis amigos formas de volverla a encontrar. Me acosté sin poder dormir y escuchando el The Bends, imaginándomela a ella escuchando aquel disco en ese mismo momento. Fue en Fake Plastic Trees que se iluminó la habitación. Saqué los anuarios del liceo, revisando una por una las clases del 98’, 99’ y 2000’. Ante su anonimato, su búsqueda era complicada, y a primera vista no la había encontrado. Casi me estaba rindiendo cuanto la encontré como si fuera un Wally sin el buzo a rayas, perdido entre el torrente hormonal del 3ero C. Tenía el pelo largo y enmarañado, más castaño y diferente al corto, lacio y cubierto por una vincha que había visto en aquel concierto. Su ropa también era diferente, una gruesa polera verde, junto a unos jeans azules que contrastaban con el monocromo sintético de aquella noche. Fue ahí que supe su nombre y apellido. Incluso llegué a conseguir su teléfono, via una amigo de ella que me contó que andaba con problemas en la familia y dándole a la ketamina bastante seguido, pero entre mi inoperancia y las faltas de buenas coartadas para llamarla, terminé hasta olvidándome de su nombre.
Ahora escribo esto y trato de acordármelo, y ciertamente podría disiparme la duda con sólo consultar aquel anuario, pero entonces me doy cuenta de que la prefiero dejar así, como aquella chica Radiohead que conocí a mis dieciséis años.

Con el tiempo y ante la apertura de ciertos círculos uno va conociendo gente más afín a sus gustos. El grueso de mis amigos no liceales se caracteriza por una serie de intereses e inclinaciones afines, ya sea dentro de la música, el cine o la literatura. Al mismo tiempo, es prácticamente insoslayable el handicap que se le forma a alguna tipa que diga que tiene posters de Axel en su cuarto, o algún compañero de facultad que afirme que su escritor favorito es, pongámosle, Jorge Bucay...
Sin embargo, uno se va dando cuenta de que los gustos afines con las personas, y más que nada con las del sexo opuesto, si bien suelen ser algunas extra balls para la relación, es algo bastante engañoso en términos sexuales o amorosos.
En mi momento más enfermizamente cortazariano comencé a salir con una fanática de Rayuela. Era primero de facultad, ninguno conocíamos a nadie y nos hicimos automáticamente amigos (precisamente nos conocimos porque llevaba un ejemplar de la novela bajo el brazo a todo lado que fuese). El libro era verdaderamente un nexo, el tablón que cruzaba el vacío conectando los dos apartamentos, la piedrita que nos hacía avanzar de casillas. Después empezamos a salir. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que ella estaba colgada conmigo, pero yo estaba colgado con la imagen que ella tenía de mí. Fue recién después de cortar con ella que me di cuenta de que nos habíamos enfrascado tanto en el libro y sus personajes que en la relación hacíamos como una interpretación de Oliveira y La Maga con resultados poco auspiciosos. Tuve que darme unas cuantas veces la cabeza contra la pared para darme cuenta de que por más romántico que parezca andar sin buscarse pero sabiendo que se anda para encontrarse, Oliveira no es un tipo muy crá que digamos, y salvo alguna persona muy optimista, todos sabemos lo que pasa con él en el capítulo 56.
Unos efectos extraños que no estaban en las contraindicaciones de la cultura es toda esa movida indie o cool que se autosuntenta hoy en día, pero a base de limar sus aristas, ser simplificada a meras formas, gestos y poses. El concepto se diluye en el logo, la música en mito –o el chisme-, y la autorreferencialidad indie se convierte en un mero guiño-cuando no un tic- de un producto o subproducto que intenta rellenar cual grano incipiente un nuevo jueco en la epidermiz del mercado(y si no, vean la indie-über-cute Juno). En fin, la vieja historia de un impulso empaquetado y vendido en serie... nada de qué aterrarse.
Sin embargo, antes de que las bananas warholianas se vieran estiradas por la tetas de quinceañeras ignorantes de nombres como los de Lou Reed o John Cale, me sucedió un hecho que posiblemente podría haber sido el comienzo del fin.
Cuando estaba en primero de facultad fui a sacarme unas foto-carné exigida para comienzos de clases. Luego de batallar desganadamente con una fotógrafa que quería ser Mapplethorpe, metí dentro de un sobre las cinco copias que más me habían gustado y me aproximé hacia la caja. Había una cola de unas cuatro personas, y no tardé en reparar en una rubia muy veraniega que estaba delante de mí. Tenía una hawaianas, una musculosa y una pollera blanca hasta los tobillos, de esas con algunos cuantos volados que están en la fina línea que separa al hippismo de lo cool y lo sucio. Tenía el pelo lacio, cayendo recto hacia los hombros tatuados blancamente por un bikini intransigente. Es así que en una de esas se hace una colita de caballo y en aquel sector del cuello que tanto le obsesionaba a Onetti, esa pequeña parcela de nuca donde el pelo no es cabello, le veo el símbolo de
EINSTÜRZENDE NEUBAUTEN!!!
Aquello era desconcertante. Todas las ideas que me había hecho de aquella mujer se me hicieron añicos. Traté de contenerme durante unos minutos, pero inevitablemente terminé cediendo a mi éxtasis de emoción, hormonas y snobismo. Me acerqué, y desde atrás le dije
-Qué grande Blixa Bargeld…
La tipa me dijo “¿QUE?” como si le hubiera dicho un piropo onda con ese culo te invito a cagar a mi casa en alemán.
La charla posterior fue muy diferente de las emocionante fusión de almas que me había imaginado, teniéndole que explicar en varios minutos que aquello que tenía en el cuello no era un dibujo tribal, y que su tatuador de Floripa debió haber sido un tipo con mucha onda.


Epílogo:
Había alquilado La cáscara, dudando considerablemente de que fuera buena ante la cara de gil de ese tipo que aparece en la portada del DVD. En todo caso, la había alquilado un poco para ponerme al día de cómo es la actualidad cinematográfica uruguaya, y otro poco para encausar de una manera civilizada mis instintos más sádicos. Estrenábamos aparato de DVD y nos acercamos la estufa para resguardarnos del frío. María había trabajado diez horas, y la posibilidad de que resultara una baja en el transcurso del film era más que posible. Sin muchos preámbulos pusimos play.
La música se escucha bastante baja, y en unas oficinas en donde predominan los colores pálidos. Se ve a Pedro preparándose para una importante entrevista de trabajo. Luego aparecía Camarotta, que al parecer era el compañero de trabajo del protagonista. La historia hubiera seguido su transcurso normal, a no ser por un detalle: no se escuchaban los diálogos. No, ni una palabra. Cada tanto se escuchaba la música, algún automóvil que pasaba, la voz en off del protagonista, pero todo lo que sucedía entre los personajes era presenciado como ver a una pareja discutiendo en el apartamento del frente, sin tener idea de qué específicamente se está hablando. Fue más o menos a los cinco minutos que María llamó la atención sobre lo raro que era que por más que se vieran los labios moviéndose, no se registrara diálogo alguno. Sacando algo de academicismo del baúl, le contesté a María que en realidad era un interesante movimiento, el de proponer diálogos mudos y abiertos, en los que el espectador rellene las guestalts a su parecer, consolidándose así tantas versiones del film como espectadores. Cada uno podría crear mentalmente su historia de diálogos, y así aquello terminaría como un metaguión coescrito por los miles (¿?) de espectadores que verían el film en el cine o en la casa. María aguantó unos minutos más de charlas mudas, y al final terminó preguntándome si estaba seguro de si no había ningún problema con los cables, o el televisor. Con demarcada autosuficiencia le contesté que en todo caso, fueron las ideas del director, y que algo de interesante tenía todo aquello. Maria resopló y se terminó durmiendo a los pocos minutos. Yo estaba concentrado en ir esculpiendo las ficciones que se creaban entre aquellos espacios vacíos y mudos. Sin embargo, a eso de los veinte minutos comencé a percatarme de que me sentía incómodo. Entendía la intransigencia vanguardística del director, pero a partir de cierto momentos, la labor de relleno comenzó a resultar desgastante. Fue ahí que se me ocurrió salir de esa escena e ir a la sección de menú, donde se podía elegir el formato de audio. Ahí me di cuenta de que la película había estado todo el tiempo en formato 5.1, cuando el aparato nuevo de DVD sólo podía registrar los 2.0. Realicé este pequeño ajuste, y entonces escuché por primer vez en la película la voz de Gonzalo Cammarota. Literalmente sonrojado, reboviné y comencé a ver la película desde cero, descubriendo los verdaderos diálogos que mis guestalts y snobismo intentaron tapar.
La película resultó ser no muy buena, pero tampoco tan mala como me la prefiguraba. María se despertó justo cuando estaban los créditos. Me pregunta qué había sido de la película y decido no contarle sobre el pequeño gag tecnológico, diciéndole que a eso de los cuarenta minutos recién aparecen los diálogos. María dice “que embole”, y antes de que yo pueda inventar una defensa o divagante excusa cinematográdica, vuelve a cerrar los ojos, diciéndome entredormida algunas palabras pastosas que no puedo decodificar. Es ahí que viéndola dormida, hecha un ovillo sobre el sillón, me doy cuenta de que cosas como estas me recuerdan por qué estoy ennoviado con ella.