Tuesday, March 31, 2009

There were business as usual, with the same old fears and frustrations
Pasé de la cocina al living y vi a mi perro con la lengua para afuera, como si fuera el perro de Dyer en este cuadro de Bacon. Lo había divisado con el rabillo del ojo, di unos tres pasos. Cada uno de ellos era una posible explicación de lo que acababa de ver. Al cuarto paso me detuve. Iba a ver de vuelta Tropic Thunder en el DVD, pero giré lentamente sobre mis talones y lo vi. Estaba hecho un ovillo, la lengua para afuera, pero no la misma lengua que había visto durante los últimos trece años. Era una lengua pesada, como esas que me impresionaban tanto cuando era niño al ir a las carnicerías con mi madre. Siempre me dije que podría comer cualquier cosa, sesos, tripas, ojos, pero nunca esas lenguas entumecidas que me observaban como GeoDucks esperando comunicarme una sola palabra amputada. Pero mi perro estaba ahí y me puse a intentar divisar algún signo vital. No parecía moverse, chequeé visualmente las costillas y no se inflaban y desinflaban como uno puede se puede esperar. Pasaron diez segundos y ahí me invadió el pánico. Crucé el living, caminé a paso rápido por el corredor (pensé en trotar, pero preferí caminar para no generar sospechas, ¿pero sospechas a quién?) y me encerré en el cuarto. Me quedé ahí en silencio. El libro de Carver ya lo había terminado. Iba a releer unas cosas de Felipe Polleri, pero tras pasar una carilla la imagen de la boca abierta de mi perro, esa lengua independiente como un cangrejo saliendo de su caparazón, revoloteaba sobre mi cabeza, como una polilla desquiciada regando como un avión a chorro todo su polvo ceniciento. Puse His ‘n’ hers de Pulp y lo saqué en seguida, pensando que si se moría mi perro, esa canción iba a estar condenada a estar por siempre asociada con aquella muerte. Sin más que hacer, me quedé sentado en mi cama. Esperando. Me di cuenta de que lo que realmente me aterrorizaba no era la muerte de mi perro (aceptémoslo, tiene trece años y un tumor cerebral que le genera cada tantos unos ataques dignos de Ian Curtis), sino el hecho de ser yo quien encontrara su cuerpo. Entonces estaba ahí, esperando lo inevitable. Estaba con la vista en mi estantería y con la puerta trancada. Pensaba “ahora mi madre va a gritar y va a ser oficial”. Pasaron doce, veinte minutos. No hubo ningún grito. Mi madre preparaba la comida, por lo que capaz que todavía no había llegado a ver el cuerpo en el living. “Tengo que decirlo”, y pensaba que dos años atrás me tocó enterrar el boxer de María. Estábamos viendo un E-true Hollywood Story sobre la vida de alguien que no le importaba a nadie y entra la madre, se queda mirando el suelo y dice “Max?...”. Con solo la pregunta, sin la respuesta o la no respuesta de Max, María y yo supimos que ya estaba muerto, que había muerto entre nosotros sin ningún dramatismo, tan natural como la tos de alguien durmiendo. Ni bien me di cuenta del asunto realicé todo con la frialdad de un obrero cárnico. Tomé la pala, hice un pozo en el jardín, tomé el cuerpo de las dos patas, lo arrojé y lo tapé. Apisoné la tierra con los pies. La alisé con la pala. Fueron minutos después cuando todos los perros de la manzana comenzaron a aullar. Yo soy un hombre de ciencia, y no quise expresar aquel escalofrío a María, que miraba hacia el sol tapado por las nubes sabiendo lo que yo pensaba, y sabiendo que yo sabía que ella sabía. Se quedó en silencio y dijo “me dijeron que hay un truco para hacer que se callen todos los perros”. Yo le pregunté cuál y ella me pidió que me sacara los zapatos. Me los saqué sin preguntar nada y puso el derecho arriba del izquierdo. En el mismo momento que los puso, los perros dejaron de aullar. No dijimos nada, pero nunca presencié nada igual a aquello.
Fue recién cinco horas después que me di cuenta de todo lo que había ocurrido. Vi la tierra entre mis uñas y de repente todo se había vuelto completamente absurdo, mis apuntes, las listas de discos que me quería comprar diagramados en mi cabeza, alguna mina que me estaba mirando –o no- en la clase, la vuelta en el 121 a mi casa.
Ahora estaba en una situación similar, solo que en vez de tomar la pala, no podía hacer otra cosa que estar encerrado en el cuarto, sólo esperando que lo terrible se presentara, como un entomólogo esperando a que una mariposa salga del capullo. La asociación no es gratuita, ahora que lo pienso. Había leído por ahí que Aristóteles –que entre las quinientas mil cosas que hacía, era un entomólogo envidiable- nunca quiso tratar mucho el tema de las mariposas, o más bien, el tema de las metamorfosis de la cristálida en mariposa. La conclusión que sacaba un historiador sobre el respestuoso silencio de Aristóteles, era que la mariposa -uno de los animales más asociados con lo vital, la plenitud- no era un nuevo ser regenerado, sino el espíritu desprendiéndose del cadáver. También pensaba en esa teoría cuántica de que si uno echa ácido sulfúrico en una caja cerrada con un gato adentro, antes de abrir la caja para ver cuales son los resultados, el gato está vivo y muerto al mismo tiempo. Entonces me daba cuenta de que estaba pensando en mariposas, cajas y gatos para olvidarme por un segundo de que no muy lejos habia un jodido perro muerto en el living. Sí, todos esos rodeos teóricos se extinguían ante la posibilidad del grito de mi madre diciendo “Agustín, por favor, vení”.
Y lo esperé.
Y se hicieron una hora y media.
Fue entonces que escuché el grito de mi madre, pero como nunca lo habría imaginado, completamente calmo, diciéndome que estaba lista la comida. Caminé por el corredor con cada paso pensado como si fuese el último. Ibamos a comer en el living. Ibamos a comer en el living con un perro muerto. Por un momento se me ocurrió la loca de que íbamos a comernos a nuestro propio perro. Pero entonces llego y está Blas parado en sus cuatro patas, esperando poder garronear algo del nuevo novio de mi hermana.
Verlo es casi como ver a un fantasma. Mi pecho se llena de nuevo aire.
Mi madre: ¿le ponés huevo duro a la ensalada?
Yo: “no, así esta bien”.

Este es un post que una gran cantidad de gente odiaría leer –y que posiblemente ni se atreverá a hacerlo- ya que se basa en esa cuestión tan terrible que es la de la revelación de finales de películas. Fue a partir de una conversación que tuve con Guzmán, en la que hablábamos de los finales de películas con explosiones incluidas. Para Guzmán era una mera excusa para hablar de Dr. Strangelove, con esa escena del Cowboy cabalgando una B-2, mientras que yo me puse a recordar aquella divagante vuelta de tuerca de Zabriske Point y el final de Fight Club. Pero después la conversación comenzó a reprocesarse en mi cabeza y terminó con la lista de mis once finales favoritos del cine, que, como es de costumbre, hicieron sinapsis con esa región de mi cortex cerebral cuyo nombre científico es “Esto puede servir para un post”.
Sin más que decir, acá la lista:


11-Sleepaway camp (Robert Hiltzik, 1983)
Sleepaway camp es de esas películas que podrían aparecer en una desidiosa grilla televisiva de viernes trece, una imagen de fondo agitándose en el televisor de un pijama party en donde toda los púberes están más interesados en jugar al juego de la botella que en sentir auténtico terror. La película está fulera en varios sentidos, y en sus 5/6 de film no se separa mucho de las exigencias del género slasher, sólo que en vez de adolescentes al borde de la adultez –como se suele optar en la mayoría de las películas, generalmente para poder mostrar más tetas sin reparos de conciencia- acá son púberes, preadolescentes, que más allá de su edad –o me gustaría dejar de ser un viejo y decir por su edad- son bastante cachondos y putean como marineros. Naturalmente, comienzan a sucederse asesinatos, casi todos efectuados en un marco que se garantizan el beneficio de la duda: nada de machetazos de lleno en el cráneo, acá hay ahogamientos, gente calcinándose con hoyas de agua hirviendo, bullies comidos por las abejas, o sea, pretty ambiguous stuff. Recién en la recta final la cosa se pone más jodida, y casi como en un killer rampage digno del amok malasio, se mata a una considerable cantidad de niños y animadores. Bueno, hasta acá nada fuera de lo común, pero todo se va a la mierda, a la recontra mierda en el final. La película estaba centrada sobre un chico y su prima, una niña cohibida menos sensual que Joey Ramone en tanga que intenta esquivar todas las bravuconerías del resto de los niños en esos Summer Camps tan obsesivamente citados en las películas yanquis. Más allá de la apariencia inentrable de la niña y su personalidad acorde, las situaciones se dan para que un chico sensible y gentil comience a cortejarla. Cuando comienza a enamorarse, todo se va downhill porque el pibe bueno termina cayendo presa del cachondeo de una pendeja que parece que sufriera de fiebre uterina. Es ahí que, al mejor estilo homérico, cae el puño de los dioses sobre el campamento, produciéndose el festín sangriento que había mencionado unos renglones más arriba. A pocos minutos de este terrible encadenamiento, vemos que, más allá del rencor, la niña invita al chico que la cortejaba a nadar en el lago. Es ahí donde viene el momento completamente wtf del film –posiblemente uno de los más bizarros que haya presenciado. Uno de los animadores sobrevivientes se acerca a la niña y ve que está acariciando la cabeza de su enamorado. Cuando se acercan un poco más, se dan cuenta de que es exactamente eso: sólo la cabeza. El tipo le dice algo a la niña y ella se levanta. Un zoom out va pasando de la cara –un gesto terrorífico, casi inhumano se talla en su rostro- al resto del cuerpo. Está desnuda. Cuando la cámara llega a enmarcarla más allá de la cintura la vemos. La vemos.
Un pene.
La niña era un niño.
Eso no explica nada, no sirve para justificar nada de la película –los asesinatos no necesitaban ninguna fuerza particularmente masculina ya que eran más astutos que fieros-, pero funciona de una manera perturbadoramente efectiva. Toda la gente que conozco flipó con aquel final, y la conclusión que se puede sacar no es que su constructo simbólico se descalabra sobre la revelación de que la asesina es quien menos esperaban –más o menos, la estructura nitrogenada de cualquier film del tipo whodunnit-, ni tampoco en el hecho de descubrir que la niña no era tal cosa. No, lo que resulta terrorífico no es nada de aquello, no es nada metafórico ni metonímico, es sencillamente eso: el pene. Ese pene suelto, perdido en un lugar donde no debería estar. Una parte que se morfa al todo, un agujero negro que destruye las gestalts. El impacto es casi omnipresentemente efectivo porque toca la fibra misma del núcleo duro de cualquier situación traumática. Una súbita invasión de lo real, con un sistema simbólico que no puede encorsetarlo dentro de su red. Todos en Sleepaway Camp se quedan paralizados, no por lo que debería ser narrativamente impactante –digo, a mi por lo menos me impactaría descubrir un@ asesin@ con la cabeza decapitada de un niño en su regazo-, sino por un objeto sencillo, perdido en un lugar donde no tendría que estar.

10-Usual suspects (Bryan Singer, 1995)
La historia de las vueltas de tuerca vienen de mucho tiempo atrás y posiblemente se remitan aún más allá de El gabinete del doctor Caligary (cuando se plantea que toda la historia había sido producto del delirio de un internado en un psiquiátrico). Sin embargo, desde mediados de los noventa hasta nuestros tiempos recientes el recurso se fue banalizado, vilipendiando, usándoselo de manera indiscriminada y muchas veces errónea. Uno ya llega a ver las películas sabiendo que a cierto minuto del film, generalmente al 4/5 del film, la historia pegará un vuelco que nos dejará a todos contentos. El final inesperado, el mago saca otro aburrido conejo de la galera. Y todos contentos. Me acuerdo el final de Sexto sentido. El desarrollo de la película era casi como una mera excusa para el final. Era la primera vez que el final estaba más publicitado que el film en sí –con todos los riesgos que ello acarrea-. Posiblemente el hecho de que todos me dijeran lo increíble que era aquella vuelta de tuerca, terminó por decepcionarme, o anticiparme a lo que iba a ocurrir. Por aquella época no sabía mucho de cine, y más allá de que me pareció el final ciertamente inflado, no fue algo que me molestó de sobremanera. Sin embargo, viendo el resto de la filmografía de Shyalaman me di cuenta de que no tardó en convertirse en un one-trick-director. Sus filmes eran teleológicos, pero en el mal sentido de la palabra. Estaban articulados en base a eso, en el momento de deslumbramiento en donde nos damos cuenta de que el protagonista es un fantasma, o en donde nos damos cuenta de que una pueblo rural del siglo XIX es en realidad una especie de comunidad Amish hipertrofiada, existente en la actualidad. Lo malo de este tipo de finales es que lisa y llanamente nos están forreando. El director sabe algo que nosotros no sabemos y nos lo muestra al final. Está jugando con nosotros. Se dedica a patear la pelota al banderín del corner para encajarnos un contragolpe al final. Diría más, tiene comprado al juez. El es el juez. Las vueltas de tuerca –tal como me lo dijo Darío en una ocasión- tienen sentido en tanto se presenten y tengan coherencia con material ofrecido al espectador. Se puede concebir la omnisciencia del narrador, pero en el caso de este tipo de finales, aquello termina resultando una asimetría molesta, hipócrita, altanera. En cierto modo no sé hasta qué punto Usual Suspects se somete o no a tales imperativos. Hacía tiempo tenía ganas de verla, pero temía aquella triste sensación presenciar el mal envejecimiento del film, o que no está a la altura de su recuerdo. Sin embargo, el final funciona, y sigue impactando cómo se va enderezando la pierna de Kevin Spacey mientras se va de la sala de interrogatorio y al detective se le cae en raelenti su taza de café.
09-Mi mejor amigo (Werner Herzog)
El binomio Herzog-Kinski era un compuesto que en sus uniones y separaciones generaban mayor energía que la de dos núcleos de uranio. Uno ha leído, estudiado, e incluso conocido relaciones enmarcadas en una dinámica amor y odio, pero en la bina H/K el lenguaje se queda corto, o al menos hay que repensar la idea de odio y amor desde sus bases. Porque vamos a ser claros, estamos hablando de dos personas que llegaron a planear la muerte del otro, donde incluso, ante la amenaza que Kinski abandonase el rodaje de Fitzcarraldo, Herzog lo obligó a terminar con una escopeta del otro lado de la cámara. Ante tales situaciones, uno pensaría, "bueno, acá se acabó", pero luego se dieron nuevos encuentros, nuevas cofradías, nuevas películas en donde los conflictos de siempre aparecían, al borde de lo físico, como si fuesen dos polillas drogadas revoloteando alrededor de una lámpara, sabiendo que bastan dos centímetros más, dos centímetros menos, para morir de un golpe de corriente. Y posiblemente los dos eran bombillas y lámparas entre ellos. Dos dopplegängers, todo lo que uno no era lo era el otro, y en su separación nunca iban a ser los mismos –no es sorpresa que aún hoy los films más inolvidables de Kinski y de Herzog son los que estuvieron en colaboración.
Mi mejor amigo siempre pivotea entre el inmenso afecto, el odio y el terror que le generaba Klaus Kinski a Herzog. En el mismo documental, casi se lo presenta, más que como una persona, como una fuerza en bruto indomable, un toro que uno puede utilizar para arado pero que en cualquier momento puede enterrarte una cornada, algo que se ve en la misma comunión con la naturaleza casi romántica que caracteriza la obra y el pensamiento de Herzog.
El día que murió Kinski, Herzog dijo que, en cierto modo, sintió un extraño e innombrable alivio. El destino estaba marcado, nadie puede actuar, vivir como Kinski lo hizo y esperar que su mente, su cuerpo, su piel, sus células, sus mitocondrias sigan sintetizando encimas por energía pasando los sesenta años. Una vez me contó un ex torero que los banderilleros pican a los toros no por el mismo espectáculo –cruento, de acuerdo-, sino por ser la única manera para evitar que se le explote el corazón en la plena corrida. De la misma forma, puede ser que Herzog haya sido ese banderillero que permitió que por lo menos en un tiempo, Kinski no fuera sólo un candidato más para una operación de lobotomía, o un terrorista, o un asesino a sueldo, o un suicida hermoso. Y sin embargo, en la última escena del film, el alemán muestra ese momento íntimo de Kinski con una mariposa subiéndosele a diferentes partes del cuerpo. Kinski juega con ella, sonríe y mira a la cámara, y aquel claroscuro de una bestia sosteniendo algo tan frágil, como una pinza mecánica tomando una bombita de luz, lo hace casi un apax en toda la filmografía de los dos.
Tal final es una de las mayores muestras del cine como un acto de amor.

08-The night of the living dead (George Romero, 1968)
Posiblemente mi favorita de la trilogía de George Romero, The night of the living dead es un dedo en el culo a todas las convenciones narrativas y cinematográficas de Estados Unidos. La historia, en bases generales sigue el manual de instrucciones: muertos vivos tan lentos como persistentes por doquier, mujer aterrorizada huye a casa abandonada, se encuentra con otros sobrevivientes y film que se desarrolla, huis clos, durante el sitio del improvisado refugio. Más allá de que hablamos de George Romero, The night of the living dead sería una película más de género, si no fuese por el final. La joven y esperanzada pareja muere, la chica del comienzo muere, la madre es asesinada por su hija zombi a la que cuidó desde el comienzo del film y el negro que se puso el equipo al hombro desde el principio, luego de lograr sobrevivir a la embestida zombi, muere del disparo de una guardia urbana improvisada para aniquilar la invasión. No sólo contento con eso, el final de la película presenta imágenes de diario mostrando cómo los tipos se llevan al indiscutido héroe del film con ganchos de carnicero, como si fuese un despistado venado muerto en la carretera. Su misma muerte es tan momentánea, tan carente de pathos, que acentúa esa sensación de amargura que sólo tienen las victorias pírricas, esas victorias que duelen más que cualquier derrota devastadora o contundente. Porque a diferencia de Dawn of the dead, donde se da una pequeña reafirmación de la vida en un marco donde todo está perdido (los dos protagonistas escapándose del centro comercial, más allá de que uno se da cuenta que el mundo perdió, y eventualmente ellos sufrirán la misma suerte), The night of the living dead funciona exactamente al revés: la humanidad ganó –al menos momentáneamente-, pero eso no importa, no nos importa, en tanto se mató al único héroe moral del film, aquello a través de lo cual podíamos sentirnos parte de esa humanidad.
Podría decirse que la película de Romero es una de las grandes joyas de la misantropía humana (esas perlas negras y brillantes, aguardando en conchas bituminosas e infectas). Haciendo oídos sordos al componente racista que más de uno podría alegar –en algunas circunstancias más de uno mencionó la similitud de ciertas escenas del sitio con la filmación de las huestes del Ku Klux Klan en El nacimiento de una nación, además del hecho de situarse el film en Pennsylvania, un estado cuyos habitantes no son precisamente los Jefferson-, la película funciona de una manera completamente misántropa, no por la invasión en sí, sino por la forma en que el sitio va desnudando las diferentes formas de intercambio humano en esas circunstancias en donde el instinto de vida llega a resultar lo más mortífero de todo. La mayoría de las películas de grandes catástrofes, en general siempre funcionan como arcos dramáticos para demostrar el eventual ethos de la humanidad en su forma de formar lazos de fraternidad y reorganizarse en situaciones en donde se ve uno a uno completamente desnudo frente al borde de su existencia. En esta película no sucede eso, siendo el padre de familia quien traiciona sistemáticamente a los planes de salvación del negro. El átomo familiar –la base de la sociedad en que vivimos, tal como dicen todos los defensores de la american way of life, y algunos nacionalistas vetustos del estilo-, se muestra como un archipiélago antártico, una organización a lo every men by himself, donde lo que sucede más allá de sus bordes poco importa. El padre de familia insiste constantemente en encerrarse en el sótano y dejar al negro afuera, y es en esa misma técnica de avestruz que se tiende a sí mismo una trampa –y no hay peor trampa que la que uno se tiende a sí mismo-. La familia como concepto en sí implota. La niña despierta de su muerte y asesina a la madre, quien prácticamente se entrega a su fin. El padre, en un último acceso de sabotaje es disparado por el negro –como tenía que ser- y baja hasta el sótano, para morirse en el lecho de su hija. Eventualmente toda la familia resucita y el negro no le tiembla el índice a la hora de aplicar rifle sanitario a cada uno de ellos. En una sinfonía de cuatro movimientos, se pasa aplanadora sobre el mito de la fraternidad, el estado y la familia.
¿Quien necesita poner en un ring a Rousseau y a Pangloss cuando se tiene zombis?

07-Él (Luis Buñuel, 1953)
En materia de cantidad, posiblemente Luis Buñuel sea el director con mejores finales de la historia del cine. Cada uno de sus remates es un mensaje encriptado, el enigma de la esfinge reclamando los ojos de quien intenta resolverlo. La técnica de Buñuel es variada, a veces recurriendo al simbolismo (las ovejas entrando a la capilla en El ángel exterminador), a veces con súbitos estallidos de violencia que se escapan de todo lenguaje (la explosión en Ese oscuro objeto del deseo, o la repentina revuelta y represión policíaca en El fantasma de la libertad, en que no se ve nada más que la mirada de los impávidos animales de un zoológico presenciando aquello), o, y este es mi recurso preferido, introducir un elemento flotante, casi invisible que es como un errante neutrón libre transformando toda la composición nuclear del film. La última escena de Belle de jour no puede ser más ambigua. El esposo que parecía completamente paralizado se levanta, sin la sorpresa que podríamos prever en Catherine Deneuve, y se escuchan, provenientes de ninguna parte, casi como si fuese una alucinación colectiva, las campanillas de la carroza con que comienza el film –la escena del lanzamiento de barro y excrementos a la belleza frígida de la protagonista al comienzo de la película. Esas campanillas apenas audibles son ese neutrón libre dirigiéndose a una fisión inminente, como un barquito de papel remontando una corriente hacia una boca de tormenta.
De toda la filmografía de Buñuel, todo el mundo cita un gran espectro de películas –es uno de esos directores sobre los cuales es casi imposible definir la obra esencial de su carrera- pero casi nadie habla de El (1953). Posiblemente la razón sea que no es una película suficientemente extraña para la gente que busca en Buñuel el perfecto pack de fetichismos y referencias surrealistas, generalmente considerándosela una obra menor, un melodrama folletinesco con el que el aragonés intentaba meterse algunos billetes en el bolsillo. Sin embargo, es en su aparente normalidad que El es un film extrañísimo, yo diría uno de los más enigmáticos de Buñuel. La historia trata sobre eso personales tan buñuelescos, Francisco Galván, un devoto hombre de iglesia que se enamora de Gloria Milalta en un rito religioso curiosamente erotizado. Ella está en pareja pero termina por lograr seducirla, haciéndola eventualmente su esposa. A partir de ahí, se desarrolla el conocido amour fou de la filmografía de Buñuel, progresivamente convirtiéndose en un paranoico celotípico, cada vez más cerca del borde de la desintegración psíquica. Más allá de las reconocibles referencias y la obsesión por la religión y el sexo, la película sería un melodrama más, de esos que abundan en librerías y cine si no fuese por el final. En el momento álgido de sus celos, el protagonista pierde control de sí y comienza a destrozar cual Orson Welles en Citizen Kane todo lo que encuentra a su paso. Es ahí que se aferra a un acto absurdo, como esos ritos que incurren las personas en los pródromos a una agudización de la psicosis para evitar el derrumbe eventual de todo su mundo. El tipo arranca una baranda de la escalera y comienza a golpear, escuchándose constantemente el sonido metálico del choque. Es ahí donde lo apresan y lo internan en un monasterio. Una elipsis temporal muestra que su mujer tiene una nueva pareja y va a obtener noticias de su salud al monasterio. El párroco le dice que está mucho mejor, que encontró nueva tranquilidad bajo el ala del señor. En la última escena vemos al párroco hablando con un Fernando mucho más tranquilo, viendo cómo la pareja se pierde en el horizonte. Cuando podíamos pensar que aquello es un final feliz, redondo, escuchamos perdido en el aire, el sonido metálico de aquel último acto absurdo del protagonista. Tal sonido es una rajadura imperceptible en todo consuelo final que podíamos hacernos del desenlace. No sólo desde su ambigüedad nos hace pensar sobre qué es lo que aquel sonido que expresa, sino que es, en cierto punto, una constatación de las sospechas del protagonista –la nueva pareja de Gloria, es, en efecto, la primer persona en quien depositó sus incontrolables celos. Es verdad que una paranoia como entidad noseológica no puede ser revocada por medio de la verdadera constatación de sus sospechas, siendo más bien determinada por el sistema cerrado y autoafirmativo con el que la persona interpreta el mundo –por más cercano que esté a la realidad, a decir verdad, la paranoia es una locura razonante. Sin embargo, ese último sonido, discreto y perdido en la inmensidad, nos deja la pelota en nuestra cancha, y nos genera un pequeño escalofrío el interpelarnos sobre quién en definitiva creer.

06-Dogville (Lars von Trier, 2003)
Lars von Trier es un perverso hijo de puta. Eso ya todos lo sabemos. Sus películas tienen algo tóxico, una ósmosis misántropa jodidamente coherente que se va metiendo por los poros. Se podría decir que cada vez que veo una película de Trier, me siento un poco peor persona, y eso es algo interesante, algo que muy pocos directores han logrado hacer –Harmony Corine, por cortos momentos; Soddondz, de una manera un poco más obvia, pero igualmente intensa; Herzog, pero de una forma más poética y tamizada; quizás Buñuel, siempre igual adscribiéndose a los terrenos de la religión y la moral.
Trier no sólo es conocido por ser sádico con sus personajes, sino también con sus actores. Björk decidió retirarse definitivamente de la actuación después de su traumática participación en la igualmente traumática Dancing in the dark, y lo mismo pasó con Nicole Kidman, de la que tuvo que prescindir a la hora de hacer Manderlay –extrañamente dando en el clavo, ya que la personificación por diferentes actores de un mismo personaje le da otra profundidad a la noción de parábola cristiana de lo que vá a ser el tríptico de Estados Unidos, tierra de oportunidades-. Según se cuenta, el danés encerró durante un mes a sus actores en un gigantesco hangar donde rodó sus películas, experimentando con ellos como si fueran sus ratas blancas en su propio laberinto de Skinner.
El ideal perverso de poner en escena el terreno en donde se juega el deseo y la culpa no sólo va en el trato del mismo con sus actores, sino con el mismo espectador. Es un Pepito Grillo sifilítico, hablándote al oído con un labio leporino, comido por pústulas, diciéndote cómo las cosas podrían ser de otra manera. En este sentido, el efecto más logrado de todos se ve en Dogville. Nicole Kidman es una mujer misteriosa, intentándose refugiar en un pequeño pueblo del asecho de una organización mafiosa. Al principio, con algo de resistencia, el pueblo la acepta, pero poco a poco la posición de tenerla como una mosca en la palma, a punto de cerrarse el puño, termina llevándolos por otro camino. Porque una caricia se puede convertir en una estrangulación con un solo abrir y cerrar de manos, cuestiones de medidas, más o menos newton de fuerza frente a un objeto blando. Al final la pobre Kidman va siendo objeto de tanta violencia, abusos y violaciones que haría sentir intimidada a la mismísima Coca Sarli. Las mujeres la humillan, los niños le tiran cosas. Se ha convertido en una paria, algo peor que una paria, como esas mujeres colaboracionistas nazis que en la restauración de la libertad en Francia las obligaban a pasear con sus cráneos afeitados, siendo puteadas y escupidas por todo el pueblo. Y lo particular de Kidman es que no está expiando un pecado –como podría decirse de estas mujeres francesas-, es tratada como tal por la mera posibilidad que se le ofrece al pueblo. Te mutilo, no porque quiero, sino porque puedo. Y es ahí que en la explosión de su mismo goce perverso, el pueblo se pisa el palito. Le entregan a Kidman a la mafia, sólo para enterarse de que es la hija del capo principal. La situación cambia por completo y Kidman tiene la posibilidad de vengarse en tiempo y forma. Y es ahí donde se encuentra la maestría de Lars von Trier. Nosotros deseamos que se vengue, queremos que se trague a ese pueblo de mierda como un verdadero monstruo de Leviatán. La venganza es un plato que se come crudo y a nadie le interesa realmente ofrecer su propia mejilla, cuando puede agarrar la cara del otro y pelarle su propia mejilla con una navaja como si se estuviera haciéndolo con la piel de una manzana. Debo admitir que festejé cada disparo, cada casa incendiada, cada niño metódicamente asesinado –la escena de que Kidman le dice a una señora que matará a cada uno de sus hijos por cada vez que llore- y recién después de todo lo sucedido, como quien se despierta en el sótano de automotora 18 luego de una fiesta con un dos putas birmanas y con unas extraña sensación pegajosa en el culo, uno se da cuenta de la resaca culposa de sus propios excesos. Y uno sabe que, más allá de la pantalla, tal como en el final de Manderlay –donde el personaje principal es descubierto convirtiéndose en aquello que nunca quiso ser, aquello frente a lo que luchó-, mientras que estamos viendo el cuarto de hotel destruido en que nos despertamos, sentado en su sillón de cuero está, Lars von Trier, tomándose un whisky, riéndose bajito.

05-Mulholland Drive (David Lynch, 2001)
La otra vez Benito me contaba sobre la primera vez que Bukowski vio Eraserhead. Como todos sabemos, Bukowski nunca fue un gran fan del cine, pero cuenta que en una de esas cotidianas jornadas alcohólicas, sintonizó en la televisión el primer largometraje de David Lynch. Bukowski dice que vio aquella película de principio a fin, sin saber nunca para dónde iba realmente, pero que fue de esos pocos casos en donde todo encajaba. Todo tenía sentido, más allá de que no sabía cuál era. A diferencia de Eraserhead -que sí, es genial, posiblemente más que la película de la que estoy hablando-, esa sensación me sucedió con el final de Mulholland Drive. La película tiene, a la vez que uno de los mejores comienzos que recuerde (no tanto la escena del choque de autos, sino la que viene después, la del tipo hablando con su psicólogo en un diner sobre un sueño que tuvo), un final que cierra todo perfecto, aunque no sabemos qué cierra, porque posiblemente sea un cierre construido como un Ouroboros. Luego de la mujer de pelo azul susurrando “silencio”, la pantalla se funde en negro, y ahí siempre termino mirándome con la persona que estoy viendo la película. El terror de la escena de los viejos, en contraposición de ese final lánguido, humeante y misterioso es una misma prueba de fuego que me ha permitido probar a ciertas personas. Casi en el momento mismo de verlo con alguien, si la persona se queda colgada con el final, se forma una especie de cofradía, uno termina haciéndose más amigo de la persona, por más que lo conozca desde mucho antes (como el caso de el fino, a quien introduje al mundo lynch, a su beneficio o a su pesar, quién sabrá), al mismo tiempo de que si a la persona en cuestión no le cuelga, se quema un puente, se termina rompiendo algo que difícilmente pueda a volver a unirse de la misma forma que antes.

04-Cero de conducta (Jean Vigo, 1933)
La primera vez que vi una película de Jean Vigo fue dos años atrás, en la disquería-librería Virus. Por supuesto, en ese momento no sabía que era de Jean Vigo –ni, a decir verdad, quién era Jean Vigo-, y ciertamente no lo supe hasta unos meses atrás. Nunca llegué a conocer a fondo al dueño de Virus, pero siempre creí (o quise creer) que era un ex punk intentando despojarse, no tanto por dinero, sino por algo más hondo y difícil de cartografiar, de muchas de sus pertenencias provenientes de una vida que quería dejar atrás. Ni bien descubrí aquel oasis perdido en un recoveco oscuro de la calle Mercedes, me convertí en cliente habitual del lugar. Intentaba hablar con el tipo, arrancarle algo de ese pasado que me gustaba llenar con imbricadas escenas inventadas por mí, pero nunca llegué a conocerlo a fondo. No supe cómo se llamaba –nunca se dio la ocasión de preguntárselo-, y le terminé bautizando con el nombre de su local, porque, a fin de cuentas, él y su local eran para mí una entidad indivisible. Es así que cada cosa que compraba me generaba una extraña culpa, como si le estuviera extirpando un órgano, o alguna hueso de su cuerpo. Más que nada, me resultaba extraño cómo te vendía un disco de Jesus Lizard, o una edición inconseguible de Zap Comics como si fuesen 200 gramos de lionesa primavera. Un par de veces –esto es verdad, no es un mero lirismo mío para embellecer el post- le llegué a pagar más de lo que me pedía por la lástima que me daba la forma en que se iba despojando de todo lo que alguna vez llegó a estar en una mochila de cuero llena de batallas perdidas, en un cuarto sucio que supo ser suyo, o en la casa de una novia olvidada, reposando en esas cajas de cartón llenas de discos, libros y preguntas que todos conocemos. Pero aún así, un día, luego de pasar vacaciones en un balneario de la costa de oro, pasé por Virus y aquello se había convertido en un inmundo kiosko azul regenteado por una mujer fea, con posters de Nevada, el Quini y Yerba Canarias cegando a vidrieras en que unos meses atrás supieron tener al Please Kill me y una biografía de Siouxie and the Banshees. Ahora intento reordenar aquellas imágenes y se me borran. Lo que sí recuerdo fue el último día que vi a Virus. Me había dado cuenta de que estaba llegando demasiado tarde a una clase y decidí visitar el lugar para pedirle que me reservara unos números de Molecular (un fanzine con más empeño que estilo impreso en Solymar el año 1992). Cuando entré, el bigotudo estaba viendo un film en su computadora junto a otro veterano. Estaban bastante concentrados en una película en blanco y negro, con unos aristócratas tomando sol en una playa similar a aquellas imágenes de la playa Pocitos de principio de siglo. Me quedé viendo un poco y los tipos me dijeron que era un documental sobre Niza, y que era muy mala leche. Miraban los malecones, las mujeres de alta clase subiéndose las polleras para saltar un charco y cada tanto replicaban riendo “qué hijo de puta, que mala onda che”. Me resultaba completamente extraño, yo lo único que veía con el rabillo del ojo eran imágenes de la alta sociedad, palmeras silenciosas, monóculos, perros pitucos levantando la pata. Ya empezaba otra clase y me despedí de ellos. Cuando cerré la puerta escuché nuevamente “qué hijo de puta”. Luego vino el verano y cuando volví me encontré con aquel kiosko que no me daba el valor de apedrear.
Durante dos años anduve buscando aquella película de Niza. A medida que la buscaba, me daba cuenta de que no buscaba a la película, sino a Virus, el local y la persona, que existia por medio de ella. Como casi todo en la vida, encontré mi ruta a Niza en el momento en que dejé de buscarla. En Videoimagen hay un DVD con toda la filmografía de Jean Vigo (bah, “toda”, a recordar que la temprana tuberculosis que le dio muerte sólo le permitió grabar cuatro películas) y lo alquilé queriendo ver Cero de conducta. Venía con una película extra. Cuando la puse, fue de esos momentos mágicos, que eran como un breve guiño, como una carta de alguien importante encontrada olvidada dentro de un libro. Y fue ahí que pude darme cuenta de que sí, Virus y su amigo tenían razón, A propósito de Niza es una película muy mala onda. Luego de ver esta película y Cero de conducta, hay algo que queda claro: Vigo no es el más reconocido cineasta surrealista (no es surrealista in stricto sensu), pero técnicamente es el más brillante de todos. Los raelenti, las apariciones y desapariciones de objetos parciales, las filmaciones hacia atrás, el montaje psicológico y los fundidos, todo realizado como sólo quizás haya podido realizar Jean Cocteau, y de una manera mucho más sutil y orgánica. Cero de conducta en sí es un canto de cisne a la rebeldía juvenil, en la cual, tras su espíritu naive, se encuentra algo completamente revolucionario, una risa socarrona de dientes afilados, unos labios rojos que no se saben si son de sangre o carmín. La película tuvo un remake libre realizado por Lindsay Anderson, If…, que contaba con la actuación de Malcom McDowell, ya jodidamente anárquico previo a su encarnación en Alex de Large. El final de If... es de esos momentos particulares en los que uno no puede reparar en lo que está observando. En una institución de vieja raigambre aristocrática, se prepara la fiesta de fin de cursos. McDowell, su amigo y una mujer que uno nunca sabe si es verdadera o fantasma de su propio espíritu rebelde se suben al techo de la institución y comienzan a ametrallar y lanzar bombas a todos los padres, curas, profesores y exmilitares que salen de la escuela. Tal final es un No! gritado hasta dehilachar las cuerdas vocales, un acto de negación radical que no tiene ningún fin más que ese: el darse de lleno contra una pared para escuchar la armonía de los huesos quebrándose. McDowell y cia saben que no se van a salvar, pero igual no importa, seguirán disparando hasta que se le acaben las balas (¿no sería lo mismo que pensaban Eric y Dylan, justo antes de convertirse en pastelillo preferido de revistas matutinas que hablan de lo mal que está la juventud?). Sin embargo, lo más interesante sucede cuando se coteja las dos películas en cuestión. A diferencia del final sangriento de If…, Cero en conducta parece codificado desde un dialecto infantil, con la muerte a la autoridad reubicada como un acto simbólico –el izamiento de la bandera negra con la calavera y los huesos cruzados-, por así decirlo, con las versiones veladas de los cuentos para niños, y sin embargo, como sucede con toda fábula –que a fin de cuentas son envases alternativos para hablar de sexo y muerte-, el contenido y hasta la forma llega a doblar en violenta rebeldía su versión más contemporánea. Cero de conducta es una película completamente amoral, con una ironía incendiaria dignas de Mark E. Smith en donde las figuras de autoridad son reducidas a enanos barbudos, el cuerpo de maestros y padres convertidos en obscenos maniquíes, con auténticos actos sacrílegos, homoerotismo jugando al borde y desnudos integrales de niños. Es un caramelo envenenado, un parque de diversiones con hojas de afeitar en sus toboganes. En fin, una película que sólo podría filmar el hijo de un ilustre anarquista misteriosamente suicidado en prisión.
Cero de conducta con ese final tan lindo y a la vez tan jodido es, en definitiva, la película punk, desde lo más greilmarcusiano del término. Y todo esto se lo querría comentar a Virus, pero ya se debe haber encarnado en otra persona, en otro local, vendiendo discos que nadie sabrá qué son, en alguna otra Mercedes invisible del mundo.

03-Aguirre, la cólera de Dios (Werner Herzog, 1972)
Cuando lleguemos al mar, construiremos un gran barco. Iremos al norte y arrancaremos Trinidad a la colonia española. Desde allí seguiremos navegando… y le quitaremos México a Cortés. Qué traición más grande. Entonces toda Nueva España estará en nuestras manos y pondremos en escena la historia… como una obra de teatro… Yo, la cólera de Dios, me casaré con mi propia hija, y con ella fundaré la dinastía más pura. Juntos… reinaremos todo este continente. Resistiremos… Yo soy la cólera de Dios… ¿Quién está conmigo?
Solamente escrito ya es suficiente para helar la sangre. Pero al ver a Klaus Kinski –porque nadie, absolutamente nadie que no fuera Kinski podría haber protagonizado esa película- andar río abajo, completamente sumido a su último delirio megalomaníaco, mientras los monos invaden una barca en donde todos posiblemente están muertos, es el final más épico y trágico de la historia del cine.
Una vez me contaron de un internado particularmente violento que en la colonia Echepare andaba con un palo, golpeando todo lo que se le interpusiera en su camino, diciendo que era la pija de Dios. No sé si vio la película, pero es la viva imagen de lo que es Klaus Kinski en el film. La gente suele asociar la locura con cosas completamente extrañas a nosotros, pero generalmente hablan de nosotros mismos más que nuestra normalidad. En Aguirre... el final funciona, metonímicamente hace clic, porque toca esa pequeña fibra, aquel kraken dormido que llevamos dentro de nuestro corazón, y que sólo lo vemos en un arranque de ira, tras la supervivencia a un accidente de auto, o en medio de una caligulense jornada marquera. El poder como última droga, no una irrupción de la ley, sino un más-allá-de-la-ley, como el delirio último que nos enfrenta al mismo Dios, no es cosa nueva, y ya está en los mitos griegos, así como en el Coronel Kurtz de Apocalipsis Now, o el Tony Montana de la merquera y exagerada remake de Scarface, o el Frank-n-Furter de The Rocky Horror Picture show, pero también en John de Leyden, Gilles de Rais, Hitler, Ceacescu, Stalin, incluso en mí, cuando me agarrás en alguna de esas noches extrañas.

02-Blow up (Michelangelo Antonioni, 1966)
Swinging london, Cortázar, Las babas del diablo, Jane Birkin en tetas, Stroll on, Jimmy Page perdido por ahí y Jeff Beck destrozando una guitarra ante un publico que más que público es un fresco de naturaleza muerta, el fotógrafo revolcándose en el set con sus modelos, los negativos, el cuerpo perdido, esa pareja discutiendo al comienzo del film, el parque y el misterio irresoluble. Thomas se enfrenta a lo inenarrable del misterio (un misterio que es tanto sustantivo como verbo, un misterio que se va de lo puntual y se acerca a lo ontológico). El cuerpo estaba ahí, lo vio en la foto, pero cuando lo va a buscar, ya no está ahí. Camina cabizbajo y en una ruta sinuosa un grupo de mimos atravesando el campo a toda velocidad estacionan y se ponen a jugar un partido de tenis. Thomas, sin mucho más que hacer, se acerca al alambrado a presenciar el partido. No hay pelota, pero todos parecen verla, giran la cabeza en cada golpe de raqueta, yendo del campo de uno a otro de los contrincantes maquillados. Uno de los mimos le “pega” demasiado fuerte a la bola y sale disparada por encima de la cancha. La cámara –y esta es una imagen que vale por diez películas de Antonioni’s wannabes- sigue el trayecto de la bola, incluso reflejando un pequeño rebote cuando da contra el pasto. Los mimos se quedan viendo a Thomas y le piden con ademanes si le puede devolver la pelota. Thomas duda un segundo, los mira, mira hacia el suelo y piensa una vez más. Es entonces que se acerca y recoge la bola invisible y se la arroja a los mimos. A diferencia de aquellos que dicen que en las películas de Antonioni no pasa nada, en sus finales suele pasar mucho, por más que todo suceda a otra frecuencia, como esos indistinguibles sonidos que pueden hacerle sangrar el oído a un perro. Nadie sabe qué significa realmente la explosión repetida una y otra vez al final de Zabriske point, y nadie sabe realmente qué representa ese papel flotando en un tacho agujereado al fin de El eclipse. Pero funciona. El final de Blow Up es el único que podría existir para tal thriller epistemológico. Al fin de cuentas –y también incluyendo a Las babas del diablo, el cuento de Cortázar en el que se inspiró el tano- la obra es un drama platónico sobre el saber, la forma en que uno puede conocer algo, sabiendo que siempre todo se limita a ser observado desde su juego de sombras. El cine en cierto modo ha ordenado un montón de cosas que en un principio se encontraban en perfecta armonía con su fragmentarización. Si la materia prima base del cine es el tiempo (porque el cine sin tiempo, sin el tiempo que rige el encadenamiento de las imágenes, no es más que pura fotografía –aunque por ahí Chris Marker me caga esta teoría), el montaje no es otra cosa que el último y más eficaz intento por controlar y empaquetar aquello que siempre lo habíamos tomado como algo imposible de controlar del todo. Y la cámara (y la pantalla también) terminó resultando un vidrio polarizado tranquilizador que nos separa del mundo en su verdadera naturaleza.
El final de Blow Up no sólo funciona para Thomas, quien termina asumiendo el misterio irreductible de la vida, sino frente a nosotros mismos. Sin torcer las cosas mucho, Blow Up es un fin metacinematográfico sobre la linterna mágica que vemos como niños, confundiéndonos las proyecciones con la realidad. Así como Thomas, uno, al final de cada película, ya sea cuando se levanta de la butaca o cuando se incorpora de la cama en calzoncillos a hurgar en el último resto de comida que haga interesante la madrugada, por un momento también se agacha y devuelve esa bola mágica, dándose cuenta de ese hechizo momentáneo que nos hizo sentir miedo, calentarnos, ponernos contentos o moquear con meros fotogramas en movimiento estampados en una pared.

01-City Lights (Charles Chaplin, 1931)
Tal como lo dice Zizek en Goza a tu síntoma, en toda la historia del cine, Luces de la ciudad es tal vez el ejemplo más descarnado de un film que apuesta todo a su escena final, siendo la completa extensión del celuloide un mero puente extendido, una excursión necesaria para ese último coup de grace. Luces de la ciudad es la historia de un vagabundo y una muchacha ciega que lo confunde con un hombre rico. A partir de una serie de desencuentros, Chaplin no sólo es confundido por la ciega como un rico, sino también por un acaudalado mecenas, que cada vez que está en pedo lo trata como si fuera un invitado de honor (pero que cuando sale de su borrachera no tiene idea de quien es él). En este juego de sombras, Chaplin logra que el señor rico financie una operación ocular a la ciega, jugada que termina costándole la libertad, siendo acusado de robo y encarcelado. Pasa un tiempo y la operación ocular de la muchacha ha sido un éxito, no sólo recuperando la vista, sino también convirtiendo en un suceso la florería en donde trabajaba. Sin embargo, más allá del tiempo pasado, siempre espera aquel benefactor, anticipándose a su encuentro –y decepcionándose sistemáticamente- con cada hombre rico que aparece por la florería –no sabe cómo es su rostro, pero aspira a reconocerlo por la voz. Es ahí que viene la escena final. Chaplin acaba de salir de la cárcel, está caminando completamente desgarbado por la calle y al pasar por la vidriera de la florería, saluda a aquella mujer de la que estaba enamorado. Ella lo trata con cariño, pero con ese cariño mezquino, rayano con la lástima, esa desesperante cortesía que tienen las mujeres que se saben bellas con algunos de nosotros. Chaplin no va a decir nada, está dispuesto a ver todo detrás de la vidriera, seguir caminando, feliz por su pequeña victoria anónima. Pero ella se le acerca y le va a regalar una flor, y es entonces al agradecerle donde al tomarle las manos la chica dice “¿Tu?”, Chaplin asiente con la cabeza y le pregunta “¿Puedes ver ahora?” y la mujer le contesta “Sí, ahora puedo ver”. Vemos la cara de Chaplin, con esos ojos trepidantes que están tan cagados de miedo como emocionados, esos ojos que más de alguno de nosotros debe haber tenido en algún momento (con diferentes resultados), y entonces hay un fundido en negro y la película termina.
Hoy en día, con la neurosis costurera del cine, probablemente no se habría admitido un final así. Sin embargo, el final no puede funcionar de una manera más poética y poco importa lo que ocurra después, dentro o fuera de nuestro televisor, porque ese momento al menos es nuestro, y no hay sis ni nos que nos lo puedan arrebatar. Chaplin decidió cortar el film en ese momento de indecibilidad absoluta, recurriendo a una depuración completa de uno de los mejores y más sencillos diálogos que recuerde en los anales románticos de la historia del cine. La mujer puede ver, pero ve mucho más que lo que le permite una operación de glaucoma. Es ese momento ínfimo de las relaciones en que uno por primera vez ve a alguien, no por lo que representa, si no por la indecibilidad de lo que es, ese momento en donde dos personas se encuentran desnudas, con su onda, sus bandas o directores favoritos, su fama de malos o buenos amantes, sus posibilidades de caerle bien a sus respectivos suegros, sus amigos, sus guiñadas y sus ojeras, sus colchones y sus excursiones, sus barrios y su escuelas, sus apellido y sus apodos, como unos pantalones arrugados en el suelo.
No recuerdo ninguna escena del cine o de mi propia vida que capture con tal perfección tal momento. Ahora, viéndolo de vuelta, mi fanatismo por tal final comienza a adquirir un matiz distinto. Repito una y otra vez el rostro de Chaplin, y ahí me doy cuenta de que aquello me fascina tanto porque es mi propia noción privada de amor que me gusta tener alambrada, para observarla como un animalito pastando en una reserva para seres en peligro de extinción. Llega la certza: me quedo viendo esa escena por las mismas razones que hicieron decir a Lou Reed que a partir del primer beso, todo va cuesta abajo. Y me da miedo saber que nunca quiero saber lo que sucederá después, porque no hay nada que me interese más que esa historia, los rodeos a través de los cuales uno se funde con otro, las pequeños cuentos que se cuenta uno a sí mismo anticipándose o recordando algo que podría suceder o ya sucedió. Y me pongo a pensar si todo seguirá así así, si el resto de mis historias van a terminar como Luces de la ciudad, con esa última palabra y el fundido el negro, el fundido negro y el telón que se baja y se vuelve a abrir, para proyectar de nuevo Luces de la ciudad, en un teatro que tiene una sola butaca con mi nombre bordado en dorado sobre el terciopelo carmesí, como esos cines arteplex que pasan la misma película una y otra vez. Y lo más jodido es que mientras pienso todo esto, lo único que me preocupa es conseguir un poco de pop, porque empieza de nuevo la función.

Epílogo escrito un viernes, dos meses atrás
No quiso cerrar la puerta. Le digo, bueno, me tengo que ir y tomo el pestillo, casi sin reconocerlo, como un ciego buscando el bastón en su eterna oscuridad. Cerré la puerta. No pude hacerlo rápido, lo tuve que hacer lentamente, observando cada centímetro de ella que desaparecía, con sus piernas separadas, con su vista fija en el suelo. La puerta cerró, y ahí me di cuenta de que todo eso realmente estaba ocurriendo.
Camino por Lugano con un portarretratos en la mano. Era nuestro portarretratos. Era su portarretratos. Había veces que acostado en su cama me quedaba mirando el techo y de reojo la veía hacer ciertas actividades inocuas, barrer algunos pelos que quedaban en el suelo, reacomodar unos libros, verse reflejada mientras miraba una mancha en el espejo. Y siempre terminaba en el portarretratos. Yo hacía como que escuchaba música, o como si estuviera contando las manchas de humedad del techo, pero de reojo la miraba tomar el portarretratos, limpiar el vidrio y mirarnos a nosotros dos con una sonrisa, que temblaba como un botón de escote apretado, a punto de desabrocharse. No decía nada más, se quedaba viendo el portarretratos, yo con mi campra alemana, ella con un abrigo peludito, y le pasaba una franela, lo volvía a poner en su mesa y se dirigía a mí como si aquello, aquel pequeño gesto fuese una pequeña manía imperceptible, como un perro que esconde un hueso pensando que nadie lo percibió. Y por alguna razón yo me hacía el boludo y no le comentaba nada sobre aquello. Era nuestro portarretratos. Era su portarretratos. Y ahora estoy caminando por Lugano. Viernes, tres de la mañana. Soy un hijo de puta. Soy un asesino. Soy un asesino con una navaja oxidada, con la luna brillando sobre su filo. Soy un asesino con un portarretrato, con la luna brillando sobre su filo. Soy el amo de las palomas. Sé donde mueren por plombemia, en cementerios ocultos en casas y catedrales abandonadas. Soy un sepulturero de paredes grises. Camino por Lugano y sé que no voy a volver. Cuando vuelva, si es que vuelvo, la calle se habrá movido a un lugar donde el clima y los usos horarios son distinto. Camino por la calle adoquinada, giro sobre mis talones, no para encontrarla a ella, sino para despedirme de los jacarandás que se levantan contra 19 de abril. No llevo los lentes, se robaron otra vez el cobre de los cables, el violeta de los jacarandás no se deja ver en la oscuridad. Camino y a la altura de Aiguá se huelen los floripón y las dama de la noche. Por ahí siempre íbamos a comprar cervezas al Devoto. Y por ahí también paseábamos a Ramón. Y por ahí había un grafiti de una banda horrible que a ella le pareciá horrible y a mí también me parecía horrible, pero que no se lo admitía, sólo para molestarla un poco. Y después la otra calle, y los 185 que me doy cuenta de que más allá de todo seguirán pasando por ahí. Camino unas cuadras, pienso en qué bolas fueron entrechocándose para que terminara caminando por el prado, viernes a las tres de la mañana, con un portarretratos en la mano, como un loco que se fugó a través de una ventana mal cerrada. Llego a Suárez y llamo a Ezequiel. Está en una fiesta, me invita a ir y trato de decirle lo que sucedió. Mi voz se quiebra, entre la sorpresa, Ezequiel me dice de ir al bar donde está, pero yo no logro articular palabras. Las pienso, pero salen desordenadas, astilladas, o quebradas. Corto y pasa un taxi con su banderita roja guiñándome con un ojo inflamado. Subo al auto y la morsa con su pucho saliendo de sus dos enormes colmillos me dice “usted dirá, maestro”. Intento decir algo, pero no sale nada. Pasan veinte segundos, tomo un respiro y pasándome el antebrazo por los ojos logro decir algo. Lo pienso, como esas víctimas de accidentes automovilísticos que tienen que pensar cada costoso paso que dan agarrados de baranda en sesiones de fisioterapia, y le digo “Po-citos”. Intento mirar para afuera pero el Prado me enceguece. Pienso en todas las veces que pasé por ahí. Divago en cálculos: cuántos litros de cervezas tomamos juntos/cuantos pesos gastamos en el videoclub de Willy/cuántas veces pasé por el kiosko del canario a comprar condones. Pienso en esto y miro para abajo. En el cuero negro descansa bocabajo el portarretratos. ¿Los bebés debían dormir bocarriba o bocabajo? ¿Será sólo por la promesa del cielo que se entierran a los muertos bocarriba? ¿Por qué siempre dormía del lado de la derecha en su cama? Su-cama. Mantengo la frente apoyada contra la ventanilla. La morsa se ríe y mientras tira ceniza desde su ventana mira hacia atrás y me dice “che, decile algo a esa rubia que te está mirando”. Miro a mi derecha, y en un Peugeot una rubia muy linda me mira con cara de lenta sorpresa, como quien ve a una boa devorarse a un ratón. La miro un segundo. Es linda, es verdad. Bajo la mirada, me enjuago los ojos con mi antebrazo y le digo a la morsa “no tengo nada que decir”. El tipo entiende y dice, mirándome por el retrovisor “bueno, entonces le damos un par de bocinazos y resolvemos el asunto”. La aleta toca la bocina y el coche toma una curva pronunciada. El auto toma un camino oscuro. Posiblemente en cualquier momento saldremos a Garibaldi. Me saco los championes, pongo el derecho encima del izquierdo, pero los perros siguen ladrando.

Saturday, January 31, 2009

Mejores discos del 2008
Sí, el post llegó tarde, quizás demasiado tarde, pero esto se debe a un par de razones razonablemente razonables:
1) 2009 me viene resultando un año bastante activo, lleno de idas y venidas, proyectos, contraproyectos, indigestiones y redescubrimientos, que poco espacio me dejan para sentarme y escribir
2) La idea de los diez discos del año ya fue presentada en tantos espacios, que uno pierde la convicción de que está creando algo relativamente innovador o creativo.
3) Iba a mechar la lista con experiencias que me ocurrieron en las vacaciones, pero terminé haciendo usufructo exclusivo de ellas para un cuento que ando escribiendo
4) Saqué una cuponera de quince películas en videoimagen, las cuales han confiscado prácticamente el noventa por ciento del espacio físico y temporal que tengo para hacer otras actividades distintas de laburo/estudio
5) ¿Quién puede escribir con este calor?
Hay una larga tradición en definir cual es tu canción del verano. Con una redundancia casi vikinga, gran cantidad de mis posts se centran en los cambios subjetivos que acarrean los cambios de estaciones, estaciones que no están divididas por solsticios ni equinoccios, sino por las pequeñas historias y capítulos de la vida que uno se cuenta a sí mismo. Posiblemente de todas las estaciones, el verano es la que más se emperra en encontrar sus objetos metonímicos, aquellos tres o cuatro minutos que se estampan en el imaginario colectivo como una yerra, generalmente enfocados a cierta imaginería fiestera, hip, fresca o lo que sea. Básicamente, por el perfil tan oficialista puntaesteño del verano uruguayo –por más que Rocha se ha convertido en nuestro verano uruguayo (no el mío, mis veranos siempre van a mantener su corazón pegados a Atlántida)-, la estructura nitrogenada de los temas veraniegos marcan la exigencia básica de poder musicalizar una pasarela. Fíjense cada uno de los temas oficiales del verano, y siempre encontrarán una cualidad bastante atada a cierta noción de glamour, los beats en negras marcando cada pierna de garza (¿o el paso de ganzo?) de esas modelos que a tanta gente les hace el bocho. Tomen ejemplos, Get over you, o Take me home de Sophie Ellis Bextor (una mina que es a los temas de pasarella lo que fue el río Klondike a la fiebre del oro a fines del siglo XIX), Can't get you out of my head de Kylie Minogue, Velvet Morning de Primal Scream (con nada menos que Kate Moss detrás del micrófono), y la cosa da para rato.
El tres de enero me fui para Punta del Diablo, que en base a la cantidad de gente que lo había invadido, por momentos parecía significar su nombre literalmente. Llegué con María a las cinco de la mañana y no tardamos media hora para huir a Santa Teresa. Las razones eran múltiples, pero principalmente estribaban en que no había lugar en el camping, tanto que había automóviles con gente durmiendo adentro esperando para que se desocupara. Había una extraña desesperación de la gente (diferente al tono aletargado y más bien genchi que siempre caracterizó aquellos pueblos de la costa rochense), había una necesidad de ocupar un lugar, a como de lugar, sin importar las consecuencias. El verano del 2009 será para conocido como el verano en que Uruguay se prendió fuego, pero también el verano en que Rocha se llenó como un hematoma rechoncho de sangre, un departamento, como dicen las traducciones de Burroughs, "al rojo blanco". En general este es el momento donde extraigo alguna conclusión en que me separa del resto de la chusma, y por más que sé lo artificial de esta postura (después de todo, yo también estaba ahí), aquella desesperación por estar en Rocha me parecía una interrogante frente a la que a Guy Debord no le hubiera temblado el pulso al responder. Hay un aviso propio de ese nuevo linaje de comerciales que incorporan elementos absurdos tratando de vendértelos como si fuesen la última obra de un colectivo surrealista escondido en un silo antibombas checo, que más allá de sus lugares comunes, muestra una o dos verdades del fenómeno veraniego. En el aviso, la gente se manda mensajes de texto de dónde hay comida, dónde hay fiesta, dónde hay sol, etc. acarreando muchedumbres enardecidas que van nomadeando de un punto de atracción a otro. Aquello era realmente lo que se podía ver en la costa: la gente andaba corriendo como cumpliendo un schedule, tan cansados que no sabían si lo estaban disfrutando. Todo eso me hace acordar a las nociones de espectáculo que maneja Guy Debord en Rastros de Carmín sobre la fiebre jacskoniana (que no es un firmante de la declaratoria de la independencia, sino el moonwalker, the king of pop, o la reencarnación de Peter Pan, como él preferiría llamarse). En referencia al multimillonario disco Thriller: “El contenido ya no era el sonido de la música, ni la forma la manera e que la música se presentaba o funcionaba como género. El contenido era ahora la respuesta al acontecimiento social de Thriller, y la forma mecánica del acontecimiento. (…) El triunfo de Thriller imponía su propio principio de realidad, estaba allí como parte de cada viaje al trabajo, como una serenata a cada recado, como un referente a cada compra, como un hecho que formaba parte de la vida de todos. No tenía por qué gustarte. Sólo tenías que reconocer esa realidad, aunque en cierto modo, en el año de Michael Jackson, reconocerla implicase que el disco te gustaba”. Suplanten a Michael Jackson por Punta del Diablo, y ahí tienen exactamente lo que pienso. Como en Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj, de Julio Cortázar, Punta del Diablo no se regalabaa los visitantes, era más como los turistas entregándose a Punta del Diablo, en un honorable acto sacrificial.
Pero bajándome de las ramas de tal arborescencia, en los siete días que permanecí en Santa Teresa, no escuché una sola canción. El hecho fue fortuito, el I-Pod que conservaba todo mi arsenal musical me traicionó a último momento, agotándosele la batería por una desinteligencia mutua (mía y de la máquina) con el botón de HOLD. Esa semana sin música fue bastante interesante, incluyendo un encuentro cercano con un ñandú, el descubrimiento de las bondades de cagar en el bosque, un mal episodio (y un subepisodio aún peor) vinculado al consumo prolongado y excesivo de caipirinha, y un momento de extraño ensimismamiento que podría haberme costado la vida. Sacando cuentas, fueron unas mini vacaciones curiosas.
Ni bien llegué a Montevideo me fui para Atlántida, esta vez sí comenzándome a poner al día con la música. Fui a pescar un par de veces. La primera, con mi abuelo asesinamos a 34 pejerreyes y tres sardinas. Es interesante hacer una actividad musicalizada por algo diamentralmente opuesto. En ese sentido, era gracioso practicar el silencioso e instrospectivo arte de masacrar peces con los Fucked Up de fondo. Fue ahí que más o menos se comenzó a performar el que vendría a ser mi tema del verano:
Scott Walker, Next. Posiblemente no sea tan buena como Au Suivant de Jacques Brel (¿pero quién puede interpretar cualquier tema mejor que Jacques Brel?), pero conserva la desesperación, las inflexiones de voz de alguien completamente arrasado por la desesperación del militarismo, la gonorrea y el amor fácil de las prostitutas. El Next, you’re next de la putas, gambas abiertas esperando el próximo soldado para rociarla de esperma, se convierte como una palabra flotante, una palabra que taladra el cerebro de Walker, que lo acompaña en sus pesadillas, que aparece, casi como un elemento tan traumático que resulta imposible de simbolizar, una palabra que deja de ser una palabra y se convierte en una cosa. Si bien el Scott 4 es el disco definitivo de Walker (personalmente, lo considero entre los tres discos mejores producidos que se hayan hecho por y para humanos), el Scott 2 es el más variado en cuanto a los personajes que encarna, sin la unidad del cuatro o del tres, pero con, posiblemente los mejores temas sueltos de su carrera –Best of both worlds (cancion perfecta, si las hay), Jackie y Plastic Palace People, como ejemplos, sin contar a Next, del que ya venía hablando.
Fiel a mi estilo, mi tema del verano no tiene nada veraniego (el único verano que recuerdo ser musicalizado por un tema correspondiente, creo que fue hace cuatro años, en donde Mula Plateada fue el tema que atravesó diametralmente aquellos tres meses de pura playa y crisis personales), es un tema que pertenece más al frente de guerra en la campiña francesa, llena de nieve, barro y putas de sudor frío, completamente comidas por la sífilis.
En fin, todo esto no es más que para llenar el ojo ante una lista que ya viene demasiado atrasada.
Acá los mejores discos del 2008.


10) Xiu Xiu- Women as lovers
En mi computadora aparece una escena actuada por Nicole Kidman. Uno le ve la piel, y parece de porcelana. Hasta a uno le da miedo que de caerse se haga añicos. Pero el tema es que estoy seguro de que si la cámara se empieza a acercar lo suficiente, aquella mejilla blanca, ligeramente rosada va a comenzar a mostrar sus poros, sus ínfimos vellos enquistados, y si pudiera acercarse con un lente microscópico, en esa parcela de piel uno podría encontrar un violento continente, lleno de bacterias, mitocondrias y anticuerpos uniéndose a un sucio festín caníbal. Más o menos esto es lo que pasa con Xiu Xiu. La pareja llega a una introspección tal de su jodido mundo emocional que todo aquello que vemos es tan humano, tan violenta y suciamente humano, que nos termina incomodando, dando asco. No hay nada más horrorizante que la verdad, y, letrísticamente Jaime Stewart nada entre ella como experto pez de pantano. "Why would a mother say such things/ Why add tongue to a kiss goodnight?”, cuando uno escucha versos como estos, aquello resulta algo demasiado incómodo para asumir, incluso para escuchar. En un mundo donde parecen cada vez más lejanos los momentos de locura, los auténticos pasajes al acto que provocaban un Jerry Lee Lewis parado sobre el piano, un John Lydon gritando I am an anarchist!, o un Alan Vega cagando de miedo a un público de doscientas personas, mientras esquiva sillas y botellas voladoras, es bueno que sigan habiendo trabajos que sigan generando sensaciones tan extremas, aún así sea la de huir, huir sin mirar hacia atrás.

09) Glasvegas-Glasvegas
Hubo una época que decir que una banda creaba himnos juveniles, tanto disponibles a ser tarareados en una cotidiana excursión urbana como coreados en estadios, no era algo tan sacrílego y reprobable como hoy en día. Todo lo que detente un plus-de-emoción es calificado como rimbombante, ridículo y exagerado. Dentro del indie hay una desconfianza sistemática hacia lo visceral, o los grandes discursos, uno puede ser cute pero no llorar a moco suelto, uno puede ser soñador, en tanto sea pueril, uno puede mechar elementos heroicos, en tanto adopte una semi consciente autoparodia. El puritanismo indie ya no puede entender a los solos llenos de pathos de antaño, o las canciones de amores juveniles de Bruce Springsteen. Es así que llega este disco de Glasvegas, un disco completamente tan sensible y juvenil como perfecto. La voz del James Allen tiene un tono, o más bien una articulación extraña, como si fuera un jamaiquino, en vez de escocés. Un disco que tiene una unidad sonora que lo hace parecer conceptual sin serlo, con todos y cada uno de sus temas perfectamente recordables, tan perfectamente dependientes como independientes entre sí, listos para que te lo cantes a ti mismo en los peores momentos, para que practiques guitarra aérea en tu casa sin sentir vergüenza. Glasvegas es la banda que tendrían que escuchar todos los chicos de quince a dieciocho años, de pretenderse mejores generaciones futuras

08) Cadáver Exquisito- Cadáver Exquisito I
Cadáver Exquisito nunca va a tocar en un Pilsen Rock. Apenas pueden poblar la mitad de un BJ y posiblemente estén en su pico de popularidad (¿?). Las razones son múltiples, pero una de las principales es la de no poder amoldarse a ninguna escena. Demasiados entrópicos para el gran público, demasiados normales para la escena under/postpunk/free/psicodélica/comehongos uruguaya (entiéndase IMAO, Fiesta Animal, Trío Vilardebó, Psiconautas, Pacientes, que en realidad tampoco tienen mucho que ver entre sí), Cadáver Exquisito nunca estuvo apadrinado –a no ser que nadaran hacia el otro lado del charco y le pidiese su bendición a Ariel Minimal-, y aquello lo convertirá en una banda eternamente insular en la música uruguaya. Ya cuando uno ve la horrible tapa del disco, se da cuenta de que esta gente no quiere agradar a nadie. Cadáver Exquisito I es un culto a lo dionisíaco, con un baterista que parece aplicar técnicas de Guantánamo a su batería y un guitarrista que encontró el puente invisible que une a Gegg Ginn con Jimmy Page. Todo lo bueno y malo que se puede decir sobre el disco radica en su desmesura, con temas de diecisiete minutos que nunca llegan a dejar de ser interesantes, solos tan setentistas como violentos que se anclan en Color Humano, Pescado Rabioso y otras bandas de aquella época, y sí, algunos sacrificios, propios de tales trapecismos volantes sin red. El tema paradigmático es Plafond, un tema con esencia funk que tranquilamente podría pegarla en las radios, y en el que, súbitamente a la mitad del mismo, se le instala un medley y demás divagaciones que lo extienden a más de diez minutos de puro delirio. Uno puede pensar que es una lástima sacrificar un tema pop tan, en un principio, redondo, pero ese mismo autosabotaje termina resultando una declarción de principios.

07) Deerhunter- Microcastle/Weird era cont.
El Microcastillo de Deerhunter es uno lleno de laberintos, puertas falsas, fosos y mazmorras, sin nunca dejar de ser brillante, tan cristalino como de vidrios espejados. Pop, pop del bueno, es casi como una de las más perfectas síntesis de los mejores recursos del indie de los últimos quince años. Es un laburo de orfebrería, que nunca pierde el norte aún en su más intrincado y shoegazer ep Weird era cont, que posiblemente supere incluso al disco oficial. Disco hipnotizante si los hay (el tema Agoraphobia siempre me mete en un extraño estado de trance), frente al verano que despliega sus tentáculos furiosos sobre todos nosotros, uno se pierde en el castillo de Deerhunter, y por un momento aquello se siente como abrir el freezer y meter la cabeza unos minutos. Si bien Next, de Scott Walker es mi tema del verano, posiblemente el disco de mi verano sea el Weird Era Cont, un álbum que me ha acompañado en jornadas pesqueras, descalzas caminatas por baldosas calientes de Montevideo, angustiantes desvelos frente al teclado y trayectos interurbanos en saunas móviles. Si enero en la ciudad no termina resultando un infierno, mucho le debe a este disco.

06) Millones de casas con fantasmas- Apoteosis LP
Pau O’Bianchi es el multifacético integrante de Tres Pecados, auque divide su actividad en otras bandas como Relacionessexuales, Genuflexos, y andá a saber cuántas otras más. Apoteosis LP es un disco elaborado en el marco de proyecto solista llamado Millones de casas con fantasmas. Es un disco doloroso, en el que el mismo Pau dice haberlo hecho casi en un estado de sonambulismo, percatándose del resultado recién una vez terminado (el disco fue grabado en una licencia vacacional, tiempo en el que no hizo practimanete nada fuera de la producción del disco). Pau aparece desatado, ciclotímico, con picos y bajones que tienen anclaje en oscuros tiempos que marcaron la vida del músico en el último año. El cambio sufrido desde Pesadillas para niños y travestis dadaístas (su primer disco) es notable, con una forma de cantar y una poesía mucho más segura de sí misma, comenzando a dejar los gérmenes de cierta cosmogonía que va a ser uno de los aspectos más interesantes de la obra de O`Bianchi. Abre el tema Hoy con un dulce arpegio y la voz de Pau, lejos de los gritos primigenios, cantando con voz temblorosa “(…) la seguí como si estuviera imitando a un ciempiés, verde venenoso pero honesto/ un ventilador/no hace volar a las mariposa las descuartiza/ como si fueran nuevas cenizas”. La canción sigue con la guitarra y aparecen unas trompetas lejanas, como si se estuviesen levantando los puentes del reino de Pau, esa muralla que sólo se conocía por el aceite ardiente que caía de sus torres en Pesadillas. El disco posiblemente tenga los momentos más bellos e intensos en la discografía de O’Bianchi, con una dignísima versión de Mandolín (ese tema abrumadoramente bello de Gustavo Pena, “El príncipe”, uno de los músicos más injustamente olvidados de la música uruguaya), la oriental China conquistará al mundo y el abismo que abre el disco a la mitad, que es la trilogía Mariana mañana/Ella no se va/Cajones, de las cosas más ominosamente depresivas que se hayan registrado en la música uruguaya. Tras Ella no se va, una canción desesperada y tensa, con ciertos visos a The trickster, de Radiohead (b-side que aparece en el single My Iron lung), Cajones sería la culminación del viaje en espiral invertida, con una atmósfera opresiva y versos como “ya están los cajones/solo faltas vos”. Aquello es Pau O’Bianchi más sombrío que nunca. Y a todo este ambiente funerario lo sigue una canción hermosísima, casi festiva, una pequeña historia para niños llamada “Lourdes, la hija del flaco dragón”.
Es bueno saber que hay gente que no sabe hacer otra cosa que hacer música.


05) Nick Cave and the Black Seeds- Dig, Lazarus, Dig!
Es increíble cómo alguien puede reinventarse de una forma tan específica, tan precisa, que encarna a otro personaje sin dejar en ningún sentido de ser lo que siempre fue (a diferencia de bandas como Primal Scream, que cambian quizás demasiado, o la esencia camaleónica de Madonna, una tipa que sólo es un lobo cambiando de disfraces de cordero). No hay que tomar a la ligera el mostacho, con este –introducido en su rostro en el Grinderman.- Nick Cave se aleja del romanticismo (de romanticista, no romántico) gótico de sus primeros trabajos, o la franqueza introspectiva de lo más reciente, para ser un personaje salvaje, más cerca de un pimp con un halo metafísico que un personaje Baudelaireano, un granjero más que bruto, brutal, pero no por así menos genial. El último disco de Grinderman tenía grandes temas como No pussy blues, pero por algunos caprichos ya clásicos a la hora de realizar los arreglos y producción de Cave, algunos recursos –como las baterías, siempre tan bajas- se habían echado a perder. Dig Lazarus Dig debe ser uno de los discos que mejor suenan de Nico Cueva y sus malas semillas. Más allá de sus obsesiones europeas, Cave siempre estuvo obsesionado con el Estados Unidos subterráneo, el que queda más al sur (un sur metafísico, que va un poco más abajo que cualquier rosa de los vientos) y que representa más descarnadamente bandas como Jesus Lizard, o Butthole Surfers (un ejemplo de ello, es su versión de Tupelo, ese susurrante, mágico y austerísimo blues de John Lee Hooker). En ese cambio de geografía, Cave se maneja con total soltura, sabiendo ser pimp y predicador al mismo tiempo, mostrando que todavía le quedan muchísimos años para hacernos caer de culo.
Extra Ball: de los mejores títulos de álbums que haya visto

04) Tickley Feather- Tickley Feather
Tickley Feather es posiblemente mi mayor descubrimiento del año, un disco editado en invierno, y que en cierto modo es un continuador de las sendas abiertas por Ariel Pink, con ese deconstruccionismo low-fi que llega a momentos mágicamente envolventes. Si seguimos con la lupa sobre los blueprints de este disco, hay cosas del Person pitch de Panda Bear, algunos climas hondos e invernales que me recuerdan al dream pop de Cocteau Twins y una forma de cantar que recuerda a la francesita Le volume courbe –proyecto sobre el que había reseñado hace un tiempo-.
Pero bueno, todo esto es una boludez taxonómica que en apariencia no tiene otro fin que mostrar las bandas que he estado escuchando. Si nos ponemos diseccionar el disco, Tickley Feather se relaciona un poco con los discos de Daniel Johnston, por el hecho de la recurrencia a cierto arcaísmo infantil, con canciones pobladas de loops de canciones de cuna para niños que generan un extraño deja vu, como si uno hubiese escuchado alguno de esos temas en las tonadas musicales de un móvil que pendía sobre su cuna. La voz de Annie Sachs, flotando entre viejas máquinas de ritmo y sintes de juguete, se siente como un espectro escuchado del otro lado de una interferencia telefónica, una voz que aparece y desaparece como un murmullo de otro mundo. Un disco que tiene una fantasmagórica ternura, con temas como The Keyboard is drunk (¿será alguna referencia a aquel hermoso tema de Tom Waits?), que genera una melancolía algodonosa, un sentimiento oceánico en que nada, al menos por esos 03:10 minutos, puede salir mal.
03) Juana Molina- Un día
Decir que Juana Molina ha convertido a su voz en un instrumento resultaría, no sólo una redundancia, sino una perogrullada digna de Juan Ortelli (bueno, pensándolo bien, Juan Ortelli diría que Juana Molina en este disco es como The soft machine comiendo en Pumper Nick, o algo por el estilo). Sin embargo, no podría decirse otra cosa, es la voz tomada como material de luthier, desmontándosela y analizándose todas las posibilidades inherentes. En esta rosacruz búsqueda estética por supuesto ya han habido centenares de performers más vanguardistas, más laberínticos y más radicales como puede ser, póngasele Meredith Monk, o Diamanda Galás (dos nombres que a Phibrizoq posiblemente lo haga hacerse encima), pero la gran victoria de Molina es en realizar estos experimentos en un compuesto que nunca llega a resultar completamente foráneo, una investigación que mantiene la unidad emocional y formalística de todo buen pop, aún prescindiendo del formato canción, uno de los básicos santo y señas del género.
Por momentos se deja a la voz navegar subterráneamente por los temas, repitiéndola en un loop que actúa como un pulso irreconocible, convirtiéndola en un riff, en un solo, en un cuerpo de vientos, en una ola, en un axolote, en un colchón de plumas –con araña Quiroguiana incluida. Un día llega a la culminación de una búsqueda no sólo emprendida en otros títulos de Molina (Son tiene mucho de eso), sino de la música argentina, vocalísticamente hablando. Lo reescucho y pienso que este es el disco que siempre le hubiera gustado hacer a Tanguito, un tipo que ya en los sesenta exploraba con las onomatopeyas y cualidades diferentes que ofrecian las cuatro cuerdas vocales, aunque sin la destreza y medios de Molina. Poesía cotidiana y abstracta, sumado a la herencia de Eduardo Mateo, fundida en orquestaciones que recuerdan a Robert Wyatt. No mucho más que decir.

02) Destroyer- Trouble in dreams
El término virtuosismo generalmente se lo asocia con destreza, cierto enfoque dentro de lo instrumental que hace pensar al artista o el producto más cerca del cerebro que de las tripas o el corazón. Es en este punto que el último disco de Destroyer subvierte tal punto, porque es un disco tan sentido, tan emocional como perfecto en su ejecución y arquitectura. Bejar es de los músicos que han hecho, canción tras canción, de su personaje un verdadero golem de arcilla que trasciende a su obra (no es sorpresa encontrar ciertas cadenas de carbono entre el canadiense y el siempre autorreferencial David Bowie). De hecho, disco a disco, Bejar va cartografiando un mundo que está demarcado por continentes emocionales, y en donde cada país tiene elementos de otro. La correferencialidad en algunos músicos se vuelve apologética, pero en el mundo de Bejar lo convierte en algo nuevo, lo vuelve más rico, como nuevas puntadas en un tejido que se va regenerando. Así, no sorprende encontrar ciertos elementos de otros discos en este, así como cierta correferencialidad entre algunos elementos de las mismas canciones del álbum, generándose una madeja que se extiende desde los inicios de su carrera, sin ser de esos casos de autohomenaje tan penosos, que circulan en la música y cine. Trouble in dreams es una pieza maestra en la arquitectura emocional que despliega, estando todo tan equilibrado y perfectamente diseminado, cada cambio de tono, cada silbido, cada temblequeo de voz, cada entrada y salida de guitarra (qué punteo dolorosísimamente perfecto que es Shooting Rockets), que lo convierte en un cubo de Rubik perfectamente armado, montable y desmontable en cuantas variaciones sea posible. Es la divina proporción davinciana del disco de amor y desamor. Y de eso me doy cuenta cuando escucho a Bejar, queriendo sentir lo que él siente, vivir lo que él vive, sin importar cuan terribles de sus resultados
01) Tres Pecados- Liu y las dificultades graves de aprendizaje
Pau O’Bianchi fue el músico uruguayo del año. Con una disciplina –o hybris- digna de Robert Pollard, Pau en un año hizo cinco discos, cinco que de hecho podrían haber sido más, pero que se limitó a mantenerlos en el cajón por razones meramente ligadas a la difusión de los mismos. Los mejores temas posiblemente estén en Apoteosis, pero Liu y las dificultades graves de aprendizaje es sin duda el trabajo más redondo, algo sobre lo que se le deben repartir algunas fichas a Ezequiel Rivero (uno de los integrantes de Amelia), cuya formación más anclada en el pop le dio un equilibrio que nunca antes se había visto en los anteriores trabajos de Pau. Liu… es un disco intercomunicado por el amor, prácticamente podría decirse que es un disco conceptual sobre tal sentimiento. El tema dos (ninguno lleva nombre) por su extraña orquestación recuerda a Panda Bear, mientras que el cinco –un tema tan sencillo como único, que no me dudaría en ubicarlo como el tema uruguayo del año- tiene una autorreferencialidad pop (“conocí a una chica en el Roxx bar, en un toque de Guachass y Culpables”) que no queda en un mero namedropping, y aporta a una de las mejores letras de Pau hasta la fecha. Alucinaciones floridas, sentimentalismo sin ironía, perspicacia sin cinismo, oscuridad con moretones de luz, es gracioso pensarse a uno diciendo “este es su disco definitivo”, cuando la carrera de Pau ocurrió en un par de años –con muchísimo más por delante-, pero la cantidad y variedad de su obra me terminan llevando por tales derroteros.
Pero lo más deslumbrante de este repaso discográfico no radica en números y records, sino en el hecho de que, a diferencia de personajes como Max Capote o Dani Umpi, en los que la construcción de cierta imaginería adquiere una redundancia que reduce su obra a espectáculos de afirmación ideológica, Pau, y podría decirse que solamente también el dúo Carmen Sandiego (mundos distintos, pero los dos tan oscuros como cautivadores), lograron en unos pocos años, no crear una determinada estética, sino un mundo propio; en el caso de Pau, un mundo de crayola, poblado de sexo, ciempiés, cangrejos, niños, drogas y polillas. Hace un tiempo conversaba con un amigo y le comenté, como al pasar, “esto es una escena muy Pau O’Bianchi”. Llegar a decir aquello de una forma tan natural que uno casi ni logra percatarse de ello, es algo que ya les está reservando a estos músicos un lugar especial en la historia de la música uruguaya, una historia que, como espero que así continúe, no deje de escribirse.

Tuesday, December 16, 2008

Seis fotos
Hace unos meses me cambiaron el celular por un tema de contratos de Ancel y no sé qué otras cosas. Mi padre me anduvo hablando de mp3, blutuz, y cosas por el estilo, pero yo le mantuve que mientras siguiera marcando números y no causara inminente cáncer en los huevos nos íbamos a entender. El celular es un Nokia, y más allá de cierto comportamiento esquizofrénico (llama a la gente por sí solo, vaya uno a saber por qué), me quedé bastante conforme con la compra. Fue recién al mes de tenerlo que empecé a ampliar su espectro de usos, utilizándolo como cámara fotográfica. Por supuesto, las fotos que se pueden sacar con un celular (y con la mayoría de las cámaras digitales) son medias pedorras, pero de alguna forma me ha servido para capturar ciertos momentos, o ciertas imágenes que se suelen desmigajar en mis recuerdos. Tengo cámaras más caras (que igual tampoco son la gran cosa), pero cuando las cargo siempre tengo una sensación de peligro, que me hace perseguirme bastante de que me la roben. En cambio, con el celular, ni me preocupo. Lo interesante es que el celular siempre lo llevo conmigo, lo que me permite sacar fotos en situaciones completamente ligadas al azar. Cuando tengo una cámara posta en mis manos, nada interesante me suele suceder, como cuando uno era chico y se quedaba esperando sorprender a Papá Noel atrás del arbolito.

La siguientes son seis fotos que más que fotos, son disparadores a situaciones que me ocurrieron, y obsesiones sobre las que anduve rondando estos días.
Así que, antes que nada, la fotos no persiguen ningún fin artístico, són más frasquitos de formol que fotos en sí, así que no me vengan hablando de Mar Ray, Philippe Halsman, o Weegee.

Kamikaze
Un jueves, luego de enterarme que una paciente había reingresado al Vilardebó (por tercera vez en un mes y medio) me encontré en el centro sin otra cosa que hacer que volverme a mi casa. Estaba agarrando por Tristán Narvaja hacia 18, cuando extrañamente se me ocurrió pasar por facultad (extrañamente, porque no suelo caer en facultad sin una buena razón). Es período de exámenes y el patio de facultad está sumido a un razonable desierto. Miro sin mucho interés algunos posters de jornadas psicoanalíticas (un gesto que más que verdadero interés es una coartada, ya que son jornadas a las que posiblemente nunca iré) y cruzo el patio, no encontrando nadie excepto a Kamikaze. No sé mucho cuál es el diagnóstico, pero Kamikaze armó una suerte de circuito, alternando entre la facultad de psicología y el centro diurno del Vilardebó (para los no uruguayos, el principal hospital psiquiátrico de Uruguay). Es un tipo bastante particular, las primeras veces que lo vi usaba un sombrero de vaquero y cargaba su guitarra como si fuese una extensión de su cuerpo (y cuando uno habla de apéndices corporales en psicóticos, aquello no es metáfora). Nunca quise amigarme del Kamikaze, principalmente por ser un mangueador casi terminal. Siempre que lo ves necesita un peso, un peso para pagarse un ómnibus, un peso para comprarse una medialuna en la cantina de la facultad, un peso para llamar a una mina que conoció en la plaza de los bomberos, un peso para no tener nueve pesos y llegar a la decena. Mucha gente me ha comentado que los últimos días de Eduardo Mateo fueron medio así, todo el mundo le huía porque lo primero que hacía, casi indiscriminadamente era pedirte plata. A uno siempre le tienta colocar a todos los artistas locos dentro de una misma categoría (El Ars Brut, Outsider Art, o como corno quieran llamarle), sin percatarse que es una bolsa que está llena de agujeros, siempre a punto de desgarrarse. En general la gente piensa a la locura como un plus para llegar a ciertos estados de conciencia diferentes al resto de la gente, pero en realidad, tal como sucede con el uso de alucinógenos, si bien los multiplicadores de la realidad han servido de mucho en ciertas producciones, nunca se podría decir que la obra es producto exclusivo de aquello (sería sacar todas las pesas del recipiente del artista y ponerlas en el recipiente de la droga, cuando la cosa en realidad es mucho más compleja). De la misma manera que tomar ácido no te convierte en Jerry García, ser loco no te convierte automáticamente en Van Gogh. De hecho, una triste verdad personal que me ha tocado ver es que la mayoría de los locos suelen estar descendidos en muchos terrenos, y suelen estar apegados a aspectos ultraconvencionales en sus ramas artísticas –desde la puerilidad de pacientes que sólo dibujan casas con flores y solcitos, a tipos que toman prestado el discurso médico mesiánico y hacen canciones de cuando estaban mal, y cómo Dios o los médicos lo salvaron.
En muchos casos, lo más creativo que les he visto es su delirio mismo.
En el caso de Kamikaze, siempre lo vi haciendo covers de Sabina y cosas por el estilo, por lo que nunca lo tomé completamente en serio en cuanto a su creatividad.
Di una vuelta más y no encontré a nadie. Me estaba yendo cuando escuché una canción que estaba saliendo de la guitarra del Kamikaze. Era una canción extraña, que generaba un estado de ánimo particular a través de una curiosa combinación de acordes mayores y menores. Tenía una extraña cualidad de no permitirte saber si era una canción feliz o triste. Podía ser una celebración de la infelicidad o un duelo de la alegría. O algo así. La cosa es que me quedé junto a Kamikaze, mientras tocaba aquella canción y el tipo me percibió al lado suyo, pero como quien percibe a una paloma a unos metros de sus pies. Termina la canción y Kamikaze se me queda mirando y le digo “es un buen tema Kamikaze, de dónde lo sacaste". Se ríe y me contesta “ese tema es mío”. Yo digo “ah, mirá que bien, me gustó ese tema”. (La verdad es que me gustó realmente ese tema, lo que digo es sincero, por más que me reprocho al oir mi voz, que por momentos parece al de una maestra de escuela). “Tenés otro tema?”. “Sí, ¿tenés un peso?”. La contrapregunta era esperable y desenfundo dos pesos como quien le paga a un artista callejero. Me dice “Esta última todavía no está terminada, me tengo que fijar en la letra”. “No importa, tocala y vemos cómo sale”. Se ríe ensimismado y comienza a tocar. Toca con los ojos cerrados, vocaliza exageradamente, la guitarra no ayuda y los dedos no aprietan bien entre algunos trastes, los acordes son luminosos y a la vez suenan a podrido. Mientras la canta me quedo leyendo la letra escrita en un cuadernito, una caligrafía bastante ordenada, con las G, F, y G# como sombreros sobre cada versito. No me acuerdo mucho de la canción, pero en cierto momento dice algo como “y me sacaron a caminar/por las calles de la ciudad/y ella apareció/y orea”. Es un buen tema, y la última palabra me intriga. Le pregunto qué significa orea, y como si fuese un padre ante la pregunta de cómo nacen los bebés, sonríe cómplicemente y me dice “es un estado de ánimo”.
De la nada aparece el Barón de la Laguna y Seba y sorprendido por mi suerte de encontrarlos, nos quedamos hablando los cuatro. Al Kamikaze ya lo habían saludado y le piden que toque otro tema. Se pone a tocar uno, pero pronto nos damos cuenta de que nos está cagando y está tocando uno de Calamaro, con un acento extraño que lo hace parecerse más a Bunbury. Kamikaze tiene una venda que le cubre toda la frente. El barón de la laguna le pregunta a qué viene esa venda y Kamikaze responde que se golpeó el otro día, queriendo saltar un banco. Nos quedamos viendo la venda y concordamos en que mete mucha onda. “Ahora que la veo, es como la de Karate Kid”, comento, y El barón de la laguna y Seba se ríen, pero Kamikaze se ríe más, una risa de entusiasmo llena de tropezones. “Habría que hacerte unas letras chinas, ahí serías mismo Kamikaze sam”. El tipo se emociona y dice “Ahjajaja, sí, jaja, espérenme un cacho, ya vengo”. Entra a un cuarto que oficia de sede de gremio estudiantil y vuelve con un drypen azul en la mano. “Dibujame, dibujame”. “No me acuerdo mucho las letras chinas, estuve algo de tiempo en Japón, pero no me acuerdo mucho”. “No, dibujame...¿viste la estrella de David?”. “Sí, claro”. “Dale, eso, dibujame eso”. “¿Estás seguro?”. “Sí, sí, la estrella de David, la estrella de David haceme”. Como si fuera alguien hablando con su futuro tatuador, me exige que primero le muestre en un cuaderno a ver si sé hacerla. Rápidamente le hago los dos triangulitos superpuestos y el loco queda re emocionado. Me da el drypen con una extraña solemnidad y me acerca la cabeza. Lentamente, le hago los dos triángulos azules. Ni bien se lo terminamos de hacer, nos cagamos de la risa y el tipo se va a ver en el reflejo de los vidrios de facultad. Pasan unas minas del gremio y les pregunta qué les parece. Ellas, sin saber mucho qué decir, le responden que le parece original. Kamikaze sonríe y les pregunta si no tienen un peso.
Se acerca Seba y me dice:
-Qué ficha el Kamikaze…
-Mientras se mantenga lejos de Pocitos está a salvo.

Anal-retentivo
Yo siempre fui un neurótico, pero al menos un neurótico felizmente sucio. Nunca me habían molestado de sobremanera no lavarme las manos, y no andaba controlándome las veces que me bañaba (eso más o menos lo decidía la grasitud de mi pelo). Llegaba de los ómnibus y con total tranquilidad metía la mano en un envase de pepinillos y me comía dos o tres, chupándome el vinagre que me quedaba entre los dedos. Abría las puertas de los baños públicos, y solo a veces me lavaba las manos (más por la novelería del secador de manos, que por verdaderos impulsos higiénicos). Me sentaba en la calle, me iba a dormir con la ropa puesta, me despertaba y seguía mi vida al día siguiente, con la misma ropa del día anterior.
Hace unos meses mi padre introdujo el civilizador invento del alcohol en gel. Ya lo había visto en la casa de María (su madre es odontóloga y tiene un dispensador particularmente grande), pero la idea de tenerlo en casa me parecía demasiado lejana. No fue necesario comentárselo dos veces, y fiel a su espíritu impulsivo, mi padre no dudó en comprarlo. La cuestión es que desde que se introdujo dicho producto a mi casa –y sobre todo por lo práctico que es en eso de que se te seca a los pocos segundos- comencé hacer su uso coextensivo a todas las actividades que vinculaban a mis manos. Iba al baño y me pasaba el alcohol. Llegaba de facultad y también me untaba las manos. Todo iba más o menos bien -y limpísimo- hasta el otro día que fui a una panadería que queda al lado de mi facultad. Se me ocurrió comprar una milanesa al pan, y entonces me di cuenta que tenía serias reticencias de hacer la compra. No demoré mucho en darme cuenta de que no quería comer aquello sin lavarme las manos. Por supuesto, no había alcohol en gel, jabón, ni nada por el estilo en varias cuadras a la redonda. Terminé obligándome a comer la milanesa, sin poder evitar reconstrucciones de los acontecimientos del día, en que vinculaban mis manos en actividades como agarrarme del pasamanos, manejar billetes, señalar una vidriera, atarme unos cordones que se arrastraron por medio 18 de julio.
Antes era más fácil y nunca me había enfermado.
Como dice el gran Robyn Hitchcock, A happy bird is a filthy bird.

Musas anónimas
Nunca fui un tipo de modelos. Deben haber contadas excepciones, pero la casi totalidad de mis musas provienen del mundo cinematográfico, y ocasionalmente del musical. En Argentina, el modelaje parece, Tinelli mediante, cada vez más imbricado con el mundo de las vedettes -que resulta un handicap, la verdad. Por otro lado, las modelos europeas siempre me parecieron demasiado cadavéricas para mi gusto.
Más allá de esta cuestión personal, cada tanto encuentro a una modelo al azar que me termina por resultar particularmente atractiva, generalmente perdida en alguna revista vieja de peluquería, o en la publicidad de un ómnibus que va demasiado rápido como para sacarle una fotografía o retenerla en la memoria. Tal evanescencia me genera una particular obsesión, porque uno en general -salvo con las más famosas- se da de lleno con su anonimato, y no tiene a su disposición medios como la internet como para tener más material de dicha persona. Ya lo he dicho varias veces, tengo un extraño afán de coleccionista, y cuando hay una mujer bella de cuyo nombre no sé nada, me viene la angustia de alguien que escucha un hermoso tema en la radio, sin saber quién ni cuando lo hizo. Uno se acerca a un amigo y le dice “es uno que en una parte la guitarra hace un riff onda ta-ra-ta-ta-ta-ta-ta”, generalmente recibiendo el desconcertado rostro de la otra persona, con una mueca que colinda con lástima. Bueno, es lo mismo con esas musas anónimas. La lista es algo escueta, no suele ser algo que surja muy seguido, pero cada tanto aparece una. Había una modelo de Complot de hace unos años –me enteré que era brasilera- que aparecía mucho en el abusivo material de propaganda de la Rolling Stone. Ahora, en ciertos ómnibus hay una musa de Kosiuko –una marca que siempre se había caracterizado por teens escuálidas y sin gracia- que es indudablemente perfecta –de esas perfecciones no aburridas, que tienen un plus que uno vaya a saber cuál es- como si fuese una versión más angelical de Kate Moss y con una extraña expresión de cansancio, o espera, o algo entre los dos. Y también está la mina de los bronceadores L'Oreal, cuya imagen adjunté arriba. El laburo fotográfico no es de los mejores, incluso el rostro quedó captado de una forma imperfecta que lo hace ver notoriamente asimétrico, como si tuviera más hueso y carne de un lado de la cara que del otro. Sin embargo, hay una extraña esencia perversa detrás de un rostro originalmente virginal, que da en cierta tecla que me la hace sentir tremendamente atractiva. Por alguna extraña razón, las marcas de bronceadores, dentro de un subject tan sexualizado como el de untar el cuerpo semidesnudo de personas con lociones, nunca se vio tan contaminado de erotismo. Hay como un subcódigo que dice que ser sexy con aceites de motores está permitido, mientras que con bronceadores es tan explícito que es algo grasa. Vaya uno a saber por qué, pero es exactamente lo que me parece atractivo de la imagen. La foto resalta más el abdomen que las tetas. Incluso, la malla es particularmente pacata, blanca y pura, como cubriendo por las dudas toda la escena púbica, no sea cosa que se escape algo. La posición es bastante estática y no tiene mucha onda, pero hay aglo que sí funciona en el rostro, o más bien, los ojos, o quizás el subtexto entre los ojos y la boca. Parecería que en su origen hubiese sido una foto de prueba, de descarte, como esas que se toman de improviso segundos antes de que se pueda ensayar una pose. La magia de esa expresión radica en las mismas razones por las que considero la tapa del Adventure, de Televisión, como una de las mejores portadas de todos los tiempos. En esa foto todos andan mirando al suelo, rascándose el cuello, embarcados en cierta inseguridad radicalmente opuesta a lo que se espera dentro de los cánones del rock (el rocknnnen). La foto del bronceador funciona (o, por lo menos, me funciona), por la misma razón, sólo que a la inversa: detrás de una escena sin gracia y pacata, hay algo en la tipa que te invita a más.
Llego a la peluquería de María y me pongo a vichar algunas revistas. Hay una Rolling Stone que me la leí casi íntegra, y me fijo sin muchas ganas en algunas Paparazzis, y una Semanario. Pasa el tiempo pero el brushing de una rubia con el pelo esta la cintura se extiende más en tiempo más de lo que tenía pensado, y agarro una Bla. No hay nada muy interesante y paso las hojas sin ninguna particular deferencia. Ahí es que veo, en la última carilla, una foto en blanco y negro a Francisca Valenzuela y Fernando Cabrera (supongo que en los bastidores del Solís, en ese toque que dieron hace unos meses). Es extraño, pero la fisonomía de Valenzuela me parece atractiva por más que las larguiruchas nunca –ni por asomo- fueron de mi gusto. No sé qué será, pero viendo fotos como esta otra, pienso que a lo mejor me atrae cierta geometría que mantiene la cabeza de Valenzuela con respecto a su cuerpo. Dos brazos acá, dos hombros allá, la cabeza colocada como una estrella de arbolito de navidad, algunos colgantes, el pelo invariablemente alto, como el mastil de un barco. A en función de B, perfecta simetría, x queda despejada: Tautología. Me agrada la cara, la forma en que la cara está en función del cuerpo de Valenzuela por cierto formalismo, el mismo formalismo que me hace ver (salvando las distancias) el particular rostro de Monica Vitti como algo tremendamente atractivo.
Y extrañamente, siento a Francisca como una tipa que podría ser mi amiga, de esas amigas que te comienzan a generar problemas semiológicos.
Ahora revisando las revistas de la peluquería, recuerdo una revista bastante gorda que tenía fotografías de matrimonios de famosos en los setentas. Entre pantalones campana y camisas con hombreras, había pareja que me había llamado por completo la atención. Era una mujer con el pelo recogido, los cachetes bastante marcados, unos ojos tan dulces como tristes, como los de Bárbara Lombardo. La tipa usaba un sacón de paño, si no me equivoco, su esposo al lado de ella parecía un tarado, de esas personas de relleno que se encuentran a montones. Pensé que era una mujer para quedarse tomando un café, a esa que la admirás en ciertas actividades nimias, como el hombro saliéndose del buzo al agacharse para buscar algo, o su rostro concentrado al rascar algo que está manchando un vidrio. Por un momento pensé en arrancar la hoja para llevármela a mi casa (con una pasión entomóloga, como si fuese otra mariposa disecada para la colección), pero aquello me pareció un acto digno de un enajenado, por más que nadie se fuera a dar cuenta. Al final lo dejé a la suerte, y pensé volverla a mirar un día como estos. Ahora me doy cuenta que la revista ya no está más. Pienso en si la tipa habrá sido feliz con el douchebag de la foto, y ahora pienso que aquellos cachetes deben estar arrugados, y la tipa probablemente sea una veterana comiendo masitas con sus amigas en un cafetín de Callao, pensando irse con sus nietos a su casa de veraneo en Bahía Blanca.

Whoregasm
Uno tiene más o menos claro que los sets pornográficos no son precisamente el ambiente con mejor onda del mundo, pero uno –aún lejos del artificio exultante y pseudo glamoroso que nos hacen creer Ron Jeremy y los AVN Awards- siempre tiende a pensar que tampoco es el espectáculo dantesco que mantienen los más fervientes antagonistas a dicha institución. Luego de ver Porn’s most outrageous outtakes, mi posición se tambalea un poco. El documental –Darío, quien me lo recomendó, dice que es una poderosa muestra de Cinema Verité-, más que documental es un detrás de las cámaras sin mucho editar de sets pornográficos. Si bien se puede ver explícitamente lo que sucede, las cámaras por primera vez no están tan interesadas en captar penes y vulvas, sino que se quedan fijadas a los rostros de los protagonistas, alguna mueca de un iluminador, las instrucciones del director, los kleenex que limpian el cum entre escena y escena. Dependiendo del caso, uno por momentos piensa que es tan divertido como se imagina, y a la vez, tan horroroso y degradante como otros mantienen. En general son extractos de producciones mucho más caseras (nada que ver con los megaproyectos de Vivid), más artesanales y con actrices menos conocidas, por lo que los directores se permiten ciertas libertades que en otra circunstancias no se podrían tomar. Hay actrices que están tan drogadas que no pueden mantenerse en pie, hay una mina que al participar en un gangbang con cuatro morenos revive un sueño en el que era violada por un negro, entrando en un extraño estado de shock que mezcla a su maquillaje corrido con lágrimas -y otros fluidos corporales-, hay pendejas que buscan hacer unos pesos y las meten a hacer gagging order sin que supiesen que habían firmado para eso, y así una serie de galería de atrocidades que cada tanto se corta por momentos de delirante ridiculez, como una verdadera piñata en una escena de bukkakes, y momentos de extraña ternura de los directores hacia sus actrices.
En ese juego de claroscuros, hay un momento que me pareció completamente deslumbrante, una extraña sutileza que vale por todos los documentales y libros que se hayan filmado o escrito sobre la Blue Industry. Una actriz está en plena escena cowgirl con un tipo y llega a un orgasmo. La siguiente escena te muestra a la tipa detrás de las cámaras. Está llorando por algo que nadie entiende. Le empiezan a preguntar y la tipa explica que se siente culpable por haber terminado mientras lo hacía con el actor. De ahí se comienza a tejer la madeja y la tipa explica que siente aquello como haberle metido los cuernos a un novio, a quien ama profundamente. Los tipos la consuelan y los detrás de cámaras desembocan en otra cosa completamente diferente, como si hubiera sido una cosa de lo más insignificante. Para mí, es algo interesantísimo. Cómo es que funciona la culpa. Después de todo, el pene ya lo tenía adentro, pero el sexo tiene poco y nada que ver con penetraciones. No es la penetración, sino la ficción, esas pequeñas historias que se cuenta uno mismo durante lo real del acto lo que lo vuelve una relación sexual. En tanto ella era actriz y gemía y se contorneaba de acuerdo al plan de un director, aquello no podía considerarse en absoluto un engaño. Pero entonces algo se desató, como esquivando una mulita en el medio de la carretera, la rubia pegó un volantazo y se fue a la banquina. Se lo vino venir, mejor dicho, se vio venir y no pudo hacer nada. Miro de vuelta esa escena y concluyo que la culpa es exactamente eso, un país en guerra, cercado por mojones invisibles.

Tatuajes
Pez Rabioso se va a hacer las cuatro barras de Black Flag en el brazo izquierdo.
Le pregunto si lo puedo acompañar cuando se lo haga, ya que es algo que nunca hice –sí acomopañé a amig@s al psicólogo, al dentista, a resolver un problema con su pareja, a comprar un colchón, a depositar plata en un banco y a comprar sustancias psicoactivas, pero nunca a hacerse un tatuaje-, pero Pez Rabioso me dice que Callico (el famoso tatuador de 26 de marzo), por cuestiones de disposición del local, no permite mirar su laburo, por lo que la espera sería tremendo follón.
Llega un momento en la vida de todo chico –al menos, en los nacidos después de 1985- que somete a análisis seriamente la opción de tatuarse. Yo soy tan indeciso con esos temas, que probablemente nunca encontraría un elemento que desearía que me acompañara el resto de mi vida. Lo más cerca que estuve de marcarme con tinta fue cuando tenía dieciséis años y pensé hacerme la famosa insignia de Tolkien, procastinación a la que estoy muy agradecido, ya que habría elevado mi nerdez a niveles insostenibles. Nunca encontré nada frente a lo que me asociara tanto, ni algo que estuviese en tal sintonía estética como para tatuarme. Si tuviera que hacerme uno, posiblemente me haría la tapa del Amanecer búho en el brazo derecho, no sólo por el hecho de haber sido Buenos Muchachos una banda que me regaló momentos muy importantes en los últimos años, sino también porque los búhos fueron imágenes que me acompañaron desde chico –mi padre era jugador de fútbol de Tecos, y abundaban las figuras de tales seres alados en toda mi casa-, y porque, sencillamente, es un dibujo muy lindo (y si me pongo new age, las lechuzas representan la sabiduría y todas esas mierdas...). Pero igual, nunca me haría un tatuaje.
Y de esto estoy seguro a la hora de ver tatuajes como los que se pueden ver en la sección del basurero de la página oficial de Callico. Difícilmente me haya reído tanto en los últimos meses, hay monstruosidades que no se pueden entender cómo alguien se animó hacérselas, tatuajes que dejan parado a un recluso del INAU como Leonardo da Vinci, indudables productos de noches de borracheras y arrepentimientos matutinos. Hay una troja de fotos con los comentarios más graciosos que he leído en mucho tiempo, pero sin duda entre los mejores está el “retrato del che version manga con corte de pelo de cumbia (años 90) o mullet y patas de tarántula agarrándole el habano”, y “cabeza de jesus rasta con exagerada barba candado flota enojando mientras desarma su collar de perlas”. Péguense una vichada, es realmente de lo más gracioso que he leído, y lo hacen a uno sentirse algo contento de tener brazos y espalda ink-free.
La foto adjunta arriba es de los respectivos brazos de Hiram (líder de Psiconautas, Uoh y miembro de Relaciones Sexuales) y Pau O’Bianchi (cantante de 3 pecados, Millonesdecasasconfantasmas, RR.SS. y andá a saber qué más). Prestar particular atención al tatuaje carcelario de Pau, la consumida serpiente enroscada a la elefantítica espada de mango corto, con una expresión que no se distingue entre la risa y la inminente mordedura.

18 y Yaguarón
Tras una muestra más de la morbosidad de mi insomnio (habría que hacer un estudio de las horas de sueño desaprovechadas en función del apogeo del youtube), me desperté el martes a eso de las doce y cuarto del mediodía, apuradísimo por ir a terapia, que empezaba a la una. De cierto modo, los martes y viernes he construido una suerte de rutina que se basa en levantarme, agarrar La diaria –me llegan sólo los martes y viernes- y tomarme el 121 (casi siempre haciendo todo esto como una creación de George Romero).
Iba a ser un día como cualquier otro, hasta que me fijé en la sección cultura. Un artículo de JG Lagos hablaba de dos libros de Roberto Apprato, uno de ellos llamado 18 y Yaguarón, libro cuyo título capturó mi atención (y luego sabría por qué), por lo que seguí leyendo. Fue ahí que mientras lo leía, comencé a sentir algo entre enojo y asombro -más que enojo, frustración, más que asombro, miedo. JG Lagos estaba hablando de una novela que yo había estado escribiendo durante todo este año. (Explicar las coincidencias entre lo que he estado escribiendo y la reseña que leí significaría hablar de lo que yo espero escribir, o a lo que esperaría llegar en mi escritura, es decir, tendría que elaborarles una especie de manifiesto de cómo tendría que ser leída mi novela, cosa que me resulta algo ridículo y rimbombante, por lo que me voy a limitar a decir que compartía con Appratto cierto marco teórico, y el hecho de que la mayoría de mi historia se desarrollaba en, nada más y nada menos, 18 y Yaguarón). De algo estaba seguro, ni Apprato ni yo nos habíamos leído nuestros respectivos trabajos. Mi novela –o lo que hace unas semanas me ha empezado a gustar llamar novela- estaba celosamente guardada en un archivo word que nunca salió de la computadora. Appratto la debe haber guardado en un cajón, un montón de hojas de computadora escritas a mano, o vaya a saber uno qué. No había leído ningún material suyo, salvo una reseña que se le había hecho a otro de sus libros, Se hizo la noche. La idea de una posible telepatía comenzó a invadir a mis hipótesis, y por un momento comencé a temer la borgeana posibilidad de comprarme el libro, leerlo y descubrir que comienza exactamente igual al mío.
Al día siguiente a tal hallazgo, sin quedarme otra, decidí comprarme el libro.
Por suerte, fueron pasando algunas cuantas carillas y terminé tranquilizándome, al ver que el libro no era tan parecido como me lo imaginaba. Sí puedo encontrar ciertas cosas en común, pero no era la coincidencia anuladora que me aterrorizaba. Pero he aquí la curiosidad: el libro no era igual al que venía escribiendo, pero sí retomaba algo que me venía obsesionando en los últimos meses –sobre todo, desde que empezó la primavera. Básicamente podría decirse que todo el cuento se basa en la espera de un semáforo en rojo en la famosa esquina que corta al Centro de Cordón. El protagonista consigue un libro de Adrián Iaies y comienza a pensar sobre ciertas coincidencias y qué significa realmente ese disco y esas canciones, qué significa el hecho de haberlo buscado tanto tiempo y encontrarlo en ese preciso momento, cómo se puede encontrar el coagulante entre aquella noche que lo escuchó en un auto de Carmelo, y ahora que se lo acababa de comprar. Pero ese cuestionamiento no se queda exclusivamente en eso, y desemboca en una disección analítica de qué significa 18 y Yaguarón, qué significa la calle más allá de su condición de calle y su nombre –que a pesar de ser sólo un nombre cambia todas las cosas-. Appratto emprende esa empresa con tal convicción, con tal lucha a uñas y sudor con y contra el sentido que por momentos parecería que estaría por llegar a una verdad, una verdad a la que ningún filósofo había llegado: qué significa estar en determinado lugar, en un preciso momento. Es tal la introspección que por un momento pareciera que te hiciera un agujero en la dermis del mundo, para mostrarte, entre muchas sombras, vapores y chirriantes engranajes, el sistema de relojería suizo que está detrás de nuestros telones.
Unas semanas atrás me estaba yendo de la casa de María. Lugano es una calle empedrada y a la altura de 19 de abril se levantan unos cuantos jacarandás, que, justo antes de llegar el verano empiezan a largar furiosamente todas sus hojas, encharcando de lila las angostas veredas y parte de la calle. En esa esquina uno se enfrenta al Jardín Botánico, con una linda residencia de ancianos (si la conjuncion de ese adjetivo con tal sustantivo es posible) a su derecha, y una extraña casa de ladrillo a la izquierda. En esa casa había un viejo tomando un te, recostado con algo de dificultad en una hamaca. El día no estaba muy soleado, más bien se generaba una extraña sensación plástica en que el cielo nublado, curiosamente oscuro, volvía más fosforescente el lila de los jacarandás. Después también me percaté que en 19 de abril el follaje de los árboles era particularmente verdoso, y me llegué a preguntar si me pasaba algo en la vista. Fue en ese camino cuesta arriba hacia Suárez (con las garitas militares de la casa presidencial viendo cómo un tipo caminaba mirando hacia arriba), que me comenzaron a invadir una serie de extraños pensamientos de corte místicos o panteístas que nunca me habían venido. Nunca fui consumidor de hongos, ni nada por el estilo, pero aquello lo sentí como un extraño viaje. Caminaba con la cabeza apuntando al cielo y mientras miraba a los árboles mecerse por el viento sacaba conclusiones como “estos árboles están acá desde antes que yo naciera, hasta qué punto son meros espectadores y no actores de todo esto”. Convengamos que tales tipos de razonamientos no son tremendamente originales, y por momentos parecen medios hippie-pedorros, pero lo que me impactaba no era la naturaleza de las conclusiones, sino la forma que me aferraba a ellas, la idea de que realmente viendo aquellos árboles estaba entendiendo algo que nunca antes supe conocer. Y después vino un olor del aire que me hizo acordar a una casa de artesanía que iba cuando era chico. El recuerdo es sencillo, pero conservo una extraña cantidad de elementos satélites que son indisociables a tal construcción. Tendría cinco años, era un día feriado y yo estaba disfrutando del dibujito de Las cazafantasmas, un programa que no podía ver por mis horas preescolares. Recuerdo que mis padres me dijeron que tenía la clase de artesanía. Recuerdo una bufanda y un aire otoñal que es el principal salvoconducto que me lleva a tal cadena de imágnes. Y me acuerdo del lugar, una casa con un fondo tapizado de hojas, un altillo con luces amarillentas donde trabajábamos con arcilla y esas cosas. Recuerdo que se hizo de noche y que quise hacer en arcilla un salón de baile donde bailaba Icabot en el dibujito de El jinete sin cabeza, que tanto me gustaba y daba miedo de niño. Y también me acuerdo de mi abuelo yéndome a buscar, un golpe que se dio en la cabeza, mi impresión imaginándome el dolor del golpe con el techo de ladrillo en esa calva tersa, el pequeño pozo que le había quedado por un injerto de piel que se tuvo que agregar a la pierna, tras la extirpación de un tumor en su pierna. Todo esto me venía, más bien, siempre me viene cuando huelo aquel olor del aire. El olfato es el sentido más colindante con el inconsciente. El oído y la visión están sobrecodificados, y el tacto y el gusto comparte con ellos la capacidad de conseguir un objeto intermediario para recrear determinada sensación en el momento que se precise (uno siempre puede volver a probar antiguos manjares, uno puede –dentro de lo posible- volver a tocar la misma superficie). En cambio, el olfato es pura evanescencia. Prácticamente no hay forma de aprisionar los olores, tal como pretendía Jean Baptiste Grenouille en Perfume, esa película romanticista media exagerada pero algo interesante que salió hace poco en el cine. El olfato es algo caprichoso, y se aferra a olores muy diversos, que no suelen ser encerrados en fragancias. Por esa misma razón, ciertos olores están como en una periferia, sin poder ser recreados, sino que se presentan cuando ellos quieren, como ese olor fresco que sentí en ese trayecto de una cuadra por 19 de abril. Siguiendo con estos devaneos metafísicos, por un momento llegué a la conclusión que ese olor era suficiente para recrear un momento particular, y que en cierto punto podía demostrar que pasado y presente no están tan escindidos después del todo. Por un momento llegué a pensar que incluso si indagaba un poco más, podía descubrir una suerte de máquina del tiempo, pero este es un pensamiento que se daba de lleno contra una puerta cerrada, invisible.
Es en este sentido que vuelvo a Appratto. El tipo comienza a tejer una serie de razonamientos, una introspección exhaustiva que por momentos está a punto de revelar, abrir esa puerta que yo apenas llegaba a intuirla. En la página doce del libro dice: “Estar en el centro es como no estar en ninguna parte, es el comienzo de un relato que va hacia atrás, traza un dibujo en el que unos puntos se destacan, sólo por un segundo, ocupan un lugar y luego desaparecen para que aparezcan otros. Es el pasado que insiste en que lo miren de otra anera (…) el espacio de las veredas deja tiempo para pensar. ¿El pasado? Todo el centro está en pasado, todo es el pasado. Al pensarlo se abría otro espacio, una serie de escenas: me veía caminando a la vuelta del IPA para tomar cerveza en la esquina; con mi padre, en La Sibarita, comiendo un churrasco con huevo frito y papas fritas; en un bar de enfrente con tosa la clase del loce; entrando al cine Trocadero y pagando la entrada ahí; a la izquierda; esperando el ómnibus en la parada que está delante del otro cine; cruzando las carteleras de El Día; entrando en la falería Yaguarón para comprar un regalo; subiendo las escaleras de Jaque, arriba del palacio Díaz. Cada una de esas escenas es una lectura de 18 y Yaguarón, una lámina coloreada apenas, para que yo reconozca detalles de su presencia, pero no sólo de su presencia, sino de lo que eran para mí. Es como pasar de la indiferencia a la diferncia y concentrarse. En ese punto, como veo ahora, la luz disminuye”.
Todo aquello es como una búsqueda desesperado por trascender lo simbólico y llegar a agarrar lo real, pero en el fondo sabemos que aquello es como cazar majuga con las manos.
Ahora estoy esperando al 522, en la parada de 21 de setiembre en frente a Patio Biarritz. Huelo el mar, veo el cielo al borde de la noche y escucho Out of this world de The cure, y sé que está por venir una nueva cadena de asociaciones. Y verdad, no existen historias, en el fondo las historias es una forma de trabajar la materia prima desordenada que nos llega de un continente que ni siquiera conocemos. Hay gente que le llama azar, otros que le encuentran causas místicas, religiosas, económicas o psicológicas, yo sencillamente pienso que hay un espacio entre medio, un nudo, una equis perdida y bastarda que une a esta canción del Bloodflowers con esta tipa desconocida que está sentada al lado mío en la parada, su campera de nylon violeta y sus jeans oscuros, no la mina dentro, sólo la campera de nylon violeta y los jeans oscuros, un punto invisible que la une por sus prendas a la canción, a este olor a mar que viene de la rambla con See Jungle de Bow Wow Wow, y a la vez con esos afiches que había en el Dickens cuando todavía era un brillante alumno de inglés, con esos afiches: Candbridge, Oxford, tipos haciendo windsurf, Stonehage y ese jueves que no tuvimos clase porque no fue nadie, esa película que nos hicieron ver porque no fue nadie, Borrasca blanca, el puerto al que los jóvenes marineros de Borrasca Blanca van al inicio del film y un dibujo que había hecho antes de ir a clase, dos niños mayas cabalgando un rinoceronte, la historia de dos niños mayas que hacían travesuras en una Centroamérica llena de rinocerontes, jugos boom y una noche que le pregunte a mi abuelo qué significaba censura, pensando que era una palabra sexy, cuando la palabra censura no tenía que ver con ningún alemán, y mucho menos con gobiernos o medios de prensa, cuando la palabra censura no era nada más que eso, una palabra escrita en un afiche en el cual aparecía una calavera fosforescente agarrándole el cuello a una tipa.
Y cosas como eso.