Sunday, November 18, 2007

Simetrías
En esos momentos, uno sólo puede resignarse a contemplar el 6, con la caligrafía anónima de un profesor que lo escribió con el automatismo e indiferencia de una lista de supermercado o como quien anota un número telefónico por puro compromiso. A uno sólo le queda observar la tinta negra, aquellos bordes nada sinuosos, imaginar el pulso del profesor que no se exalta por la completa injusticia consumada, como si se gestara a sí misma, la tinta negra callada, muda, displicente, y el 6 que abre y cierra su círculo, su panza hinchada y satisfecha después de tantas esperanzas devoradas. Finalmente a uno le queda como último recurso, como un salvavidas negro en la inmensidad del mar, tomar aquel 6 como un acertijo, un nuevo enigma de la esfinge, o una llave del mandala que pudiera quebrar las cerraduras de todas aquellas interrogantes, los cómo pero sobre todo los porqué. Sí, ahora mejor aferrarse a eso, el 6 no está ahí porque sí, y a lo mejor todo fue tan sólo un malentendido, aquellos accidentes ocasionales que por acá son todo excepto ocasionales. Y sólo basta adentrarse en este pasillo para comprender que uno está en lo cierto. Si me pongo a contar seguro que me olvidaría de alguno o contaría a algún desconocido dos veces, así que mejor pongamos que hay como unos treinta y pico. A pesar de ser julio, el aire se arrastra tibiamente por el pasillo, pero ninguno de los que están parece molestarse por ello. Aunque todos estamos acá por la misma razón nadie parece demasiado fastidiado, es más, parecería que disfrutaran de esta espera a la que nos ha llevado este malentendido (aún me aferro al mismo tornillo ardiente, todo esto no puede ser más que un error). Si bien está prohibido, algunos fuman a todo pulmón, mientras que otros se quejan en silencio. Por momentos es al menos entretenido quedarse en un standby y apreciar el humo que danza entre todos nosotros, como este aire pesado y el desconcierto que nos ha dejado acá. Por allá, a unos cuantos metros Manuel emerge entre los cuerpos, pero todavía no logra verme. Ya no me queda otra que devolverle el saludo, saludarlo y ver cómo se hace paso entre todos, darle la mano y devolverle el uso social de la charla, sólo para escuchar una vez más los cuentos del gremio, alguna nueva marcha, y la inevitable mención del parcial que, después de todo, es la razón por la que estamos acá. Manuel cae sobre aquel insoslayable destino y cumpliendo los augurios me habla de la asamblea de la semana que viene, algo sobre los cupos de un viaje que nunca voy a hacer y la reformulación de formato de un examen que ya rendí algunos meses atrás. Uno ha desarrollado la habilidad de fingir interés durante cierto lapso de tiempo, pero en cuestión de minutos los Mira vó, los salado, los pah, y todo el repertorio de frases monosilábicas comienzan como a oxidarse, por lo que una huida triunfal se vuelve cada vez más vital. Y como caída del cielo aparece Carla, y no se puede tomarla como otra cosa que una epifanía, porque aquel cuerpo diminuto y pecoso entre todas las cuadernolas, mochilas y materas se acerca y te saluda y sin que ni siquiera vos te des cuenta ya te ha rescatado de la otra corrosiva conversación, ya que Manuel se adentró en el infranqueable círculo de una ronda de mate. Como un acuerdo que nos pusimos nosotros dos sin haberlo formulado, no mencionamos en absoluto el parcial, pasamos sin transición ni puertas cancel al sueño reciente de Carla, un perro que la perseguía a ella y un amigo de Florida, y una medianera que trepa pero que una vez arriba decide bajarse para enfrentar a la bestia. Mientras prosigue el relato, detrás mío Rocío irrumpe fastidiada, “Yo no puedo entender de donde salió este cuatro, porque escribí casi lo mismo que Nicole y le encajaron un ocho”. Uno podría dejarla seguir hablando, y de cierta manera podría encontrar cierta autoindulgencia en la desgracia compartida, pero entonces se escucha el pestillo de la puerta de vidrio esmerilado y no tiene otra opción que emular al resto, ser un copo de nieve más en la avalancha que se precipita sobre Enrico. “Estamos buscando sus parciales del archivo, vamos a ver si se pueden correr un poquito que ya los revisamos con ustedes”. Carla intenta retomar el relato pero Rocío sigue enjuagándonos con su desdicha, el cuatro que si bien le permite aprobar el curso le borra toda esperanza de exoneración, el cuatro injusto, el cuatro inexplicable, cuatro malo, malo, muy malo. Pero no basta más que pensarlo un poco para caer en la cuenta de que por más idiota y neurasténica que parezca Rocío, yo estoy acá por la misma y obsesiva razón, porque siento el 6 como una picadura en la nuca, como un molesto grano en el culo (si, imposible escapar a tal simbiosis, ahora que a Rocío se le cayó la lapicera y se agacha a buscarla). El 6 es igual o más traicionero que el 4, yo sé que es injusto pero el pudor se me trepa por la espalda una vez que veo tantos unos y dos, tanta gente a punto de recursar, tantos buscando una explicación o al menos un placebo para calmar tal lancinante frustración. El 6 es tan traicionero que parece robarte el derecho de protestar por él.
Ya han pasado como diez minutos, la puerta sigue igual de cerrada, trató de bancármela como el resto pero parece que se riera de mi, devolviéndome un reflejo opaco, con un pestillo tan tieso como una risa atragantada. Y abro la puerta, trato de mirar para dentro pero se interponen la barba candado de Enrico, y el esperen un poco que lo revisamos con ustedes.
Tengo que alejarme de esta masa sudorosa. En el acta sigue allí, el 6 inmaculadamente sombrío en la inmensidad blanca de la hoja. A unos cuantos nombres de mi una tal Leticia Barranchera se enojaría por encontrar su nota imposible de leerse por una mancha de algo que quiero creer que es ketchup. Seguro que ella está entre todos nosotros. Este tumulto en que vuelvo a encontrarme no parece ni molesto, simplemente esperan o pasan en el tiempo, como aquella actividad de la gente del interior que me resulta inconcebible, aquel sentarse en los puentes con sillas de playa para ver los autos pasar. La puerta sigue igual de cerrada, y entre toda la gente aparece Manuel, me golpea el hombro y “Che, estamos por arreglar con el gremio aquella asamblea del viaje a Buenos Aires, yo te digo que vayas, yo ya fui dos veces y está buenísmo”. Homologarlo con una promotora de viajes tiempo compartido no sería una labor de una abstracción extraordinaria. Me ofrece mate, pero aquel musgo que crece entre sus dientes no es un buen antecedente, de una vez por todas aceptémoslo, quizás no soy exactamente un estudiante del MODELO LATINOAMERICANO DE UNIVERSIDAD. “Además no va a ser todo congresos, también vamos a salir de noche, no sabés, terrible desbunde”. Y entre todas las personas encuentro la espalda de Carla y no necesito más que unos golpecitos en su espalda para refugiarme una vez más en su sueño, el perro, la medianera enteramente construida de ladrillos, su amigo protagonista que hace como unas tres semanas que no lo ve (y bueno... las distancias, viteh). Parece que se va a abrir la puerta, apurándome llego a alcanzar el pestillo, pero tan sólo sale una morocha de cabello muy ruloso, apurada con varias carpetas contra el pecho. Como era de esperarse, aparece Enrico diciéndonos que esperemos un poquito, que en poco tiempo nos consiguen los parciales y los revisan con nosotros. Será por el carisma de Enrico, pero nadie se hace demasiada mala sangre, bueno, nadie a no ser por Rocío, que me habla de lo injusto que son las notas en la facultad, la irresponsabilidad de los profesores al corregir y la cagada que va a ser su verano si tiene que dar la materia en febrero. Mi gesto linda entre la afirmación, la duda y el bostezo, pero ella lo descifra a su misteriosa manera permitiéndose hablar durante unos minutos más. Me voy a revisar otros nombres en el acta, a lo mejor la macheteada fue para todos por igual -cosa que no cree Rocío, con su grito aguerrido contra la parcialidad de los parciales (interesante juego de palabras)- Pero no se puede negar, una vez frente a la hoja se puede comprender su enojo: disgregados casi eleáticamente ochos, dieces, onces, no me quiero rebajar al nivel de Rocío, pero entre sus histéricos monólogos parece haber algo de razón, sino cómo se podrían explicar el 9 de Leandro, el 11 de Victoria, el y parece que se abre la puerta, me dirijo, pero sólo una falsa alarma, siento en el hombro unos dedos gruesos y el aliento a mate introduce a Manuel, “En setiembre vamos a hacer un viaje a Buenos Aires, obvio, ya te lo contaron, pero este lunes hay una asamblea en que vamos a arreglar lo de las rifas, si llegás a venderlas todas tenés que garpar re poco, así que yo que vos...”. Por primera vez en mi estancia en este pasillo, comienzo a darme cuenta, comienzo a distinguirlo como el olor de un animal muerto en un rincón perdido de una casa. Y el olor toma cuerpo, se convierte en el cadáver, se presenta ante mi con todo su hedor tibio y larvario cuando aparece Carla y me relata la escena, “ayer tuve un sueño muy intenso, estábamos Esteban y yo en un jardín que íbamos cuando éramos más chicos, era como de noche, hasta ahí todo bien, pero...”. Y es como si aquel perro fuera a mí quien hincara los dientes en el cuello. Pronto la puerta, la gente que me arrastra y me agolpa frente a ella, la mujer morocha sale de la sala, falsa alarma. Rocío comienza a hablar, “Yo no puedo entender de donde salió este cuatro, porque en mi parcial está casi toda la misma información que en el de Nicole y le encajaron un ocho”. No se asusta con mi rostro. Quizás porque se siente demasiado meada por su cuatro, quizás por toda la merza de acá, quizás porque ya se le cayó la lapicera, quizás porque se abre la puerta, aparece Enrico, todos se ponen en silencio, como esperando que diga por fin: entren, pasen, lo que sea, pero ya todo está escrito, estamos revisando el archivo, esperen un momentito que ya les traemos los escritos. Se cierra la puerta. Nadie dice nada, todos continúan la charla, Manuel ceba el mate, creo que me ha echado un ojo. Suelta la bombilla. Se acerca. Por favor, no, por favor. Che, vamos a hacer un viaje a Buenos Aires, no sé si te querés prender, mirá, vamos a tener una reunión este lunes para ver lo de las rifas, no se si te pinta. Me doy vuelta, me encuentro con Carla. “Sabés que el otro día tuve un sueño que me hizo acordar a un cuento tuyo, estábamos Esteban y yo, no sé si sabés quien es Estéban, pero...”. Me tengo que ir, tengo que alcanzar la puerta. Gambeteo uno, dos tres personas, pero pronto el pestillo se mueve y todo se precipita contra la puerta, mi aliento empaña el vidrio, la puerta apenas se abre. Se va corriendo la mujer morocha. El perfume Muá introduce a Rocío y ya no son necesarias las palabras, son sus labios pronunciando aquello que ya se, pómulos afilados y la lapicera que se vuelve a caer, y finalmente Enrico que aparece en escena, chicos, esperen un cacho que ya aparecemos con los parciales y los revisamos con ustedes.
Hay que hacer algo, no importa cómo pero hay que hacer algo. En algún lugar de esta pista se rayó el disco, solución: romper el disco, quebrarlo, hacerlo añicos, metérselo por el culo a Enrico, destruir la simetría, sí, es eso, destruirla de cualquier manera. Y Manuel se acerca, me toma del brazo, hay que hacer algo, por favor, que no empiece, no, a acabar esta mierda de una vez por todas, vó, sabés que me chupa un huevo el puto viaje a Buenos Aires. Y el flaco se queda mirando, lo peor es que sólo se queda mirando y sorba un poco de mate. Acabar con todo, destruir el disco, destruir incluso a Carla a pesar de lo buena que es, limar los barrotes de esta celda y así liberarla a ella también. Sí, no contestarle nada, dejarla con su sueño, acabar con la simetría y así escaparnos de esta matrioshka, irme cuando me dice sabés que el otro día y quedarme como una roca, aguantar el alud, no comerme el amague, sí, todos agolpados contra la ventana como un axolotl al vidrio de una pecera, el pestillo que se mueve, la morocha con las carpetas. Ahora quizás sí, aparecerá Enrico y con la simetría ya destruida nos invitará a pasar, se abrirá la puerta de vidrio, quebraremos el sortilegio, por fin podremos a ver si se hacen a un lado, que estamos revisando el archivo y ya corregimos los parciales con ustedes.
Gritar. Gritar, por lo menos destruir a patadas las ventanas, la puerta, tomar los trozos rotos y cortarle el cuello a Manuel, hundir el Buquebús a Buenos Aires, enterrarle la lapicera en la garganta de Rocío, poder escapar, o sino entrar, sí, mejor sólo entrar a la sala, derribar la puerta, no destruir el disco, sólo cambiar de pista. Sí, esa es la solución, entrar en la sala vedada, entrar a patadas, hacerle un hoyo a este limbo y arrastrarme hacia el cielo o el infierno, cualquiera viene bien en vez de esta sala de espejos, esta inmunda cárcel. Ahora que se pone a hablarme Manuel pienso cuanto tiempo han estado corriendo en la misma rueda de hamster, cuanto tiempo y cuántas veces más se repetirá el sueño de Carla, que ahora me sigue contando con lujo de detalles la noche, el perro y Esteban, cuántas veces todos estos han oído las disculpas de Enrico y asentido, como si fuera la primera vez y como si ameritara su paciencia. Me voy arrimando a la puerta, pasará el primer atisbo a abrirse, el primer movimiento del pestillo, mientras que Rocío, su desdicha y la lapicera... Pero todos se agolpan, levantan el murmullo y sólo alcanzo a ver una cabellera negra que sale apurada de la sala entre todas las cabezas del pasillo. Sé que falta poco para que aparezca Enrico, si no me acerco tendré que aguantarlo, soportar una vuelta más del péndulo. Es como si todo pasara en cámara lenta, el pestillo apenas se mueve, se escucha el leve rechinar entre todo el barullo, logro ver mi reflejo convexo en él, lo tomo, lo siento metálicamente frío, lo muevo. Enrico aparece, no me cuesta mucho derribarlo, detrás mío toda la gente me mira extrañada, algunos incluso horrorizados. Enrico desde el piso me toma del pie, le devuelvo una patada en la cara, suéltenme de una vez, todos, no se dan cuenta?. Cierro la puerta. Me enceguece el interior, una mezcla de olor a pucho y polvo me entra a los pulmones. Las pupilas se van acostumbrando, los pulmones también. Logro ver, pero no hay Enrico, no hay profesores, no hay archivos, no hay escritorio, sólo a lo lejos se ve un gran tumulto de gente. Me acerco, quizás allí están los parciales. Camino, entre toda la confusión no logro encontrar los papeles, sólo hay un acta pegada contra los vidrios esmerilados. La quedo leyendo y escucho mi nombre desde el otro lado. Y ahora todo se desmorona, ya aceptémoslo, acostumbrémonos a esta jaula, a esta pecera de vidrios esmerilados, porque entre todos los cuerpos se asoma la mano de Manuel, Manuel que se acerca y me ofrece un mate. Ahora ya es inútil pensar por qué y mucho más desde cuándo. Sí, mejor así, estar tranquilo en la espera como todos, oír los pormenores del viaje a Buenos Aires y aceptar el matecito que me ofrece Manuel. Sí, no queda más que tomar el mate, seguir la ronda, esperar y echarle una ojeada al acta, donde aparece mi nombre con su respectiva nota, porque en esos momentos, uno sólo puede resignarse a contemplar el 6, con la caligrafía anónima de un profesor que lo escribió con el automatismo e indiferencia de una lista de supermercado o como quien anota un número telefónico por puro compromiso.

35 comments:

YosoyineS said...

Pa, te entiendo. Mi mejor amigo estudia psicología, y la posibilidad de no exonerar por falta de notas, y tener que recursar lo mata.

Es lo que adoro de mi facultad, si no exoneras, siempre vas a poder dar examen, jiji.

Bueno, arriba!! Que nada es para siempre, y ya lo vas a poder salvar.

Besotes!!

Agustin Acevedo Kanopa said...

Che, igual es un cuento de ficción. Está basado parcialmente en la realidad, es una idea que me había pasado por la cabeza, una forma de sublimar tremendo enojo que había tenido con ciertos profesores en determinado momento de la carrera.
Era eso o hacer la de Erik y Dylan.

DEG said...

Demonios!!

WEG said...

Como que te sentaron en el falo institucional...

astllr said...

El eterno retorno de lo mismo, se ve que esa facultad es más jungiana que freudiana.

Si yo hubiera estado en su lugar, agustín, me habría ido de allí con carla a un bar cualquiera a hablar más sobre su sueño. Existen pocas cosas en el mundo como hablar de sueños con una chica.

Es cierto, un 6 es horrible por lo anodino. Tendría que haberle dicho a Enrico que merecía un 5, a ver qué le decía. De todas formas, Ud. no puede esperar a que el profesor escriba cada nota como caligrafía china. Cambiaría la nota en algo?

La foto es muy buena, agustín, estuve un rato mirándola, leyéndola e intentando descifrar lo que no podía. Es suya?

Agustin Acevedo Kanopa said...

Leyendo el cuento, creo que la única manera de salir de esas cajas chinas tendría que haber sido precisamente reclamar una nota menor. A través del sacrificio se abre una muesca, un espacio vacío, un recoveco en el que se puede escapar.
Precisamente, el 6 es una nota tan anodina que termina molestando más que un 5. Igual, la facultad te va limando los bordes y al final aceptás cualquier nota con la misma cara (al final no sé si es algo bueno o malo, viendo el caso de las facultades privadas en donde la nota está elevada a su dimensión más fálica)

El problema con Carla es que sus sueños terminaban siendo tan recurrentes como quien habla de parciales y fines de semana. Es decir, su repetición y mención constante iban conformando a los sueños como un mero trámite de interpretación, quitándole por su insistencia parte de la magia y obsesión que puede despertar una imagen que se haya quedado con nosotros al despertar. Carla es todo un personaje, pero es difícil seguirle el viaje.

La imagen es una foto que tomé de un muro del Vilardebó (como verá, viene bastante al caso). Tenía la idea de que le iba a gustar. A mi me fascinó por sobre todo el mensaje en recuadro de "La realidad es".

astllr said...

No, dice LA VERDAD es.

Y "es" adentro de un recuadro!!!!

Agustin Acevedo Kanopa said...

Ahí está, ni bien lo termine de escribir me di cuenta (verdad, en vez de realidad), un pequeño lapsus de parte mía.
Precisamente, el es en cursiva hacía referencia al recuadro sobre dicha palabra

PD: Podría usar la fotografía para un futuro post suyo (claro, siempre después de saber que ocurre con dad)

Agustin Acevedo Kanopa said...

entre otras cosas, encontré las sucesivas metamorfosis de abuada en aguada, la palabra locuras, como tapada infructuosamente por la misma institución, Puta boca, y me quedé pensando que encierra el número 1105.
Ah, contra la parte superior derecha quedó fuera de plano lo que era un corazón gigante

astllr said...

No, creo que no dice puta boca sino sampaboya

y abajo de todo dice "arrive manya", muy bueno.

Mande nomás.

No tiene más de esta pared?

Agustin Acevedo Kanopa said...

Creo que sí, voy a revisar el disco duro

Ama-gi said...

¿Rocío tiene buen culo?

theremin said...

Claro! un 6 en uruguay es como un 5 en Argentina. Ya entiendo.
Tengo un 5 en la libreta, (la única nota baja), en Geografía. Rendía libre y oral, así que me enteré muy rápido del resultado. No sabía nada de lo que me estaban preguntando así que me puse a hablar como un loro de los griegos y de que ellos ya creían que la tierra era esférica. Lo consideré una buena nota dadas las circunstancias.

Odio a la gente que vive pendiente de las notas, pero más me molestan los que viven diciendo que no es así cuando todos sabemos que es mentira.

languidalombriz said...

Maldicion! comenté ayer y no sé que carajo pasó que no se publicó.

Decía que la confusión entre ficción y realidad es un tema bastante engorroso en la blogósfera. Me pasa en mi blog "literario" (no la mormalidad, el otro), la gente me tiene lástima, cree que corté con mi novio -no tengo- o que tuve un mal día.
Un micropoema que tenía una commodore de protagonista se convirtió en un diván donde los bloggers cuentan sus anécdotas infantiles. Situación confusa, el blog nunca fue tan exitoso, me pone contenta, pero al mismo tiempo me cuesta bancarme ciertas interpretaciones. Ya se me va a pasar supongo...

Me gustó el texto, me sumergió en el tornado emocional de la situación.

saludillos!

DEG said...

Ama-gi,

es un poema.

Agustin Acevedo Kanopa said...

theremin:
En realidad en facultad de psicología la cosa es así:
Con un 3 tenés derecho a examen, y para no darlo (es decir, exonerar) necesitás un 9, como mínimo -es importante remarcar que la nota máxima en Uruguay es 12, mientras que en Argentina es 10, aunque ciertas facultades privadas usan porcentajes, cosa que en cierto punto me parece bastante graciosa, es decir ¿que diferencia hay entre un 82% y un 83%?-.
Lo de la nota, sí, eventualmente termina molestando la gente que vive en pos de las calificaciones. Igual, en ese sentido (un poco amparado en la mediocridad, un poco amparado en el conocimiento de toda la validez que fue perdiendo la forma de evaluar de los profesores), a esta altura de la carrera a muy pocas personas le importa realmente la nota del otro o la suya misma, todo se juega más bien en el terreno del pasé/perdí/exoneré (aunque siempre hay gente como la Rocío del cuento)
En lo personal, la pérdida de importancia de la nota en un estudiante con un pasado bastante aplicado como yo(por lo menos, en el liceo), fue un aprendizaje tortuoso, lleno de frustraciones, descepciones y beneficios inesperados, en el que aprendí a darme cuenta que en facultad un número no vale un carajo.
Y sí, no hay nada peor que la indiferencia trucha y la falsa modestia.

Agustin Acevedo Kanopa said...

languidalombriz:
Entiendo lo que dice, aunque a mí nunca me llega a molestar, más bien me resulta muy interesante ese barrido de la línea entre ficción y realidad.
Todo el mundo principalmente usa seudónimos, e inevitablemente está interpretando el papel de alguien más, diferente al suyo, más allá de todas las similitudes que pueda tener con su vida.
En efecto, yo opté por firmar con mi nombre y dos apellidos, y aún así, todo lo que escribo es en parte mío y en parte de otra persona. Es decir, me resulta imposible escribir y no ceder a convertirme, en cierto modo, en vidriería de lo que siempre quise ser.
Un ejemplo a mano es el cuento-post Killing a cheto, que había escrito hace unos meses. Algunas personas pensaron que quien escribía era un tipo bastante violento y con un criterio algo vehemente de conciencia de clase, cosa que está claro que está lejísimo de lo que soy en realidad. Igual, no esconderé la mano luego de tirar la piedra, yo también he sacado conclusiones erradas de los blogs de otras personas.
Todas las biografías tienen mucho de ficción y todas las ficciones tienen mucho de autobiográfico, como es el caso de este último post. Porque por supuesto, nunca le pateé la cara a Enrico, aunque mentiría si dijera que no quise hacerlo, al menos por un momento.

D.I.T said...

Más allá de que esto sea ficción - y buena ficción, ya que estamos, me encantó cuando la prosa se tornó en líneas de pensamiento al borde del pánico - el tema de las notas es algo que nunca voy a entender.

Porlas, voy (¿iba?) a una universidad privada.

En primer lugar, que un porcentaje de la nota tenga un contenido subjetivo es ridículo. 'Participación en clase'. Pero por qué no te vas un poquito a participar a otro lado.

En mi universidad, tenés las siguientes notas (sí, esas y sólo esas): 1, 3, 6, 8, 9 y 12. Exonerás (si se puede exonerar la materia) con 9; aprobás con derecho a examen con 6. Hasta segundo o tercero de facultad NO existía el 8, entonces tener un 8 era el equivalente a un 9, y, por lo tanto exonerabas. En cuanto metieron el 8, cagaron a mucha gente.

Después las faltas. Por Dios, las faltas. Para exonerar tenés que haber ido por lo menos a un 80% de las clases (lo cual, en una clase semestral, una vez por semana, se traduce a 'podés faltar una o dos veces'). Se supone - creo yo - que igual, si no vas al 80% de las clases, no vas a tener un 9. Error. He rendido tantos exámenes que podría haber exonerado si no fuese por las faltas, que ya me cansé de contar.

Y por último, nunca me preocupé por la nota porque nunca me fue muy mal y porque siempre estudié / escribí / confeccioné la noche anterior. Es más, me fue mejor en facultad que en el liceo (ponele que pasé de un promedio de 6-7 a uno de 9). Supongo que si me hubiese ido mal, ahí sí sería como Rocío.

En fin, no sé, un comment medio catártico.

DEG said...

Un poema.

Ama-gi said...

Deg, ¿Podrás sacarle una foto de canuto y postearla?

astllr said...

agustín, de acuerdo con lo que decís sobre el seudonimato. No creo que uno ponga un seudónimo para ocultar mucho sino más bien para mostrar otras cosas de una identidad que no se manifiestan de otro modo.

Es un ejercicio donde uno se ve a sí mismo, principalmente a través de la forma en que te ven los demás, o de lo que uno cree que ven. Y esto no deja de ser a veces medio persecutorio.

A veces me quema un poco eso, porque hay ciertas proyecciones de uno que finalmente cambian completamente el sentido de un comment que uno lee tan al pasar.

Y en esa lectura tan fugaz (porque no es sobre papel) me pregunto si uno no está, ya de entrada, leyendo sólo lo que quiere leer. Es como si uno fabricara relaciones personales a la medida de sus expectativas y/o fantasmas.

Medio babelesco también.

DEG said...

ama-gi,

el problema es que no tengo celular ni cámara de fotos. Le podemos decir a agustín, pero el mero hecho de leer tal sugerencia podría acarrearle una castración conyugal instantánea.

Agustin Acevedo Kanopa said...

Astllr:
Creo que aún escribiendo cosas personales que no pienso mostrárselas a nadie, sigo jugando en ese límite de ser yo, pero bajo otras condiciones. Se podría decir que el sublimar es precisamente eso, entendiéndolo por el lado literal: hacer cambio de fases instantáneo, flotar un poco por encima de sí mismo, siendo y no siendo a la vez, como hielo seco en el agua.

Ama-gi said...

Agustín, dejá de hacerte el desentendido y prestale la cámara a Deg.

DEG said...

Se hace el sota, se hace.

DEG said...
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Zombie proletario said...

¿Estás dispuesto a segurar que es ficción? En todo caso está muy logrado. Ese fatalismo que hay en la obsesión y la frustración que resulta al cabo del proceso. Excelente.
Saludos

Agustin Acevedo Kanopa said...

zombie proletario:
Me alegro de que le haya gustado el cuento. En realidad, no es ficción, pero tampoco una anécdota verdadera (por Dios, no, imagínese estar atrapado en tal juego de matreoshkas), sino que la historia se juega en ese espacio transicional entre el deseo de uno y la reconstrucción de un hecho vivido.

DEG said...

Se sigue haciendo, se sigue.

astllr said...

no estoy seguro de que algo pueda ser escrito para no ser leído por nadie. Siempre hay un lector en la cabeza, que puede no estar identificado o definido nunca.

A lo mejor todo consiste en no identificarlo del todo y seguir escribiendo con esa incertidumbre, que a su vez genera la incertidumbre respecto del narrador.

Frente a las teorías de la muerte del autor, no es que no crea en ellas, sólo pienso que el autor permanece vivo pero dentro de un mundo (autor-lector) de incertidumbre que le agrega interés a la cosa.

El episodio de "Simetrías" me resultó bastante autobiográifico y en realidad no me interesa mucho saber si es cierto o no para darle validez. Es una historia, que es lo más importante.

Agustin Acevedo Kanopa said...

Concuerdo con usted astllr, precisamente aún así sin querer mostrarle algo a nadie, uno cuando escribe está escribiendo para un Otro, que no precisamente tiene que ser una persona.
Lo que decís sobre lo poco que interesa el hecho de rastrear si el acontecimiento en sí realmente sucedió me recuerda a los primeros percances que se generaban en los diagnósticos de la facultad de psicología. Había gente que consideraba fundamental saber si lo que le decía el paciente era verdadero o falso (por ejemplo, cuando alguien decía que el padre lo trataba mal), cuando en verdad eso no importaba mucho. Lo que realmente importaba era trabajar dentro de las mismas fantasías del hecho que realizaba el paciente, independientemente de lo que materialmente hubiera ocurrido. Es decir, trabajar con el texto, y el escritor en cuanto texto

WEG said...
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Agustin Acevedo Kanopa said...

Está denso, deg

DEG said...

Y caluroso.

Ama-gi said...

Está hot, como el culo de Rocío, que todos queremos ver.