Breve guía para deprimirse en verano
La mayoría de la gente no asocia la tristeza con el verano. Ciertamente, se suele preferir la tristeza para los paisajes invernales, en donde hay suficiente tiempo en casa para cobijarse en un autodesprecio que nos saca del frío o la monotonía. Para el verano la gente suele preferir temas más felices, o por lo menos de un sonido más earfriendly, por lo que no es casualidad que las radios tengan particular predilección por los temas más lobotomizados posibles (algo así como un shut the fuck up and dance!). Pero hay días de febrero en que uno anda con ganas de escuchar el In Utero de Nirvana o el Pornography de The Cure y sin embargo en cualquier boliche, bar u ómnibus suenan murgas, lo más pachanguero del pelado Cordera, o el útimo y pedorrísimo tema de Sean Kingston (cuya historia detrás de la censura es otro jugosísimo tema aparte). Uno también anda con ganas de verse alguna película de Bergman, Antonioni o algún checo que nos deleite tres horas y media con una película en sepia llena de planos secuencia de quince minutos, y sin embargo en las opciones de cartelera sólo encuentra superhéroes diet reinventados, frat movies y films de animales deportistas. Incluso para los que queremos vestirnos de negro, la reflexión de sol amenaza con calcinarnos vivos y nos vemos obligados a ponernos nuestras chombas más colorinches. El mundo se olvida de que el verano también puede ser un período bastante mezquino, lleno de rupturas amorosas y viajes sudorosos en ómnibus atestados. Vean a una persona trabajando a las dos de la tarde en un Callcenter sin aire acondicionado y díganme si aquello no es el rostro más fidedigno de la depresión. O ver al sol ser engullido una y otra vez en la rojiza gula del horizonte mientras uno estudia quince horas al día, lamentándose todo lo que no se estudió en el año. En verano, la tristeza está dejada aparte, como un excreción desagradable en el medio de un corredor de la que nadie quiere hacerse responsable. En verano hay una dictadura de la felicidad. Es por eso que ante este constante desprecio escapista a la tristeza, reclamo nuestro derecho a estar sudorosos y tristes en esta época del año. Para ello pensaba hacer una pequeña lista con algunos discos y películas que quizás no te harán saltar del edificio, pero que de seguro te lograrán hacerte sentir un poco más miserable. La confección de la lista resultó ser más complicada (y extensa) de lo que creí, limitándome a mencionar cuatro discos y cuatro películas, y descartando la sección literaria que también tenía preparada (pero que de haberla incluido, este post habría sido de doce carillas a interlineado sencillo y Times New Roman 12). Las discusiones sobre la banda más perfectamente triste son largúisimas y están cercadas por el mundo subjetivo de cada uno, lleno de recodificaciones que se establecen a partir de los après coup de experiencias pasadas, o la búsqueda genealógica de la forma en que pegó un tema en determinado momento. Hay quienes siempre buscan en la canción triste el correlato de la vida del autor, en cuya categoría suelen incluirse los necrófilos fanáticos de los suicidal rockstars. En este último caso, el suicidio de alguien suele elevar sus últimos discos al fetiche de las últimas palabras, en donde se intenta buscar línea a línea, cual semiólogos de lo indecible, o detectives literarios, la reconstrucción de la escena, el indicio del trágico final. Aún así, por más que los peores momentos emocionales de los músicos o cineastas nos suelen dar las mejores joyas artísticas –aunque no siempre es así, poniendo el ejemplo de Kerouac, que cuando estaba en sus últimas su trabajo no era, por lo general, de la misma calidad que lo hecho en sus mejores años- hay que reconocer que la estética del resentimiento y el bajón han dado inconcebibles retoños, que pueden trazarse desde las hermosísimas y personales letras de Morrisey hasta el tema más emo cantado por los teens peor maquillados de la casa más paqueta del Orange County. Es verdad que es injusto evaluar a los padres por sus hijos, pero en cierto modo los Smiths con temas como I know it’s over pueden verse en aprietos en las pruebas de paternidad del emo, ese género que tanto nos gusta odiar hoy en día. Al mismo tiempo, mucha gente recurre al puro solipsismo y a la hora de medir la tristeza de una canción, lo hace con la vara de sus propias experiencias, siendo esto un método demasiado poco preciso para evaluar (en ciertas condiciones, la canción más insoportablemente sufrida de Xiu Xiu podría considerarse un tema festivo). Pero llegar a la canción es algo más complicado que una suma de ingredientes. Como ejemplo de cuán premeditada puede ser esta búsqueda, podemos encontrar el Funeral Doom, un género del metal que intenta recrear los paisajes más desoladores y desesperantes que se puedan crear con riffs letárgicos y oscuros, como si intentaran encontrar la epítome de la canción depresiva o sencillamente funeraria. Personalmente, aquello tan exageradamente premeditado me parece como una pornografía de las emociones. Aún así, hay temas absolutamente deprimentes dentro de discos que no lo son de una manera tan homogénea, como pueden ser algunos del Blood on the tracks de Bob Dylan o incluso algunos del Third sister lovers de Big Star. Con los films es exactamente lo mismo, uno siempre está en la cuerda floja entre un bajón digno de Bergman y el culebrón venezolano.
En resumen (y en un post donde parece haber de todo menos resumen), esta es una pequeña lista de discos y películas que pueden tener un efecto devastador si alguien la escucha en el lugar adecuado, en el momento adecuado. Administrar en pequeñas dosis. En caso de sobreexposición, vaya a este post:
Discos
(Bajar cuatro temas -Colors and the kids, The eternal, The Kids y Falta- , de primera, en un mismo archivo .rar)
Cat Power-Moon Pix (1998)
El Moon Pix de Cat Power es de esos “discos de autor”, que siguen la línea del Pink Moon, el The boatman’s call o el If I could only remember my name, es decir, discos demasiado personales, casi como una radiografía de un momento preciso en el que se encuentra la persona o la banda. Todo lo que era Chan Marshall en aquellos tiempos se puede encontrar en el disco, y si uno tira del hilo se va encontrando todo lo que va quedando de la malla. Hasta en la misma tapa, Chan está hecha pelota, tal como estaba en el momento de grabar el disco. En algunas entrevistas de aquella época dice que después del What would the community think, por un tiempo creyó que su abandono de la escena iba a ser definitivo. Se fue de Nueva York, y se alojó en Portland, oficiando un tiempo de niñera. En esa época tenía serios problemas de alcohol, pero no de esos de rock stars cabalgando la serpiente entre toda la gente linda de la escena, sino algo más bien triste y tan poco glamoroso como dormirse cagando en el baño de un boliche de cumbia. Cuenta la historia que agobiada por malas juntas y ataques de pánico, luego de vivir durante un tiempo en una granja (un back to the roots que más que placentero estuvo plagado por ataques de pánico y pesadillas –dice que fue precisamente a partir de una pesadilla que pergeñó la mayoría de sus temas-) se autoexilió en Australia, donde llevó a cabo la grabación de este disco. El resultado es escalofriantemente hermoso. Un disco redondo, posiblemente el mejor de Cat Power (aunque sólo por fetichismo personal prefiero el Dear Sir), un disco en el que se respira un It’s now or never, con lo poco que queda de una confianza tan enclenque como un nido en medio de un vendaval. Dentro de los grandes temas –de paso, terriblemente deprimentes- que inundan el disco, entre ellos You may know him y Say, se encuentran dos joyas de incalculable valor. Por un lado, Metal Heart, un tema de una belleza imprevisible y desconcertante como el ojo de un pato, un tema cuya aspereza en su letra contrasta impensablemente con lo aterciopelado de la suave y dulce voz de Chan Marshall. Cualquier femme rockstar habría convertido aquello en otra combativa canción de despecho (un mal muy expandido en las cantantes fanáticas de PJ Harvey), y sin embargo Chan lo hace desganada y al tiempo dulcemente, como un animalito que no le importa ser presa, que se ofrece sereno antre la mirilla del cazador. Es por esta misma razón que fracasa la reinterpretación que Chan hizo de este tema en su nuevo disco Jukebox: con una nueva expresividad vocal mucho más versátil, se pierde esa languidez que dota al tema de verdadero sentido y lo separa cualquier otro tema de amor no correspondido escrito por alguien. Pero la brillantez del disco no termina ahí, y en el tema nueve llega la asfixiantemente hermosa Colors and the kids ¿Qué decir de este tema? Debe ser de los temas hondamente melancólicos más hermosos que se hayan compuesto en los últimos quinientos cincuenta años. Mientras que en discos como el Closer sentimos como un descenso a los infiernos, en este es todo lo contrario, es una melancolía dulce y serena, pero trágicamente verdadera, como el violento descubrimiento de percatarse de que nada podrá ser como era antes, que el pasado es sólo un conjunto de cuadros huidizos en los que nunca podremos adentrarnos ni vivir nuevamente, en donde el mismo presente es inalcanzable por algunas decisiones no tomadas en el pasado (I built a shack with an old friend/He was someone I could learn from/Someone I could become). Ese deseo de vivir cosas pasadas, esa desazón y desesperado intento de recomponer una vida que se quedó perdida como una flecha que erra el blanco, esos pequeñísimos pero significativos detalles de la vida revelados, como remangarse los jeans para que no se mojen en la orilla, es de las cosas más verdaderas, conmovedoras y a la vez hondamente tristes que escuché en mi vida. Es una canción cuya letra es perfecta, todas las imágenes inexplicablemente pegan de forma intravenosa, y la forma desesperanzada y a la vez desesperada en que Chan dice “I could stay here/ become someone different/ I could stay here/ become someone better” me hicieron un nudo en la garganta que nunca sentí con ninguna canción.Joy Division-Closer (1980)
Ríos de tinta se han escrito sobre este disco como primer acto del suicidio de Ian Curtis, y más allá de esa tendencia necrófila que se parece más a celebrar la muerte que celebrar la vida de alguien, no se puede negar que si difícilmente se puede salir ileso de su escucha, mucho más difícil debe ser para quien hizo el disco. Nunca es bueno sacar conclusiones de la vida de uno a partir de su material artístico (de ser así, con mis poemas y cuentos mis padres probablemente me habrían internado en una clínica para tratarme de una depresión aguda mediante una terapia electroconvulsiva), pero escuchando este disco, uno realmente puede realizar los peores pronósticos. ¿Por dónde empezar? Es increíble lo homogéneo del disco en cuanto a su profunda oscuridad. Las estructura de las canciones son un tumor apenas diferenciado entre todo un mismo tejido que cubre el disco. Después de una producción tan increíble como la de Martin Hannet en este disco, resulta bastante cute el hecho de considerar a Trent Reznor como el amo de la oscuridad en términos de producción. El excelso manejo de climas se ve en la monótona batería de Atrocity Exhibition que suena como un tambor ritual de una tribu antropófaga, los sintes hipnóticos de Heart and soul, el bajo de Hook que es como un candirú esperando en las frías aguas de Passover, el "Where have they been" final de Curtis en Decades y su voz desfalleciente, casi en un último hálito en The eternal. Particularmente, creo que esta última canción es el tema más depresivo de la historia. No hay nada que pueda igualarlo, desde esos sintes que son como serpientes enloquecidas, hasta ese piano minimalista y lento pero completamente perfecto, pasando por la línea de bajo monótona como el pulso de un corazón desfalleciente y la voz de Curtis, recitando los versos más oscuros y aniquiladores que se hayan escrito. No, cuando uno escucha “Played by the gate at the foot of the garden / my view stretches out from the fence to the wall / no words could explain, no actions determine / Just watching the trees and the leaves as they fall”, no puede seguir con su vida, comer las mismas milanesas, mirar el mismo sol, hablar con la misma gente, como si nada de eso hubiera ocurrido.

Hay algo extraño con el Berlin de Lou Reed. Si uno lo escucha sin pegar particular atención a la letra, puede resultar efectivamente un disco triste, mas no “El disco más triste de todos los tiempos”, orgullosa condecoración que más de un medio especializado le adjudica a Lou Reed. Más aún, de a cuerdo a la mera melodía Sad Song no parece en sí una canción triste, y sin embargo es un engranaje más de ese animal monstruoso que es esta obra conceptual del viejo Lou. Y efectivamente, el tema del Berlin es que no puede tomarse por una disección canción a canción, todas funcionan desde una narrativa en que el todo es mayor a la suma de las partes. La historia de Jim y Caroline a más de uno le ha metido el corazón en una picadora de carne, la historia de una pareja de la bohemia berlinense, en donde no se escatiman detalles sobre cómo el hombre le pega a su mujer (Caroline Says 2), a la cual le quitan sus hijos (The kids) y se termina suicidando (The bed). La metódica vocalística de Lou Reed, junto a la misma frialdad de la música, o más bien la no correspondencia entre la melodía y la letra (sobre todo en Caroline Says) generan un extraño efecto similar al de aquellas imágenes infantiles supuestamente cándidas que encierran un horror que flota delante de aquella fachada. Esto se puede ver dolorosamente en The Kids, en que se escucha en un tono no alegre, pero tampoco trágico "They're taking her children Hawai / Because they said she was not a good mother / They're taking her children away / Because of the things that they heard she had done". Como si fuera poco, en la finalización del tema, detrás de una guitarra rítmica y un bajo juguetón, se escuchan los llantos de un bebé y los mami? de unos niños que sollozan desesperantemente. El equivalente musical al final alternativo de Supercampeones que a través de las quejas se terminó deshechando (en donde Oliver se despertaba y se daba cuenta de que toda su meteórica carrera futbolística había sido un sueño, y que de hecho tenía amputadas sus dos piernas luego de ser atropellado por un camión)

Siempre había querido escribir sobre Sr.Chinarro, y justo hablando de discos deprimentes ésta es mi oportunidad. Antonio Luque es uno de los compositores más interesantes de lengua hispana, con un estilo que suena como a un híbrido entre los Smiths, New Order y Red House Painters, junto a unas de las letras más extrañamente sugerentes que escuché en mi vida. Incluso, me da gracia entrar a ciertos foros de la banda y leer a gente que de hecho interpreta el surrealismo de las canciones desde una narrativa convencional. Por ejemplo, ¿cómo interpretar desde la óptica de una verdad esperando detrás de una metáfora versos como “Las cintas al tirar/de los moños de viejas que se van/de avenidas que acaban en el mar/de guías del metro en los pies y en el pulgar/Si fuera una excursión/una tras otra de negro en el vagón/que es de madera y te deja ver la orilla/el alquitrán y, ya quietas, las chiquillas...
No, la poesía de Luque es puro sonido y puras imágenes, impasibles de ser trasladadas a un lenguaje transmitible. Todo es permutable, las palabras adquieren una dimensión nueva tras la voz gruesa y generalmente monocorde del sevillano. En una entrevista hecha por Feedback-zine, Luque, al preguntarle cuál era su estado en el momento de grabar el disco, este respondió “En esa época me vi obligado de dejar de ver a una chica con la que llevaba un tiempo y entonces ella o, más bien, el que ella desapareciese fue la madurez... Pero no lo sé, era una época muy desordenada y por eso el disco salió así, está claro, tu estado mental se refleja en todo lo que haces. Mi casa, por ejemplo, estaba toda llena de pelusas y cuando componía salía todo parecido”. Efectivamente, todo parece estar lleno de pelusas, es un disco denso, más que nada asfixiante, con polvo y pequeños muñones de cosas e ideas flotando en un aire espeso. Tal como lo dijo Ezequiel en este post, curiosamente los temas están grabados en torno a una batería llena de ambiente y reverb, una batería que suele estar en sólo un canal y con entradas y salidas caóticas que son un ataque directo a las gestalts de las canciones. Todo es demasiado confuso e intrusivo, las acústicas filosas y monorrítmicas, las guitarras eléctricas cargadas de reverb y delay que suenan como a órganos de iglesias olvidadas, y la voz de Antonio Luque, elevada a la dignidad de un instrumento, un ser vivo indefinible que repta por debajo de la enmarañada malla vomitando verdades como pequeños conejitos. Pero sin lugar a dudas, tras las capas, capas y capas de sonido, lo que más resalta en este trabajo son los geniales arreglos de cuerdas, unas cuerdas que vuelven los temas claustrofóbicos, con una uneasyness similar a la que logran los cellos y violines de The Drift, de Scott Walker. Esto se puede ver en temas como Robando gusanitos, posiblemente el tema más perturbadoramente ambientado del disco, con un sonido de fondo que parece haber sido grabado de la melaza de conversaciones sueltas de un bar, en el que de un momento a otro llegan unos violines que sugieren peligro tal como los que invaden la escena de la ducha en Psycho. Y justo después de este tema, llega Falta, uno de los temas más opresivos de los últimos años. Lo que tiene genial este tema es que puede sepultarnos vivos en una extraña congoja sin nombre, sin siquiera poder atisbar el por qué de nuestros sentimientos. En el disco parecería como si Antonio Luque al pasar los temas se fuera descorporizando, todo comienza a ser tragado por un agujero negro en donde no tenemos idea donde estamos. Y así continúa Falta, esuchamos el letárgico “falta un par de rayas/en cada paso de cebra/falta un par de rayas/en la camisa que me prestas”, sentimos los violines y no entendemos por qué estas palpitaciones, por qué esta saliva solidificada en la garganta, qué son estas excreciones acuosas que salen de nuestros ojos.
Películas:
(Atención, tengo la mala costumbre de revelar finales)

Lars von Trier es un sádico hijo de puta. En el mundial de los misántropos, el danés sale segundo, después de Solondz, por un penal mal cobrado en el minuto 90’. El tipo encarna película a película la verdadera dimensión de un Dios que tiende los hilos desde otra parte del mundo. En sus films él es Jahvé al mejor estilo antiguo testamento: severo, vengativo, voyeur, titiritero. Tiene una auténtica predilección por personajes débiles, personitas como insectos de un circo de pulgas en donde no entra aire y donde el usuario altera el mundo conforme a sus placeres más oscuros, con la siempre presente opción de aplastarlos con el dedo meñique. Por ejemplo, tenemos a Dogville, en donde la pobre Nicole Kidman es violada hasta el cansancio por todo un pueblo, desde el más osco y borracho recogedor de naranjas, hasta el ciego más débil y patético. Llega un punto en que al final del film, cuando se da pie a la venganza de Kidman, y uno mismo exige que aquello sea efectuado dimensiones medievales. Un auténtico placer nos inunda como espectadores al ser sacrificados todos aquellos pueblerinos de mierda que se aprovecharon de la necesidad de la protagonista, desde el mismo hombre que en un principio fue su fiel aliado, hasta los niños más pequeños que la molestaban cuando estaba encadenada. Queremos sangre, y ahí es cuando nos damos cuenta de que en algún rincón lejano y frío de Dinamarca, Lars von Trier está sonriendo, satisfecho como un diablo que logra tentarnos.
De entre todos los personajes femeninos protagónicos –el fetiche del director- podríamos hacer una condensación entre la retrasada de Breaking the waves y la cuasi ciega interpretada por Björk en Dancer in the dark. Sólo por un mero formalismo elegiría la última película como material deprimente par excellence –en realidad, las dos mencionadas más Los idiotas conforman lo que se ha llamado la trilogía del Corazón Dorado-, teniendo muy presente que Braking the waves también es angustiante y enfermizamente cruel. No voy a hacer una sinopsis de la película, quien quiera verla tranquilamente la puede alquilar en su videoclub amigo, pero voy a puntualizar una serie de aspectos del film. Sin ser un huge fan de la islandesa, de cierto modo la candidez que plasma en el film, similar a lo que también hace Emily Watson, acentúa poderosamente lo trágico e inmerecido de su destino. En cierto modo, Dancer in the dark es one of a kind, por el hecho de ser un musical y al mismo tiempo un drama de lo más deprimente. Selma es una inmigrante checa con un deterioro degenerativo de la vista, mal que también comparte con su hijo, para el cual junta plata para someterlo a una operación que podría revertir ese karma genético. Al mismo tiempo, el mundo al que no accede Selma por sus ojos lo complementa por pinceladas de sus oídos, imaginando –o alucinando- coreografías en donde todo se tiñe por una candidez digna de los musicales de los cuarenta. Efectivamente, la música es un verdadero termostato en la vida de la checa, y cualquier situación, por más horrible y triste que sea, encuentra trámite via una situación alucinada llena de bailarines, tap y collages sonoros. Esta contraposición de momentos peligrosamente deprimentes intercalados o reinterpretados por baile hacen del film una aterciopelada espiral invertida hacia lo más sádico del ingenio de von Trier. En la trilogía del Corazón Dorado, casi exactamente el negativo de su nueva trilogía de Dogville, Manderlay y una todavía sin estrenar, hay una predilección por convertir al personaje principal en mártir de una causa ética que se eleva por sobre la moral. Es así que luego de un accidente en donde muere un hombre que le había robado de sus ahorros –la cosa es más compleja, pero sugiero que vean la película, en vez de que se las cuente textualmente-, Selma, de acuerdo a una promesa que le había hecho al muerto, guarda un secreto que la condena a no tener material para defenderse en su juicio. El resultado de ello: Selma es encontrada culpable, incluso siendo acusada de posible filiación comunista. A pesar de ser condenada a muerte, se niega a apelar por no revelar el secreto de quien en un principio la puso en el lugar donde está. Lars von Trier no está lo suficientemente satisfecho con el potencial depresivo del film, lo que lo lleva a optar por el final completamente gráfico del frío procedimiento de la horca. La escena final está conformada por una coreografía en la cual se hace una canción con los pasos que cuenta Björk en su camino hacia la horca, consuelo que dura por un tiempo hasta el final abrupto, torpe y patético, que arranca a la mujer de esa última función imaginaria, gritando, pataleando y hasta desmayándose momentáneamente, hasta que los gritos se callan por la palanca, crack y el sonido tirante de la soga, invadiendo un nuevo silencio en la habitación, pudiendo observarse el sereno péndulo del cadáver suspendido a pies del suelo.
Cumpliendo el karma de muchas de las marionetas de Lars von Trier, Björk decidió cortar sus hilos, abortando su corta carrera fílmica a partir de este film.


Recuerdo haber visto este capítulo en una copia de cinemateca que estaba tan gastada que parecía haber sido sumergida en soda cáustica. Era uno de los días más crudos de agosto, y estaba protegiéndome con un diario viejo del vendaval de parciales que nos tenía como perros en fin de año a la mayoría de los estudiantes de psicología. Era tanto el tiempo que insumía el estudio que toda actividad fuera de leer el material estaba cronometrada, al punto de que ir al baño era considerado un mini recreo. Obligado a pasear al perro en una lluvia copiosa frente a la que no me había preparado, decidí alquilar dos capítulos del decálogo del polaco. Ya había visto la trilogía de los tres colores, y embarcado en plena kieslowskimanía, estaba seguro de que iban a ser buenas películas. La cuestión es que luego de llegar a mi casa empapado, leí hasta las dos de la mañana, me sequé y me dispuse a dormir, actividad que también era considerada un lujo en aquel entonces. Puse la película para acompañar el sueño –me cuesta dormirme a oscuras y sin ruidos-. Me tiré a dormir con un jogging. Todavía temblaba un poco, me llevé las dos frazadas a la altura de la mejilla. Pensando que iba a dormirme enseguida, terminé viendo los sesenta minutos que duraba el film, convirtiéndose aquella en una de las noches más deprimentes que tenga memoria.

La tumba de las luciérnagas es la cosa más triste que puede existir en el mundo. No creo que nadie haya logrado destrozar al espectador en cualquier otro medio artístico como lo hace Isao Takahata en este film. El potencial devastador de esta película en quien lo mira es equivale a una súbita muerte de un conocido de carne y hueso con el cual nunca se llego a entablar una amistad perdurable, pero con el que siempre se mantuvo buen trato. Porque Takahata nos deja en pelotas, despojándonos de varios de los andaribeles que nos asistían de hundirnos en cualquier producto nocivamente depresivo. Este recurso perverso magistralmente logrado lo lleva a cabo por una serie de sustracciones que nos dejan con una cuchara en el campo de guerra de nuestra tristeza. Lo primero que quita es la incertidumbre sobre el futuro. La película empieza desde el final, y ya sabemos que el personaje termina muerto contra la columna de una estación de trenes. Está completamente hecho trizas, con los huesos pegados al pellejo, sucio, meado, vaya uno a saber qué cosas más. Es así que sabiendo el final, el film no es otra cosa que intentar construir el puente entre el feliz presente y aquel final devastador, un puente que no queremos construir, pero que lo vemos inevitablemente avanzar, aterrorizándonos ante nuestro acercamiento a la otra orilla. Cualquier imagen conciliadora o que inspire cierto bienestar será solo un lunar blanco en el claroscuro de aquella trágica existencia. Y ahora que digo trágico, también se pierde lo trágico. La forma en que lo encuentran los encargados del subterráneo nunca nos llega a hacer pensar que aquel cuerpo es o fue de un humano. Es un cuerpo, como lo es un envase de botella rota, un condón anudado en la esquina húmeda de un baño público, como muchos vagabundos anónimos que se mueren en las calles de las mañanas de invierno, sólo velados por sus perros. Esos vagabundos que una vez tuvieron nombre terminan siendo cuerpos de prueba para estudiantes de medicina. Los diseccionan, les analizan los pulmones, el corazón, le ven el rostro amarillento, el pene flácido y arrugado. Algunos estudiantes le ponen sus lentes, se ríen de ellos, conservan algún órgano que ocultan en joda en la cartera de una amiga. Y así se amigan con el muerto, le ponen un nombre gracioso, “Ulises”, “Ansina”, y así el vagabundo, mientras que es vaciado e inspeccionado, comienza a tener la familia que nunca tuvo. Algo así es la muerte de este vagabundo anónimo que aparece al principio del film. Por más que nos cuenten su historia, aquel cuerpo seguirá siendo anónimo. Se pierde lo trágico porque no hay pathos, no hay un camino tortuoso que desemboque en la catarsis, la resolución, la libreta moral en limpio, toda la muerte y la violencia es incapaz de restituir algo perdido, es muerte porque sí, sin razón de ser. Y finalmente, no hay muerte romántica. Los románticos encontraban en la muerte el orden natural en el que todo se reordenaba. Los amantes se volvían a encontrar, todo era posible en un mundo ulterior distinto al nuestro. Las leyes o condiciones que habían impedido concretarse a un amor imposible se derribaban por completo y configuraban a la dulce muerte romántica como el terreno de infinitas posibilidades. Pero en La tumba de las luciérnagas no, por más que el personaje siga teniendo la lata de su hermana, no se reencontrará con ella, da la sensación de que todo y todos están perdidos para siempre.
Hay una escena específica que te destroza por completo, posiblemente sea la escena más triste de la historia del cine, quizás aún más que los desesperados ojos de Meryl Streep en “La decisión de Sophie”. Repasando: Segunda guerra mundial, Seita, el chico que encontramos muerto al comienzo del film es hermano de Setsuko, teniendo que encargarse de ella después de que un bombardeo de los norteamericanos en Japón acaba con la muerte de su madre. Dicho sea de paso, llama la atención la crudeza del cuerpo de la señora, casi momificado por las vendas, al borde de la descomposición y repleto de larvas. Luego de eso, tras un ínterin de vivir en la casa de otras personas, Seita decide irse con su hermana a vivir en una mina abandonada, donde intentan sobrevivir con lo poco que tienen. Pero los alimentos de la posguerra son escasísimos y todo conduce lentamente al destino devastador que los envuelve. Todo esto conduce a la escena en que la niña se percata de la muerte de las luciérnagas. Estas habían oficiado de constelaciones y linterna como tregua no sólo a la oscuridad de la guarida en que duermen, sino como una tregua a todo lo terriblemente doloroso que los envuelve. Es así que Seita ve cómo la niña las entierra, y en ese momento se confirma el conocimiento oculto de la muerte de su madre que la niña siempre había mantenido, hecho que Seita estoicamente trató de ocultarle la casi totalidad de la película. Ese “siempre lo supo” es una verdadera patada en los huevos, y si eso parecía demasiado, hay que ver y tratar de resistir el momento en que Seita vuelve a la cueva para descubrir que la niña había muerto, tras haber querido alimentarse de piedras para salvarse de su desesperada hambre.
Recuerdo haber visto La tumba de las luciérnagas durante una claustrofóbica estadía en Guadalajara, en donde no sólo extrañaba a mi novia y amigos, sino a mi mismo país, y la vida que llevaba en él, enfrentándome al horror vacui de un suburbio silencioso en el que reinaba un silencio sin pájaros y los vecinos levantaban sus propios feudos tras murallas y garages de proporciones espartanas. Recuerdo haber visto la película y tener que poner pausa cada tanto para desanudarme la garganta. Recuerdo ver los créditos finales y tener la necesidad imperiosa de llamar a mi novia, sólo para darme cuenta, viendo en mi reloj con hora de Montevideo, que allá eran las cuatro de la mañana. Fue ahí que me bajé por las escaleras y me quedé sentado tomando una latita de Coca-Cola, en la inmensidad oscura de la cocina, imaginándome a María lejana, durmiendo en un mundo ajeno a esa noche sin grillos, ese mundo sin tumbas de luciérnagas.