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Friday, February 22, 2008

Breve guía para deprimirse en verano
La mayoría de la gente no asocia la tristeza con el verano. Ciertamente, se suele preferir la tristeza para los paisajes invernales, en donde hay suficiente tiempo en casa para cobijarse en un autodesprecio que nos saca del frío o la monotonía. Para el verano la gente suele preferir temas más felices, o por lo menos de un sonido más earfriendly, por lo que no es casualidad que las radios tengan particular predilección por los temas más lobotomizados posibles (algo así como un shut the fuck up and dance!). Pero hay días de febrero en que uno anda con ganas de escuchar el In Utero de Nirvana o el Pornography de The Cure y sin embargo en cualquier boliche, bar u ómnibus suenan murgas, lo más pachanguero del pelado Cordera, o el útimo y pedorrísimo tema de Sean Kingston (cuya historia detrás de la censura es otro jugosísimo tema aparte). Uno también anda con ganas de verse alguna película de Bergman, Antonioni o algún checo que nos deleite tres horas y media con una película en sepia llena de planos secuencia de quince minutos, y sin embargo en las opciones de cartelera sólo encuentra superhéroes diet reinventados, frat movies y films de animales deportistas. Incluso para los que queremos vestirnos de negro, la reflexión de sol amenaza con calcinarnos vivos y nos vemos obligados a ponernos nuestras chombas más colorinches. El mundo se olvida de que el verano también puede ser un período bastante mezquino, lleno de rupturas amorosas y viajes sudorosos en ómnibus atestados. Vean a una persona trabajando a las dos de la tarde en un Callcenter sin aire acondicionado y díganme si aquello no es el rostro más fidedigno de la depresión. O ver al sol ser engullido una y otra vez en la rojiza gula del horizonte mientras uno estudia quince horas al día, lamentándose todo lo que no se estudió en el año. En verano, la tristeza está dejada aparte, como un excreción desagradable en el medio de un corredor de la que nadie quiere hacerse responsable. En verano hay una dictadura de la felicidad. Es por eso que ante este constante desprecio escapista a la tristeza, reclamo nuestro derecho a estar sudorosos y tristes en esta época del año. Para ello pensaba hacer una pequeña lista con algunos discos y películas que quizás no te harán saltar del edificio, pero que de seguro te lograrán hacerte sentir un poco más miserable. La confección de la lista resultó ser más complicada (y extensa) de lo que creí, limitándome a mencionar cuatro discos y cuatro películas, y descartando la sección literaria que también tenía preparada (pero que de haberla incluido, este post habría sido de doce carillas a interlineado sencillo y Times New Roman 12). Las discusiones sobre la banda más perfectamente triste son largúisimas y están cercadas por el mundo subjetivo de cada uno, lleno de recodificaciones que se establecen a partir de los après coup de experiencias pasadas, o la búsqueda genealógica de la forma en que pegó un tema en determinado momento. Hay quienes siempre buscan en la canción triste el correlato de la vida del autor, en cuya categoría suelen incluirse los necrófilos fanáticos de los suicidal rockstars. En este último caso, el suicidio de alguien suele elevar sus últimos discos al fetiche de las últimas palabras, en donde se intenta buscar línea a línea, cual semiólogos de lo indecible, o detectives literarios, la reconstrucción de la escena, el indicio del trágico final. Aún así, por más que los peores momentos emocionales de los músicos o cineastas nos suelen dar las mejores joyas artísticas –aunque no siempre es así, poniendo el ejemplo de Kerouac, que cuando estaba en sus últimas su trabajo no era, por lo general, de la misma calidad que lo hecho en sus mejores años- hay que reconocer que la estética del resentimiento y el bajón han dado inconcebibles retoños, que pueden trazarse desde las hermosísimas y personales letras de Morrisey hasta el tema más emo cantado por los teens peor maquillados de la casa más paqueta del Orange County. Es verdad que es injusto evaluar a los padres por sus hijos, pero en cierto modo los Smiths con temas como I know it’s over pueden verse en aprietos en las pruebas de paternidad del emo, ese género que tanto nos gusta odiar hoy en día. Al mismo tiempo, mucha gente recurre al puro solipsismo y a la hora de medir la tristeza de una canción, lo hace con la vara de sus propias experiencias, siendo esto un método demasiado poco preciso para evaluar (en ciertas condiciones, la canción más insoportablemente sufrida de Xiu Xiu podría considerarse un tema festivo). Pero llegar a la canción es algo más complicado que una suma de ingredientes. Como ejemplo de cuán premeditada puede ser esta búsqueda, podemos encontrar el Funeral Doom, un género del metal que intenta recrear los paisajes más desoladores y desesperantes que se puedan crear con riffs letárgicos y oscuros, como si intentaran encontrar la epítome de la canción depresiva o sencillamente funeraria. Personalmente, aquello tan exageradamente premeditado me parece como una pornografía de las emociones. Aún así, hay temas absolutamente deprimentes dentro de discos que no lo son de una manera tan homogénea, como pueden ser algunos del Blood on the tracks de Bob Dylan o incluso algunos del Third sister lovers de Big Star. Con los films es exactamente lo mismo, uno siempre está en la cuerda floja entre un bajón digno de Bergman y el culebrón venezolano.
En resumen (y en un post donde parece haber de todo menos resumen), esta es una pequeña lista de discos y películas que pueden tener un efecto devastador si alguien la escucha en el lugar adecuado, en el momento adecuado. Administrar en pequeñas dosis. En caso de sobreexposición, vaya a este post:

Discos
(Bajar cuatro temas -Colors and the kids, The eternal, The Kids y Falta- , de primera, en un mismo archivo .rar)

Cat Power-Moon Pix (1998)
El Moon Pix de Cat Power es de esos “discos de autor”, que siguen la línea del Pink Moon, el The boatman’s call o el If I could only remember my name, es decir, discos demasiado personales, casi como una radiografía de un momento preciso en el que se encuentra la persona o la banda. Todo lo que era Chan Marshall en aquellos tiempos se puede encontrar en el disco, y si uno tira del hilo se va encontrando todo lo que va quedando de la malla. Hasta en la misma tapa, Chan está hecha pelota, tal como estaba en el momento de grabar el disco. En algunas entrevistas de aquella época dice que después del What would the community think, por un tiempo creyó que su abandono de la escena iba a ser definitivo. Se fue de Nueva York, y se alojó en Portland, oficiando un tiempo de niñera. En esa época tenía serios problemas de alcohol, pero no de esos de rock stars cabalgando la serpiente entre toda la gente linda de la escena, sino algo más bien triste y tan poco glamoroso como dormirse cagando en el baño de un boliche de cumbia. Cuenta la historia que agobiada por malas juntas y ataques de pánico, luego de vivir durante un tiempo en una granja (un back to the roots que más que placentero estuvo plagado por ataques de pánico y pesadillas –dice que fue precisamente a partir de una pesadilla que pergeñó la mayoría de sus temas-) se autoexilió en Australia, donde llevó a cabo la grabación de este disco. El resultado es escalofriantemente hermoso. Un disco redondo, posiblemente el mejor de Cat Power (aunque sólo por fetichismo personal prefiero el Dear Sir), un disco en el que se respira un It’s now or never, con lo poco que queda de una confianza tan enclenque como un nido en medio de un vendaval. Dentro de los grandes temas –de paso, terriblemente deprimentes- que inundan el disco, entre ellos You may know him y Say, se encuentran dos joyas de incalculable valor. Por un lado, Metal Heart, un tema de una belleza imprevisible y desconcertante como el ojo de un pato, un tema cuya aspereza en su letra contrasta impensablemente con lo aterciopelado de la suave y dulce voz de Chan Marshall. Cualquier femme rockstar habría convertido aquello en otra combativa canción de despecho (un mal muy expandido en las cantantes fanáticas de PJ Harvey), y sin embargo Chan lo hace desganada y al tiempo dulcemente, como un animalito que no le importa ser presa, que se ofrece sereno antre la mirilla del cazador. Es por esta misma razón que fracasa la reinterpretación que Chan hizo de este tema en su nuevo disco Jukebox: con una nueva expresividad vocal mucho más versátil, se pierde esa languidez que dota al tema de verdadero sentido y lo separa cualquier otro tema de amor no correspondido escrito por alguien. Pero la brillantez del disco no termina ahí, y en el tema nueve llega la asfixiantemente hermosa Colors and the kids ¿Qué decir de este tema? Debe ser de los temas hondamente melancólicos más hermosos que se hayan compuesto en los últimos quinientos cincuenta años. Mientras que en discos como el Closer sentimos como un descenso a los infiernos, en este es todo lo contrario, es una melancolía dulce y serena, pero trágicamente verdadera, como el violento descubrimiento de percatarse de que nada podrá ser como era antes, que el pasado es sólo un conjunto de cuadros huidizos en los que nunca podremos adentrarnos ni vivir nuevamente, en donde el mismo presente es inalcanzable por algunas decisiones no tomadas en el pasado (I built a shack with an old friend/He was someone I could learn from/Someone I could become). Ese deseo de vivir cosas pasadas, esa desazón y desesperado intento de recomponer una vida que se quedó perdida como una flecha que erra el blanco, esos pequeñísimos pero significativos detalles de la vida revelados, como remangarse los jeans para que no se mojen en la orilla, es de las cosas más verdaderas, conmovedoras y a la vez hondamente tristes que escuché en mi vida. Es una canción cuya letra es perfecta, todas las imágenes inexplicablemente pegan de forma intravenosa, y la forma desesperanzada y a la vez desesperada en que Chan dice “I could stay here/ become someone different/ I could stay here/ become someone better” me hicieron un nudo en la garganta que nunca sentí con ninguna canción.

Joy Division-Closer (1980)
Ríos de tinta se han escrito sobre este disco como primer acto del suicidio de Ian Curtis, y más allá de esa tendencia necrófila que se parece más a celebrar la muerte que celebrar la vida de alguien, no se puede negar que si difícilmente se puede salir ileso de su escucha, mucho más difícil debe ser para quien hizo el disco. Nunca es bueno sacar conclusiones de la vida de uno a partir de su material artístico (de ser así, con mis poemas y cuentos mis padres probablemente me habrían internado en una clínica para tratarme de una depresión aguda mediante una terapia electroconvulsiva), pero escuchando este disco, uno realmente puede realizar los peores pronósticos. ¿Por dónde empezar? Es increíble lo homogéneo del disco en cuanto a su profunda oscuridad. Las estructura de las canciones son un tumor apenas diferenciado entre todo un mismo tejido que cubre el disco. Después de una producción tan increíble como la de Martin Hannet en este disco, resulta bastante cute el hecho de considerar a Trent Reznor como el amo de la oscuridad en términos de producción. El excelso manejo de climas se ve en la monótona batería de Atrocity Exhibition que suena como un tambor ritual de una tribu antropófaga, los sintes hipnóticos de Heart and soul, el bajo de Hook que es como un candirú esperando en las frías aguas de Passover, el "Where have they been" final de Curtis en Decades y su voz desfalleciente, casi en un último hálito en The eternal. Particularmente, creo que esta última canción es el tema más depresivo de la historia. No hay nada que pueda igualarlo, desde esos sintes que son como serpientes enloquecidas, hasta ese piano minimalista y lento pero completamente perfecto, pasando por la línea de bajo monótona como el pulso de un corazón desfalleciente y la voz de Curtis, recitando los versos más oscuros y aniquiladores que se hayan escrito. No, cuando uno escucha “Played by the gate at the foot of the garden / my view stretches out from the fence to the wall / no words could explain, no actions determine / Just watching the trees and the leaves as they fall”, no puede seguir con su vida, comer las mismas milanesas, mirar el mismo sol, hablar con la misma gente, como si nada de eso hubiera ocurrido.


Lou Reed-Berlin (1973)
Hay algo extraño con el Berlin de Lou Reed. Si uno lo escucha sin pegar particular atención a la letra, puede resultar efectivamente un disco triste, mas no “El disco más triste de todos los tiempos”, orgullosa condecoración que más de un medio especializado le adjudica a Lou Reed. Más aún, de a cuerdo a la mera melodía Sad Song no parece en sí una canción triste, y sin embargo es un engranaje más de ese animal monstruoso que es esta obra conceptual del viejo Lou. Y efectivamente, el tema del Berlin es que no puede tomarse por una disección canción a canción, todas funcionan desde una narrativa en que el todo es mayor a la suma de las partes. La historia de Jim y Caroline a más de uno le ha metido el corazón en una picadora de carne, la historia de una pareja de la bohemia berlinense, en donde no se escatiman detalles sobre cómo el hombre le pega a su mujer (Caroline Says 2), a la cual le quitan sus hijos (The kids) y se termina suicidando (The bed). La metódica vocalística de Lou Reed, junto a la misma frialdad de la música, o más bien la no correspondencia entre la melodía y la letra (sobre todo en Caroline Says) generan un extraño efecto similar al de aquellas imágenes infantiles supuestamente cándidas que encierran un horror que flota delante de aquella fachada. Esto se puede ver dolorosamente en The Kids, en que se escucha en un tono no alegre, pero tampoco trágico "They're taking her children Hawai / Because they said she was not a good mother / They're taking her children away / Because of the things that they heard she had done". Como si fuera poco, en la finalización del tema, detrás de una guitarra rítmica y un bajo juguetón, se escuchan los llantos de un bebé y los mami? de unos niños que sollozan desesperantemente. El equivalente musical al final alternativo de Supercampeones que a través de las quejas se terminó deshechando (en donde Oliver se despertaba y se daba cuenta de que toda su meteórica carrera futbolística había sido un sueño, y que de hecho tenía amputadas sus dos piernas luego de ser atropellado por un camión)

Sr.Chinarro-La primera ópera envasada al vacío (2001)
Siempre había querido escribir sobre Sr.Chinarro, y justo hablando de discos deprimentes ésta es mi oportunidad. Antonio Luque es uno de los compositores más interesantes de lengua hispana, con un estilo que suena como a un híbrido entre los Smiths, New Order y Red House Painters, junto a unas de las letras más extrañamente sugerentes que escuché en mi vida. Incluso, me da gracia entrar a ciertos foros de la banda y leer a gente que de hecho interpreta el surrealismo de las canciones desde una narrativa convencional. Por ejemplo, ¿cómo interpretar desde la óptica de una verdad esperando detrás de una metáfora versos como “Las cintas al tirar/de los moños de viejas que se van/de avenidas que acaban en el mar/de guías del metro en los pies y en el pulgar/Si fuera una excursión/una tras otra de negro en el vagón/que es de madera y te deja ver la orilla/el alquitrán y, ya quietas, las chiquillas...
No, la poesía de Luque es puro sonido y puras imágenes, impasibles de ser trasladadas a un lenguaje transmitible. Todo es permutable, las palabras adquieren una dimensión nueva tras la voz gruesa y generalmente monocorde del sevillano. En una entrevista hecha por Feedback-zine, Luque, al preguntarle cuál era su estado en el momento de grabar el disco, este respondió “En esa época me vi obligado de dejar de ver a una chica con la que llevaba un tiempo y entonces ella o, más bien, el que ella desapareciese fue la madurez... Pero no lo sé, era una época muy desordenada y por eso el disco salió así, está claro, tu estado mental se refleja en todo lo que haces. Mi casa, por ejemplo, estaba toda llena de pelusas y cuando componía salía todo parecido”. Efectivamente, todo parece estar lleno de pelusas, es un disco denso, más que nada asfixiante, con polvo y pequeños muñones de cosas e ideas flotando en un aire espeso. Tal como lo dijo Ezequiel en este post, curiosamente los temas están grabados en torno a una batería llena de ambiente y reverb, una batería que suele estar en sólo un canal y con entradas y salidas caóticas que son un ataque directo a las gestalts de las canciones. Todo es demasiado confuso e intrusivo, las acústicas filosas y monorrítmicas, las guitarras eléctricas cargadas de reverb y delay que suenan como a órganos de iglesias olvidadas, y la voz de Antonio Luque, elevada a la dignidad de un instrumento, un ser vivo indefinible que repta por debajo de la enmarañada malla vomitando verdades como pequeños conejitos. Pero sin lugar a dudas, tras las capas, capas y capas de sonido, lo que más resalta en este trabajo son los geniales arreglos de cuerdas, unas cuerdas que vuelven los temas claustrofóbicos, con una uneasyness similar a la que logran los cellos y violines de The Drift, de Scott Walker. Esto se puede ver en temas como Robando gusanitos, posiblemente el tema más perturbadoramente ambientado del disco, con un sonido de fondo que parece haber sido grabado de la melaza de conversaciones sueltas de un bar, en el que de un momento a otro llegan unos violines que sugieren peligro tal como los que invaden la escena de la ducha en Psycho. Y justo después de este tema, llega Falta, uno de los temas más opresivos de los últimos años. Lo que tiene genial este tema es que puede sepultarnos vivos en una extraña congoja sin nombre, sin siquiera poder atisbar el por qué de nuestros sentimientos. En el disco parecería como si Antonio Luque al pasar los temas se fuera descorporizando, todo comienza a ser tragado por un agujero negro en donde no tenemos idea donde estamos. Y así continúa Falta, esuchamos el letárgico “falta un par de rayas/en cada paso de cebra/falta un par de rayas/en la camisa que me prestas”, sentimos los violines y no entendemos por qué estas palpitaciones, por qué esta saliva solidificada en la garganta, qué son estas excreciones acuosas que salen de nuestros ojos.

Películas:
(Atención, tengo la mala costumbre de revelar finales)

Dancer in the dark-Lars von Trier (2000)
Lars von Trier es un sádico hijo de puta. En el mundial de los misántropos, el danés sale segundo, después de Solondz, por un penal mal cobrado en el minuto 90’. El tipo encarna película a película la verdadera dimensión de un Dios que tiende los hilos desde otra parte del mundo. En sus films él es Jahvé al mejor estilo antiguo testamento: severo, vengativo, voyeur, titiritero. Tiene una auténtica predilección por personajes débiles, personitas como insectos de un circo de pulgas en donde no entra aire y donde el usuario altera el mundo conforme a sus placeres más oscuros, con la siempre presente opción de aplastarlos con el dedo meñique. Por ejemplo, tenemos a Dogville, en donde la pobre Nicole Kidman es violada hasta el cansancio por todo un pueblo, desde el más osco y borracho recogedor de naranjas, hasta el ciego más débil y patético. Llega un punto en que al final del film, cuando se da pie a la venganza de Kidman, y uno mismo exige que aquello sea efectuado dimensiones medievales. Un auténtico placer nos inunda como espectadores al ser sacrificados todos aquellos pueblerinos de mierda que se aprovecharon de la necesidad de la protagonista, desde el mismo hombre que en un principio fue su fiel aliado, hasta los niños más pequeños que la molestaban cuando estaba encadenada. Queremos sangre, y ahí es cuando nos damos cuenta de que en algún rincón lejano y frío de Dinamarca, Lars von Trier está sonriendo, satisfecho como un diablo que logra tentarnos.
De entre todos los personajes femeninos protagónicos –el fetiche del director- podríamos hacer una condensación entre la retrasada de Breaking the waves y la cuasi ciega interpretada por Björk en Dancer in the dark. Sólo por un mero formalismo elegiría la última película como material deprimente par excellence –en realidad, las dos mencionadas más Los idiotas conforman lo que se ha llamado la trilogía del Corazón Dorado-, teniendo muy presente que Braking the waves también es angustiante y enfermizamente cruel. No voy a hacer una sinopsis de la película, quien quiera verla tranquilamente la puede alquilar en su videoclub amigo, pero voy a puntualizar una serie de aspectos del film. Sin ser un huge fan de la islandesa, de cierto modo la candidez que plasma en el film, similar a lo que también hace Emily Watson, acentúa poderosamente lo trágico e inmerecido de su destino. En cierto modo, Dancer in the dark es one of a kind, por el hecho de ser un musical y al mismo tiempo un drama de lo más deprimente. Selma es una inmigrante checa con un deterioro degenerativo de la vista, mal que también comparte con su hijo, para el cual junta plata para someterlo a una operación que podría revertir ese karma genético. Al mismo tiempo, el mundo al que no accede Selma por sus ojos lo complementa por pinceladas de sus oídos, imaginando –o alucinando- coreografías en donde todo se tiñe por una candidez digna de los musicales de los cuarenta. Efectivamente, la música es un verdadero termostato en la vida de la checa, y cualquier situación, por más horrible y triste que sea, encuentra trámite via una situación alucinada llena de bailarines, tap y collages sonoros. Esta contraposición de momentos peligrosamente deprimentes intercalados o reinterpretados por baile hacen del film una aterciopelada espiral invertida hacia lo más sádico del ingenio de von Trier. En la trilogía del Corazón Dorado, casi exactamente el negativo de su nueva trilogía de Dogville, Manderlay y una todavía sin estrenar, hay una predilección por convertir al personaje principal en mártir de una causa ética que se eleva por sobre la moral. Es así que luego de un accidente en donde muere un hombre que le había robado de sus ahorros –la cosa es más compleja, pero sugiero que vean la película, en vez de que se las cuente textualmente-, Selma, de acuerdo a una promesa que le había hecho al muerto, guarda un secreto que la condena a no tener material para defenderse en su juicio. El resultado de ello: Selma es encontrada culpable, incluso siendo acusada de posible filiación comunista. A pesar de ser condenada a muerte, se niega a apelar por no revelar el secreto de quien en un principio la puso en el lugar donde está. Lars von Trier no está lo suficientemente satisfecho con el potencial depresivo del film, lo que lo lleva a optar por el final completamente gráfico del frío procedimiento de la horca. La escena final está conformada por una coreografía en la cual se hace una canción con los pasos que cuenta Björk en su camino hacia la horca, consuelo que dura por un tiempo hasta el final abrupto, torpe y patético, que arranca a la mujer de esa última función imaginaria, gritando, pataleando y hasta desmayándose momentáneamente, hasta que los gritos se callan por la palanca, crack y el sonido tirante de la soga, invadiendo un nuevo silencio en la habitación, pudiendo observarse el sereno péndulo del cadáver suspendido a pies del suelo.
Cumpliendo el karma de muchas de las marionetas de Lars von Trier, Björk decidió cortar sus hilos, abortando su corta carrera fílmica a partir de este film.
Los amantes del círculo polar -Julio Médem (1998)
Ya hablé de ella en este post.
Dekalog, I -Krzystof Kieslowski (1989)
Recuerdo haber visto este capítulo en una copia de cinemateca que estaba tan gastada que parecía haber sido sumergida en soda cáustica. Era uno de los días más crudos de agosto, y estaba protegiéndome con un diario viejo del vendaval de parciales que nos tenía como perros en fin de año a la mayoría de los estudiantes de psicología. Era tanto el tiempo que insumía el estudio que toda actividad fuera de leer el material estaba cronometrada, al punto de que ir al baño era considerado un mini recreo. Obligado a pasear al perro en una lluvia copiosa frente a la que no me había preparado, decidí alquilar dos capítulos del decálogo del polaco. Ya había visto la trilogía de los tres colores, y embarcado en plena kieslowskimanía, estaba seguro de que iban a ser buenas películas. La cuestión es que luego de llegar a mi casa empapado, leí hasta las dos de la mañana, me sequé y me dispuse a dormir, actividad que también era considerada un lujo en aquel entonces. Puse la película para acompañar el sueño –me cuesta dormirme a oscuras y sin ruidos-. Me tiré a dormir con un jogging. Todavía temblaba un poco, me llevé las dos frazadas a la altura de la mejilla. Pensando que iba a dormirme enseguida, terminé viendo los sesenta minutos que duraba el film, convirtiéndose aquella en una de las noches más deprimentes que tenga memoria.
Kieslowski sabe muy bien los colores y las texturas que elige, y en esta película abundan los tonos apagados, como el de la nieve opaca que invade a todo Polonia, como el verde del monitor del padre, como las paredes, como el ceniciento color del bloque de edificios en donde no sólo viven los personajes de este capítulo, sino la mayoría de los de la serie. Son colores tristísimos, soviéticos y ochentosos, que incitan a una retirada autística sobre uno mismo. Y no olvidemos la música. La música de créditos, tanto al incio como al final, junto al plus del la imagen borrosa de la copia del casete, es tan deprimente como quince Mufasas aniquilados por antílopes en los ojos de un niño. Y siendo ya desde lo estético suficiente para hacernos clamar a gritos un poco de Prozac, la temática bajoneante no se queda atrás. Ya desde el inicio del film se nos pone de lleno con la muerte, encontrándose Pawel -un niño que reconoceremos como el hijo de Krzystof (no el director, sino el nombre de uno de los personajes)-, con un perro vagabundo congelado en la nieve –la imagen del perro es impactantemente triste, sobre todo para alguien a quien el maltrato de los animales le afecta más que el de las personas-. Angustiado, acude a Krzystof y este le explica los asuntos de la muerte de una forma bastante fría y metódica, revelándosenos pronto que este discurso es reflejo de la formación científica del padre. El niño está perfecto en su papel, y pronto esa relación de los dos se muestra con una complementariedad hermosa, los dos enfrascados en los mismos proyectos y convirtiendo la ciencia en un tercero que los une (nunca se habla de la madre de Pawel, aunque sí de una tía que está preocupada por su formación espiritual). La cosa es que con su computadora miden todo, y un día Krzystof le regala a su hijo un par de patines, con los cuales suele patinar -valga la redundancia- en un lago congelado. Una noche el niño le pregunta a su padre si puede ir a patinar y, tras fijarse unas gráficas sobre el grosor del hielo, le da su permiso. El hecho es que el niño no aparece y su padre se comienza a preocupar. Nadie sabe nada, pero en el fondo, Krzystof se aferra ante el hecho de que el hielo es suficientemente grueso como para que no haya pasado ninguna desgracia. Tal como vamos temiendo, el hielo se resquebrajó y esto lo terminamos de constatar recién cuando el padre se acerca al lago congelado y hay una muchedumbre de personas y bomberos. Lo terrible de la escena es que aún ahí el tipo parece bastante seguro de que, de acuerdo a los resultados de su computadora, es imposible que haya pasado tal desgracia, lo que hace a la caída aún más estrepitosa. Efectivamente, su niño es uno de las víctimas del resquebrajamiento del hielo. Ante esta súbita muerte, la historia deriva en el tipo yendo indignado a una iglesia, para intentar recibir las respuestas que el ojo verde de su computadora no le pudo, ni le puede dar. Acabando el film con los créditos y la música über deprimente del principio, se confirma, con el dolorosísimo sacrificio de ese niño que tan bien nos caía, la lógica del paralelismo entre los capítulos y el segundo de los Diez Mandamientos: “No te fabricarás ningún ídolo (…) Pues yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, y castigo los pecados de los padres sobre sus hijos”. En este caso, queda claro que el ídolo no es otro que la computadora. Y ya no hay canción de cuna, ni lección que aprender, una vez más el puño de Dios cae sobre nosotros, y no podemos hacer otra cosa que mirar desconsolados el televisor, tal como Krzystof se queda con los ojos estaqueados en su computadora.

La tumba de las luciérnagas-Isao Takahata (1988)
La tumba de las luciérnagas es la cosa más triste que puede existir en el mundo. No creo que nadie haya logrado destrozar al espectador en cualquier otro medio artístico como lo hace Isao Takahata en este film. El potencial devastador de esta película en quien lo mira es equivale a una súbita muerte de un conocido de carne y hueso con el cual nunca se llego a entablar una amistad perdurable, pero con el que siempre se mantuvo buen trato. Porque Takahata nos deja en pelotas, despojándonos de varios de los andaribeles que nos asistían de hundirnos en cualquier producto nocivamente depresivo. Este recurso perverso magistralmente logrado lo lleva a cabo por una serie de sustracciones que nos dejan con una cuchara en el campo de guerra de nuestra tristeza. Lo primero que quita es la incertidumbre sobre el futuro. La película empieza desde el final, y ya sabemos que el personaje termina muerto contra la columna de una estación de trenes. Está completamente hecho trizas, con los huesos pegados al pellejo, sucio, meado, vaya uno a saber qué cosas más. Es así que sabiendo el final, el film no es otra cosa que intentar construir el puente entre el feliz presente y aquel final devastador, un puente que no queremos construir, pero que lo vemos inevitablemente avanzar, aterrorizándonos ante nuestro acercamiento a la otra orilla. Cualquier imagen conciliadora o que inspire cierto bienestar será solo un lunar blanco en el claroscuro de aquella trágica existencia. Y ahora que digo trágico, también se pierde lo trágico. La forma en que lo encuentran los encargados del subterráneo nunca nos llega a hacer pensar que aquel cuerpo es o fue de un humano. Es un cuerpo, como lo es un envase de botella rota, un condón anudado en la esquina húmeda de un baño público, como muchos vagabundos anónimos que se mueren en las calles de las mañanas de invierno, sólo velados por sus perros. Esos vagabundos que una vez tuvieron nombre terminan siendo cuerpos de prueba para estudiantes de medicina. Los diseccionan, les analizan los pulmones, el corazón, le ven el rostro amarillento, el pene flácido y arrugado. Algunos estudiantes le ponen sus lentes, se ríen de ellos, conservan algún órgano que ocultan en joda en la cartera de una amiga. Y así se amigan con el muerto, le ponen un nombre gracioso, “Ulises”, “Ansina”, y así el vagabundo, mientras que es vaciado e inspeccionado, comienza a tener la familia que nunca tuvo. Algo así es la muerte de este vagabundo anónimo que aparece al principio del film. Por más que nos cuenten su historia, aquel cuerpo seguirá siendo anónimo. Se pierde lo trágico porque no hay pathos, no hay un camino tortuoso que desemboque en la catarsis, la resolución, la libreta moral en limpio, toda la muerte y la violencia es incapaz de restituir algo perdido, es muerte porque sí, sin razón de ser. Y finalmente, no hay muerte romántica. Los románticos encontraban en la muerte el orden natural en el que todo se reordenaba. Los amantes se volvían a encontrar, todo era posible en un mundo ulterior distinto al nuestro. Las leyes o condiciones que habían impedido concretarse a un amor imposible se derribaban por completo y configuraban a la dulce muerte romántica como el terreno de infinitas posibilidades. Pero en La tumba de las luciérnagas no, por más que el personaje siga teniendo la lata de su hermana, no se reencontrará con ella, da la sensación de que todo y todos están perdidos para siempre.
Hay una escena específica que te destroza por completo, posiblemente sea la escena más triste de la historia del cine, quizás aún más que los desesperados ojos de Meryl Streep en “La decisión de Sophie”. Repasando: Segunda guerra mundial, Seita, el chico que encontramos muerto al comienzo del film es hermano de Setsuko, teniendo que encargarse de ella después de que un bombardeo de los norteamericanos en Japón acaba con la muerte de su madre. Dicho sea de paso, llama la atención la crudeza del cuerpo de la señora, casi momificado por las vendas, al borde de la descomposición y repleto de larvas. Luego de eso, tras un ínterin de vivir en la casa de otras personas, Seita decide irse con su hermana a vivir en una mina abandonada, donde intentan sobrevivir con lo poco que tienen. Pero los alimentos de la posguerra son escasísimos y todo conduce lentamente al destino devastador que los envuelve. Todo esto conduce a la escena en que la niña se percata de la muerte de las luciérnagas. Estas habían oficiado de constelaciones y linterna como tregua no sólo a la oscuridad de la guarida en que duermen, sino como una tregua a todo lo terriblemente doloroso que los envuelve. Es así que Seita ve cómo la niña las entierra, y en ese momento se confirma el conocimiento oculto de la muerte de su madre que la niña siempre había mantenido, hecho que Seita estoicamente trató de ocultarle la casi totalidad de la película. Ese “siempre lo supo” es una verdadera patada en los huevos, y si eso parecía demasiado, hay que ver y tratar de resistir el momento en que Seita vuelve a la cueva para descubrir que la niña había muerto, tras haber querido alimentarse de piedras para salvarse de su desesperada hambre.
Recuerdo haber visto La tumba de las luciérnagas durante una claustrofóbica estadía en Guadalajara, en donde no sólo extrañaba a mi novia y amigos, sino a mi mismo país, y la vida que llevaba en él, enfrentándome al horror vacui de un suburbio silencioso en el que reinaba un silencio sin pájaros y los vecinos levantaban sus propios feudos tras murallas y garages de proporciones espartanas. Recuerdo haber visto la película y tener que poner pausa cada tanto para desanudarme la garganta. Recuerdo ver los créditos finales y tener la necesidad imperiosa de llamar a mi novia, sólo para darme cuenta, viendo en mi reloj con hora de Montevideo, que allá eran las cuatro de la mañana. Fue ahí que me bajé por las escaleras y me quedé sentado tomando una latita de Coca-Cola, en la inmensidad oscura de la cocina, imaginándome a María lejana, durmiendo en un mundo ajeno a esa noche sin grillos, ese mundo sin tumbas de luciérnagas.

Sunday, December 30, 2007

Discos del 2007
El otro día en la casa de un escritor me preguntaron si podía ayudarles con un problema de su correo electrónico. Explicado en un lenguaje más literario que técnico me dieron a entender que tenían la casilla llena, por lo que había un problema al recibir y enviar mensajes en el Outlook. Sin prometer nada, prendo la computadora. IBM Activa. Recuerdo que por el año 95 tener una Activa era estar un paso más adelante que el resto de la humanidad, llegar con la uña a rasguñar el futuro. Recuerdo incluso una propaganda en donde el monitor de la este modelo de computadora chorreaba un mundo de colores, lleno de veleros rojos, familias volando felices en aladelta, mares verdosos y escenas del Wolferstein II, como si fuera el augurio de un mundo tecnológico desde un eufórico punto de vista que sólo podría salir de la cabeza de alguien como Comte. Cuando prendo la torre y el monitor respectivamente me repito en voz baja, Wolferstein, por Dios. Windows 98’. Al menos no era el 95’. Como era de esperar, la computadora, más que computadora es una carreta, y para que se configuren todos los íconos del escritorio –miles, listas de supermercado en formato Word, prólogos, mails, fotos de familiares en el extranjero, acceso directo al Paint, archivos de sólo lectura, una carpeta que dice París- estoy tres minutos, mirando el monitor con cara de 0 a 0. Es ahí que me conecto a Adinet. Por más que era obvio que iba a suceder, aquel conocido sonido de la conexión precipita toda una serie de recuerdos que estaban completamente dormidos en mí. De golpe aparecen las noches de I-Mesh bajando b-sides de Radiohead, el reproche familiar por el teléfono ocupado por aquel sonido alienígena, las dos lucecitas verdes marcando el latido de uno y su computadora, el reproche de haberse quedado dormido bajando un archivo y el subsiguiente temor a la factura de fin de mes, las flores verdes y rojas del ICQ y las tardes en lo de el fino, esperando diligentemente un minuto y medio por página para sacar información sobre el proyecto bluebook.
La internet ya había cambiado al mundo, pero el adsl terminó por revolucionarlo. La circulación de información nos ha acercado a personas, artistas, movimientos que de otra forma iban a estar sepultados por el desconocimiento. Ya ni siquiera tiene sentido pronunciarse a favor o en contra de la internet, la internet es, está por fuera de las opiniones, como respirar o tener piel. La internet y su crecimiento abrumador es un fiel espejo donde se puede ver cómo uno cambia con los años el carácter y las necesidades de. Resulta ridículo que en el pasado festejáramos bajar a 7.0 kbps una canción. Hoy en día, me bajo discos a un promedio de 40 kbps, y lo que esté por debajo de esa tasa, puede suscitar molestias o incluso furia.
En fin, así como cambió la velocidad de acceso a información, el terreno de la música no es un terreno que permaneció intocado. A mis quince años, comprar un disco incluía una especie de ritual en el que sólo me permitía escuchar ese disco por una semana. Recuerdo incluso un día haber comprado dos discos y elegir uno para escuchar la primera semana y dejar el otro para la siguiente, parado, en mi mesita de luz, todavía forrado con el nylon de los discos importados que llegaban a CD Warehouse. Este año llegué a bajarme once discos en un día, vía simultánea con el e-mule y los link de descarga en páginas como nodatta y mutantsounds. Al acceder a tanta cantidad de música, los artistas se empiezan a desdibujar, uno no recuerda los nombres de ciertas canciones como antes, y el ritual de escuchar el tema con la letra al lado se queda un poco de lado. Es una escucha vertiginosa, escuchar una cosa para enseguida esperar otra. Los gustos son cada vez más precisos, al punto de que ya resulta imposible ser clasificado dentro de cierta tendencia o escuela. El otro día leía la nouvelle Portland, de Alejandro Ferreiro, y en una parte del libro relataba cómo un día se le ocurrió hacerles ofrendas a las hormigas, dejarle una ración excesiva de alimentos al lado del hormiguero y esperar a ver qué pasa. En el libro relata como, después de un aparente primer período de frenesí, de un día para otro dejaron de salir del hormiguero. Parecía como que se hubieran quedado satisfechas o que hubiera una revuelta interna que las hubiera imposiblilitado a salir de su metrópolis subterránea. Pienso si no ocurrirá lo mismo con los melómanos, si algún día de tanta música dejaremos de salir a la calle, empachados, conectados a nuestros audífonos como esos autómatas lobotomizados que tanto les gustan retratar algunas distopias de ciencia ficción.
Ante todo el caudal inagotable de discos, en los albores de este 2008 ya casi presente, me siento obligado a tomar el calderín y sacar mis discos favoritos de este año. En un principio había pensado hacer una lista independiente de la fecha publicación del material discográfico, lista que tendría posiblemente a Godspeed you! Black Emperor encabezando todos los charts. Más allá del fanatismo por los canadienses (es más, Canadá se convirtió por un momento en el epicentro de mis intereses musicales, con un auge similar al que tuvo Seattle a principios de los noventa), este posiblemente fue el año de Cat Power, consumiendo indiscriminadamente todo lo que tuviera que ver con ella, y siendo The Colors and the kids el último tema que me descalabró por completo, de esos temas que te cambian la vida. También, Sr Chinarro tuvo un papel importantísimo, convirtiéndose Luque no sólo en una de las voces, sino también plumas más influyentes en mucho tiempo. Si hiciera una lista de los diez discos que más escuché en el año, al menos tres de Chinarro estarían en ella (nosequé-nosecuántos, La primera Opera envasada al vacío y El por qué de mis peinados). En otro lugar del globo, Can hizo estragos, descubriendo en Suzuki/Czukay y compañía un universo nuevo del que se me abrieron bandas como NEU!. Por su parte, el indie hizo estragos, convirtiéndome en fan definitivo de Pavement, Yo la tengo, My Bloody Valentine y The Telescopes, bandas con las que no había tenido una relación tan aceitada en el pasado. Hubo reconciliaciones con bandas que en un principio no me había interesado (ver post anterior) y Robert Pollard escaló posiciones en mi altar politeísta, como bien lo dije, encabezado por nuestra máxima deidad, Robyn Hitchcock. También hubo música excéntrica y bastante inaccesible, principalmente nutrida por medio de Mutant Sounds, como Steaming Coils, Blurt y Catherine Ribeiro.
En fin, un conjunto de bandas que poco o nada tuvieron que ver con el 2007.
A pesar de haber estado mi escucha enfocada principalmente en estos discos, viendo una gran cantidad de blogs como este, este y este, me pareció más pertinente hacer la lista involucrando a discos sólo pertenecientes a este año, una lista que se terminó de completar recién este último mes, accediendo a discos de los que no había escuchado ni hablar.
(También pensaba hacer una lista de las películas del año, las cuales incluiría a Zodíaco, La vida de los otros, La canción más triste del mundo, entre otras, pero creo que sería un abuso, y terminaría resultando en un post kilométrico que muy poca gente leería).
Bueno, acá la lista:


10-Damo Suzuki/Omar Rodríguez López- Please heat this eventually
Un disco que apareció a principios de año y que pasó injustamente desapercibido. Ya mencionando el nombre de Damo Suzuki (el ponja que nos hacía delirar tras el micrófono de Can) y Omar Rodríguez López (una de las guitarras más eclécticas e intensas que ha dado la música actual), se sabe que es un disco que no nos dejará indiferentes. Con The Mars Volta, una de las bandas más poderosas y arriesgadas de los últimos años (al menos en el circuito mainstream), Omar Rodríguez López, junto a Cedric Bixler Zavala había compuesto dos discazos, De-loused in the comatorium y, lo que parecía ser un suicidio comercial, Frances the mute, terminando por demostrar lo contrario no sólo en ventas, sino en calidad. Fue entonces que hicieron este disco bastante irregular, Amputhecture, en el cual, me parece, se les fue la moto. No es necesariamente más extraño que sus predecesores, pero los tejanos optaron por más climas y muchas canciones que prometían ciertos estallidos que nunca ocurrían. Incluso podría decirse que había, al menos, quince minutos al pedo, exceso que acentuaba ciertas carencias, más que realzar el riesgo musical. Es por esa razón que luego de ese disco y una hemorrágica producción de álbumes solistas, veía este trabajo de Omar con nada más ni nada menos que el señor Suzuki como una prueba, como una forma de demostrar que seguía vigente.
El disco más bien es un EP, y básicamente es un solo tema, cantado con esa forma tan particular que tiene Damo Suzuki, estructurado como una zapada entre él y el tejano. La forma en que entran y salen las voces y las guitarras, más que un diálogo es un psicótico monólogo interno interpretado por varias partes del mismo psiquismo, unas órdenes repetitivas y vehementes que brotan desde nuestra cabeza. Lo que aparece en la tapa, en vez de una árida estepa, tendría que ser una selva: saxos venenosos como ranas azules, las flautas pasan por encima de la base como si saltaran de liana en liana, la voz es un verdadero rugido, y la guitarra a veces es pantera, a veces candirú, a veces enjambre de hormigas. Toda una fauna invasora, en un disco que hace culto a la intensidad por encima de la forma y el tiempo.

09-Battles- Mirrored
En un medio bloggero bastante inclinado hacia el indie, donde, por momentos, “música progresiva” parece ser una mala palabra, llega este discazo, una banda que es como la reencarnación alienígena de Fripp en la era de las máquinas. Lo que funciona espectacular en este proyecto de ex integrantes de bandas como Don Caballero y Helmet es ese vendaval encapsulado, esa apariencia de violenta experimentación, pero que nunca sale de órbita. Los tempos marcados por el baterista parecen insostenibles, como si amenazaran a romper con toda posibilidad de melodía, y sin embargo, en un momento preciso, lo que parecía ser una fuga asintótica de la guitarra, termina por encastrar en su justo lugar, como la última pieza de un puzzle, como una cópula matemática casi tautológica. Esta banda representa el math rock llevado a sus máximas consecuencias, como si partieran de la física euclidiana del resto de la música y se aventuraran en el oscuro mundo de la mecánica cuántica. Para una más detallada explicación del fenómeno Battles, aventúrense en este lúcido post de Sensei Magazine

08-Arcade Fire- Neon Bible
Posiblemente este disco fue el lanzamiento del año. No tanto por la música (que sí, es muy buena), sino por toda la prensa que se había generado alrededor del disco, en esos cada vez más comunes casamientos entre el indie y el mainstream. Arcade Fire estaba bajo la lupa, y tenían todo para arder como una hormiga bajo el sol, como había ocurrido con bandas como los Stone Roses, ahogados en la propia piscina de expectativas que se había gestado a su alrededor. Tenían tan sólo que hacer un disco mediocre, y ya cumplirían con la moira de tantas bandas que revientan como el Hindemburg. La única diferencia es que los zeppelines están vacíos por dentro, y a esta banda le queda mucha, mucha música por mostrar. Y entonces sí, aparece este disco que no sólo iguala a Funeral, sino que lo supera en algunos aspectos. Los arreglos son excelentes, y hay canciones que se parecen nutrir de los mejores elementos del postrock canadiense, pero lo que resulta genial, sobre todas las cosas, es la interpretación vocal de Buttler y Chassagne. Mientras el primero tiene una forma de cantar que recuerda a lo mejor de ese Bruce Springsteen storyteller, con esa voz firme y a la vez trepidante, la vocalista tiene una voz angelical pero fuerte a la que sabe sacar el mejor provecho. Creo que el tema paradigmático en cuanto a este recurso vocalístico es Antichrist Televisión Blues, un tema cuya letra todavía no leí (no puedo entender las letras de oído, las necesito tener escritas al lado, y estoy escribiendo esto en el Word, sin internet, por lo que no puedo echar un vistazo), pero independientemente de lo que diga, cuando después de esas largas estrofas de Buttler llega el coro, ese increíble coro, es imposible no sentir esperanza, como algo cercano a una epifanía religiosa, por más que se estuviera cantando sobre matar ballenas bebé o hacer tráfico de órganos con niños tercermundistas.
07-Robert Wyatt-Comicopera
Después de unos cuantos años en relativo silencio, Wyatt nos viene con este trabajo que, a mi parecer, es lo mejor que ha hecho desde Rock Bottom (ojo, me faltan escuchar algunos discos). El ambiente onírico y hasta cierto punto amigable de Shleep se siente invadido por una atmósfera enrarecida, con temas con un sonido más triste, y otros decididamente… ¿violentos? Sí, es imposible no erizarse los pelos de la espalda con el verso “You have planted all your everlasting hatred in my heart”, repetido al final de Out of the blue, una de las canciones anti bélicas más extrañamente intensas que he escuchado en los últimos años. El disco, sobre todo en su último tercio es decididamente político (incluso el disco finaliza con una sorprendente –de sorpresa- versión de Hasta siempre comandante), pero queda lugar para el amor y esas atmósferas de ensueño que teje el viejo de Canterbury. El otro día leí una nota en donde decía que con el tiempo perdió cierta capacidad para llegar a agudos, pero que su trompeta se convirtió en un self accesorio, como si fuera una segunda voz que le devolviera lo que le quita el tiempo. Y es realmente así, confirmando que con o sin trompeta el viejo sigue teniendo una de las voces más genuinas del rock. Extra ball: No se suelen encontrar discos en donde aparezcan nombres como Brian Eno y Paul Weller al mismo tiempo


06-SantaCruz- Sabú
Música para ir gritando por las ventanas de Dodges prendidos fuego en autopistas que cruzan el desierto de Atacama. Música para apagarse un pucho en la frente. Música para juntar a cien personas en un apartamentito del centro, de esos diminutos que se lo alquilan al doble de precio a cándidos estudiantes del interior. Música para ponerla al mango en ese apartamento, mearle en la cara a menores de edad pasadas de alcohol, encontrar tríos y cuartetos en una misma sudorosa habitación sobre un mismo colchón pelado, ir a la cocina, elegir una persona al azar y partirle una botella de vodka en su cabeza, logrando que todos los presentes se prendan a la piñata, para darse con vasos, tablas de planchar y sacacorchos. Música para arrojar televisores desde novenos pisos, para estacionar automóviles dentro de piscinas. Música para arrojarse de un avión sin paracaídas: a huevo.
Todo eso es Sabú, el primer trabajo editado por una banda que tendría que haberlo hecho desde hace mucho. Recuerdo la primera vez que escuché SantaCruz. Era una de mis primeras salidas con la que terminaría siendo mi novia, y andábamos vagando por el centro, buscando BJ, lugar al que solía ir sin tener idea alguna de qué banda tocaba. Igual, realmente la banda importaba poco, todo era una excusa para tomar algo de cerveza y seguir apretando impúdicamente. Recuerdo haber entrado en medio de un tema de la banda. Estoy seguro de que es un adorno de mi recuerdo, pero al pagar las entradas y abrirse la puerta del local, fue como si se abriera una ventana en medio de un temporal bajo techo, como si fuera una ráfaga de viento revolviendo papeles, desparramando cervezas y arrancando cortinas. Sudor, mucho sudor. Era noviembre, y todos los integrantes tocaban descamisados. Sudor, sí, mucho sudor. El guitarrista era una palmera, cuyo pelo no dejaba ver el rostro. No entendía cómo un baterista podía abollar los platillos y gritar tan furiosamente al mismo tiempo. El sonido era fortísimo, taladrante, no sabía si me gustaba. Sólo sabía que no podía dejar de escucharlos. Sin saberlo a ciencia cierta, casi de una forma intuitiva, SantaCruz se convirtió en una de mis bandas favoritas del “Rock uruguayo”. “Rock uruguayo” entre comillas, porque tiene poco o nada que ver con lo que se suele relacionar con rock uruguayo. Para los que no conocen a SantaCruz, podría sugerir a los Natas pasados de merca, en vez de marihuana. Podría sugerir un stoner rock con su herencia bluesera más inflamada. Podría dar muchos calificativos, pero me quedaría corto. El gran logro del disco, algo frente a lo que incluso yo me mostraba bastante escéptico antes de escuchar el resultado final, es haber podido trasladar sin pérdidas la magia y fuerza de las presentaciones en vivo de la banda a un formato estudio. Todo lo que es SantaCruz está en Sabú, desde la voz frenética de Mauro Ricco en Tu perfume, hasta los coros dionisíacos de Stargirl Blues, desde las densas atmósferas en su versión más stoner, hasta el desenfreno sexualizado de Hot Nipples. Por esto y por mucho más, este es uno de los mejores y más intensos discos del 2007.

05-Radiohead-In rainbows
La ironía de In rainbows es que, habiéndose tomado la libertad de que la gente establezca el precio por lo que escucha, (lo que, poniéndonos un poco románticos, resultaría ser un statement sobre la música más allá de la facturación), terminó haciendo que la gente hablara sólo de eso, olvidándose de la música. Y la verdad es que es una lástima, porque es un disco hermoso, redondito, con todos los momentos que debe tener. Mucha gente dirá que no hay tanto riesgo como en el Kid A, el Amnesiac, o incluso el Hail to the Thief, y probablemente tengan razón, desde el The bends el sonido de Radiohead no resultaba tan accesible. Sin embargo, ese reencuentro de Radiohead con la melodía pop sale sin lesionados y con algunos momentos de tremenda belleza. La seguidilla de los primeros cuatro temas es muy pero muy buena, desde la inmersión en las fosas de las islas Marianas de Weird Fishes, como si la voz de Thom Yorke fuera como esos luminosos peces prehistóricos mostrándonos los secretos del suelo oceánico, hasta el bajo hipnotizante de Bodysnatchers, pasando por la intimista Nude. Y en el final hay una nueva seguidilla de temas de gran belleza, con esa tradición propia de dejar un tema gigantesco cerrando el disco (Videotape)
En fin, lo que empezó siendo la robótica voz de un feto sumergido en una cámara criogénica (Kid A), pasando por una mutación transitoria de un orwelliano rebelde en tiempos de Bush y Chomsky (Hail to the Thief), en este disco termina por consolidarse en una voz más intimista, como si aquel personaje del video de Paranoid Android se terminara por mudar con su ángel guardián, paseando en ese helicóptero invisible y relatando lo que ve a su paso.

04-Triángulo de amor bizarro- Ídem
El disco redondo del año. No hay nada que sobra, todas y cada una de las canciones son geniales, se puede pasar de principio a fin sin saltearse ninguno de sus doce temas. Tomen My Bloody Valentine, Stereolab y Mercury Rev, agiten, agreguen más y más fuzz y unas voces espinosas, y ahí tienen Triángulo de amor bizarro. El disco debut de los gallegos es lo mejor que se puede conseguir en español, y podría decir que es el mejor disco shoegazer (por ponerle un nombre) en mucho, mucho tiempo. No sólo el muro de sonido es enloquecedor, sino las mismas voces, que aparecen tras los velos de la distorsión (como es costumbre en bandas de este género), pero con una esencia diferente, con letras tan francas como extrañas, como si la banda escupiera verdades directamente de su inconsciente. De ahí provienen versos completamente imprevisibles “Llevar navajas siempre es conveniente” y títulos cuya nomenclatura recuerda a la de ciertos readymades dadaístas. Creo que en materia vocalística, la diferencia con bandas como My Bloody Valentine es que si en los irlandeses la sensualidad reflota con cierto aire etéreo, en Triángulo de amor bizarro repta, aguijonea, o suena completamente desquiciada (escuchar Isa vs. El partido humanista), como si los tipos tomaran como mentor más a Alan Vega que a Kevin Shields.
En fin, rock estridente, aguijoneante y resbaladizo.

03-Of Montreal- Hissing fauna, are you the destroyer
Este es el disco paradigmático de cómo han cambiado mis gustos en este último año. Pensar el Hissing fauna, are you the destroyer en una lista del 2005 sería como pensar a Pappo pinchando discos en la fiesta Creamfields. Uno de los puntos fundamentales sobre este disco es la notable desconexión que hay entre el ritmo de ciertos temas y el contenido que encubre. Pop hasta los huesos, al borde del kitsch, con esos efectos de órgano intrusivos y algunos coros sampleados, sin contar con la increíble y maleable voz de Kevin Barnes, detrás de ese envoltorio aluminado, cuando uno empieza a indagar en las letras se encuentra con un nihilismo desbordante, un nihilismo que no necesita dioses ni demoños, que no necesita suicidios altruistas, que ni siquiera necesita el spleen. No, todo eso, esa pregunta que tanto obsesionó a franceses y alemanes se puede resolver en la pista de baile. Tiene estrofas que lo pueden matar a uno de la risa (“i spent the winter on the verge of a total breakdown while living in Norway. i felt the darkness of the black metal bands but being such a faun of a man i didn't burn down any old churches just slept way too much just slept”), pero todas las canciones, desde mi punto de vista, todo el disco está hecho para ese tema descomunal que es The past is a grotesque animal. Es una obra casi teleológica, todas las frustraciones, toda la resignación, el pop, todo desemboca a ese enorme agujero negro que está en la mitad del disco. Posiblemente sea la mejor canción de los últimos tres años, y creo que diciendo esto no estoy exagerando. Toda la mierda del nuevo milenio encapsulada en doce minutos, versos durísimamente verdaderos como “how can i explain i need you here and not here too”, la nada como un crater inmenso en cada intento de acercamiento entre las personas, el momento en que grita “the mousy girl screams violence violence she gets hysterical”, con una expresividad precisamente histérica, un histeriquismo que no escuchaba desde las increíbles interpretaciones de Gordon Gano en temas como Kiss off o Add it up. El motorik, una carretera hacia el abismo, una pista de baile en pleno incendio, pero con la gente bailando, bailando y sudando, sin importar que a pocos segundos se le caiga el techo encima, let's tear our fucking bodies apart but let's just have some fun

02-La hermana menor-Todos estos cables rojos
El disco que más escuché en el 2007. Acordarse de memoria letras como Ray-Ban blues es algo difícil, por su extensión y articulación, y sin embargo a fuerza de persistencia y fascinación me la terminé acordando de memoria.
Como lo dice Ezequiel en este post, quizás es un disco demasiado largo (personalmente, creo que algunos temas están demás), pero en este mismo exceso se concentra la principal esencia de La Hermana Menor: el disco comprende todas las facetas de la banda, pero en su versión más cruda y purpúrea. Un poco diferente al Ex, que concentraba una mayor unidad en materia de sonido, este disco pasa de la orfebrería pop más fina (Batería de Jesús no es sólo el tema que más escuché en el año, sino una de las mayores joyas pop de la música uruguaya de los últimos años), hasta el violento descontrol free de Dragón mata sirena; por los bondadosos climas de La casa de Margarita, a la misantropía hecha carne de Inútil; desde Bandera Azul, que tiene todas las cadenas de carbono para ser un himno generacional, hasta el descolocante intimismo de Escala en Ezeiza, tema ampliado en ese post de elbailemoderno cuyo link dejé arriba. Pero, a mi parecer, lo más destacable del disco son las letras de Tüssi, ponderación que tengo entendido que no le suele generar mucha gracia, pero que no tengo otra que remarcar. La habilidad de escenificar ciertas situaciones, como pasaba en el Ex con Nada que hacer, se encuentra potenciado y refinado con temas como la pirómana Julia dice, o la honestidad merquera de Cirugía fantasma et swingers delight, una ida y vuelta por la noche montevideana. Y a lo mejor no, ahora repasando todos los temas, no da para quitar ninguno, como si quisiéramos desconectar una bomba de tiempo con sólo cables rojos.


01-Dinosaur jr- Beyond
2007 fue un año marcado por los comebacks. Casi todos ellos, puro clin caja. Las ligas de papi fútbol volvieron a llenar estadios, y por ellos desfilaron la versión holística y sin calorías de The Police, Soda Stereo diet, desgasificada y una reunión de Led Zeppelin de la que no puedo hablar mucho, pero que me genera todas las dudas. Entre todas estas vueltas, completamente inesperado para toda persona que supiera cómo habían quedado las relaciones entre Mascis y Barlow, aparece Dinosaur jr con este disco ENORME, un Dinosaur jr que no había sido el mismo desde el Bug, por más lindos que sonaran algunos temas del Where you been. Muchos dirán que es más de lo mismo que hacían antes de la separación, pero esa misma noticia no me puede dejar más contento. La sensibilidad de Mascis en la vocalística, aquellos punteos endemoniadamente hermosos persisten, siendo la encarnación sónica de la felicidad. Los que leen asiduamente el blog ya deben estar recontra podridos de que les repita lo mismo, pero This is all I came to do, con aquel punteo inicial haría mover ligeramente la cabeza para adelante y para atrás a todos los hijos que cargan el ataúd de su padre en un entierro. La producción del disco es igualmente ponderable, desde el mismo momento en que escuchas los primeros punteos de Almost Ready, uno sabe que Mascis, más allá de su look Gandalf, siempre ha sido el mismo. La guitarra hiper saturada en temas como ese y Lighting Bulb nos conduce sin puertas cancel al principios de los noventa, unos años que a esta altura del partido ya comenzamos a ver con nostalgia.
Si en el futuro considerara al 2007 como un año feliz, en gran parte estaría implicado este disco.

Thursday, December 06, 2007

Nuestros temas felices
Lagañas de ámbar encapsulando al sueño como pequeños mosquitos prehistóricos. Sábanas calientes lamiendo extremidades. La alergia matutina, la nariz aguada derramándose saladamente hasta el labio. Resaca desalcoholizada, de esas en que el aire arde y la luz duele mucho más. Una camiseta del Tago Mago que ofició imprevistamente de pijama. El sudor de un domingo de diciembre (sí, ya: diciembre). Y el sueño, el sueño omnipresente, pero la certeza de que ni siquiera dormir era una buena forma de hacer pasar el tiempo. Vamos a convenir que no es una forma buena de empezar cualquier día. En esas ocasiones lo mejor es pegarse una ducha, quitarse todo sedimento de lo que pudo ser la noche y el sueño anterior (algo de unos perros atacando a una chica por las inmediaciones de un faro) y volver a la cama, un poco menos tibia que antes. Sin embargo, había vacío y colita de cuadril en el noveno piso, y el deber familiar llamaba (soy uruguayo pero nunca me fascinoooo el asado). Dos y media de la tarde. Toda la familia ya estaba despierta, lavándose los dientes, discutiendo por una calza, apurándose mutuamente, desarrollando sus actividades de seres vivientes. Me encerré en el cuarto. Nunca fui un tipo de humores, pero eran demasiados términos a favor de una ecuación desastrosa. En el suelo: dos camisetas, un calzoncillo envuelto en esa Yamaha EG303 que nunca llegué a tocar convincentemente, algunos apuntes, papel higiénico hecho bolitas, la caja del Icky Thump (milagrosamente intacta). Como primera actividad del día, decidí poner algunos discos sueltos en sus respectivas fundas, y colocarlos en mi particular orden que muy poca gente comparte (orden de gusto ascendente y según manecillas del reloj, cuanto más a la derecha, más ponderado). Cuando voy a poner el Daydream Nation en aquella caja con la imagen de la vela encendida digo, ¿por qué no? Pongo el disco, suena Teenage Riot. Aparece el intro de las guitarras, luego la voz de Kim Gordon (spirit desire/spirit desire/we will fall). Me quedo parado, de calzoncillos, observando el parlante. Mi madre entra a prepo en el cuarto, me grita algo que no sé si es una orden, una puteada o una felicitación, y cierra la puerta. Cuando se termina la intro, las guitarras encarnan en su presencia definitiva, resulta imposible no mover la cabeza y los hombros, balancearse espasmódica, pero suavemente ante la batería de Shelley, subir el volumen a 80, hasta que todo el cuarto es un globo aerostático relleno de ruido. Uno se tienta y termina siendo un aspirante al campeonato de guitarra aérea, con una Fender Jaguar invisible colgando bastante bajo, aporreándola, encajándosela contra la cadera. Me quedo de calzoncillos mirando el parlante latiendo como un corazón plateado, me quedo cantando sobre la voz de Thurston Moore “He acts the hero/he paints the zero/in his hand”, y me quedo en ese autismo de 6:58 min, aún cuando mi madre regresa hablándome sobre carne, decibeles, duchas y vecinos. Pronto me olvido que es domingo, me olvido de las lagañas y de la ropa pegajosa, dándome cuenta de que no podría estar haciendo otra cosa.
Cómo puede ser que una canción pueda saltear la cotidianeidad, el malestar físico y los sentimientos de inutilidad de una, sin análisis de la transferencia, sin asociaciones y sin fármacos. Sólo se necesita eso, Teenage Riot a todo volumen, entrando por las orejas, por las costillas, por el riñón. Son esos momentos en los que súbitamente, uno entra en el extrañamente epifánico descubrimiento de su felicidad.
Pero la felicidad, esa palabra. Hubo un momento traumático, podría decirse fundante en mi pubertad, mientras veía a Nacional dar la vuelta por el Estadio Centenario. Entre los festejos me vino el peso en el estómago, la náusea de darme cuenta de que aquel era un momento de felicidad, pero que el equipo no saldría campeón todos los aperturas y clausuras de la historia por venir, y que aquella felicidad iba a convertirse en recuerdo en el mismo momento en que entrara al auto, dejara unas monedas al cuidacoche y nos volviéramos con mi padre escuchando al Toto da Silveira. En fin, una de las primeras e impactantes nociones de que la felicidad no es más que un complicado patchwork de alegrías y tristezas, con las costuras a la vista y lleno de sietes sin zurcir. Parece una berretada filosófica, pero fue un sentimiento intenso y –remarco- fundante, tan violentamente verdadero como el momento en que nos llega la noción de que nuestros padres posiblemente morirán antes que nosotros.
Nunca fui una persona que buscara en la música un suplemento para su tristeza. De cierto modo, tratar de encontrar algo que levantara el ánimo en una canción, una película o un videojuego, en cierto modo era una manera de bastardear a la tristeza, negarle la dignidad que le corresponde, tratar al arte como una prostituta veterana pero cumplidora. Es más, en la adolescencia aquellos momentos de padecimiento eran intuitivamente buscados y recurría a la música a menudo como un mero vehículo de conmiseración. Creo que, como dije en un post de julio, en esa pequeña herida sin plaquetas que quedó, el punk entró como anillo al dedo. Sonic Youth abrió la puerta, y después entró Glenn Branca, Joy Division, Bauhaus y todos esos pibes tan poco amigables. Sin embargo, aún dentro del punk hay toda una serie de temas que son de por sí muy felices, más allá de lo que hablen (¿cómo no sentir el impulso de bailar escuchando “Natural’s not in it” de Gang of four?), e incluso temas de por sí homogéneamente agradables, e incluso hermosos (sin ir muy lejos, algunos temas de los Ramones, los Pixies o los Buzzcocks).
Sin embargo, este año fue cualitativamente diferente con respecto al tratamiento de la felicidad en la música. Podría decirse que el 2007, aún entre la escucha de bandas Hardcore y cosas más bien oscuras, fue mi año de reconciliación con el pop, o mejor dicho, con los temas melódicos. Bandas y músicos como Belle and Sebastian, Elliot Smith, Ariel Pink, Carmen SanDiego, o incluso Pavement hubieran sido impensables por el Agustín del 2006, alguien que consideraba que bellas melodías era sinónimo de palomez, como si hubiera un decálogo escrito en piedra de lo que debe sonar y hablar el rock.
Pero incluso definir un tema como alegre es un punto más complicado de lo que parece. Debo confesar que sin tener una gran capacidad de entender una letra sin tener trascripción de la misma al lado, la alegría de un tema suele entrarme por la melodía, y en base a esto, puede generarse bastantes trampas. Por ejemplo, hay temas de bandas como Belle and Sebastian que son una hermosura, pero si uno va a las letras, lejos de lo que uno podría pensar, como pasa con Ease your feet into de sea algunos resultan ser temas auténticamente tristes (no cito a los Arab Strapp, porque ahí si que es un bajón, por lo menos las composiciones del Philofobia). Incluso, volviendo al ejemplo de Gang of four, es difícil pensar en letras tan abiertamente combativas y de izquierda, y sin embargo el ritmo de esa guitarra en staccato es imposible de resistir, siendo un tema que podría alegrar a la fiesta más burguesa y paqueta que podría armarse en Lotus o en un yate anclado en la isla Gorritis. También suelen ser igualmente tramposos aquellos temas en donde la felicidad que irradian se vuelve demasiado autoconsciente. Es quizás un problema particular que veo en el ska o en el reggae actual, en donde subsiste tal necesidad de irradiar buena onda, que termina por resultar en un mero ejercicio de felicidad completamente vaciado de sentido. Aún igual, temas que en su rúbrica contenían un cierto desenfado alegre y auténtico pueden ser víctima de un vilipendio espiritual del mismo a manos de una difusión carente de toda ética o sentido común, volviéndose por difusión y constancia en un producto frío y soso (no olvidarnos el tema paradigmáticamente alegre que es Walking on sunshine de Katrina and the waves, segmentado, mutilado, empaquetado y distribuido como un verdadero producto cárnico por propagandas como la de Movistar y otras).
En fin, hacer una selección de los temas más alegres, una especie de cama elástica al fondo del abismo, es una tarea ardua que se contamina (o se nutre, como ustedes quieran) por la propia experiencia personal de uno, y donde eclosionan simultáneamente muchísimos criterios en juego.
En una iniciativa sin precedentes en este blog, compuse un compilado de los temas más felices que hayan existido (o al menos haya escuchado) en mi vida. Abajo les dejo el link, en el cuál podrán contar con los temas en formato mp3, y posiblemente luego, en la sección de comments, un enlace para bajar una tapa y contratapa que estoy diseñando. Inconscientemente con este disco estoy tejiendo la red debajo del trapecista, consolidando un material que al menos a mí podría hacerme bajar sin negociadores del pretil de un edificio. Esto es Felicidad encapsulada, pura, sin destilar.

Disco:
Rompa el vidrio en caso de estar triste Vol. 1
Bajar del tema 01 al 09
Bajar del tema 10 al 17

Temas:
01-Sonic Youth- Teenage riot
02-Dinosaur jr.-This is all I came to do
03-The chills - Look for the Good in Others and they'll See the Good in you
04-The Replacements-Bastards of young
05-MC5- Kick out the jams
06-My bloody valentine- when you sleep
07-Sophie Ellis Bextor-Mixed up world
08-PoP-Pop goes my heart
09-Wreckless Eric-Whole Wide World
10-Jaime sin tierra- Carretera a 80
11-Guided by voices-Motoraway
12-Gorky’s Zygotic Mincy-Spanish Dance Troupe
13-Robyn Hitchcock-1974
14-Dave Matthews band-#41
15-Belle and Sebastian-Ease your feet in the sea
16-The Radio department- Keen on boys
17-New Order- Celebration

Viendo la lista, se pueden sacar un par de conclusiones:
Hay una supremacía bastante remarcable de los circuitos pertenecientes al por antonomasia llamado indie rock. Tenemos a Sonic Youth, Mascis y sus amigos (si es que Barlow puede ser considerado su amigo), The Chills, The replaceents y, bueno, en realidad casi todos están dentro de esa veta bastante indie, con algunas excepciones nítidamente pop como Sophie Ellis Bextor, o el ala más hardrockera de la lista, comandada por los motherfucking MC5. Es interesante esta elección de género, ya que es una idea compartida con mucha gente de mis alrededores. Incluso, navegando por los blogs, parecería haber ciertas bandas que se articulan como un saludo masón que abre las puertas a una cofradía secreta de adoradores de la misma música, una hermandad tácita, sin decálogos ni estatutos, pero arácnidamente elaborada a través del enmarañado mundo de la fibra óptica.
Como toda lista, hay ausencias visibles, ausencias de auténticos estilos que pueden generar estados de verdadera ataraxia, como puede ser la bossa nova, de la cual confieso saber muy poco hasta la fecha. Incluso dentro de circuitos en que nado más suelto, faltan algunas bandas que habrán musicalizado el mejor momento de la vida de muchas personas, como pueden ser los Pixies, The Magnetic Fields o Wire. Incluso, una banda tan deprimentemente catalogada como The Cure, resulta ser bastante variopinta, y tiene temas auténticamente hermosos e incluso alegres (sí, el término es bastante engañoso, hay canciones que detrás de su apariencia más bien dulce y regresiva, esconde un mensaje más bien macabro, como puede ser “Close to me”).
De toda la lista, el tema feliz por excelencia creo que sería "This is all I came to do", un tema del que hablé en este post, y que recalco que de haberlo escuchado en mi adolescencia, sería una persona completamente diferente. Hablando precisamente de adolescencia, hay muchos criterios que puede a una persona generar estados de euforia un tema, pero sin lugar a duda, uno de los motores principales para generar tal tipo de sentimiento, es la sensación de ser llevado por una canción a una época de tu vida que viviste, o en mi caso, un período de mi vida que quizás me gustaría haberlo vivido de otro modo. Efectivamente, temas como Teenage Riot, This is all I came to do o Look for the Good on the others... me remontan a un pasado ficticio que me gustaría haber vivido, una adolescencia ideal en la que me hubiera soltado más, donde podría haber escuchado esta música, la cual en aquel entonces estaba completamente fuera de mi conocimiento. Es Agustín en su version más proustiana, en busca del tiempo perdido. Es decir, siento una verdadera debilidad en lo que se refiere a ciertos himnos generacionales, como el tema Bastards of young, esa hermosa canción en la que Westerberg dice todo lo que tiene que decir una canción adolescente, y gritando a garganta picada como muy pocos lo pueden hacer. Curiosamente, es un sentimiento que emerge en muchas personas, que me hace recordar a algo que me dijo mi primo sobre un tema que está lejos de estar dentro de mis favoritos, pero que igualmente comprendo: Lucas considera que siempre que escucha 1979 de los Smashing Pumpkins le viene nostalgia de una vida que nunca vivió. Creo que es exactamente lo mismo que me pasa con algunos temas de esta lista.
Otra punta por la cual entender la selección es, no tanto el potencial de bienestar como un algodonoso sentimiento de homeostasis, en el cual se disipan todos los temores (la versión aterciopelada de la felicidad), por otra más activa, más apuntada al factor euforizante de la música, aquella que nos hace saltar, destruir hoteles y do it in the back sit (la versión en cuero de la felicidad). El tema por excelencia en este caso, según mi humilde opinión, es el de MC5. Ya desde el momento en que escuchamos el Kick out the jams motherfuckkeeeeer!!! un parásito se instala en el lóbulo frontal, se transporta eléctricamente hasta el cerebelo, nos hace perder la coordinación motora, tenemos que saltar, arrojarnos desde terrazas a piscinas, mear en adolescentes borrachamente dormidas en fiestas de quince, vomitar de felicidad desde el balcón para descapotables estacionados. No creo encontrar una canción que concentre de mejor manera la herencia dionisíaca del rock, siendo potencial desencadenante de esas euforias que duelen al día siguiente, adentro, arriba y abajo.
Hay gente que no puede separar la concepción misma de felicidad de ciertas estaciones. La estación elegida par excellence es el verano, aunque ciertamente yo prefiero la primavera. Un tema auténticamente primaveral es When you sleep, de My Bloody Valentine, un tema que puede convertir a los aguijones peludos de los plátanos en un hermoso útero dorado en el que nos quedamos flotando. Ninguna alergia, conjuntivitis o angustia sexual por los escotes emergiendo del frío y la lana del invierno, puede empañar el estado de bienestar que genera aquella ola de distorsión de las guitarras de Fields y la carnicera Bilindia.
Sin embargo hay un tema que sí se escapa del poder concentrador del equinoccio de septiembre, siendo marcado a fuego con el sol del verano, la playa y todos aquellos estereotipos:
Sophie Ellis Bextor es un fetiche, lo sé muy bien. La mina prácticamente no es humana, con una belleza abrumadora que la hacer parecer más un T1000 de porcelana que una mujer de carne y hueso (¡por favor, esos pómulos!). Desde la primera vez que la vi siempre me obsesionó, como una encarnación de algo prefabricado, pero igualmente adictivo, como la última droga sintética. Es imposible no pensarla como el experimento malévolo de un científico británico dispuesto a esclavizar a todo el género masculino. Es de aquellas bellezas tan virginales como malignas que tienen sólo ciertas niponas. Y aún así, cuando uno podría pensar que aquello es algo que sólo queda en un fetiche visual, también sucede lo mismo con la música. Las melodías, las letras, la puesta en escena, la mezcla de los discos, detrás de todo aquello debe haber un equipo interdisciplinario de médicos, físicos, semiólogos, músicos y psiquiatras de Viena, que deciden en coloquios bianuales cómo será el nuevo disco, el vestuario, determinado hi hat en una canción, la forma en que Sophie pronunciará lover, el carmín que usará al pronunciar esas palabras. Todo está medido, y todo sale así de redondo. Es así que no es excepcional que la tipa haya logrado algún que otro tema que logra quedarse enquistado en la mente, que una vez escuchado se introduce mitocóndricamente en lo más profundo de nuestro ser. Siempre consideré a la música de verano (quizás algo despectivamente), como música con la que uno puede imaginarse a una mina caminando por una pasarela. En este tipo de temas, entran como anillo al dedo canciones más bien pedorras como Can’t get you out of my head de Kylie Minogue, pero este es uno de esos extraños casos que zafan. Mixed up world es una canción fresquísima, que puede convertir un 76 repleto de hinchas sudorosos de Rampla Juniors en un oasis de agua cristalina con olor a aloe vera. Es un producto maquiavélicamente pop, diciéndonos Sophie que si nos sentimos medio confusos, recordemos que es un mundo bastante mezclado, y sí, sé que aquello que dice fue posiblemente escrito por cinco cirujanos de lo hip contratados por el sello, y posiblemente nos estén mintiendo, pero es una mentira que me gusta recibir una y otra vez, y sobre todo si viene de la boca de S.E.B.
Otro tema alegre de artesanado perfecto (como si hubiera un arquitecto celestial que definiera la divina proporción de un tema pop), es la canción cantada por ese grupo ficticio llamado “PoP”, creado exclusivamente para la hermosa comedia romántica, “Letra y música”, de la que comentaba en un post anterior. Todo en la canción es ridículamente ochentoso (y si no les parece, fíjense en el videoclip), desde esa intro de sintes, hasta ese látigo digital lleno de reverb que suena en el estribillo, desde la indumentaria llena de volados que lleva de una forma dignamente absurda Hugh Grant, hasta el verso completamente cursi “You are gold and silver” (¿no es mejor que sea de oro y nada más?). Pero al ver ese tema se genera lo que yo llamo el Meat Loaf syndrome: uno lo ve una vez, se ríe, le parece ridículo. Lo ve por segunda vez, sigue cagándose de la risa y se lo muestra a sus amigos. Cuando está sólo, para recordar ese momento gracioso con los amigos lo ve una vez más, y así ad infinitum, hasta que uno se da cuenta que no puede seguir viviendo sin escuchar ese tema una vez más. Efectivamente, el tema se te mete dentro y no te lo podés sacar, y cuando llega la parte del cast en la película y ponen nuevamente el tema, uno se encuentra a un escalón de convertirse en un tarimero con una rutina perfectamente sincronizada para el tema.
No estaría errado si considerara que el anterior tema es inseparable de la película en que está inserto. Efectivamente, eso es lo que ocurre con otra canción que está en el compilado: Whole wide world, de Wreckless Eric. Me doy cuenta que entra entre mis temas más alegres no sólo por la melodía, sino por la escenificación al borde de la conciencia, casi como una sinestesia, de aquel hermoso momento actuado por Will Ferrell y la Gyllenhaal en “Stranger than fiction”.
De la misma manera que uno escenifica con las canciones algunos momentos de películas, es incorrecto pensar que no puede ocurrir con escenas particulares de la vida misma de uno. Ahí la canción entra en un terreno subjetivo bastante difícil de ser trasmitido, ya que alguna persona bastante peculiar hasta podría asociar algún tema de Emperor (los noruegos, no Godspeed) con el dulce recuerdo del nacimiento de su hija o Lady Shoes, de The Jesus Lizard con la primera vez que habló con su novia. En esta camada de temas autorreferenciales encuentro Keen on boys, canción con la que escuchándola en un verano, mientras me bajaba del COT en Mario Ferreira y caminaba hacia la casa de mis abuelos por una calle de Atlántida, sentí un estado cercano a la lisergia, viendo de golpe todo muchísimo más colorido, y un viento fresco proveniente de la playa Eden Rock (playa que queda entre la mansa y la brava), sintiendo una paz que por un momento sentí como una tímida aproximación de la muerte. Además es un temón, hacen un uso de los sintetizadores similar a lo que logran My bloody Valentine o The Jesus and Mary Chain, una piscina de distorsión en la que nos sumergimos, sentándonos en el fondo, viendo el sol pálido y trepidante desde el techo de agua. Además, luego de leer la letra varias veces, no puedo decir otra cosa más que remarcar lo asombrosa que es, la descripción de una noche en donde pasaron cosas que no se podrán repetir, versos que nunca supe precisar por qué me fascinan tanto, como si fuera una confidencia contada entre murmullos por un amigo, “That night I slept on his couch/With my back turned to the wall/Nothing assumed but you know?/You know…"
Con los veranos en Atlántida también asocio a Robyn Hitchcock, al que luego de verlo en ese monumental video que es “Storefront Hitchcock”, lo convertí en una de las deidades más privilegiadas de mi altar politeísta (DEG, dixit). El tipo es sencillamente un genio, y creo que aquel verano habré visto aquellas canciones suyas y sus increíbles monólogos, fácil, unas quince veces. Las ocurrencias del tipo son absolutamente geniales, y las melodías realmente hermosas, para los que no lo conocen, un tipo hermosamente influenciado por Syd Barret, que puede hacer un tema alegre sobre la muerte por cáncer y articular versos como I know who wrote the book of love/It was an idito/It was a fool/A slobbering fool with a speech defect and a shakin' hand/And he wrote my name/Next to tours/But it should have been David Byrne or somebody. Pero sin dudas, el mejor tema de aquella presentación es 1974, un glosario de pequeños detalles de aquel año, un compendio de particularísimas memorias que, curiosamente, se acoplan al método de asociaciones que vengo haciendo en esta lista de temas. Caminar con 1974 enchufado al oído es algo que se siente cualitativa y hasta geográficamente diferente. En cuatro minutos uno entra y sale de ese año, sin poder evitar alguna que otra secuela. (You've got hair in places/Most people haven't got brains/Ooh).
Como venía diciendo con 1974, hay música que se nutre recíprocamente con el acto de caminar. En el caso de Motoraway, tal como lo indica el nombre, el efecto se logra con los viajes en automóvil. El viaje como acto de desprenderse de todo, no solo de las cuestiones materiales, el abandonar no sólo lo malo, sino lo que parecía prometedor y nos garantizaría un mejor vivir, esa escisión radical del mundo, más que sentirse angustiosamente forcluida, se transfigura en una hermosa calidez en el pecho, en la cual ya podemos ser nosotros.
When you motor away beyond the once-red lips
When you free yourself from the chance of a lifetime
You can be anyone they told you to
You can belittle every little voice that told you so
And then the time will come when you add up the numbers
And then the time will come when you motor away
Oh, why dont you just drive away?


Pollard es un genio. Punto.
El otro tema de ruta por excelencia es Ruta a 80 de Jaime sin tierra, la canción más pacífica que se pueda haber compuesto, una canción tan pacífica que podría curar quemaduras de tercer y cuarto grado, de poner los parlantes a sonar cerca de la zona afectada. La descripción de lo que se puede ver desde la ventanilla de un automóvil a 80Km/hora, es de los paisajes más placenteros que se pueden haber compuesto en una canción pop, sencillamente describiendo el entorno, casi sin enarbolar metáforas o alusiones al propio campo subjetivo del recitador, una descripción objetiva, descentrada, que desde su sencillez cala hondo en un terreno generalmente viciado de temas empalagosos o sobreexcitados.
Finalmente, están esos temas que sencillamente tienen, más allá de las palabras y las circunstancias en que uno la escuche, una melodía hermosa, en los cuales la felicidad irradiada es prácticamente un hecho material, científicamente comprobable. Tal es el caso del tema de los simpáticos galeses Gorky’s Zygotic Mynci, así también como #41 de Dave Matthews Band, tema el cual a mis dieciséis años creía la expresión más diáfana que podía haber del amor.
Finalmente, Ceremony, increíble pensar que aquellos pibes de Manchester tiempo atrás hubieran compuesto temas como “The eternal”, o “Atrocity exhibition”.

Thursday, October 18, 2007

Esculpiendo canciones: Mis 20 videoclips favoritos
El primer videoclip (por llamársele así) que vi en mi vida, o al menos el primero que recuerdo, fue All you need is love de los Beatles, en una propaganda que creo que pasaban en el canal 10. En él los pibes del Liverpool sencillamente jugaban en la playa, y yo por alguna razón creía que aquello había sido filmado en la playa Ramírez (sic) en alguna visita que yo creía que los tipos habían hecho a Uruguay. Debería tener cinco años, y a mí todo lo que tenía que ver con personas humanas en la pantalla poco me importaba, prefiriendo infinitamente los dibujitos, incluso en las secciones de canto y coreografías milimétricas aparentemente espontáneas, detalle que ya a tan temprana edad me parecía bastante sospechoso y ridículo.
Si se trazara un corte longitudinal de mi niñez, posiblemente la música no habría de ocupar un sector importante, y mucho menos lo que hoy puedo considerar como “buena música”. Vamos a ser claros, no vengo de una familia de músicos, e incluso mi padre tiene lo que a mí me parece un gusto terrible, pudiendo encontrar en su discoteca discos de Cheyenne, Shakira, La cuarta estación y mucha, mucha música mariachi (sí, así de mal la cosa). Mi madre tenía un gusto radicalmente mejor, aunque fue recién en mi pubertad que decubrí que detrás de la ingenua fachada de aquella mujer que se pasaba escuchando todo el día Mecano, había una oculta fascinación por los Beatles, Beach Boys, Styx y Electric Light Orchestra. Esta disposición familiar traía que en mis años mozos fuera un mero receptáculo pasivo de la música que escuchaban mis padres: para mí, la música era lo que sonaba en la radio del Ford Escort de papá, y a partir de ahí era que decidía cuál eran mis temas preferidos (por mucho tiempo, mi tema favorito de la niñez fue “A matter of trust” de Billy Joel. Fue así que mi segunda aproximación al mundo de los videoclips fue a mis seis años, en mi corta estadía en Japón, donde fuimos a visitar a mi padre, que iba a trabajar en aquel extraño país durante un largo año. Mi madre, grabando el programa “Nochebuena con las estrellas”-rondaba el año 92’- le había hecho una selección de videos (nuevos y no tan nuevos) que sonaban en Montevideo, a modo de hacerlo sentir un poco más cerca de Uruguay, en aquel extenso período de exilio económico (la televisión por cable, si bien no dejaba de ser asombrosa –miré Dragon Ball GT casi seis años antes de que llegara a Uruguay- no se entendía un pomo, ya que todo estaba hablado en Japonés). En aquel video recopilatorio, se podía encontrar desde George Michael hasta Joan Manoel Serrat. A mí me gustaba “La incondicional”, de Luis Miguel, porque te mostraba al cantante como un aviador en ciertas rutinas de entrenamiento (y a los niños le suele gustar eso de los aviadores, los soldados , el honor y todo ese universo facho).
Mucho más tarde, a mis trece años tuve el primer contacto con MTV, siendo “Love Rollercoaster” el primer videoclip que vi, muy entusiasmado por los dibujitos de Beavis and Butthead, que llegaban a ser considerados tan peligrosos como la pasta base por aquel entonces. Entre Raizónika, Conexión (con Arturo), Hora Prima con Ruth (amaba a Ruth) y Alejandro Lacroix conduciendo el Top 20 y Gustock (ese tan genial como divagante programa en que llevaban a estrellas del rock latino a cocinar cosas, como una hamburguesa de cuarenta centímetros de diámetro que hizo Dante Spinetta y Emmanuel Horvilleur), desde ahí todo fue a una velocida vertiginosa. Pronto eran las luchas entre MTV y Telemúsica, luego entre los de la vieja y nueva escuela de MTV, luego el programa 120 minutos (que lo pasaban a las dos de la mañana y yo me desvelaba viéndolo creyendo que ahí iba a poder encontrar las respuestas que no me ofrecía el mainstream), y así, una escalada velocísima en que culmina con el obsesivo hombre desvelado bajándose videos de bandas industriales alemanas que les escribe esto que están leyendo.
En un tour de force sin precedentes, confexioné una lista de mis veinte videos favoritos, los cuales, como deberán suponer, no necesariamente son “los mejores videoclips de la historia”, sino los que más me han impactado a lo largo de mi vida. Me tomé la molestia de permitírselos ver en esta misma página, pero en el caso de que les diga “this video is no longer available”, les dejo el enlace, el cual haciendo un clic en el título del video los lleva directamente al clip de youtube.
Bueno, aquí el conteo:


20-Judas priest-breaking the law (Julien Temple)
Desde que me lo mostró Oldboy en uno de sus comments hace unos cuántos post, de manera metódica y progresiva este video fue comiéndose como enredadera varios terrenos de mi vida diaria. Se podría decir que se generó ese extraño fenómeno de transformarse en mi peor videoclip favorito. Reconozcamos lo tramposo del proceso: uno empieza riéndose del video, señalando todo lo absurdo, lo idiota, lo barato del mismo. Después se lo muestra sus amigos, tiene en él colgado bajo el hombro filosas flechas de anotaciones preparadas, elementos que a una primera vista pueden parecer desapercibidos ante el inexperto ojo de quien nunca antes vio el video. Luego tus amigos se van a sus respectivas casas, y vos ponés el video una vez más para alegrarte un poco el día antes de ir a dormir. Y así, cuando te estás metiendo en la cama, casi sin darte cuenta te percatás de que no podés vivir sin esa canción, necesitás verla una y otra vez, se ha convertido en uno de tus videos favoritos. Convengamos que todo lo que aparece en este video de Judas Priest es tremendamente trucho: el atraco, los métodos, hasta la discordante estética entre los miembros de la banda (tenemos a Bob Halford re emplichado, al lead guitarist con una estética más clásica de heavy metal y los otros dos de la banda, que son como una cruza entre melonitas y cantantes de músicos de ZZ Top). Agregando la brillante idea de robar un banco con las guitarras como verdaderas armas mortíferas (esa falicización de las guitarras hasta su máxima potencia como uno de los trademarks esenciales del metal), no hay nada de coherencia en la narrativa de la historia, es decir, ¿por qué van a robar sus propios discos de oro a un banco, cuando perfectamente los pueden retirar de su cofre fort con unos trámites y sin hacer quilombo?¿Por qué el policía no hace nada y por qué termina tocando una guitarra imaginaria? En fin, un videoclip que brilla por las mismas costuras y sietes sin surcir que se ven en su misma superficie


19-Pulp-Bad cover versión (Jarvis Cocker & Martin Wallace)
Soy de los muchos boludos que cayó en la trampa de Pulp, a mediados del año 2003. Apareció este video en MTV y me dije “la puta madre, no sabía que Pulp era tan importante”. La cosa es así, uno veía el video y parecía que la banda habia logrado congregar para un supuesto tema despedida una cantidad de artistas que haría poner verde de envidia hasta a Bob Geldof. Jarvis Cocker, Elton John, Rod Stewart, Cher, Mick Jagger, Keith Richards, Tom Jones, George Michael, Macca, Jamiroquai, ¡¡¡Meat Loaf!!! Era demasiado bueno para ser verdad. Luego de la tercera vez, aún engañado por las voces demasiado parecidas a los personajes reales, comencé a encontrar detalles que no cuadraban, y finalmente me di cuenta de que eran todos dobles de famosos. Este perverso juego de robo de personalidades, es sin duda uno de los recursos más ingeniosos que haya visto, y sin duda una inteligentísima crítica a esa atrocity exhibition en la que suelen convertirse los fundraising events onda Do they know it’s Christmas, Live 8, Teletón y perversiones del mismo tipo. Presten particular atención a Meat Loaf y Brian May (Jarvis Cocker con una peluca), que están absolutamente geniales.


18-Orbital-The box (Luke Losey)
El video de Orbital toma mucho de films estandartes en cuanto al documento del crecimiento frenético e invasor de las grandes ciudades (por ejemplo, Baraka o Zu Früh, Zu Spät), pero creo que en cierto modo los supera. Lo que llama más la atención es el modo artesanal en que lograron hacer que una tipa se desplazara en velocidad normal en una ciudad donde el vértigo sume todo a su centrífuga voracidad: hacer que la actriz se mueva en cámara lenta, manteniendo posiciones por varios minutos, a modo de lograr el efecto. La sensación alienante de un mundo que parece moverse y crecer a un ritmo desacompasado del posible para un ser humano está muy bien logrado, y realmente logra cautivarnos la imagen de la mujer, como si fuera de esos ángeles de “El cielo sobre Berlín”, caminando serena e invisible entre los vivos. El final del videoclip, con la inscripción “los monstruos existen”, resulta tan críptico como perturbador, porque viendo cómo el progreso nos traga, sí podemos creer que realmente creamos un monstruo.


17-Yeah Yeah Yeahs-Y control (Spike Jonze)
La primera vez que vi Y control de los Yeah yeah yeahs, estaba bastante tomado, en ese punto crucial entre la borrachera y el sueño. Recuerdo haberlo visto con mi novia, y no sé por qué razón generó un profundo sentimiento de terror en mí (tómeselo literalmente, estaba tiritando de miedo, pero a lo mejor sí, el Martini y la cerveza ingerida en cantidades industriales debieron ser cómplices de tal reacción), mirando completamente enmudecido aquellos niños que jugaban despreocupados con el cadáver de un perro y que se desmembraban como mero recurso lúdico. Por un largo tiempo me había olvidado del video, hasta hace poco, que mi hermana compró la colección de videos de Michel Gondry y me volví a encontrar con la fuente de mi malestar. Cuando lo vi por segunda vez, la reacción fue radicalmente distinta: me quede maravillado, completamente atónito con la actuación de todos los niños (que realmente pueden ser oscuros cuando lo pretenden) y una Karen O sorprendente en su capacidad de mimetizarse con el resto de los retoños, pareciendo una niña más (sólo que un poco más alta). Pero detrás de ese tono festivo, ese back to the roots perverso, sí, hay mucha oscuridad, con esa lente un poco opaco y ese especie de casa o garage abandonado donde ocurre la acción, como podríamos imaginarnos la estética de un clandestino video snuff. Mientras que desde Shyalaman muchos tipos se lanzaron frenética y repetitivamente encontrar la oscuridad en la aparente inocencia de los niños, Jonze en este video la rescata, pero en todo su esplendor egotista, festivo, ingenuo y violento que caracteriza al ello en estado puro de los niños a tan temprana edad.


16-Björk-Bachelorette (Michel Gondry)
En el tiempo que Björk y Michel Gondry eran pareja, prácticamente eran insuperables: una fábrica de videos excelentes, entre los que encontramos Human Behaviour, Army of me y Joga. Desde mi punto de vista, Bachelorette es el cenit de aquella capacidad compositiva, el magistral uso de la habilidad narrativa en matrimonio con la imagen y el sonido, algo que sólo se lo puedo llegar a ver a Radiohead. La historia es interesantísima, pero más aún es la puesta en escena, con un escenario artesanal, objetos sobredimensionados y escenografías sorprendentes: Björk encuentra un libro enterrado que comienza a escribirse por sí mismo, se adjudica su autoría y lo publica siendo un éxito de ventas. El suceso es tan inmenso que su editor decide llevar su obra a teatro, en donde se cuenta la historia de cómo encontró el libro, cómo triunfó y cómo se adaptó la obra al formato dramático. Hasta acá todo bien, pero entonces vemos cómo en el mismo escenario se levanta otro mini escenario donde hay gente mirando la obra que se trata precisamente sobre la biografía de Björk y cómo adaptó su obra, y así sucesivamente en un Ouroboros deslumbrante en el que se introducen pequeñas deformaciones: las emociones ya no son las mismas, el libro es cada vez más grande y pesado, cada vez las personas se ven más reducidas. Diferente a un eterno retorno, la rueda se sale del eje, desapareciendo lo escrito y comenzando a todo ser invadido por maleza. El hecho nos desconcierta, pero entonces lo comprendemos, es la naturaleza reclamando su autoría.


15-Aphex twin-Come to daddy (Chris Cunningham)
Sin lugar a dudas Chris Cunningham es un loco de mierda y acá hay un video que podría justificarle al menos tres sesiones de terapia electro-convulsiva en el Vilardebó. Sin dudas, el videoclip más efermantemente oscuro que haya visto en mi vida, desde el scenario típicamente industrial y británico donde toda la acción ocurre, pasando por la misma imagen lisérgicamente distorsionada en el televisor diciendo “come to daddy”, los pequeños niños con el maléfico rostro de Richard D.James y el monstruo que pasa de su estado larvario a convertirse en un mega monstruo, padre de sus demás vástagos que lo llevaron a vida (una historia conceptual que Marilyn Manson trató de crear con su Omega15, sin llegar a acariciar el nivel de excelencia de este video). El personaje del televisor grita “I will eat your soul”, y lo llamativo es que en esos cinco dolorosos minutos que dura el video, al menos nos la toma prestada


14-Chemical Brothers-Electrobank (Spike Jonze)
Los Chemical Brothers, junto con Björk y Radiohead, deben ser la banda más regular en referencia a lo bueno de sus videos. Los tipos deben pensar la música en escenas, quedando lo pictórico indisoluble de lo musical (lo que en su caso no es algo malo, no como en otras ocasiones). De entre muchos videos mucho más espectaculares de la banda, entre ellos la genial y cronométrica Star Guitar, hasta la orgía visual de Let Forever Be, me quedé con este video mucho más austero, pero tremendamente poderoso. Vemos a Sofía Coppola en su mejor actuación (es difícil creer que esta es la misma tipa que actuó en El padrino III), como una gimnasta en una competición liceal. El video en sí es una rutina de gimnasia artística, poderosamente musicalizada por los hermanos químicos. Lo que convierte al video en algo espectacular e inolvidable es la dimensión épica que le extrae sin manierismos a una escena perfectamente plausible y hasta cotidiana: la competencia entre liceos, las envidias en el gimnasio (la chica rubia está sencillamente genial), el sueño de reivindicación. Lo genial de la propuesta es hacernos erizar la piel con esa dimensión épica ya citada (esto se hace más patente en el momento en que Sofía, luego de lastimarse el tobillo, ver a sus padres y decir “Mum…”, pisa fuerte la lona con su pie bendado, en el momento más intenso de la canción), pero sin caer en trascendentalismos ni adornar demasiado el escenario: Sofía Coppola no es precisamente una adolescente despampanante, los peinados tienen una cierta ridícula esencia demodé, los colores son bastante apagados y las gradas no están del todo llenas. La escena final dice mucho, el coach levanta a Sofía en tono de victoria y todo termina reducido a una foto más entre los trofeos de una vitrina en el hall de un liceo, como señalando que lo que puede ser un hecho más en el mundo, puede ser un hito en la historia de una persona, un pequeño paso para la humanidad, un gigantesco salto para la vida de un hombre. Premio a Gondry y a los Chemical, por confiar en su música, más que en vacuos recursos de trascendentalismo iconográfico.


13-Nine inch Nails-Closer (Mark Romanek)
Ya es mucho lo que se ha hablado sobre el video, y sin embargo el impacto es el mismo ya sea la quinta o vigésima vez que uno lo ve. Cuando a mis catorce años vi por primera vez Closer sentí como si tuviera en mis manos un video bondage filmado en los albores del siglo XX. El sucio sepia, el polvo y el cebo de las velas invadiendo todo, las cucarachas de Madagascar, los bizarros artefactos sólo posibles de ser creados por un alquimista que se le fue la moto (imposible no pensar en la cabeza giratoria del chancho), la mujer asexuada, casi anfibia, el mono crucificado (un fino tributo a los cuadros vivientes de Max Ernst), todo genera una sensación sobrecogedora, que se amplifica aún más con los scene missing que invaden el video como manchas en la epidermis de un infectado de viruela. Pero lo increíble del videoclip es lo sexual que sigue pareciendo a pesar de todo este manejo de lo violentamente perverso, como si inconscientemente nos hiciera reconocer la fuerza thanática aguardando entre las grietas del deseo.


12-Massive Attack-Karmacoma (Jonathan Glazer)
Para mí, Karmacoma es lo más cercano que los videoclips han llegado a estar del plástico universo lyncheano (bueno, a no ser Industrial Symphony, videoclip –por antonomasia- dirigido por el mismo Lynch). Cualquier reduccionismo narrativo es una trampa de oso esperando a nuestos pirs entre pinocha fresca, sólo vemos una sucesión personajes desperdigados por distintas habitaciones de un hotel, cada uno más perturbador que el otro. Tenemos a personajes extraídos de las mismas películas del director norteamericano (el barbudo con ciertas reminiscencias a Charles Manson aparece en el mundo delirante de Fire, walk with me, así como también esa extraña forma en que el niño imita al presentador de la tele, tapándose la mitad del rostro remite a otra escena del film). También tenemos al tipo escribiendo interminables guiones a los que su editor (¿el editor interno que todos llevamos dentro?) arroja a una pira ardiendo en su cama, cuyo cabello nos recuerda al Henry Spencer de Eraserhead, y así una plétora de referencias cinéfilas, sobre todo a The Shining, con elementos que se repiten, como el caso mismo de las gemelas al fondo del pasillo, en donde toda la acción sucede. Cada uno de los inquilinos vale su peso en oro, y en lo que en apariencia parecería ser un mero detalle (la falta de la letra K en la máquina de escribir), se convierte en el puente metafísico del video, apareciendo en la mano de una de las gemelas (como un desplazamiento en un sueño), momento crucial en donde se prende la pira censuradora y el ambiente parece subir a tal temperatura que las suelas del zapato del atracador terminan derritiéndose. Y hay mucho más, la puta ajada por los años, escortando a un niño a una habitación para ofrecerle sus servicios y esa escena perfecta en donde el tipo dice “¿Who’s gonna be the bad girl?”, generándose como una laguna entre la pregunta y la respuesta, con el rostro gélido de una de las aparentes prostitutas apareciendo un tiempo después y diciendo “I am”. Y también esa escena inesperada del hilo de sangre recorriendo desde la nariz la blanca piel de una mujer, y así imágenes e imágenes poderosísimas e inesperadas como un uppercut en las pelotas. La escena termina con la frase "All these people i killed... nothing personal(I want to be free, an i am... free", y el lustrabotas que se detiene. ¿Cómo interpretarlo?, o mejor dicho ¿Cómo no caer en subterfugio de interpretarlo como un auténtico aforismo nietzscheano?


11-Henry Rollins-Liar (Anton Corbijn)
Mientras que para la mayoría de la gente que conoce Henry Rollins es ese tipo que cantaba las canciones más intensas de la década de los ochenta con Black Flag, para mi siempre será ese musculoso tipo pintado de rojo que aparece en el video Liar. Desde mi opinión, la performance de Rollins en este video es la mejor actuación llevada a cabo por un músico en un videoclip. Es absolutamente impactante como Rollins confiesa todo lo que confiesa, riéndose, regodeándose en su propia crueldad. La primera vez que vi la canción (cuando no tenía ni puta idea de quien era Rollins), les juro que me creía que era una canción de amor, resultando más impactante aún el súbito cambio de tónica del video. (…)Because everything I say is everything you’ve ever wanted to hear/So you drop all your defenses and you drop all your fears/And you trust me completely/Im perfect/In every way/Cause I make you feel so strong and so powerful inside/You feel so lucky/But your ego obscures reality/And you never bother to wonder why/Things are going so well/You wanna know why?/Cause I’m a liar/Yeah I’m a liar!!!. De golpe el nerd pasado de esteroides hablaba con ojos comprensivos se transforma en una especie de demonio rojizo (el manejo de los colores es impresionante, así como en Mulholland Drive no vi un azul tan azul como en la caja indigo que aparece en la mitad de la película, nunca vi un rojo más intenso como el que baña al cuerpo de Rollins), volviéndose como una imagen catártica de todo lo oscuro que nos muestra el personaje. El musculoso logra resultar absurdamente odioso y despiadado, sobre todo en el momento en que se ríe y dice jajajaja/you sucker, sucker/ajaja, y pudiéndosele notar cómo a medida que confiesa haber mentido, una pintura negra comienza a bañar su rostro y resto del cuerpo. El fondo es igualmente artificial, tal como la buena disposición de Rollins al principio del video. Al final del mismo, sale como si nada de entre los decorados, dándonos cuenta de que todo había sido grabado en un terreno tan árido como las emociones que irradia el clip


10-Pulp-This is hardcore (Doug Nichol)
Para los que veníamos acostumbrados a la imagen de Pulp que venía en “A different Class”, con temas pegadizos y, podría decirse, tan británicos como alegres (supongan, Common People), This is hardcore fue una sudada y gélida cachetada, un piano de cola que sólo podía haber sido grabado en un cuarto húmedo y vacío, lleno de tules negros, una canción tan perversa como un burdel de vírgenes suicidas, que relata la obsesión que una persona puede sentir por alguien, recreando la imagen sexual noche tras noche en su mente, hasta que la situación finalmente se concreta y uno se ve obligado a partir de su situación voyeurista para actuar finalmente la escena (I’ve seen the storyline played back so many times before). Incluso sobrepasando lo visualmente hipnotizante del video (un uso del color sólido que recuerda a los comics noir de los cincuenta o a los mismos avisos de Coca Cola de la época, que ahora nos lo venden en formato cuadritos como lindo implemento de decoración), la escena fundamental es la del baile sincronizado de vedettes (no, no esas grasa de las obras de Sofovich), en donde Jarvis Cocker dice “This is the eye of the store/It’s what men in stained raincoats pay for/ but in here it is pure”. Precisamente, Jarvis está en el centro, en el ojo del huracán, pero es una tormenta que se agita como suavemente como las piernas de una competidora de nado sicronizado, un tornado de plumas azules que sólo acarician y aguardan. Así como decía que el video Closer extrae lo más oscuro y violento del deseo, este regenera el mundo brilloso, suave y aterciopelado de la perversión, la serenidad del voyeur imaginando el momento en que el anhelo se hagar realidad, y el flacucho inglés lo logra increíblemente, tan pasivo como decidido, diciendo “Esto es el final del camino [precisamente, hay un sendero trazado por las bailarinas casi simétricas que conduce a Jarvis, diciéndonos esto completamente sereno] Ya vi el guión/interpretado tantas veces antes”. Y la canción termina, en un zoom out donde todos los actores se quedan viendo la cámara, mientras el hombre que sufrió un ataque cardíaco parece agonizante, sin que nadie pueda brinadarle ayuda. Es un video sobre el fin de la inocencia, darse cuenta de que los sueños cumplidos no agotan el deseo, la epifanía de descubrir que en este mundo todos somos actores que por un momento se creen la película que están actuando


09-Daft Punk-Around the world
El video de estos franceses es el documento axiomático de la perfecta materialización del ritmo en la yuxtaposicón de imágenes y movimiento (fuaaa). Así como en Star Guitar de los Chemical Brothers prevalece esa idea de tratar de crear por medios computarizados un paisaje que simule el beat del bombo, los hi hats y hasta la misma voz, lo que tiene genial Around the world es que si bien no logra a capturar el mismo manantial de elementos que en el videoclip del grupo británico, lo hace de manera artesanal, recurriendo al recurso más primitivo de la materialización del ritmo: el baile. Realmente, lo que vemos acá es un laburo de hormiga, haciendo que las momias se sincronicen con la máquina de ritmos, los robots-insecto con la voz pasada en vocoder, los esqueletos con las guitarras, los sintetizadores con aquellas graciosas mujeres de gorra de baño y el bajo con los hombres microcefálicos. Si la mirada es la erección del ojo (perdónenme por ser tan gráfico), este video es una espesa eyaculación.


08-Richard Ashcroft-Song for the lovers (Jonathan Glazer)
La imagen que todo el mundo tiene de Richard Ashcroft es la de ese tipo que camina chupándole todo un huevo en Bittersweet Symphony (de hecho, yo era uno de ellos), pero en este video, sin lugar a dudas el pibe inglés despliega, más que en ningún otro video, su capacidad de performer, sin siquiera cantar realmente, siendo lo más real y común que puede ser una persona comiendo algo mientras escucha una canción. Hace un tiempo, recordando a Rebella mencionaba que a partir de 25 Watts ningún cordón de la vereda volvió a ser el mismo y cualquier Sunday-afternoon-conversation nos despertaba un nuevo brillo, un consuelo quizás, de reconocer nuestro estado de estancamiento o planamente abúlico como un recurso sobre el que poder reconfortarse y quedar, por así decirlo, continentado. Bueno, con este film ocurre lo mismo, cuando mis padres solían ir a Mexico y dejarme como hombre encargado de la casa, en todo ese desierto post apocalíptico de botellas de cerveza, revistas, discos, ropa sucia y más discos, yo comía de latas de conserva con el torso desnudo y por un momento me sentía Richard Ashcroft, cantando con la boca llena sobre el tema que el mismo compuso. Lo particularmente genial es que Glazer se permitió introducir cortes dentro del mismo tema para realzar eso que por antonomasia llamamos trama, incluso sugiriéndonos un desenlace emocionante que nunca ocurrirá, sepultado por las gotas de meo que caen desde la uretra de Ashcroft hasta el fondo del water, sin apartarnos de un primer plano incómodo, del que podemos extraer poquísima información… Sepultar con gotas de meo, me voy corriendo para AGADU, a mí se me ocurrió primero

07-Live-Turn my head (Para ver el video sólo puedn hacerlo haciendo click acá)
Difícilmente haya un artista plástico contemporáneo que haya podido captar de mejor manera la soledad que John Register. El mobiliario de interiores, siempre profundamente pincelado por una luz casi metafísica, llena a lugares vacíos, pero comúnmente concurridos como diners o lavanderías de extensas sombras. Cromo, vidrio y plástico, las pinturas de Register son las pinturas de las sillas vacías, las mesas con algún objeto que queda como vestigio de gente que vivió en aquellos lugares, acentuando aún más la sensación de aislamiento y soledad del hombre. En resumidas cuentas, es una pintura de lo que estuvo. En este videoclip, la banda liderada por el pelado Kowalczyc por primera vez habita estos lugares de nadie, sentándose por primera vez en las sillas que dejó desperdigadas Register, cerrando las compuertas de los lavarropas que quedaron abiertas, ocupando las pinturas, pero sin alterarlas ni trascenderlas. La letra de la canción tiene profundas raíces religiosas (o más bien místicas)-we came to love you al day/these bastards are leaving/somebody’s got to stay/whatever we call you/it’s just a name-, y de cierto modo, no hace contraste con las imágenes. Son una canción y video sobre el silencio de Dios, sobre la certeza de que nacemos y morimos solos. Así como el bajista se balacea en la silla, cuando termine de caerse, haciendo saltar su reloj vital (el reloj de pulsera que pegua un saltito en la mesa), nosotros ya no estaremos, encontrándonos en el suelo la silla vacía.


06-The replacements-Bastards of young (Desconocido)
The Replacements deben ser de las bandas más simpáticas que hayan pisado la tierra. Eternos borrachos, eternos adolescentes, hay algo profundamente real en cada acorde que suena en el tema, en cada palabra que cuasi-grita con su voz carrasposa Westerberg, una forma de himno juvenil que por su misma fuerza tendría que quemar en plaza pública a toda la gangrena emo que cae sobre la televisión hoy en día. El video es bastante conocido por lo estupefacto que dejaban a la mayoría de la gente que lo veía en el auge de ese monstruo posmoderno que resultó ser MTV, cegados por el nuevo lenguaje audiovisual que iría contaminando los medios publicitarios y el cine en cuestión de unos pocos años. Minimalismo puro, el video es sencillamente la toma de un latiente parlante y un lento zoom out hasta llegar a verlo desde el sillón, donde un anónimo personaje que queda fuera de plano fuma un cigarro, escuchando el tema. Eso. Hasta el más miope fanático de videoclips de Dire Straits podía darse cuenta en aquella época el profundo carácter reivindicativo que concentraba el clip, devolverle su lugar a la música, que iba peligrosamente cediendo terrenos al poder iconoclasta que terminó por desterrarla hoy en día. Pero el video no queda sólo ahí, como un mero experimento ingenioso y contestatario sobre el cambio de lenguaje audiovisual. Trasciende ello y nos habla de algo mucho más íntimo y verdadero: el mismo acto de escuchar música. Nos lleva a la íntima relación con la música que sentimos los melómanos en algún momento de nuestra vida: un tributo al hecho mismo de sentarse a escuchar un tema, poner la púa, esperar que el vinilo se embarque en el mágico mundo de sus 33 revoluciones por minuto, sin hacer otra cosa, sin tener la televisión prendida, sin estudiar ni pensar en otra cosa, sólo con la vista perdida en el trepidante parlante: El perfecto matrimonio de tres minutos y medio entre uno, su cigarrillo y la música.


05-Bob Dylan-Subterranean Homesick Blues (D.A. Pennebaker)
Posiblemente, el primer videoclip hecho y derecho en la historia (no agarrar a cuatro flacos andando en trineo y de ahí hacer un video). No sólo la brillante canción de Dylan (una de las mejores del siglo XX), sino el mismo video de Pennebaker se ha convertido en un documento de la historia y los cambios sociales de los 60’, al nivel de “On the road” de Kerouac, “Aullido” de Ginsberg, o “Easy Rider” de Hopper, Fonda y Southern. Es un videoclip bisagra, no sólo tenemos la letra, hablando de LSD, los derechos civiles y en resumidas cuentas, de toda la contracultura de aquella época, tenemos también a Dylan con las perspicaces láminas (“Suckcess”), con ese rostro monótono, como quien con una navaja te dibuja una sonrisa en tu garganta sin movérsele un pelo, y también tenemos perdido en el cuadro a Ginsberg, esas extrañas inmediaciones del hotel Savoy, en fin, toda una conjunción de elementos de la pop culture de la época sintetizados como ningún otro documento en la historia de los videoclips.


04-Radiohead-Karma police (Jonathan Glazer)
Radiohead es una máquina de hacer videos perfectos, videos en los que hay una comunión insperable entre la imagen y el sonido, videos casi conceptuales pero no pomposos, donde se permite un juego libre con las texturas, los colores y las mismas sensaciones (tan sólo recordar Knives out). De cierto modo, en esta lista debería haber cuatro, o al menos tres videos de la banda (todavía me duele haber dejado afuera a No surprises), pero para hacer la cosa más equitativa, decidí elegir sólo uno, del cual quedó Karma Police. Un videoclip perfecto, con un automóvil autopiloteado, en cuyo asiento trasero se encuentra Thom Yorke displicente, exhausto e inexpresivo, como un mafioso esperando a que se de el golpe que encomendó por teléfono. Pronto, lo que es una pequeña mancha perdida en el horizonte de la carretera resulta ser un gordo tratando de encontrar escapatoria al insomne automóvil que lo persigue a una velocidad prudente, como un depredador que extiende la victoria para disfrutar un poco más de la caza. El automóvil lo persigue, con Thom Yorke diciendo “this is what you get when you mess with us”, hasta que el gordo se rinde exhausto, mira desafiante y saca unos cerillos que los arroja a la carretera, propagando una estela de fuego que se transporta hasta el auto, el cual veloz e infructuosamente trata de escapar de ésta. Pudiendo ser Karma Police la idea de una policía que nos controla aún cuando no está precisamente materializada delante de nosotros –en pocas palabras, la moral-, me parece que el film ilustra claramente el principio del übermensch nietzscheano: enfrentarse a los valores vigentes, destruirlos y crear una nueva moral propia. El problema es que cuando ya creemos haberla vencido, como un archienemigo que siempre logra escaparse para reaparecer en el próximo capítulo, no queda nadie en nuestro auto en llamas.


03-Johnny Cash-Hurt (Mark Romanek)
Nunca fui una persona que exprese líquidamente sus sentimientos, decir que sobreviví a Otaru no haka sin derramar ninguna gota salina, ya me da credenciales de tipo bastante estoico frente a los sacudones afectivos que pueden generar el cine. Y no, tampoco lloré en este videoclip, pero confieso que la primera vez se mi hizo un nudo en la garganta. La canción de NIN apabullantemente interpretada por el señor Cash ya de por sí podría dar una patada al banquito que nos mantiene en pie, pero la conjunción de imágenes de decadencia física y juventud nos terminan de dejarnos en el aire, como el banco del ahorcado finalmente arrojado al suelo. Imágenes de Jesus, un recorrido por los momentos más importantes de la vida de Cash y un pequeño vistazo al decadente mundo del presente de sus recuerdos (la vitrina de uno de sus discos de oro hecha añicos, la cámara captando una naturaleza muerta, dándole un tratamiento al caviar en una naranja más cercano al de una señal podredumbre que al de una de las comidas más lujosas del mundo) y la escena final del Cash que imaginaré por el resto de mi vida, el hombre de negro, la soledad de un hombre y su guitarra en el escenario, todo esto convierte a este video en una de esas escasas obras que por unos minutos nos precipitan al borde de nuestra existencia


02-Pearl Jam-Do the evolution (Todd McFarlane)
Podrá ser acusado de ser demasiado conceptual, pero Do the Evolution, junto con Hurt de Cash, debe ser por lejos, uno de los materiales más intensos en la historia de los videoclips. El genio indiscutible en esta obra es Todd McFarlane, un tipo que ya con Spawn quedaba claro que tenía una imagen del hombre más cercana a la de Hobbes que a la de Rousseau. Las imágenes son contundentes, y están encadenadas con un pulso cercano a la arritmia, como si fuera un pequeño curso de teoría darvinista llevada a sus más oscuras consecuencias. Hay escenas magistrales: los edificios saliendo del pasto de las praderas como violentos partos prematuros, el hombre dándole de comer a su perro pequeños hombrecitos contenidos en una lata, el continuum del totemismo desde los vagabundos hasta el Ku Klux Klan, el gigantesco organismo-máquina que se va devorando todos los recursos del planeta. Las imágenes hablan por sí solas, pero me quedo con la escena de la mujer danzante, que a mi parecer representa la misma evolución, una linda mina de mini que en la luz negra del baile nos resulta cautivante y hermosa, pero que a un flash puede ser un mismo rostro de la muerte.


01-UNKLE feat.Thom Yorke-Rabbit in your headlights (Jonathan Glazer)
No conozco a absolutamente nadie que haya visto este video y no lo recuerde en detalle. Desde mi punto de vista, es en esencia un videoclip siamés de Karma Police, pero con una dimensión épica increíblemente abrumadora, con una de las mejores escenas finales de la historia del cine (sí, trascendiendo el mero hecho de ser un videoclip y elevándolo a categoría de corto). En una entrevista, Denis Lavant dice que mientras estaba en escena escuchaba en un walkman palabras inconexas que Jonatha Glazer le había seleccionado para que dijera. La manera primitiva en que dice cada palabra, como arrancándolas del aire (Lavant no tenía ni puta idea de lo que decía, ya que sus conocimientos de inglés eran prácticamente nulos), potencian la sensación de alienación del hombre frente al resto de los hombres, sin rostro, mecanizados como meros autos que lo chocan y no reparan en ayudarlo (la idea de deshumanizar a cierto grupo de personas por no mostrarle el rostro es algo que ya se puede ver en los albores del cine, desde el ejército zarista en las escaleras de Odessa, en “El acorazado Potemkin”). Y el final llega, el auto que aparentemente pondrá final a la vida del resistente hombre está a punto de arremeter, el hombre se saca alfa polar (no confundir con un plancha inglés o francés), revelando su torso tatuado por muchas cicatrices y magulladuras, lo que nos hace pensar que no es la primera vez que es víctima de los despreocupados automóviles de la ciudad. Y entonces el auto arremete, el hombre extiende sus brazos en cruz y el automóvil se hace añicos, con el tipo intacto, duro como un poste y envuelto por una nube de humo. El impacto del video en mi vida fue inmenso, y desde la primera vez que lo vi (creo que tenía catorce años), jugaba en la orilla de la playa de Atlántida a ser aquel hombre, sólo que suplantando los automóviles (un hobbie bastante insalubre) por las olas. Pero pronto aprendí a llevar el papel más allá del campo lúdico, más allá de las olas, más allá del viento. Uno recordaba la voz de Thom Yorke y aquel profundo piano y uno se daba cuenta de que podía, que debía ser ese hombre, dándose cuenta de que esos automóviles podían ser compañeros de liceo, profesores, padres, cualquier persona que nos intentara aplastar en su camino. Si dicen que hay videos que pueden cambiar la vida de uno, este es, desde aquel momento yo sigo con los brazos tendidos en cruz, aguardando por el próximo auto que venga a chocarme.