Necrófilos (extraído de revista Dodo, para conseguirla contactarse en http://dodorevista.blogspot.com)
Necrofilia: orientación sexual por una atracción libidinal hacia los cadáveres. La palabra proviene del griego νεκρός (nekros “cadáver” o “muerto”) y φιλία (filia; “amor”).
Estoy escribiendo esto mientras escucho Exit Music (for a film), una pequeña obra maestra montada en un escenario vacío y sombrío, con la voz de Thom Yorke como verdadero Virgilio en un infierno muy distinto al que conocemos. Es una sensación abrumadora y a la vez hermosa, tan abrumadora y hermosa como la escena del teatro El Silencio en Mullholland Drive… “no hay música”... Se termina Exit Music… “we hope/that you choke/that you choke”… me saco los audífonos y distante desde el escritorio escucho las guitarras introductorias de Let Down, como quien escucha aquellas cumbias lejanas vomitadas de automóviles tuneados, que surcan la rambla a noventa por hora. A sólo una cuestión de clicks, con machete en mano por la maleza de carpetas que ahogan mi pc, llego a destino. Doble click. Se abre la ventana del Winamp, emergen unas guitarras edulcoradas, con aquella cejilla sorda que tanto caracteriza al reggae y el ska. La voz de un hombre, definitivamente moreno comienza a cantar: “wake from your dreams/the drying of your tears/today we escape/we escape”. El teatro húmedo y frío en el que estaba, de un momento a otro es demolido, para ser suplantado por un parador tropical, en donde las palabras antes tortuosas de Thom Yorke se descomponen como la carne al calor. A cambio de la oscuridad, de aquel sintetizador tan saturado y misterioso, se nos ofrece la brisa, el golpeteo de las olas, la arena en los pies… en pocas palabras…música para fumetear o beber un daikiri. Estoy hablando del disco “Radiodread” del grupo Easy Star-All Stars, un grupo que se dedica a “tunear” (en todo el sentido merza del término), temas a un sonido reggae más digerible y relajado.
A la par de este fenómeno, los discos Bossa´n Stones, Bossa´n beatles, Bossa ´n jazz, Bossa´n Pepe Guerra, inundan las disquerías, con gente dispuesta a gastar su último céntimo para tenerlos, dígase dueños de restaurantes para yuppies, amas de casa fanáticas del feng sui, estudiantes estresadas y hombres de negocios sin la suficiente cantidad de plata para pagarse unas vacaciones a Jamaica. La historia llega al colmo, y los vientos australes traen el año pasado como un camalote a este colectivo, dispuesto a llenar cuantos Gran Rex sean necesarios para chillear –entiéndase “tranquilizar”- al pueblo bonaerense con sus dulces melodías (claro, a un precio aún sin estpular en ticketmaster). Luego me entero de que también habían andado por acá, por lo que quiero creer que la visita no tuvo mucha repercusión. Al mismo tiempo, las canciones más escuchadas (y como canciones más escuchadas, más insoportables) del verano boreal no son otras que afanes, o en su eufemismo, mash ups de canciones viejas y ochentosas como es el caso de Hips don´t lie, de Shakira, o el 80 por ciento de los hits de los Black Eyed Peas. Se sabe bien que el hip hop es un conocido funebrero en el terreno musical, exhumando miembros y esqueletos de antiguas canciones, para construir sus propios golems, autómatas que tienen un efecto más o menos positivo o renovador, dependiendo del artista. Claramente, sería difícil concebir al hip hop sin aquella línea de bajo de Chic, que forjó como acero hirviente a la cadencia del género desde sus comienzos. Pero estamos hablando de otra cosa, algo mucho más perverso que el “Come with me” de un boludo que puede aparecer desde en Imagine hasta en Kashmir. Antes, el cover o el mash up era una reinvención de lo viejo, un monumento, como le gustaría llamar a los psicólogos sociales de línea foucaltiana o eiriana (si es que hay una línea que pueda llamarse así). Nos podía resultar ingenioso hasta cómo los Ramones destruían un tema tan emblemático como What a wonderful world. Podía ser herejía, resultar completamente fallido, pero no dejaba de ser algo personal, o al menos se derrumbaba en aquel intento. Sin embargo, hoy en día abunda otro tipo de música, entre los cuales podemos destacar “The Dub Side of the Moon”, “The grey album” (mezcla de los Beatles y Jay Z), incluso en las versiones cada vez más ladris de Hey Jude, cantada en mega espectáculos benéficos –entiéndase demagogos- como el Live 8. En una sociedad donde el valor de cambio y el capital simbólico es lo imperante, ya la música ha dejado de ser un fin en sí mismo, para convertirse en un medio, un medio para quedarse tranqui, para fumarse un porrito, para andar con el auto a cien, para poner un bar, para quedarse chilled, para levantar minas, para hacer pilates. Parecería como una infección maligna de la New Age subiéndonos desde los pies hasta el cuello. Uno va a la disquería como quien va a un supermercado o una farmacia para comprarse un relajante muscular, un exfoliante o una crema antihemorroidal. Los músicos no importan realmente, sino más bien el producto, “sí, esta canción de estos pibes, rolling no se que, está todo bien, pero esta medio densa, no me gusta como grita el pibe ese, mejor le ponemos la voz de una mina y marimbas para poder escucharla en la oficina”. Sin esta lógica de sentido sería inconcebible la existencia de grupos como Enya, Era o Secret Garden.
Uno realmente pensaría si es una nueva lógica de sentido o si realmente la inspiración no es una fuente que cada vez tiene menos contenido nuevo para sacar. Pasa en el ámbito local, donde los grupos que se autoproclaman mod apenas se limitan a sacar elementos superficiales de músicos como Velvet Underground, o en el peor de los casos, terminan por convertirse imitadores de los imitadores de este tipo de grupos. Y por otro lado, en el sector agitador y tribunero tenemos a Brancchiari en ese experimento maligno de la demagogia que es cantar el himno nacional (al pie de la letra) en el Pilsen Rock.
Más allá de la música incluso, en el cine no se ven más que lamentables refritos de series como el paradigmático caso de la triste Dukes of hazzard, secuelas como Los Angeles de Charlie 2 (penoso, muy penoso), formulas infalibles de best sellers como lo fue El código Da vinci, comics adaptados a películas (la única que se salva es Sin City de Robert Rodríguez), y hasta series argentinas como Matrimonio con hijos, suplantando al legendario rasca-huevos que fue nuestro querido Al Bondy por un idiota y quejoso personaje interpretado por Guillermo Francella. Como última y aborrecible perversión de nuestra actualidad, en las librerías se venden nuevos libros de bolsillo que son adaptaciones a escrito de películas de alta taquilla. Algo sin precedentes hasta entonces, cuando el orden solía ser inverso.
Por otra parte, al mismo tiempo, los discursos de la izquierda y la derecha cada vez se parecen más entre sí, cada vez se vuelven más totemistas. Los movimientos revolucionarios uruguayos se quedan con las figuritas viejas de un Marxismo para un mundo muy distinto al de aquella Inglaterra (ni siquiera Rusia) industrial en la cual se inspiró el referente. Hay gente de veinte años que se llega a forjar falsos recuerdos, llegando a creer que realmente vivió en períodos dictatoriales, cuando, durante aquellos años, en el mayor de los casos, estaba más pendiente de los Thunder Cats que de la militancia.
Como si yacieran regados por el terreno los cuerpos de antiguas ideas exitosas, sin consuelo profanamos los sepulcros y robamos los cadáveres, intentando arrancar un poco de placer de la última gota de vida que le queda a aquel fiambre, tal como el extasiado personaje de “Los Amantes Muertos” (H.P. Lovecraft). Y así se exulta nuestra tendencia necrófila irrefrenable, casi un fetiche por la carne podrida de nuestros más inspirados artistas y líderes del pasado, carne que no sólo la comemos o la ultrajamos, sino que nos sirven de misma indumentaria, para abrigarnos de este frío invierno creativo. En la morgue todavía nos quedan unos cuantos cuerpos desnudos para consolarnos por esta noche, pero sin heladeras ni la luz de nuevas ideas, es imposible saber cuánto van a durar para nosotros, antes de que todo apeste a carne podrida. Sólo queda intentar escuchar entre las marimbas, el graznido de las gaviotas y la brisa tropical, la voz de un Thom Yorke náufrago que todavía se escucha lejana, como intentando volver de altamar.
Tuesday, June 05, 2007
Monday, April 23, 2007
Estaciones
Las estaciones no se dividen por los solsticios, los equinoccios, el tiempo, o el trayecto de la tierra alrededor de ese enorme culo llamado sol. Las estaciones se eligen, uno va con la cabeza apoyada en la ventanilla del ómnibus y ahí lo dice: “invierno” (o verano, puede suceder de cualquier manera, pero los ómnibus son invernales, nunca han de ser bienvenidos por el verano). Las estaciones se precipitan en uno de la manera que a uno le plazca, es decir, los cambios de estación duran el tiempo que uno quiere, pero al ser nosotros inconscientes sobre este punto, la elección se nos escapa del libre albedrío. Así que realmente muy poca gente (gente de mente clara y fiel control sobre sus instintos) puede realmente decidir sobre el cambio de estaciones. Un otoño puede venir por marzo, mayo, incluso enero. Los veranos pueden extenderse hasta días de clima ártico, y aún uno puede ponerse la bufanda, mirar los árboles huesudos sacudirse por una sudestada y saber que en el fondo es, siempre ha sido verano. Y hay veces que la primavera ni siquiera aparece y uno sin zaguanes pasa de esas frías caminatas por 18 a estar chancleteando por Tristán Narvaja de bermudas, sudando entre el humo sagrado de los automóviles. Pero en el momento en que ocurre, en aquel segundo de introspección, uno definitivamente se puede dar cuenta del cambio estaciones.
Hoy, 10 de abril, mientras escuchaba el Slanted & Enchanted de Pavement en el ómnibus, pasamos por FRIPUR. Si bien no estaba en actividad por semana santa, quedaba en el ambiente la espesa estela de su olor a pescado. Eran las cuatro de la tarde, el conductor no iba apurado, no había por qué apurarse. Todavía no había muchas hojas amarillentas, ni mucho frío, ni mucha gente con rostro triste. Todavía no había comenzado a estudiar, y me las había arreglado para no escuchar el depresivo jingle de la vuelta ciclista. Pero sí había gente vieja, esa gente que atesta los ómnibus los domingos, vaya uno a saber por qué. Estaban con sus sacos, sus bufandas descocidas, sus cambios en monedas de cincuenta centésimos. Había unos que iban hacia la rural del prado, había otros que se venían de 18 de julio, había otros que sencillamente iban, como muchos viejos que van y vienen sin otra razón que la del pasaje gratis.
Pero lentamente cruzamos FRIPUR, había unos niños sentados en el cordón de la vereda. Estaba nublado y la calle estaba completamente vacía. Uno estaba sentado sobre una pelota, el otro con un palito se sacaba pedazos caca de perro de las comisuras de la planta de su zapato. Había subido el volumen y veía la pequeña postal ambientándola con la voz de Malkamus cantar “Here”. Una vieja se sentó al lado mío. Tenía aliento a mate cocido, la vieja. Volví a recostar la cabeza contra la ventanilla, percibiendo aliviado cómo el olor a pescado comenzaba a desaparecer ni bien doblábamos por Caravallo. Escuché a Malkamus repetir el estribillo “Come join us in a prayer/Well be waiting waiting where/Everything’s ending here”. Sin asiento, una vieja con ese pelo crespo y débil que dejan los años me quedó mirando por diez segundos. Mientras me miraba, resopló de cansancio, agarrándose exageradamente de la baranda. Lo entendí: me levanté, me quedé agarrado de la baranda y ella se sentó junto a la vieja del mate cocido con una bolsa llena de perejiles y ramas de alcaucil. Sí, el verano había muerto, y no había nada que pudiéramos hacer.
Publicado por
Agustin Acevedo Kanopa
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Etiquetas: montevideo, otoño, pavement, peron, viejas
